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La Vuelta de Martín Fierro
Author Language Character Set
José Hernández Spanish ISO-8859-1


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536
Conoce el indio el peligro
y pierde toda esperanza;
si a escapárseles alcanza
dispara como la liebre;
le da delirios la fiebre,
y ya le cain con la lanza.

537
Esas fiebres son terribles,
y aunque de esto no disputo
ni de saber me reputo,
"Será", decíamos nosotros,
"De tanta carne de potro
como comen esos brutos".

538
Había un gringuito cautivo
que siempre hablaba del barco,
y lo augaron en un charco
por causante de la peste;
tenía los ojos celestes
como potrillo zarco.

539
Que le dieran esa muerte
dispuso una china vieja,
y aunque se aflije y se queja,
es inútil que resista:
ponia el infeliz la vista
como la pone la oveja.

540
Nosotros nos alejamos
para no ver tanto estrago;
Cruz sentia los amagos
de la peste que reinaba,
y la idea nos acosaba
de volver a nuestros pagos.

541
Pero contra el plan mejor
el destino se rebela.
¡La sangre se me congela!
El que nos había salvado
cayó tambien atacado
de la fiebre y la virgüela.

542
No podiamos dudar,
al verlo en tal padecer,
el fin que habia de tener,
y Cruz que era tan humano:
"Vamos", me dijo, "Paisano
a cumplir con un deber".

543
Fuimos a estar a su lado
para ayudarlo a curar;
lo vinieron a buscar
y hacerle como a los otros;
lo defendimos nosotros,
no lo dejamos lanciar.

544
Iba creciendo la plaga
y la mortandá seguía.
A su lado nos tenía
cuiandolo con pacencia,
pero acabó su esistencia
al fin de unos pocos días.

545
El recuerdo me atormenta;
se renueva mi pesar;
me dan ganas de llorar;
nada a mis penas igualo;
Cruz también cayó muy malo
ya para no levantar.

546
Todos pueden figurarse
cuánto tuve que sufrir;
yo no haciá sino gemir,
y aumentaba mi aflición
no saber una oración
pa ayudarlo a bien morir.

547
Se le pasmó la virgüela,
y el pobre estaba en un grito;
me recomendó un hijito
que en su pago había dejado:
"Ha quedado abandonado".
Me dijo, "Aquel pobrecito".

548
"Si vuelve, búsquemeló",
me repetía a media voz;
"En el mundo eramos dos,
pues él ya no tiene madre;
que sepa el fin de su padre
y encomiende mi alma a Dios".

549
Lo apretaba contra el pecho,
dominao por el dolor;
era su pena mayor
el morir allá entre infieles
sufriendo dolores crueles
entrego su alma al Criador.

550
De rodillas a su lado
yo lo encomendé a Jesús.
Faltó a mis ojos la luz,
tuve un terrible desmayo;
cai como herido del rayo
cuando lo vi muerto a Cruz.


VII

551
aquel bravo compañero
en mis brazos espiró;
hombre que tanto sirvio,
varon que fue tan prudente,
por humano y por valiente
en el desierto murió.

552
Y yo, con mis propias manos,
yo mesmo lo sepulté;
a Dios por su alma rogué
de dolor el pecho lleno,
y humedeció aquel terreno
el llanto que redamé.

553
Cumplí con mi obligación;
no hay falta de que me acuse,
ni deber de que se escuse,
aunque de dolor sucumba:
allá señala su tumba
una cruz que yo le puse.

554
Andaba de toldo en toldo
y todo me fastidiaba;
el pesar me dominaba,
y entregao al sentimiento
se me hacía cada momento
oir a Cruz que me llamaba.

555
Cual más, cual menos, los criollos
saben lo que es amargura;
en mi triste desventura
no encontraba otro consuelo
que ir a tirarme en el suelo,
al lao de su sepultura.

556
Allí pasaba las horas
sin haber naides conmigo
teniendo a Dios por testigo,
y mis pensamientos fijos
en mi mujer y mis hijos,
en mi pago y en mi amigo.

557
Privado de tantos bienes
y perdido en tierra ajena,
parece que se encadena
el tiempo y que no pasara,
como si el sol se parara
a contemplar tanta pena.

558
Sin saber qué hacer de mí
y entregao a mi aflición,
estando allí una ocasión,
del lao que venía el viento
oi unos tristes lamentos
que llamaron mi atención.

559
No son raros los quejidos
en los toldos del salvaje,
pues aquél es vandalaje
donde no se arregla nada
sino a lanza y puñalada,
a bolazos y coraje.

560
No preciso juramento,
deben creerle a Martín Fierro;
he visto en este destierro
a un salvaje que se irrita,
degollar a una chinita
y tirarsela a los perros.

561
He presenciado martirios,
he visto muchas crueldades,
crímenes y atrocidades
que el cristiano no imagina,
pues ni el indio ni la china
sabe lo que son piedades.

562
Quise curiosiar los llantos
que llegaban hasta mí;
al punto me dirigí
al lugar de ande venían:
¡Me horroriza todavía
el cuadro que descubrí!

563
Era una infeliz mujer
que estaba de sangre llena,
y como una madalena
lloraba con toda gana;
conocí que era cristiana
y esto me dió mayor pena.

564
Cauteloso me acerqué
a un indio que estaba al lao,
porque el pampa es desconfiao
siempre de todo cristiano,
y vi que tenía en la mano
el rebenque ensangrentao.


VIII

565
Mas tarde supe por ella,
de manera positiva,
que dentró una comitiva
de pampas a su partido,
mataron a su marido
y la llevaron cautiva.

566
En tan dura servidumbre
hacían dos años que estaba;
un hijito que llevaba
a su lado lo tenía.
La china la aborrecía
tratandola como esclava.

567
Deseaba para escaparse
hacer una tentativa,
pues a la infeliz cautiva
naides la va a redimir,
y allí tiene que sufrir
el tormento mientras viva.

568
Aquella china perversa,
dende el punto que llegó,
crueldá y orgullo mostró
porque el indio era valiente:
usaba un collar de dientes
de cristianos que él mató.

569
La mandaba a trabajar,
poniendo cerca a su hijito
tiritando y dando gritos,
por la mañana temprano,
atado de pies y manos
lo mesmo que un corderito.

570
Ansí le imponía tarea
de juntar leña y sembrar
viendo a su hijito llorar,
y hasta que no terminaba,
la china no la dejaba
que le diera de mamar.

571
Cuando no tenían trabajo
la emprestaban a otra china,
"Naides", decía, "se imagina,
ni es capaz de presumir
cuanto tiene que sufrir
la infeliz que esta cautiva".

572
Si ven crecido a su hijito,
como de piedá no entienden
y a suplicas nunca atienden,
cuando no es éste es el otro,
se lo quitan y lo venden
o lo cambian por un potro.

573
En la crianza de los suyos
son bárbaros por demás.
No lo habia visto jamás:
en una tabla los atan,
los crian así, y les achatan
la cabeza por detrás.

574
Aunque esto parezca extraño,
ninguno lo ponga en duda:
entre aquella gente ruda,
en su bárbara tropeza,
es gala que la cabeza
se les forme puntiaguda.

575
Aquella china malvada,
que tanto la aborrecía,
empezó a decir un día,
porque falleció una hermana,
que sin duda la cristiana
le había echado brujería.

576
El indio la sacó al campo
y la empezó a amenazar
que le había de confesar
si la brujería era cierta;
o que la iba a castigar
hasta que quedara muerta.

577
Llora la pobre afligida,
pero el indio, en su rigor,
le arrebató con juror
al hijo de entre sus brazos,
y del primer rebencazo
la hizo crujir de dolor.

578
Que aquel salvaje tan cruel
azotándola seguía;
más y más se enfurecía
cuanto mas la castigaba
y la infeliz se atajaba
los golpes como podía.

579
Que le gritó muy furioso
"Confechando no querés;"
la dió vuelta de un revés
y, por colmar su amargura,
a su tierna criatura
se la desgolló a los pies.

580
"Es increible" me decía,
"Que tanta fiereza esista;
no habrá madre que resista;
aquel salvaje inclemente
cometió tranquilamente
aquel crimen a mi vista."

581
Esos horrores tremendos
no los inventa el cristiano:
"Es bárbaro inhumano"
-sollozando me lo dijo-
"Me amarró luego las manos
con las tripitas de mi hijo."


IX

582
de ella fueron los lamentos
que en mi soledá escuché:
en cuanto al punto llegué,
quedé enterado de todo:
al mirarla de aquel modo
ni un instante tutubié.

583
Toda cubierta de sangre
aquella infeliz cautiva,
tenia dende abajo arriba
las marcas de los lazazos:
sus trapos echos pedazos
mostraban la carne viva.

584
Alzó los ojos al cielo
en sus lágrimas bañada;
tenía las manos atadas;
su tormento estaba claro;
y me clavó una mirada
como pidiéndome amparo.

585
Yo no sé lo que pasó
en mi pecho en ese instante;
estaba el indio arrognte
con una cara feroz:
para entendernos los dos
la mirada fué bastante.

586
Pegó un brinco como gato
y me ganó la distancia,
aprovechó esa distancia
como fiera cazadora:
desató las boliadoras
y aguardó con vigilancia.

587
Aunque yo iba de curioso
y no por buscar contienda,
al pingo le até la rienda,
eché mano dende luego
a éste que no yerra juego,
y ya se armó la tremenda.

588
El peligro en que me hallaba
al momento conocí;
nos mantuvimos ansí,
me miraba y lo miraba:
yo al indio le desconfiaba,
y él me descofiaba a mí.

589
Se debe ser precavido
cuando el indio se agazape:
en esa postura el tape
vale por cuatro o por cinco;
como el tigre es para el brinco
y fácil que a uno lo atrape.

590
Peligro era atropellar
y era peligro el juir,
y más peligro seguir
esperando de ese modo,
pues otros podían venir
y carniarme allí entre todos.

591
A juerza de precaución
muchas veces he salvado,
pues es un trance apurado
es mortal cualquier descuido;
si Cruz hubiera vivido
no habría tenido cuidado.

592
Un hombre junto con otro
en valor y en juerza crece;
el temor desaparece;
escapa de cualquier trampa;
entre dos, no digo a un pampa,
a la tribu, si se ofrece.

593
En tamaña incertidumbre,
en trance tan apurado,
no podía por de contado
escarparme de otra suerte,
sino dando al indio muerte
o quedando alli estirado.

594
Y como el tiempo pasaba
y aquel asunto me urgía,
viendo que él no se movía
me juí medio de soslayo
como a agarrarle el caballo,
a ver si se me venía.

595
Ansí jué, no aguardó más
y me atropelló el salvaje;
es preciso que se ataje
quien con el indio pelee;
el miedo de verse a pie
aumentaba su coraje.

596
En la dentrada no más
me largó un par de bolazos;
uno me tocó en un brazo;
si me da bien, me lo quiebra,
pues las bolas son de piedra
y vienen como balazo.

597
A la primer puñalada
el pampa se hizo un ovillo;
era el salvaje mas pillo
que he visto en mis correrías,
y, a más de las picardías,
arisco para el cuchillo.

598
Las bolas las manejaba
aquel bruto con destreza;
las recogía con presteza
y me las volvía a largar,
haciéndomelas silbar
arriba de la cabeza.

599
Aquel indio, como todos,
era cauteloso... ¡Ahijuna!
Ahí me valió la fortuna
de que peliando se apotra
me amenazaba con una
y me largaba con otra.

600
Me sucedió una desgracia
en aquel percance amargo;
en momento que lo cargo
y que él reculando va,
me enredé en el chiripá
y caí tirao largo a largo.

601
Ni pa enconmendarme a Dios
tiempo el salvaje me dió;
cuanto en el suelo me vió
me saltó con ligereza:
juntito de la cabeza
el bolazo retumbó.

602
Ni por respeto al cuchillo
dejó el indio de apretarme;
allí pretende ultimarme
sin dejarme levantar,
y no me daba lugar
ni siquiera a enderezarme.

603
De balde quiero moverme:
aquel indio no me suelta.
Como persona resuelta
toda mi juerza ejecuto,
pero abajo de aquel bruto
no podía ni darme güelta.

*       *       *       *       *

604
¡Bendito, Dios poderoso,
quien te puede comprender!
Cuando a una débil mujer
le diste en esa ocación
la juerza que en un varón
tal vez no pudiera haber.

605
Esa infeliz tan llorosa,
viendo el peligro se anima;
como una flecha se arrima
y olvidando su aflición,
le pegó al indio un tirón
que me lo sacó de encima.

606
Ausilio tan generoso
me libertó del apuro;
si no es ella, de siguro
que el indio me sacrifica;
y mi valor se duplica
con un ejemplo tan puro.

607
En cuanto me enderecé
nos volvimos a topar,
no se podía descansar
y me chorriaba el sudor:
en un apuro mayor
jamás me he vuelto a encontrar.

608
Tampoco yo le daba alce
como deben suponer;
se había aumentao mi quehacer
para impedir que el brutazo
le pegar algún bolazo
de rabia a aquella mujer.

609
La bola en manos del indio
es terrible y muy ligera;
hace de ella lo que quiera
saltando como una cabra.
Mudos, sin decir palabra,
peliábamos comos fieras.

610
Aquel duelo en el desierto
nunca jamás se me olvida;
iba jugando la vida
con tan terrible enemigo,
teniendo allí de testigo
a una mujer afligida.

611
Cuanto él más se enfurecía
yo más me empiezo a calmar;
mientras no logra matar
el indio no se desfoga;
al fin le corté una soga
y lo empecé a aventajar.

612
Me hizo sonar las costillas
de un bolazo aquel maldito;
y al tiempo que le di un grito
y le dentro como bala,
pisa el indio, y se refala
en el cuerpo del chiquito.

613
Para explicar el misterio
es muy escasa mi cencia:
lo castigó, en mi conciencia,
Su Divina Majestá;
donde no hay casualidá
suele estar la Providencia.

614
En cuanto trastabilló
más de firme lo cargué,
y aunque de nuevo hizo pie
lo perdió aquella pisada;
pues en esa atropellada
en dos partes lo corté.

615
Al sentirse lastimao
se puso medio afligido,
pero era indio decidido,
su valor no se aquebranta;
le salían de la garganta
como una especie de aullidos.

616
Lastimao en la cabeza,
la sangre lo enceguecía;
de otra herida le salía
haciendo un charco ande estaba,
con los pies chapaliaba
sin aflojar todavía.

617
Tres figuras imponentes
formábamos aquel terno:
ella en su dolor materno,
yo con la lengua dejuera,
y el salvaje como fiera
disparada del infierno.

618
Iba conociendo el indio
que tocaban a degüello:
se le erizaba el cabello
y los ojos revolvía;
los labios se le perdían
cuando iba a tomar resuello.

619
En una nueva dentrada
le pegué un golpe sentido,
y al verse ya malherido,
aquel indio furibundo
lanzó un terrible alrido
que retumbó como un ruido
si se sacudiera el mundo.

620
Al fin de tanto lidiar,
en el cuchillo lo alcé,
en peso lo levanté
aquel hijo del desierto;
ensartado lo llevé,
y allá recién lo largué
cuando ya lo sentí muerto.

621
Me persiné dando gracias
de haber salvado la vida;
aquella pobre afligida,
de rodillas en el suelo,
alzó sus ojos al cielo
sollozando dolorida.

622
Me hinqué también a su lado
a dar gracias a mi Santo;
en su dolor y quebranto
ella, a la Madre de Dios,
le pide en su triste llanto
    
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