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el agua que gime, la guija que rueda, el insecto que zumba y los
miles de millones de seres que componen el impenetrable mundo de lo
infinitamente pequeño, con sus cantos, su lenguaje y su idioma, tan
impenetrable como lo son los profundos misterios de los océanos de
luz donde giran las creaciones de lo infinitamente grande, compendian
uno de los sitios más bellísimos de la perla del Oriente.
Un amanecer contemplado desde una de las alturas de Sungay es
indescriptible. Las tintas que proyecta el sol naciente en las nubes
y los cambiantes que se suceden en los horizontes de verdura, poseen
una riqueza de luz y una fuerza de colores tan potente, que á ser
posible trasladarlas al lienzo se creería el sueño de un artista.
De hondonada en hondonada; y de precipicio en precipicio, dieron las
cabalgaduras con nuestros huesos en el término de la ascensión. Nos
encontrábamos en la línea que divide las provincias de Cavite y
Batangas. La división de estas provincias la deciden la dirección de
las corrientes que se deslizan por las pendientes del Sungay.
A la vista teníamos la laguna, viendo elevarse perezosamente del
cráter del volcán columnas de espeso y blanco humo.
A la falda del Sungay se extendían diseminadas las casas de Talisay,
adonde llegamos á cosa de las diez de la mañana.
Talisay es un pintoresco pueblo de poco vecindario, este es
sumamente dulce y cariñoso; hay una pequeña iglesia de cogon y una
casa parroquial habitada por un cura indígena. Tan luego supo el cura
nuestra llegada, nos hizo ir á su casa, en donde nos sirvió un almuerzo
bastante bueno, dadas las condiciones del pueblo; no tuvimos pan,
pero al que lleva algún tiempo en Filipinas esto no es obstáculo,
pues cual el hijo del país, sabe sustituirlo con el arroz cocido
llamado _morisqueta_.
Desde las _conchas_ de la casa del Padre se veían perfectamente los
menores detalles de la laguna y del volcán.
El día estaba bastante entoldado, y el calor no mortificaba como
de ordinario.
A los postres se nos presentó la _capitana_ Ramona, viuda de un
_Gobernadorcillo_.
La capitana Ramona es un verdadero _personaje_ en la provincia de
Batangas, tiene fama de ser sumamente afecta á los españoles y posee
toda la melosidad y cariño de la raza del Oriente. Sabe tocar el arpa
y canta con voz gangosa y pausada alguna que otra canción de moros y
cristianos, de aquellas que la tradición ha venido conservando desde
las gargantas de los que acompañaron á Legaspi.
La capitana Ramona quiere al _castila_ como á los misterios y encantos
de que están impregnados sus bosques. El cariño al español alguna
que otra vez (pues frágiles somos), se ha convertido en pasión más
ó menos intensa, según cuentan crónicas de pasados tiempos.
Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que la capitana ya es vieja
y vive solo de recuerdos. Muchos conserva gratos, mas uno, según me
contó muy bajito el Padre, viene de cuando en cuando á nublar todo el
hermoso panorama de su juventud. Cuéntase, por más que cuento no sea,
que años ya muy pasados, un alto funcionario, animado de nuestros
mismos deseos de ver el volcán, llegó al pueblo de Talisay. Por aquel
entonces, la hoy vieja Ramona era una hermosa _dalaga_, de ojos de
fuego, lustroso y largo pelo, y dulce y meloso hablar. Joven y hermosa,
había amado casi niña, y casi niña fué madre. El visitante, que no
por tener curiosidad dejaba de tener necesidades, sintió la de comer
á las pocas horas de llegar á Talisay; le formuló su deseo á la bella
capitana, no dice la crónica si en pocas palabras, aunque sí asegura
que la vergonzosa mirada de ella fué sostenida con larga insistencia
y picaresca intención. El personaje pidió se le sirviera chocolate
con leche, y chocolate con leche, en efecto, tomó; pero grande fué
su sorpresa y no menos sus ascos cuando supo que el chocolate había
participado del producto de los pechos de la _dalaga_. La incomodidad
que esto originó y el malestar que produjo, diz que ocasionaron el que
la _dalaga_ no volviera á bajar los ojos, ni el caballero á mirar con
insistente significación. Las mujeres son en todas partes lo mismo;
un desprecio y una herida en el amor propio, constituyen en el sexo
femenil las verdaderas heces del cáliz de la vida.
Hoy que han pasado muchos años, recuerda la vieja con pena aquel
incidente de joven, que después de todo, conociendo el carácter indio
no tiene nada de extraño.
La raza india, cuanto más pura y más lejos está de las grandes
capitales, mira al español con una especie de adoración. Sus palabras
son órdenes que jamás comenta, de aquí el sucedido de dar á un sastre
un pantalón de modelo con un remiendo y hacer siete que se le habían
encargado con siete remiendos iguales.
A la _capitana_ Ramona se la pidió chocolate con leche y en el
fanatismo de la obediencia creyó de muy buena fe que lo más corto
era sustituir los labios del chico por la boca de la chocolatera.
Ejemplos parecidos al de los pantalones y el chocolate se cuentan
por todas las islas. El indio jamás comenta, obedece siempre al pié
de la letra las palabras del _castila_.
La revelación del Padre me hizo fijar la atención en la capitana
y me persuadí de que si había perdido con los años su hermosura,
en cambio había acaudalado con la experiencia cierta discrecional
filosofía que descubría un talento nada común, y una amabilidad y
deseo de servir tan natural como verdadero.
Se nos había olvidado decir que la capitana era rica. Esto aunque no
nos lo dijeron, ya lo habíamos nosotros traducido en la pureza de un
riquísimo terno de brillantes que la adornaban.
El que no haya estado en Filipinas, quizás creerá exagerado esto de
los brillantes en una india habitante poco menos que de la selva;
el que haya estado y recuerde las procesiones y _catapúsanes_ de los
pueblos y evoque en su memoria los trajes de las _dalagas_, sabrá
que no tiene nada de extraño el hallar en _bajais_ de caña y cogon
riquísimos brillantes y preciadas perlas de _Joló_.
La antigua capitana de Talisay no solamente tenía buenas alhajas, sino
que también era dueña de un gran bote que con sus correspondientes
remeros puso á nuestra disposición.
Listo el bote y listos nosotros, ayudados de la lona y de los remos,
dimos rumbo en demanda del monte de _Taal_, gigantesca y sombría masa
que se destaca en medio de las aguas.
Los contornos del monte no presentan ninguna regularidad, revelando su
situación, conjunto y configuración, las huellas de un gran cataclismo.
En las primeras capas que lamen las aguas, difícilmente crecen algunos
raquíticos arbustos sin verdura, frutos ni flores. Más arriba piedras
calcinadas y residuos volcánicos son los componentes de aquel coloso
que revela en la espesa columna de humo que se eleva de su cráter
que en sus entrañas de granito duermen los genios de las ruinas y de
los estragos.
¡Desgraciados pueblos los de Taal y Talisay si en el libro de las
lágrimas está escrita una nueva erupción!
Las aguas de la laguna tienen una inmovilidad tan constante, un
color plomizo tan pronunciado y una superficie tan siniestra, que
su conjunto parece reflejar la maldición que pesa sobre las dormidas
aguas del mar Muerto.
A cosa de las cuatro de la tarde, bajo un cielo cubierto de negruzcos
nubarrones y una temperatura sofocante, atracamos el bote á la falda
de la montaña. La ascensión es difícil por ser en algunos puntos
la pendiente muy pronunciada. El calor nos ahogaba; las materias
volcánicas rechinaban bajo nuestros piés y experimentábamos los
efectos de la fuerte irradiación que lo avanzado de la tarde y
la falta de sol operaban en las masas calizas impregnadas de los
ardientes rayos tropicales. La monotonía del camino, de cuándo en
cuándo era interrumpida por precipicios, siniestros testigos que
vienen á enseñar al viajero antiguos cáuces por los cuales ha corrido
la lava y el fuego.
De trecho en trecho, el ruido producido por nuestras pisadas nos
indicaba pasábamos sobre bóvedas. ¿Qué guardarán estas? ¿Dónde
terminará su fondo? ¡Profundos misterios de la divina ciencia
impenetrables á la humana materia!
Varias veces tuvimos que pararnos á fin de cobrar aliento.
Unas cuantas varas más y estaríamos en la línea del vértice.
Las nubes del poniente confusamente coloreaban el paso del sol; su
luminoso disco se aproximaba á su ocaso, cuando un grito se escapó
de todos los labios y una fuerte palpitación se experimentó en todos
los pechos.
Estábamos en el vértice. Teníamos la profunda sima del volcán bajo
nuestros piés. La percepción del panorama es tan instantánea y la
grandiosidad del conjunto tan colosal, que el espíritu se sobrecoge
ante aquella maravilla, no dando por largo tiempo cabida más que á
una muda al par que profunda admiración.
Las proporciones del cráter son colosales. Lo forma en su conjunto
la cavidad que deja el monte, el cual constituye en su configuración
un cono, cuya base mide de bojeo unas 9 millas.
En el fondo del cráter se ven desigualdades, alternando las
prominencias con lagunas de más ó menos extensión, impregnadas de
materias azufradas según revelan el color de sus aguas.
Por intervalos y con más ó menos intensidad, se elevan columnas de
humo de las distintas prominencias, que vienen á ser cual si el fondo
estuviera salpicado de pequeños hornillos.
Aunque con trabajo y peligros puede bajarse al cráter, contándose en
Talisay de un viajero, que no solamente descendió, sino que permaneció
en el fondo muchas horas.
La mayor ó menor cantidad de humo que espele el volcán, la intensidad
de calórico que irradia, la actividad en que mantiene sus hornillos,
y las altas temperaturas y emanación de gases que constantemente se
observa en las pequeñas lagunas, son indicios ciertos de que la lava
y el fuego germinan en su seno.
Muchos archivos, y no menos crónicas hemos consultado referentes á
Filipinas, y tanto en los unos como en las otras, las noticias que
hemos hallado respecto al volcán son muy escasas, remontándose las
más antiguas á últimos del siglo XVII; después, y con referencia á
los años 1745 y 1749, se vuelven á encontrar algunos datos, confusos
unas veces y exagerados otras, cual lo son la mayor parte de los que
guardan las escasas y antiguas historias del Archipiélago.
El cuándo y el cómo se formó el volcán, ni la historia lo dice,
ni la tradición lo relata; solo la configuración del monte, la
relación que en sí guarda con las vertientes del Sungay y el estudio
del suelo, pueden conducirnos á la hipótesis más ó menos aproximada
de suponer haber corrido por lo que hoy es laguna, una cordillera,
que comprendería desde las faldas del Sungay, á las riberas de la
laguna de Bay, y quién sabe si llegaría más allá, encadenando sus
ásperas lomas con los picos de la isla del Talin, yendo á perderse
entre la fragosidad de Morong y Nueva Ecija.
Suposiciones son estas que no tienen comprobante alguno en narración
escrita.
La última erupción del volcán acaeció há más de un siglo, pereciendo
entre la ceniza y el fuego, entre otros muchos, la mayor parte
de los habitantes del pueblo de Sala. El fraile que administraba
su parroquia, describe el fenómeno en las siguientes líneas que
literalmente copiamos:
«Por el mes de Diciembre de 1754 reventó el volcán más furiosamente
que nunca, porque el ruido era como de una batalla muy grande,
los terremotos espantosísimos y la oscuridad de la atmósfera tal,
que puesta la mano delante de los ojos no se veía: la ceniza y
arena que arrojaba era tanta, que cubrió todos los tejados y casas
de Manila, la que dista unas 20 leguas y aun llegó hasta Bulacan y
la Pampanga. Hervía á borbollones el agua de la laguna con los ríos
de azufre y betún derretidos que bajaban del volcán, quedando cocido
todo el pescado de ella, el cual fué arrojado después á la playa por
la resaca é inficionó el aire. Los truenos subterráneos y atmosféricos
se oyeron en todas las provincias circunvecinas. En Manila se comía
con candelas encendidas al medio día. Duró esta calamidad ocho
días cabales, quedando enteramente arruinados y aniquilados por las
piedras y lodo del volcán, todos los pueblos que estaban á orillas de
la laguna, á saber: Taal, que era entonces la cabecera de provincia,
Tanauan, Sala y Lipá, viéndose obligados sus habitantes á buscar otros
sitios más distantes del volcán donde establecerse, como de hecho
se establecieron en los sitios que actualmente ocupan. El pueblo de
Bauan, aunque al principio había estado también á orillas de la laguna
se había trasladado al interior antes de esta catástrofe. Bayalan y
los pueblos de aquel rumbo también padecieron bastante. Hubo muchas
muertes de personas á quienes alcanzaron las piedras del volcán y
los desplomes de los edificios. Perecieron también por la misma causa
muchísimos animales y todo el arbolado y siembras de los contornos,
pues la abundancia de piedra, ceniza y lodo, que vino del volcán lo
soterró todo. El río grande, que comunica la laguna con la ensenada de
Taal, quedó cegado casi del todo, y rotos y enterrados los champanes
y demás bajeles fondeados en el río y la laguna. El mal olor de todas
las materias extrañas vomitadas por el volcán, duró por espacio de más
de seis meses y desarrollóse en su consecuencia una peste cruelísima de
calenturas pútridas y malignas que acabó con la mitad de la provincia,
pues de 18.000 atributos que tenían antes solo quedaron 9.000.»
Más de un siglo hace que el coloso duerme sobre las inmóviles aguas,
envuelto entre el humo y las brumas. ¡Dios haga que sus impenetrables
misterios no rompan algún día sus grandiosas cárceles de piedra!
CAPÍTULO III.
Punta Matoco.--Calmas.--Isla Verde.--El sudeste.--Marinduque y
Mindoro.--Razas salvajes.--Sus costumbres.--Los negritos aetas.--Su
manera de ser.--_Inalug y Acubac._--De puerto Galera á punta
Bunga.--Horizontes de Marinduque.--Isla Banton.--El Padre Pablo.
Á la vista de punta _Matoco_, límite de la provincia de Batangas,
navegábamos en la mañana del día quince.
El capitán, la tripulación y el escaso pasaje experimentaba el malestar
de la calma y el calor tropical, tanto más sensible, cuanto que nos
encontrábamos bajo la influencia de uno de los puntos más angostos
del estrecho.
La maniobra se hacía cada vez más difícil por el poco espacio de que
se podía disponer, y sobre todo, por la fuerza de las corrientes que
ora nos llevaban á las playas de Batangas, ora á las peligrosas costas
de Mindoro, entre cuyas dos provincias se destacan los perfiles de
la isla verde, atalaya que domina la entrada del estrecho que va á
morir en San Bernardino, peñón que azotan las aguas del Pacífico.
Sin adelantar un _cable_ y sin poder ganar una buena y segura _vuelta,
cruzando_ constantemente vela para evitar las corrientes, estuvimos no
sé cuántos días á la vista de la pintoresca isla Verde, retrocediendo
unas veces y avanzando otras por las bandas, siendo empujados á la
tranquila ensenada de Batangas ó á las arenas de puerto Galera.
No hay nada en el mundo tan aburrido, como las horas que se suceden
en un barco que se duerme bajo la influencia de las calmas.
Un amanecer y otro vimos al despertar la exuberante vegetación de la
isla Verde, y cuando nuestro deseo creía desconocer aquella tierra,
venía la voz del capitán con su sempiterno ¡_levanta muras_! y ¡_cambia
en medio_! á recordarnos continuábamos de _vuelta y vuelta_, ó mejor
dicho, que nos manteníamos _sobre bordos_ en demanda del centinela
del estrecho.
Cuando no reinaba calma, la ventolina soplaba por la misma
proa. ¡Parecía cual si el islote se resistiera á dejarnos libre aquel
difícil paso en medio del cual se levanta!
A la caída de la tarde del diez y nueve, las densas nubes que
perezosamente descansaban sobre los lejanos picachos de Mindoro
oscilaron en el firmamento, rodando á los pocos momentos compactas por
la celeste bóveda, al empuje del tan deseado SE. Nuestro horizonte
poco á poco fué cubriéndose de los blancos copos desprendidos de la
región de las puras brumas, destacándose entre aquellos algún siniestro
nubarrón, arrancado por el viento del seno donde se engendra el rayo.
El _catavientos_ y las velas altas dieron señales de haber percibido
las primeras caricias del viento que tanto deseábamos, despertando
la _María Rosario_ del letargo en que há tiempo estaba sumida.
El viento se _entabló_ por completo, reinando con bastante fuerza el
marcado en las _monzones_ de Julio y Agosto.
Una vez que quedó la isla Verde entre la espumosa estela que dejaba
en las aguas una marcha de nueve millas, el estrecho se ensancha y
la navegación se hace más franca y menos peligrosa.
Con buen tiempo, SE. fijo, mar limpia de escollos, navegando en largo,
_demoramos_ por la proa la isla de Marinduque, teniendo á la banda de
estribor las extensas tierras de Mindoro. Esta isla que tiene más de
cuatrocientas millas de costa, es casi desconocida, cual sucede en el
Archipiélago con otras muchas y dilatadas comarcas. Los habitantes del
interior de la isla de Mindoro, han sido poco estudiados. El viajero,
el curioso ó el que por su cargo inspecciona la isla, recorre las
costas, siéndole muchas veces imposible internarse por oponerse la
fragosidad del terreno, lo inhospitalario de sus _pampas_ y bosques,
la falta de caminos, la carencia de recursos y el estado de algunas
tribus que se asemejan á las que habitan las montañas de _Mariveles_
y algunas provincias del Norte.
Respecto á estas razas, apenas conocidas, dice una notable publicación
que vió la luz en Manila, lo que sigue:
«En el terreno que ocupa la provincia de Ilocos Sur, habitan algunas
rancherías, cuyo principal número se halla en las altas montañas que
están en la parte Este. Entre ellas se hallan las de los tinguianes,
busaos, igorrotes quinanos y negritos, las cuales se extienden por la
gran cordillera, compartiendo su posesión con las de los itetapanes,
quinanos, mayoyaos, silipanes y otras que se hallan en terrenos de
otras provincias del Norte de la Isla de Luzón. Daremos una ligera
descripción de las razas que habitan en parte de la provincia de
que nos ocupamos, ó más próximas, que viven en rancherías y que
tienen alguna comunicación y comercio con los pueblos civilizados
de ella. Los igorrotes habitan las montañas de la parte más al Sur,
confinantes ya con la provincia de la Unión; los que se hallan en
los sitios más apartados de ellas, no tienen comunicación alguna
con los indios cristianos, pero los que ocupan los primeros montes
tienen algún trato con las poblaciones, y aunque su comercio es en
cortísima escala y muy lento, se ejecuta por lo regular en cambio ó
trueque, más bien que con numerario, pues de este solo se sirven para
la compra del oro que traen en pequeñas partículas. Los igorrotes
infieles admiten en cambio de sus efectos toda especie de animales,
aunque sean inútiles y despreciables, como el perro y el gato.
«No conocen otra ley que la más completa libertad, sin subordinación
á autoridad alguna, y son inclinados á toda clase de vicios. No usan
otro vestido que una especie de faja de lienzo ó de corteza de árbol,
según pueden, que se llama bajaque, y ellos la denominan _baac,_ y una
manta por lo regular de las que se fabrican en Ilocos, y se conocen con
el nombre de bandalas, ó bien un pedazo de tela cualquiera que colocan
sobre los hombros plegada ó suelta. Las mujeres usan una especie de
camisilla ó chaleco, abierto por delante, que atan con unos cordones,
y una manta ceñida á la cintura que las cubre hasta las rodillas. Los
principales llevan la manta y el baac negro y con bordados; en sus
lutos usan telas blancas. Los igorrotes son de buena estatura, su
color es cobrizo amarilloso; los ojos grandes, rasgados y negros,
y con el ángulo exterior muy agudo y más alto que el interior. Los
carrillos anchos y juanetudos; el pelo es largo, muy negro, y áspero;
el cuerpo robusto y bien formado; suelen pintarse de colores, y en
la mano se hacen una figura parecida á un sol. Fabrican sus casas
ó chozas de caña, cubriéndolas con cogon, formando la figura de un
triángulo como una especie de tienda de campaña, y no tienen más
luz que la que entra por el pequeño agujero que sirve de puerta;
generalmente las tienen muy desaseadas. En el centro de la cordillera
tienen casas mayores, de tabla de pino, que labran toscamente con una
especie de cuchillo de dos cortes que llaman _talivong_ y _bujías,_
el cual les sirve de arma. Usan también como ofensivas la lanza,
que arrojan con gran acierto, y las flechas, en cuyo manejo son poco
diestros y no alcanzan en esto á los negritos. Se alimentan con arroz,
frutas silvestres, raíces alimenticias, carne de búfalo, puerco y
ciervo, que cazan y preparan para su conservación: según se dice hay
entre ellos algunos que comen la carne humana, son muy asquerosos
y padecen muchas enfermedades cutáneas. Las mujeres para los partos
se van á la orilla de un río donde lavan la criatura así que ve la
luz; se baña también la madre, y concluída esta operación, coloca el
recién nacido en una especie de cestillo á la espalda y se vuelve á
su choza. Su idioma es muy distinto del de los pueblos cristianos
confinantes. La observación de las lunas les sirve de calendario,
y aun para formar sus pronósticos; los hay llamados bravos y mansos,
siendo los primeros los que no quieren comunicación alguna con los
pueblos reducidos.
Los tinguianes es otra raza que se extiende por las montañas del Este
de Ilocos hasta la provincia de Abra: son mucho más civilizados que
los igorrotes, y casi no merecen la denominación de salvajes. Los
hombres usan calzones anchos y una chaqueta ó chupa cerrada por
delante, como la de los chinos: se arrollan una tela ó especie de
toalla á la cabeza, cuyas puntas con flecos caen con gracia sobre la
espalda. Las mujeres usan el mismo traje que las igorrotas, con la
única diferencia de ser de color blanco, así como el de los hombres,
muy aseado, y bordadas las orillas de colores cuando están de gala;
desde la muñeca al codo se atan unos anchos brazaletes de abalorios
de colores, tan apretados, que les suele producir inflamación en el
brazo y la mano. Del mismo adorno usan algunas en los piés y hasta
en la cabeza, ciñéndose también un turbante, y otras se ponen una
especie de banda cuyo traje en conjunto es vistoso y bonito. El cutis
de esta raza es blanco, y con corta diferencia como el de los chinos;
su vida es frugal y aislada; comercian con los pueblos de cristianos;
pagan reconocimiento en frutos ó en dinero; compran tabaco en los
estancos de los pueblos reducidos, pero en una cantidad dada,
que reparten con equidad entre todos los vecinos de una ranchería,
son limpios y observan entre sí cierta etiqueta, viven tranquilos en
sus pueblecillos, y su carácter pacífico pero suspicaz, los aproxima
mucho á los indios civilizados. Hay algunos pueblos de ellos reducidos
al cristianismo y cultivan extensos campos de arroz, teniendo piaras
de carabaos, caballos y bueyes: se ejercitan en la caza de venados
y son enemigos de los igorrotes. Esta raza por su color, facciones y
traje, se cree sea descendiente de los chinos, que según tradición,
se internaron por estos montes desde la provincia de Pangasinan
cuando el pirata Limahon fué batido y obligado á reembarcarse; pero
la historia de aquellos tiempos nada dice de que quedasen estos
restos del ejército, antes bien asegura, que todos se embarcaron;
pero ello es que esta raza de infieles es distinta enteramente de las
demás que pueblan los montes del Norte de la isla de Luzón. Hay otra
raza llamada de guinanos que habitan la parte interior del país y á
la falda Este de la gran cordillera, que separa al Abra de Cagayan;
son de carácter feroz, y en los meses de Febrero y Marzo suelen hacer
sus correrías al Abra con solo el objeto de cortar cabezas, sean de
cristianos, sean de tinguianes ó igorrotes: para ello se aprovechan
de algún descuido; en teniendo alguna cabeza humana se retiran á sus
pueblos con gran algazara, donde celebran una gran fiesta que dura
muchos días. Concluída la fiesta, el matón guarda cuidadosamente el
cráneo como prueba de su valentía, y es tanto más estimado por sus
compoblanos, cuantas más cabezas ó cráneos adornan sus casas; suelen
también estar en continua guerra unos pueblos con otros; siempre
acometen á traición, y con grandes alaridos al echarse encima de la
víctima. Aun no ha sido posible hacer que penetrara hasta ellos la
luz evangélica.
Aunque bastante apartadas de la provincia de Ilocos por la parte
del Este, ocupa también esta cordillera la raza de los busaos
que confina con la de los tinguianes; sus tribus son de carácter
dulce y hábitos más propensos á la civilización, se pintan el brazo
imitando varias flores, llevan grandes anillos en las orejas y otros
se cuelgan en ellas un gran pedazo de madera, lo que les alarga mucho
la ternilla. El traje de los busaos es parecido al de los igorrotes,
solo se diferencian en que llevan en la cabeza una especie de casquete
ó solideo de bejuco ó de madera, cilíndrico y abierto por los lados
que algunas veces adornan con plumas; en lugar del _talibon_ usan
una arma llamada _ligua_ de la que usan también los tinguianes, que
es como una hacha de hierro casi cuadrada, con una punta por detrás
y mango corto, la que fabrican ellos mismos con hierro que extraen
junto á Benang; cultivan arroz con muy buen sistema de riego.
Los negritos que ocupan las montañas de Ilocos más bien se extienden
hacia la parte de Ilocos Norte que hacia el Sur; se diferencian poco de
los demás negros de los otros montes de las islas; su escaso vestido
suele ser de cáscara ó corteza de árboles ó alguna manta tosca; pagan
reconocimiento cuando se les puede hallar, reconocen por reyezuelo al
más viejo entre ellos, y entierran sus difuntos en el monte, poniendo
junto al cadáver eslabón, piedra, yesca, un arma y un pedazo de carne
de venado, y todo el que de ellos pasa próximo, ha de dejar algo de
lo que cogió en la caza ó le dieron los cristianos.»
En otro lugar leemos:
«En las escabrosidades de las altas montañas de todas las islas
Filipinas, y en las espinosas de sus impenetrables bosques, habitan
numerosas razas ó tribus de infieles, hasta cuyos desgraciados
individuos no ha penetrado aún, por desgracia, la luz del cristianismo
y de la civilización. Las cordilleras de la isla de Luzón están
habitadas por los _igorrotes, tinguianes, ifugaos_ y otras razas de
costumbres más ó menos feroces; pero la más generalmente extendida
por todos los montes de las islas es la de negritos aetas, que por
sus caracteres genéricos, su pelo crespo, sus labios prominentes y su
ángulo facial, se cree por algunos, sean los primitivos habitantes
de este suelo, pues concuerdan dichos caracteres con los de otros
que residen en la misma zona tórrida de África y varios puntos de
la Oceanía.
Los de estas islas viven errantes en la fragosidad de las selvas,
y aunque los hay de ellos que bajan á comerciar y se comunican con
los pueblos cristianos, se encuentran muchos que huyen de todo trato
con los hombres de distinta raza, manteniendo una continua guerra
con otros habitantes de los bosques. Se cree que los _desmayas,
malancos, manabos_ y _tagabotes_ de la isla de Mindanao, así como
los negros feroces de Nueva Ecija y otras tribus menos conocidas,
sean pertenecientes á la gran familia de estos primitivos moradores
de las islas.
Los negritos son en general pequeños, delgados y ágiles; pero no mal
formados. Tienen la nariz gruesa y aplastada, el cabello crespo como
lana enredada; el labio superior grueso y caído sobre el inferior;
su color es más claro y menos feo que el de los negros de la costa de
África, sin duda porque los de estas islas tienen más frondosos bosques
donde resguardarse de la acción del sol y porque se comunican más con
pueblos civilizados. Van completamente desnudos y se cubren con un
taparrabos de cortezas de árbol; los que tienen trato más frecuente
lo usan de tela, y llevan además un pedazo de coquillo de colores ó
de manta echado sobre los hombros y se suelen poner un pañuelo en la
cabeza. Los que comercian con dichos pueblos civilizados dan varios
productos de los montes, como miel, cera y bejucos, á cambio de telas
y de moneda: las mujeres de estos visten una ligera camisilla y un
tapis; las de los más feroces van desnudas: las primeras colocan en
su pelo un peine de caña, en el que ejecutan finas labores, y por
sus orejas taladradas atraviesan un pedacito de rama en flor, que
además de su erizada cabellera les da un aspecto extraño. Los hombres
solteros suelen usar también el peine de caña, como distintivo de su
estado. Todos ellos llevan siempre en su mano el arco y las flechas
que acostumbran á envenenar con jugo de plantas que ellos conocen,
en las cuales frotan é impregnan el hierro ó punta de ellas; algunos
usan un carcax de caña bambú para colocarlas; en la cintura llevan
un cuchillo ó _bolo_ muy afilado.
Se casan muy jóvenes y aunque no se reúnen con sus mujeres, se les ve
tomar estado á los ocho ó nueve años. Les gusta mucho estar junto el
fuego; encienden grandes hogueras, y por la noche se acuestan sobre
la ceniza caliente; para mayor abrigo suelen poner entre dos árboles
una especie de techado de hoja de palma, y por la mañana levantan el
campo para volver á dormir donde les coge la noche.
Las mujeres paren también sobre la ceniza: concluído el parto se bañan
y vuelven á acostarse sobre ella y á cuidar de su hijo, el que cuando
marchan lo llevan pendiente del cuello ó á la espalda, sostenido por
un lienzo atado, ó por una corteza de árbol apoyada en la nuca.
No se les conoce religión alguna. Comen puercos de monte, venados y
raíces alimenticias; pero nunca lo verifica uno solo. Tienen castigos
de pena de la vida para sí y para sus hijos por varios delitos; uno
de ellos es el de robar una mujer ajena; pena conmutable, entregando
flechas y armas.
Nombran sus jefes á los más ancianos. Entre los que frecuentan para
su comercio los pueblos cristianos, se suele investir á uno de ellos
del carácter de justicia, el cual impuesto de su cargo, los reune y
presenta cuando se les llama para el trabajo.
Sus distracciones consisten en el canto, en el baile y en ejercitarse
en el manejo de sus armas. Ejecutan un baile llamado _acubac_ que se
reduce á poner á las mujeres en el centro, y los hombres agarrándose
uno á otro por la cintura van marchando en círculo alrededor de ellas,
levantando la pierna dando una fuerte patada en el suelo al compás
de una canción muy lúgubre y pausada que con voz casi imperceptible
entonan las negras, y á la que ellos contestan con una especie de
terminaciones consonantes; á este triste canto le llaman _inalug_.
Por más esfuerzos que se han hecho por los PP. Misioneros y por las
autoridades de las islas para civilizar á los negros aetas, y hacerlos
vivir en sociedad, todo ha sido infructuoso. Aman su vida errante y
salvaje, y tarde ó temprano se vuelven á ella; ha sucedido ya estar
un negro enteramente civilizado y aun haber seguido estudios, y ha
desaparecido para volverse al monte á vivir desnudo y salvaje entre
sus compañeros. Estos desgraciados se niegan siempre á la luz de la
verdad y de la razón.»
Las anteriores líneas son la prueba más concluyente de lo mucho
que falta por hacer en Filipinas. A la vista de Manila, en su misma
bahía, en la provincia de Bataan, se destaca la sierra de Mariveles;
pues bien, en sus bosques hay razas errantes sin más dominio ni ley,
que las que Dios les dicta, ni la potente voz de los elementos que se
desarrollan sobre la inmensa copa de los árboles que les dan sombra,
alimento y guarida, y las que impone en la punta de sus flechas el
que impera por la ley del más fuerte.
Todas estas razas respetan instintivamente al español, sobre todo si
no los hostiga y maltrata. El europeo que se pierde en los laberintos
de bejucos y verduras de Mariveles, no tiene que temer por su vida aun
cuando se encuentre con alguna ranchería de _aetas_; estos lo acogerán
con mirada recelosa, mas bien pronto si ven que no les hacen daño,
se tornan dulces y serviciales.
El estado pacífico en que viven las razas de Mariveles, es sin duda
la causa del por qué no se las ha reducido, á pesar de habitar á las
puertas de Manila.
¡Cuántos misterios desconocidos, cuánta riqueza oculta y cuántas
cosas ignoradas contendrá la gran extensión de tierra que comprende
la isla de Mindoro, desde puerto _Galera_ á punta _Bunga_!
Las montañas de Mindoro poco á poco fueron ocultándose en los
horizontes que dejábamos á la proa, aclarándose los de _Marinduque_
por los círculos que abría en el espacio el bauprés de la _María
Rosario_.
Las pequeñas _Dos hermanas_, formando el vértice del triángulo
que cierran _Banton, Bantoncillo, Simarra y Maestre de Campo_, se
destacaban perfectamente ante nuestra vista, como asimismo los pequeños
islotes llamados _Tres Reyes_ y el _Diamante_, azotados constantemente
por las encontradas olas, efectos de las corrientes y las notables
_resacas_ que refluyen su influencia desde las costas de Marinduque.
La pequeña isla de Banton, nos trajo á la memoria un sin número de
recuerdos y un gran caudal de observaciones. En sus estrechos límites
habitaba nuestro querido amigo el Padre Pablo, fraile recoleto de gran
iniciativa, ciencia y decisión, que después de haber desempeñado en
Filipinas la supremacía del poder en la Orden, había dejado el peso
y responsabilidad del Provincialato, por el recogimiento, la quietud
y el aislamiento de la parroquia de Banton, islote casi desierto,
inhospitalario y desprovisto de cuanto constituye lo más necesario
de la vida.
Ya que la isla de Banton nos ha traído á la memoria á un antiguo amigo
fraile, y ya que tanto se ha dicho de estos, añadamos nosotros en el
siguiente capítulo una página más.
CAPÍTULO IV.
El fraile en Filipinas.
Al hablar de Filipinas es imposible dejar de ocuparse de las órdenes
monásticas: van tan íntimamente unidas con la historia y vicisitudes
por que ha pasado el Archipiélago, que donde quiera se relate un
suceso, donde quiera se evoque un recuerdo, donde quiera se contemple
una obra, allí está la mano, la inteligencia ó la actividad del fraile.
Para comprender lo que vale en el Oriente, para apreciarlo en todo
su valor, es preciso vivir algún tiempo en el país.
El fraile es el ser cosmopolita de la India; en su historia lo mismo
se le ve con el santo lábaro predicar la fe del Gólgota, que dar
al aire la enseña de Castilla y voltear el bronce llamando á los
buenos en el rebato de sus torreones, siempre que algún peligro ha
amenazado patria ó religión: alentados por estas dos palabras han
puesto repetidas veces sus pechos ante el enemigo de la raza, ó el
cuello ante el cuchillo del martirio. Los campos de China durante
más de dos siglos, la invasión de Manila por los piratas que hacían
temblar al Celeste Imperio, y más tarde la gran bahía llena de naves
inglesas, son imperecederas epopeyas en que las órdenes monásticas
han vertido su sangre, su persuasión y sus caudales.
El cosmopolitismo del bien, volvemos á decir, está sintetizado en
el convento.
A semejanza de la Edad Media, en que el Dios de las batallas con el
ruido de sus armas adormecía la inteligencia; cual aquella época del
arnés y de la lanza, se ocultaba en lo más recóndito de los cláustros
la ciencia en el libro y el experimento en las primitivas máquinas;
á imitación de entonces en que el fraile mantenía vivo el estudio y el
saber, así en el día el cláustro en el Oriente cual templo de vestales,
alienta la vívida luz de los humanos adelantos. Las bibliotecas de
los Dominicos, llenas de preciosos códices; los gabinetes de física y
química, con cuantos aparatos han inventado las nuevas conquistas de
la inteligencia; las magníficas colecciones de la naturaleza tropical
en todas sus manifestaciones; los góticos capiteles de Santo Domingo;
las sólidas construcciones de Agustinos y Franciscanos; el golpear
de las máquinas de vapor de los Recoletos; enseñan que la ciencia,
el arte y la industria, tienen su asiento bajo la esfera de acción
de las órdenes monásticas.
El convento no solamente sintetiza en Filipinas, la ciencia y el arte,
sino que también el laboratorio, la enfermería y la granja-modelo.
Sabido es cuan escaso es el personal de médicos y cuántas provincias
están entregadas á la virtud de sus plantas, á la tradición de sus
remedios y á los ungüentos y recetas del convento. Tanto el indio
como el castila que se siente aquejado de una enfermedad, llama al
fraile á la cabecera de su lecho, ó va á buscarlo en sus hospitalarias
casas-haciendas, en la seguridad de encontrar ciencia para la materia
y consuelo para el espíritu.
La hacienda de _Imus_ es una verdadera enfermería del castila, allí
el que llega tiene cuidados, cama y mesa.
Desde el jefe superior de las islas al último desgraciado, tienen
en Imus un cariñoso techo con solo llamar á aquellas puertas,
abiertas siempre para el bien y la caridad. No es solamente lugar
de convalecencia por sus condiciones naturales, sino que estas se
aunan con el perfeccionamiento y con el arte. Los baños de impresión
que tiene la casa son, sin duda por sus aguas y por la manera de
distribuirlas, unos de los mejores de las islas.
Cuantos requisitos constituye la granja-modelo, se encuentran en la
hacienda que nos ocupa. Espaciosos y bien preparados _tambobos_,
magníficas plantaciones de caña dulce, buenas máquinas, extensas
roturaciones, puentes, presas, encauces, sementeras y un perfecto
reglamento de colonos se ven en aquella. El colono que experimenta una
desgracia en el hogar, percibe cuantos auxilios le son necesarios; si
la desgracia proviene del campo, si una avenida asola sus cosechas, si
el tallo de la caña se agosta ante el destructor hálito de un _tifón_,
el fraile remedia el mal sin que el colono vea amenazado su porvenir
ante los sombríos colores de la usura. Cuando hay calamidades se
perdonan las rentas, y el _tambobo_ abre sus puertas, convirtiéndose
en piadoso pósito, seguro remedio de la propiedad y del labrador.
El viajero tiene no menos ventajas que el colono y el enfermo. El que
durante todo un día ha sufrido por bosques y caminos el sol tropical,
el que el aguacero ha mojado su cuerpo, el que se ve rendido por el
cansancio: alienta, se vivifica y cobra ánimos al oir los consoladores
ecos de la esquila del monasterio, del convento ó de la casa-hacienda;
bajo aquel bronce sabe hay españoles, hay patria, hay hermanos. Es
preciso haber pasado un día en la India y sentir las fatigas del
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