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La Fontana de Oro
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Benito Perez Galdos Spanish ASCII


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Dios. Yo no le conozco, ni me importa todo eso que me ha dicho. Si
el llega....

--Lo que menos me importa es ese viejo--contesto el militar.--Antes me
interesaba un poco. Crei que era de usted pariente, su esposo tal vez.
Pero despues he sabido que es un tiranuelo que vive para martiriza a una
pobre huerfana, que se muere da melancolia encerrada aqui. No puedo
ver con indiferencia que una persona tan guapa, tan amable, tan digna de
ser feliz, pase la vida en poder de esa fiera.

--iOh! Pues yo estoy bien asi. Le agradezco a usted su bondad--contesto
Clara;--pero no es necesaria. Vayase usted, por Dios.

--No me ire, no--dijo el militar, exaltandose un poco. Hace algunos dias
que me preocupa la idea de los martirios que usted debe sufrir. Siento
un deseo muy grande de libertarla a usted de ese maniatico, y creo que
realizare este proposito. He pasado por ahi cien veces al dia y me ha
dado horror el aspecto sombrio de esta casa, sepulcro en vida de tan
bella criatura. Usted se reira de mi, lo comprendo. Le parecera extrano
este interes que tomo por una persona a quien solo he visto una vez;
pero de este misterio no hay que hablar ahora. Lo que importa es que
usted se decida a hacer lo que yo le aconseje. Sepa usted que he jurado
no permitir que muera aqui de hastio y soledad. Estoy seguro de que
usted, que con tanta sencillez me comunico la unica vez que nos vimos
parte de sus desventuras, tendra hoy la confianza que necesito, sabra
apreciar la nobleza de mis propositos y no se opondra a que se realicen.

Clara no sabia que contestar. Estaba confundida al ver el generoso y
fraternal interes que tenia por ella una persona a quien habia visto tan
poco. Esto hubiera llenado de orgullo a otra mujer; pero Clara era muy
modesta, y ante aquella manifestacion afectuosa no tuvo mas que gratitud
y vergueenza. Nunca creyo merecer aquello.

--Yo lo agradezco mucho, senor--dijo;--pero....

La verdad es que no podia decirle que era feliz y que deseaba continuar
aquel genero de vida. Era cierto lo que el militar decia. Era imposible
vivir en compania de aquella fiera. ?Pero acaso no esperaba su salvacion
de otra persona? Esta idea la indujo a rechazar con mas energia las
ofertas que aquel le hacia.

--Usted no conoce a la persona con quien vive--continuo el
militar.--Usted no le conoce, yo si: ya me he informado de su caracter y
de sus ideas. No solo es un hombre extravagante e intratable, sino un
fanatico sin corazon, un hombre feroz, de perversos instintos y calculos
terribles. No: usted no puede seguir mas tiempo en manos de ese hombre,
que no es su pariente, ni su amigo: que se llama su protector, para
hacer de usted una victima de su orgullo brutal.

Clara comprendio, por la vehemencia con que el joven hablaba, que era
cierto su interes, y conocio tambien que la pintura que del viejo hacia
no era exagerada. El desconocido obraba con la mayor nobleza, sinceridad
y buena fe. Era uno de esos caracteres inclinados a las aventuras
dificiles y que implicaban la salvacion peligrosa de los que sufrian. Su
espiritu caballeresco, su corazon inclinado al bien, hallaron en aquel
suceso un motivo de ocupacion, y dedico toda su actividad a la
realizacion del mas generoso proposito. Ademas, un sentimiento bastante
energico de simpatia hacia aquella pobre huerfana, le impulsaba a
proceder con tanta diligencia. Mas adelante conoceremos el nombre y los
hechos de este noble, caballero.

--Pero no este usted mas tiempo aqui--dijo Clara.--?Como quiere usted
convencerme de que se interesa por mi, si precisamente estando aqui me
prueba lo contrario? Si el viene y le encuentra en la casa....

--No dira nada. Ese hombre es tan miserable, que no le importa ni la
felicidad ni el honor de usted: todo lo mirara con indiferencia. A usted
no le queda mas amparo que yo.

La huerfana, al oir estas palabras sintio un frio en el alma. El momento
en que eran dichas hacia que parecieran una gran verdad. Su unico,
legitimo y verdadero amigo no vendria. Ya no le quedaba mas amparo que
el de un advenedizo.

--Nada mas que yo; pero es bastante--continuo el joven con afectada
voz.--Siga usted el plan que yo le marque: no haga usted caso de ese
viejo. Yo sere para usted todo lo que puede ser un hombre de corazon y
honradez. Tenga usted en mi la confianza que se tiene en lo que nos ha
de salvar.... Y ahora, Clara, me voy. Pero no tardare en volver a dar
mis ordenes a la pobre prisionera, cuya felicidad pende de mi. iQue
orgullo siento en esto! Yo estare siempre alerta. Si le ocurre a usted
una nueva desventura, no necesita avisarme. Yo me hallare aqui para
socorrerla y animarla. No le queda a usted mas amparo que yo. Pienselo
usted bien. Adios.

La decision de aquel hombre desconocido, insinuado tan novelescamente en
los secretos de la casa, era muy firme. Se habia propuesto emprender una
aventura generosa, a que le inclinaban al mismo tiempo un sentimiento de
simpatia, y el deseo inveterado en el, de hacer bien.

Si habia un poco de egoismo en el, despues lo veremos. Ya se marchaba,
cuando Pascuala salio de la cocina asustada, y dijo:

--iEl amo!

--No abras--dijo Clara temerosa.--Espera: escondase usted.

Pero Elias, que tenia llave, no necesitaba que le abrieran para entrar.

--No importa--dijo el militar, que trataba de serenar a Clara.

Coletilla abrio y entro. Venia cabizbajo y abstraido. Dio algunos pasos
por el corredor sin ver al intruso; mas al llegar al extremo, noto aquel
bulto, alzo la cabeza, y vio al joven, que se inclinaba ante el con
mucho respeto.





CAPITULO XIV



#La determinacion.#


--?Que busca usted? ?quien es usted? ?que hace usted aqui?

--?No me conoce usted? Soy el que hace unos dias le trajo a usted muy
mal parado a su casa, y venia a ver si estaba usted ya completamente
restablecido.

--Si, senor; estoy bueno--contesto bruscamente, y entrando en la sala, a
donde le siguio el joven:--?no se ofrece nada mas?

--Nada mas, y me retiro: acabo de llegar--dijo con afectada naturalidad
el militar.--Me retiro repitiendole que me intereso mucho por su salud.

--Bien: ya me lo dijo usted el otro dia,--respondio Coletilla dirigiendo
miradas recelosas a Clara y a Pascuala.

--?Y no me manda usted nada?

--Nada mas sino que me deje usted en paz. ?No va usted a la procesion?
Esta muy lucida.

--No estoy para procesiones.

--?Le gusta a usted saber lo que pasa en las casas de los
realistas?--anadio el anciano con el acento amargo y receloso propio de
su caracter.--Aqui no se conspira. Y si yo conspirara, lo haria de modo
que no vinieran a sorprenderme los lechuguinos de la Milicia Nacional.

Clara estaba temblando. La parecia que el militar, ofendido por aquel
insulto, iba a desenvainar el tremendo sable que llevaba en la cintura y
a descargarlo sobre la cabeza del realista. Pero aquel sonrio
desdenosamente y dijo:

--Amigo, veo que me juzga usted mal. Puede estar seguro de que no me
ocupare en delatarle. ?Que dano puede hacer usted?

--?Yo?... Dano....--respondio el fanatico con una mueca feroz, que en el
equivalia a la sonrisa.

--Poco sera el que usted haga y por poco tiempo. Eso se lo juro a usted.
Con que voy a hacerle el favor de marcharme. Adios.

Dirigiose a la salida, no sin tratar de expresar a Clara con una mirada
lo que antes le habia dicho con muchas palabras, es decir, que confiara
en el y esperara. Hubiera querido verse acompanado de la joven hasta la
puerta; pero la infeliz no se atrevio. Cuando el militar estuvo fuera,
Coletilla se volvio a Clara, y con irritados ademanes, le dijo:

--?Hace mucho que entro aqui ese hombre?

--No, senor: un momento antes de usted llegar--respondio
temblando Clara.

--?Y por que le habeis abierto? ?No dije que no abrierais a nadie?

--Venia a preguntar por usted.

--?Por mi? Ya...--contesto Elias con furia.--Algun espia del
Gobierno. Pero ya me figuro la verdad. Este es algun mozalbete que te
hace la corte.

--?A mi? No, senor. Si no le conozco, no le he visto nunca, dijo Clara
temblando.

--Pues yo le he visto rondando esta calle. Si, senora, le he visto. No
me lo niegues. iTu tienes tratos con el, tu le has hablado, tu le has
dado cita aqui!...

Clara no habia visto nunca a Elias tan encolerizado contra ella. Las
inculpaciones que le hacia ofendieron tanto su inocencia, que en aquel
momento sintio lo que nunca habia sentido: una secreta aversion hacia
aquel hombre.

--Yo he sido un padre para ti, Clara; pero tu no has sabido apreciar
mi proteccion--continuo Coletilla con encono.--Tu eres una ingrata,
una mujer sin juicio; abusas de la libertad que te doy, abusas de mi
alejamiento de la casa. Pero yo juro que te enmendaras. Es preciso que
hoy mismo tome la determinacion que habia pensado. Si, hoy mismo.
Ahora mismo.

--Le digo a usted que no se quien es ese hombre; que hoy ha entrado
aqui a preguntar por usted. Yo no se quien es ni me he ocupado nunca de
semejante persona.

--Hipocrita, ?piensas que creo en tu aire de mosquita muerta? Fiese
usted de las ninas apocaditas. Pero tus travesuras se concluiran,
Clara. Ya no comprometeras otra vez mi reposo como hoy. Yo estoy
siempre fuera, y no quiero que durante mi ausencia se convierta esta
casa en un infame garito.

Clara no podia creer aquellas palabras. Ya sabemos que era poco ducha en
contestar cuando el terrible anciano la reprendia. Y esta vez su honor
ofendido no encontro tampoco las palabras que en aquella situacion
convenian. Nego y lloro tan solo, argumento que el realista tomo como la
ultima expresion de la hipocresia y el engano.

--Preparate, Clara, a salir de aqui. No mereces los sacrificios que he
hecho por ti. A ver si ahora compras florecitas y arreglas cintajos para
coquetear en la ventana. Vas a vivir de aqui en adelante en compania de
unas personas cuya proteccion no mereces tampoco. Pero estas son tan
caritativas, que te admitiran por consideraciones a mi. Preparate. Esta
tarde mismo voy a llevarte a casa de esas senoras, y alli viviras. Ellas
te ensenaran a ser mujer de bien, y alli veremos si vuelves a tus
locuras, veremos si te apartas del buen camino. Viviras con ellas; las
ayudaras y serviras en sus labores, y te ensenaran lo que no puedes
aprender en mi casa, sola y sin guia.

--iLas senoras de Porreno!--penso Clara con horror, aquellas tan erguidas
y finchadas, que le daban miedo siempre que le hablaban, dejandole una
impresion de tristeza que no podia borrar en muchos dias.

--Estas ideas del dia--continuo Elias como hablando solo,--pervierten
hasta a las muchachas mas recatadas. iEstas ideas del dia, esta lepra
social!... ise difunde sin saber como!... ipenetra en todas partes!
iQuien lo habia de decir!... Ya se ve... sola en esta casa... Iras,
Clara, en casa de esas senoras. Ten presente que no lo mereces, porque
ellas son personas muy principales y virtuosas, libres del contagio del
dia. Haz cuenta que entras en un santuario.

No habia remedio. La fatal determinacion, que, sin conocerla, habia
asustado tanto a la huerfana, estaba irremisiblemente tomada. Clara se
iba a vivir con aquellas misteriosas senoras, en cuya casa, segun
Coletilla decia, no habian penetrado las ideas del dia. Hacia tiempo que
el tenia este deseo para vivir mas a sus anchas; pero nunca se hubiera
atrevido a proponerlo a las tres venerables matronas, si estas, con una
generosidad que el no se cansaba de admirar, no se lo hubieran indicado.
Era ya cosa resuelta; asi es que Coletilla, al ocurrir la escena que
hemos referido, no quiso retardar ni un momento la determinacion, y
partio a casa de sus amigas a darles aviso, dejando a Clara entregada al
dolor mas profundo.

Digamos algo de las relaciones que anteriormente habia tenido Elias con
aquellas tres nobilisimas damas.

A fines del siglo era Elias mayordomo mayor de la casa de los Porrenos y
Venegas. La ruina de esta historica casa data de aquella misma epoca.
Don Baltasar Porreno, Marques de Porreno, que habia sido Consejero
intimo de Carlos IV, entablo un pleito con un pariente suyo,
descendiente de los Marqueses de Vedia. Este pleito duro diez anos, y en
el perdio Porreno casi toda su fortuna, contrayendo deudas espantosas.
Despues tuvo la desdicha de sostener a Godoy en la conspiracion de
Aranjuez, y caido Carlos IV, el Principe heredero no perdono medio de
hacerle dano. Su hermano don Carlos Porreno cometio el desproposito de
afrancesarse durante la guerra, y la proteccion de Junot y de Victor no
sirvieron sino para que fuera despues condenado a perpetua proscripcion.

Aquella casa ilustre y poderosa llego al extremo de la ruina con la
muerte del Marques; los acreedores embargaron sin respetar los preclaros
timbres de la familia, y despues de liquidadas las cuentas e
inventariados los bienes muebles e inmuebles, no les quedo a los
herederos sino una miseria. A la vuelta de Francia, Fernando olvido que
el Marques de Porreno habia sido su enemigo en la conspiracion de
Aranjuez, y concedio una pension a su hermana. El hijo varon del Marques
habia muerto en el viaje, navegando hacia America, y de la casa antigua
y poderosa no quedaron mas que tres senoras, a saber: la hermana y la
hija del Marques de Porreno, y la hija de su hermano don Carlos, que
siguio a Napoleon, y murio, segun se decia, en Praga, al volver de la
campana de Rusia.

Despues del triste fin de la casa, Elias siguio fiel a sus antiguos
amos. Al volver de la guerra, se presento a aquellos tres gloriosos
vestigios y les ofrecio de nuevo sus servicios; pero las tres damas no
tenian ya bienes que administrar. De su caudalosa fortuna no les restaba
sino unas tierras de pan llevar en el termino de Colmenarejo, y unos
vinedos de muy poco valor junto a Hiendelaencina. La administracion se
reducia a tomar las cuentas cada trimestre a dos colonos que cultivaban
aquellas heredades. Pero las senoras de Porreno, despues de su
decadencia, miraban a Elias como un buen amigo, le trataban de igual a
igual (ilo que puede la decadencia!), aunque el antiguo mayordomo no
traspasaba nunca, ni en sus conversaciones, el limite respetuoso que
separa a un _hijo de zafios labradores_ (frase suya) de tres damas
pertenecientes a la mas esclarecida nobleza.

Ellas no eran ninas. La hermana del Marques, llamada dona Maria de la
Paz Jesus, pasaba un poquito mas alla de los cincuenta, aunque se
conservaba muy bien. Su sobrina (hija mayor del mismo don Baltasar), que
se llamaba Salome, estaba haciendo constantemente intrincados calculos
para ver de que manera, sumando sus anos, podian resultar cuarenta tan
solo. La tercera, llamada dona Paulita (nunca se pudo quitar este
diminutivo), hija de don Carlos, el afrancesado, tenia treinta y dos,
cumplidos el dia de la Encarnacion. Esta dona Paulita era una santa.

Vivian humildemente, casi pobremente; pero con mucho arreglo. Varias
veces habian propuesto a Elias que se llevase a Clara a vivir con ellas,
por la razon de que sola en su casa, la muchacha se habia de contaminar
necesariamente con las ideas del siglo. Coletilla no accedio al
principio por respeto; pero al fin acogio la idea, y ya hemos visto como
se preparo a realizarla. Ademas, dona Maria de la Paz Jesus, que era
mujer de gran iniciativa, habia concebido el proyecto de un arreglo
domestico muy conveniente para Elias y para ellas. Este proyecto
consistia en que Elias tomara el piso segundo de aquella casa, el cual
ellas tenian como deposito de los muebles de la grandiosa casa antigua,
de que no habian querido desprenderse. El mayordomo aplazo para mas
adelante este arreglo.

--Senoras, al fin traigo esa chica--dijo Coletilla, presentandose a las
de Porreno.

--Bien, amigo--exclamo Salome;--traigala usted en seguida, esta
misma tarde.

--Pero, senoras--continuo,--esa muchacha tiene muy mala cabeza. Es
preciso que ustedes empleen en ella una severidad muy grande. De otro
modo es imposible sacar partido.

--?Pero que ha hecho?--exclamo dona Paulita, la santa.

Elias conto la aparicion del militar en su casa; conto los antecedentes
peligrosos de Clara, su deseo de parecer bien, la compra de las flores,
las composiciones del vestido, y las tres damas comenzaron a hacer
aspavientos. Salome entono un sermon, y dona Paulita se hizo cuatro
cruces desde la frente al estomago y desde un hombro a otro.

--Descuide usted, amigo, que ya la enmendaremos dijo Maria de la
Paz Jesus.

--Bien se comprende esa desenvoltura ... las muchachas del dia--dijo
Salome quitandose los espejuelos,--son todas asi. Y ya ... como esa
Clarita no tiene mala cara ... si ... una carilla asi ... desvergonzada
y graciosilla ... pues ... aquello no es hermosura.

--Pero, don Elias, ?es cierto eso de que ha hablado con
hombres?--exclamo Paz con una solemnidad arquiepiscopal, que era en ella
muy frecuente.--?Pero que basilisco es ese? ... Mas no importa. Ya la
enmendaremos nosotras. Ya la ensenaremos a portarse como una mujer de
bien.... iAy! la honestidad esta por los suelos. iQue siglo!

--iAhi!--exclamo dona Paulita, despues de concluir en voz baja un Padre
nuestro;--estas ideas del dia ... iJesus, que sociedad! Pero todo se
enmienda; y los mas pecadores son los que mas pronto salen de su error.
Traigala usted, don Elias, que yo confio en que esa desdichada entrara
por el buen camino, y sera una santa tal vez. ?No lo fue Maria la
Egipciaca?

Elias manifesto con repetidos movimientos de cabeza que estaba conforme
con estas apreciaciones. Salio de la casa, y una hora despues volvio
acompanado de Clara.

Para hacer comprender lo que Clara encontro de terrible en la
determinacion del realista, conviene describir prolijamente la casa y
sus extraordinarios habitantes.





CAPITULO XV



#Las tres ruinas.#


Las tres senoras de Porreno y Venegas vivian en una humilde casa de la
calle de Belen: esta casa constaba de dos pisos altos, y aunque vieja no
tenia mal aspecto, gracias a una reciente revocacion. No habia en la
puerta escudo alguno, ni empresa heraldica, ni portero con galones en
el zaguan, ni en el patio cuadra de alazanes, ni cochera con carroza
nacarada, ni ostentosa litera. Pero si en el exterior ni en la entrada
no se encontraba cosa alguna que revelase el altisimo origen de sus
habitadores, en el interior, por el contrario, habia mil objetos que
inspiraban a la vez curiosidad y respeto.

Es el caso que en la ruina de la familia, en aquella profana liquidacion
y en aquel bochornoso embargo que sucedio a la muerte del Marques, pudo
salvarse una parte de los muebles de la antigua casa (que estaba en la
calle del Sacramento), y fueron transportados a la nueva y triste
habitacion, acomodandolos alli como mejor fue posible. Estos muebles
ocupaban las dos terceras partes de la casa y casi todo el piso segundo,
que tambien era de ellas. Les fue imposible entregar a la deshonra de
una almoneda aquellos monumentos hereditarios, testigos de tantas
grandezas y desventuras tantas.

En el pasillo o antesala, que era bastante espacioso, habian puesto un
pesado armario de roble ennegrecido, con columnas salomonicas, gruesas
chapas de metal blanco en las cerraduras y bisagras, y en lo alto un
ovalo con el escudo de la casa de Porreno y Venegas, el cual escudo
consistia en seis bandas rojas en la parte superior, y en la inferior
tres veneros relucientes sobre plata y verde, ademas de una cabeza de
sarraceno, circuido todo con una cadena y un lema que decia: _En la
Puente de Lebrija peresci con Lope Diaz._ (No nos detendremos en la
explicacion de este sapientisimo lema, que aludia sin duda a la muerte
del primer Porreno en alguna de las expediciones de Alfonso VIII en
Andalucia.)

Las paredes de la misma antesala estaban todas cubiertas con los
retratos de quince generaciones de Porrenos, que formaban la historica
galeria de familia. Por un lado se veia a un antiguo procer del tiempo
del Rey nuestro senor don Felipe III, con la cara escualida, largo y
atusado bigote, barba puntiaguda, gorguera de tres filas de canjilones,
vestido negro con sendos golpes de pasamaneria, cruz de Calatrava,
espada de rica empunadura, escarcela y cadena de la Orden teutonica; a
su lado una dama de talle estirado y rigido, traje acuchillado; gran
faldellin bordado de plata y oro, y tambien enorme gorguera, cuyos
blancos y simetricos pliegues rodeaban el rostro como una aureola de
encaje. Por otro lado, descollaban las pelucas blancas, las enfocas
bordadas y las camisas de chorrera; alli una dama con un perrito que
enderezaba airosamente el rabo; aculla una vieja con un peinado de dos
o tres pisos, fortaleza de monos, plumas y arracadas; en fin, la galeria
era un museo de trajes y tocados, desde los mas sencillos y airosos
basta los mas complicados y extravagantes.

Algunos de estos venerandos cuadros estaban agujereados en la cara;
otros habian perdido el color, y todos estaban sucios, corroidos y
cubiertos con ese polvo clasico que tanto aman los anticuarios. En las
habitaciones donde dormian, comian y trabajaban las tres damas, apenas
era posible andar a causa de los muebles seculares con que estaban
ocupadas. En la alcoba habia una cama de matrimonio, que no parecia sino
una catedral. Cuatro voluminosas columnas sostenian el techo, del cual
pendian cortinas de damasco, cuyos colores primitivos se habian resuelto
en un gris claro con abundantes rozaduras y algun disimulado y
vergonzante remiendo; en otro cuarto se veian dos papeleras de talla con
innumerables divisiones, adornadas de pequenas figuras decorativas e
incrustaciones de marfil y carey. Sobre una de ellas habia un San
Antonio muy viejo y carcomido, con un vestido flamante y una vara de
flores de reciente hechura. Frente a esto, y en unos que fueron vistosos
marcos de palo-santo, se veian ciertos dibujos chinescos, regalo que
hizo al sexto Porreno (1548) su primo el principe de Antillano, que fue
con los portugueses a la India. Al lado de esto se hallaban unos vasos
mejicanos con estramboticas pinturas y enrevesados signos, que no
parecian sino cosa de herejia. Segun tradicion, conservada en la
familia, estos vasos, traidos del Peru por el septimo Porreno, almirante
y consejero del rey (1603), fueron mirados al principio con gran recelo
por la devota esposa de aquel senor, que creyendo fuesen cosa diabolica
y hecha por las artes del demonio, como indicaban aquellos cabalisticos
y no comprendidos signos, resolvio echarlos al fuego; y si no lo hizo
fue porque se opuso el octavo Porreno (1832), el mismo que fue despues
consejero de Indias y gran sumiller del senor rey don Felipe IV. Junto a
la cama campeaba un sillon de vaqueta chaveteado, testigo mudo del
pasado de tres siglos. Sobre aquel cuero perdurable se habian sentado
los gregueescos acairelados de un gentil hombre de la casa del Emperador;
recibio tal vez las gentiles posaderas de algun padre provincial, amigo
de la casa; quizas sostuvo los flacos muslos de algun familiar del Santo
Oficio en los buenos tiempos de Carlos II, y, por ultimo habia sido
honroso pedestal de aquellas humanidades que llevan un rabo en el
occipucio y aparecian constantemente aforradas en la chupa y ensartadas
en el espadin.

No lejos de este monumento se encontraban dos o tres arcones, de esos
que tienen cerraduras semejantes a las de las puertas de una fortaleza,
y eran verdaderas fortalezas, donde se depositaban los patacones, y
donde se sepultaba la vajilla, la plata de familia, las alhajas y joyas
de gran precio; pero ya no habla, en sus antros ningun tesoro, a no ser
dos o tres docenas de pesos que dentro de un calcetin guardaba dona Paz
para los gastos de la casa. Encima de estos muebles se veian roperos sin
ropa, jaulas sin pajaros, y arrinconado en la pared, un biombo de cuatro
dobleces, mueble que, entre los demas, tenia no se que de alborozado y
juvenil. Eran sus dibujos del gusto francos que la dinastia habia traido
a Espana; y en los cinco lienzos que lo formaban, habia amanerados
grupos de pastoras discretas y pastores con peluca al estilo de Watteau,
genero que hoy ha pasado a los abanicos.

Tambien existe (y si mal no recordamos estaba en la sala) un reloj de la
misma epoca con su correspondiente fauno dorado; pero este reloj, que en
los buenos tiempos de los Porrenos habia sido una maravilla de
precision, estaba parado y marcaba las doce de la noche del 31 de
Diciembre de 1800, ultimo ano del siglo pasado, en que se paro para no
volver a andar mas, lo cual no dejaba de ser significativo en semejante
casa. Desde dicha noche se detuvo, y no hubo medio de hacerle andar un
segundo mas. El reloj, como sus amas, no quiso entrar en este siglo.

Un lienzo mistico de pura escuela toledana ocupaba el centro de la sala
al lado del decimo cuarto Porreno (padre feliz de dona Paz), pintado por
Vanloo. Este gran cuadro representaba, si no nos engana la memoria, el
triunfo del Rosario, y era un agregado de pequenas composiciones
dispuestas en elipse, un cada una de las cuales estaba un retrato de un
fraile dominico, principiando por _Vicenzius_ y acabando por
_Hyacinthus_. En el centro estaba la Virgen con Santo Domingo,
arrodillado; y no tenia mas defecto sino que en el sitio donde el pintor
habia puesto la cabeza del santo, puso la humedad un agujero muy profano
y feo. Pero a pesar de esto, el lienzo era el _Sancta Sanctorum_ de la
casa, y representaba los sentimientos y creencias da todos los Porrenos,
desde el que perecio en Andalucia con Lope Diaz, hasta las tres ruinosas
damas, que en la epoca de nuestra historia quedaban para muestra de lo
que son las glorias mundanas.

En el cuarto de la devota ... (lo describimos de oidas, porque ningun
mortal masculino pudo jamas entrar en el) habia una Santa Librada,
imagen de quien era especial devoto y fiel ahijado el tercer Porreno
(1465). Con los anos se le habia roto la cabeza; pero dona Paulita tuvo
buen cuidado de pegarsela con un enorme pedazo de cera, si bien quedo la
santa tan cuellitorcida, que daba lastima. Junto a la cama (pudoroso y
casto mueble que nombramos con respeto) estaba el reclinatorio, al cual
no se acercaban ni sus tias. Sobre el se erguia un hermoso Cristo de
marfil, desfigurado por un faldellin de raso blanco, bordado de
lentejuelas, y una cinta anchisima y un amplio lazo que de los pies le
colgaba. El reclinatorio era una bella obra de talla del siglo XVI; pero
un carpintero del XIX le habia anadido para componerlo varios listones
de pino, dignos de un barril de aceitunas. El cojin donde las rodillas
de la santa se clavaban por espacio de cuatro horas todas las noches era
tan viejo, que su origen se perdia en la obscuridad de los tiempos; su
color era indefinible: la lana se salia a prisa por sus grandes roturas.

Todas estas reliquias, recuerdo de pasadas glorias, de instituciones, de
personas, de dias pasados, tenian un aspecto respetable y solemne. Al
entrar en aquella casa y ver aquellos objetos deteriorados por el
tiempo, bellos aun en su miseria, el visitador se sentia sobrecogido de
estupor y veneracion. Pero las reliquias, las ruinas que mas impresion
producian, eran las tres damas nobles y deterioradas que alli vivian, y
que en el momento de nuestra historia, correspondiente a este capitulo,
estaban sentadas en la sala, puestas en fila. Maria de la Paz, la mas
vieja, en el centro; las otras dos a los lados. Una de ellas tenia en la
mano un libro de horas, otra cosia, la tercera bordaba con hilo de plata
un pequeno roponcillo de seda, que sin duda se destinaba a abrigar las
carnes de algun santo de palo. Las tres, colocadas con simetria,
silenciosas y tranquilamente ensimismadas en su oracion o su trabajo,
ofrecian un cuadro sombrio, glacial, lugubre. Describiremos los
principales rasgos de esta trinidad ilustre.

Maria de la Paz (quitemosla el dona, porque supimos casualmente que le
agradaba verse despojada de aquel tratamiento), hermana menor del
Marques de Porreno, era una mujer de esas que pueden hacer creer que
tienen cuarenta anos, teniendo realmente mas de cincuenta. Era alta,
gruesa y robusta, de cara redonda y pecho abultado, que se hacia mas
ostensible por el singular empeno de cenirse a la altura usada en tiempo
de Maria Luisa. Su rostro, perfectamente esferoidal, descansaba sin mas
intermedio sobre el busto; y su pelo, negro aun por una condescendencia
de los anos, y partido en dos zonas sobre la frente, le tapaba entrambas
orejas, recogiendose atras. Su nariz era pequena y amoratada; su boca
mas pequena aun y tan redonda, que parecia un boton encarnado; los ojos
no muy grandes, la barba prominente, los dientes agudos, y uno de ellos
le asomaba siempre cuando mas cerrados tenia los labios. De la
extremidad visible de sus orejas pendian dos enormes herretes de
filigrana, que parecian dos pesos destinados a mantener en equilibrio
aquella cabeza. En el siniestro lado tenia una grande y muy negra
verruga, que asemejaba un exvoto puesto en el altar de su cara por la
piedad de un catolico. El cuerpo formaba gran armonia con el rostro; y
en sus manos pequenas, coloradas y gordas, resplandecian muchos anillos,
en los que los brillantes habian sido habilmente trocados por piedras
falsas. Echemos un velo sobre estas lastimas.

Salome era un tipo enteramente contrario. Asi como la figura de Paz no
tenia nada de aristocratico, la de esta era de esas que la rutina o la
moda califican, cuando son bellas, de aristocraticas. Era alta y flaca,
flaca como un espectro. Su rostro amarillo habia sido en tiempo de
Carlos IV un ovalo muy bello; despues era una cosa oblonga que media una
cuarta desde la raiz del pelo a la barba; su cutis, que habia sido
finisimo jaspe, era ya papel de un titulo de ejecutoria, y los anos
estaban trazados en el con arrugas tan rasgueadas que parecian la
complicada rubrica de un escribano. No se sabe cuantos anos habian
firmado sobre aquel rostro. Las cejas arqueadas y grandes eran
delicadisimas: en otro tiempo tuvieron suave ondulacion; pero ya se
recogian, se dilataban y contraian como dos culebras. Debajo se abrian
sus grandes ojos, cuyos parpados ennegrecidos, calidos, venenosos y casi
transparentes, se abatian como dos compuertas cuando Salome queria
expresar su desden, que era cosa muy comun. La nariz era afilada y tan
flaca y huesosa, que los espejuelos, que solia usar, se le resbalaban
por falta de cosa blanda en que agarrarse, viendose la senora en la
precision de sujetarselos atras con una cinta. Y, por ultimo, para que
esta efigie fuera mas singular, adornaban airosamente su labio superior
unos vellos negros que habian sido agraciado bozo y eran ya un bigotillo
barbiponiente, con el cual formaban simetria dos o tres pelos
arraigados bajo la barba, apendices de una longitud y lozania que
envidiara cualquier moscovita.

El despecho cronico habia dado a este rostro un mohin repulsivo y una
siniestra contraccion que se avenia muy bien con las formas de la
figura y su atavio. Desaparecian los cabellos bajo un tocado de
tristisimo aspecto, y el cuello, que fue comparado al del cisne por un
poeta quejumbron del tiempo de Comella, era ya delgado, sinuoso y
escueto. Marcabanse en el los huesos, los tendones y las venas,
formando como un manojo de cuerdas; y cuando hablaba alterandose un
poco, aquellas mal cubiertas piezas anatomicas se movian y aguaban como
las varas de un telar. Debajo de toda esta maquina se extendia en
angosta superficie el seno de la dama, cuyas formas al exterior no
podria apreciar en la epoca de nuestra historia el mas experimentado
geometra, y mas abajo la otra maquina de su talle y cuerpo, inaccesible
tambien a la induccion; maquina que a fuerza de ataques nerviosos habia
llegado a la mas completa morosidad. Cubriala un luengo traje negro.
Entre los pliegues de un vastisimo panuelo del mismo color, se
destacaban dos manos blancas, finisimas, de un contorno y suavidad
admirables. Pero no eran las manos la unica cosa bella que se advertia
en aquella ruina, no: tenia otra cosa mil veces mas bella que las
manos, y eran los dientes, que, salvados del general desastre, se
conservaban hermosisimos, con perfecta regularidad, esmalte brillante e
intachable forma. Oh, los dientes de aquella senora eran divinos: solo
ellos recordaban el antiguo esplendor; y cuando aquel vestigio se
sonreia (cosa muy rara); cuando dejaba ver, contrastando con lo
desapacible del rostro, las dos filas de dientes de incomparable
hermosura, parecia que la belleza, la felicidad y la juventud se
asomaban a su boca, o que una luz aclaraba aquel rostro apagado.

Dona Paulita (nunca pudo quitarse ni el _dona_ ni el diminutivo) no se
parecia en nada ni a su tia ni a su prima. Era una santa, una santita.
Sus ademanes estaban en armonia con su caracter, de tal modo, que verla
y sentir ganas de rezarle un Padrenuestro era una misma cosa. Miraba
constantemente al suelo, y su voz tenia un timbre nasal e impertinente
como el de un monaguillo constipado. Cuando hablaba, cosa frecuente, lo
hacia en ese tono que generalmente se llama de carretilla, como dicen
los chicos la leccion; en el tono en que se recitan las letanias y los
gozos. Examinando atentamente su figura, se observaba que la expresion
mistica que en toda ella resplandecia, era mas bien debida a un habito
de contracciones y movimientos, que a natural y congenita forma. No se
crea por eso que era hipocrita, no: era una verdadera santa, una santa
por conviccion y por fervor.

Tenia el rostro compungido y desapacible, palido y ojeroso, aspera y
morena la tez, con el circuito de los ojos como si acabara de llorar;
las cejas muy negras y pobladas; la boca un poco grande y con cierta
gracia innata, casi desfigurada por el mohin compungido de sus labios,
hechos a la modulacion silenciosa de palabras santas.

El que fuera digno de gozar el singular privilegio de ser mirado por
ella, habria advertido en sus ojos la inalterable fijeza, la expresion
glacial, que son el primer distintivo de los ojos de un santo de palo.
Pero habia momentos, y de esto solo el autor de este libro puede ser
testigo; habia momentos, decimos, en que las pupilas de la santa
irradiaban una luz y un calor extraordinarios. Y es que, sin duda, el
alma abrasada en amor divino se manifiesta siempre de un modo misterioso
y con sintomas que el observador superficial no puede apreciar.

Su vestido era recatado y monjil, no siendo posible certificar que bajo
sus tocas hubiera algo parecido a una cabellera, aunque nos atrevemos a
asegurar que la tenia, y muy hermosa. Su estatura no pasaba de mediana,
y a pesar de la modestia, poca elegancia, y ninguna presuncion con que
vestia, era indudable que un mundano topografo, llamado a medir las
formas de aquella santa, no se hubiera encontrado con tanta falta de
datos como en presencia de su ilustre prima la acartonada Marta Salome.

Conocida esta trinidad ilustre, conviene recordar algunos antecedentes
historicos. Alla por los anos de 1790, los Porrenos eran muy ricos,
tenian gran boato y gozaban de mucha preponderancia en la Corte.
Entonces Paz tenia diez y nueve anos, y era tan fresca, robusta y
coloradota, que un poeta de aquel tiempo la comparo a Juno. Decian sus
primas por lo bajo que era muy orgullosa, y su padre el decimocuarto
de los Porrenos, aseguraba que no habia principe ni duque que fuera
digno de aquella flor. Estuvo arreglado su casamiento con un joven de
la ilustre casa de Gaytan de Ayala; pero acontecio que el tal no gusto
de Juno, y la boda fue un sueno. Es imposible pintar el dolor que tuvo
la infeliz cuando Maria Luisa, hallandose una noche en casa de la
duquesa de Chinchon, se permitio hacer, con su acostumbrada malicia,
algunas apreciaciones un poco picantes sobre la gordura y redondez de
nuestra diosa.

Esto no fue, sin embargo, obstaculo para que, pasados cuatro meses, se
ajustaran las bodas de Paz con un caballero irlandes que estaba en la
embajada inglesa. Pero el diablo, que no duerme, hizo que ocurrieran a
ultima hora algunas dificultades: el decimocuarto Parreno era cristiano
muy viejo y muy temeroso de Dios; y cierto fraile de la Merced, que
frecuentaba la casa y tomaba alli el chocolate todas las noches, dio en
probar, con la autoridad de San Anselmo y Origenes, que aquel
caballerito irlandes era hereje y poco menos que judio. Alarmose la
susceptible conciencia del Marques, y despues de echarle un sermon
consolatorio a Paz, esta se quedo sin marido, con la triste
circunstancia de que se ponia cada vez mas gorda, y ni bajandose el
talle podia disimular aquel mal. Por ultimo, en Diciembre de 1795, Paz
se caso con un pariente viejo y fastidioso, que cometio el singular
desproposito de morirse a los siete dias de casado, dejando a su mujer
mas gruesa, pero no en cinta. Por la rama femenina los Porrenos se
quedaron sin sucesion, lo cual hacia que el viejo Marques, en sus
accesos de melancolia, se pusiera a llorar como un nino, presagiando el
triste fin y acabamiento de su gloriosa casa.

Entonces murio el viejo: heredole su hijo don Baltasar, padre de Salome;
y con esta, cuya belleza era notable, habia formado el padre proyectos
matrimoniales que remediaran la ruina que ya le amenazaba. El pleito
comenzaba a aparecer formidable, siniestro, terrible, como un monstruo
de multiples miembros; habiase apoderado de la casa, la estrechaba, la
devoraba, la consumia. Un pleito es un incendio; pero mas terrible,
porque es mas lento. La casa ilustre comenzaba a desmoronarse: era
inutil que le quisieran poner un puntal aqui, otro alla; la casa se
venia al suelo, porque el monstruo terrible no cesaba en su actividad
destructora. Lo unico que logro don Baltasar fue disimular su ruina.
Nadie creia que aquella casa poderosa estaba devorada por los
acreedores. Solo Elias Orejon, que gozaba sin sueldo de las
preeminencias de intendente, lo sabia. Don Baltasar fundaba su esperanza
en Salome, cuyo peinado de canastillo habia seguramente gustado mucho al
joven Duque de X..., que buscaba esposa en la tertulia de la citada
Duquesa de Chinchon.

Salome era entonces una Silfide. Ninguna le igualaba en esbeltez y
delicadeza: vestia con suma gracia y sencillez, y bailaba el minueto da
una manera tan sutil y ligera, que aparecia del modo menos terrestre
que es posible en la figura humana.

El Duque se enamoro de ella como un loco: hizo que uno de los mas
enfadosos poetas de aquel tiempo escribieran unas estrofas amatorias,
que el joven apasionado deslizo suavemente en la mano de Salome a la
    
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