free book ebook online reading
eBook Title
Doña Perfecta
Author Language Character Set
Benito Pérez Galdós English ISO-8859-1


You are here --- [ Home / Author Index B / Benito Pérez Galdós / Doña Perfecta / Page #12 ]

--¿Grande, grande?... Grandísimo por el corazón;

[15] pero ¿tengo yo plazas fuertes, tengo caballería, tengo
artillería?

--Esa es una cosa, Ramos--dijo doña Perfecta
sonriendo,--de que yo no me ocuparía. ¿No tiene el enemigo
lo que a ti te hace falta?

[20] --Sí.

--Pues quítaselo....

--Se lo quitaremos, sí, señora. Cuando digo que se lo
quitaremos....

[25] --Querido Ramos--exclamó D. Inocencio.--Envidiable
posición es la de usted.... ¡Destacarse, elevarse sobre
la vil muchedumbre, ponerse al igual de los mayores héroes
del mundo... poder decir que la mano de Dios guía su
mano.... ¡Oh, qué grandeza y honor! Amigo mío, no
es lisonja. ¡Qué apostura, qué gentileza, qué gallardía!...
[30] No; hombres de tal temple no pueden morir. El Señor
va con ellos y la bala y hierro enemigos detiénense...
no se atreven... ¿qué se han de atrever viniendo de
cañón y de manos de herejes?... Querido Caballuco, al
ver a usted, al ver su bizarría y caballerosidad, vienen a mi
memoria, sin poderlo remediar, los versos de aquel romance     167
de la conquista del imperio de Trapisonda:

Llegó el valiente Roldán
de todas armas armado,
[5]  en el fuerte Briador,
su poderoso caballo,
y la fuerte Durlindana
muy bien ceñida a su lado,
la lanza como una entena,
[10] el fuerte escudo embrazado....
Por la visera del yelmo
fuego venía lanzando;
retemblando con la lanza
como un junco muy delgado,
[15] y a toda la hueste junta
fieramente amenazando.

--Muy bien--exclamó Licurgo batiendo palmas.--Y yo
digo como D. Renialdos:

¡Nadie en don Renialdos toque
[20] si quiere ser bien librado!
Quien otra cosa quisiere
él será tan bien pagado,
que todo el resto del mundo
no se escape de mi mano
[25] sin quedar pedazos hecho
o muy bien escarmentado.

--Ramos, tú querrás cenar; tú querrás tomar algo, ¿no
es verdad?--dijo la señora.

--Nada, nada--repuso el Centauro,--denme si acaso
[30] un plato de pólvora.

Diciendo esto, soltó estrepitosa carcajada, dió varios
paseos por la habitación, observado atentamente por todos,
y deteniéndose junto al grupo, fijó los ojos en doña Perfecta,
y con atronadora voz profirió estas palabras:

[35] --Digo que no hay más que decir. ¡Viva Orbajosa,
muera Madrid!

Descargó la mano sobre la mesa, con tal fuerza que             168
retembló el piso de la casa.

--¡Qué poderoso brío!--dijo D. Inocencio.

--Vaya que tienes unos puños....

[5]  Todos contemplaban la mesa que se había partido en dos
pedazos.

Fijaban luego los ojos en el nunca bastante admirado
Renialdos o Caballuco. Indudablemente había en su
semblante hermoso, en sus ojos verdes, animados por extraño
[10] resplandor felino, en su negra cabellera, en su cuerpo
hercúleo, cierta expresión y aire de grandeza, un resabio o más
bien recuerdo de las grandes razas que dominaron al mundo.
Pero su aspecto general era el de una degeneración
lastimosa, y costaba trabajo encontrar la filiación noble y
[15] heroica en la brutalidad presente. Se parecía a los grandes
hombres de D. Cayetano, como se parece el mulo al caballo.




XXIII

=Misterio=

Después de lo que hemos referido, duró mucho la
conferencia; pero omitimos lo restante por no ser indispensable
para la buena inteligencia de esta relación. Retiráronse al
[20] fin, quedando para lo último, como de costumbre, el Sr. D.
Inocencio. No habían tenido tiempo aún la señora y el
canónigo para cambiar dos palabras, cuando entró en el
comedor una criada de edad y mucha confianza, que era
el brazo derecho de doña Perfecta, y como ésta la viera
[25] inquieta y turbada, llenóse también de turbación, sospechando
que algo malo en la casa ocurría.

--No encuentro a la señorita por ninguna parte--dijo
la criada, respondiendo a las preguntas de la señora.

--¡Jesús! ¡Rosario!... ¿dónde está mi hija?

--¡Válgame la Virgen del Socorro!--gritó el                    169
Penitenciario, tomando el sombrero y disponiéndose a correr tras
la señora.

--Buscadla bien.... ¿Pero no estaba contigo en su
[5]  cuarto?

--Sí, señora--repuso temblando la criada vieja;--pero
el demonio me tentó y me quedé dormida.

--¡Maldito sea tu sueño!... ¡Jesús mío!... ¿qué
es esto? ¡Rosario, Rosario.... Librada!

[10] Subieron, bajaron, tornaron a bajar y a subir, llevando
luz y registrando todas las piezas. Por último oyóse la voz
del Penitenciario en la escalera, que decía con júbilo:

--Aquí está, aquí está. Ya pareció.

Un instante después madre e hija se encontraban la una
[15] frente a la otra en la galería.

--¿Dónde estabas?--preguntó con severo acento doña
Perfecta, examinando el rostro de su hija.

--En la huerta--repuso la niña más muerta que viva.

--¿En la huerta a estas horas? ¡Rosario!...

[20] --Tenía calor, me asomé a la ventana, se me cayó el
pañuelo y bajé a buscarlo.

--¿Por qué no dijiste a Librada que te lo alcanzase?...
¡Librada!... ¿Dónde está esa muchacha? ¿Se ha
dormido también?

[25] Librada apareció al fin. Su semblante pálido indicaba
la consternación y el recelo del delincuente.

--¿Qué es esto? ¿Dónde estabas?--preguntó con
terrible enojo la dama.

--Pues, señora... bajé a buscar la ropa que está en
[30] el cuarto de la calle... y me quedé dormida.

--Todas duermen aquí esta noche. Me parece que alguna
no dormirá en mi casa mañana. Rosario, puedes retirarte.

Comprendiendo que era indispensable proceder con
prontitud y energía, la señora y el canónigo emprendieron sin
tardanza sus investigaciones. Preguntas, amenazas, ruegos,     170
promesas, fueron empleadas con habilidad suma para
inquirir la verdad de lo acontecido. No resultó ni sombra de
culpabilidad en la criada anciana; pero Librada confesó de
[5]  plano entre lloros y suspiros todas sus bellaquerías, que
sintetizaremos del modo siguiente:

Poco después de alojarse en la casa, el señor Pinzón
empezó a hacer cocos a la señorita Rosario. Dió dinero a
Librada, según ésta dice, para tenerla por mensajera de
[10] recados y amorosas esquelas. La señorita no se mostró
enojada, sino antes bien gozosa, y pasaron algunos días de
esta manera. Por último, la sirvienta declara que aquella
noche Rosario y el Sr. Pinzón habían concertado verse y
hablarse en la ventana de la habitación de este último, que
[15] da a la huerta. Confiaron su pensamiento a la doncella,
quien ofreció protegerlo mediante una cantidad que se le
entregara en el acto. Según lo convenido, el Pinzón debía
salir de la casa a la hora de costumbre y volver ocultamente
a las nueve, y entrar en su cuarto, del cual y de la casa
[20] saldría también clandestinamente más tarde, para volver sin
tapujos a la hora avanzada de costumbre. De este modo
no podría sospecharse de él. La Librada aguardó al
Pinzón, el cual entró muy envuelto en su capote sin hablar
palabra. Metióse en su cuarto a punto que la señorita
[25] bajaba a la huerta. La Librada, mientras duró la entrevista,
que no presenció, estuvo de centinela en la galería
para avisar a Pinzón cualquier peligro que ocurriese; y al
cabo de una hora salió éste como antes, muy bien cubierto
con su capote y sin hablar una palabra. Concluída la
[30] confesión, D. Inocencio preguntó a la desdichada:

--¿Estás segura de que el que entró y salió era el Sr.
Pinzón?

La reo no contestó nada, y sus facciones indicaban gran
perplejidad.

La señora se puso verde de ira.                                171

--¿Tú le viste la cara?

--¿Pero quién podría ser sino él?--repuso la doncella.--Yo
tengo la seguridad de que era él. Fué derecho a su
[5]  cuarto... conocía muy bien el camino.

--Es raro--dijo el canónigo.--Viviendo en la casa no
necesitaba emplear tales tapujos.... Podía haber
pretextado una enfermedad y quedarse.... ¿No es verdad,
señora?

[10] --Librada--exclamó ésta con exaltación de ira,--te
juro por Dios que irás a presidio.

Después cruzó las manos, clavándose los dedos de la una
en la otra con tanta fuerza, que casi se hizo sangre.

--Sr. D. Inocencio--exclamó.--Muramos... no hay
[15] más remedio que morir.

Después rompió a llorar desconsolada.

--Valor, señora mía--dijo el clérigo con acento
patético.--Mucho valor.... Ahora es preciso tenerlo grande.
Esto requiere serenidad y gran corazón.

[20] --El mío es inmenso--dijo entre sollozos la de
Polentinos.

--El mío es pequeñito...--dijo el canónigo;--pero
allá veremos.




XXIV

=La confesión=

Entre tanto Rosario, con el corazón hecho pedazos, sin
[25] poder llorar, sin poder tener calma ni sosiego, traspasada
por el frío acero de un dolor inmenso, con la mente pasando
en veloz carrera del mundo a Dios y de Dios al mundo,
aturdida y media loca, estaba a altas horas de la noche en
su cuarto, puesta de hinojos, cruzadas las manos, con los
[30] pies desnudos sobre el suelo, la ardiente sien apoyada en el
borde del lecho, a obscuras, a solas, en silencio. Cuidaba     172
de no hacer el menor ruido, para no llamar la atención de
su mamá, que dormía o aparentaba dormir en la habitación
inmediata. Elevó al cielo su exaltado pensamiento en esta
[5]  forma:

--Señor, Dios mío, ¿por qué antes no sabía mentir y
ahora sé? ¿Por qué antes no sabía disimular y ahora
disimulo? ¿Soy una mujer infame?... Esto que siento
y que a mí me pasa es la caída de las que no vuelven a
[10] levantarse. ¿He dejado de ser buena y honrada?...
Yo no me conozco. ¿Soy yo misma, o es otra la que está
en este sitio?... ¡Qué de terribles cosas en tan pocos
días! ¡Cuántas sensaciones diversas! ¡Mi corazón está
consumido de tanto sentir!... Señor, Dios mío, ¿oyes
[15] mi voz, o estoy condenada a rezar eternamente sin ser oída?...
Yo soy buena, nadie me convencerá de que no soy
buena. Amar, amar muchísimo, ¿es acaso maldad?...
Pero no... esto no es una ilusión, un engaño. Soy más
mala que las peores mujeres de la tierra. Dentro de mí
[20] una gran culebra me muerde y me envenena el corazón....
¿Qué es esto que siento? ¿Por qué no me matas, Dios
mío? ¿Por qué no me hundes para siempre en el Infierno?...
Es espantoso, pero lo confieso, lo confieso a solas a
Dios, que me oye, y lo confesaré ante el sacerdote.
[25] Aborrezco a mi madre. ¿En qué consiste esto? No puedo
explicármelo. Él no me ha dicho una palabra en contra de
mi madre. Yo no sé cómo ha venido esto.... ¡Qué
mala soy! Los demonios se han apoderado de mí. Señor,
ven en mi auxilio, porque no puedo con mis propias fuerzas
[30] vencerme.... Un impulso terrible me arroja de esta casa.
Quiero huir, quiero correr fuera de aquí. Si él no me lleva,
me iré tras él arrastrándome por los caminos.... ¿Qué
divina alegría es ésta que dentro de mi pecho se confunde
con tan amarga pena?... Señor, Dios padre mío, ilumíname.
Quiero amar tan sólo. Yo no nací para este                     173
rencor que me está devorando. Yo no nací para disimular,
ni para mentir, ni para engañar. Mañana saldré a la calle,
gritaré en medio de ella, y a todo el que pase le diré: _amo,
[5]  aborrezco_.... Mi corazón se desahogará de esta manera....
¿Qué dicha sería poder conciliario todo, amar y
respetar a todo el mundo! La Virgen Santísima me
favorezca.... Otra vez la idea terrible. No lo quiero pensar,
y lo pienso. No lo quiero sentir, y lo siento. ¡Ah! no
[10] puedo engañarme sobre este particular. No puedo ni
destruirlo ni atenuarlo... pero puedo confesarlo y lo
confieso, diciéndote: ¡Señor, que aborrezco a mi madre!

Al fin se aletargó. En su inseguro sueño, la imaginación
le reproducía todo lo que había hecho aquella noche,
[15] desfigurándolo, sin alterarlo en su esencia. Oía el reloj de la
catedral dando las nueve; veía con júbilo a la criada
anciana, durmiendo con beatífico sueño, y salía del cuarto
muy despacito para no hacer ruido; bajaba la escalera
suavemente, que no movía un pie hasta no estar segura de
[20] poder evitar el más ligero ruido. Salía a la huerta, dando
una vuelta por el cuarto de las criadas y la cocina; en la
huerta deteníase un momento para mirar al cielo, que
estaba negro y tachonado de estrellas. El viento callaba.
Ningún viento interrumpía el hondo sosiego de la noche.
[25] Parecía existir en ella una atención fija y silenciosa, propia
de ojos que miran sin pestañear y oídos que acechan en la
expectativa de un gran suceso.... La noche observaba.

Acercábase después a la puerta vidriera del comedor, y
miraba con cautela a cierta distancia, temiendo que la vieran
[30] los de dentro. A la luz de la lámpara del comedor veía
a su madre de espaldas. El Penitenciario estaba a la
derecha y su perfil se descomponía de un modo extraño; crecíale
la nariz, asemejándose al pico de un ave inverosímil, y
toda su figura se tornaba en una recortada sombra, negra y
espesa, con ángulos aquí y allí, irrisoria, escueta y delgada. 174
Enfrente estaba Caballuco, más semejante a un dragón que
a un hombre. Rosario veía sus ojos verdes, como dos
grandes linternas de convexos cristales. Aquel fulgor y la
[5]  imponente figura del animal le infundían miedo. El tío
Licurgo y los otros tres se le presentaban como figuritas
grotescas. Ella había visto, en alguna parte, sin duda en
los muñecos de barro de las ferias, aquel reír estúpido,
aquellos semblantes toscos y aquel mirar lelo. El dragón
[10] agitaba sus brazos, que en vez de accionar, daban vueltas
como aspas de molino, y revolvía los globos verdes, tan
semejantes a los fanales de una farmacia, de un lado para
otro. Su mirar cegaba.... La conversación parecía
interesante. El Penitenciario agitaba las alas. Era una
[15] presumida avecilla que quería volar y no podía. Su pico se
alargaba y se retorcía. Erizábansele las plumas con
síntomas de furor, y después, recogiéndose y aplacándose,
escondía la pelada cabeza bajo el ala. Luego las figurillas de
barro se agitaban queriendo ser personas, y Frasquito
[20] González se empeñaba en pasar por hombre.

Rosario sentía un pavor inexplicable en presencia de
aquel amistoso concurso. Alejábase de la vidriera y seguía
adelante paso a paso, mirando a todos lados por ver si era
observada. Sin ver a nadie, creía que un millón de ojos se
[25] fijaban en ella.... Pero sus temores y su vergüenza
disipábanse de improviso. En la ventana del cuarto donde
habitaba el Sr. Pinzón aparecía un hombre azul; brillaban
en su cuerpo los botones como sartas de lucecillas. Ella se
acercaba. En el mismo instante sentía que unos brazos
[30] con galones la suspendían como una pluma, metiéndola con
rápido movimiento dentro de la pieza. Todo cambiaba.
De súbito sonó un estampido, un golpe seco que estremeció
la casa en sus cimientos. Ni uno ni otro supieron la causa
de tal estrépito. Temblaban y callaban.

Era el momento en que el dragón había roto la mesa del         175
comedor.




XXV

=Sucesos imprevistos.--Pasajero desconcierto=

La escena cambia. Ved una estancia hermosa, clara,
humilde, alegre, cómoda y de un aseo sorprendente. Fina
[5]  estera de junco cubre el piso, y las blancas paredes se
adornan con hermosas estampas de santos y algunas esculturas
de dudoso valor artístico. La antigua caoba de los muebles
brilla lustrada por los frotamientos del sábado, y el altar,
donde una pomposa Virgen, de azul y plata vestida, recibe
[10] doméstico culto, se cubre de mil graciosas chucherías, mitad
sacras, mitad profanas. Hay además cuadritos de
mostacilla, pilas de agua bendita, una relojera con _Agnus Dei_,
una rizada palma de Domingo de Ramos y no pocos floreros
de inodoras flores de trapo. Enorme estante de roble contiene
[15] una rica y escogida biblioteca, y allí está Horacio el
epicúreo y sibarita junto con el tierno Virgilio, en cuyos
versos se ve palpitar y derretirse el corazón de la inflamada
Dido; Ovidio el narigudo, tan sublime como obsceno y
adulador, junto con Marcial, el tunante lenguaraz y
[20] conceptista; Tibulo el apasionado con Cicerón el grande; el severo
Tito Livio con el terrible Tácito, verdugo de los Césares;
Lucrecio el panteísta; Juvenal, que con la pluma desollaba;
Plauto, el que imaginó las mejores comedias de la
antigüedad dando vueltas a la rueda de un molino; Séneca el
[25] filósofo, de quien se dijo que el mejor acto de su vida fué la
muerte; Quintiliano el retórico; Salustio el pícaro, que tan
bien habla de la virtud; ambos Plinios, Suetonio y Varrón,
en una palabra, todas las letras latinas, desde que
balbucieron su primera palabra con Livio Andronico, hasta que
[30] exhalaron su postrer suspiro con Rutilio.

Pero haciendo esta inútil, aunque rápida enumeración, no       176
hemos observado que dos mujeres han entrado en el cuarto.
Es muy temprano, pero en Orbajosa se madruga mucho.
Los pajaritos cantan que se las pelan en sus jaulas; tocan
[5]  a misa las campanas de las iglesias, y hacen sonar sus
alegres esquilas las cabras que van a dejarse ordeñar a las
puertas de las casas.

Las dos señoras que vemos en la habitación descrita
vienen de oír misa. Visten de negro, y cada cual trae en
[10] la mano derecha su librito de devoción y el rosario envuelto
en los dedos.

--Tu tío no puede tardar ya--dijo una de ellas,--le
dejamos empezando la misa; pero él despacha pronto, y a
estas horas estará en la sacristía quitándose la casulla. Yo
[15] me hubiera quedado a oírle la misa, pero hoy es día de
mucha fatiga para mí.

--Yo no he oído hoy más que la del señor magistral--dijo
la otra;--la del señor magistral que las dice en un
suspiro, y creo que no me ha sido de provecho, porque
[20] estaba muy preocupada, sin poder apartar el entendimiento
de estas cosas terribles que nos pasan.

--¡Cómo ha de ser!... Es preciso tener paciencia...
Veremos lo que nos aconseja tu tío.

--¡Ay!--exclamó la segunda exhalando un hondo y
[25] patético suspiro.--Yo tengo la sangre abrasada.

--Dios nos amparará.

--¡Pensar que una persona como usted, una señora como
usted se ve amenazada por un!... Y él sigue en sus
trece... Anoche, señora doña Perfecta, conforme usted
[30] me lo mandó, volví a la posada de la viuda del Cuzco, y he
pedido nuevos informes. El don Pepito y el brigadier
Batalla están siempre juntos conferenciando... ¡ay Jesús,
Dios y Señor mío!... conferenciando sobre sus infernales
planes y despachando botellas de vino. Son dos perdidos,
dos borrachos. Sin duda discurren alguna maldad muy            177
grande. Como me intereso tanto por usted, anoche, estando
yo en la posada, vi salir al D. Pepito y le seguí....

--¿Y a dónde fué?

[5]  --Al Casino, sí, señora, al Casino--repuso la otra turbándose
ligeramente.--Después volvió a su casa. ¡Ay!
cuánto me reprendió mi tío por haber estado hasta muy
tarde ocupada en este espionaje... pero no lo puedo
remediar... ¡Jesús divino, ampárame! No lo puedo
remediar, y mirando a una persona como usted en trances 10
tan peligrosos, me vuelvo loca... Nada, nada, señora,
estoy viendo que a lo mejor esos tunantes asaltan la casa y
nos llevan a Rosarito....

Doña Perfecta, pues era ella, fijando la vista en el suelo,
[15] meditó largo rato. Estaba pálida y ceñuda. Por fin
exclamó:

--Pues no veo el modo de impedirlo.

--Yo sí lo veo--dijo vivamente la otra, que era la
sobrina del Penitenciario y madre de Jacinto.--Veo un
[20] medio muy sencillo, el que he manifestado a usted y no le
gusta. ¡Ah! señora mía, usted es demasiado buena. En
ocasiones como esta conviene ser un poco menos perfecta
... dejar a un ladito los escrúpulos. Pues qué, ¿se va a
ofender Dios por eso?

[25] --María Remedios--dijo la señora con altanería,--no
digas desatinos.

--¡Desatinos!... Usted, con sus sabidurías, no podrá
ponerle las peras a cuarto al sobrinejo. ¿Qué cosa más
sencilla que la que yo propongo? Puesto que ahora no hay
[30] justicia que nos ampare, hagamos nosotros la gran justiciada.
¿No hay en casa de usted hombres que sirvan para
cualquier cosa? Pues llamarles y decirles: "Mira, Caballuco,
Pasolargo o quien sea, esta misma noche te tapujas
bien, de modo que no seas conocido; llevas contigo a un
amiguito de confianza, y te pones detrás de la esquina de la   178
calle de Santa Faz. Aguardáis un rato, y cuando D. José
Rey pase por la calle de la Tripería para ir al Casino, porque
de seguro irá al Casino, ¿entendéis bien? cuando pase
[5]  le salís al encuentro y le dais un susto"...

--María Remedios, no seas tonta--indicó con magistral
dignidad la señora.

--Nada más que un susto, señora: atienda usted bien
a lo que digo, un susto. Pues qué, ¿había yo de aconsejar
[10] un crimen?... ¡Jesús, Padre y Redentor mío! Sólo la
idea me llena de horror, y parece que veo señales de sangre
y fuego delante de mis ojos. Nada de eso, señora mía...
Un susto, y nada más que un susto, por lo cual comprenda
ese bergante que estamos bien defendidas. Él va solo al
[15] Casino, señora, enteramente solo, y allí se junta con sus
amigotes, los del sable y morrioncete. Figúrese usted que
recibe el susto y que además le quedan algunos huesos quebrantados,
sin nada de heridas graves se entiende...
pues en tal caso, o se acobarda y huye de Orbajosa, o se
[20] tiene que meter en la cama por quince días. Eso sí, hay
que recomendarles que el susto sea bueno. Nada de matar
... cuidadito con eso, pero sentar bien la mano.

--María--dijo doña Perfecta con altanería,--tú eres
incapaz de una idea elevada, de una resolución grande y
[25] salvadora. Eso que me aconsejas es una indignidad
cobarde.

--Bueno, pues me callo... ¡Ay de mí, qué tonta soy!--exclamó
con humildad la sobrina del Penitenciario.--Me
guardaré mis tonterías para consolarla a usted después
[30] que haya perdido a su hija.

--¡Mi hija!... ¡perder a mi hija!...--exclamó
la señora con súbito arrebato de ira.--- Sólo oírlo me vuelve
loca. No, no me la quitarán. Si Rosario no aborrece a ese
perdido, como yo deseo, le aborrecerá. De algo sirve la
autoridad de una madre... Le arrancaremos su pasión,           179
mejor dicho, su capricho, como se arranca una yerba tierna
que aún no ha tenido tiempo de echar raíces... No,
esto no puede ser, Remedios. ¡Pase lo que pase, no será!
[5]  No le valen a ese loco ni los medios más infames. Antes
que verla esposa de mi sobrino, acepto cuanto de malo
pueda pasarle, incluso la muerte.

--Antes muerta, antes enterrada y hecha alimento de
gusanos--afirmó Remedios cruzando las manos como quien
[10] dice una plegaria,--que verla en poder de... ¡Ay!
señora, no se ofenda usted si le digo una cosa, y es que
sería gran debilidad ceder porque Rosarito haya tenido
algunas entrevistas secretas con ese atrevido. El caso de
anteanoche, según lo contó mi tío, me parece una treta
[15] infame de D. José para conseguir su objeto por medio del
escándalo. Muchos hacen esto... ¡Ay, Jesús Divino,
no sé cómo hay quien le mire la cara a un hombre no siendo
sacerdote!

--Calla, calla--dijo doña Perfecta con vehemencia,--no
[20] me nombres lo de anteanoche. ¡Qué horrible suceso!
María Remedios... comprendo que la ira puede perder
un alma para siempre. Yo me abraso... ¡Desdichada
de mí, ver estas cosas y no ser hombre!... Pero si he
de decir la verdad sobre lo de anteanoche, aún tengo mis
[25] dudas. Librada jura y perjura que fue Pinzón el que entró.
¡Mi hija niega todo, mi hija nunca ha mentido!... Yo
insisto en mi sospecha. Creo que Pinzón es un bribón
encubridor; pero nada más....

--Volvemos a lo de siempre, a que el autor de todos los
[30] males es el dichoso matemático... ¡Ay! No me engañó
el corazón cuando le vi por primera vez... Pues, señora
mía, resígnese usted a presenciar algo más terrible todavía,
si no se decide a llamar a Caballuco y decirle: "Caballuco,
espero que"...

--Vuelta a lo mismo; pero tú eres simple....                   180

--¡Oh! Si yo soy muy simplota, lo conozco; pero si no
alcanzo más, ¿qué puedo hacer? Digo lo que se me ocurre,
sin sabidurías.

[5]  --Lo que tú imaginas, esa vulgaridad tonta de la paliza
y del susto se le ocurre a cualquiera. Tú no tienes dos
dedos de frente, Remedios; cuando quieres resolver un
problema grave, sales con tales patochadas. Yo imagino
un recurso más digno de personas nobles y bien nacidas.
[10] ¡Apalear! ¡qué estupidez! Además, no quiero que mi
sobrino reciba un rasguño por orden mía: eso de ninguna
manera. Dios le enviará su castigo por cualquiera de los
admirables caminos que Él sabe elegir. Sólo nos corresponde
trabajar porque los designios de Dios no hallen
[15] obstáculo, María Remedios: es preciso en estos asuntos ir
directamente a las causas de las cosas. Pero tú no entiendes
de causas... tú no ves más que pequeñeces.

--Será así--dijo humildemente la sobrina del cura.--¡Para
qué me hará Dios tan necia, que nada de esas
[20] sublimidades entiendo!

--Es preciso ir al fondo, al fondo, Remedios. ¿Tampoco
entiendes ahora?

--Tampoco.

--Mi sobrino, no es mi sobrino, mujer: es la blasfemia,
[25] el sacrilegio, el ateísmo, la demagogia... ¿Sabes lo que
es la demagogia?

--Algo de esa gente que quemó a París con petróleo, y
los que derriban las iglesias y fusilan las imágenes...
Hasta ahí vamos bien.
[30] --Pues mi sobrino es todo eso... ¡Ah! ¡si él estuviera
solo en Orbajosa!... Pero no, hija mía. Mi
sobrino, por una serie de fatalidades, que son otras tantas
pruebas de los males pasajeros que a veces permite Dios
para nuestro castigo, equivale a un ejército, equivale a la
autoridad del Gobierno, equivale al alcalde, equivale al       181
juez; mi sobrino no es mi sobrino; es la nación oficial,
Remedios; es esa segunda nación, compuesta de los perdidos
que gobiernan en Madrid, y que se ha hecho dueña de
[5]  la fuerza material; de esa nación aparente, porque la real
es la que calla, paga y sufre; de esa nación ficticia que
firma al pie de los decretos y pronuncia discursos y hace
una farsa de gobierno y una farsa de autoridad y una farsa
de todo. Eso es hoy mi sobrino; es preciso que te acostumbres
[10] a ver lo interno de las cosas. Mi sobrino es el
Gobierno, el brigadier, el alcalde nuevo, el juez nuevo, porque
todos le favorecen a causa de la unanimidad de sus
ideas; porque son uña y carne, lobos de la misma manada...
Entiéndelo bien; hay que defenderse de todos ellos,
[15] porque todos son uno, y uno es todos; hay que atacarles de
común, y no con palizas al volver de una esquina, sino como
atacaban nuestros abuelos a los moros, a los moros, Remedios!...
Hija mía, comprende bien esto; abre tu entendimiento
y deja entrar en él una idea que no sea vulgar...
[20] remóntate; piensa en alto, Remedios....

La sobrina de D. Inocencio estaba atónita ante tanta
grandeza. Abrió la boca para decir algo en consonancia
con tan maravilloso pensamiento; pero sólo exhaló un
suspiro.

[25] --Como a los moros--repitió doña Perfecta.--Es cuestión
de moros y cristianos. ¡Y creías tú que con asustar a
mi sobrino se concluía todo!... ¡Qué necia eres! ¿No
ves que le apoyan sus amigos? ¿No ves que estamos a
merced de esa canalla? ¿No ves que cualquier tenientejo
[30] es capaz de pegar fuego a mi casa si se le antoja?...
¿Pero tú no alcanzas esto? ¿No comprendes que es necesario
ir al fondo? ¿No comprendes la inmensa grandeza,
la terrible extensión de mi enemigo, que no es un hombre,
sino una secta?... ¿No comprendes que mi sobrino, tal
como está hoy enfrente de mí, no es una calamidad sino una     182
plaga?... Contra ella, querida Remedios, tendremos
aquí un batallón de Dios que aniquile la infernal milicia de
Madrid. Te digo que esto va a ser grande y glorioso....

[5]  --Si al fin fuera....

--¿Pero tú lo dudas? Hoy hemos de ver aquí cosas
terribles...--dijo con gran impaciencia la señora.--Hoy,
hoy. ¿Qué hora es? Las siete. ¡Tan tarde y no ocurre
nada!...

[10] --Quizás sepa algo mi tío, que está aquí ya. Le siento
subir la escalera.

--Gracias a Dios...--dijo doña Perfecta levantándose
para salir al encuentro del Penitenciario.--Él nos dirá algo
bueno.

[15] Don Inocencio entró apresurado. Su demudado rostro
indicaba que aquella alma, consagrada a la piedad y a los
estudios latinos, no estaba tan tranquila como de ordinario.

--Malas noticias--dijo poniendo sobre una silla el
sombrero y desatando los cordones del manteo.

[20] Doña Perfecta palideció.

--Están prendiendo gente--añadid D. Inocencio, bajando
la voz, cual si debajo de cada silla estuviera un
soldado. Sospechan, sin duda, que los de aquí no les aguantarían
sus pesadas bromas y han ido de casa en casa
[25] echando mano a todos los que tenían fama de valientes....

La señora se arrojó en un sillón y apretó fuertemente los
dedos contra la madera de los brazos del mueble.

--Falta que se hayan dejado prender--- indicó Remedios.

[30] --Muchos de ellos... pero muchos--dijo D. Inocencio
con ademanes encomiados, dirigiéndose a la señora,--han
tenido tiempo de huir y se han ido con armas y caballos
a Villahorrenda.

--¿Y Ramos?

--En la catedral me dijeron que es el que buscan con           183
más empeño... ¡Oh, Dios mío! prender así a unos infelices
    
<<Page 11   |   Page 12   |   Page 13>>
Go to Page Index for Doña Perfecta

You are here --- [ Home / Author Index B / Benito Pérez Galdós / Doña Perfecta / Page #12 ]