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escrito hoy a tu padre, a tu excelente padre....--exclamó
doña Perfecta, con todos los síntomas fisiognómicos que
aparecen cuando se va a derramar una lágrima.
[25] --Molestaré a usted con algunos encargos--manifestó
el sabio.
--Buena ocasión para pedir el cuaderno que me falta de
la obra del abate Gaume--indicó el abogadejo.
--Vamos, Pepe, que tienes unos arrebatos y unas salidas--murmuró
[30] la señora sonriendo, con la vista fija en la
puerta del comedor.--Pero se me olvidaba decirte que
Caballuco está esperando para hablarte.
105
XV
=Sigue creciendo, hasta que se declara la guerra=
Todos miraron hacia la puerta, donde apareció la imponente
figura del Centauro, serio, cejijunto, confuso al querer
saludar con amabilidad, hermosamente salvaje, pero
desfigurado por la violencia que hacía para sonreír urbanamente
[5] y pisar quedo y tener en correcta postura los hercúleos
brazos.
--Adelante, Sr. Ramos--dijo Pepe Rey.
--Pero no--objetó doña Perfecta.--Si es una tontería
lo que tiene que decirte.
[10] --Que lo diga.
--Yo no debo consentir que en mi casa se ventilen estas
cuestiones ridículas....
--¿Qué quiere de mí el Sr. Ramos?
Caballuco pronunció algunas palabras.
[15] --Basta, basta... exclamó doña Perfecta, riendo.--No
molestes más a mi sobrino. Pepe, no hagas caso de ese
majadero.... ¿Quieren ustedes que les diga en qué
consiste el enojo del gran Caballuco?
--¿Enojo? Ya me lo figuro--indicó el Penitenciario,
[20] recostándose en el sillón y riendo expansivamente y con
estrépito.
--Yo quería decirle al Sr. D. José....--gruñó el formidable
ginete.
--Hombre, calla por Dios, no nos aporrees los oídos.
[25] --Sr. Caballuco--dijo el canónigo,--no es mucho que
los señores de la Corte desbanquen a los rudos caballistas
de estas salvajes tierras....
--En dos palabras, Pepe, la cuestión es esta. Caballuco
es no sé qué....
[30] La risa le impidió continuar.
--No sé qué--añadió D. Inocencio,--de una de las 106
niñas de Troya, de Mariquita Juana, si no estoy equivocado.
--¡Y está celoso! Después de su caballo, lo primero
de la Creación es Mariquilla Troya.
[5] --¡Bonito apunte!--exclamó la señora.--¡Pobre
Cristóbal! ¿Has creído que una persona como mi sobrino?...
Vamos a ver, ¿qué ibas a decirle? Habla.
--Ya hablaremos el Sr. D. José y yo--repuso
bruscamente el bravo de la localidad.
[10] Y sin decir más se retiró.
Poco después Pepe Rey salió del comedor para ir a su
cuarto. En la galería hallóse frente a frente con su troyano
antagonista, y no pudo reprimir la risa al ver la torva seriedad
del ofendido cortejo.
[15] --Una palabra--dijo éste plantándose descaradamente
ante el ingeniero.--¿Usted sabe quién soy yo?
Diciendo esto puso la pesada mano en el hombro del
joven con tan insolente franqueza, que éste no pudo menos
de rechazarle enérgicamente.
[20] --No es preciso aplastar para eso.
El valentón, ligeramente desconcertado, se repuso al
instante, y mirando a Rey con audacia provocativa, repitió
su estribillo.
--¿Sabe usted quién soy yo?
[25] --Sí: ya sé que es usted un animal.
Apartóle bruscamente hacia un lado y entró en su cuarto.
Según el estado del cerebro de nuestro desgraciado amigo
en aquel instante, sus acciones debían sintetizarse en el
siguiente brevísimo y definitivo plan: romperle la cabeza a
[30] Caballuco sin pérdida de tiempo; despedirse en seguida de
su tía con razones severas, aunque corteses, que le llegaran
al alma; dar un frío adiós al canónigo y un abrazo al inofensivo
D. Cayetano; administrar, por fin de fiesta, una
paliza al tío Licurgo; partir de Orbajosa aquella misma
noche y sacudirse el polvo de los zapatos a la salida de la 107
ciudad.
Pero los pensamientos del perseguido joven no podían
apartarse, en medio de tantas amarguras, de otro
[5] desgraciado ser a quien suponía en situación más aflictiva y
angustiosa que la suya propia. Tras el ingeniero entró en la
estancia una criada.
--¿Le diste mi recado?--preguntó él.
--Sí, señor, y me dió esto.
[10] Rey tomó de las manos de la muchacha un pedacito de
periódico, en cuyo margen leyó estas palabras: "Dicen que
te vas. Yo me muero."
Cuando volvió al comedor, el tío Licurgo se asomaba a
la puerta preguntando:
[15] --¿A qué hora hace falta la jaca?
--A ninguna--contestó vivamente Rey.
--¿Luégo no te vas esta noche?--dijo doña Perfecta.--Mejor
es que lo dejes para mañana.
--Tampoco.
[20] --¿Pues cuándo?
--Ya veremos--dijo fríamente el joven mirando a su
tía con imperturbable calma.--Por ahora no pienso
marcharme.
Sus ojos lanzaban enérgico reto.
[25] Doña Perfecta se puso primero encendida, pálida después.
Miró al canónigo que se había quitado las gafas de oro para
limpiarlas, y luego clavó sucesivamente la vista en los
demás que ocupaban la estancia, incluso Caballuco que,
entrando poco antes, se sentara en el borde de una silla.
[30] Doña Perfecta les miró como mira un general a sus queridos
cuerpos de ejército. Después examinó el semblante
meditabundo y sereno de su sobrino, de aquel estratégico
enemigo que se presentaba de improviso cuando se le creía en
vergonzosa fuga.
¡Ay! ¡Sangre, ruina y desolación!... Una gran 108
batalla se preparaba.
XVI
=Noche=
Orbajosa dormía. Los mustios farolillos del público
alumbrado despedían en encrucijadas y callejones su postrer
[5] fulgor como cansados ojos que no pueden vencer el sueño.
A su débil luz se escurrían envueltos en sus capas los vagabundos,
los rondadores, los jugadores. Sólo el graznar del
borracho o el canto del enamorado turbaban la callada paz
de la ciudad histórica. De pronto el _Ave María Purísima_
[10] de vinoso sereno sonaba como un quejido enfermizo del
durmiente poblachón.
En la casa de doña Perfecta también había silencio.
Turbábalo tan sólo un diálogo que en la biblioteca del Sr.
D. Cayetano sostenían éste y Pepe Rey. Sentábase el
[15] erudito reposadamente en el sillón de su mesa de estudio,
la cual aparecía cubierta por diversas suertes de papeles,
conteniendo notas, apuntes y referencias, sin que el más
pequeño desorden las confundiese, a pesar de su mucha
diversidad y abundancia. Rey fijaba los ojos en el copioso
[20] montón de papeles; pero sus pensamientos volaban sin
duda en regiones muy distantes de aquella sabiduría.
--Perfecta--dijo el anticuario,--aunque es una mujer
excelente, tiene el defecto de escandalizarse por cualquier
acción frívola e insignificante. Amigo, en estos pueblos de
[25] provincia el menor desliz se paga caro. Nada encuentro
de particular en que usted fuese a casa de las Troyas. Se
me figura que D. Inocencio, bajo su capita de hombre de
bien, es algo cizañoso. ¿A él qué le importa?...
--Hemos llegado a un punto, Sr. D. Cayetano, en que
[30] es preciso tomar una determinación enérgica. Yo necesito
ver y hablar a Rosario.
--Pues véala usted. 109
--Es que no me dejan--respondió el ingeniero dando
un puñetazo en la mesa.--Rosario está secuestrada....
--¡Secuestrada!--exclamó el sabio con incredulidad.--La
[5] verdad es que no me gusta su cara, ni su aspecto, ni
menos el estupor que se pinta en sus bellos ojos. Está
triste, habla poco, llora.... Amigo D. José, me temo
mucho que esa niña se vea atacada de la terrible enfermedad
que ha hecho tantas víctimas en los individuos de mi
[10] familia.
--¡Una terrible enfermedad! ¿Cuál?
--La locura... mejor dicho, manías. En mi familia
no ha habido uno solo que se librara de ellas. Yo, yo soy
el único que he logrado escapar.
[15] --¡Usted!... Dejando a un lado las manías--dijo Rey
con impaciencia,--yo quiero ver a Rosario.
--Nada más natural. Pero el aislamiento en que su
madre la tiene es un sistema higiénico, querido Pepe, el
único sistema que se ha empleado con éxito en todos los
[20] individuos de mi familia. Considere usted que la persona
cuya presencia y voz debe de hacer más impresión en el
delicado sistema nervioso de Rosarillo, es el elegido de su
corazón.
--A pesar de todo--insistió Pepe,--yo quiero verla.
[25] --Quizás Perfecta no se oponga a ello--dijo el sabio
fijando la atención en sus notas y papeles.--No quiero
meterme en camisa de once varas.
El ingeniero, viendo que no podía sacar partido del buen
Polentinos, se retiró para marcharse.
[30] --Usted va a trabajar, y no quiero estorbarle.
--No; aún tengo tiempo. Vea usted el cúmulo de
preciosos datos que he reunido hoy. Atienda usted.... "En
1537 un vecino de Orbajosa, llamado Bartolomé del Hoyo,
fué a Civita-Vecchia en las galeras del Marqués de Castel
Rodrigo." Otra. "En el mismo año dos hermanos, hijos 110
también de Orbajosa y llamados Juan y Rodrigo González
del Arco, se embarcaron en los seis navíos que salieron de
Maestrique el 20 de Febrero y que a la altura de Calais
[5] toparon con un navío inglés y los flamencos que mandaba
Van-Owen...." En fin, fué aquello una importante hazaña
de nuestra marina. He descubierto que un orbajosense,
un tal Mateo Díaz Coronel, alférez de la Guardia, fué el
que escribió en 1709 y dió a la estampa en Valencia el
[10] _Métrico encomio, fúnebre canto, lírico elogio, descripción
numérica, gloriosas fatigas, angustiadas glorias de la Reina de los
Ángeles._ Poseo un preciosísimo ejemplar de esta obra, que
vale un Perú.... Otro orbajosense es autor de aquel
famoso _Tractado de las diversas suertes de la Gineta_, que
[15] enseñé a usted ayer, y, en resumen, no doy un paso por el
laberinto de la historia inédita sin tropezar con algún
paisano ilustre. Yo pienso sacar todos esos nombres de la
injusta obscuridad y olvido en que yacen. ¡Qué goce tan
puro, querido Pepe, es devolver todo su lustre a las glorias,
[20] ora épicas, ora literarias del país en que hemos nacido!
Ni qué mejor empleo puede dar un hombre al escaso entendimiento
que del cielo recibiera, a la fortuna heredada y al
tiempo breve con que puede contar en el mundo la más
dilatada existencia.... Gracias a mí, se verá que Orbajosa
[25] es ilustre cuna del genio español. Pero ¿qué digo? ¿No
se conoce bien su prosapia ilustre en la nobleza, en la
hidalguía de la actual generación _urbsaugustana_? Pocas
localidades conocemos en que crezcan con más lozanía las
plantas y arbustos de todas las virtudes, libres de la maléfica
[30] hierba de los vicios. Aquí todo es paz, mutuo respeto,
humildad cristiana. La caridad se practica aquí como en
los tiempos evangélicos; aquí no se conoce la envidia;
aquí no se conocen las pasiones criminales, y si oye usted
hablar de ladrones y asesinos, tenga por seguro que no son
hijos de esta noble tierra, o que pertenecen al número de 111
los infelices pervertidos por las predicaciones demagógicas.
Aquí verá usted el carácter nacional en toda su pureza,
recto, hidalgo, incorruptible, puro, sencillo, patriarcal,
[5] hospitalario, generoso.... Por eso gusto tanto vivir en esta
pacífica soledad, lejos del laberinto de las ciudades, donde
reinan ¡ay! la falsedad y el vicio. Por eso no han podido
sacarme de aquí los muchos amigos que tengo en Madrid;
por eso vivo en la dulce compañía de mis leales paisanos y
[10] de mis libros, respirando sin cesar esta salutífera atmósfera
de honradez, que se va poco a poco reduciendo en nuestra
España, y sólo existe en las humildes y cristianas ciudades
que con las emanaciones de sus virtudes saben conservarla.
Y no crea usted, este sosegado aislamiento ha contribuído
[15] mucho, queridísimo Pepe, a librarme de la terrible
enfermedad connaturalizada en mi familia. En mi juventud yo,
lo mismo que mis hermanos y padre, padecía lamentable
propensión a las más absurdas manías; pero aquí me tiene
usted tan pasmosamente curado, que no conozco tal enfermedad
[20] sino cuando la veo en los demás. Por eso mi
sobrinilla me tiene tan inquieto.
--Celebro que los aires de Orbajosa le hayan preservado
a usted--dijo Rey, no pudiendo reprimir un sentimiento
de burlas que por ley extraña nació en medio de su tristeza.--A
[25] mí me han probado tan mal, que creo he de ser
maniático dentro de poco tiempo si sigo aquí. Con que buenas
noches, y que trabaje usted mucho.
--Buenas noches.
Dirigióse a su habitación; mas no sintiendo sueño ni
[30] necesidad de reposo físico, sino por el contrario, fuerte
excitación que le impulsaba a agitarse y divagar, cavilando
y moviéndose, se paseó de un ángulo a otro de la pieza.
Después abrió la ventana que daba a la huerta, y poniendo
los codos en el antepecho de ella, contempló la inmensa
negrura de la noche. No se veía nada. Pero el hombre 112
ensimismado lo ve todo, y Rey, fijos los ojos en la
obscuridad, miraba cómo se iba desarrollando sobre ella el
abigarrado paisaje de sus desgracias. La sombra no le permitía
[5] ver las flores de la tierra, ni las del cielo, que son las
estrellas. La misma falta casi absoluta de claridad
producía el efecto de un ilusorio movimiento en las masas de
árboles, que se extendían al parecer, iban perezosamente y
regresaban enroscándose, como el oleaje de un mar de
[10] sombras. Formidable flujo y reflujo, una lucha entre
fuerzas no bien manifiestas, agitaban la silenciosa esfera.
El matemático, contemplando aquella extraña proyección
de su alma sobre la noche, decía:
--La batalla será terrible. Veremos quién sale
[15] triunfante.
Los insectos de la noche hablaron a su oído, diciéndole
misteriosas palabras. Aquí un chirrido áspero; allí un
chasquido semejante al que hacemos con la lengua; allá
lastimeros murmullos; más lejos un son vibrante parecido
[20] al de la esquila suspendida al cuello de la res vagabunda.
De súbito sintió Rey una consonante extraña, una rápida
nota propia tan sólo de la lengua y de los labios humanos.
Esta exhalación cruzó por el cerebro del joven como un
relámpago. Sintió culebrear dentro de sí aquella S fugaz,
[25] que se repitió una y otra vez, aumentando de intensidad.
Miró a todos lados, miró hacia la parte alta de la casa, y en
una ventana creyó distinguir un objeto semejante a un ave
blanca que movía las alas. Por la mente excitada de Pepe
Rey cruzó en un instante la idea del fénix, de la paloma, de
[30] la garza real... y sin embargo, aquella ave no era más
que un pañuelo.
El ingeniero saltó por la ventana a la huerta. Observando
bien, vió la mano y el rostro de su prima. Le pareció
distinguir el tan usual movimiento de imponer silencio
llevando el dedo a los labios. Después la simpática sombra 113
alargó el brazo hacia abajo y desapareció. Pepe Rey entró
de nuevo en su cuarto rápidamente y procurando no hacer
ruido, pasó a la galería, avanzando después lentamente por
[5] ella. Sentía el palpitar de su corazón, como si recibiera
hachazos dentro del pecho. Esperó un rato... al fin
oyó distintamente tenues golpes en los peldaños de la
escalera. Uno, dos, tres.... Producían aquel rumor unos
zapatitos.
[10] Dirigióse hacia allá en medio de una obscuridad casi
profunda, y alargó los brazos para prestar apoyo a quien
bajaba. En su alma reinaba una ternura exaltada y profunda;
pero ¿a qué negarlo? tras aquel dulce sentimiento
surgió de repente, como infernal inspiración, otro que era
[15] un terrible deseo de venganza. Los pasos se acercaban
descendiendo. Pepe Rey avanzó, y unas manos que
tanteaban en el vacío chocaron con las suyas. Las cuatro
¡ay! se unieron en estrecho apretón.
XVII
=Luz a obscuras=
La galería era larga y ancha. A un extremo estaba la
[20] puerta del cuarto donde moraba el ingeniero; en el centro
la del comedor, y al otro extremo la escalera y una puerta
grande y cerrada, con un peldaño en el umbral. Aquella
puerta era la de una capilla, donde los Polentinos tenían los
santos de su devoción doméstica. Alguna vez se celebraba
[25] en ella el santo sacrificio de la misa.
Rosario dirigió a su primo hacia la puerta de la capilla,
y se dejó caer en el escalón.
--¿Aquí?...--murmuró Pepe Rey.
Por los movimientos de la mano derecha de Rosario,
[30] comprendió que ésta se santiguaba.
--Prima querida, Rosario... ¡gracias por haberte 114
dejado ver!--exclamó estrechándola con ardor entre sus
brazos.
Sintió los dedos fríos de la joven sobre sus labios,
[5] imponiéndole silencio. Los besó con frenesí.
--Estás helada... Rosario... ¿por qué tiemblas así?
Daba diente con diente, y su cuerpo todo se estremecía
con febril convulsión. Rey sintió en su cara el abrasador
fuego del rostro de su prima, y alarmado exclamó:
[10] --Tu frente es un volcán. Tienes fiebre.
--Mucha.
--¿Estás enferma realmente?
--Sí....
--Y has salido....
[15] --Por verte.
El ingeniero la estrechó entre sus brazos para darle
abrigo; pero no bastaba.
--Aguarda--dijo vivamente levantándose.--Voy a mi
cuarto a traer mi manta de viaje.
[20] --Apaga la luz, Pepe.
Rey había dejado encendida la luz dentro de su cuarto,
y por la puerta de éste salía una tenue claridad, iluminando
la galería. Volvió al instante. La obscuridad era ya
profunda. Tentando las paredes pudo llegar hasta donde
[25] estaba su prima. Reuniéronse y la arropó cuidadosamente
de los pies a la cabeza.
--¿Qué bien estás ahora, niña mía?
--Sí, ¡qué bien!... Contigo.
--Conmigo... y para siempre--exclamó con
[30] exaltación el joven.
Pero observó que se desasía de sus brazos y se levantaba.
--¿Qué haces?
Sintió el ruido de un hierrecillo. Rosario entraba una
llave en la invisible cerradura, y abría cuidadosamente la
puerta en cuyo umbral se habían sentado. Leve olor de 115
humedad, inherente a toda pieza cerrada por mucho tiempo,
salía de aquel recinto obscuro como una tumba. Pepe Rey
se sintió llevado de la mano, y la voz de su prima dijo muy
[5] débilmente:
--Entra.
Dieron algunos pasos. Creíase él conducido a ignotos
lugares Elíseos por el ángel de la noche. Ella tanteaba.
Por fin volvió a sonar su dulce voz, murmurando:
[10] --Siéntate.
Estaban junto a un banco de madera. Los dos se sentaron.
Pepe Rey la abrazó de nuevo. En el mismo
instante su cabeza chocó con un cuerpo muy duro.
--¿Qué es esto?
[15] --Los pies.
--Rosario... ¿qué dices?
--Los pies del divino Jesús, de la imagen de Cristo
Crucificado, que adoramos en mi casa.
Pepe Rey sintió como una fría lanzada que le traspasó el
[20] corazón.
--Bésalos--dijo imperiosamente la joven.
El matemático besó los helados pies de la santa imagen.
--Pepe--exclamó después la señorita, estrechando
ardientemente la mano de su primo.--¿Tú crees en Dios?
[25] --¡Rosario!... ¿qué dices ahí? ¡Qué locuras
piensas!--repuso con perplejidad el primo.
--Contéstame.
Pepe Rey sintió humedad en sus manos.
--¿Porqué lloras?--dijo lleno de turbación.--Rosario,
[30] me estás matando con tus dudas absurdas. ¡Que si creo
en Dios! ¿Lo dudas tú?
--Yo no; pero todos dicen que eres ateo.
--Desmerecerías a mis ojos, te despojarías de tu aureola
de pureza y de prestigio, si dieras crédito a tal necedad.
--Oyéndote calificar de ateo, y sin poder convencerme 116
de lo contrario por ninguna razón, he protestado desde el
fondo de mi alma contra tal calumnia. Tú no puedes ser
[5] ateo. Dentro de mí tengo yo vivo y fuerte el sentimiento
de tu religiosidad, como el de la mía propia.
--¡Qué bien has hablado! ¿Entonces, por qué me
preguntas si creo en Dios?
--Porque quería escucharlo de tu misma boca y
recrearme oyéndotelo decir. ¡Hace tanto tiempo que no oigo
[10] el acento de tu voz!... ¿qué mayor gusto que oírlo de
nuevo, después de tan gran silencio, diciendo: "creo en
Dios"?
--Rosario, hasta los malvados creen en él. Si existen
ateos, que lo dudo, son los calumniadores, los intrigantes
[15] de que está infestado el mundo.... Por mi parte, me
importan poco las intrigas y las calumnias, y si tú te
sobrepones a ellas y cierras tu corazón a los sentimientos de
discordia que una mano aleve quiere introducir en él, nada
se opondrá a nuestra felicidad.
[20] --¿Pero qué nos pasa? Pepe, querido Pepe... ¿tú
crees en el Diablo?
El ingeniero calló. La obscuridad de la capilla no
permitía a Rosario ver la sonrisa con que su primo acogiera
tan extraña pregunta.
[25] --Será preciso creer en él--dijo al fin.
--¿Qué nos pasa? Mamá me prohibe verte; pero
fuera de lo del ateísmo no habla mal de ti. Díceme que
espere; que tú decidirás; que te vas, que vuelves....
Hablame con franqueza.... ¿Has formado mala idea de
[30] mi madre?
--De ninguna manera--replicó Rey, apremiado por su
delicadeza.
--¿No crees, como yo, que me quiere mucho; que
nos quiere a los dos, que sólo desea nuestro bien, y
que al fin hemos de alcanzar de ella el consentimiento 117
que deseamos?
--Si tú lo crees así, yo también.... Tu mamá nos
adora a entrambos.... Pero, querida Rosario, es preciso
[5] confesar que el Demonio ha entrado en esta casa.
--No te burles--repuso ella con cariño....--¡Ay!
mamá es muy buena. Ni una sola vez me ha dicho que no
fueras digno de ser mi marido. No insiste más que en lo
del ateísmo. Dicen además que tengo manías, y que ahora
[10] me ha entrado la de quererte con toda mi alma. En nuestra
familia es ley no contrariar de frente las manías congénitas
que tenemos, porque atacándolas se agravan más.
--Pues yo creo que a tu lado hay buenos médicos que se
han propuesto curarte, y que al fin, adorada niña mía, lo van
[15] a conseguir.
--No, no, no mil veces--exclamó Rosario, apoyando su
frente en el pecho de su novio.--Quiero volverme loca
contigo. Por ti estoy padeciendo; por ti estoy enferma;
por ti desprecio la vida y me expongo a morir.... Ya lo
[20] preveo, mañana estaré peor, me agravaré.... Moriré;
¡qué me importa!
--Tú no estás enferma--repuso él con energía; tú no
tienes sino una perturbación moral, que naturalmente trae
ligeras afecciones nerviosas; tú no tienes más que la pena
[25] ocasionada por esta horrible violencia que están ejerciendo
sobre ti. Tu alma sencilla y generosa no lo comprende.
Cedes; perdonas a los que te hacen daño; te afliges, atribuyendo
tu desgracia a funestas influencias sobrenaturales;
padeces en silencio; entregas tu inocente cuello al verdugo;
[30] te dejas matar, y el mismo cuchillo, hundido en tu garganta,
te parece la espina de una flor que se te clavó al pasar.
Rosario, desecha esas ideas: considera nuestra verdadera
situación, que es grave: mira la causa de ella donde
verdaderamente está, y no te acobardes, no cedas a la mortificación
que se te impone, enfermando tu alma y tu cuerpo. 118
El valor de que careces te devolverá la salud, porque tú no
estás realmente enferma, querida niña mía, tú estás...
¿quieres que lo diga? estás asustada, aterrada. Te pasa
[5] lo que los antiguos no sabían definir y llamaban maleficio.
¡Rosario, ánimo, confía en mí! Levántate y sígueme.
No te digo más.
--¡Ay, Pepe... primo mío!... se me figura que
tienes razón--exclamó Rosarito anegada en llanto.--Tus
[10] palabras resuenan en mi corazón como golpes violentos
que, estremeciéndome, me dan nueva vida. Aquí en esta
obscuridad, donde no podemos vernos las caras, una luz
inefable sale de ti y me inunda el alma. ¿Qué tienes tú,
que así me transformas? Cuando te conocí, de repente fuí
[15] otra. En los días en que he dejado de verte me he visto
volver a mi antiguo estado insignificante, a mi cobardía
primera. Sin ti vivo en el Limbo, Pepe mío.... Haré lo
que me dices, me levanto y te sigo. Iremos juntos a donde
quieras. ¿Sabes que me siento bien? ¿Sabes que no
[20] tengo ya fiebre, que recobro las fuerzas, que quiero correr
y gritar, que todo mi ser se renueva, y se aumenta y se
centuplica para adorarte? Pepe, tienes razón. Yo no estoy
enferma, yo no estoy sino acobardada; mejor dicho,
fascinada.
[25] --Eso es, fascinada.
--Fascinada. Terribles ojos me miran y me dejan muda
y trémula. Tengo miedo; ¿pero a qué?... Tú sólo
tienes el extraño poder de devolverme la vida. Oyéndote,
resucito. Yo creo que si me muriera y fueras a pasear
[30] junto a mi sepultura, desde lo hondo de la tierra sentiría
tus pasos. ¡Oh, si pudiera verte ahora!... Pero estás
aquí, a mi lado, y no puedo dudar que eres tú.... ¡Tanto
tiempo sin verte!... Yo estaba loca. Cada día de soledad
me parecía un siglo.... Me decían que mañana, que
mañana, y vuelta con mañana. Yo me asomaba por las 119
noches a la ventana, y la claridad de la luz de tu cuarto me
servía de consuelo. A veces tu sombra en los cristales era
para mí una aparición divina. Yo extendía los brazos hacia
[5] fuera, derramaba lágrimas y gritaba con el pensamiento, sin
atreverme a hacerlo con la voz. Cuando recibí tu recado
por conducto de la criada; cuando recibí tu carta
diciéndome que te marchabas, me puse muy triste, creí que se me
iba saliendo el alma del cuerpo y que me moría por grados.
[10] Yo caía, caía como el pájaro herido cuando vuela, que va
cayendo y muriéndose, todo al mismo tiempo.... Esta
noche, cuando te vi despierto tan tarde, no pude resistir el
anhelo de hablarte, y bajé. Creo que todo el atrevimiento
que puedo tener en mi vida lo he consumido y empleado en
[15] una sola acción, en ésta, y que ya no podré dejar de ser
cobarde.... Pero tú me darás aliento; tú me darás
fuerzas; tú me ayudarás, ¿no es verdad?... Pepe, primo
mío querido, dime que sí; dime que tengo fuerzas, y las
tendré; dime que no estoy enferma, y no lo estaré. Ya
[20] no lo estoy. Me encuentro tan bien, que me río de mis
males ridículos.
Al decir esto, Rosarito se sintió frenéticamente enlazada
por los brazos de su primo. Oyóse un ¡ay! pero no salió
de los labios de ella, sino de los de él, porque habiendo
[25] inclinado la cabeza, tropezó violentamente con los pies
del Cristo. En la obscuridad es donde se ven las
estrellas.
En el estado de su ánimo y en la natural alucinación que
producen los sitios obscuros, a Rey le parecía, no que su
[30] cabeza había topado con el santo pie, sino que éste se
había movido, amonestándole de la manera más breve y
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