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suelen ser soberbios, Rey no dejó de encontrar amigos sinceros
en la docta corporación, pues ni todos eran maldicientes
ni faltaban allí personas de buen sentido. Pero
[30] tenía nuestro joven la desgracia, si desgracia puede llamarse,
de manifestar sus impresiones con inusitada franqueza, y
esto le atrajo algunas antipatías.
Iban pasando días. Además del disgusto natural que las
costumbres de la sociedad episcopal le producían, diversas
causas todas desagradables empezaban a desarrollar en su 76
ánimo honda tristeza, siendo de notar principalmente, entre
aquellas causas, la turba de pleiteantes que cual enjambre
voraz se arrojó sobre él. No era sólo el tío Licurgo, sino
[5] otros muchos colindantes los que le reclamaban daños y
perjuicios, o bien le pedían cuentas de tierras administradas
por su abuelo. También le presentaron una demanda por
no sé qué contrato de aparcería que celebró su madre y no
fué al parecer cumplido, y asimismo le exigieron el reconocimiento
[10] de una hipoteca sobre las tierras de _Alamillos_,
hecha en extraño documento por su tío. Era un hormiguero,
una inmunda gusanera de pleitos. Había hecho
propósito de renunciar a la propiedad de sus fincas; pero
entre tanto su dignidad le obligaba a no ceder ante las
[15] marrullerías de los sagaces palurdos; y como el Ayuntamiento
le reclamó también por supuesta confusión de su
finca con un inmediato monte de Propios, vióse el desgraciado
joven en el caso de tener que disipar las dudas que
acerca de su derecho surgían a cada paso. Su honra estaba
[20] comprometida, y no había otro remedio que pleitear o morir.
Habíale prometido doña Perfecta en su magnanimidad
ayudarle a salir de tan torpes líos por medio de un arreglo
amistoso; pero pasaban días y los buenos oficios de la
ejemplar señora no daban resultado alguno. Crecían los
[25] pleitos con la amenazadora presteza de una enfermedad
fulminante. Pepe Rey pasaba largas horas del día en el
Juzgado dando declaraciones, contestando a preguntas y a
repreguntas, y cuando se retiraba a su casa, fatigado y
colérico, veía aparecer la afilada y grotesca carátula del
[30] escribano, que le traía regular porción de papel sellado
lleno de horribles fórmulas... para que fuese estudiando
la cuestión.
Se comprende que aquél no era hombre a propósito para
sufrir tales reveses, pudiendo evitarlos con la ausencia.
Representábase en su imaginación a la noble ciudad de su 77
madre como una horrible bestia que en él clavaba sus
feroces uñas y le bebía la sangre. Para librarse de ella
bastábale, según su creencia, la fuga; pero un interés
[5] profundo, como interés del corazón, le detenía, atándole a
la peña de su martirio con lazos muy fuertes. Sin embargo,
llegó a sentirse tan fuera de su centro, llegó a verse tan
extranjero, digámoslo así, en aquella tenebrosa ciudad de
pleitos, de antiguallas, de envidia y de maledicencia, que
[10] hizo propósito de abandonarla sin dilación, insistiendo al
mismo tiempo en el proyecto que a ella le condujera. Una
mañana, encontrando ocasión a propósito, formuló su plan
ante doña Perfecta.
--Sobrino mío--repuso la señora con su acostumbrada
[15] dulzura:--no seas arrebatado. Vaya, que pareces de
fuego. Lo mismo era tu padre ¡qué hombre! Eres una
centella... Ya te he dicho que con muchísimo gusto te
llamaré hijo mío. Aunque no tuvieras las buenas cualidades
y el talento que te distinguen (salvo los defectillos, que también
[20] los hay); aunque no fueras un excelente joven, basta
que esta unión haya sido propuesta por tu padre, a quien
tanto debemos mi hija y yo, para que la acepte. Rosario
no se opondrá tampoco, queriéndolo yo. ¿Qué falta, pues?
Nada; no falta nada más que un poco tiempo. No se
[25] puede hacer el casamiento con la precipitación que tú deseas,
y que daría lugar a interpretaciones quizás desfavorables a
la honra de mi querida hija... Vaya, que tú como no
piensas más que en máquinas, todo lo quieres hacer al
vapor. Espera, hombre, espera... ¿qué prisa tienes?
[30] Ese aborrecimiento que le has cogido a nuestra pobre Orbajosa
es un capricho. Ya se ve: no puedes vivir sino entre
condes y marqueses y oradores y diplomáticos... ¡Quieres
casarte y separarme de mi hija para siempre!--añadió
enjugándose una lágrima.--Ya que así es, inconsiderado
joven, ten al menos la caridad de retardar algún tiempo esa 78
boda que tanto deseas... ¡Qué impaciencia! ¡Qué
amor tan fuerte! No creí que una pobre lugareña como mi
hija inspirase pasiones tan volcánicas.
[5] No convencieron a Pepe Rey los razonamientos de su tía;
pero no quiso contrariarla. Resolvió, pues, esperar cuanto
le fuese posible. Una nueva causa de disgustos unióse bien
pronto a los que ya amargaban su existencia. Hacía dos
semanas que estaba en Orbajosa, y durante este tiempo no
[10] había recibido ninguna carta de su padre. No podía achacarse
esto a descuidos de la Administración de Correos de
Orbajosa, porque siendo el funcionario encargado de aquel
servicio amigo y protegido de doña Perfecta, ésta le recomendaba
diariamente el mayor cuidado para que las cartas dirigidas
[15] a su sobrino no se extraviasen. También iba a la
casa el conductor de la correspondencia, llamado Cristóbal
Ramos, y por apodo Caballuco, personaje a quien ya conocimos,
y a éste solía dirigir doña Perfecta amonestaciones
y reprimendas tan enérgicas como la siguiente:
[20] --¡Bonito servicio de correos tenéis!... ¿Cómo es
que mi sobrino no ha recibido una sola carta desde que está
en Orbajosa?... Cuando la conducción de la correspondencia
corre a cargo de semejante tarambana, ¡cómo han
de andar las cosas! Yo le hablaré al señor Gobernador de
[25] la provincia para que mire bien qué clase de gente pone en
la Administración.
Caballuco, alzando los hombros, miraba a Rey con
expresión de la más completa indiferencia.
Un día entró con un pliego en la mano.
[30] --¡Gracias a Dios!--dijo doña Perfecta a su sobrino.--Ahí
tienes cartas de tu padre. Regocíjate, hombre. Buen
susto nos hemos llevado por la pereza de mi señor hermano
en escribir... ¿Qué dice? está bueno sin duda--añadió al
ver que Pepe Rey abría el pliego con febril impaciencia.
El ingeniero se puso pálido al recorrer las primeras 79
líneas.
--¡Jesús, Pepe... qué tienes!--exclamó la señora,
levantándose con _zozobra_.--¿Está malo tu papá?
[5] --Esta carta no es de mi padre--repuso Pepe, revelando
en su semblante la mayor consternación.
--¿Pues qué es eso?...
--Una orden del Ministerio de Fomento, en que se me
releva del cargo que me confiaron....
[10] --¡Cómo... es posible!
--Una destitución pura y simple, redactada en términos
muy poco lisonjeros para mí.
--¿Hase visto mayor picardía?--exclamó la señora,
volviendo de su estupor.
[15] --¡Qué humillación!--murmuró el joven.--Es la primera
vez en mi vida que recibo un desaire semejante.
--¡Pero ese Gobierno no tiene perdón de Dios! ¡Desairarte
a ti! ¿Quieres que yo escriba a Madrid? Tengo
allá muy buenas relaciones y podré conseguir que el Gobierno
[20] repare esa falta brutal y te dé una satisfacción.
--Gracias, señora, no quiero recomendaciones--replicó
el joven con displicencia.
--¡Es que se ven unas injusticias; unos atropellos!
...Destituir así a un joven de tanto mérito, a una eminencia
[25] científica.... Vamos; si no puedo contener la
cólera.
--Yo averiguaré--dijo Pepe, con la mayor energía,--quién
se ocupa en hacerme daño....
--Ese señor ministro.... Pero de estos politiquejos
[30] infames ¿qué se puede esperar?
--Aquí hay alguien que se ha propuesto hacerme morir
de desesperación--afirmó el joven visiblemente alterado.--Esto
no es obra del ministro, ésta y otras contrariedades
que experimento son resultado de un plan de venganza, de
un cálculo desconocido, de una enemistad irreconciliable, y 80
este plan, este cálculo, esta enemistad, no lo dude usted,
querida tía, están aquí, en Orbajosa.
--Tú te has vuelto loco--replicó doña Perfecta, demostrando
[5] un sentimiento semejante a la compasión.--¿Que
tienes enemigos en Orbajosa? ¿Que alguien quiere vengarse
de ti? Vamos, Pepillo, tú has perdido el juicio. Las
lecturas de esos libros en que se dice que tenemos por
abuelos a los monos o a las cotorras, te han trastornado la
[10] cabeza.
Sonrió con dulzura al decir la última frase, y después,
tomando un tono de familiar y cariñosa amonestación,
añadió:
--Hijo mío, los habitantes de Orbajosa seremos palurdos
[15] y toscos labriegos sin instrucción, sin finura, ni buen tono;
pero a lealtad y buena fe no nos gana nadie, nadie, pero
nadie.
--No crea usted--dijo el joven,--que acuso a las personas
de esta casa. Pero sostengo que en la ciudad está
[20] mi implacable y fiero enemigo.
--Deseo que me enseñes ese traidor de melodrama--repuso
la señora, sonriendo de nuevo.--Supongo que no
acusarás al tío Licurgo ni a los demás que te han puesto
pleito, porque los pobrecitos creen defender su derecho.
[25] Y entre paréntesis, no les falta razón en el caso presente.
Además, el tío Lucas te quiere mucho. Así mismo me lo
ha dicho. Desde que te conoció, dice que le entraste por
el ojo derecho, y el pobre viejo te ha puesto un cariño....
--¡Sí... profundo cariño!--murmuró Pepe.
[30] --No seas tonto--añadió la señora, poniéndole la mano
en el hombro y mirándole de cerca.--No pienses disparates,
y convéncete de que tu enemigo, si existe, está en Madrid,
en aquel centro de corrupción, de envidia y rivalidades, no
en este pacífico y sosegado rincón, donde todo es buena
voluntad y concordia... Sin duda algún envidioso de tu 81
mérito... Te advierto una cosa, y es, que si quieres ir
allá para averiguar la causa de este desaire y pedir explicaciones
al gobierno, no dejes de hacerlo por nosotras.
[5] Pepe Rey fijó los ojos en el semblante de su tía, cual si
quisiera escudriñarla hasta en lo más escondido de su alma.
--Digo que si quieres ir, no dejes de hacerlo--repitió
la señora con calma admirable, confundiéndose en la
expresión de su semblante la naturalidad con la honradez
[10] más pura.
--No, señora. No pienso ir allá.
--Mejor; ésa es también mi opinión. Aquí estás más
tranquilo, a pesar de las cavilaciones con que te estás
atormentando. ¡Pobre Pepillo! Tu entendimiento, tu descomunal
[15] entendimiento, es la causa de tu desgracia.
Nosotros, los de Orbajosa, pobres aldeanos rústicos, vivimos
felices en nuestra ignorancia. Yo siento mucho que no
estés contento. ¿Pero es culpa mía que te aburras y desesperes
sin motivo? ¿No te trato como a un hijo? ¿No te
[20] he recibido como la esperanza de mi casa? ¿Puedo hacer
más por ti? Si a pesar de eso, no nos quieres, si nos
muestras tanto despego, si te burlas de nuestra religiosidad,
si haces desprecios a nuestros amigos, ¿es acaso porque no
te tratemos bien?
[25] Los ojos de doña Perfecta se humedecieron.
--Querida tía--dijo Rey, sintiendo que se disipaba su
encono.--También yo he cometido algunas faltas desde
que soy huésped de esta casa.
--No seas tonto... ¡Qué faltas ni faltas! Entre
[30] personas de la misma familia, todo se perdona.
--Pero Rosario ¿dónde está?--preguntó el joven levantándose.--
¿Tampoco la veré hoy?
--Está mejor. ¿Sabes que no ha querido bajar?
--Subiré yo.
--Hombre, no. Esa niña tiene unas terquedades... Hoy 82
se ha empeñado en no salir de su cuarto. Se ha
encerrado por dentro.
--¡Qué rareza!
[5] --Se le pasará. Seguramente se le pasará. Veremos
si esta noche le quitamos de la cabeza sus ideas melancólicas.
Organizaremos una tertulia que le divierta. ¿Por
qué no te vas a casa del Sr. D. Inocencio y le dices que
venga por acá esta noche y que traiga a Jacintillo?
[10] --¡A Jacintillo!
--Sí, cuando a Rosario le dan estos accesos de melancolía,
ese jovencito es el único que la distrae...
--Pero yo subiré...
--Hombre, no.
[15] --Cuidado que hay etiqueta en esta casa.
--Tú te estás burlando de nosotros. Haz lo que te
digo.
--Pues quiero verla.
--Pues no. ¡Qué mal conoces a la niña!
[20] --Yo creí conocerla bien... Bueno, me quedaré...
Pero esta soledad es horrible.
--Ahí tienes al señor escribano.
--Maldito sea él mil veces.
[25] --Y me parece que ha entrado también el señor procurador...
es un excelente sujeto.
--Así le ahorcaran.
--Hombre, los asuntos de intereses, cuando son propios,
sirven de distracción. Alguien llega... Me parece que
es el perito agrónomo. Ya tienes para un rato.
[30] --¡Para un rato de infierno!
--Hola, hola, si no me engaño, el tío Licurgo y el tío
Pasolargo acaban de entrar. Puede que vengan a proponerte
un arreglo.
--Me arrojaré al estanque.
--¡Qué descastado eres! ¡Pues todos ellos te quieren 83
tanto!... Vamos, para que nada falte, ahí está también
el alguacil. Viene a citarte.
--A crucificarme.
[5] Todos los personajes nombrados fueron entrando en la
sala.
--Adiós, Pepe, que te diviertas--dijo doña Perfecta.
--¡Trágame, tierra!--exclamó el joven con desesperación.
[10] --Sr. D. José....
--Mi querido Sr. D. José....
--Estimable Sr. D. José....
--Sr. D. José de mi alma....
--Mi respetable amigo Sr. D. José....
[15] Al oir estas almibaradas insinuaciones, Pepe Rey exhaló
un hondo suspiro y se entregó. Entregó su cuerpo y su
alma a los sayones, que esgrimieron horribles hojas de papel
sellado, mientras la víctima, elevando los ojos al cielo, decía
para sí con cristiana mansedumbre:
[20] --Padre mío, ¿por qué me has abandonado?
XII
=Aquí fué Troya=
Amor, amistad, aire sano para la respiración moral, luz
para el alma, simpatía, fácil comercio de ideas y de sensaciones
era lo que Pepe Rey necesitaba de una manera
imperiosa. No teniéndolo, aumentaban las sombras que
[25] envolvían su espíritu, y la lobreguez interior daba a su trato
displicencia y amargura. Al día siguiente de las escenas
referidas en el capítulo anterior, mortificóle más que nada
el ya demasiado largo y misterioso encierro de su prima,
motivado, al parecer, primero por una enfermedad sin importancia,
después por caprichos y nerviosidades de difícil 84
explicación.
Rey extrañaba conducta tan contraria a la idea que había
formado de Rosarito. Habían transcurrido cuatro días sin
[5] verla, no ciertamente porque a él le faltasen deseos de estar
a su lado; y tal situación comenzaba a ser desairada y
ridícula, si con un acto de firme iniciativa no ponía remedio
en ello.
--¿Tampoco hoy veré a mi prima?--preguntó de mal
[10] talante a su tía, cuando concluyeron de comer.
--Tampoco. ¡Sabe Dios cuánto lo siento!... Bastante
le he predicado hoy. A la tarde veremos....
La sospecha de que en tan injustificado encierro su
adorable prima era más bien víctima sin defensa que autora
[15] resuelta con actividad propia e iniciativa, le indujo a contenerse
y esperar. Sin esta sospecha, hubiera partido aquel
mismo día. No tenía duda alguna de ser amado por Rosario,
mas era evidente que una presión desconocida actuaba
entre los dos para separarlos, y parecía propio de varón
[20] honrado averiguar de quién procedía aquella fuerza maligna,
y contrarrestarla hasta donde alcanzara la voluntad humana.
--Espero que la obstinación de Rosario no durará mucho--dijo
a doña Perfecta disimulando sus verdaderos sentimientos.
[25] Aquel día tuvo una carta de su padre, en la cual éste se
quejaba de no haber recibido ninguna de Orbajosa, circunstancia
que aumentó las inquietudes del ingeniero, confundiéndole
más. Por último, después de vagar largo rato solo
por la huerta de la casa, salió y fue al Casino. Entró en él,
[30] como un desesperado que se arroja al mar.
Encontró en las principales salas a varias personas que
charlaban y discutían. En un grupo desentrañaban con
lógica sutil difíciles problemas de toros; en otro disertaban
sobre cuáles eran los mejores burros entre las castas de
Orbajosa y Villahorrenda. Hastiado hasta lo sumo, Pepe 85
Rey abandonó estos debates y se dirigió a la sala de periódicos,
donde hojeó varias revistas sin encontrar deleite en
la lectura; y poco después, pasando de sala en sala, fué a
[5] parar sin saber cómo a la del juego. Cerca de dos horas
estuvo en las garras del horrible demonio amarillo, cuyos
resplandecientes ojos de oro producen tormento y fascinación.
Ni aun las emociones del juego alteraron el sombrío
estado de su alma, y el tedio que antes le empujara hacia
[10] el verde tapete, apartóle también de él. Huyendo del
bullicio, dió con su cuerpo en una estancia destinada a tertulia,
en la cual a la sazón no había alma viviente, y con
indolencia se sentó junto a la ventana de ella, mirando
a la calle.
[15] Era ésta angostísima y con más ángulos y recodos que
casas, sombreada toda por la pavorosa catedral, que al
extremo alzaba su negro muro carcomido. Pepe Rey miró
a todos lados, arriba y abajo, y observó un plácido silencio
de sepulcro: ni un paso, ni una voz, ni una mirada. De
[20] pronto hirieron su oído rumores extraños, como cuchicheo
de femeniles labios, y después el chirrido de cortinajes que
se corrían, algunas palabras, y por fin el tararear suave de
una canción, el ladrido de un falderillo, y otras señales de
existencia social que parecían muy singulares en tal sitio.
[25] Observando bien, Pepe Rey vió que tales rumores procedían
de un enorme balcón con celosías, que frente por frente
a la ventana mostraba su corpulenta fábrica. No había
concluído sus observaciones, cuando un socio del Casino
apareció de súbito a su lado, y riendo le interpeló de este
[30] modo:
--¡Ah! Sr. D. Pepe, ¡picarón! ¿se ha encerrado usted
aquí para hacer cocos a las niñas?
El que esto decía era D. Juan Tafetán, un sujeto amabilísimo,
y de los pocos que habían manifestado a Rey en el
Casino cordial amistad y verdadera admiración. Con su 86
carilla bermellonada, su bigotejo teñido de negro, sus
ojuelos vivarachos, su estatura mezquina, su pelo con gran
estudio peinado para ocultar la calvicie, D. Juan Tafetán
[5] presentaba una figura bastante diferente de la de Antinoo;
pero era muy simpático, tenía mucho gracejo y felicísimo
ingenio para contar aventuras graciosas. Reía mucho, y
al hacerlo, su cara se cubría toda, desde la frente a la barba,
de grotescas arrugas. A pesar de estas cualidades y del
[10] aplauso que debía estimular su disposición a las picantes
burlas, no era maldiciente. Queríanle todos, y Pepe Rey
pasaba con él ratos agradables. El pobre Tafetán, empleado
antaño en la Administración civil de la capital de la provincia,
vivía modestamente de su sueldo en la Secretaría
[15] de Beneficencia, y completaba su pasar tocando gallardamente
el clarinete en las procesiones, en las solemnidades
de la catedral y en el teatro, cuando alguna trailla de
desesperados cómicos aparecía por aquellos países con el alevoso
propósito de dar funciones en Orbajosa.
[20] Pero lo más singular en D. Juan Tafetán era su afición
a las muchachas guapas. Él mismo, cuando no ocultaba su
calvicie con seis pelos llenos de pomada, cuando no se teñía
el bigote, cuande andaba derechito y espigado por la poca
pesadumbre de los años, había sido un Tenorio formidable.
[25] Oírle contar sus conquistas era cosa de morirse de risa,
porque hay Tenorios de Tenorios, y aquél fué de los más
originales.
--¿Qué niñas? Yo no veo niñas en ninguna parte--repuso
Pepe Rey.
[30] --Hágase usted el anacoreta.
Una de las celosías del balcón se abrió, dejando ver un
rostro juvenil, encantador y risueño, que desapareció al
instante como una luz apagada por el viento.
--Ya, ya veo.
--¿No las conoce usted? 87
--Por mi vida que no.
--Son las Troyas, las niñas de Troya. Pues no conoce
usted nada bueno... Tres chicas preciosísimas, hijas de
[5] un coronel de Estado Mayor de Plazas, que murió en las
calles de Madrid el 54.
La celosía se abrió de nuevo y comparecieron dos caras.
--Se están burlando de nosotros--dijo Tafetán haciendo
una seña amistosa a las niñas.
[10] --¿Las conoce usted?
--¿Pues no las he de conocer? Las pobres están en la
miseria. Yo no sé cómo viven. Cuando murió D. Francisco
Troya, se hizo una suscripción para mantenerlas;
pero esto duró poco.
[15] --¡Pobres muchachas! Me figuro que no serán un
modelo de honradez....
--¿Por qué no?... Yo no creo lo que en el pueblo se
dice de ellas.
Funcionó de nuevo la celosía.
[20] --Buenas tardes, niñas--gritó D. Juan Tafetán dirigiéndose
a las tres, que artísticamente agrupadas aparecieron.--Este
caballero dice que lo bueno no debe esconderse, y
que abran ustedes toda la celosía.
Pero la celosía se cerró y alegre concierto de risas difundió
[25] una extraña alegría por la triste calle. Creeríase que
pasaba una bandada de pájaros.
--¿Quiere usted que vayamos allá?--dijo de súbito
Tafetán.
Sus ojos brillaban, y una sonrisa picaresca retozaba en
[30] sus amoratados labios.
--¿Pero qué clase de gente es esa?
--Ande usted, Sr. de Rey... Las pobrecitas son honradas.
¡Bah! Si se alimentan del aire como los camaleones.
Diga usted, el que no come, ¿puede pecar?
Bastante virtuosas son las infelices. Y si pecaran, limpiarían 88
su conciencia con el gran ayuno que hacen.
--Pues vamos.
Un momento después, D. Juan Tafetán y Pepe Rey
[5] entraban en la sala. El aspecto de la miseria, que con
horribles esfuerzos pugnaba por no serlo, afligió al joven.
Las tres muchachas eran muy lindas, principalmente las
dos más pequeñas, morenas, pálidas, de negros ojos y sutil
talle. Bien vestidas y bien calzadas, habrían parecido
[10] retoños de duquesa en candidatura para entroncar con
príncipes.
Cuando la visita entró, las tres se quedaron muy cortadas;
pero bien pronto mostraron la índole de su genial frívolo y
alegre. Vivían en la miseria, como los pájaros en la prisión,
[15] sin dejar de cantar tras los hierros lo mismo que en la
opulencia del bosque. Pasaban el día cosiendo, lo cual
indicaba por lo menos un principio de honradez; pero en
Orbajosa ninguna persona de su posición se trataba con
ellas. Estaban hasta cierto punto proscritas, degradadas,
[20] acordonadas, lo cual indicaba también algún motivo de
escándalo. Pero en honor de la verdad, debe decirse que
la mala reputación de las Troyas consistía, más que nada,
en su fama de chismosas, enredadoras, traviesas y despreocupadas.
Dirigían anónimos a graves personas; ponían
[25] motes a todo viviente de Orbajosa, desde el obispo al último
zascandil; tiraban piedrecitas a los transeuntes; chicheaban
escondidas tras las rejas para reírse con la confusión y
azoramiento del que pasaba; sabían todos los sucesos de
la vecindad, para lo cual tenían en constante uso los tragaluces
[30] y agujeros todos de la parte alta de la casa; cantaban
de noche en el balcón; se vestían de máscara en Carnaval
para meterse en las casas más alcurniadas, con otras majaderías
y libertades propias de los pueblos pequeños. Pero
cualquiera que fuese la razón, ello es que el graciado triunvirato
Troyano tenía sobre sí un estigma de esos que una 89
vez puestos por susceptible vecindario, acompañan implacablemente
hasta más allá de la tumba.
--¿Éste es el caballero que dicen ha venido a sacar
[5] minas de oro?--dijo una.
--¿Y a derribar la catedral para hacer con las piedras
de ella una fábrica de zapatos?--añadió otra.
--Y a quitar de Orbajosa la siembra del ajo para poner
algodón o el árbol de la canela.
[10] Pepe no pudo reprimir la risa ante tales despropósitos.
--No viene sino a hacer una recolección de niñas bonitas
para llevárselas a Madrid--dijo Tafetán.
--¡Ay! ¡De buena gana me iría!--exclamó una.
--A las tres, a las tres me las llevo--afirmó Pepe.--Pero
[15] sepamos una cosa; ¿por qué se reían ustedes de mí
cuando estaba en la ventana del Casino?
Tales palabras fueron la señal de nuevas risas.
--Éstas son unas tontas--dijo la mayor.
--Fué porque dijimos que usted se merece algo más que
[20] la niña de doña Perfecta.
--Fué porque ésta dijo que usted está perdiendo el
tiempo y que Rosarito no quiere sino gente de iglesia.
--¡Qué cosas tienes! Yo no he dicho tal cosa. Tú
dijiste que este caballero es ateo luterano, y entra en la
[25] catedral fumando y con el sombrero puesto.
--Pues yo no lo inventé--manifestó la menor,--que
eso me lo dijo ayer Suspiritos.
--¿Y quién es esa Suspiritos que dice de mí tales tonterías?
[30] --Suspiritos es... Suspiritos.
--Niñas mías--dijo Tafetán con semblante almibarado.
Por ahí va el naranjero. Llamadle, que os quiero convidar
a naranjas.
Una de las tres llamó al naranjero.
La conversación entablada por las niñas desagradó bastante 90
a Pepe Rey, disipando la ligera impresión de contento
que experimentó al encontrarse entre aquella chusma
alegre y comunicativa. No pudo, sin embargo, contener
[5] la risa cuando vió a D. Juan Tafetán descolgar un guitarrillo
y rasguearlo con la gracia y destreza de los años
juveniles.
--Me han dicho que ustedes saben cantar a las mil
maravillas--manifestó Rey.
[10] --Que cante D. Juan Tafetán.
--Yo no canto.
--Ni yo--dijo la segunda, ofreciendo al ingeniero
algunos cascos de la naranja que acababa de mondar.
--María Juana, no abandones la costura--dijo la Troya
[15] mayor.--Es tarde y hay que acabar la sotana esta
noche.
--Hoy no se trabaja. Al demonio las agujas--exclamó
Tafetán.
En seguida entonó una canción.
[20] --La gente se para en la calle--dijo la Troya segunda
asomándose al balcón.--Los gritos de D. Juan Tafetán se
oyen desde la plaza... ¡Juana, Juana!
--¿Qué?
--Por la calle va Suspiritos.
[25] La más pequeña voló al balcón.
--Tírale una cascara de naranja.
Pepe Rey se asomó también; vió que por la calle pasaba
una señora, y que con diestra puntería la menor de las
Troyas le asestó un cascarazo en el moño. Después
[30] cerraron precipitadamente, y las tres se esforzaban en
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