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los artistas... ¡oh! yo he conocido muchos. Estos
[5] señores, como vean delante de sí una estatua, una armadura
mohosa, un cuadro podrido o una pared vieja, se olvidan
de todo. El Sr. D. José es artista, y ha visitado nuestra
catedral, como la visitan los Ingleses, los cuales de buena
gana se llevarían a sus museos hasta la última baldosa de
[10] ella... Que estaban los fieles rezando; que el sacerdote
alzó la Sagrada Hostia; que llegó el instante de la mayor
piedad y recogimiento; pues bien... ¿qué le importa
nada de esto a un artista? Es verdad que yo no sé lo que
vale el arte, cuando se le disgrega de los sentimientos que
[15] expresa... pero en fin, hoy es costumbre adorar la forma,
no la idea... Líbreme Dios de meterme a discutir este
tema con el Sr. D. José, que sabe tanto, y argumentando
con la primorosa sutileza de los modernos, confundiría al
punto mi espíritu, en el cual no hay más que fe.
[20] --El empeño de ustedes de considerarme como el hombre
más sabio de la tierra, me mortifica bastante--dijo Pepe,
recobrando la dureza de su acento.--Ténganme por tonto;
que prefiero la fama de necio a poseer esa ciencia de Satanás
que aquí me atribuyen.
[25] Rosarito se echó a reír, y Jacinto creyó llegado el momento
más oportuno para hacer ostentación de su erudita
personalidad.
--El panteísmo o panenteísmo están condenados por la
Iglesia, así como por las doctrinas de Schopenhauer y el
[30] moderno Hartmann.
--Señores y señoras--manifestó gravemente el canónigo,--los
hombres que consagran culto tan fervoroso al arte,
aunque sólo sea atendiendo a la forma, merecen el mayor
respeto. Más vale ser artista y deleitarse ante la belleza,
aunque sólo esté representada en las ninfas desnudas, que 60
ser indiferente y descreído en todo. En espíritu que se
consagra a la contemplación de la belleza no entrará completamente
el mal. _Est Deus in nobis... Deus_, entiéndase
[5] bien. Siga, pues, el señor D. José admirando los
prodigios de nuestra iglesia; que por mi parte le perdonaré
de buen grado las irreverencias, salva la opinión del señor
prelado.
--Gracias, Sr. D. Inocencio--dijo Pepe, sintiendo en sí
[10] punzante y revoltoso el sentimiento de hostilidad hacia el
astuto canónigo y no pudiendo dominar el deseo de mortificarle.
--Por lo demás, no crean ustedes que absorbían mi
atención las bellezas artísticas de que suponen lleno el
templo. Esas bellezas, fuera de la imponente arquitectura
[15] de una parte del edificio y de los tres sepulcros que hay en
las capillas del ábside y de algunos entalles del coro, yo no
las veo en ninguna parte. Lo que ocupaba mi entendimiento
era la consideración de la deplorable decadencia de
las artes religiosas, y no me causaban asombro, sino cólera,
[20] las innumerables monstruosidades artísticas de que está
llena la catedral.
El estupor de los circunstantes fué extraordinario.
--No puedo resistir--añadió Pepe,--aquellas imágenes
charoladas y bermellonadas, tan semejantes, perdóneme
[25] Dios la comparación, a las muñecas con que juegan las
niñas grandecitas. ¿Qué puedo decir de los vestidos de
teatro con que las cubren? Vi un San José con manto,
cuya facha no quiero calificar por respeto al Santo Patriarca
y a la Iglesia que le adora. En los altares se acumulan
[30] imágenes del más deplorable gusto artístico, y la multitud
de coronas, ramos, estrellas, lunas y demás adornos de
metal o papel dorado forman un aspecto de quincallería que
ofende el sentimiento religioso y hace desmayar nuestro
espíritu. Lejos de elevarse a la contemplación religiosa, se
abate, y la idea de lo cómico le perturba. Las grandes 61
obras del arte, dando formas sensibles a las ideas, a los
dogmas, a la fe, a la exaltación mística, realizan misión muy
noble. Los mamarrachos y las aberraciones del gusto, las
[5] obras grotescas con que una piedad mal entendida llena
las iglesias, también cumplen su objeto; pero éste es bastante
triste: fomentan la superstición, enfrían el entusiasmo,
obligan a los ojos del creyente a apartarse de los altares, y
con los ojos se apartan las almas que no tienen fe muy profunda
[10] ni muy segura.
--La doctrina de los iconoclastas--dijo Jacintito,--también
parece que está muy extendida en Alemania.
--Yo no soy iconoclasta, aunque prefiero la destrucción
de todas las imágenes a esta exhibición de chocarrerías de
[15] que me ocupo--continuó el joven.--Al ver esto, es lícito
defender que el culto debe recobrar la sencillez augusta de
los antiguos tiempos; pero no: no se renuncie al auxilio
admirable que las artes todas, empezando por la poesía y
acabando por la música, prestan a las relaciones entre el
[20] hombre y Dios. Vivan las artes, despliéguese la mayor
pompa en los ritos religiosos. Yo soy partidario de la
pompa....
--Artista, artista y nada más que artista--exclamó el
canónigo, moviendo la cabeza con expresión de lástima.--Buenas
[25] pinturas, buenas estatuas, bonita música... Gala
de los sentidos, y el alma que se la lleve el Demonio.
--Y a propósito de música--dijo Pepe Rey, sin advertir
el deplorable efecto que sus palabras producían en la madre
y la hija,--figúrense ustedes qué dispuesto estaría mi espíritu
[30] a la contemplación religiosa al visitar la catedral, cuando
de buenas a primeras y al llegar al ofertorio en la misa
mayor, el señor organista tocó un pasaje de _La Traviata_.
--En eso tiene razón el Sr. de Rey--dijo el abogadillo
enfáticamente.--El señor organista tocó el otro día todo el
brindis y el wals de la misma ópera y después un rondó de 62
_La Gran Duquesa_.
--Pero cuando se me cayeron las alas del corazón--continuó
el ingeniero implacablemente,--fué cuando vi
[5] una imagen de la Virgen que parece estar en gran veneración,
según la mucha gente que ante ella había y la multitud
de velas que la alumbraban. La han vestido con ahuecado
ropón de terciopelo bordado de oro, de tan extraña forma
que supera a las modas más extravagantes del día. Desaparece
[10] su cara entre un follaje espeso, compuesto de mil
suertes de encajes rizados con tenacillas, y la corona de
media vara de alto, rodeada de rayos de oro, es un disforme
catafalco que le han armado sobre la cabeza. De la misma
tela y con los mismos bordados son los pantalones del Niño
[15] Jesús... No quiero seguir, porque la descripción de cómo
están la madre y el hijo me llevaría quizás a cometer alguna
irreverencia. No diré más, sino que me fué imposible tener
la risa y que por breve rato contemplé la profanada imagen,
exclamando: "¡Madre y señora mía, cómo te han puesto!"
[20] Concluídas estas palabras, Pepe observó a sus oyentes, y
aunque a causa de la sombra crepuscular no se distinguían
bien los semblantes, creyó ver en alguno de ellos señales de
amarga consternación.
--Pues Sr. D. José--exclamó vivamente el canónigo,
[25] riendo y con expresión de triunfo,--esa imagen que a la
filosofía y panteísmo de usted parece tan ridícula, es nuestra
Señora del Socorro, patrona y abogada de Orbajosa, cuyos
habitantes la veneran de tal modo que serían capaces de
arrastrar por las calles al que hablase mal de ella. Las
[30] crónicas y la historia, señor mío, están llenas de los milagros
que ha hecho, y aun hoy día vemos constantemente
pruebas irrecusables de su protección. Ha de saber usted
también que su señora tía doña Perfecta es camarera mayor
de la Santísima Virgen del Socorro, y que ese vestido que
a usted le parece tan grotesco... pues... digo que ese 63
vestido tan grotesco a los impíos ojos de usted, salió de
esta casa, y que los pantalones del Niño obra son juntamente
de la maravillosa aguja y de la acendrada piedad de
[5] su prima de usted, Rosarito, que nos está oyendo.
Pepe Rey se quedó bastante desconcertado. En el
mismo instante levantóse bruscamente doña Perfecta, y sin
decir una palabra se dirigió hacia la casa, seguida por el
señor Penitenciario. Levantáronse también los restantes.
[10] Disponíase el aturdido joven a pedir perdón a su prima por
la irreverencia, cuando observó que Rosarito lloraba. Clavando
en su primo una mirada de amistosa y dulce reprensión,
exclamó:
--¡Pero qué cosas tienes!
[15] Oyóse la voz de doña Perfecta que con alterado acento
gritaba:
--¡Rosario, Rosario!
Ésta corrió hacia la casa.
X
=La existencia de la discordia es evidente=
Pepe Rey se encontraba turbado y confuso, furioso contra
[20] los demás y contra sí mismo, procurando indagar la causa
de aquella pugna entablada a pesar suyo entre su pensamiento
y el pensamiento de los amigos de su tía. Pensativo
y triste, augurando discordias, permaneció breve rato sentado
en el banco de la glorieta, con la barba apoyada en el pecho,
[25] fruncido el ceño, cruzadas las manos. Se creía solo.
De repente sintió una alegre voz que modulaba entre
dientes el estribillo de una canción de zarzuela. Miró y
vio a D. Jacinto en el rincón opuesto de la glorieta.
--¡Ah! Sr. de Rey--dijo de improviso el rapaz,--no
[30] se lastiman impunemente los sentimientos religiosos de la
inmensa mayoría de una nación... Si no, considere usted 64
lo que pasó en la primera revolución francesa....
Cuando Pepe oyó el zumbidillo de aquel insecto, su
irritación creció. Sin embargo, no había odio en su alma
[5] contra el mozalvete doctor. Éste le mortificaba como
mortifican las moscas; pero nada más. Rey sintió la
molestia que inspiran todos los seres importunos, y como
quien ahuyenta un zángano, contestó de este modo:
--¿Qué tiene que ver la revolución francesa con el manto
[10] de la Virgen María?
Levantóse para marchar hacia la casa, pero no había
dado cuatro pasos, cuando oyó de nuevo el zumbar del
mosquito que decía:
--Sr. D. José, tengo que hablar a usted de un asunto que
[15] le interesa mucho, y que puede traerle algún conflicto....
--¿Un asunto?--preguntó el joven retrocediendo.--Veamos
qué es eso.
--Usted lo sospechará tal vez--dijo Jacinto, acercándose
a Pepe, y sonriendo con expresión parecida a la de los
[20] hombres de negocios, cuando se ocupan de alguno muy
grave.--Quiero hablar a usted del pleito....
--¿Qué pleito?... Amigo mío, yo no tengo pleitos.
Usted, como buen abogado, sueña con litigios y ve papel
sellado por todas partes.
[25] --¿Pero cómo?... ¿No tiene usted noticia de su
pleito?--exclamó con asombro el niño.
--¡De mi pleito!... Cabalmente, yo no tengo pleitos,
ni los he tenido nunca.
--Pues si no tiene usted noticia, más me alegro de habérselo
[30] advertido para que se ponga en guardia... Sí, señor,
usted pleiteará.
--Y ¿con quién?
--Con el tío Licurgo y otros colindantes del predio llamado
los _Alamillos_.
Pepe Rey se quedó estupefacto. 65
--Sí señor--añadió el abogadillo.--Hoy hemos
celebrado el Sr. Licurgo y yo una larga conferencia. Como soy
tan amigo de esta casa, no he querido dejar de advertírselo
[5] a usted, para que si lo cree conveniente, se apresure a
arreglarlo todo.
--Pero yo ¿qué tengo que arreglar? ¿Qué pretende de
mí esa canalla?
--Parece que unas aguas que nacen en el predio de usted
[10] han variado de curso y caen sobre unos tejares del susodicho
Licurgo y un molino de otro, ocasionando daños de
consideración. Mi cliente... porque se ha empeñado en que le
he de sacar de este mal paso... mi cliente, digo, pretende
que usted restablezca el antiguo cauce de las aguas, para
[15] evitar nuevos desperfectos y que le indemnice de los
perjuicios que por indolencia del propietario superior ha sufrido.
--¡Y el propietario superior soy yo!... Si entro en
un litigio, ese será el primer fruto que en toda la vida me
han dado los célebres Alamillos, que fueron míos, y que
[20] ahora, según entiendo, son de todo el mundo, porque lo
mismo Licurgo que otros labradores de la comarca, me han
ido cercenando poco a poco, año tras año, pedazos de
terreno, y costará mucho restablecer los linderos de mi
propiedad.
[25] --Ésa es cuestión aparte.
--Ésa no es cuestión aparte. Lo que hay--exclamó el
ingeniero, sin poder contener su cólera,--es que el
verdadero pleito será el que yo entable contra tal gentuza, que
se propone sin duda aburrirme y desesperarme, para que
[30] abandone todo y les deje continuar en posesión de sus
latrocinios. Veremos si hay abogados y jueces que
apadrinen los torpes manejos de esos aldeanos legistas, que viven
pleiteando y son la polilla de la propiedad ajena.
Caballerito, doy a usted las gracias por haberme advertido los
ruines propósitos de esos palurdos más malos que Caco. 66
Con decirle a usted que ese mismo tejar y ese mismo molino
en que Licurgo apoya sus derechos, son míos....
--Debe hacerse una revisión de los títulos de propiedad
[5] y ver si ha podido haber prescripción en esto--dijo Jacintito.
--¡Qué prescripción ni qué....! Esos infames no se
reirán de mí. Supongo que la administración de justicia
sea honrada y leal en la ciudad de Orbajosa....
--¡Oh, lo que es eso!--exclamó el letradillo con
[10] expresión de alabanza. El juez es una persona excelente. Viene
aquí todas las noches.... Pero es extraño que usted no
tuviera noticias de las pretensiones del Sr. Licurgo. ¿No le
han citado aún para el juicio de conciliación?
--No.
[15] --Será mañana.... En fin, yo siento mucho que el
apresuramiento del Sr. Licurgo me haya privado del gusto
y de la honra de defenderle a usted, pero como ha de ser....
Licurgo se ha empeñado en que yo le he de sacar de penas.
Estudiaré la materia con el mayor detenimiento. Estas
[20] pícaras servidumbres son el gran escollo de la
jurisprudencia.
Pepe entró en el comedor en un estado moral muy
lamentable. Vió a doña Perfecta hablando con el
Penitenciario, y a Rosarito sola, con los ojos fijos en la puerta.
[25] Esperaba sin duda a su primo.
--Ven acá, buena pieza--dijo la señora, sonriendo con
muy poca espontaneidad.--Nos has insultado, gran ateo;
pero te perdonamos. Ya sé que mi hija y yo somos dos
palurdas incapaces de remontarnos a las regiones de las
[30] matemáticas, donde tú vives; pero en fin... todavía es
posible que algún día te pongas de rodillas ante nosotros,
rogándonos que te enseñemos la doctrina.
Pepe contestó con frases vagas y fórmulas de cortesía y
arrepentimiento.
--Por mi parte--dijo D. Inocencio, poniendo en los 67
ojos expresión de modestia y dulzura,--si en el curso de
estas vanas disputas he dicho algo que pueda ofender al Sr.
D. José, le ruego que me perdone. Aquí todos somos
[5] amigos.
--Gracias. No vale la pena.
--A pesar de todo--indicó doña Perfecta, sonriendo ya
con más naturalidad,--yo soy siempre la misma para mi
querido sobrino, a pesar de sus ideas extravagantes y
[antireligiosas...]
[10] ¿De qué creerás que me pienso ocupar esta
noche? Pues de quitarle de la cabeza al tío Licurgo esas
terquedades con que te piensa molestar. Le he mandado
venir, y en la galería me está esperando. Descuida, que
yo lo arreglaré, pues aunque conozco que no le falta
[15] razón....
--Gracias, querida tía--repuso el joven, sintiéndose
invadido por la onda de generosidad que tan fácilmente
nacía en su alma.
Pepe Rey dirigió la vista hacia donde estaba su prima,
[20] con intención de unirse a ella; pero algunas preguntas
sagaces del canónigo le retuvieron al lado de doña Perfecta.
Rosario estaba triste, oyendo con indiferencia melancólica
las palabras del abogadillo, que instalándose junto a ella,
había comenzado una retahila de conceptos empalagosos,
[25] con importunos chistes sazonada y fatuidades del peor
gusto.
--Lo peor para ti--dijo doña Perfecta a su sobrino
cuando le sorprendió observando la desacorde pareja que
formaban Rosario y Jacinto,--es que has ofendido a la
[30] pobre Rosario. Debes hacer todo lo posible por desenojarla.
¡La pobrecita es tan buena!...
--¡Oh, sí, tan buena!--añadió el canónigo,--que no
dudo perdonará a su primo.
--Creo que Rosario me ha perdonado ya--afirmó Rey.
--Y si no, en corazones angelicales no dura mucho el 68
resentimiento--dijo D. Inocencio melifluamente.--Yo tengo
gran ascendiente sobre esa niña, y procuraré disipar en su
alma generosa toda prevención contra usted. En cuanto yo
[5] le diga dos palabras....
Pepe Rey sintió que por su pensamiento pasaba una nube
y dijo con intención:
--Tal vez no sea preciso.
--No le hablo ahora--añadió el capitular,--porque
[10] está embelesada oyendo las tonterías de Jacintillo....
¡Demonches de chicos! Cuando pegan la hebra, hay que dejarles.
De pronto se presentaron en la tertulia el juez de primera
instancia, la señora del alcalde y el deán de la catedral.
Todos saludaron al ingeniero, demostrando en sus palabras
[15] y actitudes que satisfacían, al verle, la más viva curiosidad.
El juez era un mozalvete despabilado, de estos que todos
los días aparecen en los criaderos de eminencias, aspirando
recién empollados a los primeros puestos de la
administración y de la política. Dábase suma importancia, y
[20] hablanco de sí mismo y de su juvenil toga, parecía manifestar
indirectamente gran enojo, porque no le hubieran hecho de golpe
y porrazo presidente del Tribunal Supremo. En aquellas
manos inexpertas, en aquel cerebro henchido de viento, en
aquella presunción ridícula había puesto el Estado las
[25] funciones más delicadas y más difíciles de la humana
justicia. Sus maneras eran de perfecto cortesano, y revelaba
escrupuloso y detallado esmero en todo lo concerniente a su
persona. Tenía la maldita manía de estarse quitando y
poniendo a cada instante los lentes de oro, y en su
[30] conversación frecuentemente indicaba el empeño de ser transladado
pronto a _Madriz_, para prestar sus imprescindibles servicios
en la secretaría de Gracia y Justicia.
La señora del alcalde era una dama bonachona, sin otra
flaqueza que suponerse muy relacionada en la Corte. Dirigió
a Pepe Rey diversas preguntas sobre modas, citando establecimientos
industriales donde le habían hecho una manteleta 69
o una falda en su último viaje, coetáneo de la visita
de Muley-Abbas, y también nombró a una docena de duquesas
[5] y marquesas, tratándolas con tanta familiaridad como
a amiguitas de escuela. Dijo también que la condesa de
M. (por sus tertulias famosa) era amiga suya, y que el 60
estuvo a visitarla, y la condesa la convidó a su palco en el
Real, donde vio a Muley-Abbas en traje de moro, acompañado
[10] de toda su morería. La alcaldesa hablaba por los
codos, como suele decirse, y no carecía de chiste.
El señor deán era un viejo de edad avanzada, corpulento
y encendido, pletórico, apoplético, un hombre que se salía
fuera de sí mismo por no caber en su propio pellejo, según
[15] estaba de gordo y morcilludo. Procedía de la exclaustración;
no hablaba más que de asuntos religiosos, y desde el
principio mostró hacia Pepe Rey el desdén más vivo. Éste
se mostraba cada vez más inepto para acomodarse a sociedad
tan poco de su gusto. Era su carácter nada maleable,
[20] duro y de muy escasa flexibilidad, y rechazaba las perfidias
y acomodamientos de lenguaje para simular la concordia
cuando no existía. Mantúvose, pues, bastante grave durante
el curso de la fastidiosa tertulia, obligado a resistir el ímpetu
oratorio de la alcaldesa que, sin ser la Fama, tenía el privilegio
[25] de fatigar con cien lenguas el oído humano. Si en el
breve respiro que esta señora daba a sus oyentes, Pepe Rey
quería acercarse a su prima, pegábasele el Penitenciario
como el molusco a la roca, y llevándole aparte con ademán
misterioso, le proponía un paseo a Mundogrande con el
[30] Sr. D. Cayetano o una partida de pesca en las claras aguas
del Nahara.
Por fin esto concluyó, porque todo concluye en este
mundo. Retiróse el señor deán, dejando la casa vacía, y
bien pronto no quedó de la señora alcaldesa más que un
eco, semejante al zumbido que recuerda en la humana oreja 70
el reciente paso de una tempestad. El juez privó también
a la tertulia de su presencia, y por fin D. Inocencio dió a su
sobrino la señal de partida.
[5] --Vamos, niño, vámonos que es tarde--le dijo sonriendo.
--¡Cuánto has mareado a la pobre Rosarito!... ¿Verdad,
niña? Anda, buena pieza, a casa pronto.
--Es hora de acostarse--dijo doña Perfecta.
--Hora de trabajar--repuso el abogadillo.
[10] --Por más que le digo que despache los negocios de día--añadió
el canónigo,--no hace caso.
--¡Son tantos los negocios... pero tantos...!
--No, di más bien que esa endiablada obra en que te has
metido... Él no lo quiere decir, Sr. D. José; pero sepa
[15] usted que se ha puesto a escribir una obra sobre _La influencia
de la mujer en la sociedad cristiana_, y además una
_Ojeada sobre el movimiento católico en_... no sé dónde.
¿Qué entiendes tú de _ojeadas_ ni de _influencias_?... Estos
rapaces del día se atreven a todo. ¡Uf... qué chicos!...
[20] Con que vámonos a casa. Buenas noches, señora doña
Perfecta... buenas noches, Sr. D. José... Rosarito....
--Yo esperaré al Sr. D. Cayetano--dijo Jacinto,--para
que me dé el _Augusto Nicolás._
--¡Siempre cargando libros... hombre!... A veces
[25] entras en casa que pareces un burro. Pues bien, esperemos.
--El Sr. D. Jacinto--dijo Pepe Rey,--no escribe a la
ligera y se prepara bien para que sus obras sean un tesoro
de erudición.
--Pero ese niño va a enfermar de la cabeza, Sr. D. Inocencio--
[30] objetó doña Perfecta.--Por Dios, mucho cuidado.
Yo le pondría tasa en sus lecturas.
--Ya que esperamos--indicó el doctorcillo con notorio
acento de presunción,--me llevaré también el tercer tomo
de _Concilios_, ¿No le parece a usted, tío?...
--Hombre, sí; no dejes eso de la mano. Pues no 71
faltaba más.
Felizmente llegó pronto el Sr. D. Cayetano (que tertuliaba
de ordinario en casa de D. Lorenzo Ruiz), y entregados los
[5] libros, marcháronse tío y sobrino.
Rey leyó en el triste semblante de su prima deseo muy
vivo de hablarle. Acercóse a ella mientras doña Perfecta y
D. Cayetano trataban a solas de un negocio doméstico.
--Has ofendido a mamá--le dijo Rosario.
[10] Sus facciones indicaban una especie de terror.
--Es verdad--repuso el joven.--He ofendido a tu
mamá: te he ofendido a ti....
--No; a mí no. Ya se me figuraba a mí que el Niño
Jesús no debe gastar calzones.
[15] --Pero espero que una y otra me perdonarán. Tu mamá
me ha manifestado hace poco tanta bondad....
La voz de doña Perfecta vibró de súbito en el ámbito del
comedor, con tan discorde acento, que el sobrino se estremeció
cual si oyese un grito de alarma. La voz dijo
[20] imperiosamente:
--¡Rosario, vete a acostar!
Turbada y llena de congoja, la muchacha dió varias
vueltas por la habitación, haciendo como que buscaba
alguna cosa. Con todo disimulo pronunció al pasar por
[25] junto a su primo estas vagas palabras:
--Mamá está enojada....
--Pero....
--Está enojada... no te fíes, no te fíes.
Y se marchó. Siguióla después doña Perfecta, a quien
[30] aguardaba el tío Licurgo, y durante un rato, las voces de la
señora y del aldeano oyéronse confundidas en familiar conferencia.
Quedóse solo Pepe con D. Cayetano, el cual,
tomando una luz, habló así:
--Buenas noches, Pepe. No crea usted que voy a
dormir, voy a trabajar... ¿Pero por qué está usted tan 72
meditabundo? ¿Qué tiene usted?... Pues, sí, a trabajar.
Estoy sacando apuntes para un _Discurso-Memoria_ sobre los
_Linajes de Orbajosa_... He encontrado datos y noticias de
[5] grandísimo precio. No hay que darle vueltas. En todas
las épocas de nuestra historia los orbajosenses se han distinguido
por su hidalguía, por su nobleza, por su valor, por su
entendimiento. Díganlo si no la conquista de Méjico, las
guerras del Emperador, las de Felipe contra herejes...
[10] ¿Pero está usted malo? ¿Qué le pasa a usted?... Pues,
sí, teólogos eminentes, bravos guerreros, conquistadores,
santos, obispos, poetas, políticos, toda suerte de hombres
esclarecidos florecieron en esta humilde tierra del ajo...
No, no hay en la cristiandad pueblo más ilustre que el
[15] nuestro. Sus virtudes y sus glorias llenan toda la historia
patria y aun sobra algo... Vamos, veo que lo que usted
tiene es sueño: buenas noches... Pues, sí, no cambiaría
la gloria de ser hijo de esta noble tierra por todo el oro del
mundo. _Augusta_ llamáronla los antiguos, _augustísima_ la
[20] llamo yo ahora, porque ahora, como entonces, la hidalguía,
la generosidad, el valor, la nobleza, son patrimonio de ella...
Con que buenas noches, querido Pepe... se me
figura que usted no está bueno. ¿Le ha hecho daño la
cena?... Razón tiene Alonzo González de Bustamante
[25] en su _Floresta amena_ al decir que los habitantes de Orbajosa
bastan por sí solos para dar grandeza y honor a un reino.
¿No lo cree usted así?
--¡Oh! sí, señor, sin duda ninguna--repuso Pepe Rey,
dirigiéndose bruscamente a su cuarto.
73
XI
=La discordia crece=
En los días sucesivos Rey hizo conocimiento con varias
personas de la población y visitó el Casino, trabando amistades
con algunos individuos de los que pasaban la vida
en las salas de aquella corporación.
[5] Pero la juventud de Orbajosa no vivía constantemente
allí, como podrá suponer la malevolencia. Veíanse por las
tardes en la esquina de la catedral y en la plazoleta formada
por el cruce de las calles del Condestable y la Tripería,
algunos caballeros que gallardamente envueltos en sus capas
[10] estaban como de centinela viendo pasar la gente. Si el
tiempo era bueno, aquellas eminentes lumbreras de la cultura
_urbsaugustense_ se dirigían, siempre con la indispensable
capita, al titulado paseo de las Descalzas, el cual se componía
de dos hileras de tísicos olmos y algunas retamas descoloridas.
[15] Allí la brillante pléyade atisbaba a las niñas de
D. Fulano o de D. Perencejo, que también habían ido a
paseo, y la tarde se pasaba regularmente. Entrada la
noche, el Casino se llenaba de nuevo, y mientras una parte
de los socios entregaba su alto entendimiento a las delicias
[20] del monte, los otros leían periódicos, y los más discutían en
la sala del café sobre asuntos de diversa índole, como
política, caballos, toros, o bien sobre chismes locales. El
resumen de todos los debates era siempre la supremacía de
Orbajosa y de sus habitantes sobre los demás pueblos y
[25] gentes de la tierra.
Eran aquellos varones insignes lo más granado de la
ilustre ciudad, propietarios ricos los unos, pobrísimos los
otros, pero libres de altas aspiraciones todos. Tenían la
imperturbable serenidad del mendigo, que nada apetece
[30] mientras no le falte un mendrugo para engañar el hambre y
el sol para calentarse. Lo que principalmente distinguía a 74
los orbajosenses del Casino era un sentimiento de viva
hostilidad hacia todo lo que de fuera viniese. Y siempre
que algún forastero de viso se presentaba en las augustas
[5] salas, creíanle venido a poner en duda la superioridad de la
patria del ajo, o a disputarle por envidia las preeminencias
incontrovertibles que Natura le concediera.
Cuando Pepe Rey se presentó, recibiéronle con cierto
recelo, y como en el Casino abundaba la gente graciosa, al
[10] cuarto de hora de estar allí el nuevo socio, ya se habían
dicho acerca de él toda suerte de cuchufletas. Cuando a
las reiteradas preguntas de los socios contestó que había
venido a Orbajosa con encargo de explorar la cuenca hullera
del Nahara y estudiar un camino, todos convinieron en que
[15] el Sr. D. José era un fatuo, que quería darse tono inventando
criaderos de carbón y vías férreas. Alguno añadió:
--Pero en buena parte se ha metido. Estos señores
sabios creen que aquí somos tontos y que se nos engaña
con palabrotas... Ha venido a casarse con la niña de
[20] doña Perfecta, y cuanto diga de cuencas hulleras es para
echar facha.
--Pues esta mañana--indicó otro, que era un comerciante
quebrado,--me dijeron en casa de las de Domínguez
que ese señor no tiene una peseta, y viene a que su
[25] tía le mantenga y a ver si puede pescar a Rosarito.
--Parece que ni es tal ingeniero ni cosa que lo valga--añadió
un propietario de olivos, que tenía empeñadas sus
fincas por el doble de lo que valían.--Pero ya se ve...
Estos hambrientos de Madrid se creen autorizados para
[30] engañar a los pobres provincianos, y como creen que aquí
andamos con taparrabos, amigo....
--Bien se conoce que tiene hambre.
--Pues entre bromas y veras nos dijo anoche que éramos
unos bárbaros holgazanes.
--Que vivíamos como los beduinos, tomando el sol. 75
--Que vivíamos con la imaginación.
--Eso es: que vivíamos con la imaginación.
--Y que esta ciudad era lo mismito que las de Marruecos.
[5] --Hombre, no hay paciencia para oír eso. ¿Dónde
habrá visto él (como no sea en París) una calle semejante
a la del Condestable, que presenta un frente de siete casas
alineadas, todas magníficas, desde la de doña Perfecta a la
de Nicolasito Hernández?... Se figuran estos canallas
[10] que uno no ha visto nada, ni ha estado en París....
--También dijo con mucha delicadeza que Orbajosa era
un pueblo de mendigos, y dió a entender que aquí vivimos
en la mayor miseria sin darnos cuenta de ello.
--¡Válgame Dios! si me lo llega a decir a mí, hay un
[15] escándalo en el Casino--exclamó el recaudador de contribuciones.
--¿Por qué no le dijeron la cantidad de arrobas
de aceite que produjo Orbajosa el año pasado? ¿No sabe
ese estúpido que en años buenos Orbajosa da pan para toda
España y aun para toda Europa? Verdad es que ya llevamos
[20] no sé cuántos años de mala cosecha; pero eso no es
ley. Pues ¿y la cosecha del ajo? ¿A que no sabe ese
señor que los ajos de Orbajosa dejaron bizcos a los señores
del Jurado en la Exposición de Londres?
Estos y otros diálogos se oían en las salas del Casino por
[25] aquellos días. A pesar de estas hablillas tan comunes en
los pueblos pequeños, que por lo mismo que son enanos
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