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firmeza.--Siendo, como soy, hijo de un abogado ilustre, no
puedo desconocer que algunas personas ejercen esta noble
profesión con verdadera gloria.
[15] --No... si mi sobrino es un chiquillo todavía--dijo
el canónigo, afectando humildad.--Muy lejos de mi ánimo
afirmar que es un prodigio de saber, como el Sr. de Rey.
Con el tiempo ¿quién sabe?... Su talento no es brillante
ni seductor. Por supuesto, las ideas de Jacintito son
[20] sólidas, su criterio sano; lo que sabe lo sabe a macha
martillo. No conoce sofisterías ni palabras huecas....
Pepe Rey aparecía cada vez más inquieto. La idea de
que, sin quererlo, estaba en contradicción con las ideas
de los amigos de su tía, le mortificaba, y resolvió callar por
[25] temor a que él y D. Inocencio concluyeran tirándose los
platos a la cabeza. Felizmente, el esquilón de la catedral,
llamando a los canónigos a la importante tarea del coro, le
sacó de situación tan penosa. Levantóse el venerable
varón y se despidió de todos, mostrándose con Pepe tan
[30] lisonjero, tan amable, cual si la amistad más íntima desde
largo tiempo les uniera. El canónigo, después de ofrecerse
a él para servirle en todo, le prometió presentarle a su
sobrino, a fin de que le acompañase a ver la población, y le
dijo las expresiones más cariñosas, dignándose agraciarle al
salir con una palmadita en el hombro. Pepe Rey, aceptando 44
con gozo aquellas fórmulas de concordia, vió, sin embargo,
el cielo abierto cuando el sacerdote salió del comedor y de
la casa.
VIII
=A toda prisa=
[5] Poco después la escena había cambiado. Don Cayetano,
encontrando descanso a sus sublimes tareas en un dulce
sueño que de él se amparó, yacía blandamente en un sillón
del comedor. Doña Perfecta andaba en la casa tras sus
quehaceres. Rosarito, sentándose junto a una de las
[10] vidrieras que a la huerta se abrían, miró a su primo, diciéndole
con la muda oratoria de los ojos:
--Primo, siéntate aquí junto a mí, y dime todo eso que
tienes que decirme.
Éste, aunque matemático, lo comprendió.
[15] --Querida prima--dijo Pepe,--¡cuánto te habrás aburrido
hoy con nuestras disputas! Bien sabe Dios que por
mi gusto no habría pedanteado como viste; pero el señor
canónigo tiene la culpa.... ¿Sabes que me parece singular
ese señor sacerdote?...
[20] --¡Es una persona excelente!--repuso Rosarito,
demostrando el gozo que sentía por verse en disposición de dar
a su primo todos los datos y noticias que necesitase.
--¡Oh! sí, una excelente persona. ¡Bien se conoce!
--Cuando le sigas tratando, conocerás....
[25] --Que no tiene precio. En fin, basta que sea amigo de
tu mamá y tuyo para que también lo sea mío--afirmó el
joven.--¿Y viene mucho acá?
--Toditos los días. Nos acompaña mucho--- repuso
Rosarito con ingenuidad.--¡Qué bueno y qué amable es!
[30] ¡Y cómo me quiere!
--Vamos, ya me va gustando ese señor. 45
--Viene también por las noches a jugar al tresillo--añadió
la joven,--porque a prima noche se reunen aquí algunas
personas, el juez de primera instancia, el promotor fiscal,
[5] el deán, el secretario del obispo, el alcalde, el recaudador
de contribuciones, el sobrino de D. Inocencio....
--¡Ah! Jacintito, el abogado.
--Ése. Es un pobre muchacho, más bueno que el pan.
Su tío le adora. Desde que vino de la Universidad, con su
[10] borla de doctor... porque es doctor de un par de
facultades, y sacó nota de sobresaliente... ¿qué crees tú?
¡vaya!... pues desde que vino, su tío le trae aquí con
mucha frecuencia. Mamá también le quiere mucho....
Es un muchacho muy formalito. Se retira temprano con
[15] su tío; no va nunca al Casino por las noches, no juega ni
derrocha, y trabaja en el bufete de D. Lorenzo Ruiz, que
es el primer abogado de Orbajosa. Dicen que Jacinto será
un gran defensor de pleitos.
--Su tío no exageraba al elogiarle--dijo Pepe.--Siento
[20] mucho haber dicho aquellas tonterías sobre los abogados....
Querida prima, ¿no es verdad que estuve inconveniente?
--Calla, si a mí me parece que tienes mucha razón.
--¿Pero de veras, no estuve un poco?
--Nada, nada.
[25] --¡Qué peso me quitas de encima! La verdad es que
me encontré, sin saber cómo, en una contradicción constante
y penosa con ese venerable sacerdote. Lo siento mucho.
--Lo que yo creo--dijo Rosarito, clavando en él sus
ojos llenos de expresión cariñosa,--es que tú no eres para
[30] nosotros.
--¿Qué significa eso?
--No sé si me explico bien, primo. Quiero decir que no
es fácil te acostumbres a la conversación ni a las ideas de
la gente de Orbajosa. Se me figura... es una suposición.
--¡Oh! no: yo creo que te equivocas. 46
--Tú vienes de otra parte, de otro mundo, donde las
personas son muy listas, muy sabias, y tienen unas maneras
finas y un modo de hablar ingenioso, y una figura...
[5] puede ser que no me explique bien. Quiero decir que
estás habituado a vivir entre una sociedad escogida; sabes
mucho... Aquí no hay lo que tú necesitas; aquí no hay
gente sabia, ni grandes finuras. Todo es sencillez, Pepe.
Se me figura que te aburrirás, que te aburrirás mucho, y al
[10] fin tendrás que marcharte.
La tristeza, que era normal en el semblante de Rosarito,
se mostró con tintas y rasgos tan notorios, que Pepe Rey
sintió una emoción profunda.
--Estás en un error, querida prima. Ni yo traigo aquí
[15] la idea que supones, ni mi carácter ni mi entendimiento
están en disonancia con los caracteres y las ideas de aquí.
Pero vamos a suponer por un momento que lo estuvieran.
--Vamos a suponerlo....
--En ese caso, tengo la firme convicción de que entre tú
[20] y yo, entre nosotros dos, querida Rosario, se establecerá
una armonía perfecta. Sobre esto no puedo engañarme.
El corazón me dice que no me engaño.
Rosarito se ruborizó; pero esforzándose en hacer huir
su sonrojo con sonrisas y miradas dirigidas aquí y allí, dijo:
[25] --No vengas ahora con artificios. Si lo dices porque yo
he de encontrar siempre bien todo lo que digas, tienes
razón.
--Rosario--exclamó el joven.--Desde que te vi, mi
alma se sintió llena de una alegría muy viva... he sentido
[30] al mismo tiempo un pesar, el de no haber venido antes a
Orbajosa.
--Eso sí que no lo he de creer--dijo ella, afectando
jovialidad para encubrir medianamente su emoción.--¿Tan
pronto?... No vengas ahora con palabrotas... Mira,
Pepe, yo soy una lugareña; yo no sé hablar más que cosas 47
vulgares; yo no sé francés; yo no me visto con elegancia;
yo apenas sé tocar el piano; yo....
--¡Oh, Rosario!--exclamó con ardor el joven.--Dudaba
[5] que fueses perfecta; ahora ya sé que lo eres.
Entró de súbito la madre. Rosarito, que nada tenía que
contestar a las últimas palabras de su primo, conoció, sin
embargo, la necesidad de decir algo, y mirando a su madre,
habló así:
[10] --¡Ah! se me había olvidado poner la comida al loro.
--No te ocupes de eso ahora. ¿Para qué os estáis ahí?
Lleva a tu primo a dar un paseo por la huerta.
La señora se sonreía con bondad maternal, señalando a
su sobrino la frondosa arboleda que tras los cristales
[15] aparecía.
--Vamos allá--dijo Pepe levantándose.
Rosarito se lanzó como un pájaro puesto en libertad hacia
la vidriera.
--Pepe, que sabe tanto y ha de entender de árboles--afirmó
[20] doña Perfecta,--te enseñará cómo se hacen los
ingertos. A ver qué opina él de esos peralitos que se van
a trasplantar.
--Ven, ven--dijo Rosarito desde fuera.
Llamaba a su primo con impaciencia. Ambos desaparecieron
[25] entre el follaje. Doña Perfecta les vió alejarse, y
después se ocupó del loro. Mientras le renovaba la comida,
dijo en voz muy baja, con ademán pensativo:
--¡Qué despegado es! Ni siquiera le ha hecho una
caricia al pobre animalito.
[30] Luego en voz alta añadió, creyendo en la posibilidad de
ser oída por su cuñado:
--Cayetano, ¿qué te parece el sobrino?... ¡Cayetano!
Sordo gruñido indicó que el anticuario volvía al conocimiento
de este miserable mundo.
--Cayetano.... 48
--Eso es... eso es...--murmuró con torpe voz el
sabio,--ese caballerito sostendrá como todos la opinión
errónea de que las estatuas de Mundogrande proceden de
[5] la primera inmigración fenicia. Yo le convenceré....
--Pero Cayetano....
--Pero Perfecta.... ¡Bah! ¿También ahora
sostendrás que he dormido?
--No, hombre, ¡qué he de sostener yo tal desatino!...
[10] ¿Pero no me dices qué te parece ese joven?
Don Cayetano se puso la palma de la mano ante la boca
para bostezar más a gusto, y después entabló una larga
conversación con la señora. Los que nos han transmitido
las noticias necesarias a la composición de esta historia,
[15] pasan por alto aquel diálogo, sin duda porque fué demasiado
secreto. En cuanto a lo que hablaron el ingeniero y
Rosarito en la huerta aquella tarde, parece evidente que no es
digno de mención.
En la tarde del siguiente día ocurrieron, sí, cosas que no
[20] deben pasarse en silencio, por ser de la mayor gravedad.
Hallábanse solos ambos primos a hora bastante avanzada
de la tarde, después de haber discurrido por distintos
parajes de la huerta, atentos el uno al otro y sin tener alma
ni sentidos más que para verse y oírse.
[25] --Pepe--decía Rosario,--todo lo que me has dicho es
una fantasía, una cantinela de esas que tan bien sabéis
hacer los hombres de chispa. Tú piensas que, como soy
lugareña, creo cuanto me dicen.
--Si me conocieras, como yo creo conocerte a ti, sabrías
[30] que jamás digo sino lo que siento. Pero dejémonos de
sutilezas tontas y de argucias de amantes que no conducen
sino a falsear los sentimientos. Yo no hablaré contigo más
lenguaje que el de la verdad. ¿Eres acaso una señorita
a quien he conocido en el paseo o en la tertulia y con la
cual pienso pasar un rato divertido? No. Eres mi prima. 49
Eres algo más.... Rosario, pongamos de una vez las
cosas en su verdadero lugar. Fuera rodeos. Yo he venido
aquí a casarme contigo.
[5] Rosario sintió que su rostro se abrasaba y el corazón no
le cabía en el pecho.
--Mira, querida prima--añadió el joven,--te juro que
si no me hubieras gustado, ya estaría lejos de aquí.
Aunque la cortesía y la delicadeza me habrían obligado a hacer
[10] esfuerzos, no me hubiera sido fácil disimular mi desengaño.
Yo soy así.
--Primo, casi acabas de llegar--dijo lacónicamente
Rosarito, esforzándose en reír.
--Acabo de llegar y ya sé todo lo que tenía que saber;
[15] sé que te quiero; que eres la mujer que desde hace tiempo
me está anunciando el corazón, diciéndome noche y día...
"ya viene, ya está cerca; que te quemas."
Esta frase sirvió de pretexto a Rosario para soltar la risa
que en sus labios retozaba. Su espíritu se desvanecía
[20] alborozado en una atmósfera de júbilo.
--Tú te empeñas en que no vales nada--continuó Pepe,--y
eres una maravilla. Tienes la cualidad admirable de
estar a todas horas proyectando sobre cuanto te rodea la
divina luz de tu alma. Desde que se te ve, desde que se te
[25] mira, los nobles sentimientos y la pureza de tu corazón
se manifiestan. Viéndote, se ve una vida celeste que por
descuido de Dios está en la tierra; eres un ángel y yo te
adoro como un tonto.
Al decir esto, parecía haber desempeñado una grave
[30] misión. Rosarito vióse de súbito dominada por tan viva
sensibilidad, que la escasa energía de su cuerpo no pudo
corresponder a la excitación de su espíritu, y desfalleciendo,
dejóse caer sobre una piedra que hacía las veces de asiento
en aquellos amenos lugares. Pepe se inclinó hacia ella.
Notó que cerraba los ojos, apoyando la frente en la palma 50
de la mano. Poco después, la hija de doña Perfecta
Polentinos dirigía a su primo, entre dulces lágrimas, una mirada
tierna, seguida de estas palabras:
[5] --Te quiero desde antes de conocerte.
Apoyadas sus manos en las del joven, se levantó, y sus
cuerpos desaparecieron entre las frondosas ramas de un
paseo de adelfas. Caía la tarde, y una dulce sombra se
extendía por la parte baja de la huerta, mientras el último
[10] rayo del sol poniente coronaba de varios resplandores las
cimas de los árboles. La ruidosa república de pajarillos
armaba espantosa algarabía en las ramas superiores. Era
la hora en que, después de corretear por la alegre
inmensidad de los cielos, iban todos a acostarse, y se disputaban
[15] unos a otros la rama que escogían por alcoba. Su charla
parecía a veces recriminación y disputa, a veces burla y
gracejo. Con su parlero trinar se decían aquellos tunantes
las mayores insolencias, dándose de picotazos y agitando
las alas, así como los oradores agitan los brazos cuando
[20] quieren hacer creer las mentiras que están diciendo.
Pero también sonaban por allí palabras de amor, que
a ello convidaban la apacible hora y el hermoso lugar.
Un oído experto hubiera podido distinguir las
siguientes:
[25] --Desde antes de conocerte te quería, y si no hubieras
venido me habría muerto de pena. Mamá me daba a leer
las cartas de tu padre, y como en ellas hacía tantas
alabanzas de ti, yo decía: "éste debiera ser mi marido."
Durante mucho tiempo, tu padre no habló de que tú y yo nos
[30] casáramos, lo cual me parecía un descuido muy grande.
Yo no sabía qué pensar de semejante negligencia.... Mi
tío Cayetano, siempre que te nombraba, decía: "Como ése
hay pocos en el mundo. La mujer que le pesque, ya se
puede tener por dichosa...." Por fin tu papá dijo lo que
no podía menos de decir.... Sí, no podía menos de 51
decirlo: yo lo esperaba todos los días....
Poco después de estas palabras, la misma voz añadió con
zozobra:
[5] --Alguien viene tras de nosotros.
Saliendo de entre las adelfas, Pepe vió a dos personas
que se acercaban, y tocando las hojas de un tierno arbolito
que allí cerca había, dijo en alta voz a su compañera:
--No es conveniente aplicar la primera poda a los árboles
[10] jóvenes como éste hasta su completo arraigo. Los árboles
recién plantados no tienen vigor para soportar dicha operación.
Tú bien sabes que las raíces no pueden formarse sino por el
influjo de las hojas: así es que si le quitas las hojas....
--¡Ah! Sr. D. José--exclamó el Penitenciario con
[15] franca risa, acercándose a los dos jóvenes y haciéndoles una
reverencia.--¿Está usted dando lecciones de horticultura?
_Insere nunc, Miliboee, piros, pone ordine vitis_, que dijo el gran
cantor de los trabajos del campo. Ingerta los perales, caro
Melibeo, arregla las parras.... ¿Con que cómo estamos
[20] de salud, Sr. D. José?
El ingeniero y el canónigo se dieron las manos. Luego
éste volvióse, y señalando a un jovenzuelo que tras él venía,
dijo sonriendo:
--Tengo el gusto de presentar a usted a mi querido
[25] Jacintillo... una buena pieza... un tarambana, Sr. D. José.
IX
=La desavenencia sigue creciendo
y amenaza convertirse en discordia=
Junto a la negra sotana se destacó un sonrosado y fresco
rostro. Jacintito saludó a nuestro joven, no sin cierto
embarazo.
Era uno de esos chiquillos precoces a quienes la indulgente
[30] Universidad lanza antes de tiempo a las arduas luchas del
mundo, haciéndoles creer que son hombres porque son 52
doctores. Tenía Jacintito semblante agraciado y carilleno,
con mejillas de rosa como una muchacha, y era rechoncho
de cuerpo, de estatura pequeña, tirando un poco a pequeñísima,
[5] y sin más pelo de barba que el suave bozo que lo
anunciaba. Su edad excedía poco de los veinte años.
Habíase educado desde la niñez bajo la dirección de su
excelente y discreto tío, con lo cual dicho se está que el
tierno arbolito no se torció al crecer. Una moral severa le
[10] mantenía constantemente derecho, y en el cumplimiento
de sus deberes escolásticos apenas tenía pero. Concluídos
los estudios universitarios con aprovechamiento asombroso,
pues no hubo clase en que no ganase las más eminentes
notas, empezó a trabajar, prometiendo con su aplicación y
[15] buen tino para la abogacía perpetuar en el foro el lozano
verdor de los laureles del aula.
A veces era travieso como un niño, a veces formal como
un hombre. En verdad, en verdad, que si a Jacintito no le
gustaran un poco, y aun un mucho, las lindas muchachas,
[20] su buen tío le creería perfecto. No dejaba de sermonearle
a todas horas, apresurándose a cortarle los audaces vuelos;
pero ni aun esta inclinación mundana del jovenzuelo lograba
enfriar el mucho amor que nuestro buen canónigo tenía al
encantador retoño de su cara sobrina María Remedios.
[25] En tratándose del abogadillo, todo cedía. Hasta las graves
y metódicas prácticas del buen sacerdote se alteraban
siempre que se tratase de algún asunto referente a su
precoz pupilo. Aquel método riguroso y fijo como un
sistema planetario, solía perder su equilibrio cuando Jacintito
[30] estaba enfermo o tenía que hacer un viaje. ¡Inútil celibato
el de los clérigos! Si el Concilio de Trento les prohibe
tener hijos, Dios, no el Demonio, les da sobrinos para que
conozcan los dulces afanes de la paternidad.
Examinadas imparcialmente las cualidades de aquel aprovechado
niño, era imposible desconocer que no carecía de 53
mérito. Su carácter era por lo común inclinado a la honradez,
y las acciones nobles despertaban franca admiración
en su alma. Respecto a sus dotes intelectuales y a su saber
[5] social, tenía todo lo necesario para ser con el tiempo una
notabilidad de estas que tanto abundan en España; podía
ser lo que a todas horas nos complacemos en llamar hiperbólicamente
un _distinguido patricio_ o _un eminente hombre público_,
especies que por su mucha abundancia apenas son apreciadas
[10] en su justo valor. En aquella tierna edad en que el
grado universitario sirve de soldadura entre la puericia y la
virilidad, pocos jóvenes, mayormente cuando han sido mimados
por sus maestros, están libres de una pedantería fastidiosa,
que si les da gran prestigio junto al sillón de sus
[15] mamás, es muy risible entre hombres hechos y formales.
Jacintito tenía este defecto, disculpable no sólo por sus
pocos años, sino porque su buen tío fomentaba aquella
vanidad pueril con imprudentes aplausos.
Luego que los cuatro se reunieron, continuaron paseando.
[20] Jacinto callaba. El canónigo, volviendo al interrumpido
tema de los _piros_ que se habían de ingertar y de las _vitis_
que se debían poner en orden, dijo:
--Ya sé que D. José es un gran agrónomo.
--Nada de eso; no sé una palabra--repuso el joven,
[25] viendo con mucho disgusto aquella manía de suponerle
instruido en todas las ciencias.
--¡Oh! sí; un gran agrónomo--añadió el Penitenciario;--pero
en asuntos de agronomía no me citen tratados novísimos.
Para mí toda esa ciencia, Sr. de Rey, está condensada
[30] en lo que yo llamo la _Biblia del campo_, en las _Geórgicas_
del inmortal latino. Todo es admirable, desde aquella gran
sentencia _Nec vero terrae ferre omnes omnia possunt_, es decir,
que no todas las tierras sirven para todos los árboles, Sr. D.
José, hasta el minucioso tratado de las abejas, en que el
poeta explana lo concerniente a estos doctos animalitos, y 54
define al zángano, diciendo:
......................._Ille horridus alter
Desidia, latamque trahens inglorius alvum_,
[5] de figura horrible y perezosa, arrastrando el innoble vientre
pesado, Sr. D. José....
--Hace usted bien en traducírmelo--dijo Pepe,--porque
entiendo muy poco el latín.
--¡Oh! los hombres del día ¿para qué habían de entretenerse
[10] en estudiar antiguallas?--añadió el canónigo con
ironía.--Además, en latín sólo han escrito los calzonazos
como Virgilio, Cicerón y Tito Livio. Yo, sin embargo,
estoy por lo contrario, y sea testigo mi sobrino, a quien he
enseñado la sublime lengua. El tunante sabe más que yo.
[15] Lo malo es que con las lecturas modernas lo va olvidando,
y el mejor día se encontrará que es un ignorante, sin sospecharlo.
Porque, señor D. José, a mi sobrino le ha dado por
entretenerse con libros novísimos y teorías extravagantes, y
todo es Flammarión arriba y abajo, y nada más sino que las
[20] estrellas están llenas de gente. Vamos, se me figura que
ustedes dos van a hacer buenas migas. Jacinto, ruégale a
este caballero que te enseñe las matemáticas sublimes, que
te instruya en lo concerniente a los filósofos alemanes, y ya
eres un hombre.
[25] El buen clérigo se reía de sus propias ocurrencias,
mientras Jacinto, gozoso de ver la conversación en terreno
tan de su gusto, se excusó con Pepe Rey, y de buenas a
primeras le descargó esta pregunta:
--Dígame el Sr. D. José, ¿qué piensa usted del Darwinismo?
[30] Sonrió nuestro joven al oír pedantería tan fuera de sazón,
y de buena gana excitara al joven a seguir por aquella senda
de infantil vanidad; pero creyendo más prudente no intimar
mucho con el sobrino ni con el tío, contestó sencillamente:
--Yo no puedo pensar nada de las doctrinas de Darwin, 55
porque apenas las conozco. Los trabajos de mi profesión
no me han permitido dedicarme a esos estudios.
--Ya--dijo el canónigo riendo.--Todo se reduce a que
[5] descendemos de los monos... Si lo dijera sólo por ciertas
personas que yo conozco, tendría razón.
--La teoría de la selección natural--añadió enfáticamente
Jacinto,--dicen que tiene muchos partidarios en Alemania.
--No lo dudo--dijo el clérigo.--En Alemania no debe
[10] sentirse que esa teoría sea verdadera, por lo que toca a
Bismarck.
Doña Perfecta y el Sr. D. Cayetano aparecieron frente a
los cuatro.
--¡Qué hermosa está la tarde!--dijo la señora.--¿Qué
[15] tal, sobrino, te aburres mucho?...
--Nada de eso--repuso el joven.
--No me lo niegues. De eso veníamos hablando Cayetano
y yo. Tú estás aburrido, y te empeñas en disimularlo.
No todos los jóvenes de estos tiempos tienen la abnegación
[20] de pasar su juventud, como Jacinto, en un pueblo donde no
hay Teatro Real, ni Bufos, ni bailarinas, ni filósofos, ni ateneos,
ni papeluchos; ni Congresos, ni otras diversiones y
pasatiempos.
--Yo estoy aquí muy bien--repuso Pepe.--Ahora le
[25] estaba diciendo a Rosario que esta ciudad y esta casa me
son tan agradables, que me gustaría vivir y morir aquí.
Rosario se puso muy encendida y los demás callaron.
Sentáronse todos en una glorieta, apresurándose Jacinto a
ocupar el lugar a la izquierda de la señorita.
[30] --Mira, sobrino, tengo que advertirte una cosa--dijo
doña Perfecta, con aquella risueña expresión de bondad que
emanaba de su alma, como de la flor el aroma.--Pero no
vayas a creer que te reprendo, ni que te doy lecciones: tú
no eres niño y fácilmente comprenderás mis ideas.
--Ríñame usted, querida tía; que sin duda lo mereceré--replicó 56
Pepe, que ya empezaba a acostumbrarse a las
bondades de la hermana de su padre.
--No, no es más que una advertencia. Estos señores
[5] verán como tengo razón.
Rosarito oía con toda su alma.
--Pues no es más--añadió la señora,--sino que cuando
vuelvas a visitar nuestra hermosa catedral procures estar en
ella con un poco más de recogimiento.
[10] --Pues ¿qué he hecho yo?
--No extraño que tú mismo no conozcas tu falta--indicó
la señora con aparente jovialidad.--Es natural; acostumbrado
a entrar con la mayor desenvoltura en los ateneos,
clubs, academias y congresos, crees que de la misma manera
[15] se puede entrar en un templo donde está la Divina Majestad.
--Pero señora, dispénseme usted--dijo Pepe, con gravedad.--Yo
he entrado en la catedral con la mayor compostura.
--Si no te riño, hombre, si no te riño. No lo tomes así,
[20] porque tendré que callarme. Señores, disculpen ustedes a
mi sobrino. No es de extrañar un descuidillo, una distracción...
¿Cuántos años hace que no pones los pies en
lugar sagrado?
--Señora, yo juro a usted... Pero en fin, mis ideas
[25] religiosas podrán ser lo que se quiera; pero acostumbro
guardar la mayor compostura dentro de la iglesia.
--Lo que yo aseguro... vamos, si te has de ofender,
no sigo... lo que aseguro es que muchas personas lo
notaron esta mañana. Notáronlo los señores de González,
[30] doña Robustiana, Serafinita, en fin... con decirte que
llamaste la atención del señor obispo... Su Ilustrísima
me dió las quejas esta tarde en casa de mis primas. Díjome
que no te mandó plantar en la calle porque le dijeron que
eras sobrino mío.
Rosario contemplaba con angustia el rostro de su primo, 57
procurando adivinar sus contestaciones antes que las diera.
--Sin duda me han tomado por otro.
--No... no... fuiste tú... Pero no vayas a ofenderte,
[5] que aquí estamos entre amigos y personas de confianza.
Fuiste tú, yo misma te vi.
--¡Usted!
--Justamente. ¿Negarás que te pusiste a examinar las
pinturas, pasando por un grupo de fieles que estaban oyendo
[10] misa?... Te juro que me distraje de tal modo con tus
idas y venidas, que... Vamos... es preciso que no lo
vuelvas a hacer. Luego entraste en la capilla de San Gregorio;
alzaron en el altar mayor y ni siquiera te volviste
para hacer una demostración de religiosidad. Después
[15] atravesaste de largo a largo la iglesia, te acercaste al sepulcro
del Adelantado, pusiste las manos sobre el altar, pasaste
en seguida otra vez por entre el grupo de los fieles, llamando
la atención. Todas las muchachas te miraban y tú parecías
satisfecho de perturbar tan lindamente la devoción y ejemplaridad
[20] de aquella buena gente.
--¡Dios mío! ¡Todo lo que he hecho!...--exclamó
Pepe, entre enojado y risueño.--Soy un monstruo y ni
siquiera lo sospechaba.
--No, bien sé que eres un buen muchacho--dijo doña
[25] Perfecta, observando el semblante afectadamente serio e
inmutable del canónigo, que parecía tener por cara una
máscara de cartón.--Pero, hijo, de pensar las cosas a
manifestarlas así con cierto desparpajo, hay una distancia
que el hombre prudente y comedido no debe salvar nunca.
[30] Bien sé que tus ideas son... no te enfades; si te enfadas,
me callo... digo que una cosa es tener ideas religiosas
y otra manifestarlas... Me guardaré muy bien de vituperarte
porque creas que no nos crió Dios a su imagen y
semejanza, sino que descendemos de los micos; ni porque
niegues la existencia del alma, asegurando que ésta es una 58
droga como los papelillos de magnesia o de ruibarbo que se
venden en la botica....
--Señora, por Dios...--exclamó Pepe con disgusto.--Veo
[5] que tengo muy mala reputación en Orbajosa.
Los demás seguían guardando silencio.
--Pues decía que no te vituperaré por esas ideas...
Además de que no tengo derecho a ello, si me pusiera a
disputar contigo, tú, con tu talentazo descomunal, me confundirías
[10] mil veces... no, nada de eso. Lo que digo es
que estos pobres y menguados habitantes de Orbajosa son
piadosos y buenos cristianos, si bien ninguno de ellos sabe
filosofía alemana; por lo tanto no debes despreciar públicamente
sus creencias.
[15] --Querida tía--dijo el ingeniero con gravedad.--Ni yo
he despreciado las creencias de nadie, ni yo tengo las ideas
que usted me atribuye. Quizás haya estado un poco irrespetuoso
en la iglesia; soy algo distraído. Mi entendimiento
y mi atención estaban fijos en la obra arquitectónica, y
[20] francamente no advertí... pero no era esto motivo para que
el señor obispo intentase echarme a la calle, y usted me
supusiera capaz de atribuir a un papelillo de la botica las
funciones del alma. Puedo tolerar eso como broma, nada
más que como broma.
[25] Pepe Rey sentía en su espíritu excitación tan viva, que
a pesar de su mucha prudencia y mesura no pudo disimularla.
--Vamos, veo que te has enfadado--dijo doña Perfecta,
bajando los ojos y cruzando las manos.--¡Todo sea por
[30] Dios! Si hubiera sabido que lo tomabas así, no te habría
dicho nada. Pepe, te ruego que me perdones.
Al oír esto y al ver la actitud sumisa de su bondadosa
tía, Pepe se sintió avergonzado de la dureza de sus anteriores
palabras, y procuró serenarse. Sacóle de su embarazosa
situación el venerable Penitenciario, que sonriendo 59
con su habitual benevolencia, habló de este modo:
--Señora doña Perfecta, es preciso tener tolerancia con
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