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de colillas de cigarro.... Mira el lavabo.... Para la ropa
tienes un ropero y una cómoda.... Creo que la relojera
[10] está mal aquí y se te debe poner junto a la cama.... Si te
molesta la luz, no tienes más que correr el transparente
tirando de la cuerda... ¿ves?... rich....
El ingeniero estaba encantado.
Rosarito abrió una ventana.
[15] --Mira--dijo--esta ventana da a la huerta. Por aquí
entra el sol de tarde. Aquí tenemos colgado la jaula de un
canario, que canta como un loco. Si te molesta, la
quitaremos.
Abrió otra ventana del testero opuesto.
[20] --Esta otra ventana--añadió,--da a la calle. Mira,
de aquí se ve la catedral, que es muy hermosa y está llena
de preciosidades. Vienen muchos Ingleses a verla. No
abras las dos ventanas a un tiempo, porque las corrientes
de aire son muy malas.
[25] --Querida prima--dijo Pepe, con el alma inundada de
inexplicable gozo--en todo lo que está delante de mis
ojos veo una mano de ángel que no puede ser sino la tuya.
¡Qué hermoso cuarto es este! Me parece que he vivido
en él toda mi vida. Está convidando a la paz.
[30] Rosarito no contestó nada a estas cariñosas expresiones,
y sonriendo salió.
--No tardes--dijo desde la puerta;--el comedor está
también abajo... en el centro de esta galería.
Entró el tío Licurgo con el equipaje. Pepe le recompensó
con una largueza a que el labriego no estaba acostumbrado; 27
y éste, después de dar las gracias con humildad, llevóse la
mano a la cabeza, como quien ni se pone ni se quita el
sombrero, y en tono embarazoso, mascando las palabras,
[5] como quien no dice ni deja de decir las cosas, se expresó
de este modo:
--¿Cuándo será la mejor hora para hablar al Sr. D. José
de un... de un asuntillo?
--¿De un asuntillo? Ahora mismo--repuso Pepe,
[10] abriendo un baúl.
--No es oportunidad--dijo el labriego.--Descanse el
Sr. D. José, que tiempo tenemos. Más días hay que
longanizas, como dijo el otro; y un día viene tras otro día....
Que usted descanse, Sr. D. José.... Cuando quiera dar
[15] un paseo... la jaca no es mala.... Con que buenos
días, Sr. D. José. Que viva usted mil años.... ¡Ah! se
me olvidaba--añadió, volviendo a entrar después de
algunos segundos de ausencia.--Si quiere usted algo para el
señor juez municipal.... Ahora voy allá a hablarle de
[20] nuestro asuntillo....
--Déle usted expresiones--dijo festivamente, no
encontrando mejor fórmula para sacudirse de encima al legislador
espartano.
--Pues quede con Dios el Sr. D. José.
[25] --Abur.
El ingeniero no había sacado su ropa, cuando aparecieron
por tercera vez en la puerta los sagaces ojuelos y la
marrullera fisonomía del tío Licurgo.
--Perdone el Sr. D. José--dijo mostrando en afectada
[30] risa sus blanquísimos dientes.--Pero... quería decirle
que si usted desea que esto se arregle por amigables
componedores.... Aunque, como dijo el otro, pon lo tuyo en
consejo y unos dirán que es blanco y otros que es negro....
--Hombre, ¿quiere usted irse de aquí?
--Dígolo porque a mí me carga la justicia. No quiero 28
nada con justicia. Del lobo un pelo y ese de la frente.
Con que con Dios, Sr. don José. Dios le conserve sus días
para favorecer a los pobres....
[5] --Adiós, hombre, adiós.
Pepe echó la llave a la puerta y dijo para sí:
--La gente de este pueblo parece ser muy pleitista.
V
_¿Habrá desavenencia?_
Poco después Pepe se presentaba en el comedor.
--Si almuerzas fuerte--le dijo doña Perfecta con
[10] cariñoso acento,--se te va a quitar la gana de comer. Aquí
comemos a la una. Las modas del campo no te gustarán.
--Me encantan, señora tía.
--Pues di lo que prefieres: ¿almorzar fuerte ahora o
tomar una cosita ligera para que resistas hasta la hora de
[15] comer?
--Escojo la cosa ligera para tener el gusto de comer con
ustedes; y si en Villahorrenda hubiera encontrado algún
alimento, nada tomaría a esta hora.
--Por supuesto, no necesito decirte que nos trates con
[20] toda franqueza. Aquí puedes mandar como si estuvieras
en tu casa.
--Gracias, tía.
--¡Pero cómo te pareces a tu padre!--añadió la señora,
contemplando con verdadero arrobamiento al joven mientras
[25] éste comía.
--Me parece que estoy mirando a mi querido hermano
Juan. Se sentaba como te sientas tú y comía lo mismo que
tú. En el modo de mirar sobre todo sois como dos gotas
de agua.
Pepe la emprendió con el frugal desayuno. Las expresiones, 29
así como la actitud y las miradas de su tía y prima, le
infundían tal confianza, que se creía ya en su propia casa.
--¿Sabes lo que me decía Rosario esta mañana?--indicó
[5] doña Perfecta, fija la vista en su sobrino,--Pues me decía
que tú, como hombre hecho a las pompas y etiquetas de la
corte y a las modas del extranjero, no podrás soportar esta
sencillez un poco rústica con que vivimos y esta falta de
buen tono, pues aquí todo es a la pata la llana.
[10] --¡Qué error!--repuso Pepe, mirando a su prima.--Nadie
aborrece más que yo las falsedades y comedias de lo
que llaman alta sociedad. Crean ustedes que hace tiempo
deseo darme, como decía no sé quién, un baño de cuerpo
entero en la Naturaleza; vivir lejos del bullicio, en la soledad
[15] y sosiego del campo. Anhelo la tranquilidad de una
vida sin luchas, sin afanes, ni envidioso ni envidiado, como
dijo el poeta. Durante mucho tiempo, mis estudios primero
y mis trabajos después, me han impedido el descanso que
necesito y que reclaman mi espíritu y mi cuerpo; pero
[20] desde que entré en esta casa, querida tía, querida prima, me
he sentido rodeado de la atmósfera de paz que deseo. No
hay que hablarme, pues, de sociedades altas ni bajas, ni de
mundos grandes ni chicos, porque de buen grado los cambio
todos por este rincón.
[25] Esto decía, cuando los cristales de la puerta que comunicaba
el comedor con la huerta se obscurecieron por la
superposición de una larga opacidad negra. Los vidrios
de unos espejuelos despidieron, heridos por la luz de sol,
fugitivo rayo; rechinó el picaporte, abrióse la puerta, y el
[30] señor Penitenciario penetró con gravedad en la estancia.
Saludó y se inclinó, quitándose la canaleja hasta tocar con
el ala de ella al suelo.
--Es el señor Penitenciario de esta Santa Catedral--dijo
doña Perfecta,--persona a quien estimamos mucho y
de quien espero serás amigo. Siéntese usted, Sr. D. 30
Inocencio.
Pepe estrechó la mano del venerable canónigo, y ambos
se sentaron.
[5] --Pepe, si acostumbras fumar después de comer, no
dejes de hacerlo--manifestó benévolamente doña Perfecta,--ni
el señor Penitenciario tampoco.
A la sazón el buen D. Inocencio sacaba de debajo de la
sotana una gran petaca de cuero, marcada con irrecusables
[10] señales de antiquísimo uso, y la abrió, desenvainando de
ella dos largos pitillos, uno de los cuales ofreció a nuestro
amigo. De un cartoncejo que irónicamente llaman los
españoles _wagón_, sacó Rosario un fósforo, y bien pronto
ingeniero y canónigo echaban su humo el uno sobre el otro.
[15] --¿Y qué le parece al Sr. D. José nuestra querida ciudad
de Orbajosa?--preguntó el canónigo, cerrando fuertemente
el ojo izquierdo, según su costumbre mientras fumaba.
--Todavía no he podido formar idea de este pueblo--dijo
Pepe.--Por lo poco que he visto, me parece que no le
[20] vendrían mal a Orbajosa media docena de grandes capitales
dispuestos a emplearse aquí, un par de cabezas inteligentes
que dirigieran la renovación de este país y algunos miles
de manos activas. Desde la entrada del pueblo hasta la
puerta de esta casa he visto más de cien mendigos. La
[25] mayor parte son hombres sanos y aun robustos. Es un
ejército lastimoso, cuya vista oprime el corazón.
--- Para eso está la caridad--afirmó don Inocencio.--Por
lo demás, Orbajosa no es un pueblo miserable. Ya sabe
usted que aquí se producen los primeros ajos de toda España.
[30] Pasan de veinte las familias ricas que viven entre nosotros.
--Verdad es--indicó doña Perfecta--que los últimos
años han sido detestables a causa de la seca; pero aun así
las paneras no están vacías, y se han llevado últimamente
al mercado muchos miles de ristras de ajos.
--En tantos años que llevo de residencia en Orbajosa--dijo 31
el clérigo, frunciendo el ceño--he visto llegar aquí
innumerables personajes de la Corte, traídos unos por la
gresca electoral, otros por visitar algún abandonado terruño
[5] o ver las antigüedades de la catedral, y todos entran
hablándonos de arados ingleses, de trilladoras mecánicas, de
saltos de aguas, de bancos y qué sé yo cuántas majaderías.
El estribillo es que esto es muy malo y que podía ser mejor.
Váyanse con mil demonios, que aquí estamos muy bien sin
[10] que los señores de la Corte nos visiten, mucho mejor sin oír
ese continuo clamoreo de nuestra pobreza y de las grandezas
y maravillas de otras partes. Más sabe el loco en su casa
que el cuerdo en la ajena, ¿no es verdad, Sr. D. José? Por
supuesto, no se crea ni remotamente que lo digo por usted.
[15] De ninguna manera. Pues no faltaba más. Ya sé que
tenemos delante a uno de los jóvenes más eminentes de la
España moderna, a un hombre que sería capaz de transformar
en riquísimas comarcas nuestras áridas estepas....
Ni me incomodo porque usted me cante la vieja canción de
[20] los arados ingleses y la arboricultura y la selvicultura....
Nada de eso; a hombres de tanto, de tantísimo talento, se
les puede dispensar el desprecio que muestran hacia nuestra
humildad. Nada, amigo mío, nada, Sr. D. José, está usted
autorizado para todo, incluso para decirnos que somos poco
[25] menos que cafres.
Esta filípica, terminada con marcado tono de ironía y
harto impertinente toda ella, no agradó al joven; pero se
abstuvo de manifestar el más ligero disgusto y siguió la
conversación, procurando en lo posible huir de los puntos
[30] en que el susceptible patriotismo del señor canónigo hallase
fácil motivo de discordia. Éste se levantó en el momento
en que la señora hablaba con su sobrino de asuntos de
familia y dió algunos pasos por la estancia.
Era ésta vasta y clara, cubierta de antiguo papel, cuyas
flores y ramos, aunque descoloridos, conservaban su 32
primitivo dibujo, gracias al aseo que reinaba en todas y cada una
de las partes de la vivienda. El reloj, de cuya caja colgaban
al descubierto, al parecer, las inmóviles pesas y el voluble
[5] péndulo, diciendo perpetuamente que _no_, ocupaba con su
abigarrado horario el lugar preeminente entre los sólidos
muebles del comedor, completando el ornato de las paredes
una serie de láminas francesas que representaban las hazañas
del conquistador de Méjico, con prolijas explicaciones al
[10] pie, en las cuales se hablaba de un _Ferdinand Cortez_ y de
una _Donna Marine_ tan inverosímiles como las figuras
dibujadas por el ignorante artista. Entre las dos puertas
vidrieras que comunicaban con la huerta había un aparato de
latón, que no es preciso describir desde que se diga que
[15] servía de sustentáculo a un loro, el cual se mantenía allí con
la seriedad y circunspección propias de estos animalejos,
observándolo todo. La fisonomía irónica y dura de los
loros, su casaca verde, su gorrete encarnado, sus botas
amarillas y por último las roncas palabras burlescas que
[20] suelen pronunciar, les dan un aspecto extraño y repulsivo
entre serio y ridículo. Tienen no sé qué rígido empaque
de diplomáticos. A veces parecen bufones, y siempre se
asemejan a ciertos finchados hombres, que por querer
parecer muy superiores, tiran a la caricatura.
[25] Era el Penitenciario muy amigo del loro. Cuando dejó
a la señora y a Rosario en coloquio con el viajero, llegóse
a él, y dejándose morder con la mayor complacencia el
dedo índice, le dijo:
--Tunante, bribón, ¿por qué no hablas? Poco valdrías,
[30] si no fueras charlatán. De charlatanes está lleno el mundo
de los hombres y el de los pájaros.
Luego cogió con su propia venerable mano algunos garbanzos
del cercano cazuelillo y se los dió a comer. El
animal empezó a llamar a la criada pidiéndole chocolate, y
sus palabras distrajeron a las dos damas y al caballero de 33
una conversación que no debía de ser muy importante.
VI
=Donde se ve que puede surgir la desavenencia
cuando menos se espera=
De súbito se presentó el Sr. D. Cayetano Polentinos,
hermano político de doña Perfecta, el cual entró con los
[5] brazos abiertos, gritando:
--Venga acá, Sr. D. José de mi alma.
Y se abrazaron cordialmente. D. Cayetano y Pepe se
conocían, porque el distinguido erudito y bibliófilo solía
hacer excursiones a Madrid cuando se anunciaba almoneda
[10] de libros, procedente de la testamentaría de algún _buquinista_.
Era D. Cayetano alto y flaco, de edad mediana, si bien el
continuo estudio o los padecimientos le habían desmejorado
mucho; se expresaba con una corrección alambicada que le
sentaba a las mil maravillas, y era cariñoso y amable, a
[15] veces con exageración. Respecto de su vasto saber, ¿qué
puede decirse sino que era un verdadero prodigio? En
Madrid su nombre no se pronunciaba sin respeto, y si D.
Cayetano residiera en la capital, no se escapara sin
pertenecer, a pesar de su modestia, a todas las academias
[20] existentes y por existir. Pero él gustaba del tranquilo
[aislamiento,]
y el lugar que en el alma de otros tiene la vanidad, teníalo
en el suyo la pasión pura de los libros, el amor al estudio
solitario y recogido, sin otra ulterior mira y aliciente que los
propios libros y el estudio mismo.
[25] Había formada en Orbajosa una de las más ricas
bibliotecas que en toda la redondez de España se encuentran, y
dentro de ella pasaba largas horas del día y de la noche,
compilando, clasificando, tomando apuntes y entresacando
diversas suertes de noticias preciosísimas, o realizando 34
quizás algún inaudito y jamás soñado trabajo, digno de tan
gran cabeza. Sus costumbres eran patriarcales; comía
poco, bebía menos, y sus únicas calaveradas consistían en
[5] alguna merienda en los Alamillos, en días muy sonados, y
paseos diarios a un lugar llamado Mundogrande, donde a
menudo eran desenterradas del fango de veinte siglos
medallas romanas y pedazos de arquitrabe, extraños plintos de
desconocida arquitectura y tal cual ánfora o cubicularia
[10] de inestimable precio.
Vivían D. Cayetano y doña Perfecta en una armonía tal,
que la paz del Paraíso no se le igualara. Jamás riñeron.
Es verdad que él no se mezclaba para nada en los asuntos
de la casa, ni ella en los de la biblioteca más que para
[15] hacerla barrer y limpiar todos los sábados, respetando con
religiosa admiración los libros y papeles que sobre la mesa
y en diversos parajes estaban de servicio.
Después de las preguntas y respuestas propias del caso,
D. Cayetano dijo:
[20] --Ya he visto la caja. Siento mucho que no me trajeras
la edición de 1527. Tendré que hacer yo mismo un viaje a
Madrid.... ¿Vas a estar aquí mucho tiempo? Mientras
más, mejor, querido Pepe. ¡Cuánto me alegro de tenerte
aquí! Entre los dos vamos a arreglar parte de mi biblioteca
[25] y a hacer un índice de escritores de la Gineta. No
siempre se encuentra a mano un hombre de tanto talento como
tú.... Verás mi biblioteca.... Podrás darte en ella unos
atracones de lectura.... Todo lo que quieras.... Verás
maravillas, verdaderas maravillas, tesoros inapreciables,
[30] rarezas que sólo yo poseo, sólo yo.... Pero, en fin, me parece
que ya es hora de comer, ¿no es verdad, José? ¿No es verdad,
Perfecta? ¿No es verdad, Rosarito? ¿No es verdad, Sr.
D. Inocencio?... hoy es usted dos veces Penitenciario:
dígolo porque nos acompañará usted a hacer penitencia.
El canónigo se inclinó, y sonriendo mostraba 35
simpáticamente su aquiescencia. La comida fué cordial, y en todos
los manjares se advertía la abundancia desproporcionada de
los banquetes de pueblo, realizada a costa de la variedad.
[5] Había para atracarse doble número de personas que las allí
reunidas. La conversación recayó en asuntos diversos.
--Es preciso que visite usted cuanto antes nuestra
catedral--dijo el canónigo.--¡Como ésta hay pocas, Sr.
D. José!... Verdad es que usted, que tantas maravillas
[10] ha visto en el extranjero, no encontrará nada notable en
nuestra vieja iglesia.... Nosotros los pobres patanes de
Orbajosa la encontramos divina. El maestro López de
Berganza, racionero de ella, la llamaba en el siglo XVI
_pulchra augustina_.... Sin embargo, para hombres de tanto
[15] saber como usted, quizá no tenga ningún mérito, y cualquier
mercado de hierro será más bello.
Cada vez disgustaba más a Pepe Rey el lenguaje irónico
del sagaz canónigo; pero resuelto a contener y disimular
su enfado, no contestó sino con palabras vagas. Doña Perfecta
[20] tomó en seguida la palabra, y jovialmente se expresó
así:
--Cuidado, Pepito; te advierto que si hablas mal de
nuestra santa iglesia, perderemos las amistades. Tú sabes
mucho y eres un hombre eminente que de todo entiendes;
[25] pero si has de descubrir que esa gran fábrica no es la octava
maravilla, guárdate en buen hora tu sabiduría y no nos saques
de bobos....
--Lejos de creer que este edificio no es bello--repuso
Pepe--lo poco que de su exterior he visto me ha parecido
[30] de imponente hermosura. De modo, señora tía, que no hay
para qué asustarse; ni yo soy sabio ni mucho menos.
--Poco a poco--dijo el canónigo, extendiendo la mano
y dando paz a la boca por breve rato para que, hablando,
descansase del mascar.--Alto allá: no venga usted aquí
haciéndose el modesto, Sr. D. José, que hartos estamos de 36
saber lo muchísimo que usted vale, la gran fama de que
goza y el papel importantísimo que desempeñará donde
quiera que se presente. No se ven hombres así todos los
[5] días. Pero ya que de este modo ensalzo los méritos de
usted....
Detúvose para seguir comiendo, y luego que la sin hueso
quedó libre, continuó así:
--Ya que de este modo ensalzo los méritos de usted,
[10] permítaseme expresar otra opinión con la franqueza que es
propia de mi carácter. Sí, Sr. D. José: sí, Sr. D. Cayetano;
sí, señora y niña mías; la ciencia, tal como la estudian y la
propagan los modernos, es la muerte del sentimiento y de
las dulces ilusiones. Con ella la vida del espíritu se amengua;
[15] todo se reduce a reglas fijas, y los mismos encantos
sublimes de la Naturaleza desaparecen. Con la ciencia
destrúyese lo maravilloso en las artes, así como la fe en el
alma. La ciencia dice que todo es mentira y todo lo quiere
poner en guarismos y rayas, no sólo _maria ac terras_, donde
[20] estamos nosotros, sino también _caelumque profundum_, donde
está Dios... Los admirables sueños del alma, su arrobamiento
místico; la inspiración misma de los poetas, mentira.
El corazón es una esponja, el cerebro una gusanera.
Todos rompieron a reír, mientras él daba paso a un trago
[25] de vino.
--Vamos, ¿me negará el Sr. D. José--añadió el sacerdote--que
la ciencia, tal como se enseña y se propaga hoy,
va derecho a hacer del mundo y del género humano una
gran máquina?
[30] --Eso según y conforme--dijo D. Cayetano.--Todas
las cosas tienen su pro y su contra.
--Tome usted más ensalada, señor Penitenciario--dijo
doña Perfecta.--Está cargadita de mostaza, como a usted
le gusta.
Pepe Rey no gustaba de entablar vanas disputas, ni era 37
pedante, ni alardeaba de erudito, mucho menos ante mujeres
y en reuniones de confianza; pero la importuna verbosidad
agresiva del canónigo necesitaba, según él, un correctivo.
[5] Para dárselo le pareció mal sistema exponer ideas que,
concordando con las del canónigo, halagasen a éste, y decidió
manifestar las opiniones que más contrariaran y más
acerbamente mortificasen al mordaz Penitenciario.
--Quieres divertirte conmigo--dijo para sí.--Verás
[10] qué mal rato te voy a dar.
Y luego añadió en voz alta:
--Cierto es todo lo que el señor Penitenciario ha dicho
en tono de broma. Pero no es culpa nuestra que la ciencia
esté derribando a martillazos un día y otro tanto ídolo vano,
[15] la superstición, el sofisma, las mil mentiras de lo pasado,
bellas las unas, ridículas las otras, pues de todo hay en la
viña del Señor. El mundo de las ilusiones, que es como si
dijéramos un segundo mundo, se viene abajo con estrépito.
El misticismo en religión, la rutina en la ciencia, el
[20] amaneramiento en las artes, caen como cayeron los dioses paganos,
entre burlas. Adiós, sueños torpes, el género humano
despierta y sus ojos ven la claridad. El sentimentalismo vano,
el misticismo, la fiebre, la alucinación, el delirio desaparecen,
y el que antes era enfermo hoy está sano y se goza con
[25] placer indecible en la justa apreciación de las cosas. La
fantasía, la terrible loca, que era el ama de la casa, pasa a
ser criada.... Dirija usted la vista a todos lados, señor
Penitenciario, y verá el admirable conjunto de realidad que
ha sustituído a la fábula. El cielo no es una bóveda, las
[30] estrellas no son farolillos, la luna no es una cazadora
traviesa, sino un pedrusco opaco; el sol no es un cochero
emperegilado y vagabundo, sino un incendio fijo. Las
sirtes no son ninfas, sino dos escollos; las sirenas son
focas, y en el orden de las personas Mercurio es Manzanedo;
Marte es un viejo barbilampiño, el conde de Moltke; 38
Néstor puede ser un señor de gabán que se llama monsieur
Thiers; Orfeo es Verdi; Vulcano es Krupp; Apolo es
cualquier poeta. ¿Quiere usted más? Pues Júpiter, un
[5] Dios digno de ir a presidio si viviera aún, no descarga el
rayo, sino que el rayo cae cuando a la electricidad le da la
gana. No hay Parnaso, no hay Olimpo; no hay laguna
Estigia, ni otros Campos Elíseos que los de París. No hay
ya más bajada al infierno que las de la geología, y este
[10] viajero, siempre que vuelve, dice que no hay condenados en el
centro de la tierra. No hay más subidas al cielo que las de
la astronomía, y ésta a su regreso asegura no haber visto los
seis o siete pisos de que hablan el Dante y los místicos y
soñadores de la Edad Media. No encuentra sino astros
[15] y distancias, líneas, enormidades de espacio y nada más.
Ya no hay falsos cómputos de la edad del mundo, porque
la paleontología y la prehistoria han contado los dientes de
esta calavera en que vivimos y averiguado su verdadera
edad. La fábula, llámese paganismo o idealismo cristiano,
[20] ya no existe, y la imaginación está de cuerpo presente.
Todos los milagros posibles se reducen a los que yo hago
cuando se me antoja en mi gabinete con una pila de
Bunsen, un hilo inductor y una aguja imantada. Ya no hay
más multiplicaciones de panes y peces que las que hace la
[25] industria con sus moldes y máquinas y las de la imprenta,
que imita a la Naturaleza sacando de un solo tipo millones
de ejemplares. En suma, señor canónigo de mi alma, se
han corrido las órdenes para dejar cesantes a todos los
absurdos, falsedades, ilusiones, ensueños, sensiblerías y
[30] preocupaciones que ofuscan el entendimiento del hombre.
Celebremos el suceso.
Cuando concluyó de hablar, en los labios del canónigo
retozaba una sonrisilla, y sus ojos habían tomado animación
extraordinaria. D. Cayetano se ocupaba en dar diversas
formas, ora romboides, ora prismáticas, a una bolita de pan. 39
Pero doña Perfecta estaba pálida y fijaba sus ojos en el
canónigo con insistencia observadora. Rosarito
contemplaba llena de estupor a su primo. Éste se inclinó hacia
[5] ella, y al oído le dijo disimuladamente en voz muy baja:
--No me hagas caso, primita. Digo estos disparates
para sulfurar al señor canónigo.
VII
=La desavenencia crece=
--Puede que creas--indicó doña Perfecta con ligero
acento de vanidad,--que el señor D. Inocencio se va a
[10] quedar callado sin contestarte a todos y cada uno de esos
puntos.
--¡Oh, no!--exclamó el canónigo, arqueando las cejas.
--No mediré yo mis escasas fuerzas con adalid tan valiente
y al mismo tiempo tan bien armado. El Sr. D. José lo
[15] sabe todo, es decir, tiene a su disposición todo el arsenal
de las ciencias exactas. Bien sé que la doctrina que
sustenta es falsa; pero yo no tengo talento ni elocuencia para
combatirla. Emplearía yo las armas del sentimiento; emplearía
argumentos teológicos, sacados de la revelación, de
[20] la fe, de la palabra divina; pero ¡ay! el Sr. D. José, que
es un sabio eminente, se reiría de la teología, de la fe, de
la revelación, de los santos profetas, del Evangelio. Un
pobre clérigo ignorante, un desdichado que no sabe matemáticas,
ni filosofía alemana en que hay aquello de _yo_ y _no
[25] yo,_ un pobre dómine que no sabe más que la ciencia de Dios
y algo de poetas latinos, no puede entrar en combate con
estos bravos corifeos.
Pepe Rey prorrumpió en francas risas.
--Veo que el Sr. D. Inocencio--dijo,--ha tomado
[30] por lo serio estas majaderías que he dicho. Vaya, señor
canónigo, vuélvanse cañas las lanzas y todo se acabó. 40
Seguro estoy de que mis verdaderas ideas y las de usted
no están en desacuerdo. Usted es un varón piadoso e
[5] instruído. Aquí el ignorante soy yo. Si he querido
bromear, dispénsenme todos: yo soy así.
--Gracias--repuso el presbítero visiblemente
contrariado.--¿Ahora salimos con ésa? Bien sé yo, bien
sabemos todos que las ideas que usted ha sustentado son las
suyas. No podía ser de otra manera. Usted es el hombre
[10] del siglo. No puede negarse que su entendimiento es prodigioso,
verdaderamente prodigioso. Mientras usted
hablaba, yo, lo confieso ingénuamente, al mismo tiempo que en
mi interior deploraba error tan grande, no podía menos de
admirar lo sublime de la expresión, la prodigiosa facundia,
[15] el método sorprendente de su raciocinio, la fuerza de los
argumentos.... ¡Qué cabeza, señora doña Perfecta, qué
cabeza la de este joven sobrino de usted! Cuando estuve
en Madrid y me llevaron al Ateneo, confieso que me quedé
absorto al ver el asombroso ingenio que Dios ha dado a los
[20] ateos y protestantes.
--Sr. D. Inocencio--dijo doña Perfecta, mirando
alternativamente a su sobrino y a su amigo,--creo que usted al
juzgar a este chico, traspasa los límites de la benevolencia....
No te enfades, Pepe, ni hagas caso de lo que digo,
[25] porque yo ni soy sabia ni filósofa, ni teóloga; pero me
parece que el señor D. Inocencio acaba de dar una prueba
de su gran modestia y caridad cristiana, negándose a
apabullarte, como podía hacerlo, si hubiese querido.
--¡Señora, por Dios!--dijo el eclesiástico.
[30] --Él es así--añadió la señora.--Siempre haciéndose la
mosquita muerta.... Y sabe más que los siete doctores.
¡Ay, Sr. D. Inocencio, qué bien le sienta a usted el nombre
que tiene! Pero no se nos venga acá con humildades
importunas. Si mi sobrino no tiene pretensiones.... Si
él sabe lo que le han enseñado y nada más.... Si ha 41
aprendido el error, ¿qué más puede desear sino que usted
le ilustre y le saque del infierno de sus falsas doctrinas?
--Justamente, no deseo otra cosa, sino que el señor
[5] Penitenciario me saque....--murmuró Pepe,
comprendiendo que, sin quererlo, se había metido en un laberinto.
--Yo soy un pobre clérigo que no sabe más que la ciencia
antigua--repuso D. Inocencio.--Reconozco el inmenso
valor científico mundano del Sr. D. José, y ante tan brillante
[10] oráculo, callo y me postro.
Diciendo esto, el canónigo cruzaba ambas manos sobre
el pecho, inclinando la cabeza. Pepe Rey estaba un si es
no es turbado a causa del giro que diera su tía a una vana
disputa festiva en la que tomó parte tan sólo por acalorar
[15] un poco la conversación. Creyó lo más prudente poner
punto en tan peligroso tratado, y con este fin dirigió una
pregunta al Sr. D. Cayetano, cuando éste, despertando del
vaporoso letargo que tras los postres le sobrevino, ofrecía a
los comensales los indispensables palillos clavados en un
[20] pavo de porcelana que hacía la rueda.
--Ayer he descubierto una mano empuñando el asa de un
ánfora, en la cual hay varios signos hieráticos. Te la
enseñaré--dijo D. Cayetano, gozoso de plantear un tema de
su predilección.
[25] --Supongo que el Sr. de Rey será también muy experto
en cosas de arqueología--dijo el canónigo que, siempre
implacable, corría tras su víctima, siguiéndola hasta su más
escondido refugio.
--Por supuesto--dijo doña Perfecta.--¿De qué no
[30] entenderán estos despabilados niños del día? Todas las
ciencias las llevan en las puntas de los dedos. Las
universidades y las academias les instruyen de todo en un
periquete, dándoles patente de sabiduría.
--¡Oh! eso es injusto--repuso el canónigo, observando
la penosa impresión que manifestaba el semblante del 42
ingeniero.
--Mi tía tiene razón--afirmó Pepe.--Hoy aprendemos
un poco de todo, y salimos de las escuelas con rudimentos
[5] de diferentes estudios.
--Decía--añadió el canónigo,--que será usted un gran
arqueólogo.
--No sé una palabra de esa ciencia--repuso el joven.--Las
ruinas son ruinas, y nunca me ha gustado empolvarme
[10] en ellas.
Don Cayetano hizo una mueca muy expresiva.
--No es esto condenar la arqueología--dijo vivamente
el sobrino de doña Perfecta, advirtiendo con dolor que no
pronunciaba una palabra sin herir a alguien.--Bien sé que
[15] del polvo sale la historia. Esos estudios son preciosos y
utilísimos.
--Usted--dijo el Penitenciario, metiéndose el palillo en
la última muela,--se inclinará más a los estudios de
controversia. Ahora se me ocurre una excelente idea. Sr. D.
[20] José, usted debiera ser abogado.
--La abogacía es una profesión que aborrezco--replicó
Pepe Rey.--Conozco abogados muy respetables, entre ellos
a mi padre, que es el mejor de los hombres. A pesar de
tan buen ejemplo, en mi vida me hubiera sometido a ejercer
[25] una profesión que consiste en defender lo mismo el pro que
el contra de las cuestiones. No conozco error, ni
preocupación, ni ceguera más grande que el empeño de las familias
en inclinar a la mejor parte de la juventud a la abogacía.
La primera y más terrible plaga de España es la turbamulta
[30] de jóvenes abogados, para cuya existencia es necesaria una
fabulosa cantidad de pleitos. Las cuestiones se multiplican
en proporción de la demanda. Aun así, muchísimos se
quedan sin trabajo, y como un señor jurisconsulto no puede
tomar el arado ni sentarse al telar, de aquí proviene ese
brillante escuadrón de holgazanes, llenos de pretensiones, 43
que fomentan la empleomanía, perturban la política, agitan
la opinión y engendran las revoluciones. De alguna parte
han de comer. Mayor desgracia sería que hubiera pleitos
[5] para todos.
--Pepe, por Dios, mira lo que hablas--dijo doña Perfecta,
con marcado tono de severidad.--Pero dispénsele usted,
Sr. D. Inocencio... porque él ignora que usted tiene un
sobrinito, el cual, aunque recién salido de la Universidad,
[10] es un portento en la abogacía.
--Yo hablo en términos generales--manifestó Pepe con
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