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Doña Perfecta
Author Language Character Set
Benito Pérez Galdós English ISO-8859-1


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--¿Qué hay?--preguntó el viajero, deteniéndose también.          9

--¿Trae usted armas, D. José?

--Un revólver.... ¡Ah! ya comprendo. ¿Hay
[5]  ladrones?

--Puede...--repuso el labriego con mucho recelo.--
Me parece que sonó un tiro.

--Allá lo veremos... ¡adelante!--dijo el caballero
picando su jaca.--No serán tan temibles.

[10] --Calma, Sr. D. José--exclamó el aldeano deteniéndole.
--Esa gente es más mala que Satanás. El otro día asesinaron
a dos caballeros que iban a tomar el tren.... Dejémonos
de fiestas. Gasparón el Fuerte, Pepito Chispillas,
Merengue y Ahorca Suegras no me verán la cara en mis
[15] días. Echemos por la vereda.

--Adelante, Sr. Licurgo.

--Atrás, Sr. D. José--replicó el labriego con afligido
acento.--Usted no sabe bien qué gente es esa. Ellos
fueron los que en el mes pasado robaron de la iglesia del
[20] Carmen el copón, la corona de la Virgen y dos candeleros;
ellos fueron los que hace dos años robaron el tren que iba
para Madrid.

Don José, al oír tan lamentables antecedentes, sintió que
aflojaba un poco su intrepidez.

[25] --¿Ve usted aquel cerro grande y empinado que hay allá
lejos? Pues allí se esconden esos pícaros en unas cuevas
que llaman la _Estancia de los Caballeros_.

--¡De los Caballeros!

--Sí señor. Bajan al camino real, cuando la Guardia
[30] civil se descuida, y roban lo que pueden. ¿No ve usted
más allá de la vuelta del camino una cruz, que se puso en
memoria de la muerte que dieron al alcalde de Villahorrenda
cuando las elecciones?

--Sí, veo la cruz.

--Allí hay una casa vieja, en la cual se esconden para          10
aguardar a los tragineros. A aquel sitio llamamos las
_Delicias_.

--¡Las Delicias!...

[5]  --Si todos los que han sido muertos y robados al
pasar por ahí resucitaran, podría formarse con ellos un
ejército.

Cuando esto decían, oyéronse más de cerca los tiros, lo
que turbó un poco el esforzado corazón de los viajantes,
[10] pero no el del zagalillo que, retozando de alegría, pidió al
Sr. Licurgo licencia para adelantarse y ver la batalla que
tan cerca se había trabado. Observando la decisión del
muchacho, avergonzóse D. José de haber sentido miedo, o
cuando menos un poco de respeto a los ladrones, y exclamó,
[15] espoleando la jaca:

--Pues allá iremos todos. Quizás podamos prestar auxilio
a los infelices viajeros que en tan gran aprieto se ven, y
poner las peras a cuarto a los _caballeros_.

Esforzábase el labriego en convencer al joven de la temeridad
[20] de sus propósitos, así como de lo inútil de su generosa
idea, porque los robados robados estaban y quizás muertos,
y en situación de no necesitar auxilio de nadie. Insistía el
señor a pesar de estas sesudas advertencias, contestaba el
aldeano, poniendo la más viva resistencia, cuando la presencia
[25] de dos o tres carromateros que por el camino abajo tranquilamente
venían conduciendo una galera, puso fin a la
cuestión. No debía de ser grande el peligro, cuando tan
sin cuidado venían aquéllos, cantando alegres coplas; y así
fué en efecto, porque los tiros, según dijeron, no eran disparados
[30] por los ladrones, sino por la Guardia civil, que de
este modo quería cortar el vuelo a media docena de cacos
que ensartados conducía a la cárcel de la villa.

--Ya, ya sé lo que ha sido--dijo Licurgo, señalando
leve humareda que a mano derecha del camino y a regular
distancia se descubría.--Allí les han escabechado. Esto         11
pasa un día sí y otro no.

El caballero no comprendía.

--Yo le aseguro al Sr. D. José--añadió con energía el
[5]  legislador lacedemonio,--que está muy retebién hecho;
porque de nada sirve formar causa a esos pillos. El juez
les marea un poco y después les suelta. Si al cabo de seis
años de causa, alguno va a presidio, a lo mejor se escapa,
o le indultan y vuelve a la Estancia de los Caballeros. Lo
[10] mejor es esto: ¡fuego en ellos! Se les lleva a la cárcel,
y cuando se pasa por un lugar a propósito... "¡ah!
perro, que te quieres escapar... pum, pum".... Ya
está hecha la sumaria, requeridos los testigos, celebrada la
vista, dada la sentencia.... Todo en un minuto. Bien
[15] dicen, que si mucho sabe la zorra, más sabe el que la toma.

--Pues adelante, y apretemos el paso, que este camino,
a más de largo, no tiene nada de ameno--dijo Rey.

Al pasar junto a las Delicias, vieron, a poca distancia del
camino, a los guardias que minutos antes habían ejecutado
[20] la extraña sentencia que el lector sabe. Mucha pena causó
al zagalillo que no le permitieran ir a contemplar de cerca
los palpitantes cadáveres de los ladrones, que en horroroso
grupo se distinguían a lo lejos, y siguieron todos adelante.
Pero no habían andado veinte pasos, cuando sintieron el
[25] galopar de un caballo que tras ellos venía con tanta rapidez,
que por momentos les alcanzaba. Volvióse nuestro viajero
y vió un hombre, mejor dicho, un Centauro, pues no podía
concebirse más perfecta armonía entre caballo y ginete, el
cual era de complexión recia y sanguínea, ojos grandes,
[30] ardientes, cabeza ruda, negros bigotes, mediana edad y el
aspecto en general brusco y provocativo, con indicios de
fuerza en toda su persona. Montaba un soberbio caballo
de pecho carnoso, semejante a los del Partenón, enjaezado
según el modo pintoresco del país, y sobre la grupa llevaba
una gran balija de cuero, en cuya tapa se veía en letras        12
gordas la palabra _Correo_.

--Hola, buenos días, Sr. Caballuco--dijo Licurgo, saludando
al ginete, cuando estuvo cerca.--¡Cómo le hemos
[5]  tomado la delantera! pero usted llegará antes si se pone
a ello.

--Descansemos un poco--repuso el señor Caballuco,
poniendo su cabalgadura al paso de la de nuestros viajeros,
y observando atentamente al más principal de los tres.--
[10] Puesto que hay tan buena compaña....

--El señor--dijo Licurgo sonriendo,--es el sobrino de
doña Perfecta.

--¡Ah!... por muchos años... muy señor mío y
mi dueño....

[15] Ambos personajes se saludaron, siendo de notar que
Caballuco hizo sus urbanidades con una expresión de altanería
y superioridad que revelaba cuando menos la conciencia
de un gran valer o de una alta posición en la comarca.
Cuando el orgulloso ginete se apartó y por breve momento
[20] se detuvo hablando con dos Guardias civiles que llegaron
al camino, el viajero preguntó a su guía:

--¿Quién es este pájaro?

--¿Quién ha de ser? Caballuco.

--¿Y quién es Caballuco?

[25] --¡Toma!... ¿pero no le ha oído usted nombrar?--
dijo el labriego, asombrado de la ignorancia supina del
sobrino de doña Perfecta.--Es un hombre muy valiente,
gran ginete, y el primer caballista de todas estas tierras a la
redonda. En Orbajosa le queremos mucho; pues él es...
[30] dicho sea en verdad... tan bueno como la bendición de
Dios... Ahí donde le ve, es un cacique tremendo, y el
Gobernador de la provincia se le quita el sombrero.

--Cuando hay elecciones...

--Y el Gobierno de Madrid le escribe oficios con mucha
vuecencia en el rétulo.... Tira a la barra como un San          13
Cristóbal, y todas las armas las maneja como manejamos
nosotros nuestros propios dedos. Cuando había fielato no
podían con él, y todas las noches sonaban tiros en las
[5]  puertas de la ciudad... Tiene una gente que vale cualquier
dinero, porque lo mismo es para un fregado que para
un barrido.... Favorece a los pobres, y el que venga de
fuera y se atreva a tentar el pelo de la ropa a un hijo
de Orbajosa, ya puede verse con él.... Aquí no vienen
[10] casi nunca soldados de los Madriles; cuando han estado,
todos los días corría la sangre, porque Caballuco les buscaba
camorra por un no y por un sí. Ahora parece que vive en
la pobreza y se ha quedado con la conducción del correo;
pero está metiendo fuego en el Ayuntamiento para que haya
[15] otra vez fielato y rematarlo él. No sé cómo no le ha oído
usted nombrar en Madrid, porque es hijo de un famoso
Caballuco que estuvo en la facción, el cual Caballuco padre
era hijo de otro Caballuco abuelo, que también estuvo en la
facción de más allá.... Y como ahora andan diciendo que
[20] vuelve a haber facción, porque todo está torcido y revuelto,
tememos que Caballuco se nos vaya también a ella, poniendo
fin de esta manera a las hazañas de su padre y abuelo, que
por gloria nuestra nacieron en esta ciudad.

Sorprendido quedó nuestro viajero al ver la especie de
[25] caballería andante que aún subsistía en los lugares que
visitaba, pero no tuvo ocasión de hacer nuevas preguntas,
porque el mismo que era objeto de ellas se les incorporó,
diciendo de mal talante:

--La Guardia civil ha despachado a tres. Ya le he dicho
[30] al cabo que se ande con cuidado. Mañana hablaremos el
Gobernador de la provincia y yo....

--¿Va usted a X?

--No, que el Gobernador viene acá, señor Licurgo; sepa
usted que nos van a meter en Orbajosa un par de regimientos.

--Sí--dijo vivamente el viajero, sonriendo.--En Madrid          14
oí decir que había temor de que se levantaran en este país
algunas partidillas... Bueno es prevenirse.

--En Madrid no dicen más que desatinos...--exclamó
[5]  violentamente el Centauro, acompañando su afirmación de
una retahíla de vocablos de esos que levantan ampolla. En
Madrid no hay más que pillería... ¿A qué nos mandan
soldados? ¿Para sacarnos más contribuciones y un par
de quintas seguidas? ¡Por vida de!... que si no hay
[10] facción debería haberla. Con que usted--añadió, mirando
socarronamente al joven caballero,--¿con que usted es el
sobrino de doña Perfecta?

Esta salida de tono y el insolente mirar del bravo
enfadaron al joven.

[15] --Sí, señor. ¿Se le ofrece a usted algo?

--Soy amigo de la señora y la quiero como a las niñas
de mis ojos--dijo Caballuco.--Puesto que usted va a
Orbajosa, allá nos veremos.

Y sin decir más picó espuelas a su corcel, el cual, partiendo
[20] a escape, desapareció entre una nube de polvo.

Después de media hora de camino, durante la cual el Sr.
D. José no se mostró muy comunicativo, ni el Sr. Licurgo
tampoco, apareció a los ojos de entrambos apiñado y viejo
caserío asentado en una loma, y del cual se destacaban
[25] algunas negras torres y la ruinosa fábrica de un
despedazado castillo en lo más alto. Un amasijo de paredes
deformes de casuchas de tierra pardas y polvorosas como el
suelo, formaba la base, con algunos fragmentos de
almenadas murallas, a cuyo amparo mil chozas humildes alzaban
[30] sus miserables frontispicios de adobes, semejantes a caras
anémicas y hambrientas que pedían una limosna al
pasajero. Pobrísimo río ceñía, como un cinturón de hojalata,
el pueblo, refrescando al pasar algunas huertas, única
frondosidad que alegraba la vista. Entraba y salía la gente en
caballerías o a pie, y el movimiento humano, aunque pequeño,    15
daba cierta apariencia vital a aquella gran morada, cuyo
aspecto arquitectónico era más bien de ruina y muerte que
de progreso y vida. Los innumerables y repugnantes
[5]  mendigos que se arrastraban a un lado y otro del camino,
pidiendo el óbolo del pasajero, ofrecían lastimoso espectáculo.
No podían verse existencias que mejor cuadraran, ni que
más apropiadas fueran a las grietas de aquel sepulcro,
donde una ciudad estaba no sólo enterrada sino también
[10] podrida. Cuando nuestros viajeros se acercaban, algunas
campanas tocando desacordemente indicaban con su
expresivo son que aquella momia tenía todavía un alma.

Llamábase Orbajosa, ciudad que no en Geografía caldea
o cophta, sino en la de España, figura con 7,324 habitantes,
[15] Ayuntamiento, sede episcopal, partido judicial, seminario,
depósito de caballos sementales, instituto de segunda
enseñanza y otras prerogativas oficiales.

--Están tocando a misa mayor en la catedral--dijo el
tío Licurgo.--Llegamos antes de lo que pensé.

[20] --El aspecto de su patria de usted--dijo el caballero,
examinando el panorama que delante tenía,--no puede ser
más desagradable. La histórica ciudad de Orbajosa,[1] cuyo
nombre es, sin duda, corrupción de _urbs augusta_, parece un
gran muladar.

[Nota 1: Ya se ha dicho que todos los nombres locales son imaginarios.]

[25] --Es que de aquí no se ven más que los arrabales--afirmó
con disgusto el guía.--Cuando entre usted en la
calle Real y en la del Condestable, verá fábricas tan hermosas
como la de la catedral.

--- No quiero hablar mal de Orbajosa antes de conocerla--dijo
[30] el caballero.--Lo que he dicho no es tampoco señal
de desprecio; que humilde y miserable, lo mismo que
hermosa y soberbia, esa ciudad será siempre para mí muy
querida, no sólo por ser patria de mi madre, sino porque en
ella viven personas a quienes amo ya sin conocerlas. Entremos,  16
pues, en la ciudad _augusta_.

Subían ya por una calzada próxima a las primeras calles,
e iban tocando las tapias de las huertas.

[5]  --¿Ve usted aquella gran casa que está al fin de esta
gran huerta por cuyo bardal pasamos ahora?--dijo el tío
Licurgo, señalando el enorme paredón revocado de la única
vivienda que tenía aspecto de habitabilidad cómoda y alegre.

--Ya... ¿aquella es la vivienda de mi tía?

[10] --Justo y cabal. Lo que vemos es la parte trasera de la
casa. El frontis da a la calle del Condestable, y tiene cinco
balcones de hierro que parecen cinco castillos. Esta hermosa
huerta que hay tras la tapia es la de la casa, y si usted
se alza sobre los estribos, la verá toda desde aquí.

[15] --Pues estamos ya en casa--dijo el caballero.--¿No se
puede entrar por aquí?

--Hay una puertecilla; pero la señora la mandó tapiar.

El caballero se alzó sobre los estribos, y alargando cuanto
pudo la cabeza, miró por encima de las bardas.

[20] --Veo la huerta toda--indicó.--Allí, bajo aquellos árboles,
está una mujer, una chiquilla... una señorita....

--Es la señorita Rosario--repuso Licurgo.

Y al instante se alzó también sobre los estribos para
mirar.

[25] --¡Eh! señorita Rosario--gritó, haciendo con la derecha
mano gestos muy significativos.--Ya estamos aquí...
aquí le traigo a su primo.

--Nos ha visto--dijo el caballero, estirando el pescuezo
hasta el último grado.--Pero si no me engaño, al lado de
[30] ella está un clérigo... un señor sacerdote.

--Es el señor Penitenciario--repuso con naturalidad el
labriego.

--Mi prima nos ve... deja solo al clérigo, y echa a
correr hacia la casa... Es bonita....

--Como un sol.                                                  17

--Se ha puesto más encarnada que una cereza. Vamos,
vamos, Sr. Licurgo.




III

=Pepe Rey=

Antes de pasar adelante, conviene decir quién era Pepe
[5]  Rey y qué asuntos le llevaban a Orbajosa.

Cuando el brigadier Rey murió en 1841, sus dos hijos,
Juan y Perfecta, acababan de casarse, ésta con el más rico
proprietario de Orbajosa, aquél con una joven de la misma
ciudad. Llamábase el esposo de Perfecta don Manuel María
[10] José de Polentinos, y la mujer de Juan, María Polentinos;
pero a pesar de la igualdad de apellido, su parentesco era
un poco lejano y de aquellos que no coge un galgo. Juan
Rey era insigne jurisconsulto graduado en Sevilla, y ejerció
la abogacía en esta misma ciudad durante treinta años, con
[15] tanta gloria como provecho. En 1845 era ya viudo y tenía
un hijo que empezaba a hacer diabluras; solía tener por
entretenimiento el construir con tierra en el patio de la
casa viaductos, malecones, estanques, presas, acequias,
soltando después el agua para que entre aquellas frágiles
[20] obras corriese. El padre le dejaba hacer y decía: "tú serás
ingeniero."

Perfecta y Juan dejaron de verse desde que uno y otro
se casaron, porque ella se fué a vivir a Madrid con el
opulentísimo Polentinos, que tenía tanta hacienda como buena
[25] mano para gastarla. El juego y las mujeres cautivaban de
tal modo el corazón de Manuel María José, que habría dado
en tierra con toda su fortuna, si más pronto que él para
derrocharla no estuviera la muerte para llevárselo a él. En
una noche de orgía acabaron de súbito los días de aquel
[30] ricacho provinciano, tan vorazmente chupado por las sanguijuelas
de la corte y por el insaciable vampiro del juego.              18
Su única heredera era una niña de pocos meses. Con la
muerte del esposo de Perfecta se acabaron los sustos en
la familia; pero empezó el gran conflicto. La casa de
[5]  Polentinos estaba arruinada; las fincas en peligro de ser
arrebatadas por los prestamistas, todo en desorden, enormes
deudas, lamentable administración en Orbajosa, descrédito
y ruina en Madrid.

Perfecta llamó a su hermano, el cual, acudiendo en auxilio
[10] de la pobre viuda, mostró tanta diligencia y tino, que al
poco tiempo la mayor parte de los peligros habían
desaparecido. Principió por obligar a su hermana a residir en
Orbajosa, administrando por sí misma sus vastas tierras, mientras
él hacía frente en Madrid al formidable empuje de los
[15] acreedores. Poco a poco fué descargándose la casa del
enorme fardo de sus deudas, porque el bueno de D. Juan
Rey, que tenía la mejor mano del mundo para tales asuntos,
lidió con la curia, hizo contratos con los principales
acreedores, estableció plazos para el pago, resultando de este
[20] hábil trabajo que el riquísimo patrimonio de Polentinos
saliese a flote, y pudiera seguir dando por luengos años
esplendor y gloria a la ilustre familia.

La gratitud de Perfecta era tan viva, que al escribir a su
hermano desde Orbajosa, donde resolvió residir hasta que
[25] creciera su hija, le decía entre otras ternezas: "Has sido
más que hermano para mí, y para mi hija más que su propio
padre. ¿Cómo te pagaremos ella y yo tan grandes
beneficios? ¡Ay! querido hermano, desde que mi hija sepa
discurrir y pronunciar un nombre, yo le enseñaré a bendecir
[30] el tuyo. Mi agradecimiento durará toda mi vida. Tu
hermana indigna siente no encontrar ocasión de mostrarte lo
mucho que te ama y de recompensarte de un modo apropiado
a la grandeza de tu alma y a la inmensa bondad de
tu corazón."

Cuando esto se escribía, Rosarito tenía dos años. Pepe          19
Rey, encerrado en un colegio de Sevilla, hacía rayas en un
papel, ocupándose en probar que _la suma de los ángulos
interiores de un polígono vale tantas veces dos rectos como lados
[5]  tiene menos dos_. Estas enfadosas perogrulladas le traían
muy atareado. Pasaron años y más años. El muchacho
crecía y no cesaba de hacer rayas. Por último, hizo una
que se llama _De Tarragona a Montblanch_. Su primer
juguete formal fué el puente de 120 metros sobre el río
[10] Francolí.

Durante mucho tiempo, doña Perfecta siguió viviendo en
Orbajosa. Como su hermano no salió de Sevilla, pasaron
unos pocos años sin que uno y otro se vieran. Una carta
trimestral, tan puntualmente escrita como puntualmente
[15] contestada, ponía en comunicación aquellos dos corazones,
cuya ternura ni el tiempo ni la distancia podían enfriar.
En 1870, cuando D. Juan Rey, satisfecho de haber
desempeñado bien su misión en la sociedad, se retiró a vivir en su
hermosa casa de Puerto Real, Pepe, que ya había trabajado
[20] algunos años en las obras de varias poderosas compañías
constructoras, emprendió un viaje de estudio a Alemania e
Inglaterra. La fortuna de su padre (tan grande como puede
serlo en España la que sólo tiene por origen un honrado
bufete), le permitía librarse en breves períodos del yugo del
[25] trabajo material. Hombre de elevadas ideas y de inmenso
amor a la ciencia, hallaba su más puro goce en la
observación y estudio de los prodigios con que el genio del siglo
sabe cooperar a la cultura y bienestar físico y
perfeccionamiento moral del hombre.

[30] Al regresar del viaje, su padre le anunció la revelación de
un importante proyecto, y como Pepe creyera que se trataba
de un puente, dársena o cuando menos saneamiento de
marismas, sacóle de tal error D. Juan, manifestándole su
pensamiento en estos términos:

--Estamos en Marzo y la carta trimestral de Perfecta no         20
podía faltar. Querido hijo, léela, y si estás conforme con
lo que en ella manifiesta esa santa y ejemplar mujer, mi
querida hermana, me darás la mayor felicidad que en mi
[5]  vejez puedo desear. Si no te gustase el proyecto, deséchalo
sin reparo, aunque tu negativa me entristezca; que en él
no hay ni sombra de imposición por parte mía. Sería
indigno de mí y de ti que esto se realizase por coacción de
un padre terco. Eres libre de aceptar o no, y si hay en tu
[10] voluntad la más ligera resistencia, originada en ley del
corazón o en otra causa, no quiero que te violentes por mí.

Pepe dejó la carta sobre la mesa, después de pasar la
vista por ella, y tranquilamente dijo:

--Mi tía quiere que me case con Rosario.

[15] --Ella contesta aceptando con gozo mi idea--dijo el
padre muy conmovido.--Porque la idea fué mía... sí,
hace tiempo, hace tiempo que la concebí... pero no había
querido decirte nada, antes de conocer el pensamiento de
mi hermana. Como ves, Perfecta acoge con júbilo mi plan;
[20] dice que también había pensado en lo mismo; pero que no
se atrevía a manifestármelo, por ser tú... ¿no ves lo que
dice? "por ser tú un joven de singularísimo mérito, y su
hija una joven aldeana educada sin brillantez, ni
mundanales atractivos...." Así mismo lo dice.... ¡Pobre
[25] hermana mía! ¡Qué buena es!... Veo que no te
enfadas; veo que no te parece absurdo este proyecto mío, algo
parecido a la previsión oficiosa de los padres de antaño, que
casaban a sus hijos sin consultárselo, y las más veces
haciendo uniones disparatadas y prematuras.... Dios
[30] quiera que ésta sea o prometa ser de las más felices. Es
verdad que no conoces a mi sobrina; pero tú y yo tenemos
noticias de su virtud, de su discreción, de su modestia y
noble sencillez. Para que nada le falte, hasta es bonita....
Mi opinión--añadió festivamente,--es que te pongas en
camino y pises el suelo de esa recóndita ciudad episcopal,      21
de esa _urbs augusta_, y allí, en presencia de mi hermana y
de su graciosa Rosarito, resuelvas si ésta ha de ser algo más
que mi sobrina.

[5]  Pepe volvió a tomar la carta y la leyó con cuidado. Su
semblante no expresaba alegría ni pesadumbre. Parecía
estar examinando un proyecto de empalme de dos vías
férreas.

--Por cierto--decía D. Juan,--que en esa remota
[10] Orbajosa, donde, entre paréntesis, tienes fincas que puedes
examinar ahora, se pasa la vida con la tranquilidad y dulzura
de los idilios. ¡Qué patriarcales costumbres! ¡Qué
nobleza en aquella sencillez! ¡Qué rústica paz virgiliana!
Si en vez de ser matemático fueras latinista, repetirías al
[15] entrar allí el _ergo tua rura manebunt_. ¡Qué admirable lugar
para dedicarse a la contemplación de nuestra propia alma
y prepararse a las buenas obras! Allí todo es bondad,
honradez; allí no se conocen la mentira y la farsa como en
nuestras grandes ciudades; allí renacen las santas
[20] inclinaciones que el bullicio de la moderna vida ahoga; allí
despierta la dormida fe, y se siente vivo impulso indefinible
dentro del pecho, al modo de pueril impaciencia que en el
fondo de nuestra alma grita: "quiero vivir."

Pocos días después de esta conferencia, Pepe salió de
[25] Puerto Real. Había rehusado meses antes una comisión
del Gobierno para examinar bajo el punto de vista minero
la cuenca del río Nahara en el valle de Orbajosa; pero los
proyectos a que dió lugar la conferencia referida, le hicieron
decir:--"Conviene aprovechar el tiempo. Sabe Dios lo
[30] que durará ese noviazgo y el aburrimiento que traerá
consigo." Dirigióse a Madrid, solicitó la comisión de explorar
la cuenca del Nahara, se la dieron sin dificultad, a pesar de
no pertenecer oficialmente al cuerpo de minas, púsose luego
en marcha, y después de trasbordar un par de veces, el tren
mixto número 65 le llevó, como se ha visto, a los amorosos      22
brazos del tío Licurgo.

Frisaba la edad de este excelente joven en los treinta y
cuatro años. Era de complexión fuerte y un tanto hercúlea,
[5]  con rara perfección formado, y tan arrogante, que si llevara
uniforme militar, ofrecería el más guerrero aspecto y talle
que puede imaginarse. Rubios el cabello y la barba, no
tenía en su rostro la flemática imperturbabilidad de los
Sajones, sino por el contrario, una viveza tal, que sus ojos
[10] parecían negros sin serlo. Su persona bien podía pasar por
un hermoso y acabado símbolo, y si fuera estatua, el escultor
habría grabado en el pedestal estas palabras: _inteligencia,
fuerza_. Si no en caracteres visibles, llevábalas él expresadas
vagamente en la luz de su mirar, en el poderoso atractivo
[15] que era don propio de su persona, y en las simpatías a
que su trato cariñosamente convidaba.

No era de los más habladores: sólo los entendimientos
de ideas inseguras y de movedizo criterio propenden a la
verbosidad. El profundo sentido moral de aquel insigne
[20] joven le hacía muy sobrio de palabras en las disputas que
constantemente traban sobre diversos asuntos los hombres
del día; pero en la conversación urbana sabía mostrar una
elocuencia picante y discreta, emanada siempre del buen
sentido y de la apreciación mesurada y justa de las cosas
[25] del mundo. No admitía falsedades, ni mistificaciones, ni
esos retruécanos del pensamiento con que se divierten algunas
inteligencias impregnadas de gongorismo; y para volver
por los fueros de la realidad, Pepe Rey solía emplear a
veces, no siempre con comedimiento, las armas de la burla.
[30] Esto casi era un defecto a los ojos de gran número de personas
que le estimaban, porque nuestro joven aparecía un
poco irrespetuoso en presencia de multitud de hechos comunes
en el mundo y admitidos por todos. Fuerza es decirlo,
aunque se amengüe su prestigio: Rey no conocía la dulce
tolerancia del condescendiente siglo que ha inventado singulares 23
velos de lenguaje y de hechos para cubrir lo que a los
vulgares ojos pudiera ser desagradable.

Así, y no de otra manera, por más que digan calumniadoras
[5]  lenguas, era el hombre a quien el tío Licurgo introdujo
en Orbajosa en la hora y punto en que la campana de
la catedral tocaba a misa mayor. Luego que uno y otro,
atisbando por encima de los bardales, vieron a la niña y al
Penitenciario y la veloz corrida de aquélla hacia la casa,
[10] picaron sus caballerías para entrar en la calle Real, donde
gran número de vagos se detenían para mirar al viajero
como extraño huésped intruso de la patriarcal ciudad. Torciendo
luego a la derecha, en dirección a la catedral, cuya
corpulenta fábrica dominaba todo el pueblo, tomaron la calle
[15] del Condestable, en la cual, por ser estrecha y empedrada,
retumbaban con estridente sonsonete las herraduras, alarmando
al vecindario, que por ventanas y balcones se mostraba
para satisfacer su curiosidad. Abríanse con singular chasquido
las celosías, y caras diversas, casi todas de hembra,
[20] asomaban arriba y abajo. Cuando Pepe Rey llegó al arquitectónico
umbral de la casa de Polentinos, ya se habían
hecho multitud de comentarios diversos sobre su figura.




IV

=La llegada del primo=

EL señor Penitenciario, cuando Rosarito se separó bruscamente
de él, miró a los bardales, y viendo las cabezas del
[25] tío Licurgo y de su compañero de viaje, dijo para sí:

--Vamos, ya está ahí ese prodigio.

Quedóse un rato meditabundo, sosteniendo el manteo con
ambas manos cruzadas sobre el abdomen, fija la vista en el
suelo, con los anteojos de oro deslizándose suavemente
hacia la punta de la nariz, saliente y húmedo el labio          24
inferior, y un poco fruncidas las blanquinegras cejas. Era
un santo varón piadoso y de no común saber, de intachables
costumbres clericales, algo más de sexagenario, de afable
[5]  trato, fino y comedido, gran repartidor de consejos y advertencias
a hombres y mujeres. Desde luengos años era
maestro de latinidad y retórica en el Instituto, cuya noble
profesión dióle gran caudal de citas horacianas y de floridos
tropos, que empleaba con gracia y oportunidad. Nada más
[10] conviene añadir acerca de este personaje, sino que cuando
sintió el trote largo de las cabalgaduras que corrían hacia la
calle del Condestable, se arregló el manteo, enderezó el sombrero,
que no estaba del todo bien puesto en la venerable
cabeza, y marchando hacia la casa, murmuró--

[15] --Vamos a ver ese prodigio.

En tanto, Pepe bajaba de la jaca, y en el mismo portal le
recibía en sus amantes brazos doña Perfecta, anegado en
lágrimas el rostro y sin poder pronunciar sino palabras
breves y balbucientes, expresión sincera de su cariño.

[20] --¡Pepe... pero qué grande estás!... y con barbas...
Me parece que fué ayer cuando te ponía sobre mis
rodillas... ya estás hecho un hombre, todo un hombre...
¡Cómo pasan los años!... ¡Jesús! Aquí tienes a mi
hija Rosario.

[25] Diciendo esto, habían llegado a la sala baja, ordinariamente
destinada a recibir, y doña Perfecta presentóle
a su hija.

Era Rosarita una muchacha de apariencia delicada y
débil, que anunciaba inclinaciones a lo que los portugueses
[30] llaman _saudades_. En su rostro fino y puro se observaba
algo de la pastosidad nacarada, que la mayor parte de los
novelistas atribuyen a sus heroínas, y sin cuyo barniz sentimental
parece que ninguna Enriqueta y ninguna Julia
pueden ser interesantes. Pero lo principal en Rosario era
que tenía tal expresión de dulzura y modestia, que al verla     25
no se echaban de menos las perfecciones de que carecía.
No es esto decir que era fea; mas también es cierto que
habría pasado por hiperbólico el que la llamara hermosa,
[5]  dando a esta palabra su riguroso sentido. La hermosura
real de la niña de doña Perfecta consistía en una especie
de trasparencia, prescindiendo del nácar, del alabastro, del
marfil y demás materias usadas en la composición descriptiva
de los rostros humanos; una especie de transparencia, digo,
[10] por la cual todos las honduras de su alma se veían
claramente, honduras no cavernosas y horribles como las del
mar, sino como las de un manso y claro río. Pero allí
faltaba materia para que la persona fuese completa; faltaba
cauce, faltaban orillas. El vasto caudal de su espíritu se
[15] desbordaba, amenazando devorar las estrechas riberas. Al
ser saludada por su primo se puso como la grana, y sólo
pronunció algunas palabras torpes.

--Estarás desmayado--dijo doña Perfecta a su sobrino.--Ahora
mismo te daremos de almorzar.

[20] --Con permiso de usted--repuso el viajero,--voy a
quitarme el polvo del camino....

--Muy bien pensado--dijo la señora.--Rosario, lleva
a tu primo al cuarto que le hemos preparado. Despáchate
pronto, sobrino. Voy a dar mis órdenes.

[25] Rosario llevó a su primo a una hermosa habitación situada
en el piso bajo. Desde que puso el pie dentro de ella, Pepe
reconoció en todos los detalles de la vivienda la mano
diligente y cariñosa de una mujer. Todo estaba puesto con
arte singular, y el aseo y frescura de cuanto allí había
[30] convidaban a reposar en tan hermoso nido. El huésped
reparó minuciosidades que le hicieron reír.

--Aquí tienes la campanilla--dijo Rosarito, tomando el
cordón de ella, cuya borla caía sobre la cabecera del lecho.

--No tienes más que alargar la mano. La mesa de escribir
está puesta de modo que recibas la luz por la izquierda....     26
Mira, en esta cesta echarás los papeles rotos....
¿Tú fumas?

--Tengo esa desgracia--repuso Pepe Rey.

[5]  --Pues aquí puedes echar las puntas de cigarro--dijo
ella, tocando con la punta del pie un mueble de latón dorado
lleno de arena.--No hay cosa más fea que ver el suelo lleno
    
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