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Y en vano buscaban sus ojos en el semblante del joven indicios de los
sentimientos que con tanta ansiedad le pedía. El hacía esfuerzos por
permanecer inmutable ante aquella santa mujer, agitada por las
alternativas de un arrebato místico; y no sabiendo qué decir, dió un
paso hacia la puerta.
--No--dijo la devota, deteniéndole con más fuerza. ¿Marcharse usted? ¡Qué
idea! ¿Qué va á ser de mi? ¡Sola para siempre! La muerte lenta que me
espera es peor que si ahora mismo me matara usted ... ¡Y decía que era
agradecido! Usted es la misma ingratitud. Siempre lo he creído. Hay
personas que no merecen recibir la más ligera prueba de afecto. Usted es
uno de ésos. Y, sin embargo, por una fatalidad que nos cuesta tantas
lágrimas, siempre van dirigidos los más grandes tesoros de amor á las
personas que menos los merecen.
--No, por Dios; no me llame usted ingrato respondió Lázaro, viendo que
era ya imposible evadirse á las declaraciones que la teóloga exigía de
un modo tan apremiante.--Yo no soy ingrato, y menos con usted, que tan
bondadosa ha sido conmigo.
--Si usted olvidara eso, sería el más infame de los hombres. A pesar de
todo, siempre creí que no era usted tan malo como decían. Usted será
bueno; la felicidad hace buenas á las personas. Yo también espero serlo
... ¡Ah! ¿No sabe usted en qué he pensado? He tenido estos días llena la
cabeza con unas ideas ... No lo puedo contar. ¿Sabe usted? Pienso que
estoy destinada á largos días de paz y felicidad, de que disfrutará
alguien conmigo.
--¿Qué es eso?--preguntó Lázaro, algo tranquilizado por la esperanza de
que aquella nueva idea apartaría la conversación del fastidioso tema por
que había empezado.
--Es--continuó la santa con una amabilidad forzada que la hacía más
lúgubre,--es que yo he pensado que no puede existir perfección mayor que
la que ofrece la vida doméstica con todos los deberes, todos los goces,
todos los dolores que en sí lleva la familia. ¡Ay!, meditando sobre esto
he comprendido la esterilidad de mis rosarios, de mis rezos. ¿Qué estado
puede igualarse por su dignidad y nobleza al estado de la esposa, de
cuya solicitud penden tantas felicidades, la vida de tantos seres?
--Efectivamente, señora--dijo Lázaro muy confuso;--eso es cierto. Pero
las personas que, como usted, se elevan tanto por la meditación y la
abstracción; que se libran de las flaquezas humanas por su fortaleza,
son mucho más perfectas.
--¿Perfectas? ¡Qué loco es usted! ¿Y qué ha dicho usted de flaquezas?
¿Llama usted flaquezas á la verdad de nuestra naturaleza, que se
manifiestan como Dios las ha criado?
El aturdimiento del joven no tuvo límites.
--Aspirar á hacer la felicidad--continuó ella--de muchos seres por el
amor y los lazos de la familia, ¿es eso lo que usted llama flaquezas?
--No, señora; eso no.
--¡Oh! Usted se va á asustar de lo que le voy á decir. No lo creerá
usted; es inconcebible.
Lázaro, que creía ya que doña Paulita Porreño no podía decir nada más
inconcebible, tembló ante la promesa de nuevas y más extrañas
confidencias.
--Para realizar la felicidad y la paz con que yo he soñado, no basta el
amor; es decir, que para evitar mil irregularidades y disgustos es
necesaria además otra cosa. Cuando en la vida ocurren dificultades, el
mutuo amor se ve diariamente acibarado. Tiembla el uno por el otro;
tiemblan los dos por los hijos; la felicidad se ve comprometida á cada
instante; asusta el día de mañana; se tienen remordimientos de haberse
unido. Yo he comprendido esto á fuerza de imitación, y también me parece
que lo he leído en no sé qué libro.
--Es verdad, señora; yo comprendo lo que usted quiere decir--observó
Lázaro, admirado de tanta sabiduría.
--Pues yo voy á decir á usted una cosa que le sorprenderá mucho,
Lázaro--dijo Paulita, dirigiendo hacia el joven toda la melancolía y el
suave interés de su mirada. Voy á decirle á usted una cosa que le
sorprenderá sobremanera: yo soy rica.
Efectivamente, Lázaro se quedó absorto.
--Sí--continuó ella,--yo soy rica. Usted se maravilla. Conociendo la
vida que llevamos ... Este es un secreto que sólo confío á quien debo
confiarlo: á usted, única persona que ... El uso que yo pienso hacer de
esa riqueza, ya usted lo ha comprendido. Yo no debo hacer declaraciones
innecesarias. Nosotros nos hemos comprendido, hemos confundido nuestros
propósitos en uno sólo, ¿no es verdad?
--Sí, señora--dijo Lázaro, por contestar de algún modo á aquella
profundísima y grave pregunta.
--Yo soy rica. Hace poco hubiera dejado perder mi fortuna sin cuidado
ninguno. Siempre he despreciado todo eso. Pero hoy no; hoy pienso en ese
tesoro como un medio de vida. Para mí nada quiero; pero los hombres que
tienen ambición necesitan todo eso. Lo necesitamos, ¿no es cierto?
Lázaro, después de un momento de angustiosa vacilación, dijo otra vez:
--Si, señora.
--Era yo muy niña--continuó la dama;--había muerto mi tío; reinaba en
la casa la mayor desolación; nos preparábamos á mudar de habitación; ya
éramos pobres. Mi tía y mi prima estaban llorando; pero al mismo tiempo
muy ocupadas en la mudanza y en recoger los pocos muebles que nos
quedaron después del embargo. En un viejo reclinatorio de nogal había
hecho yo un altar, donde rezaba mucho. Teníalo cerrado por las noches,
y al abrirlo por las mañanas, al ver mis santos y mis imágenes, me
parecía tener allí un pedazo de cielo. Aquel día fué muy triste para
mí, porque tuve que desclavar mi altar del sitio donde estaba, y muchos
santos se me rompieron, dejando en el mueble el pedazo por donde
estaban pegados. En esta operación sentí que cedía bajo mi mano la
tabla del fondo, y quedaba descubierto un hueco. En este hueco había
una cajita muy bella de madera labrada. Traté de abrirla y la abrí sin
esfuerzo: estaba llena de dinero, casi todo en onzas muy antiguas.
Cerré la caja; ajusté la tabla que cubría el hueco, dejándola
cuidadosamente como estaba, y me callé. Trajeron el mueble á esta casa,
y en mi cuarto ha estado hasta hoy. Al principio miré aquello como un
juguete, como una reliquia. De noche, en el silencio de esta casa, lo
abría, contemplando con estupor las hermosas monedas que dentro había.
Varias veces traté de revelarlo; pero me detenía un recelo
supersticioso. A veces soñaba con fundar algún día una obra piadosa. No
he tocado nunca aquel dinero, y á pesar de la estrechez con que hemos
vivido, jamás me atreví á gastar ni un solo doblón. Me parecía que
debía guardar aquello para otros dias, que yo esperaba sin saber
por qué. Por instinto lo conservaba intacto, aunque pensaba que jamás
cambiaría de estado. El tesoro existe en el mismo sitio en que lo
encontré. Ha llegado el momento de usarlo para las necesidades de
nuestra vida. Es mío; ¿puedo dudarlo? Pertenecía á alguno de mis
parientes, que lo depositó allí para tenerlo seguro. A mí me pertenece
ahora; á mí, que lo encontré. Daré, sin embargo, la mitad á mi prima y
á mi tía, y si me acusan de no haberlo mostrado antes, les diré que, á
no haberlo conservado, me sería hoy imposible labrar las felicidades
que pienso labrar, y dar á mi vida y á la vida de otros la expansión
que necesitan. Lázaro no quiso agravar la situación, y repitió:
--Sí, señora.
La devota entró en su cuarto y volvió al poco rato con una cajita que
mostró al joven, diciendo cariñosamente:
--Aquí está. Es mía, es nuestra.
Y al decir esto se acercó á él con la caja, sostenida en las dos manos y
apoyada en el seno. La caja tocaba al pecho de Lázaro, y éste sentía el
empuje con tanta fuerza, que, por no caer, tuvo que dar un paso atrás y
extender los brazos hasta tocar los hombros de la santa.
--Hace usted bien--dijo el aragonés.--¿De qué sirve guardar ese dinero,
que puede ser útil á usted y á otros?
--Si--contestó Paulita con efusión.--Es nuestro. Ya no sabía Lázaro qué
partido tomar. Se decidió á concluir de una vez aquella penosa
situación.
--Señora--dijo,--yo me retiro. Es preciso que me retire....
--Sí--contesta ella,--y yo también. Vamos. Nos iremos juntos.
--¡Usted, señora, usted...!--exclamó Lázaro descompuesto.
--Sí, los dos. Vamos.
--Señora, usted delira. Eso es imposible.
--¡Imposible, imposible! No podemos quedarnos aquí.
--Es preciso que nos separemos, señora. Otra cosa sería una
inconveniencia y una desgracia tal vez.
--¿Qué dices?--balbuceó la santa con extravío. Su aspecto en aquellos
momentos infundía temor. Asemejábase á los enfermos atacados de
epilepsia cuando están á punto de caer en un angustioso paroxismo. Una
contracción, producida, al parecer, por el hábito de la sonrisa; una
tensión violenta de los párpados, como quien expresa el último grado del
asombro; palidez mortal, interrumpida por súbitas inflamaciones de
rubor; voz semejante á un quejido fatigoso y animada de repente con
vibración desentonada, eran los caracteres de su dolencia, próxima á
llegar al período de mayor exacerbación.
--¿Qué dices?--repitió después de una pausa.
--Usted está enferma, muy enferma, señora--dijo Lázaro, que empezó á
creer que doña Paulita deliraba ó estaba loca.
La mujer mística sonrió de un modo inefable mirando al cielo y
estrechando contra su pecho la caja del tesoro, como si fuera la persona
del mismo Lázaro. Después tomó al joven por el brazo, y atrayéndole
suavemente, dijo:
--Vamos, no entraremos más en este sepulcro.
--Usted no debe salir, no puede salir. ¿Qué dirán esas señoras? Cálmese
usted, por Dios, y reflexione....
--Vamos.
--¿Adonde hemos de ir? ¡Los dos! ¿No ve usted que eso es imposible?
¿Para qué? ¿Para qué nos vamos juntos?
Al oír esto, la devota se conmovió de pies á cabeza. Como si toda la
pasión acumulada y oculta en tantos años brotara en ella de una vez con
violenta sacudida, exclamó con fuerza:
--¡Necio!, ¿no ves que te adoro?
Lázaro quedó petrificado. La dama había hablado con toda la expresión de
la verdad humana; se había revelado en un solo esfuerzo y del modo más
categórico. Aquella violenta confesión la dejó postrada y sin aliento,
como si con sus palabras exhalara la mitad del alma. Lázaro le dijo con
mucha vehemencia:
--No lo merezco, señora. Yo soy muy inferior á usted; yo soy un
miserable, indigno de esa pasión. Pero no puedo estar aquí más. Ahora
más que nunca es mi deber declarar que soy el más malvado de todos los
hombres si no me aparto de aquí al instante. Obstáculos terribles que yo
no puedo ni podré nunca vencer se oponen á que yo manifieste nunca otra
cosa. Separémonos para siempre; otra cosa es imposible, imposible,
imposible....
Dijo esto con mucha energía, y se disponía á marcharse. La devota hizo
un gesto angustioso, cual si quisiera hablar. Parecía que después de lo
que dijo había quedado muda. Al fin pudo proferir estas palabras:
--Ven ... oye ... vamos....
--¡Jamás, señora, jamás!--exclamó el joven, dirigiéndose hacia la
puerta.
La devota inclinó la cabeza, agitó los brazos, soltando la caja; se
doblegó después de vacilar un momento, retrocediendo y avanzando; dió
un grito y cayó al suelo. Su cuerpo hizo retemblar el piso; las monedas
se esparcieron en derredor suyo; movió repetidas veces la cabeza,
afectada, al parecer, de un profundo dolor interno; llevóse ambas manos
al pecho, crispando los dedos, y al fin quedó quieta, sin más
movimiento que las expansiones violentas de su pecho, sacudido por una
respiración fuerte y ruidosa. Acudió Lázaro á levantarla con presteza,
y en el mismo momento se oyó el ruido de una llave y entraron muy
tranquilas Salomé y María de la Paz.
Júzgese lo extraño de aquella aparición y de aquella escena: Paulita,
tendida, con los síntomas de un grave accidente; Lázaro, demudado y
confuso; gran cantidad de monedas de oro, cosa desconocida en aquella
casa, derramadas con abandono por el suelo, y las dos arpías en la
puerta, mirándose como dos espectros.
El primer objeto que atrajo las miradas de Salomé fué el oro esparcido;
su primer movimiento fué lanzarse sobre él y empezar á recoger las
monedas, arrodillada en el suelo. Paz miró á Lázaro, se puso lívida de
miedo; miró á la devota, se llenó de ira, dió algunos pasos, y
recobrando la majestad de su carácter, preguntó:
--¿Qué es esto?
--Señora--dijo Lázaro, procurando dominar su situación,--un triste
suceso ... Doña Paulita está muy enferma ... Le ha dado un
accidente. Estábamos hablando.... ¡qué conflicto! Ahora mismo, ahora
mismo ha caído.
--¿Pero ese dinero...?--dijo Paz.
--Es suyo.
--¡Suyo!--exclamó la arpía con codicia.
Y volviéndose á Salomé, que recogía el oro, añadió:
--Dámelo, dámelo; yo he de guardar eso.
--Yo lo guardaré.
--¿Pero de dónde ha sacado ella ese dinero?--dijo la otra.
Lo tenía hace mucho tiempo contestó Lázaro, procurando, mientras las
Porreñas se ocupaban del oro, prestar algún alivio á la pobre enferma.
Paz, de rodillas, recogía monedas; Salomé, de rodillas, recogía también;
pero la gruesa, con su pesada mano, no igualaba en presteza á la
nerviosa, que iba más ligera y cogía dos piezas en lo que su tía
atrapaba una. Salomé parecía una loca. La mano izquierda de Paz, cuando
recibía de la derecha una nueva onza ó doblón, se cerraba, apretando los
robustos dedos y aferrándose sobre el oro con la firmeza y el ajuste de
una máquina. Al fin iban desapareciendo del suelo las áureas piezas.
Quedaban cuatro, tres, dos; quedaba una. Las manos de entrambas Porreñas
se lanzaron con presteza brutal sobre la última, y cayeron una sobre
otra, aplastándose allí mutuamente en repetidos golpes. Las dos ruinas
se miraron: parece que se querían tragar mutuamente. ¿Cuál de los dos
caracteres vencería al otro? Paz estaba hinchada de cólera, de orgullo;
estaba amoratada, apoplética. Salomé estaba amarilla y jadeante de
rencor, envidia y ansiedad. Sus labios, entreabiertos, mostraban los
blancos y finísimos dientes, como si quisiera infundir miedo á su rival
con aquella arma. Las dos estaban de rodillas y apoyadas en las manos, y
en aquella actitud, semejante en algo á la de las esfinges, las dos
arpías, revelando con intempestivo vigor sus encontradas pasiones, eran
como bestias feroces. Después de un rato de silencio, en que todas las
fuerzas de la envidia humana se midieron de una mirada con todas las
fuerzas del orgullo, la pantera dijo á la foca:
--¡Esto es mío!
--¡Tuyo! ¿Qué dices, imbécil? Esto es mío: era de mi padre ... Yo sé que
lo había guardado en alguna parte; pero no sabía yo dónde estaba.
--¡Vanidosa!--dijo Salomé, adelantando un brazo y una pierna.--Tu
nos has sumergido en la pobreza; tú tenías escondido este dinero.
¡Qué infamia!
--¡Hipócrita!--exclamó Paz retrocediendo,--quítate de mi presencia.
Dame ese dinero; no nos robes otra vez. Esto es mío.
--Era de mi padre: yo lo heredo. ¿Qué tienes tú que ver con esto? Dame
ese dinero.
Paz vió á Salomé cerca de sí. Alzó su brazo derecho y sacudió con
poderoso empuje la mano contra la cara de su sobrina, dándole un bofetón
tan fuerte, que ésta cayó al suelo como herida por una maza. Pero se
irguió sobre sus piernas, vació en el bolsillo las monedas que tenía en
la mano, se retiró un poco, como los carnívoros cuando van á dar el
salto, y se abalanzó hacia su tía. Antes que ésta pudiera defenderse,
los diez dedos puntiagudos y como acerados de su contraria estaban sobre
su cara, pegados cual si tuvieran un gancho en cada falange. Clavó las
uñas con frenesí en las carnosas mejillas y tiró después, dejando ocho
surcos sangrientos en la faz augusta de la vanidosa. Lanzó ésta un grito
de dolor. Lázaro tuvo que intervenir, y mientras levantaba del suelo á
Paz, recogió la nerviosa todas las monedas que su rival dejó caer en el
combate; se envolvió en un manto con presteza convulsa, y apretándose el
bolsillo, salió corriendo de la sala, tomó la escalera, descendió por
ella y huyó.
Lázaro no quiso presenciar más tiempo aquella escena. Vomitaba la vieja
su ira contra él, le decía las mayores injurias, le llamaba cobarde,
mandándole perseguir á su sobrina. El joven no podía resistir más el
horror que le inspiraba aquella casa maldita. Miró á la devota, que
permanecía aún sin movimiento, y afligido por la sin igual desventura de
mujer tan infeliz, salió de la casa.
CAPÍTULO XLIII
#Conclusión.#
Deseoso Lázaro de ver á su tío aquella mañana, fué á casa del abate
Carrascosa, y allí encontró otra escena de desolación. Estaba el ex
abate en su cuarto, sentado en una silla, con los pies sobre la
traviesa, en tal actitud, que parecía un pájaro posado sobre una rama.
Apoyaba los codos en las rodillas, sustentando la cabeza con las manos,
como si quisiera apuntalarla. Su expresión de tristeza era tal, y le
hacia tan raro, que el joven no pudo menos de preguntarle:
--¿Qué tiene usted, don Gil?
--¡Ay, don Lázaro, qué iniquidad! Se ha marchado. ¿Ve usted qué
iniquidad? ¡Yo, que la quería tanto! ...
Lázaro comprendió que doña Leoncia, el avecilla vizcaína, había volado.
--¿Pero cómo ha sido eso? ¿Qué motivo...?
--¡Es la más horrible conspiración! ... Ese chisgarabís, ese tunante, el
poetastro que vivía en ese cuarto, se la ha llevado. ¡Qué horror!
¡Siempre he aborrecido de muerte á los copleros!
--Consuélese usted, don Gil. Vamos á otra cosa. ¿Sabe usted dónde
está mi tío?
--Si le digo á usted que no he visto iniquidad semejante--murmuró el
abate, sin hacer caso de la pregunta. Y tenía una herencia, un
legadillo.... ¡Maldito catacaldos!
--Esa es la vida, don Gil.... Hay que conformarse.
--Tenía un legadillo.... Yo lo descubrí en la covachuela.
--Conque diga usted: ¿dónde podré encontrar á mi tío?
--Yo ... si he de decir á usted la verdad--prosiguió el abate, abstraído
por su desgracia,--no lo siento por ella, porque al fin y al cabo ...
pero tenía un legadillo....
--¿No me responde usted?
--Tenía un legadillo....
--Es imposible sacarle una respuesta.
--Tenía un legadillo....
Comprendió Lázaro que era inútil toda indagación. Salió de la casa,
dejando al abate en la misma actitud de mochuelo posado, y se fué á la
calle del Humilladero, donde encontró á Bozmediano, que le esperaba con
inquietud, y al verle llegar, le dijo:
--Amigo, le persiguen á usted. Es preciso tomar precauciones.
--¿Quién me persigue?
--Fácil es comprender que habrá personas disgustadas por lo que
hizo usted anoche. Esas personas le persiguen á usted; yo estoy
seguro de ello.
--Ya comprendo--repuso Lázaro.--¿Pero qué me importa?
--Hay que tomar precauciones, porque si se vengan, será de un modo
terrible. Mucho cuidado. Ahora han estado en la taberna cuatro personas,
que creo han traído el encargo de ver cuándo entraba y salía usted. Me
parece que lo mejor es que se marchen ustedes esta noche misma de
Madrid. Una vez que estén fuera y lejos....
--¡Qué contrariedad! Pero yo deseo salir. Nos marcharemos.
--Pues entretanto no salga usted á la calle. Yo arreglaré el viaje, y lo
haré de modo que nadie lo sepa. Sé que le buscan á usted, y los que le
buscan saben hacer las cosas.
--¿Y cómo han averiguado que estoy aquí?
--Dejemos eso. Hay que partir esta noche ó mañana mismo. Aquí no está
usted seguro. Mucho cuidado ... Yo volveré, y veremos el modo de salir
sin peligro. Creo que se conseguirá. Hasta luego.
Retiróse Bozmediano, y Lázaro entró á ver á Clara
--¿Las encontraste?--le preguntó la sobrina de Coletilla con curiosidad
y cierto temor.
--Sí--contestó él sonriendo al recordar la escena de las monedas, que
refirió después sin omitir el extraño incidente de doña Paulita.
Oyó Clara con mucho interés este último punto, y después dijo con
tristeza:
--Ya lo sabía.
--¿Cómo? ¿Ella te ha dicho algo?
--No; pero lo he conocido, me lo habla figurado. Tenía una sospecha ...
Aquella mujer es muy rara. ¡Si vieras qué miedo me daba cuando se ponía
á orar, quedándose mucho tiempo quieta é insensible, como si estuviera
muerta! Se ponía de rodillas, miraba al techo, y así estaba dos ó tres
horas sin moverse, y hasta parecía que no respiraba. La tocaba yo, y
nada; la llamaba, y no respondía. Por fin, después de mucho tiempo,
daba un suspiro y volvía en si.
--¿Y eso le pasaba con frecuencia?
--Si; muchas veces.
--Hay una enfermedad--dijo Lázaro--que llaman la catalepsia, y consiste
en un paroxismo, durante el cual la persona pierde el movimiento y el
habla, quedándose como muerta. Dicen que una de las causas que motivan
esta enfermedad es el misticismo religioso y el hábito de los éxtasis
y visiones.
--Eso será lo que tiene. ¡Pobre Paulita!
Aquella noche estaban los dos en el mismo cuarto, sentados junto á una
escasa lumbre. Clara se había levantado completamente restablecida.
Lázaro revolvía en su imaginación los peregrinos incidentes de los días
anteriores. Los dos estaban muy tristes; se comunicaban mirándose su
tristeza, y callaban. Tal vez pensaban en planes para lo futuro; quizás
ella estaba inquieta por la situación difícil en que uno y otro se
encontraban. Entonces entró Pascuala y dijo:
--¡Qué miedo! Desde el anochecer están paseándose por delante de la
puerta unos hombres. Esta tarde vinieron también. ¡Qué fachas! A veces
se paran á mirar _pa_ dentro, y me temo que si viene Pascual y los ve se
va á armar una ... ¡porque tiene un genio! ... se creerá que vienen por
mi ... porque como es una así ... tan guapetona ...
--Cierre usted la puerta.
--Ya cerré.
Clara se quedó pálida como un difunto. Ya le parecía que por ventanas y
puertas entraba una horda de facinerosos armados de puñales, pistolas,
cuerdas y otros instrumentos horribles.
--Cierra bien. Apaga esa luz. ¿Si se irán á entrar por esa
ventana?--dijo señalando un tragaluz por donde el gato, que tanto
respeto inspiraba al señor de Batilo, entraba con dificultad. Aquel
tragaluz daba á un patio perteneciente á la misma casa.
Batilo, que sin duda entendió lo del peligro en que los jóvenes se
hallaban, y quería probar que, aunque misántropo, era un perro
resuelto á todo, ladró en un tono que quería decir: "Nada hay que
temer mientras esté yo."
Un poco más tarde, Clara, que miraba con recelo aquel tragaluz
maldecido, se estremeció con horrible sacudimiento, dió un grito muy
agudo y sus ojos expresaron el pavor más grande.
--¿Qué tienes, qué hay?--dijo Lázaro con sobresalto. Clara, tal vez
dominada por el miedo, había creído ver instantáneamente en el tragaluz
los ojos vivos, la nariz puntiaguda de Elías Orejón, su tirano y
protector.
--¿Eres tonta?--le dijo Lázaro.--¿No ves que eso es efecto del miedo?
El miró y examinó atentamente: no había nadie. Salieron al patio, que
estaba lleno de escombros y de leña, y tampoco vieron nada.
Indudablemente había sido efecto del miedo.
El día siguiente pasó sin ningún suceso notable, y al anochecer llegó
Bozmediano. Lázaro, desde que le vió entrar, conoció que no estaba
tranquilo.
--¿Qué hay?
--Mucho peligro. Le acechan á usted. Yo he venido acompañado, por temor
de tener algún encuentro. Pero no tema usted. He traído bastante gente y
estamos seguros. Ahora mismo se van á marchar ustedes.
--¿Y saldremos ahora mismo?--dijo Clara con alegría, esperando no ver
más aquel tragaluz y dejar para siempre á Madrid.
--Sí, ahora mismo. Ya les he preparado un coche para que vayan de aquí á
Torrejón, donde tengo yo una casa. Allí pueden descansar hasta pasado
mañana, que pasa por allí una diligencia para Alcalá, y de Alcalá pueden
dirigirse á Aragón cuando quieran.
--¿Y cuándo llegaremos á Torrejón?
--Antes de que amanezca. Van ustedes en un coche de mi casa y con gente
de mi confianza. No tienen nada que temer: buenas mulas y buena
compañía. En Torrejón están ustedes seguros ... Aquí ... no lo creo. Es
preciso salir de esta casa y de Madrid inmediatamente.
--Pues vamos--dijo Lázaro con resolución.--No perdamos tiempo.
Rápidamente se prepararon uno y otro.
--¿No hay una puerta que dé á otra calle?--preguntó Bozmediano á
Pascuala.
--Sí, señor; pero hay que pasar por la casa del carbonero, que tiene
salida á la otra calle.
--Bien; por ahí saldremos. El coche espera en las afueras del portillo
de Gilimón. Los hombres que yo he traído están en la tienda. Que entren,
y saldremos todos por esa otra calle.
Pocos momentos después salían todos, incluso el perro de las
Porreñas, á quien Clara no quiso abandonar. Despidiéronse los
viajeros de Pascuala, y se dirigieron, acompañados de Bozmediano y
su gente, al portillo de Gilimón. Muy aprisa, por no dar lugar á que
algún curioso los descubriera, subieron al coche. El cochero y su
zagal iban en el pescante; un criado, hombre fuerte, armado de fusil,
iba dentro con Lázaro y Clara. Despidiólos Bozmediano muy
cordialmente y un tanto conmovido, y partió el coche por la ronda
para tomar la carretera de Aragón.
Tantas precauciones no eran inútiles, y es seguro que sin ellas habrían
tenido los fugitivos un mal encuentro, y quizás alguna desventurada
aventura que hubiera desviado las cosas del buen camino que llevaban. La
inquietud de Lázaro y los sustos de Clara no concluyeron hasta más allá
de Alcalá; y había realmente motivo para ello, porque el jurar de
Coletilla contra su sobrino era tal (según informes adquiridos por el
autor), que había jurado quitarle la vida. Pero Dios lo dispuso de otra
manera, y llevó sanos y contentos á la villa aragonesa á los dos
principales personajes de esta verídica historia, los cuales, una vez
descansados del viaje y repuestos del susto, no pensaron más que en
casarse; acertada idea que á toda persona en aquellas circunstancias se
le hubiera ocurrido. En ningún apunte de los que el autor ha tenido á la
vista para su trabajo consta el día en que se casaron; pero está probado
que no esperaron mucho tiempo, y que tuvieron venturosa sucesión. De
esto son pruebas evidentes varios mocetones que, años adelante, vieron
Bozmediano y el autor en un viaje que hicieron á un lugar de Aragón para
asuntos que no vienen al caso.
Cómo se acomodó Lázaro en su pueblo y qué medios de subsistencia pudo
allegar, es cosa larga de contar. Baste decir que renunció por completo,
inducido á ello por su mujer y por sus propios escarmientos, á los
ruidosos éxitos de Madrid y á las lides políticas. Tuvo el raro talento
de sofocar su naciente ambición y confinarse en su pueblo, buscando en
una vida obscura, pacífica, laboriosa y honrada la satisfacción de los
más legítimos deseos del hombre. Ni él ni su intachable esposa se
arrepintieron de esto en el transcurso de su larga vida. Así, en tan
dilatado período, el nombre de nuestro amigo, que había estado en
candidatura, digámoslo así, para entrar en la celebridad, no figuró en
la _Guía Oficial_, ni en listas de funcionarios, ni en corporaciones, ni
en juntas, ni en nada que pudiera hacerle traspasar las fronteras de
aquel reducido término de Ateca. Con paciencia y trabajo fué
alimentando la exigua propiedad de sus mayores, y llegó á ser hombre de
posición desahogada.
Así me lo ha contado Bozmediano, de quien recibí también noticias muy
interesantes de los demás personajes de esta historia. Especial deseo
tenía yo de saber algo de Coletilla; y un día que la suerte me deparó
un buen encuentro con don Claudio y sacamos á colación los sucesos que
referidos quedan, me vino á las mientes Coletilla, y hablamos
largamente de él.
--Ya el demonio se lo llevó--me dijo mi amigo.--Parece que aquel hombre
excéntrico recibió el más horrible castigo que, dado su carácter, podría
recibir. El Rey le despreció después del triunfo de 1824. Un día se
empeñaba Elías en ver al Rey; venía de la facción; había luchado por el
absolutismo como semejante hombre podía luchar por semejante causa.
Fernando, entre cuyos vicios descollaba la ingratitud, mandó salir
expresamente al lacayo del último de sus ayudas de cámara con orden
terminante de apalear á Coletilla dondequiera que le encontrase. Bajó el
lacayo y vapuleó al realista. Así pagan los tiranuelos. Después de este
lance, el fanático se puso malo. Dijeron algunos que se había dejado
morir de hambre; otros que se había vuelto loco; otros, y esto parece lo
más cierto, que le mató una profunda hipocondría.
--Y las señoras de Porreño, ¿qué fué de ellas?--le pregunté.
--Nada he podido averiguar de doña Salomé contestó.--Creo que ha
desaparecido de Madrid. Doña María de la Paz Jesús estaba en Segovia,
donde tenía una casa de huéspedes. Respecto á doña Paulita, sí he tenido
muchas noticias.
--¡Qué singular pasión la suya!
--Sí; después empezó á padecer ataques muy frecuentes de catalepsia. En
cuanto á su pasión, hay que reconocer que el recogimiento de su vida y
la circunstancia de haberse formado un carácter ficticio, influyeron en
aquella explosión repentina. Habíase educado en la vida devota, y la
condición mundana de nuestra naturaleza no se reveló en ella en edad
oportuna á causa de las anomalías de la juventud. Fué una niña hasta los
treinta años; y creo que hubiera sido una excelente mujer, adornada de
todas las prendas de lealtad y delicadeza que deben adornar á una
esposa, si aquella perfección engañosa, hija de una falsa educación, no
torciera en ella su verdadero carácter. Repitiendo lo que ella decía,
aunque modificándolo para no proferir una blasfemia, podemos asegurar
que la Naturaleza, no Dios, se burló de ella.
Poco después de las últimas escenas de esta historia se retiró á un
convento, y allí tenía opinión de santa, á lo cual contribuyó mucho la
catalepsia. Creyéronla muerta varias veces, y hasta trataron de
enterrarla en una ocasión; mas durante las exequias volvió en sí,
pronunciando un nombre que interpretaron todas las monjas como una señal
de santidad, pues entendían que repetía las palabras de Jesús: _Lázaro,
despierta_. Indudablemente era una santa. Ocho teólogos lo probaron con
ochocientos silogismos. Su vida era ejemplar, su trato tristísimo; oraba
mucho, y se dormía, se quedaba en éxtasis casi todos los días. Uno de
estos éxtasis fué tan largo, que las monjas sospecharon que no saldría
de él. Así fué, en efecto: no volvió en sí. Pero las monjas, por no
exponerse á un nuevo chasco, esperaron lo más posible, y al fin se
decidieron á enterrarla, seguras de que estaba bien muerta.
Madrid, 1867-68.
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