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por la calle de San Bernardino y la plaza de San Marcial arrastró en su
rapidez á la mayor parte de las personas acumuladas allí por la
curiosidad ó la participación en el motín. En vano algunos de los
llamados jefes trataron de impedir aquella desorganización con
improvisadas filípicas. La dispersión creció hasta el punto de que sólo
quedaron en la plazuela Lobo, Perico Ganzúa, Pinilla y el cadáver del
Doctrino, que, herido mortalmente en el cráneo al entrar en el portal,
había podido retroceder hasta la plaza, donde cayó. Quince ó veinte le
rodeaban, dudando si escapar con los demás ó defenderse. Las tropas de
la casa no habían salido; la caballería avanzaba, y los nacionales
llegaban ya al palacio de Liria.
--Es una locura; huyamos--gritó Pinilla.
--¿Y qué hacemos con éste?--dijo uno, señalando el cadáver del Doctrino.
--¿Qué hemos de hacer? ¡Bonita reliquia para cargar con ella!
--¿Tiene algún papel en el bolsillo? ¡A ver, quitárselo pronto!
Pinilla le registró cuidadosamente.
--No tiene papeles, pero sí un bolsillo.
--A ver, venga--dijo Lobo.
Pinilla se lo guardó en su cinto; todos corrieron, y la plaza quedó
desierta hasta que la ocupó la tropa.
CAPÍTULO XLI
#Fernando el Deseado.#
No hemos examinado aquella agitada sociedad más que en una sola faz. Las
altas regiones del Poder han permanecido impenetrables para nosotros;
pero ahora nos toca hacer una excursión hacia los elevados lugares,
lugares que llamaba el público la _Casa Grande_, para conocer, aunque no
con la profundidad que el caso exige, la fuente del abominable complot
anteriormente descrito.
En una sala del pabellón, que forma un martillo en la fachada oriental
de Palacio, estaba Fernando VII en la misma noche del motín. En aquel
pequeño despacho no recibía á los ministros; aquélla no era la cámara:
era la camarilla. Allí habían privado grandemente en épocas anteriores
el duque de Alagón, Lozano de Torres, Chamorro, Tattischief y otros
memorables personajes de los seis años que siguieron á la vuelta de
Valencey. Alguna vez los ministros eran favorecidos con su admisión en
aquel recinto de perfidias y adulación, y allí las sonrisas de Fernando
para sus secretarios eran siempre siniestras. Cuando sonreía á un
liberal, malo. Este axioma cortesano tuvo gran boga del 20 al 23.
Aquella noche estaba con Coletilla, su perro favorito. Sentados junto á
una mesa el uno frente al otro, tenían delante unos papeles, que sin
duda eran cosa importante por la atención con que los leían y anotaban y
por la actitud satisfecha con que el Rey celebraba lo que allí estaba
escrito. Fernando se permitía algunas agudezas de vez en cuando, porque
era hombre, como todos saben, que poseía en grado eminente la propensión
á la burla, que ha sido siempre constantemente adorno del carácter
borbónico. Coletilla, que no acostumbraba á reírse, reía también, por
considerar desacato no reproducir en su fisonomía complaciente y esclava
todas las alteraciones de la regia faz de su amo.
--Señor, esta noche--dijo--es la noche de la redención. ¡Dios quiera en
su altísima justicia que nuestra empresa llegue á feliz término! Yo así
lo espero; confío mucho en el valor de los que están encargados del
negocio. Señor, V.M. recobrará sus divinos atributos, usurpados por una
turba de habladores sin honor ni nobleza. España va á despertar. ¡Ay de
aquellos que sean sorprendidos en el error, cuando la patria sacuda su
letargo, abra los ojos y vea...!
Fernando no contestó: había inclinado la cabeza y parecía muy
meditabundo. La luz de una lujosa lámpara le iluminaba completamente el
rostro, aquel rostro execrable que, para mayor desventura nuestra,
reprodujeron infinidad de artistas, desde Goya hasta Madrazo. Es
terrible la infinita abundancia de retratos de aquella cara repulsiva
que nos legó su reinado. España está infestada de efigies de Fernando
VII, ya en estampa, ya en lienzo. Esa cara no se parece á la de tirano
alguno, como Fernando no se parece á ningún tirano. Es la suya la más
antipática de las fisonomías, así como es su carácter el más vil que ha
podido caber en un ser humano. Estupenda nariz, que sin ser deforme como
la del conde-duque de Olivares, ni larga como la de Cicerón, ni gruesa
como la de Quevedo, ni tosca como la de Luis XI, era más fea que todas
éstas, formaba el más importante rasgo de su rostro, bastante lleno,
abultado en la parte inferior, y colocado en un cuerpo de buenas
proporciones. La vanidad austríaca no hubiera puesto su boca prominente
debajo de la nariz borbónica, símbolo de doblez, con más acierto y
simetría que como estaba en la cara de Fernando VII. Dos patillas muy
negras y pequeñas le adornaban los carrillos, y sus pelos, erizados á un
lado y otro, parecían puestos allí para darle la apariencia de un tigre
en caso de que su carácter cobarde le permitiera dejar de ser chacal.
Eran sus ojos grandes y muy negros, adornados con pobladísima ceja que
los sombreaba, dándoles una apariencia por demás siniestra y hosca.
Respecto á su carácter, ¿qué diremos? Este hombre nos hirió demasiado,
nos abofeteó demasiado para que podamos olvidarle. Fernando VII fué el
monstruo más execrable que ha abortado el derecho divino. Como hombre,
reunía todo lo malo que cabe en nuestra naturaleza; como rey, resumió en
sí cuanto de flaco y torpe puede caber en la potestad real. La
revolución de 1812, primera convulsión de esta lucha de cincuenta años,
que aún dura y tal vez durará muchos más, trató de abatir la tiranía de
aquel demonio, y en sus dos tentativas no lo consiguió. La revolución
hubiera abatido á Nerón, á Felipe II, y no abatió á Fernando VII. Es
porque este hombre no luchó nunca frente á frente con sus enemigos, ni
les dió campo. No fué nuestro tirano descarado y descubiertamente
abominable; fué un histrión que hubiera sido ridículo á no tratarse del
engaño de un pueblo. Nos engañó desde niño, cuando, fraguando una
conspiración contra un favorito aborrecido, muy superior á Fernando por
su inteligencia, adquirió una popularidad que pronto pagó España con la
sangre de sus mejores hijos. Fernando fué mal hijo: conspiró contra su
padre Carlos IV, cuya imbecilidad no disminuía el valor de su
benevolencia; conspiró contra el trono que debía heredar más tarde, y
aun amenazó la vida del que le dió el ser. Después se arrastró á los
pies de Napoleón como un pordiosero, mientras España entera sostenía por
él una lucha que asombró al mundo. Al volver del destierro pagó los
esfuerzos de los que él llamaba sus vasallos con la más fría ingratitud,
con la más necia arrogancia, con la anulación de todos los derechos
proclamados por los constituyentes de Cádiz, con el destierro ó la
muerte de los españoles más esclarecidos; encendió de nuevo las hogueras
de la Inquisición; se rodeó de hombres soeces, despreciables é
ignorantes, que influían en los destinos públicos como hubiera podido
influir Aranda en las decisiones de Carlos III; persiguió la virtud, el
saber, el valor; dió abrigo á la necedad, á la doblez, á la cobardía,
las tres fases de su carácter. Restablecido á pesar suyo el sistema
constitucional, tascó el freno, disimuló como él sabía disimular,
guardando el veneno de su rabia, devorando su propio despecho,
encubriendo sus intentos con palabras que nunca pronunció antes sin risa
ó encono. Lo que es capaz de tramar un ser de éstos, tan hipócritas como
cobardes, se comprende por lo que tramó Fernando en aquellos tres años
desde las mil facciones y complots realistas, alimentados por él, hasta
el complot final de los cien mil hijos de San Luis, que Francia mandó al
Trocadero. Así recobró lo que en jerga real llamaba él sus derechos,
inaugurando los diez años de fusilamientos y persecuciones en que la
figura de Tadeo Calomarde apareció al lado de Fernando, como Caifás al
lado de Pilato. El pacto sangriento de estos dos monstruos terminó en
1823, en que Dios arrancó de la tierra el alma del Rey, y entregó su
cuerpo á los sótanos del Escorial, donde aún creemos que no ha acabado
de pudrirse.
Pero con este fin no acabaron nuestras desdichas. Fernando VII nos dejó
una herencia peor que él mismo, si es posible: nos dejó á su hermano y á
su hija, que encendieron espantosa guerra. Aquel rey que había engañado
á su padre, á sus maestros, á sus amigos, á sus ministros, á sus
partidarios, á sus enemigos, á sus cuatro esposas, á sus hermanos, á su
pueblo, á sus aliados, á todo el mundo, engañó también á la misma
muerte, que creyó hacernos felices librándonos de semejante diablo. El
rasgo de miseria y escándalo no ha terminado aún entre nosotros.
Pero no hagamos historia y sigamos nuestro cuento.
--¿Y olvidaréis, señor, lo que me habéis prometido para mi
sobrinillo?--dijo Elías.--¡Ah!, yo quisiera que V.M. le conociera: es el
botarate mayor que ha nacido. Anoche habló en _La Fontana_ y les volvió
locos. Le aplaudían con unas ganas ... Yo también le aplaudí. Con tres
oradores así nos hubiéramos ahorrado mucho dinero. El pobre ha hecho
bastante. Sí, señor; mi sobrino lo merece, lo merece....
--Basta que sea tu sobrino, y que tú tengas empeño en darle ese
destinillo ... Sí; te lo nombro consejero de la Intendencia de
Filipinas. Hará carrera. A mí me gustan los chicos así ... exaltados....
--Señor--dijo Elías humillando su cabeza hasta tocar con la nariz el
tapete de la mesa,--yo no sé cómo V.M. no se cansa de protegerme. Yo,
que jamás oculto la verdad á V.M., me atrevo á decirle respetuosamente
que mi sobrinillo no merece semejante favor. Es un loco: tiene la cabeza
llena de desatinos, y creo que jamás será un hombre formal. Si me atreví
á pedir á V.M. ese favor, fué por los servicios que ha prestado el chico
á nuestra santa causa, uniéndose á esos admirables, aunque indirectos,
instrumentos de justicia que esta noche van á salvar la patria.
--Tu sobrino merece el destino, y punto concluido. Aquí tengo el
decreto--dijo el Rey mostrando uno de los papeles.
Después añadió sonriendo:
--Al fin llegará un día en que promulgue una ley por mi cuenta y riesgo.
Si viniera Feliú y viera estos decretos hechos y firmados por mi sin
consultarle....
--Me parece que no los verán Feliú ni otros muchos: de eso
respondo--dijo Coletilla siniestramente.--Dios permitirá que las sabias
leyes de un rey justo salgan á luz pública y lleven el orden, la
obediencia y el respeto al ánimo de todos los españoles. Mañana, señor,
mañana. Lo primero, señor--prosiguió después de haber mirado al cielo un
buen rato,--es nombrar los capitanes generales y los regentes de todas
las Audiencias, gente de confianza que vaya al momento á cumplir las
leyes perentorias de seguridad pública que les daréis. El Rey hizo con
la mano ese gesto frecuentísimo que indica la actitud de castigar. Una
contracción de boca dió la última expresión á aquel gesto admirable.
--Señor--continuó el consejero áulico,--yo me atrevería á recomendar á
V.M. una cosa; y es que nada sería más funesto que una clemencia, que
podríamos llamar criminal. Recuerde V.M. lo del año 14. Si ahora, como
entonces, se contenta V.M. con mandar al Fijo de Ceuta á ciertas
personas....
Coletilla, aunque observaba siempre en la conversación las fórmulas de
la etiqueta absolutista, hizo con la mano, fijando el pulgar bajo la
barba y agitando los demás dedos, un gesto que el Rey entendió
perfectamente.
--Ya veremos lo que se hace--dijo Fernando, significando con una
oscilación de su labio que no sería tan blando como en 1814.--Ya son las
doce--añadió mirando un reloj.--¿Sabes que no se siente por ahí todo el
ruido que fuera de desear?
--Por aquí no vendrán, señor. Ya saben que está aquí la Guardia Real,
que no admite bromas.
--Ya la Guardia sabe lo que tiene que hacer: acercarse aquí y no hacer
manifestaciones en favor de nadie. Después....
--Me parece que siento ruido de voces ... allá ... hacia los Caños--dijo
Coletilla acercándose al balcón y aplicando el oído con la insidiosa
cautela de un ratero.
--Sí; pero es hacia San Marcial, hacia allá abajo. Creo que en la plaza
de Afligidos pasa algo ya--dijo el Rey.
--Sí; allí deben estar ya. Allí es la cosa ... ¿No se horroriza V.M. al
considerar qué planes inicuos podría fraguar allí esa gente? Tal vez
algún atentado contra el Trono ó contra la vida de V.M. ¿Quién sabe?
Todo se puede esperar de liberales.
--Alguna coalición parlamentaria, como dicen. Pensarían presentar alguna
ley, y se ponían de acuerdo con la mayoría para votarla.
--Para eso, señor, no se reúnen tantas personas de noche, con tales
precauciones y con el mayor secreto.
--Es que me tienen miedo--dijo el Borbón.--Saben muy bien que yo puedo
destruir sus planes acá con mi gramática parda, sin andarme en
constitucionalidades. ¡Oh! Bien me conocen ellos. También me figuro que
han tenido noticia por algún conducto de mis relaciones con la Santa
Alianza, ó habrán sabido mi correspondencia con Luis XVIII. Pero con tal
que lo de esta noche salga bien, poco importa lo demás.
En Palacio cundió la alarma con las noticias que llegaron del tumulto de
la capital. El Monarca, cuando recibió á sus gentileshombres y al jefe
de la Guardia, se mostró muy sorprendido, y hasta juró que tendrían los
amotinados pronto y ejemplar castigo. Volvió á la camarilla y al lado de
su consejero áulico, que estaba alborozado por haber sentido una
algazara más fuerte que la anterior.
--Señor--murmuró,--ya, ya ... Por el ruido parece como que vuelven.
--¿Vuelven? dijo el Rey con ansiedad.--¿De dónde?
--De allí. ¡Vuelven! Tal vez trayendo por trofeo....
Mucho tiempo estuvieron los dos escuchando con grande atención y
ansiedad. Pasaron media hora en silencio, sólo interrumpido por algunas
frases de Coletilla y algunos monosílabos del Deseado. Al fin sintieron
el ruido de un coche que paraba á las puertas de Palacio.
--¿Quién será?--dijo el Rey con una gran alteración de semblante y
pasando á la cámara.
Anunciaron al ministro de la Gobernación. Fernando volvió á la camarilla
y miró á Elías con una cara en que el consejero leyó despecho y
desaliento.
--¡El ministro de la Gobernación! ¿No me dijiste que iba también allí?
--Señor--dijo Coletilla, en la actitud de una zorra apaleada,--preciso
es que haya acontecido algo extraordinario. Feliú también iba allá.
--¡Está aquí!--dijo Fernando, hiriendo fuertemente el suelo con el
pie.--Todo se ha perdido. Feliú viene; escóndete por ahí cerca. Le
recibiré aquí mismo. Quiero que oigas lo que dice.
Escondióse Coletilla. El Rey hizo pasar al ministro á la camarilla.
Venía Feliú muy agitado; pero Fernando estaba sereno, al menos en
apariencia. Indicó que acababa en aquel momento de tener noticia de una
borrasca popular, y que la juzgaba de poca importancia.
--Señor--dijo el secretario,--más que un motín producido por el
descontento del pueblo, parece esto un complot ideado por personas que
hacen de ese mismo pueblo un instrumento de disolución y anarquía.
--¿Pero quién, pero quién?--dijo Fernando fingiéndose incomodado, y lo
estaba en realidad, aunque por causa distinta.
--Esos exaltados, enemigos constantes del Gobierno de V.M., porque no
les permite llevar el uso de los derechos hasta el desenfreno.
--¿Pero qué piden esta noche?
--Han pretendido allanar la casa de Álava; han intentado asesinarle, á
juzgar por la actitud de las turbas que allí se reunieron. Pero avisado
oportunamente por un joven que estaba en el secreto de la conspiración,
dió parte y se colocaron algunas fuerzas dentro de la casa, pudiendo
evitar un horrible crimen.
--¿Y dónde ha sido eso?
--En la plazuela de Afligidos.
--¿No vivía Álava en la calle de Amaniel?--preguntó el Rey con una
mirada que estuvo á punto de turbarle.
--Si, señor: allí vivía; pero desde algún tiempo se ha mudado á esta
otra casa, que es suya también. Por fortuna, las turbas no han podido
realizar su infame designio. Al separarme yo de mis compañeros, el
ministro de la Guerra había dado las órdenes necesarias, y el orden
estaba restablecido completamente.
--Pero no puedo comprender que se amotinara todo un pueblo para
atropellar á un solo hombre. ¿No sería que en esa casa se reunían muchos
de los que el pueblo odia? De cualquier modo que sea, es preciso un
pronto castigo. Espero que no os dejaréis burlar por esa canalla. Caiga
el peso de la ley sobre ella, y á ver si de una vez se acaban estos
motines, Feliú, que bien se puede asegurar que desde que tienen libertad
los españoles no nos acostamos un día tranquilos.
--Señor, los esfuerzos del Gobierno son inútiles para conseguir ese fin.
Es cosa que desespera y aturde ver cómo nos es imposible tranquilizar á
ciertas gentes. Por todas partes aparecen partidas de facciosos movidas
por una parte del clero. Hay todavía muchos espíritus apocados que no
quieren creer que el interés de V.M. y de la nación consiste en el
sistema que todos amamos y defendemos. Hay personas tan ciegas, que aún
no han llegado á comprender que es V.M. el que más ama y el que más
desea su cumplimiento. Todas las leyes liberales que V.M. sanciona y
promulga con gran sabiduría, no bastan á convencerles. ¿Qué hacemos
contra tales gentes?
Fernando estaba ciego de furor al comprender adonde iban dirigidas las
embozadas alusiones del ministro. Era tan rastrero y cobarde, que, á
pesar de su ira, habló para fulminar anatemas contra los que aún soñaban
con la restauración del absolutismo.
--El atentado de esta noche se ha reprimido--dijo el ministro.--¡Quiera
Dios que podamos impedir los que traten de perpetrar mañana! Es preciso
buscar en su origen el remedio de este mal. Yo creo que el partido
exaltado no es el único autor de estos desórdenes.
--¿Pues quién?--preguntó el Rey, que, á pesar de su cobardía, sintió
en aquel momento herida su dignidad, y se puso muyencendido.--¿Quién,
Feliú?
--Señor, yo me encargaré de averiguarlo, y propondré á V.M. los medios
de darles un ejemplar castigo. Se sabe que entre la juventud más
acalorada se ingieren ciertas personas que jamás tuvieron nota de
liberales ni mucho menos. Dicen que esas personas trabajan continuamente
para llevar al pueblo á los excesos que lamentamos. Esas gentes, señor,
son, á mi modo de ver, los enemigos de V.M. Sobre ellos debemos dirigir
los ojos de la vigilancia y la mano de la justicia.
--Sí--contestó Fernando con su acostumbrada hipocresía.--Si; hay
insensatos que juzgan que para mi hay gloria, hay dignidad fuera de la
Constitución, y estoy dispuesto á castigar á ésos con más rigor que á
los frenéticos demagogos. Energía, energía es lo que quiero.
--Señor, no tengo palabras con que abominar bastante la conducta de un
hombre muy conocido en Madrid; uno que ha tenido la osadía de usar,
profanándolo, el nombre de V.M. para disculpar sus horribles
maquinaciones. Ese hombre es más criminal que los mayores asesinos, que
los más rabiosos anarquistas; ese hombre corrompe al pueblo, corrompe á
la juventud exaltada; frecuenta los clubs ... Pero nada de esto sería
grave si no se atreviera á tomar en boca un nombre que aman todos los
españoles como símbolo de paz y libertad. Ese hombre se llama Elías, y
es conocido por Coletilla en los clubs.
--Pues á ése y á otros como ése es preciso exterminarlos--dijo el Rey,
usando su palabra favorita.--Esa canalla es la que más daño hace á mis
intenciones, extraviando la opinión del pueblo.
--Yo respondo, señor, que de esta vez haré todo lo posible para que ese
hombre no se escape. Ya otras veces se ha procurado prenderle; pero no
sé cómo consigue evadirse de la Justicia, y pasea después su cinismo por
todas las calles de Madrid, por todos los clubs. Esta vez no creo que se
nos escape. Ya daremos con él. Precisamente esta noche, Bozmediano, que
se hallaba en casa de Álava, me ha dicho que tuvo noticia del complot
pocas horas antes de haber sido intentado, por un sobrino del mismo
Coletilla, joven que el infame quiso poner al servicio de sus viles
propósitos.
--Pues es preciso premiar á ese joven--dijo Fernando, empeñado cada vez
más en disimular la agitación que le dominaba.
--Si, señor; es un joven de mérito, según me ha dicho Bozmediano, y muy
buen liberal. Antes de ocurrir este lance me lo había propuesto para una
plaza de oficial en el Consejo de Estado, y lo he concedido.
--Bien; me gusta que se premie esa clase de servicios.
--Mañana podré traer á V.M. un parte detallado de lo ocurrido esta
noche. Además, creo que el ministro de la Guerra no tardará, y él
enterará á V.M. de las precauciones que hemos tomado.
--¿Esta noche?--dijo el Rey con hastío.
--Veo que V.M. quiere descansar. Por esta noche no hay nada que temer.
Puede V.M. reposar tranquilo.
--Bien; puedes retirarte.
Fuése el ministro, y es de creer que se fué satisfecho por haber dicho
cosas que sólo en aquellos momentos de irritación y sobresalto se
hubiera atrevido á decir al Soberano. Feliú era hombre tímido, y es la
verdad que á su indecisión se debieron muchos de los lamentables sucesos
ocurridos en aquel trastornado período.
Cuando Fernando se encontró solo abrió una mampara, y Elías, que estaba
oculto, se presentó. La imagen del consejero áulico daba pavor. Estaba
lívido; le temblaban los labios, secos por el calor de un aliento que
sacaba del pecho el fuego de todos sus rencores. Crispaba los puños, y
aun se hería con ellos en la frente, produciendo el sonido desapacible
que resulta de la seca vibración de dos huesos que se chocan.
--¿Ves?--le dijo el Rey, encendido de furor y dando en el suelo una
real patada, que estremeció la sala.--¿Ves lo que ha pasado? ¿Oíste?
Vuelve á decirme que todo era cosa segura, que confiara en ti, que tú lo
harías todo. ¡Ah, qué desgraciado soy!--añadió con desaliento.--¡Que no
encuentre yo un hombre! ¡Un hombre es lo que yo necesito, un hombre!
--Señor--murmuró Elías, alejado del Rey como el perro que ha recibido un
palo de su amo.--Señor, nos han vendido!... ¡Ese sobrino mío, ese infame
nos ha vendido!
--No--dijo Fernando con repentino acceso de ira;--tú, con tu imprudente
conducta, me has comprometido. Ya ves, todo el mundo sabe que eres
agente mío. ¿No viste cómo con buenas palabras me lo dijo Feliú? ¡Oh, le
hubiera arrancado la lengua! ¡Tú me has vendido!
--Señor--replicó Coletilla con voz en que había algo de llanto,--señor,
traspasadme el corazón, pero no digáis que os he vendido. Yo no puedo
venderos. Abofeteadme; escupidme, señor, antes que decirme tal cosa ...
Vuestra causa ha sido siempre mi único pensamiento; á ella me he
dedicado con toda la actividad de que soy capaz. Es que Dios, señor,
permite ciertas cosas; Dios pone á prueba nuestro temple y nuestro
valor. No me culpéis á mí, señor; yo os he servido como un perro.
En aquel momento, podemos asegurarlo, Coletilla habría quedado muy
satisfecho si Fernando hubiera cogido en su cobarde mano la espada
augusta de sus mayores, atravesándole con ella. Pero Fernando no hizo
tal cosa. Coletilla sintió todo el menosprecio de su amo, y aquel
puntapié moral le lastimó más que una puñalada. El fanático realista
hubiera visto con terror, pero no con asombro, que el Deseado le mandara
colgar de una almena ó le hiciera apoyar la cabeza sobre el tajo feudal
para recibir el hachazo del verdugo. Acercóse al Rey, se le arrodilló
delante, y dijo con gran energía:
--Señor: yo os juro, en nombre de vuestros mayores, que esta derrota
aparente que hemos sufrido no es más que el preludio de la gran victoria
que ha de poner remate á nuestra empresa. ¡Yo os lo juro! Despreciad las
alusiones de Feliú, despreciadlo todo. Seguid; sigamos. Los leales
existen; sólo falta el primer paso. ¿Tropezamos esta noche? Mañana no
tropezaremos: os respondo de ello, os lo juro.
Levantóse lentamente; hizo una profunda reverencia, inclinándose lo más
que pudo, y se dirigió á la puerta, volviendo el rostro varias veces á
ver si el Rey le miraba. El Rey no le miró. Estaba muy ensimismado; de
vez en cuando hería el suelo con el pie, ocultando la cabeza entre las
manos sin decir palabra. Coletilla, desde la puerta, esperó una mirada
del Deseado; no la consiguió, y fuése, sintiendo, al par de su
concentrada rabia, dolorosa impresión de agravios y desconsuelo que le
ponía en el corazón un dolor inaudito.
CAPÍTULO XLII
#Virgo potens#.
Lázaro quedó dentro de la casa de Álava durante los breves y angustiosos
momentos que duró la tentativa de lucha entre el pueblo y la tropa.
Sentían desde allí el rumor popular, y por instantes creyeron que había
llegado la última hora de todos ellos. El objeto que allí reunía á los
ilustres personajes era tratar de los medios que podían emplearse para
impedir las frecuentes conspiraciones de Palacio. Pueden burlarse las
cábalas de un partido, de dos; pero contra las del Soberano, símbolo de
legalidad, ¿qué fuerza puede tener un Ministerio? Si hay algo más
terrible que la anarquía, son las camarillas. Contra esto no hay arma
eficaz, á no ser el arma de un regicida. No podemos asegurar si en
aquellas reuniones se trató de poner en práctica el artículo de la
Constitución; idea que después, con gran escándalo de Europa, se realizó
en las Cortes de Sevilla del año 23. Pero sí podemos asegurar que
aquellos hombres se ocuparon, con la aflicción y desaliento que era
natural, de los rumores de intervención francesa, de las relaciones
secretas de Fernando con Luis XVIII, y, por último, del ejército de
observación puesto por el Gobierno francés en la frontera con el
pretexto de cordón sanitario.
Volvamos á nuestro cuento. Cuando terminó el peligro y se alejó la
multitud, la mayor parte de las personas permanecieron en la
huerta, subiendo á la casa tan sólo los tres que habían de figurar
en el reconocimiento ordenado por la autoridad. Todo se arregló de
modo que en el parte del capitán general que había de publicarse
al día siguiente, no figurara la existencia de reunión secreta ni
cosa parecida.
Al amanecer se fueron todos custodiados por la tropa y con mucho sigilo.
Lázaro, sin que nadie le custodiara, se fué á la calle del Humilladero.
Clara, que había tenido noticia del alboroto de aquella noche, estaba en
la mayor inquietud. A cada ruido que sonaba en la calle se incorporaba
con grande agitación y sobresalto. Decíale Pascuala mil cosas divertidas
para distraerla, y á cada momento le contaba las estratagemas que tuvo
que poner en juego para que su Pascual no se echara á la calle, teniendo
que encerrarle en la casa y esconderle la escopeta en lo más profundo
del sótano. El tabernero, que en realidad era un hombre pacífico, viendo
que le cerraban la puerta y le impedían ir á cubrirse de gloria en las
calles, se bebió lo mejor de su comercio, y sin hacer alborotos, porque
también eran pacíficas las monas que cogía, se tendió en el banco y
empezó á roncar de tal modo, que parecía su voz una burla durmiente del
ronquido popular que sonaba en las calles.
Esperó Clara toda la noche con mortal inquietud; pasó una hora y otra
hora, y rezó todas las oraciones que sabía, sin olvidar las que le había
enseñado doña Paulita. Su buen amigo no volvió hasta la mañana. Cuando
ella vió que no estaba herido, que no le faltaba ningún brazo, ni media
cabeza, ni tenía en el pecho ningún tremendo, sangriento agujero, como
ella había soñado con horror, se quedó tranquila y en extremo contenta.
--¡Si vieras lo que he hecho esta noche!--dijo Lázaro, sentándose
fatigado y sin aliento junto al lecho.--He salvado la vida á más de
veinte personas, los hombres más esclarecidos de España. Iban á ser
villanamente asesinados esta noche.
--¡Jesús!--exclamó Pascuala, llevándose las manos á la cabeza.--¡Qué me
alegro de que mi Pascual no hubiera salido! Si sale, me lo asesinan.
--Una infernal maquinación estaba preparada para matarlos en un sitio
en que estaban reunidos. Todo por ese hombre malvado ... ¡Si vieras
qué tumulto!
--¡Ah, no salgas, por Dios!--dijo Clara.
--Es preciso salir. Sé que tratan de prender á mi tío, que tratan de
hacerle justicia. Lo merece, es cierto; pero yo que hice cuanto pude
para impedir la realización de sus inicuos planes, trataré también de
salvarle á él. Es hermano de mi madre. Si avisándole que tratan de
prenderle se salva, y no le aviso, mi conducta es criminal. Es un
infame, con vergüenza lo confieso; pero si no impido su persecución y su
muerte, tendré remordimientos toda mi vida.
La huérfana no pudo resistir un sentimiento de lástima y piedad hacia
aquel hombre excéntrico que, sin dejar de ser su tirano, había sido su
protector y el amparo de su niñez.
--Sí, sí; ve--dijo.--¡Pobre hombre! ¿Qué ha hecho? Pero no vayas tú; ¿no
podrías mandarle un recado?
--Yo mismo debo ir. Volveré pronto; no temas nada. ¿Qué me puede
suceder?
--¡Ay, Dios mío! Todavía me parece que siento aquellos gritos de anoche
... ¿Y si se enfada contigo y te riñe?
--¿Quién?
--¡Él! Ese hombre, que debe estar más rabioso que nunca.
--No me importa. Hoy será la última vez que le vea.
--¿Y si vas á la casa y encuentras á las dos señoras, y doña Salomé te
dice algo que te ofenda, y te habla de mi diciendo que soy incorregible?
--Si me dice algo que me ofenda, me importará poco; pero si me habla de
ti, pienso que será la última vez que se atreva á pronunciar tu nombre.
--¿Y si descubren que estoy aquí y vienen las tres á atormentarme
diciéndome que soy muy mal educada? ¡Oh!, si las veo entrar, me muero.
--No vendrán--indicó Lázaro sonriendo.--Y si vienen, estaré yo aquí.
--Ve entonces--dijo Clara con una melancolía que detuvo al aragonés un
momento y quebrantó un poco su resolución irrevocable.
--Adiós ... es preciso. Volveré pronto.
No quiso esperar más tiempo; salió y dirigióse á la inquisición de la
calle de Belén. Las ocho serían cuando entró en casa de las
nobilísimas damas. Paz y Salomé no estaban allí, porque habían salido
á buscar casa. Cuando la devota abrió la puerta y vió á Lázaro, su
sorpresa y su turbación fueron tales, que permaneció buen rato sin
decirle palabra, mirándole bien, como si creyera que aquella imagen
era el efecto de una visión.
--¡Ah!--exclamó, cerrando la puerta, una vez que Lázaro estaba
dentro.--Yo creí que no le vería á usted más.
Sintió el joven un alivio cuando supo que las dos arpías estaban fuera.
Doña Paulita le inspiraba respeto y gratitud, pues no había oído jamás
la menor recriminación en su boca, ni Clara le había dicho que tuviera
queja ninguna de ella. El recuerdo de la escena y diálogos misteriosos
ocurridos algunas noches antes, le puso muy pensativo. Sin saber por
qué, cuando se vió solo en aquella casa sombría, en compañía de aquella
mujer pálida, con la vista extraviada y el rostro enflaquecido por tres
días de delirio y calentura; cuando notó sus ligeras convulsiones, su
agitada respiración, su mirada viva, sin saber por qué, lo repetimos,
tuvo miedo.
--¿Está mi tío?--preguntó.--Tengo que verle.
--No está; desde ayer no parece.
--¡Qué contrariedad! Tengo que verle hoy mismo.
--Tal vez venga á la hora de comer.
--No quisiera esperar; he de verle antes. Además, yo no como aquí; yo no
vuelvo acá, señora ... Ahora me despido de usted para no volver más.
Doña Paulita se quedó mirando al joven como si oyera de sus labios la
cosa más inverosímil y más absurda.
--¡Para no volver!--dijo cerrando los ojos.--No, no lo puedo creer; no
es cierto.
---Sí, señora; es cierto. Yo no puedo estar en esta casa ni un día más.
Adiós, señora.
--Lázaro--murmuró la devota, asiéndose al brazo derecho del joven como
un náufrago que encuentra una tabla en momentos desesperados.--¡Usted se
va ... se va! Y yo me quedo aquí para siempre. ¡Oh!, quiero morirme mil
veces primero.
El joven estaba confundido. Aterrábale la actitud dolorida de la mujer
mística, sus labios trémulos y secos, la expresión de su rostro, que
anunciaba la más grande desesperación.
--Yo soy una muerta, yo no vivo--dijo ella.--Yo no puedo vivir de esta
manera ... Ya le dije á usted que no era santa, y ¡cuán cierto es! Hace
tiempo que me he transformado ... Puedo nacer á la verdadera vida, puedo
salvarme, puedo salvar mi alma, que va á sucumbir si permanezco de este
modo. Yo espero vivir.... Al ver que usted tardaba, la esperanza comenzó
á faltarme; pero usted ha venido. ¿No puedo creer que Dios me lo ha
enviado? Hay cosas que nosotras no podemos decir; pero yo las digo,
porque me siento destrozada interiormente. Ha llegado para mí el momento
de dejar una ficción que me mata; yo no sé fingir. Creí que Dios me
reservaba para una vida ejemplar, de continua devoción y tranquilidad;
pero Dios se ha burlado de mi, me ha engañado, me ha hecho ver que la
virtud con que yo estaba tan orgullosa no era otra cosa que una farsa, y
aquella aparente perfección un desvarío. Yo no había vivido aún, ni me
había conocido. No puedo estar más aquí; porque esto sería prolongar
este engaño, que antes fué mi mayor placer y ahora mi mayor martirio.
--Señora--dijo Lázaro, que comprendió al fin toda la profundidad del
nuevo carácter de la devota, y vió claro en lo que antes era para él un
misterio.--No se agite usted sin razón. Sea usted libre y no sacrifique
su felicidad á exigencias de familia. Las dos señoras que viven con
usted son muy intransigentes.
Quería el joven evadirse, con esta salida, de la contestación enojosa
que las palabras y la actitud de la santa parecían exigir.
--No me importa su carácter--dijo ésta.--Yo las quiero, son mis
parientas y compañeras de toda mi vida. Después que yo tome una
resolución irrevocable, poco me importa lo que ellas puedan decir ó
hacer. Yo estoy decidida, Lázaro.
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