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--Sí; ya no estás, ya no estamos allí--dijo él, acercándose más.
--No volveré, no me llevarán. ¿No es verdad? Tú no volverás tampoco.
--¡Qué he de volver! Si aquella casa ha sido más terrible para mi que el
infierno mismo. La detesto, y detesto á los que la habitan. Allí he
padecido en una sola noche más que en toda mi vida. Ya no vuelvo, no.
Clara pareció escuchar esto con mucha atención; después le estuvo
mirando fijamente por largo rato con cierto asombro.
--¿Por qué me miras así?--preguntó Lázaro.
La huérfana tardó en responder; pero al fin, con voz lenta y
cariñosa, dijo:
--¿Hace mucho tiempo que no te he visto?
--No hace tanto. Me viste una tarde: el domingo.
--Sí ... ya me acuerdo. ¡Qué día! ¿Sabes que me echaron porque decían
que había entrado un hombre en la casa? ¿Sabes? ... ¡Qué malas son!
--¿Y no entró?
--Sí entró, sí ... ¿pero yo qué culpa tenía? Ellas dicen que entró por
mí. ¡Qué malas son!
--¿Y no entró por ti?
--¿Por mi?--contestó Clara con la voz entrecortada y muy
débil.--¿Por mi?
Después se detuvo como recordando, y dijo:
--Sí, por mi. El me dijo que iba á sacarme de allí, que quería hacerme
feliz. Me dió mucho miedo.
Decía todo esto con una vaguedad que indicaba cuán débiles estaban sus
facultades mentales.
--Me dió mucho miedo--continuó;--aún me parece que le estoy viendo. Al
principio pensé que me iba á matar; pero ... no me mató. Dijo que me
quería llevar consigo; que él me quería ver feliz ... Me había escrito
una carta.
--¿Una carta?--dijo Lázaro vivamente.
--Si; me la dió aquel viejo feo, feo, feo....
--¿Dónde está la carta?
--¿La carta ... la carta...? No sé. Yo la tenía en el bolsillo.
--¿Dónde está tu ropa?
--No sé ... La carta ... ¡Ah!, ya me acuerdo ... la rompí toda, y la
hice unos pedacitos muy chicos, muy chicos.
--¿Por qué la has roto? ... dijo Lázaro, deplorando no tener aquel
documento.--¿Y no recuerdas haberme visto á mi aquella tarde?
--Si, sí; sí lo recuerdo--contestó, mostrando que nunca había olvidado
tal cosa. Entraste muy enfadado. Yo estuve llorando toda la noche.
Después me dió un mareo en la cabeza ... Yo creí que me iba á morir, y
me alegré.
La melancólica serenidad que había en estas declaraciones conmovió á
Lázaro de tal modo, que no se atrevía á preguntar más, porque herir la
delicadeza de aquel ángel le parecía crueldad sin ejemplo. Aún quiso
hacer la última pregunta de este modo:
--¿Y qué te dije aquella tarde?
--¿Qué me dijiste? ... Eso sí que se me ha olvidado ... No, ya lo
recuerdo: me dijiste....
Aquí se detuvo; sin duda le faltó el habla ó el entendimiento. Tenía los
ojos húmedos, y se apartaba otra vez el cabello que le cubría parte de
la frente. Lázaro se sintió humillado. Casi le avergonzaba la cruel y
brusca acusación que su conducta en aquella tarde memorable había hecho
á la inocencia. No había prescindido aún enteramente de la ley social
que exige pruebas positivas para la aclaración de ciertos hechos; pero
aun poseyendo aquella susceptibilidad irreflexiva, no podía resistir á
la fuerza de persuasión que en las respuestas de la huérfana había. En
su corazón no cabía, no era posible que cupiera la duda, después de
oírla; y si la voz de un demonio atormentador resonaba internamente para
recordarle el deber social de no darse por satisfecho, él parecería como
que aplazaba para más tarde la investigación de la evidencia en aquel
asunto, abandonándose por entonces á la efusión consoladora del afecto
que sentía tan vivo como antes.
--No me expliques más--dijo Lázaro, viéndola llorar.--Veo que aquellos
demonios tienen la culpa de todo. ¡Maldito sea quien te llevó allá!
Ellas te han calumniado, estoy seguro de ello. Siempre estaban hablando
de faltas cometidas, de pecados ... y qué sé yo. Lo mismo decían de mi.
Las dos aseguraban que yo era un malvado, y que había cometido no sé qué
crimen. Esto me admiraba, porque yo no había cometido ninguna falta
grave. Lo mismo juzgué de ti. Tú eras la víctima de su rigor, de su
suspicacia, de su disciplina, como ellas decían.
--Yo no las quiero ver más--decía Clara;--anoche las estuve viendo toda
la noche en sueños. Me parecía que doña Salomé estaba revoloteando
encima de mi, mostrándome sus ojos rencorosos y sus uñas terribles; me
parecía que doña Paz estaba detrás de la cama, y que de tiempo en tiempo
sacaba el brazo para abofetearme. Estuve temblando y envuelta en mis
sábanas para no verlas; pero siempre las veía. ¡Qué feas son!
--Tranquilízate dijo Lázaro, viendo en el tono de su amiga los síntomas
de un nuevo delirio. Ya no volverás á casa de esas fieras. Yo estoy
aquí; tú te has creído abandonada, mientras yo existía. No sé si tengo
la culpa de, esto; si la tengo, descuida, que sabré remediarlo. ¡Y yo
que no he vivido sino por ti, que te he tenido por guía y por
inspiración de todos mis actos! Bien te dije, cuando nos conocimos, que
Dios nos había puesto en camino de encontrarnos para que no nos
separáramos nunca. Adondequiera que he ido te he llevado siempre en mi
corazón y en mi cabeza, creyendo por ti y esperando por ti. Desde que
nos conocimos no hemos cesado de estar juntos, de caminar juntos por la
senda de la vida, á lo menos en lo que á mí corresponde. Cuando vine á
Madrid, aunque no nos vimos inmediatamente, no di un paso por estas
calles que no fuera dado hacia ti. Me prendieron por una ligereza mía,
que no fué ningún crimen, como decían aquellas mujeres; y si soporté
aquel contratiempo, si no me suicidé estrellándome la cabeza contra los
muros de la cárcel, fué porque en la obscuridad me parecía siempre que
te estaba mirando en un rincón, en pie, con el rostro sereno, como es tu
costumbre. Yo no he podido, después que te conozco, pensar nada futuro
sin que á mis ideas acompañara la idea de tu persona como parte de mí
mismo. No he podido pensar en la adquisición de alguna cosa, de algún
objeto, de alguna felicidad, sin que pensara en que tú disfrutarías de
todo eso antes que yo. No he tenido desgracia alguna ni pérdida sin
figurarme que estabas á mi lado llorando conmigo. Si he aspirado á
alguna hora feliz, siempre he tenido presente que nuestras dos vidas
llegarían juntas á esa hora. No he podido concebir que uno de los dos
existiera solo en el mundo: esto me ha parecido siempre imposible.
¿Sabes que ahora me parece que fué ayer cuando saliste de mi casa para
volver aquí? Y lo que ha pasado después yo quiero borrarlo de mis
recuerdos. Aborrezco estos días como se aborrece una pesadilla. ¿Tú no
me has dicho también que aborreces aquella casa y aquella gente? Y lo
creo. No puedo acostumbrarme á la idea de que pensemos de distinta
manera. Si yo llegara á creer de una manera evidente que no me querías,
no sé cómo podría vivir; y si aún vivo después de aquella tarde, es
porque la duda me ha dado vida, duda en que ya no quiero pensar: la he
tenido como un deber, me la impuse yo mismo; pero ya rechazo esta
tiranía. Cuando te he visto, me parece que ha retrocedido el tiempo.
Dudar de ti se me figura un crimen; y si lo he cometido, no te pido
perdón, porque sé que ya me lo has perdonado.
Durante esta expansiva manifestación, le escuchaba la enferma con una
especie de trastorno. Al fin lloraba con tan deshecho llanto como si en
aquel momento y con aquellas lágrimas se desahogaran los dolores de toda
su vida, desde el incidente del pajarito en casa de la madre Angustias
hasta la escena de la expulsión en casa de las Porreñas.
El joven no quiso menoscabar con una palabra más la elocuencia de
aquellas lágrimas. El calor y la pulsación precipitada de la mano de
Clara, que tenía entre las suyas, le indicaron que la fiebre aumentaba,
tal vez por la agitación de aquel diálogo, en que él había puesto toda
su elocuencia, y ella toda su sinceridad.
--Es preciso cuidarte mucho--dijo Lázaro.
--Sí--contestó ella;--quiero vivir.
CAPÍTULO XL
#El gran atentado#.
Por la tarde llegó un médico enviado por Bozmediano. Vió á la enferma, y
después de prescribirle mucho reposo, se retiró, dando muy poca
importancia á aquella crisis, originada de una fuerte agitación moral.
Durmióse Clara, entrando en un período de calma, de que hasta entonces
no había disfrutado. En tanto Lázaro, que ardía en deseos de tomar una
determinación decisiva en su vida, pensaba hablar con su tío aquella
misma noche, romper con él, separarse de un hombre que era autor de
todas sus desventuras. Deseaba ver á las dos Porreñas, echarles en cara
su crueldad y su hipocresía. Si la dignidad de varón no se lo impidiera,
seguramente su primer acto aquella noche hubiera sido coger por el moño
á doña Paz y hacerle inclinar la cabeza hasta el suelo.
Lo urgente y decoroso era suspender relaciones con aquel hombre
fanático, que le parecía más repugnante después que se reunía
descaradamente con los jóvenes exaltados, y hasta llegaba á darse el
título de liberal. No le importaba quedar solo y sin apoyo, pobre, más
pobre que antes. Pero él se encontraba con fuerzas para trabajar;
trabajaría en una profesión, en un oficio cualquiera. Y si en Madrid no
podía conseguirlo, se volvería á su pueblo, donde por lo menos tenía
seguro el pan.
Salió, pues, ya entrada la noche, dejando á Pascuala el encargo de no
apartarse de Clara; y recordando que su tío había hablado de no volver á
casa de las Porreñas hasta después de tres días, pensó dirigirse á _La
Fontana_ ó á casa del abate. Fué á _La Fontana_: entró en el cuarto
interior, donde se reunían confidencialmente los principales políticos
del club, y no lo encontró. No había allí otra persona que el señor
Pinilla, que se paseaba muy agitado con las manos metidas en los
bolsillos y el sombrero enterrado hasta los ojos.
--¡Hola, amiguito!--dijo al ver á Lázaro.--¿Cómo usted por aquí á
estas horas?
--Busco á mi tío.
--¡Ah! No le hallará usted. Está en una parte ... Ya sé yo dónde está.
Está donde entran pocos.
--¿No vendrá esta noche?
--¿Esta noche? ¡Quia! ¿Cómo ha de venir esta noche?
--¿Pues qué hay esta noche?
--Lo gordo--dijo Pinilla con misterio.--Pero, ¡bah!, usted lo sabe mejor
que yo. Si es su sobrino....
--No, no sé nada--dijo Lázaro sorprendido.
--¿Pero no le han designado á usted su puesto? ¿No le han dicho lo que
ha de hacer? ¿No trabaja usted como todos en esta gran obra?
--¿Qué obra?
--Esta noche, amigo, esta noche es ella.
-¿Qué? ¿Hay algo? Efectivamente, he notado, al venir, cierta agitación
en la villa.
--Pues ya verá usted á eso de las diez....
--¿Y no hay sesión esta noche?
--¡Sesión! ¡Brrr!--exclamó Pinilla, haciendo con la boca un
estrambótico sonido.--Esta no es noche de palabras, es noche de hechos.
Mucho se ha hablado ya.
Pues no estoy enterado de nada. Ello es que desde anoche no vengo por
aquí.
--Pues busque usted al Doctrino, que debe estar allá por Lavapiés, y le
dirá lo que tiene que hacer; porque supongo, amigo, que usted no querrá
quedarse atrás. ¡Fuera miedo! Yo sé que la primera vez esto es algo
imponente, sobre todo para el que nunca ha oído tiros. Pero, en fin,
teniendo ánimo....
--Pero explíqueme usted lo que hay--dijo Lázaro, fingiendo cierta
complacencia para que el otro no vacilara en contarle todo.
--Hay--dijo Pinilla--que esta noche es el gran golpe, el golpe
decisivo, el último esfuerzo del liberalismo vergonzante. Es preciso
arrollar á los _discretos_ que nos cierran el paso. Sí, amigo mío; al
fin tendremos libertad.
--Vaya--dijo Lázaro, afectando incredulidad para saber más,--algún
motincillo insignificante....
--¿Motincillo? Algo más--dijo el otro, sentándose y avivando con una
badila el escaso fuego que en un brasero había.
Robespierre subió sobre sus rodillas de un salto y se acurrucó allí con
admirable franqueza republicana.
--Pues yo voy también allá--dijo Lázaro, deseando que Pinilla
desembuchara.
--Vaya usted en busca del Doctrino y le designará su puesto. Yo creo que
hasta estará mal visto que usted no figure en este asunto, después de
haber pronunciado el discurso que oímos anoche. ¡Qué discurso, amigo! Es
usted un gran orador. Si viera usted cuánto gustó: está la gente
entusiasmada. Hoy he oído á un zapatero de la calle de la Comadre
repetir de memoria un trozo largo de lo que usted dijo anoche.
--Pero cuénteme usted. ¿Qué habrá?
--Es muy sencillo. Es preciso pasar por encima de los falsos
liberales que están hoy en el Poder. Es preciso pasar; pues bien:
esta noche se pasará.
--¿Y de qué manera?
--Estas cosas no se hacen sino de una sola manera. Usted bien lo sabe.
La revolución necesita estas medidas prontas y decisivas. Se pasa por
encima de ellos exterminándolos.
--¡Exterminándolos!--dijo Lázaro horrorizado.
--Pues ya. Sólo así se puede arrancar de raíz una mala semilla. Es el
único medio; convengo en que es terrible, pero es eficaz.
--¿De modo que va á haber aquí una matanza?
--El pueblo está irritado, y con razón. Se derribó la tiranía; se creyó
que íbamos á tener libertad, y nos han engañado. Cuatro tiranuelos nos
mandan constitucionalmente, y constitucionalmente nos persiguen como
antes. Esto no nos satisface; queremos más. Adelante, pues.
--Pero el medio es espantoso. Yo no quiero para mi patria los horrores
de la Revolución francesa. Después de un Terror no puede venir sino la
dictadura. Yo no quiero que pase aquí lo que en Francia, donde á causa
de los excesos de la Revolución, la libertad ha muerto para siempre.
--Eso es música, amigo, música.
--Esa es la verdad. ¿Pero es posible que mis amigos, los individuos de
ese club, que han predicado el uso de los derechos adquiridos como único
medio de llegar á la libertad...? No lo puedo creer.
--Amigo--dijo Pinilla, mirándole con mucha sorna,--usted lo dijo; ¿no se
acuerda usted ya de aquella parte de su discurso en que decía: "¿Nos
detendremos con timidez, asustados de nuestra propia obra? No. Estamos
en un intermedio horrible. La mitad de este camino de abrojos es el
mayor de los peligros. Detenerse en esta mitad es caer; es peor que no
haber empezado."
--Si--dijo Lázaro confundido;--pero yo no quise decir que se llegara á
ese fin quitando, puñal en mano, todo obstáculo; yo quiero que se llegue
á ese fin por los medios legales.
--Sí, usted quiso decir eso; pero la gente lo entendió de otra
manera, y esta noche va usted á ver cómo se entienden esas cosas.
Desengáñese usted, amigo: no hay otro camino más que ése; los medios
legales son pamplinas, créame usted. Esta noche se verá; hay la
ocasión más propicia ... Figúrese usted que se reúnen todos en un
sitio. Sí; se reúnen fatalmente, y no es preciso ir marcando con
sangre las casas de cada uno.
--¿Quién se reúne?--preguntó Lázaro con agitación.
--¡Ellos! Los _prudentes_. Tienen ahora unas reuniones secretas, sin
duda con objeto de fraguar algún complot para quitarnos la poca libertad
que tenemos. Por una casualidad se ha descubierto que algunos ministros
y diputados de los más influyentes de la mayoría se reúnen en una casa
de la plaza de Afligidos.
--¿Pero es cierto?--dijo Lázaro, procurando disimular su turbación.
--Sí; no sé quién lo ha descubierto. Lo que sé es que se lo dijeron al
Doctrino, y él fué allá y les vió salir. Después no sé por qué medio se
ha enterado de quiénes son todos ellos. Allí van Quintana, Martínez de
la Rosa, Calatrava, Álava, y hasta Alcalá Galiano se ha metido entre
esa gente.
Lázaro quedó mudo de terror.
--Lo que más me complace--continuó Pinilla--es que cae también el joven
Bozmediano, que también se ha metido á político, educado por su padre.
--¡Bozmediano!
--Sí; es un hombre tan odioso para mi, que me parece que si no le veo
ensartado me muero de un berrinche.
--¿Y qué le ha hecho á usted?
--Ahí tuvimos una pendencia en _Lorencini_. Reñimos. Fué por un discurso
mío; es cuento largo. Este no escapa, ni el padre tampoco, que es el
orgullo mismo, y fué el que pidió en el Congreso que se cerraran las
Sociedades secretas. ¡Buenos están los dos! Pero no escapan, eso no.
Para eso estaré yo allí. A las doce no hay quien me arranque de la
plazuela de Afligidos.
--¿De modo que van á asesinar á esos hombres, cogiéndolos á todos
desprevenidos?
--En buen castellano, eso es. El pueblo de Madrid lo hará bien; los
detesta, y allá irán unas turbas que ya, ya ... ¿Conque al fin no va
usted á que le designen su puesto?
--Sí--dijo Lázaro para disimular su propósito.--Voy.
--Yo espero aquí un recadillo del amo del café.
--Adiós--dijo Lázaro, saliendo con precipitación.
Su resolución era irrevocable. No podía permitir que se llevara á efecto
aquel complot infame. Por él, sólo por él, habían tenido noticia de la
reunión que en aquel sitio celebraban las víctimas indicadas, y á él
correspondía evitarlo. Corrió hacia la plazuela de Afligidos con objeto
de llamar en aquella casa misteriosa y prevenirles contra el atentado
que se preparaba.
Por el camino encontró muchos grupos de gente sospechosa. Iban algunos
armados de trabucos, ceñida la cabeza con el pañuelo aragonés, cómodo
tocado de las revoluciones. Su actitud y sus rumores anunciaban la
agitación que en el pueblo reinaba. Iba á cometerse un gran crimen.
¿Sabía el pueblo lo que iba á hacer y á qué principio obedecía
haciéndolo? Lázaro meditaba todas estas cosas por el camino y decía:
"No, no es esto lo que yo prediqué"; y al mismo tiempo la idea de que el
violento discurso pronunciado por él la noche anterior hubiera tenido
una parte de complicidad en la actitud del pueblo, le desesperaba.
Encontraba cada vez más grupos sospechosos, y aun oyó proferir algunos
_mueras_ lejanos. Al llegar á la calle Ancha vió un grupo más
numeroso. Pasó cerca sin intención de pararse, cuando uno se adelantó
hacia él y le detuvo. ¿Quién podía ser sino el pomposo Calleja, el
barbero insigne de _La Fontana_? Haciendo grandes aspavientos y dando
al viento su atiplada voz, puso sus pesadas manos sobre los hombros
del joven, y dijo:
--¡Eh!, muchachos, aquí está el gran hombre, nuestro hombre. Bien decía
yo que no había de faltar. ¡Eh!, muchachos, aquí lo tenéis.
Todo el grupo rodeó en un momento á Lázaro.--Es el que habló anoche.
¡Bien por el pico de oro!--dijo uno, agitando su gorra.
--Que venga con nosotros; nombrémosle capitán--dijo Tres Pesetas, que se
había erigido en alférez y llevaba una cinta amarilla en la manga.
--No; que se ponga ahí, encima de ese barril y nos hable--exclamó otro,
que por las señas debía ser Matutero, el que atropello á Coletilla,
según referimos al principio.
--Que hable, que hable--gritó una mujer alta, huesosa, descarnada y
siniestra, que parecía la imagen misma de la anarquía.--¡Que hable,
que hable!
--Señores--dijo Calleja alzando el dedo como si quisiera horadar el
firmamento.--Ya no es tiempo de hablar, es tiempo de obrar. Bien lo dijo
este señor anoche: "Adelante en el camino; retroceder es la muerte;
pararse es la infamia." Yo lo hubiera dicho lo mismo; sólo que yo no me
he decidido á hablar todavía; pero si llego á enfadarme....
--¡Bien, bien!--chillaron muchas voces.
Lázaro sudaba con impaciencia y angustia. No sabía cómo romper aquel
círculo de atletas que le rodeaba. Dió algunas excusas, empujó por un
lado, abrió brecha por otro; pero aun así no consiguió verse
completamente libre, porque el barbero, echándole el brazo por encima y
hablando en voz baja con la actitud y tono confidencialmente misterioso
que cuadra á dos grandes hombres al comunicarse una idea que ha de
salvar al mundo, dijo:
--Yo, señor don Lázaro, tengo todo este barrio por mío. ¿A usted le han
dado órdenes para que mande aquí? Yo ... francamente, le admiro á usted
mucho como orador, porque anoche dijo usted cosas que nos pusieron los
pelos de punta; pero....
--¿Qué quiere usted decir?
--Que yo, señor don Lázaro, soy un hombre que ha salvado la patria
muchas veces y derramado mucha sangre en defensa de la libertad; y por
lo mismo, yo ... estoy encargado de este barrio, y me parece que el
barrio está en buenas manos. Por lo tanto, yo quiero saber si usted
trae aquí la comisión de encargarse del barrio; porque como usted
habló anoche y dijo ... pudieran haberle designado un puesto de honor
... y yo, francamente, aunque no hablo, soy hombre que sabe hacer las
cosas; y si usted se encargase del barrio, yo protestaría ... porque
ya ve usted....
--No--dijo el joven tranquilizándole,--no le quitaré á usted el mando de
este barrio ni de otro ninguno; yo no mando barrios.
--Bien decía yo--repuso el barbero con la mayor satisfacción--que usted
no me quitaría el mando de mi barrio; pero creía que le habían mandado
por no tener confianza en mi. Pero ha de saber usted que donde está
Calleja la libertad está asegurada.
-¡Oh, si! ya lo supongo--dijo Lázaro, procurando quitarse de encima el
peso de aquel brazo, que le hundía de la manera más despótica.--Quédese
usted tranquilo.
--¿Va usted á alguna comisión del Doctrino ó de Lobo?
--No; voy á un asunto.
--Esta no es noche de asuntos.
--Buenas noches--dijo Lázaro apartándose.
La venganza que tomarían los exaltados, autores del complot, si sabían
que por él había fracasado su crimen, sería espantosa; pero ¿qué le
importaba la venganza? Era preciso evitar el crimen. Importábale poco
por el momento que estallara el motín con un simple fin político. Lo que
no podía soportar era que se asesinara á una docena de hombres
indefensos é inocentes. ¿Cuál era la causa de este atentado? Era una
horrible invención del absolutismo, que se había valido del partido
exaltado para realizarla, y había excitado las pasiones del pueblo para
hacerle instrumento de su execrable objeto. Nada de esto se escondió
entonces á la natural perspicacia del joven, y pudo muy bien
confirmarse en su sospecha al recordar algunas palabras de su tío, su
conducta misteriosa é incomprensible.
Llegó á la plazuela de Afligidos cerca de las once. Si aquella noche
había reunión, ya todos debían estar dentro. La plaza estaba desierta.
Acercóse á las calles inmediatas por ver si había gente en acecho, y no
vió nada. Sólo en la calle de las Negras divisó algunas sombras lejanas,
un pelotón de gente como de diez personas. También hacia el portillo de
San Bernardino se movían algunos bultos. Creyó que no había que perder
tiempo; llegóse á la puerta, y asiendo el aldabón, dió algunos golpes
con mucha fuerza.
Claudio Bozmediano, que es la persona á quien debemos las noticias y
datos de que se ha formado este libro, nos ha contado que cuando los
personajes de la reunión sintieron aquellos aldabonazos tan fuertes, se
quedaron mudos y petrificados de sorpresa y temor. Todos sabían que
aquella noche, era noche de motín; pero creían que sería uno de tantos,
y que con las precauciones tomadas por la autoridad militar, no pasaría
de ser una manifestación con algunos tiros, dos ó tres heridos y regular
número de presos. Aguardaron un momento á ver si se repetían, y,
efectivamente, se repitieron con más fuerza.
--No hay más remedio que bajar á ver quién es.
--Yo bajaré--dijo Bozmediano, hijo.--¿Pero díganme ustedes qué hago si
es...? ¿Quién podrá ser?
--Esa es la confusión dijo otro.--Sin duda el motín de esta noche tiene
alguna alta misión que cumplir cerca de nosotros. No lo duden ustedes,
señores: este motín viene de Palacio, como todos. Nuestra reunión se ha
descubierto.
--Hay que bajar--dijo Bozmediano al oír que los golpes se repetían con
más fuerza. Bajaremos tres, los que parezcamos menos comprometidos. ¿Hay
dos que, como yo, no sean ministros ni diputados?
Otro joven y un viejo se levantaron.
--Nosotros bajaremos. Los demás pueden salir todos á la huerta del
Príncipe Pío, á la cual se entra por el patio. No hay tiempo que perder.
Recoger esas notas, y á la huerta.
--Mejor será quemarlas--dijo otro, arrojando al brasero unos papeles,
que se consumieron muy pronto.
Todos bajaron por una escalera interior, dirigiéndose á la huerta,
excepto Bozmediano y los otros dos, que, bajando por la escalera
principal, llegaron á la puerta. Claudio gritó:
--¿Quién va?
--Abra usted--dijo Lázaro.
--¿Quién es? ¿Qué busca usted?
--Busco á don Claudio Bozmediano.
Este creyó reconocer la voz del sobrino de Coletilla, y se figuró que,
después de tanta alarma, se reduciría todo á un simple asunto personal
entre los dos. Abrió la puerta y repitió:
--¿Quién es?
--Don Claudio Bozmediano, ¿está aquí?--dijo Lázaro sin
reconocerle.--Tengo que hablarle de un asunto urgentísimo que no admite
demora alguna.
--Pase usted, amigo.
El criado que allí tenían trajo una luz. Lázaro entró, y sin más
preámbulo, conociendo la gravedad de las circunstancias, exclamó
muy agitado:
-Márchense ustedes de aquí; aún es tiempo.
--¿Qué hay?
--Un complot horrible, el más espantoso atropello. Yo lo sé ... estoy
seguro. Márchense ustedes inmediatamente, ahora mismo.
-¿Pero quién? ¿Pero quién?--dijeron los otros con mucha cólera.
-Esos ...--contestó el joven,--los exaltados. Hay una maquinación
infernal en el movimiento de esta noche. Yo lo sé ... he venido á
prevenirles á ustedes y á impedir este atentado.
Se internaron los tres, dirigiéndose á la huerta, donde los demás
esperaban.
--Señores, ¿qué hacemos?--dijo Bozmediano.--El motín de esta noche se
dirige á nosotros. Han amotinado al pueblo para cometer, en nombre de la
libertad, un horrendo crimen. La bullanga se hace en nombre del partido
exaltado; pero ¿no presumen ustedes quién es el verdadero autor de este
movimiento?
--¡El Rey, el Rey!--dijeron con terribles voces todos los que estaban
allí reunidos.
--Pues es preciso recibir á esos miserables como merecen.
--Lo mejor es huir; no nos hallarán aquí, y punto concluido--dijo otro.
--No; es preciso enseñar al Rey cómo deben ser tratados sus viles
instrumentos. Basta de contemplaciones. Ya era de esperar esto. Lleno
está Madrid de agentes que se ingieren en las Sociedades secretas,
pagan á algunos de los oradores más furibundos para que aticen los
rencores del pueblo contra la autoridad constitucional. Ya ha llegado el
instante supremo de su empresa diabólica. Muchos imprudentes les ayudan
sin saber lo que hacen. Pero hoy es imposible distinguir. Demos un
escarmiento.
--¿Qué hacemos?
--Ahí á dos pasos está el cuartel--dijo uno de ellos, que era militar de
alta graduación. Voy á traer dos compañías. Las saco por la Ronda, y con
gran sigilo las meto aquí en la huerta. Ni un hombre en la calle, ni un
centinela, nada. Que cuando lleguen esas turbas crean que estamos
desprevenidos; que intenten allanar la casa; que derriben la puerta.
--¿Y nos marchamos?
--Opino que no. Aquí todo el mundo.
--Pues aquí todo el mundo.
A la media noche, una turba tumultuosa, animada con todas las voces de
un motín y todos los alaridos de una bacanal, invadía las calles de San
Bernardino, del Duque de Osuna y del Conde-Duque. Llegó á la plazuela
de Afligidos y la ocupó casi toda, uniéndose á los que, entrando por el
Portillo, habían llegado un poco antes. La puerta de la casa de que
hemos hablado resonó con tremendos hachazos; todo el largo de la tapia
del Príncipe Pío estaba ocupado por el pueblo, y algunos pelotones de
gente armada estaban en la Montaña, en la parte contigua á dicha
puerta. El callejón de la Cara de Dios contenía más de trescientas
personas; y la algarabía era tan grande, que no se podían distinguir
claramente las voces pronunciadas por los más exaltados, los _mueras_,
los _vivas_ con que la multitud trataba de infundirse á sí misma
animación y bríos. Imposible es referir los vaivenes, las convulsiones,
los bramidos con que se manifestaba la pasión colectiva del inmenso
pólipo difundido allí, comprimido con estrechez en aquel recinto. El
monstruo oprimió con su más fuerte músculo la puerta de la casa. Vino
ésta por fin al suelo, y diez, quince, veinte personas se precipitaron
en el portal dando gritos aterradores; pero al llegar al patio, hubo un
instante de vacilación, de terrible sorpresa. Doble fila de soldados
apuntaba á la multitud, que, confiada en su fuerza, no pudo resistir un
movimiento de terror, retrocediendo al ver que se la recibía de aquella
manera. "Atrás", dijo la voz del jefe. "¡Adelante! ¡Mueran los
traidores", exclamó otra voz en el portal. En el mismo instante sonó un
tiro y cayó un soldado. Hizo fuego sin reparo la tropa, y una descarga
nutrida envió más de veinte proyectiles sobre la muchedumbre. La
confusión fué entonces espantosa: avanzó la tropa; retrocedieron los
paisanos, no sin disparar bastantes tiros y agitar las navajas, arma
para ellos más segura que el trabuco. La gente de la calle sintió el
retroceso de los del portal, y se replegó, abriéndoles paso. Al mismo
tiempo un escuadrón de caballería bajaba por la calle del Conde-Duque,
y un batallón de nacionales avanzaba por la del Portillo, impidiendo la
salida de los amotinados. Hubo luchas parciales; pero, no obstante, la
dispersión del pueblo fué completa, desde que los del portal, recibidos
por una descarga, retrocedieron hacia la plaza. La corrida que cruzó
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