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La Fontana de Oro
Author Language Character Set
Benito Pérez Galdós Spanish ISO-8859-1


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enfrente--dijo otra mujer.
--Usted miente, señora--dijo un hombre alto, que parecía ser persona del
toreo, á juzgar por su vestido y el rabicoleto que tenía en la
nuca.--Usted miente: esta señora no ha salido de casa de la pupilera, ni
del número 16; venía de más abajo.

--¡Miren ese pelele!--gritó la mujer.--¿_Poz_ no dice que yo miento?

--Usted miente, señora. Esa muchacha no ha _robao naa_, que venía de
abajo, y corrió porque la venían siguiendo esos lechuguinos. Yo lo he
_oservao_, y si hay alguno que me desmienta, aquí estoy yo, que soy un
hombrera _pa_ otro hombre.

--Tanta bulla _pa naa_--dijo, soltando á Clara, el que la tenía asida.

--Pues que si lo ha robado, si no lo ha robado ... Cuando yo digo una
cosa.... Si estuviera aquí mi Blas, se vería si hay un hombre _pa_ otro
hombre--murmuró, volviendo la espalda, la promovedora de aquel alboroto.

--Vamos, señores, aquí no se ha _robao naa_--dijo el majo con
decisión.--Aquí están ustedes de más. Largo el camino.

El público (llamémosle así) encontró muy convincentes las últimas
razones del hombre de los toros, y aún más las insinuaciones que hizo
con un tremendo palo de puño de plomo que llevaba en la mano, y empezó
á desfilar.

---Vamos, prendita, no tenga usted miedo--dijo el hombre del rabicoleto,
cuando se quedó solo con Clara.--Venga usted conmigo, y no tenga reparo,
que yo soy un hombre _pa_ otro hombre. ¿Pero se _pué_ saber á dónde iba
la personita? Yo la llevaré á usted, porque soy un hombre _pa_....

--Voy á la calle del Humilladero.

--Del Humilla ... ¿que?

--Del Humilladero.

--Ya sé ... ¿pero _pa_ qué va usted tan lejos? Si usted se echa á
andar ahora, llegara allí _pasao_ mañana por la noche. Con que no tenga
usted prisa....

--Sí, señor, tengo prisa; y aunque esté lejos, he de ir en seguida
¿Quiere usted hacerme el favor de decirme por dónde debo ir?

--_Miste_: coge usted esta calleja arriba, siempre _pa_ arriba ... pero
yo la voy á llevar á usted. Aunque, _pa_ decir verdad, más valía que se
viniera conmigo. ¡Ay! ¡Jesús, qué guapa es usted! _Poz_ no había
reparado ... Venga usted.

--No puedo detenerme, _señor caballero_--dijo Clara con mucho
miedo.--Dígame dónde está esa calle, y yo me iré sola.

--¡Sola! ¿Y yo podía ser tan becerro que la iba á dejar ir sola por esas
calles, esta noche que hay _rivolución_...? Bueno soy yo _pa_ ... Venga
usted conmigo. Le _igo_ que no lo pasará mal: yo conozco aquí cerca un
_colmao_ donde hacen unas magras que....

Diciendo esto, el torero tomó á Clara por un brazo y quiso internarla
por la calle del Lobo.

--Suélteme usted, caballero--dijo Clara desasiéndose:--tengo que hacer;
por Dios, suélteme usted.

--Pues es lo _mesmo_ que un puerco-espín. ¡Bah! Si es usted muy guapa
para ser tan picona. Le _igo_ que ... Pero, en fin, yo la acompañaré á
esa calle.

--No: dígame usted por dónde debo ir. Yo iré sola.

--¿Sola? si hay _rivolución. ¿_Pa_ que le peguen á usted un tiro y me la
_ejen_ frita en _mitá_ la calle?...

--Yo quiero ir sola--dijo ella separándole.

La compañía y la solicitud impertinente de aquel hombre le inspiraba
mucha desconfianza. Su intento era huir de él y preguntar á otro. Pero
aunque avivó mucho el paso, él seguía siempre á su lado diciéndole mil
cosas. Un incidente feliz (algo feliz había de pasar aquella noche) vino
á librar á Clara de aquel moscón. Iban por la plazuela de Santa Ana,
cuando sintieron detrás gritos de mujer. El majo no volvió la cara; pero
tuvo buen cuidado de embozarse bien en su capa para no ser conocido.

--_Arrastrao, endino_--dijo la mujer, que era alta, gruesa hombruna y
con voz aterradora y aguardentosa.--Espera, espera, que te voy á sentar
los cinco en esa cara de documento.

Al decir esto, tiro al majo de la capa, y con mano más pesada que una
maza de batán, cogió á Clara por un brazo y la detuvo.

--Si no fuera porque está aquí esta señora--dijo el chulo, cuadrándose
ante la jamona--ahora _mesmo_ te volvía las narices al revés.

--¡_Arrastrao_!--dijo la maja cuadrándose y moviendo la cabeza--¿tengo
yo cara de cabrona? ¿Te _paece_ que por una cara de escoba como esta voy
yo á consentir?...

--¡Calla!--exclamó el otro--ó te _ejo_ sin piernas.

--Mira, Juan Mortaja, que voy á sacarle los ojos á esta rabuja si ahora
_mesmo_ no vienes conmigo. ¿Le parece á usted que á una mujer como yo se
la...? Juan Mortaja, cuando _igo_ que vamos á tener que....

--No haga usted caso--dijo el torero, dirigiéndose á Clara, que estaba
sin aliento, oprimida por la mano de la jamona, como la tórtola en las
garras del gavilán--No haga usted caso, niña, que ésta suele rezarle un
Padre nuestro á _san cuartillo_.

--_¡Reendino!_--exclamó con trágico furor la maja, soltando á Clara y
echando rápidamente mano á la cintura, de la cual sacó una navaja, que
esgrimió con el donaire y la presteza de un matutero.

--¡Saco _e_ demonios!--dijo el otro, enarbolando el palo.

No sabemos cómo concluyó la pendencia, porque hemos de seguir á Clara; y
ésta, en cuanto se vió libre de la zarpa de la dama de Juan Mortaja, se
escapó ligeramente, y á buen paso, seguida siempre de Batilo, llegó á la
plazuela del Ángel. La desventurada no sabía ya qué partido tomar; se
horrorizaba al pensar que entre los miles de habitantes de este enjambre
no había uno que le dijera el nombre de la calle donde estaba el único
asilo que podía acojer á la huérfana abandonada, sola, injuriada, medio
muerta de miedo y dolor. Creyó que Dios la abandonaba ó que no había
Dios; que su destino la obligaba á optar entre la inquisición espantosa
de las dos Porreñas, y aquel abandono, aquel vagar por un desierto,
repelida por todos ó solicitada por la depravación ó el vicio.

Se decidió á hacer otra tentativa. Detúvose ante un hombre que, con un
farol y un gancho, revolvía escombros, y le hizo su pregunta.

--¿La calle del Humilladero?--dijo el trapero, incorporándose y
haciendo con el gancho ciertos movimientos semejantes á los que hace
con su varilla un director de orquesta.--Esa calle está ... Voy á darle
á usted una receta para que la encuentre en seguida. Pues eche usted á
andar ... y vaya mirando con atención los letreros de todas las calles.
¿Sabe usted leer?

--Sí, señor--dijo Clara.

--Pues cuando usted vea un letrero que diga así: "calle del
Humilladero", allí _mesmo_ es.

El trapero se quedó muy satisfecho de su apotegma, y volviendo á
inclinarse, enterró su gancho investigador en el montón de inmundicia
que delante tenía. Clara se retiró muy angustiada; y principiando á
perder ya el conocimiento exacto de su desventura, hallábase próxima á
entrar en ese período de atonía que precede á las grandes enajenaciones.
Dirigió de nuevo mentales súplicas á Dios y á la Virgen para que la
sacaran de aquella situación; y aún rezaba, cuando vió llegarse hacia
ella á una persona que le inspiró mucha confianza. Dió algunos pasos
hacia aquella persona, que era un clérigo de más que mediana edad, gordo
y pequeño. Venía con su rosario en la mano y la vista fija en el suelo.
La huérfana respiró con tranquilidad, porque aquel personaje venerable
que tenía ante sí debía de ser un santo varón, de esos cuyo fin en la
tierra es consolar á los afligidos y ayudar á los débiles.





CAPÍTULO XXXVIII



#Continuación del "vía-crucis".#


Parecía el clérigo hombre pequeño, á juzgar por su vestido, que era muy
raído y verdinegro. Era él de edad madura, y á juzgar por su pronunciada
y redonda panza, parecía hombre que no se daba mala vida. Tenía la cara
redonda y amoratada, con dos ojillos muy vivos y una nariz que parecía
haber servido de modelo á la Naturaleza para la creación de las patatas.
No puede decirse que su fisonomía fuera antipática: sonreía con bondad,
y, sobre todo, había en sus ojuelos cierta gracia y una volubilidad
amable. Cuando vió á Clara y oyó la pregunta que ésta le hizo con el
mayor respeto, guardó el rosario, se ladeó el sombrero (porque era éste
tan grande, que tapaba con él á cuantos se le ponían delante), y dijo:

--¿La calle del Humilladero? Sí, hija mía, sí: sé dónde está, sí, pero
es muy lejos. No podrá usted ir sola; su perderá usted, hija mía. Venga
usted y yo la pondré en camino.

Y volvió atrás. Siguiéronle Batilo y Clara, que creyó al fin haber
encontrado el hilo del laberinto.

--Pero, hija mía, ¿cómo es que usted va sola? ¡A estas horas ... tan
sola!--dijo el padre con voz agridulce.

--Tengo que ir á una casa que conozco--repuso Clara por dar alguna
respuesta.

--¿Pero va usted sola? ¡A estas horas! ... Hija mía, ¿por qué es eso?

--No tengo quien me acompaña. Soy sola.

--¿Que es usted sola? ¡Jesús, María y José! ¡Qué calamidad! ¿Pero no
tiene usted padres?

--No, señor.

--¿Es usted sola, enteramente sola? ¡Jesús, María y José! Esto no va
bien, hija mía. ¿Pero no tiene usted ningún pariente? Vamos, irá usted á
casa de algún pariente.

--No, señor, no. Voy á casa de una mujer que conozco. No conozco á nadie
más que á ella.

--Vamos, ya conocerá usted á alguna otra persona--dijo el cura parándose
y fijando en el semblante de Clara sus picarescos ojuelos.--¿De dónde
viene usted ahora?

--De casa de unas señoras, donde estaba.

--¿Y allí no conoció usted más que á esas señoras?

--No, señor--dijo Clara asustada del giro que tomaban las preguntas
del clérigo.

--Vamos, juraría yo que ha conocido usted á algún muchachuelo ... Eso no
tiene nada de particular, hija mía: para eso es la juventud. Eso no
tiene nada de particular. ¡Bah! no se ponga usted encarnada. Por las
llagas de Jesucristo, que no me enfado yo por eso ... no.

Al decir esto, el cura se paró otra vez, y volvió á fijar en la huérfana
sus pequeños y vivaces ojos, acompañando esta mirada con una santa
sonrisa de astucia, que haría honor á cualquier alumno de Seminario,
conocedor de la obra de Sánchez, titulada _De Matrimonio_.

--Porque hija mía, el mundo es así--continuó.--Yo, que conozco las
debilidades de ambos sexos, puedo hablar sobre este punto. Y luego yo
tengo una práctica tal, que en seguida comprendo. Sobre todo, como usted
es tan guapita....

Turbóse mucho la joven con aquellas palabras; pero la esperanza de que
pronto llegarían á la decantada calle del Humilladero, la serenó,
haciéndole más llevaderas las amabilidades del buen hombre.

--Si, hija mía: yo soy gran admirador de las obras de la Naturaleza, y
cuando estas obras son bellas, las admiro más. Yo, francamente lo digo,
no soy gazmoño. Lo cortés no quita lo valiente. Aunque uno sea
sacerdote ... porque admirar á la Naturaleza no es pecado.

Con estas y otras cosas habían pasado la calle de Atocha y llegado á la
Plaza Mayor; atravesáronla, dirigiéndose á la plazuela de San Miguel.

--Venga usted, venga usted--dijo, tomando el brazo á Clara, al ver que
manifestaba cierto recelo de internarse por el arco obscuro que da á la
plazuela del Conde de Miranda.--Venga usted, que conmigo va segura...
Pues decía que lo cortés no quita lo valiente... Pero no me ha seguido
usted contando eso del muchachuelo.

--Si yo no he contado nada--dijo Clara, haciendo un movimiento
disimulado para desasir su brazo de la mano del cura.

--Sí: algo hay, hija mía; yo lo he conocido. Si eso no tiene nada de
particular. Ya... ¿hay vergüencilla? Vamos, cuénteme usted, que yo ia
absuelvo en seguida. A las niñas bonitas se les perdona todo.

Diciendo esto, miró de nuevo á Clara; pero ya no se sonreía: estaba
serio, y había en su voz cierta agitación que ella no pudo notar.

--Cuidado, no se caiga usted--dijo, extendiendo su brazo por la cintura
de la huérfana, como si ésta hubiera tropezado.

--¡Ay!--dijo ella más confusa y separándose del cura.--¡Cuándo
llegaremos á esa calle!... ¿Está muy lejos todavía?

--Sí, hija mía: está lejos, muy lejos. ¿Pero qué prisa tiene usted?

--¡Ah! sí, tengo mucha prisa. Pero no se moleste usted más. Dígame por
dónde debo ir ... y seguiré sola.

--¡Ah! no acertará usted en toda la noche. Está muy lejos. ¿Pero qué
prisa tienes, hija mía? Veo que estás muy cansada. ¿No te convendría
descansar un poquito?

--¡Oh! no, señor; no puedo descansar--dijo Clara, aterrada ante la idea
de que la llevaran á una sacristía.

--Sí, hija mía: estás muy fatigadita, y yo no tengo corazón para verte
andar por esas calles á estas horas y con este frío.

--No importa, señor cura: no me puedo detener.

--¡Jesús, María y José! No he visto nunca una muchacha más arisca.
Yo ... no gusto de gente así, porque me gusta que las niñas sean
amables y buenas.

En esto entraban en el callejón de Puñonrostro. Paróse el cura y tomó
una mano á Clara, que se retiró, apartándose de él.

--Hija mía, por Jesús, María y José, te digo que se me parte el corazón
de verte así sola por esas calles, á estas horas, con este frío... Mira:
yo tengo un buen brasero arriba.... Porque aquí vivo yo, aquí á espaldas
de San Justo, que es mi iglesia. Pues si quieres descansar un ratito....

--No, Padre: yo quiero ir á la calle del Humilladero. Dígame usted dónde
está, ya que no me ha llevado á ella.

--¡Qué Humilladero, ni Humilladero! ya me tienes loco con tu calle. Pues
no estás poco impertinente--dijo el clérigo con más agitación y mucha
impaciencia.--Ven, hija mía, y me contarás eso del muchachuelo.

El infame plan se reveló de pronto en el entendimiento de Clara con todo
su horror y repugnancia.

--Señor--repitió--dígame por dónde voy.

--Sube, sube--dijo él colocado ya en la puerta de su casa.--Sube; no te
pesará. Si supieras qué bueno soy yo.... Porque lo cortés no quita lo
valiente. Y mañana te vas á tu Humilladero, ó si no quieres ir....

--Señor, por Dios, dígame por dónde debo ir. Yo me vuelvo loca. ¿Para
qué me ha traído usted aquí? ¿Y dónde estoy? Puede ser que ahora esté
más lejos del punto á donde quiero ir.

--Sube, hija mía, sube--dijo el clérigo abriendo la puerta--y hablaremos
de eso. Yo te diré dónde está esa calle, y mañana podrás....

--No, yo no le quiero ver á usted más. Pero dígame por dónde debo
dirigirme. ¿Por qué me ha engañado usted?

La joven rompió á llorar como un niño. El cleriguillo había perdido su
amabilidad; sus ojuelos expresaban el mayor despecho; su labio inferior,
masa informe y pendiente, le temblaba por la rabia de la contrariedad y
del desengaño.

--¿Está lejos esa calle, señor? ¿Está lejos?

El cura miró á Clara con desdén, hizo un gesto despreciativo, y
entró diciendo:

--Sí, chica: está lejos, muy lejos.

Y cerró violentamente con mano colérica la puerta, que produjo fuerte
estampido.

Algo tranquilizó á Clara el verse libre de aquel malvado; pero al pensar
que no había podido adquirir noticia alguna de lo que buscaba; al verse
en aquel callejón estrecho y obscuro, donde no aparecían indicios de
vivienda humana; al considerar que por un extremo podía aparecer un
hombre y por el otro extremo otro, avanzando hacia el centro y
cogiéndola entre los dos, fué tal su pavor, que estuvo á punto de caer
al suelo sin sentido. También se la figuraba que la enorme muralla de la
casa del Cordón y la de San justo iban á reunirse, aplastándola en
medio. Un supremo esfuerzo, una carrera en que el espíritu agitado, más
bien que el cuerpo, parecía trasladarse, la llevó á la calle del
Sacramento. Al fin vió una luz que se movía; era un sereno. Aquel
encuentro la infundió algún valor; acercóse á él, y le repitió su
pregunta, tantas veces hecha, y nunca contestada. El sereno, de muy mal
humor, pero con buena intención, le dió la dirección verdadera.

--Baje usted esa cuestecita por detrás del Sacramento; baje usted
siempre hasta que llegue á la calle de Segovia; en seguida sube usted
derecha, siempre adelante, hasta encontrar la Morería; entra por ella
hasta llegar á la calle de don Pedro; después sigue por ésta hasta la
plazuela de los Carros, y enfrente de la capilla de San Isidro,
encuentra usted la calle del Humilladero.--Le repitió las señas y le dió
las buenas noches.

La huérfana se retiró muy agradecida. Al fin encontraba la dirección de
aquella maldita calle. Tomó por el camino indicado y bajó la cuesta de
los Consejos. ¡Qué triste y pavoroso lugar! El piso parece que huye bajo
los pies del transeúnte: tal es la pendiente. A Clara, que estaba
completamente desfallecida y con la cabeza debilitada, le parecía caerse
á cada paso, y que el suelo se iba inclinando más cada vez, negándose á
soportarla. Llegó á creer que nunca terminaba aquel descender
precipitado, hasta que por fin sus pies pisaron en llano. Estaba en la
calle de Segovia, y se le figuraba haber caído en un abismo. No era
posible, pensaba ella, que el sereno le hubiera dicho la verdad. ¿Estaba
aquel sitio habitado por seres de este mundo? De noche, y en aquella
lobreguez, parecía la profundidad de un barranco, de esos que escogen
para sus conventículos los duendes y las brujas. Mirando hacia arriba,
le parecía que se inclinaban, amenazando caer, las dos masas de
habitaciones que á un lado y otro de la calle se levantan.

Clara siguió, sin embargo, la dirección que el sereno le había
indicado: distinguió delante de sí la cuesta escarpada de los Ciegos, y
pensó que era imposible trepar por allí, intentólo á pesar de todo,
tropezando con montones de escombros y ruinas: las casas se veían
arriba suspendidas, al parecer, como nido de buitre en lo alto de la
eminencia. Ella se sintió sin fuerzas para escalar aquello; no
distinguía senda alguna, ni había allí nada que indicase el paso de
seres humanos. No se oía voz alguna, sino de tiempo en tiempo, y
resonando muy lejos, gritos de mujeres. Los gritos resonaban como si
una bandada de aves, con palabra humana, se cerniera graznando en lo
más alto del cielo. De repente oyóse una voz infantil que venía de
abajo. Era una niña que subía sola, y cantando, por la calle de
Segovia, dirigiéndose á la Morería. Clara vió con asombro que la niña,
sin cesar de cantar, subía la cuesta y trepaba, encontrando una vereda
entre tantos escombros. Se levantó é intentó seguirla. La niña no la
vió y marchaba delante muy alegre, al parecer. Pero de pronto advirtió
el ruido de los pasos de la que la seguía; volvióse; vió aquel bulto
que en medio de la noche andaba tras ella, y lanzándose en súbita
carrera empezó á gritar: ¡Madre, madre: brujas, brujas!

La huérfana sintió entonces más claros los gritos de las mujeres, y
llegó también á creer que había brujas por allí. Las mujeres parecía
como que bajaban, y sus voces confusas y discordantes semejaban el
altercado frenético de una horda de euménides. Retrocedió Clara y volvió
á bajar, estando á punto de resbalar y caer algunas veces. Hallóse de
nuevo en la calle de Segovia, y entonces los gritos femeninos llegaban á
sus oídos como si la horda de aves con palabra humana hubiera levantado
el vuelo tornando á las altas regiones.

Empezó á llover: caían gotas muy gruesas, que la imaginación
calenturienta de la huérfana sentía en el piso como si éste fuera una
caja sonora. La lluvia aumentaba; las gotas caían con extraordinaria
rapidez, dejando en las piedras un disco obscuro, semejante á una pieza
de dos cuartos que, repetidos infinitamente, concluyeron por teñir de
negro reluciente todas las piedras. Clara se arropó; apoyóse en una gran
piedra sillar que allí había, y, con el alma agotada ya, miró al cielo
buscando la luna, una estrella, cualquier cosa que no fuera negra y
horrible, cualquier cosa que no hubiera visto aquella noche en otra
parte; pero no vió ni estrella ni luna: tan sólo allá abajo, en la
dirección del puente y en el horizonte que tras la otra orilla del
Manzanares se dibuja, vió una lumbre rojiza, esa claridad violenta de
encendido color, que es en noches tempestuosas como una fiebre del
cielo. Se le ve arder calenturiento y agitado por súbitas y precipitadas
exhalaciones, mientras toda su inmensa extensión permanece obscura y
helada. Aquella luz impresionó la mente de Clara de un modo muy extraño.
Lejos de infundirle temor, le pareció ver allí alguna cosa interna, más
profunda que el profundo cielo, que parecía estar abierto por aquel
punto. Creía ver oleadas de luz, emanadas de un foco incandescente;
formas humanas, cuerpos sin sombra, que oscilaban con caprichosas
revoluciones. Parecíale como una falanje de astros humanos, de cielos y
mundos en forma de seres vivos, que allí se determinaban dentro del
espacio mismo de una llama sin fin; cada uno engendraba miles, cada mil
un millón; se alejaban y volvían, se obscurecían tenuamente, y de nuevo
adquirían el brillo de la más intensa luz.

Cuando apartó la vista de aquella claridad, miró al lado opuesto; miró á
la calle, en derredor, y no vió nada. Esperó un rato, mirando siempre, y
tampoco vió nada. Creyó que estaba ciega, y en vano quería, con atención
afanosa, descubrir algún objeto. La lluvia había crecido de una manera
espantosa: un torrente bajaba por la Cuesta de los Ciegos y otro por la
de los Consejos; la calle recogía estas dos vertientes y arrojaba hacia
el puente un barranco fangoso. Ella continuaba sin ver; sentía que sus
pies se enterraban en fango; el ruido era horrible. Se le concluyó el
ánimo; creyó que no le quedaba más recurso que cerrar los ojos, que ya
no veían, y dejarse morir allí, dejarse arrastrar por aquella agua que
iba hacia el río con precipitación vertiginosa.

Un relámpago intenso iluminó aquel abismo. Entonces pudo ver á la
repentina luz las dos masas obscuras de casas que á un lado y otro se
alzaban. Pero después volvió á quedar sumergida en su profunda ceguera.
Las rodillas se le doblaban; el agua le habla calado toda la ropa;
Batilo gruñía como un perro náufrago. A pesar del ruido de la lluvia,
los gritos de las mujeres se sentían otra vez, discordantes, agudos,
como confuso chirrido de pájaros nocturnos, resonando encima, allá
arriba. La enferma fantasía de Clara creyó reconocer en aquellas voces
un horrible y áspero trío de las Porreñas, que volaban, envueltas en
espantosas nubes, dando al viento las voces de su impertinencia, de su
amargo despecho y de su envidia. Hasta le pareció ver á Salomé, que se
cernía en lo más alto, agitando rápidamente sus luengas vestiduras á
manera de alas, y mostrando hacia abajo las encorvadas y angulosas
falanjes de sus dedos, terminados con uñas de lechuza.

La lluvia empezó á disminuir. Ruido de campanillas y ruedas indicó á
Clara que una galera acababa de pasar la calzada del puente y entraba en
la calle: esto la animó un poco, porque sentía la voz del arriero, que
con tremendos palos estimulaba á sus caballerías á subir la cuesta.
Levantóse la joven dispuesta á hacer la última tentativa preguntando al
arriero. Llegó la galera, y Clara se adelantó hacia la mitad del camino;
pero, una de las mulas, que era muy espantadiza, dió un salto y casi
vuelca la galera. El arriero empezó á proferir votos y juramentos. El
animal se resistió á dar un paso; pegaba el arriero, coceaba la arisca
mula, y la otra, queriendo aprovechar tan buena ocasión de reposar su
fatigado cuerpo, que había hecho la jornada de Navalcarnero en seis
horas, se hechó al suelo muy sibaríticamente, esperando á que estuviera
resuelta la pendencia entre su amo y su compañera. La mula quedó casi
totalmente enterrada en fango, y cuando el arriero vió tal cosa, y que
la galera se había inclinado de un lado, hincando el eje en el suelo, se
puso hecho un demonio: llamó en su auxilio á todos los santos del cielo
y á todos los demonios del infierno, se tiró de los cabellos y hasta
empezó á darse latigazos de rabia.

Clara, que se creyó causante de aquel desperfecto, tuvo bastante fuerza
para huir de las iras del carretero, que, á haberla visto, la hubiera
maltratado; corrió hacia arriba, y no paró hasta la esquina de la
plazuela de la Paja. Allí encontró otro sereno y le hizo su pregunta.

--Está usted cerca--le dijo éste.--Suba usted esa plazuela; pase usted
aquel arco que se ve allí, donde está la imagen de la Virgen con el
farol, y llegará á la plazuela de los Carros. Enfrente está la calle del
Humilladero.

Clara empezó á creer otra vez que había Dios, y siguió la dirección
indicada. Al fin estaba cerca, al fin llegaba. La esperanza le dió
ánimo; pero al acercarse al arco que unía entonces la capilla del Obispo
con la casa de los Lasos, se avivó su miedo. Se figuraba que aquel arco
no podía conducir sino á una caverna, y además le parecía que detrás
estaba una figura corpulenta, que no era otra que María de la Paz Jesús,
apostada allí para asirla cuando pasara, arrebatándola con una mano
grande y crispada, para llevársela por los aires.

Pero la esperanza puede mucho. Cerró los ojos, y corriendo velozmente,
pasó. La plaza de los Carros ya le parecía más habitable y menos triste:
pasaban algunas personas, se veían no pocas luces. Miró los letreros de
todas las calles que de allí partían, y al fin, llena de alborozo, leyó
el nombre de la que buscaba. Entró en ella, y á los pocos pasos vió una
puerta, á cuyos lados había pintados racimos alegóricos y unas botellas
que indicaban muy claro que aquello era taberna. "Aquí es", dijo, y se
acercó. La puerta estaba abierta, y dentro había dos mujeres y un
hombre. Preguntó si vivía allí un tal Pascual, tabernero, casado con una
tal Pascuala.

--Aquí no hay _nengún_ Pascual--dijo una de las mujeres.

--¿Sabe usted si es aquí cerca?--preguntó Clara.--¿No hay otra taberna
en esta calle?

--No, que yo sepa.

Clara volvió á creer que no había Dios.

--¿Qué estás diciendo ahí, _enreaora_?--exclamó el hombre.--Siempre te
has de meter en lo que no te toca. Sí, señora. Hay otra tienda de vinos
de un tal Pascual ... sí, señora: ahí en el número 14.

La huérfana dió las gracias, y fué allá, palpitante de agitación y
alegría. Antes de llegar al número 14, sintió ruidos de guitarras y
voces de hombres. Al acercarse á la puerta vió á muchos que cantaban y
bailaban con la exaltación de la embriaguez; y aunque no vió á Pascuala,
aunque aquella gente le inspiraba mucho recelo, subió el escalón de la
entrada y presentándose preguntó por su antigua criada.

--_¡Ole ole_!--dijeron dos ó tres de aquellos insignes personajes,
mientras uno de ellos avanzó hacia la joven, y abrazándola
estrechamente, la llevó al centro de la taberna.

--¡Viva el buen trapío!

Clara dió un grito de terror al encontrarse en los brazos de aquel
desalmado, y gritó con todas sus fuerzas:

--¡Pascuala!

--¿Qué? ¿quién es?--dijo una voz de mujer;--¿á ver qué es eso?

Pascuala se presentó y al ver que había allí una mujer y que estaba en
brazos de su marido, dió á éste en la cara un mojicón, que, á ser más
fuerte, no le dejara con narices.

--No fuí yo--contestó Pascual:--fué ese _dimomio_ de Chaleco.

--Sí fué él, que la ha traído y la tenía escondida, señora
Pascuala,--declaró Tres Pesetas con uno de sus frecuentes rasgos
de malicia.

--¡Doña Clarita!--dijo Pascuala abrazando á Clara con más suavidad que
su marido y llevándola adentro.

Al encontrarse en el dormitorio de los Pascuales, la sobrina de
Coletilla, que había agotado todas las fuerzas de su cuerpo y de su
espíritu en aquella noche, se dejó caer en una silla y perdió el
conocimiento.





CAPÍTULO XXXIX



#Un momento de calma#.


Bozmediano y Lázaro hablaron poco por el camino. Al llegar á la casa de
Pascual, serían las diez de la mañana, lo primero que vieron fué á
Pascuala fregando vasos. Preguntáronle si había venido Clara á su casa,
y ella contestó:

--Anoche, si, señor; después de media noche vino. Pero ya reconozco al
caballerito sobrino de mi amo, que estuvo allá á preguntarme por su tío.

--¡Gracias á Dios!--exclamó éste.--¡Qué suerte hemos tenido!

--La pobre llegó esta mañana y se desmayó--dijo Pascuala.--Está, muy
malita; todavía no ha hablado palabra, si no es _pa_ delirar. Vino que
no se podía tener, toda mojada, temblando de frío, y las lágrimas le
corrían por la cara abajo.

--¿Dónde está?

--Allí, en mi alcoba y en mi cama. Pascual se quedó en el desván y yo
en el suelo, al lado de ella. Está muy malita: empezó á dar unas
manotadas y á decir que venían volando unas ... ¿cómo dijo? "Las tres,
las tres volando", decía, y así estuvo hasta hace una hora, que calló y
se quedó dormida.

Los dos jóvenes pasaron adentro, y cuando la tabernera abrió un poco la
ventana para que entrara alguna luz, pudieron ver acostada en el lecho
aquella agraciada figura, en cuyo semblante extenuado y pálido se
pintaban los síntomas de una postración y un malestar muy grandes.
Dormía, y la violenta posición de su cabeza indicaba que antes del sueño
la había atormentado uno de esos letargos dolorosos en que el cuerpo
obedece con bruscos movimientos á todos los delirios de la mente
enferma. Pascuala cogió entre sus manos la cabeza de la joven y la
colocó con menos molestia; la entró uno de los brazos, que colgaba fuera
de las sábanas; arregló éstas y las almohadas, y cerró un poco más la
ventana, por que no entrara más claridad que la necesaria para no estar
á obscuras.

--Usted ya no sale de aquí--dijo Bozmediano á Lázaro.

--No--replicó éste, preocupado y contemplando á la enferma tan de cerca,
que sentía su respiración agitada y difícil como si un pequeño volcán
existiera entre las sábanas.

--Creo que, al despertar, despertará con el delirio. Usted debe quedarse
aquí hasta ver en qué para esto--indicó Bozmediano;--yo me marcho. Si me
ve, creo que mi presencia no será lo que más la tranquilice. Mañana le
espero á usted en mi casa sin falta: tenemos que hablar.

Lázaro no contestó. Si su susceptible desconfianza no se había extirpado
completamente, en aquellos momentos no podía pensar en tan delicado
asunto. Experimentaba emoción muy grande para detenerse en dudas crueles
y rencores poco generosos, que un alma elevada deja siempre á un lado al
contemplar los grandes infortunios.

Cuando Claudio se marchó, Lázaro se sentó junto al lecho, y allí estuvo
mucho tiempo inmóvil mirando á la enferma, estatua que contemplaba otra
estatua, casi tan pálido como ella, esperando á cada expansión del
aliento que despertara, observando con la atención moribunda de amante
la oscilación de aquella vida comprometida en una crisis. Por fin Clara
se movió, pronunciando algunas voces mal articuladas. El joven pudo
distinguir claramente: "¡Señora, por Dios!..." Después agitó una de sus
manos como quien quiere retirar algo, y por fin abrió los ojos. Se
apartó los cabellos que en desorden le cubrían la cara; tuvo un gran
rato la mano ante los ojos, y la apartó después. Sus ojos se clavaron en
la persona que tenía delante, y por mucho tiempo permaneció mirándole,
cual si no tuviera conocimiento de lo que veía, ó como si su sorpresa
fuera tal que no pudiera creer lo que estaba viendo. Después extendió el
brazo lentamente hacia él y le nombró con voz muy débil.

--¿No sabes por qué estoy aquí?--dijo Lázaro conmovido.--Me parece que
no nos hemos visto desde mi pueblo. Aún no creo que hayas podido estar
en aquella maldita casa.

--¿En qué casa?--dijo Clara, como afectada de profunda confusión.

--Allí, en casa de esas mujeres--contestó él con tristeza, recordando
los dolores de aquella vivienda.

--¡Ay!--exclamó Clara.--Yo no quiero volver; quiero morirme aquí antes
que volver. Estoy en casa de Pascuala, ¿no?

Al decir esto, reconocía el sitio con ansiosa mirada.
    
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