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--En verdad, esto es más de lo que puede sufrir mi débil
constitución--dijo la otra arpía.--Paulita, no te asustes: procura tomar
esto con indiferencia, que puedes agravarte.
--¡Dios mío! ¿Cómo lo he de decir?--exclamó Clara con la mayor
amargura.--¿Qué haré, qué diré para que me crean? ¿A quién me volveré?
Yo no quiero vivir así. No tengo padres, ni hermanos, ni amigos, ni
nadie que me defienda y me proteja. Señora, yo se lo juro á usted. No me
diga otra vez esas cosas que me ha dicho, porque yo no las merezco.
--Vamos, prepárese usted á marcharse al momento--dijo Paz con crueldad
espantosa.
--¡Marcharme! Sí, me marcharé. Yo no quiero molestarlas á ustedes; pero
¡ay! esas cosas que han dicho de mí... Yo no he deshonrado la casa, yo
no he deshonrado á nadie. Pero yo soy muy desgraciada; soy huérfana,
pobre y sola; y como no tengo á nadie que me proteja, por eso nadie me
guarda consideración y todos me tratan con desprecio. Yo no merezco eso;
yo no he hecho nada de eso que usted dice; yo soy inocente.
--No sé cómo me contengo--dijo Paz.--Ni un instante más. Se marcha usted
de aquí, y vaya donde quiera. Yo sé que usted se alegra. Usted no desea
otra cosa que andar sola por esas calles; usted ha nacido para la calle.
Vamos, pronto. Y nada me importa que don Elías se oponga ó no. Lo
aprobará. El sabe que interesarse por tan despreciable criatura es cosa
inútil. Váyase usted pronto.
--Señora--dijo Clara, poniéndose de rodillas junto al lecho y
estrechándole las manos á la devota. Señora, usted me defenderá; usted
que es tan buena, que es una santa; usted que ya me defendió otra vez.
¿No es verdad que usted sabe que yo soy inocente? Dígalo usted: me están
calumniando. ¿Qué va á ser de mí si usted no me defiende?
La devota no había hablado palabra: continuaba como distraída y ajena á
todo aquello. Cuando sintió las manos de la que había sido, aunque por
poco tiempo, su compañera y amiga, volvió hacia ella la cara cubierta de
palidez, y expresando cierta atonía, la miró, y con voz tenue y como
indiferente, dijo: "¿Yo?" Calló en seguida. Salomé separó á Clara con un
ademán desdeñoso del lecho de su prima, diciendo:
--Nuestra paciencia nos va á perder. Cuidado, Paz, que somos demasiado
condescendientes. ¿Cómo es que está todavía aquí esta mujer?
--Al momento á la calle. Vamos, pronto--dijo Paz. Recoja usted sus
bártulos, y al momento. Haga usted un lío de su ropa.
--Señora, por Dios, no me eche usted así--dijo Clara, poniéndose de
rodillas y cruzando las manos.--A estas horas ... sola ... yo no conozco
á nadie ... ¿Qué va á ser de mí? ¿A dónde voy? Espere usted, por la
Virgen Santísima, á que venga don Elías, que, siendo huérfana, me
recogió.... El no me abandonará de este modo ... Estoy segura.
--Nada, nada. ¿Aun espera usted engañarle otra vez? Salga usted al
momento de nuestra casa.
--Pero, señoras--continuó Clara,--¿adonde voy? Sola, de noche ... yo
tengo miedo ... yo tengo mucho miedo ... yo no conozco á nadie....
--¿Que no conoce á nadie? ¿Y tiene valor para decir...?--exclamó Salomé,
apartando el rostro y persignándose con sus afilados dedos.--¿Pues y el
caballero joven, alto, buen mozo?
--Señora, espere usted, por Dios, á que venga mi protector: yo se lo
ruego por la gloria de su madre.
La idea de que viniera Coletilla é impidiera la expulsión de la
huérfana, puso á Salomé en grave peligro de que le diera el
quinto ataque.
--¡Qué agonía!--dijo sentándose.--Francamente, nuestra excesiva
benevolencia nos trae á estos extremos.
--No tarde usted un instante--dijo Paz con la satisfacción de la
venganza.--Márchese usted inmediatamente.
La desventurada huérfana se dirigió otra vez, como última esperanza, á
la santa, que reposaba en su lecho con la inmovilidad y la pesadez de la
estatua yacente de un sepulcro. Clara tomó una de sus manos que colgaba
fuera de las ropas y la besó con efusión, regándola con sus lágrimas;
llanto de la inocencia provocado por la crueldad de aquellos verdugos.
--Señora, otra vez se lo pido--exclamó con voz apenas inteligible;--no
me abandone usted, usted es una santa. No permita que me echen así ... á
estas horas ... yo tengo miedo. No me abandone usted.
La mujer mística retiró lentamente su mano y la escondió entre las
sábanas. Volvió el rostro, miró á la víctima, y sin inmutarse, dijo con
la misma voz helada: "¿Yo?"
--No se puede resistir tal insolencia--afirmó Paz asiendo á Clara por un
brazo y apartándolo violentamente de la cama.
--Si usted no se marcha ahora mismo de aquí, llamo á un alguacil
para que le haga entender sus deberes.--Ya Salomé se había acercado
á la cómoda donde Clara guardaba su escaso ajuar, y recogía todo
formando un lío.
--No tengas cuidado, Paz--decía entre tanto;--yo estoy registrando su
ropa, no sea que se lleve alguna cosa. No se lleva nada.
--¡Señoras de mi alma!--dijo Clara en el colmo de la desesperación.--No
me echen así: yo no he cometido falta ninguna; yo no he hecho lo que
ustedes dicen; yo soy inocente. Que lo diga esa señora que es una santa
y me conoce. Yo estoy segura de que lo dirá.
La devota volvió á moverse, y con la voz que atribuyen á los espectros
evocados, repitió otra vez: "¿Yo?".
--No me echen ustedes--continuó Clara sin saber ya á quien suplicar.--Yo
no lo merezco. ¿A dónde puedo ir á estas horas sola? No conozco á nadie.
Tengo miedo ... me voy á perder.
--Vamos, aquí tiene usted su ropa--dijo Salomé poniéndole el lío
en la mano.
--No, no lo puedo creer. Ustedes no serán tan inhumanas. Esperarán á
mañana; esperarán á que venga él.
--Ha dicho que no vendrá hasta dentro de tres días. ¿Cree usted que él
no se ocupa de otra cosa que de proteger mozuelas como usted?
Diciendo esto, Paz tomaba por un brazo á Clara y la llevaba con grande
esfuerzo hacia la puerta. La pobre huérfana tenía sin duda mucha fuerza
de espíritu cuando no cayó allí mismo sin sentido; y sin duda era
también harto angelical y delicada, cuando no contestó con injurias á
las injurias de la cuménide aristocrática, baldón de los Porreños. Aun
creía la infeliz que sus ruegos podían ablandar á aquellos dos
energúmenos de corazón empedernido por el hastío, la insociabilidad y la
amargura de una vida claustral. Aun les suplicó: otra vez se volvió á
arrodillar delante de María de la Paz, y le tomó las manos, aquellas
manos nacidas sin duda para un puñal. La vieja la retiró con violencia;
su brazo se alzó; y á pesar de la dignidad que procuraba imprimir
siempre á su carácter, á pesar de la nobleza de su raza, á que parecía
deber igualarse en la nobleza de sus sentimientos, maltrató á una
huérfana infeliz á quien antes había calumniado. La vieja ridícula,
presuntuosa, devota, expresión humana de la mayor necedad que pueda
unirse al mayor orgullo, puso su mano en el rostro de la doncella
abandonada y débil, que ofendía sin duda, con su juventud y su sencillez
el amor propio de aquellos demonios de impertinencia.
--¡Ay, ay, ay! Paz, por Dios, no te arriesgues--dijo Salomé chillando
con horror, como si la inofensiva Clara tuviera un puñal en la
mano.--Déjala, déjala.
--¡La mataría!--dijo Paz apretando los puños y ahogada por la cólera.
Salomé puso sobre los hombros de Clara el mantón, que al entrar en la
casa había traído. Después extendió sus brazos de esqueleto y la empujó
hacia la puerta con tal violencia, que la desdichada huérfana estuvo á
punto de caer al suelo. En tanto decía:
--No sirvo para estas cosas. Me descompongo. Váyase usted pronto, niña.
No dé lugar á que la tratemos con rigor.
Clara salió; fué arrojada por los brazos robustos de la vieja Paz, y por
los brazos entecos y nerviosos de la vieja Salomé. Aún es probable que
ésta, al darle el último empuje, crispó sus dedos de gavilán, haciendo
presa con sus uñas en un brazo de la víctima. La puerta se cerró con
gran estrépito, y las voces destempladas de los dos demonios sonaron por
mucho tiempo en el interior. La huérfana bajó con el corazón oprimido;
no tenía fuerzas ni voz; casi no tenía conocimiento claro de su
situación. Bajó y se encontró en la calle; sola en la calle, sola en el
mundo, sin asilo, el cielo encima, desolación en derredor, ni un rostro
conocido, ¿A dónde iba? En el portal sintió ruido y volvió la cara: era
el perro melancólico que la seguía. El pobre animal había salido de la
casa por primera vez, y parecía decidido á no volver á entrar, pues
saltaba y chillaba con un gozo, una travesura y un aire de expansión
desconocidos en él.
CAPÍTULO XXXVI
#Aclaraciones#.
Al oír Lázaro de boca de las dos esfinges la noticia de la expulsión de
su antigua amiga, sintió deseos de coger por el moño á entrambas
nobilísimas damas y darles allí el castigo de su crueldad. A pesar de su
agravio, y de que no conocía las razones que habían tenido para echarla
á la calle, un gran interés por aquella infeliz se despertó en su
corazón. Indudablemente, á él le tocaba ampararla en aquel trance,
apartarla del vicio á que su soledad podía conducirla, socorrerla, en
fin, porque habla sido su amiga, le había amado, y en tales casos es de
corazones generosos y buenos olvidar las injurias y pagarlas con nobles
acciones. Viendo que no le daban razón de su paradero, bajó y salió
dispuesto á buscarla. Pero ¿dónde, dónde la iba á encontrar? Clara no
conocía á nadie en Madrid. Sí: conocía á Bozmediano. Esta idea enfrió
repentinamente la generosidad del joven. "Tal vez--pensaba--se marchó,
porque Bozmediano la indujo á ello; tal vez ya la tenía consigo." Esto
avivó los celos y el rencor del estudiante, que resolvió no descansar
hasta descubrir el misterio de aquella salida y pedir cuentas á Claudio
de su grande traición.
Con esta idea se dirigió á casa de éste, dispuesto á dar un escándalo en
la casa si no le permitían verle. Lo probable, según él, era que Clara
estuviera allí. Los celos le cegaban al pensar que aquella joven, que
algunos meses antes se le había aparecido con todo el encanto de la
sencillez y de la gracia, de la virtud doliente y de la tranquilidad
doméstica, había cedido á las sugestiones de un libertino sin
conciencia. Era preciso no dejar sin castigo aquella infamia. "Aún me
interesa mucho--decía;--aún la quiero mucho para que perdone yo esta
injuria, que me parece hecha á una persona mía; injuria que cae sobre
mí, que iba á ser...."
Llegó á la casa de Bozmediano y esperó, paseando en la calle, á que
avanzara el día. Cuando sintió las ocho, entró y preguntó al portero.
Este, que ya le conocía de verle allí los días anteriores, no le puso
tan mala cara como antes, porque recordó cierto diálogo que con su amo
había tenido á propósito de aquella visita. Le había dicho que un joven
vino á preguntar por él sesenta veces seguidas. Al amo picóle la
curiosidad, y quiso saber las señas; dióselas el portero con mucha
exactitud, y sospechando Bozmediano que podía ser Lázaro, advirtió al
doméstico que si volvía estando él allí, le introdujera inmediatamente.
Claudio sospechaba á qué podía venir el joven, y lejos de rehuir la
visita, la deseaba.
Pero el portero, á pesar de lo terminante de la orden, creyó que era un
desacato recibir á aquella hora á un joven que no era militar, ni venía
en coche, ni traía botas á la _farolé_. Hízole esperar un buen rato, y
por fin le introdujo, después de avisar para que despertaran al
señorito. Este tardó un cuarto de hora en salir de su cuarto.
--Ya debe usted suponer á lo que vengo--dijo Lázaro sin
saludarle:--usted me conoce, usted me dió la libertad. Yo creía que
desde entonces podía haber entre nosotros la amistad que á mí me imponía
la gratitud; pero usted no ha querido; usted ha seducido y deshonrado á
una pobre muchacha, á quien considero yo como mi hermana. Si usted me
sacó de la cárcel para hacer más grande la injuria que he recibido, hizo
usted bien, por mi parte, porque estoy libre para pedirle cuenta de su
acción, que es la acción más infame que puede cometer un hombre.
--Yo no cometo acciones infames. No le dejo pronunciar una palabra más
sin que antes se apresure á desdecirse. Sí, usted se desdirá. Todo eso
es una calumnia. Yo no he seducido ni he deshonrado á joven alguna.
Usted está ciego de furor y extraviado por la pasión. Le han engañado á
usted, y solo por saber que está usted engañado, tolero las palabras que
he oído. Pero me será muy fácil sacarle á usted de su error.
--Eso es lo que quiero--dijo Lázaro.--Si usted me convenciera de lo
contrario ... Pero no podrá usted convencerme. Yo le he visto á
usted, le he visto salir como un ladrón de la casa en que Clara
estaba recogida. Usted ha entrado allí por ella, ha entrado llamado
tal vez por ella.
--¡Oh, no!--exclamó Claudio, interrumpiéndole.--Siéntese usted; hablemos
con calma. No anticipe usted juicios temerarios. Yo los voy á
desvanecer.
--Hable usted. No habrá palabras, no habrá nada que pueda desvanecer el
juicio que se forma al ver á un hombre que penetra á hurtadillas en la
casa en que una joven está sola, y mucho más cuando estos juicios están
formados después de antecedentes muy claros. Yo no he venido aquí á que
usted me explique nada. No tengo duda, sino certidumbre, de la infamia
que usted ha cometido. He venido tan sólo á tener el placer de decirle
á usted que es un mal caballero y un hombre corrompido; á sufrir las
consecuencias de esta acusación, porque yo no temo á adversario
ninguno, por temible y fuerte que sea, cuando me creo obligado á vengar
un agravio.
--Pues yo, que jamás he tratado de evadirme de las consecuencias de un
asunto semejante--dijo Bozmediano con mucha energía;--yo, que no me dejo
castigar de nadie, ni he permitido que jamás hombre alguno pronuncie
contra mí una voz injuriosa, una reticencia, una alusión cualquiera, voy
ahora á explicarme con usted en esta cuestión, esperando que se convenza
y retire todo eso que ha dicho usted al entrar aquí. Todo lo comprendo,
es natural: por lo mismo lo olvido hasta ver si, después de lo que yo
digo, insiste usted en repetirlo.
--Hable usted: yo lo deseo.
--Yo no he visto á Clara más que tres veces--continuó Bozmediano.--Ella
no sabe ni cómo me llamo, ni quién soy. Me ha visto poco, y le soy tan
indiferente, que puedo asegurar que ocupo en su corazón el mismo lugar
que una persona desconocida. Un día encontré á ese malhadado viejo
fanático en la calle: le llevé á su casa, y vi á Clara por primera vez.
Me habló; y con la sencillez propia de su carácter y la franqueza que da
la necesidad de expansión y trato, me contó algunas cosas de aquella
casa. No le negaré á usted que desde entonces me interesó muchísimo; que
pensé en que nada podía satisfacerme tanto como sacarla de la prisión,
darle alegría y librarla de la tutela de aquel hombre sombrío, capaz de
poner triste á la misma felicidad.
Bozmediano contó después la segunda entrevista con Clara, recordando
hasta algunas palabras de sus diálogos con ella. El otro joven oía con
mucha atención aquel relato, hecho con toda la veracidad posible.
--Yo seré franco, y no ocultaré á usted mis sentimientos, mis primeras
intenciones--continuó--para que pueda usted juzgarme mejor. Al
principio vi en Clara el objeto de una aventura; y á pesar de que me
inspiraba mucha lástima y un verdadero interés, no podía menos de
proceder con cierta ligereza en la formación de mis planes. No lo
negaré: yo no pretendo desfigurar los hechos; esta confesión es igual á
la que haría un moribundo ante un sacerdote. Pero ó las circunstancias
ó ella torcieron mi plan primitivo. Ella tiene un carácter angelical.
Llena de bondad y sencillez, es capaz de vencer las sugestiones de todo
hombre que no sea un vil ó un libertino. Le confieso á usted que, por
último, fué tal la fuerza que en mí tomó el primer sentimiento
afectuoso y compasivo que me había inspirado, que concluí por amarla.
No puedo negar que, á pesar de haberme infundido este amor verdadero,
yo persistía en mi propósito de sacarla de allí violentamente, de
llevármela como una cosa mía. No consideraba esto como un agravio, y
hubiera matado á cualquiera que, interpuesto entre ella y yo, me la
hubiera quitado. Yo supe--no me lo dijo ella--que existía una persona á
quien quería mucho. Esto me desconcertó. Supe que estaba usted en la
cárcel, y no vacilé un momento. Comprendí que si ella le quería á usted
verdaderamente, la mejor acción que en mí cabía era ponerle á usted en
libertad, devolvérsele. ¡Qué complicación! De este modo pensaba yo
ganar en su concepto. No se asombre usted: yo me he creído siempre
práctico en estas cuestiones; y dado el carácter de Clara, es seguro
que más le amaría á usted cuanto más durara su prisión. Pero yo no
contaba con otros muchos tesoros de bondad de aquel carácter. Usted
vivía con ella, y la vigilancia, la crueldad de tres señoras ridículas y
de un viejo extravagante impedían que la viera, que la socorriera,
librándola de tantos martirios. Usted vivía allí, y no le hablaba, no
le consolaba, no aparentaba quererla. "He aquí mi ocasión--dije
yo.--Lázaro aparece á sus ojos como un ingrato: ¿no será posible que
ella le desprecie? Su situación en aquella casa fúnebre, la tristeza en
que vive y se consume, ¿no serán causa de que desee libertad, vida,
afectos, todo lo que allí no tiene, ni puede, ni sabe darle ese joven
indiferente, ocupado por la pasión política? Confiese usted que la
situación era la más á propósito para que yo aspirara á merecer de ella
algo más que gratitud. Resolví sacarla de allí, llevármela. Fui tan
ciego, que no preví su resistencia, su fidelidad, su grande afecto al
primer amigo; afecto más fuerte que todos los martirios y todas las
privaciones. Dispuse entrar en la casa cuando estuviera sola, y entré
por donde usted sabe. Ella, al verme, se asustó tanto, que casi me
arrepentí de haber dado aquel paso. Me suplicó que saliera, me lo pidió
de rodillas; yo le dije que no esperara nada, que usted no podría ni
sabría salvarla del poder de aquella gente cruel. Nada, no me oyó. Su
propósito era inquebrantable. Conocí que su fidelidad era la más grande
de sus virtudes; y creyendo que era imposible arrancarle la primera
imagen, la imagen que nada puede borrar, desistí de mi intento. Ella no
quería escucharme; se desesperaba al comprender cuánto podía
comprometerla mi entrada en la casa; me pedía llorando que la dejara
entregada á su tristeza, á su soledad. Confieso que nunca me he visto
tan pequeño como entonces, en presencia de aquella criatura débil,
incorruptible, no sólo á las promesas del amor de un joven, sino aun al
soborno de la libertad, de la posición, de la felicidad. Al marcharme,
sentí que alguien entraba en la casa. No sé quién era; yo huí por no
comprometerla; huí aterrado por la idea de que, á pesar de mis
precauciones, alguien de la casa había descubierto mi entrada."
--Era yo--dijo Lázaro:--yo le vi salir á usted por la buhardilla.
--Lo que he referido á usted--afirmó Bozmediano solemnemente, es la pura
verdad. No he omitido nada que me pudiera honrar, ni nada tampoco que me
pudiera deprimir ó ponerme en ridículo. Es la pura verdad; se lo juro á
usted por la salvación de mi madre, cuyo retrato está allí, y siempre me
parece que me está mirando.
Claudio señaló un retrato que había en la habitación; y al hacer su
juramento, tenían sus palabras tal entonación de sinceridad, que Lázaro
no pudo contestar lo que un momento antes pensaba.
--Sin embargo--dijo Lázaro, que creía que aquella declaración no podía
satisfacerle,--yo quiero que usted me dé alguna prueba positiva. Usted
comprenderá que en estos asuntos no basta, no puede bastar la palabra.
--¿Que no puede bastar la palabra? No basta, es cierto, para espíritus
preocupados. Hay ciertas cosas que no se pueden certificar de otro modo.
A veces la afirmación de una persona es suficiente para llevar al ánimo
de otra la convicción más profunda. No puedo creer que usted, si hace á
Clara la acusación que á mí me ha hecho; si ella, con la serenidad de la
inocencia, le contesta á usted la verdad, no puedo figurarme de ningún
modo que usted no la crea. Háblele usted; rompa el silencio de aquella
casa; véala usted un momento; oiga su voz, y si ante las declaraciones
que ella le haga persiste usted en creerla culpable, no es digno, lo
digo cien veces, no es digno de mirarla.
Lázaro no pudo resistir á la gran fuerza de estas palabras. Era
imposible, según él pensó, que la ficción y la astucia dé un hombre
pudieran llegar á ocultar la verdad de aquel modo. Bozmediano no mentía.
--¡Oh, calle usted!--dijo Lázaro sin poderse contener: ó es usted el
histrión más perfecto, ó dice la verdad. Yo, que jamás he mentido, que
no sé ni puedo fingir, siento una fuerte inclinación á creer lo que
usted me ha dicho. Pero tiene el corazón unas susceptibilidades y
escrúpulos de que la razón y la palabra no pueden librarle.
--Veamos á Clara--dijo Claudio con resolución.--¿Dónde?
--En casa de esos demonios. Si es posible, acogotaremos á las tres
viejas.--Clara no está allí ya. La han despedido.
--¿Y por qué? ¿Dónde está?
--No lo sé--dijo Lázaro tristemente.
--Pero, ¿á dónde ha ido?
--Esa es mi duda, mi angustia. ¿A dónde puede haber ido? No conoce á
nadie. Encontrándose sola en la calle, ¿dónde estará? Yo creí...
francamente, creí que estuviera aquí.
--¡Aquí!
--Yo pensé que usted la había inducido á salir; que había venido en
busca de usted, á quien conocía.
--¿Y aún cree usted que está aquí?--preguntó Bozmediano sonriendo.
--Ahora... no afirmo nada ... dudo.
--Y si le pruebo á usted que no está aquí ni ha venido, ¿qué
creerá usted?
--Aun así no será posible arrancar la última raíz de mi recelo; aún no
lograré la evidencia que necesito; evidencia que nada ni nadie me
podrá dar.
--La adquirirá usted por su propio sentimiento. Hay cosas que se crean
por revelación, que nada ni nadie puede destruir. Hay cosas de que no se
puede dudar, porque su evidencia está encarnada en nuestro ser, y dudar
de ellas es algo semejante á la muerte. Vamos á buscarla.
--¿Dónde?
--Vamos á buscarla. Por lo mismo que no conoce á nadie, es más fácil
encontrarla. Estoy seguro de que la encontraremos.
--Recorreremos todas las calles, preguntaremos á la policía, nos
informaremos de todo el mundo--dijo Lázaro.
--Si, sí; haremos todo eso.
--Iremos á los hospitales, á los asilos; entraremos, si es preciso, en
todas las casas.
--Sí.
--Iremos á la antigua casa; preguntaremos á la portera, á los vecinos,
al tendero más próximo.
--Eso es. Diga usted, ¿no había en aquella casa una criada?
--Sí, había una. No sé su nombre.
-¿Dónde estará? Si la encontramos, tal vez nos dé alguna luz. Puede ser
que se haya dirigido á ella. Recuerdo que esa criada me dijo que iba á
casarse con un tabernero, y que tendría una tienda. Si esa mujer tiene
casa abierta y Clara sabía dónde está esa casa, es seguro, casi seguro
que habrá ido allá.
--Efectivamente--dijo Lázaro.--Vamos á ver si averiguamos dónde está
esa mujer.
Salieron y se encaminaron á la calle de Válgame Dios. Preguntaron á la
portera de la antigua casa si se había alquilado de nuevo el cuarto
segundo. Dijo la portera que no. Preguntáronle el nombre de la criada y
si sabía su paradero.
--Se llama Pascuala--contestó:--está casada con un tabernero llamado
Pascual; pero no sé dónde viven. El tabernero de la calle del Barquillo
debe saberlo, porque es compadre suyo.
Este hombre les dijo que los Pascuales vivían en la calle del
Humilladero, y los dos jóvenes se dirigieron inmediatamente allá.
CAPÍTULO XXXVII
#El "vía-crucis" de Clara.#
Mucho horror inspiraba á la huérfana la casa de las de Porreño, aunque
no tenía otra. Así es que su primer impulso al verse en la calle fué
huir, correr sin saber á dónde iba, para no ver más tan odiosos sitios.
Anduvo corto trecho, dobló la esquina y se paró. Entonces comprendió
mejor que antes lo terrible de su situación. Al ver que no podía
dirigirse á ninguna parte, porque á nadie conocía, le ocurrió esperar
cerca de la casa á que entraran Elías ó su sobrino. Pero el primero
había dicho que no volvería hasta dentro de tres días, y el segundo, que
sospechaba tan mal de ella, sería capaz de confirmarse en su creencia al
verla arrojada de la casa por las señoras. Ella necesitaba, sin embargo,
ver á Lázaro y contarle todo. Si él daba crédito á su explicación, ¿qué
harían los dos, tan desamparado el uno como el otro? Decidió, sin
embargo, esperarle allí, apoyada en la esquina; pero le daba tanto
miedo... Parecíale que iba á salir por la reja cercana una gran mano
negra, que la cogería llevándosela dentro: ¡qué horror! De repente
sintió al extremo de la calle fuerte ruido de voces. Eran unos hombres
que venían borrachos profiriendo horribles juramentos, atropellando y
riendo desenfrenadamente como una turba de demonios regocijados. La
joven sintió tal sobresalto, que no pudo permanecer allí un instante más
y echó á correr con mucha ligereza. Los hombres corrían también, y ella
se figuraba que le tocaban la espalda, y creía sentir junto á sus
propios oídos las infernales palabras de ellos. Corrió mucho por toda la
calle del Barquillo, seguida del perro misántropo, y al fin, fatigada y
sin aliento, se detuvo: las risas resonaban muy lejos ... ya no la
seguían ... respiró porque no podía dar un paso. Después siguió andando
lentamente; no se atrevía á volver, porque las risas habían cesado y se
oían terribles imprecaciones. Algunas piedras, lanzadas por mano
vigorosa, cayeron junto á ella. Batilo se volvió lleno de despecho y
ladró como nunca había ladrado, con verdadera elocuencia canina.
Después de esto, avivó Clara el paso y llegó á la calle de Alcalá. Miró
á derecha é izquierda, sin saber qué camino tomar. Subió hacia la Puerta
de Sol; pero no había llegado á San José cuando vió que por la calle
abajo venía gente, muchísima gente: ella no había visto nunca tanta
gente reunida. La calle le parecía tan grande, que no conocía distancia
alguna á que referirla, pues para ella las casas hacían horizonte, y
aquella gente que venía se le representaba como un mar agitado
sordamente, y avanzando, avanzando como si quisiera tragarla. Sin
deliberar volvió atrás y bajó hacia el Prado. El gentío bajaba también:
sordo rumor resonaba en la calle. La muchedumbre traía algunas luces, y
de cuando en cuando una voz pronunciaba muy alto un _viva_,
contestándole otra tremenda y múltiple voz. La gente bajaba, y Clara
bajaba delante. Aquello le dió más miedo que los borrachos; pero cuando
se encaró con la Cibeles, cuando vió aquella gran figura blanca en un
carro tirado por dos monstruos blancos, se detuvo aterrada. Había visto
alguna vez la Cibeles; pero la oscuridad de la noche, la soledad y el
estado de excitación y dolencia en que se encontraba su espíritu, hacían
que todos los objetos fueran para ella objetos de temor, todos con
extrañas y fantásticas formas. Los leones de mármol le parecía que iban
corriendo con velocísima carrera, galopando sin moverse de allí. La
pobre miró atrás, y vió que la gente avanzaba siempre, haciendo más
ruido: no quiso ver más aquello, y tomando hacia la derecha, entró en el
Prado. Este sitio le pareció tan grande, que creía no llegar nunca al
fin. Jamás había visto una llanura igual, campo de tristeza, de
ilimitada extensión; los árboles de derecha é izquierda se le antojaban
fantasmas negros que estaban allí con los brazos abiertos; brazos
enormes con manos horribles de largos y retorcidos dedos. Anduvo mucho,
hasta que al fin vió delante de sí una cosa blanca, una como figura de
hombre, de un hombre muy alto, y sobre todo muy blanco. Se fué acercando
poco á poco, porque aquella figura se le representaba marchando con
pasos enormes. Era el Neptuno de la fuente, que en medio de la
obscuridad proyectada por los árboles se le figuraba como otro fantasma.
La infeliz tenía muy extraviados los sentidos á causa del terrible
trastorno de su espíritu. Torció á la derecha, por evitar que llegara
hasta ella aquel figurón blanco, y encontró enfrente la Carrera de San
Jerónimo. Empezó á subir; pero estaba tan fatigada, que la pendiente de
la calle le parecía inaccesible. Subió, pero con mucha lentitud, porque
apenas podía andar: en la parte correspondiente á los Italianos creía
ella ver la cumbre de una montaña; y cuando medía con la vista aquella
eminencia, pensaba que en toda la noche no iba á llegar arriba.
No pudo avanzar más, y se sentó en el hueco de una puerta. Sentía gran
postración en todos sus miembros, y además un frío intenso que,
creciendo por grados, llegó á producirle una convulsión dolorosa.
Arropóse lo mejor que pudo, y pensó en el medio de volver á la casa para
esperar á Lázaro en la puerta. Entonces le ocurrió súbitamente la idea
de dirigirse á casa de Pascuala. Ella recordaba muy bien el nombre de la
calle donde vivía el tabernero con quien la criada se había casado.
Sabía que la taberna estaba en la calle del Humilladero; pero ¿cómo iba
á la tal calle? Resolvió preguntar á algún transeúnte, y si daba con la
casa, allí pasaría la noche, aplazando todo lo demás para el siguiente
día. Segura estaba de que Pascuala la recibiría con los brazos abiertos.
Pero ¿dónde estaba la calle? Instintivamente oró á la Virgen, pidiéndole
que estuviera cerca de la calle del Humilladero. Pero la Virgen no la
oyó, porque la calle estaba muy lejos. Resuelta á preguntar, se levantó;
vió venir á un hombre, pero no se atrevió á detenerle; pasó otro,
algunos más, y Clara no preguntó á ninguno. Tenía miedo de aproximarse á
ellos. Por último, se acercó una mujer, la joven la detuvo y
respetuosamente la hizo su pregunta.
--¿La calle del Humilladero?--dijo la mujer, que era una vieja arrugada
y con voz gangosa.
--Sí, señora.
--¿Le parece á usted que está bien detener á las personas honradas de
este modo?--contestó la vieja muy incomodada.--Ya sé lo que quieren
estas bribonas cuando detienen á una; que no van sino á meterle la mano
en los bolsillos cuando está una más descuidada, contestando: "Váyase
noramala la muy piojosa, y si no llamo á un alguacil."
Antes que concluyera la vieja, se apartó Clara, y fué tal su angustia al
pensar que todos la tratarían de igual modo, que casi estuvo á punto de
abandonarse á su desesperación, dejándose morir allí de hambre, de frío
y de dolor. Pero la desventura infunde valor; recobró algún ánimo y se
dispuso á seguir preguntando, cuando vió llegar á una mujer andrajosa
que traía un niño de la mano y otro en brazos. A Clara le pareció que
aquella mujer debía ser persona muy generosa y compasiva, y que le había
de responder á su pregunta. Pero antes de ser interpelada, la mujer
andrajosa habló á Clara en estos términos:
--Una limosna, señora, por amor de Dios, que tengo mi marido en cama, y
estos dos niñitos no han probado nada en todo el santo día... Siquiera
un _chavito_.
Después, observando que Clara no tenía aspecto de persona que da
limosna, sino más bien de mujer desvalida y enferma, se figuró que pedía
también _chavitos_, y variando de tono, le dijo:
--Oye, chica: ven conmigo y le sacaremos un duro al tío gordo de la
esquina.--¿Qué?--dijo Clara, confusa ante aquella proposición.
--¿Apostamos á que no _tan dao_ ni un bendito _chavo_ esta noche? Yo he
_sacao_ ya un _rial_: mira. Pero hay en aquella tienda un _mardito_
pañero que es muy caritativo. Ayer le _ije_ que tenía una hija enferma
en cama, y me dió una peseta. Si _quiés_ que le saquemos más, ven
conmigo esta noche, chica, y verás. Entramos: tú te haces que te vas
cayendo, y te pones un pañuelo _atao_ á la cara, y empiezas ó dar unos
_chillíos_ que partan el corazón. Oye, así: ¡ay! ¡ay! ¡ay!
Y dió unos cuantos quejidos tan lastimeros, que Clara tuvo angustia de
oírlos. Después siguió:
--Mira, ven; entramos: yo le digo que eres mi hija y que no has comido
un _bocao_, y que el _méico_ te ha recetado una cosa que cuesta un duro.
Tú dices que no la _quies_ tomar, y que si saco el duro, compre pan _pa_
estos niños que se están muriendo. Yo digo que sea el duro _pa_ la
_meicina_; tú que sea _pa_ los niños, y así ... verás cómo se ablanda...
y _pué_ que nos dé dos... partiremos: te daré á ti dos _riales,_ y....
Anda, ven: ponte este pañuelo en la cara.--Señora, yo tengo que hacer,
no puedo--dijo Clara, que creía no deber darle otra razón menos
cortés. ¿Sabe usted dónde está la calle del...?
--¡Qué calle de los _dimonios_!--dijo la mujer; y viendo que pasaban
dos caballeros se acercó á ellos, diciéndole al chico que llevaba de la
mano:--Muchacho, cojea.
El muchacho cojeó, y se acercaron á los caballeros, repitiendo su
muletilla. Clara se retiró entonces; anduvo á buen paso, y llegó, por
último, á la plazuela del Espíritu Santo; subió más, hasta que se
encontró en la esquina de la calle del Prado, y por allí pensó seguir,
porque veía en ella bastantes personas, y creía encontrar allí quien la
informara bien.
Batilo iba delante. Un perro vivaracho y pequeño, descarado, ratonero,
de éstos que pasean su vanidad por las calles de Madrid, se acercó al
can melancólico, y le dió una embestida con el hocico. Batilo era muy
tímido; pero sintiendo herido su amor propio, ladró. El ratonero, que no
deseaba sino provocación, ladró también, atreviéndose á dar un mordisco
al pobre faldero. Este te defendió como pudo; y á poco rato vino un
porrazo que, con terribles aullidos, empezó á perseguir al ratonero.
Luego vino otro perro, y otro, y otro: en dos segundos se reunieron allí
doce perros, que armaron espantosa algarabía. Luchaban unos con otros,
cayendo y levantándose en revuelta confusión, mordiéndose, saltando y
atropellando entre los movimientos de su horrible contienda á Batilo y
al ratonero, que, revueltos entre las patas de los contendientes,
recibían los ultrajes de todos. Al ruido se detuvieron algunas personas;
el amo de uno de los perros terció en la pelea, y dijo ciertas frases
injuriosas al amo de otro. Clara, al ver que se reunía tanta gente, y
que algunos mozos la miraban con atención impertinente, avivó el paso;
tomó la calle arriba para huir de aquellas miradas. Pero los mozos la
siguieron, y ella quiso ir más á prisa; ellos también; ella más aún,
hasta que se decidió á correr, y corrió con toda la velocidad que podía.
Entonces una mujer gritó desde una puerta con voz chillona y angustiada:
"¡A esa, á esa, á esa!" Un hombre la detuvo por el brazo; muchas mujeres
la rodearon, y se formó en un momento un grupo de más de treinta
personas en torno á ella. La huérfana estaba tan trémula y aterrada, que
no dijo palabra, ni trató de huir, ni lloró siquiera. Creyó tener en
derredor un círculo de asesinos.
--¿Qué ha hecho? ¿qué hay?--dijo uno.
--Que ha _robao_ ese lío que lleva bajo el brazo.
--Muchacha, ¿donde has tomado ese lío?--dijo el que la tenía asida.
Clara no contestó
--A la cárcel con ella--dijo uno de los presentes.
--¿Dónde has tomado ese lío, muchacha?
La joven se repuso un poco, y con voz tenue, dijo:
--Es mío.
--¿Qué es suyo?--dijo una de las mujeres.--Si la vi yo correr como una
_desalación._ Apuesto á que lo cogió en la casa del número 15.
--No, que venía de más abajo--dijo otra.
--Apuesto que es de casa de la _sa_ Nicolasa, la pupilera de ahí
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