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--¿Qué me ha pasado?--dijo Pinilla, lívido de cólera. Hace algún tiempo
iba ese señor á _Lorencini_. Una noche hablaba yo en contra del
absolutismo y de los frailes: todos me aplaudían, y él también. Después
dije no sé qué cosa contra los militares: el calló; pero al concluir mi
discurso, vino á hablar conmigo y me expresó con algunas palabras su
disgusto. Yo no esperé más: hacía tiempo que me cargaba aquel hombre, le
tenía ojeriza sin saber por qué; le dije que me importaba poco su
opinión. Me contestó, le contesté yo más fuerte, hasta que al fin, de
palabra en palabra, le dije cierta cosa, sabida de todo el mundo,
respecto á su madre, que fué muy levantada de cascos. El no esperó más,
y de repente ... no lo puedo contar, porque se me sube toda la sangre al
rostro. El puso su pesada mano en mi cara, y la imprimió con tal fuerza,
que desde entonces la siento siempre aquí ... aquí ... quemándome como
un hierro candente. Reñimos: él es mucho más fuerte que yo, y me venció.
Después nos desafiamos, y me hirió; he vuelto á tener otro altercado con
él, y me volvió á ... En fin, le odio de muerte. Uno de los dos tiene
que destruir al otro: no hay remedio.
--Pues no escapará, ni su padre tampoco.
--Lo mismo digo yo--exclamó Aldama, que estaba muy pesaroso porque el
amo del café no le había querido fiar una botella de Málaga.
--Chitón, que viene alguien. ¿Quién es? ¡Ah! Lázaro Lázaro entró y
saludó á su amigo.
--Buenas noches, buena pieza--le dijo el Doctrino.--Ya estamos otra vez
en la _Fontana_; ya somos dueños del club, de nuestro club; ya se fué
aquella horda de necios. Esta noche hablará usted y será aplaudido.
Sabrán apreciar lo que usted vale.
--¡Ah! yo no hablo más--replicó Lázaro con cierta amargura, porque se
había llegado á convencer de que no había nacido para la tribuna.
--Mire usted--dijo Pinilla al Doctrino, continuando la conversación
interrumpida,--ese Bozmediano es además un hombre inmoral, de detestable
conducta; un libertino, como lo fué su padre, escándalo de la corte de
Carlos III.
Lázaro prestó mucha atención.
--No se ocupa más que en seducir muchachas. ¡Cuántas familias son hoy
desgraciadas á causa de sus hazañas! ¡Oh! los bandidos de esta clase
deben ser quitados de entre los hombres.
--Hablan ustedes de una persona que me ocupa mucho en estos
momentos--dijo Lázaro.--¿Usted le conoce? ¿Usted sabe cuáles son los
hábitos de ese malvado?
--¿Pues no lo he de saber?--manifestó Pinilla.
--Yo le he buscado ayer--dijo Lázaro;--le he buscado hoy sin poderle
encontrar, porque tengo que ajustar ciertas cuentas con él. Yo le
encontraré aunque tenga que andar toda la tierra.
--Cuidado, joven, que ese maldecido maneja bien las armas. Tiene una
mano admirable.
--No me importa: ya nos arreglaremos.
--¿Y le ha buscado usted?
--Si: no le he podido encontrar; es decir, sí le he encontrado, le he
visto; pero no en disposición de hablar con él. Iba con dos más, al
parecer á una reunión secreta, á que concurrían otros hombres, que
aparecían sucesivamente y entraban en una casa.
--¿Dónde?--preguntó con vivo interés el Doctrino.
--En una plazuela; según después he averiguado, se llama de Afligidos.
--¿En la plazuela de Afligidos?--dijo el otro con asombro.--Es en la
casa de Álava... ¿Y eran muchos? ¿A qué hora?
Lázaro contó detenidamente todo lo que habla visto en la citada plazuela
dos noches seguidas y á la misma hora.
--No necesito más--dijo el Doctrino al oído de Pinilla.
Esto pasaba en una pequeña sala interior de la _Fontana_, donde el amo
tenía algunos centenares de botellas vacías, y dos ó tres barriles,
vacíos también, con gran sentimiento, de Curro Aldama. Cuando Lázaro
concluyó su relato, se sintió el ruido de aplausos y las voces
entusiastas que resonaban en el recinto del café. Hablaba con mucha
elocuencia Alfonso Núñez. Más de doscientos jóvenes exaltados, lleno el
espíritu de pasión expansiva, le aplaudían con entusiasmo. El joven
orador comunicaba su indiscreta fe á aquella masa de juventud inocente y
soñadora, cuando cuatro infames, á dos pasos de allí, preparaban un
sangriento desastre. Estas iniquidades, proyectadas por pocos y llevadas
á cabo por muchos con la sencillez propia de las turbas engañadas, son
muy frecuentes en las revoluciones. El gentío obra á veces obedeciendo á
una sola de sus voces, cualesquiera que sea: se mueve todo á impulso de
uno solo de sus miembros por una solidaridad fatal.
La _Fontana_ estaba aquella noche elocuente, ciega, grande en su
desvarío. Iba á perpetrar un crimen sin conocerlo. Su elocuencia era la
justificación prematura de un hecho sangriento; y para el que conocía su
próxima realización, las galas de aquella oratoria juvenil eran
espantosas y sombrías.
Lázaro entró en el café: aún no se atrevió, aunque tema la persuasión de
ser recibido con benevolencia, á presentarse en el centro del club. Se
quedó en un rincón, dispuesto á ser simple espectador; pero algunos
pidieron que hablara; Alfonso le empujó hacia la tribuna; el mismo dueño
del café se lo suplicó con insistencia, y la mayor parte de la juventud,
que formaba el público, le aplaudió, tributándole una ovación
anticipada. No pudo eximirse: se resolvió á hablar, subió á la tribuna y
empezó. Felizmente no le aconteció aquella vez lo que en la desgraciada
noche de su llegada; no perdió la serenidad al encararse con las mil
cabezas del público y ver abierto ante sí el abismo de tanta atención,
expresada en tantos ojos. Sin dificultad ninguna encontró el asunto de
su discurso, y desde las primeras frases vió desarrollarse ante su
imaginación en serie muy clara todas las ideas que habían de constituir
la disertación. A cada palabra sentía presentarse la siguiente; pero sin
atropellarse, con la calma de la verdadera inspiración que afluye al
espíritu y no se precipita. La elocuencia muda de sus horas de silencio
y soledad, salía por primera vez á su boca, sorprendiéndole á él mismo,
que se oía con tanto gozo como podía oírle el público. Aquellas páginas
no escritas, aquellas oraciones no emitidas por voz humana, salían á sus
labios con tanta facilidad que parecían aprendidas de memoria desde
largo tiempo. Sin darse cuenta de ello, dejó de ser retórico aquella
vez. Su instinto de orador se alejó de aquel peligro, y expresándose á
veces con demasiada sencillez, no ocurrió tampoco en el desaliño ni la
vulgaridad. La espontánea brillantez de sus medios oratorios, la
profunda entonación de verdad y sentimiento que daba á sus afirmaciones,
la habilidad con que sabía explotar la pasión y la fantasía del
auditorio, le ayudaron en aquella empresa, en la cual su ingenio
apareció en altísimo lugar, grande, espontáneo, robusto de ideas y
formas, como realmente era.
--¿Cómo queréis que haya libertad--decía,--si unos cuantos se erigen en
sacerdotes exclusivos de ella, cuando ese gran sacerdocio á todos nos
corresponde y no es patrimonio de ninguna clase? Pasó el monopolio de la
riqueza, de la ilustración, del predominio y de la influencia, ¿Hemos de
consentir ahora el monopolio de las ideas? _(Grandes aplausos.)_ Por
este camino vamos á tener aquí una cosa parecida á las castas del
Oriente. _(Risas.)_ Entre los millones de ciudadanos que pertenecen á la
sagrada comunión del liberalismo, vemos surgir una casta privilegiada,
que se cree única conservadora del orden, única cumplidora de las leyes,
única apta para dirigir la opinión. ¿Hemos de consentir esto? ¿Hemos de
ser siempre esclavos? ¿Esclavos ayer del despotismo de uno, esclavos hoy
del orgullo de ciento? Mil veces peor es este absolutismo que el que
hemos sacudido. Prefiero ver al tirano desenmascarado y franco,
mostrando su torva, sanguinaria faz de demonio; prefiero la insolencia
desnuda de un bárbaro abominable, abortado por el infierno, á la
hipócrita crueldad, al despotismo encubierto y disfrazado de estos
hombres que nos mandan y nos dirigen escudados con el nombre de
liberales, haciendo leyes á su antojo, para después obligarnos con el
respeto á la ley; seduciéndonos con el nombre de libertad para después
ametrallarnos en nombre del orden; llamándose representantes de todos
nosotros para después insultarnos en las Cortes llamándonos bandidos.
_(Aplausos.)_ No puede durar mucho tiempo el imperio de la injusticia.
Felizmente aún no han puesto mordazas en todas nuestras bocas; aún no
han atado todas nuestras manos; aún podemos alzar un brazo para
señalarles; aún tenemos alientos en nuestros pechos para poder decir:
"ese." Están entre nosotros, les conocemos. Esta gran revolución no ha
llegado á su augusto apogeo, no ha llegado al punto supremo de justicia:
ha sido hasta ahora un paso tan sólo, el primer paso. ¿Nos detendremos
con timidez asustados de nuestra propia obra? No: estamos en un
intermedio horrible: la mitad de este camino de abrojos es el mayor de
los peligros. Detenerse en esta mitad es caer, es peor que volver atrás,
es peor que no haber empezado. Hay que optar entre los dos extremos: ó
seguir adelante, ó maldecir la hora en que hemos nacido. _(Grandes y
estrepitosos aplausos.)_
Lázaro notó, mientras pronunciaba estos párrafos, que entre las mil
figuras del auditorio, y allá en lo obscuro de un rincón, había una cara
en cuyos ojos brillaban el entusiasmo y la ansiedad. Las manos flacas y
huesosas de aquel personaje aplaudían, resonando como dos piedras
cóncavas. Le miraba sin cesar mientras hablaba, y á no encontrarse el
orador muy poseído de su asunto y muy fuerte en su posición respecto al
auditorio, se hubiera turbado sin remedio, dando al traste con el
discurso. La persona que así le miraba y le aplaudía era su tío. Aquello
era incomprensible, y el joven hubiera pensado mucho en semejante cosa,
si las cariñosas y ardientes manifestaciones de que fué objeto no le
distrajeran mucho tiempo después de concluido su discurso.
Otro habló después de él, y al fin, después de tantos discursos, el
público empezó á desfilar. Alfonso y Cabanillas se fueron á la calle,
llevados por los grandes grupos en que se descompuso aquella masa de
gente. Agitada fué aquella noche en todo Madrid, y es positivo que la
autoridad, ordinariamente bastante descuidada y débil, tomó algunas
precauciones. En la _Fontana_ quedaban á la madrugada el Doctrino,
Pinilla, Lobo, Lázaro y otros.
--¡Bien lo ha hecho usted!--le decía el Doctrino á Lázaro.--Yo me lo
esperaba. Esta noche nuestro partido adquiere con la palabra de
usted una fuerza terrible. Don Elías, puede usted estar orgulloso de
su sobrino.
--Sí que lo estoy--dijo Coletilla sonriéndose como acostumbran hacerlo
los chacales y las zorras, á quienes ha puesto la Naturaleza una
contracción diabólica en el rostro.--Sí que lo estoy: no creí yo que
fuera este chico tan listo, que, á saberlo, ya hubiera yo hecho lo
posible para que....
Lázaro comenzó á ver obscuro en aquella intrusión de su tío en las
sesiones de los exaltados. Cruzó por su imaginación una sospecha
horrible. Cuando se marchó á la casa iba recordando la acusación que en
la noche de su expulsión le habían dirigido en aquel mismo sitio;
recordó el diálogo que con su tío había tenido en la cárcel; recordó
todas sus palabras, expresión del más ciego fanatismo; y cuanto más
meditaba y recordaba, menos podía explicarse que su tío permitiera el
ser llamado _gran liberal_. Aunque algunas sospechas vagas le
atormentaron, no vió el gran abismo en todo su horror y profundidad; no
presagió el movimiento á que había dado impulso con su palabra, ni
comprendió el ardid tenebroso, la colisión sangrienta que de las cabezas
aturdidas de la _Fontana_ y de las voluntades agitadas de algunos
jóvenes, hacía su arma mas terrible.
Pero al llegar á la casa esperaba á Lázaro una sorpresa que había de
hacerle olvidar su discurso, á su tío y á la _Fontana_. Al entrar, ya
cercano el día, encontró á doña Paz muy alborotada, á Salomé rondando la
casa con luz, y á las dos tan coléricas y destempladas, que no pudo
menos de reír á pesar del estado de su espíritu.
--¡Gracias á Dios que viene usted! Estamos solas--le dijo temblando la
más vieja.
--¿Qué hay, señoras?
--Tememos que alguien se entre por esos tejados.
--¿Cómo, quién se va á atrever?
--¿No sabe usted lo que ha pasado, caballerito?--dijo Paz.--Esa
Clarita.... ¡Qué horror, qué perversión!...
--¿Para cuándo es el patíbulo?--exclamó Salomé.--¡Un hombre, un hombre
ha entrado aquí por esa niña, un seductor! ¡Y nosotras tan ciegas que la
recogimos!
--¡Ay, mi Dios! ¡qué horrible atentado!
--¿Y cuándo entró ese hombre?--preguntó, comprendiendo que habían
descubierto la entrada de Bozmediano.
--El domingo, aquella tarde que estuvimos en la procesión.
--Y ella, ¿dónde está?--preguntó el joven, creyendo que había llegado el
momento de aclarar aquel asunto.
--¡Qué horror! ¿Y usted pregunta dónde está? ¡La hemos arrojado, la
hemos echado!--dijo Paz, con expresión de venganzasatisfecha.--¿Habíamos
de consentir aquí semejante monstruo?
--¡Qué degradación! ¡Y en esta casa!--exclamó Salomé, poniéndose
ambas manos sobre la cara.--Señor, ¿qué expiación es esta? ¿Qué
pecado hemos cometido?
--¿Y dónde está?
--¿Que dónde está? ¿Qué sé yo? La hemos arrojado.
--¿Pero dónde ha ido?
--¿Qué sé yo? Vaya á la calle, que es donde siempre ha debido estar.
¡Oh! Ella se habrá ido muy contenta por ahí.
--Si esa gente ha nacido por la calle--dijo Salomé, con un gesto de
repugnancia.--¡Qué ignominia!
--¿Pero ustedes la han arrojado así...? ¿Dónde ha de ir la
pobrecilla?--preguntó Lázaro, que, á pesar de su agravio, no podía ver
con calma que se injuriara y se maltratara de aquel modo á un ser
desvalido.
--¿Qué sé yo dónde ha ido? ¡Al infierno!--dijo María de la Paz riendo.
--Señor, ¿es posible que haya tanta infamia en el mundo? ¡Oh! Las ideas
del día ...--murmuró Salomé, alzando las manos al cielo en actitud
declamatoria.
Antes de decir lo que hizo Lázaro al encontrarse con tan estupenda
novedad, contemos lo que pasó aquella noche en la vivienda de las tres
damas. Coletilla había salido diciendo que no volvería hasta dentro de
tres días, por tener que ocuparse fuera de cierto asunto; y ellas
estaban comentando esta rara determinación, cuando aconteció un suceso
que dió por resultado la expulsión definitiva de la huérfana.
CAPÍTULO XXXV
#El bonete del Nuncio.#
La sastrería clerical fué industria muy socorrida y floreciente en el
siglo pasado. Había muchos clérigos, y además gran cosecha de abates,
gente toda que vestía con primor y coquetería. Los que á tal industria
se dedicaban obtuvieron pingües ganancias, y esto fué causa de que se
dedicaran á explotarla muchos menestrales de ambos sexos, educados al
principio en la sastrería profana. En el presente siglo la industria en
cuestión estaba muy decaída, no sabemos si porque había menos clérigos ó
porque había más sastres. En el quinto piso de la casa de Tócame Roque,
situada en la calle de Belén, tenían su nido dos hermanas, sastras de
ropas sagradas, que habían venido muy á menos. En sus mocedades habían
cosido muchos manteos y sobrepellices para los canónigos de Toledo y
para los clérigos de la corte; pero en la época de nuestra historia, por
razones sociales que no es oportuno consignar, sólo consagraban su
mísera existencia á remendar las verdinegras hopalandas de algún
escolapio ó de algún teniente cura pobre y andrajoso. Hacían de peras á
higos un bonete para un capellán de Palacio ó para el señor fiscal de la
Rota, y nada más. Eran muy pobres, pero soportaban con paciencia la
desgracia sin exhalar una queja. Sólo una de ellas decía de cuando en
cuando con un suspiro, mientras revolvía los escasos trapos negros de su
santa industria: "Ya no hay religión."
No tenían otro amigo que el abate don Gil Carrascosa, que, según ha
llegado á nuestra noticia, tuvo en sus tiempos ciertos dimes y diretes
con una de ellas. El las visitaba, les proporcionaba algún trabajo y
solía darles algún rato de tertulia, contándoles las cosas de Madrid.
Pero si las de Remolinos (que así se llamaban) no tenían más que un
amigo, en cambio tenían un enemigo implacable, sanguinario, feroz. Este
enemigo era otra sastra, que vivía pared por medio, y que, por la
natural divergencia de opiniones entre los que se dedican á una misma
industria, les había declarado guerra á muerte. Para martirizarla,
además de sus improperios y apodos, tenía un gato, que creemos nacido
expresamente para entrarse en el cuarto de las dos hermanas y hacer allí
cuantas inconveniencias puede hacer el gato de un enemigo. Tenía además
la doña Rosalía un amante _del comercio_, que la visitaba todas las
noches, en compañía de una guitarra; y era este amante un ser creado de
encargo por el infierno para cantar y tocar toda la noche en aquella
casa y no dejar dormir á las dos sastras de ropas sagradas.
Doña Rosalía tenía más trabajo que sus vecinas las de Remolinos (ó las
_Remolinas_, como generalmente las llamaban), y además hacía cuanto
puede hacer una mujer envidiosa para quitarles á sus rivales el poco
que tenían. Aconteció que un paje de la Nunciatura, feligrés antiguo
de doña Rosalía, y muy admirador de su buen color, se atrevió á
aspirar á no sabemos que honestas confianzas; picóse la dama, picóse
más el paje, y al día siguiente, al traer el bonete del Nuncio para
que le echaran un zurcido, en vez de dárselo á doña Rosalía se lo
entregó á las dos hermanas.
Cuando doña Rosalía supo que el bonete de la Nunciatura estaba en manos
de sus rivales, le pareció que había recibido la más grande ofensa:
rompió relaciones con la Curia romana, dijo mil improperios al paje,
encargó á su gato ciertas sucias comisiones cerca de las dos vecinas
(comisiones que el animal cumplió con gran puntualidad), se acercó á la
puerta de las dos infelices, y les dijo mil cosas estupendas, que
hicieron proferir á la más vieja de las dos en su lamentación
acostumbrada: "Ya no hay religión."
Pero Rosalía buscaba una venganza terrible. ¿Cómo? Mucho le asombró ver
entrar al abate con un militar desconocido. La casa estaba dispuesta de
tal modo, que acercándose á la puerta se oía cuanto en los cuartos
inmediatos se hablaba. Todos sabemos los fines de la visita de
Bozmediano á las de Remolinos. Doña Rosalía lo adivinó también, cuando,
poniéndose en acecho, le vió pasar á la casa inmediata por una puerta
condenada que daba al desván antiguo. Se calló y esperó. Comprendió la
taimada que allí había aventura amorosa, y en esto supo hallar un medio
feliz para su venganza. Vió entrar y salir á Bozmediano, y calculando
que aquella entrada fraudulenta se repetiría, esperó á que se repitiera,
para ir inmediatamente, y mientras el joven estuviera dentro, á la casa
contigua á denunciar el hecho. El joven sería sorprendido, habría un
gran escándalo, se harían averiguaciones, ella declararía por dónde
habría entrado, y cátate á las Remolinas camino de la cárcel en castigo
de su complicidad en aquel delito de escalamiento y abuso de confianza.
Esperó un día, dos, tres, hasta que viendo que la escena no se repetía,
resolvió en su alto criterio denunciar el hecho de una vez á la familia
interesada, no sea que, retardándolo, pudiera ser puesto en duda.
Pensado y hecho. Púsose un mantón, bajó, entró en casa de las Porreñas,
tocó, le abrieron, y se encaró con la faz majestuosa de María de la Paz
Jesús, que de muy mal talante le preguntó:
--¿Qué quiere usted?
--Venía á ver al amo de esta casa para decirle una cosa,--dijo
Rosalía entrando.
--¡Qué irreverencia!--pensó María de la Paz, viéndola entrar de
rondón.--Salomé, una luz.
Anochecía, y con la obscuridad no podía la dama ver claramente el rostro
de la que la visitaba. Salomé trajo un quinqué á la sala, donde las dos
se personaron.
--¿Qué se le ofrece á usted?--preguntó Paz, midiendo con una mirada el
cuerpo de doña Rosalía.
--¿Quién es el amo de esta casa?
--Yo soy--dijo Paz un poco alarmada con el misterio que parecía envolver
aquella inesperada visita.
--Pues vengo á decirla á usted ... ¿usted no sabe lo que pasa?
--¿Qué pasa?--dijo Salomé, creyendo que se hundía el techo.
--No se asuste usted, señora, porque al fin y al cabo, sabiéndolo, se
puede evitar que vuelva á suceder.
--¡Por Dios, explíqueme usted, señora!--dijo Paz, en el tono de la
impaciencia y la superioridad.
--Pues han de saber ustedes--dijo con misterio doña Rosalía,--que esta
casa... Pues ... les diré á ustedes: yo vivo en la casa de al lado en el
cuarto piso, y soy sastra, con perdón de ustedes, y coso toda la ropa de
casa del señor Nuncio del Papa, y la del Patriarca de las Indias; coso á
todo el arzobispado de Toledo, y á veces coso á la capilla de Palacio.
Esta relación de las altas jerarquías que servía la aguja de doña
Rosalía, le dió cierta importancia á los ojos de María de la Paz Jesús.
--Yo vivo allá arriba y he visto... ¿Pero ustedes no han caído en ello?
--¿En qué?
--En ese hombre que ha entrado aquí.
--¿Qué hombre? ¿qué dice?--exclamaron á una las dos ruinas en el tono
del que siente estallar un volcán.
--Pues yo venía á avisárselo á ustedes para que evitaran que otra vez
pasara. Es el caso que en la buhardilla de la casa en que yo vivo hay
una puertecilla que da á la buhardilla de esta casa.
La cara que pusieron las Porreñas no cabe en ninguna descripción.
--Sí--continuó la sastra--y un joven militar se metió una tarde por esa
puerta de que hablo; se metió aquí... Yo me malicié, cuando le vi, que
habla aquí alguna jovencita.
--Pero señora--dijo Paz, poniéndose en pie--¿está usted segura de lo que
dice? ¡Un hombre ha entrado aquí ... aquí, en esta casa!
--Sí, señora: yo lo he observado. Se coló por el cuarto de unas vecinas
... amigas mías. Yo lo he visto.
--¿Cuándo? preguntó Salomé tomando aliento, porque ya el aliento
le faltaba.
--El domingo por la tarde.
--¿A qué hora?
--A eso de las cinco.
--¡Cuando estábamos en la procesión! ¡Qué escándalo! Esa niña
desvergonzada ... esa muchachuela.... Bien me lo sospechaba yo--dijo
Paz, con las manos puestas en la cabeza y paseándose por la sala
como una loca.
--¡Ay! no sirvo para estas cosas... ¡Yo me descompongo!--balbució
Salomé, inclinándose sobre el sofá con muestras de experimentar
un vahído.
--Pero, señoras, no se alarmen ustedes--dijo doña Rosalía, queriendo
calmar á las dos damas.--¿Tienen ustedes alguna hija?
--No, señora: nosotras no tenemos ninguna, hija--contestó con mucho
enfado María de la Paz:--es una mozuela, una loca que admitimos aquí por
compasión, esperando que se corrigiera; pero ... ya me lo sospechaba yo.
¡Qué alhaja! ¿Ves lo que yo decía? Dios mío, ¿para qué admitimos aquí á
semejante mujerzuela?
--Señora--manifestó Salomé, oprimiéndose el estómago y rehaciéndose de
su vahído.--Cuente usted, aclare usted eso. ¡Ay! Es demasiado horrible.
Nosotras no estamos acostumbradas á esas cosas, y tales hechos nos
confunden; yo, sobre todo, no puedo soportar....
--Pues no lo duden ustedes. El joven se coló en la casa el domingo por
la tarde, y estuvo aquí como una hora. Averígüenlo ustedes y verán cómo
es cierto.
--Si parece increíble--dijo Paz, sentándose otra vez. Esta casa, esta
honrada casa ... ¿Y cómo existe esa puerta? ¿Cómo es posible...?
--Existe de muy antiguo, sólo que estaba condenada. Si ustedes quieren
verla pueden subir á la buhardilla, y examinando bien, la encontrarán.
--Pero él, ese monstruo, ¿por dónde pudo llegar?
--La tal puerta--continuó doña Rosalía--da al cuarto de unas costureras
amigas mías. Las pobrecillas no cosen más que á sacristanes y curas de
aldea¡ y cosen mal. Ellas quieren darse tono, y dicen que cosen á la
catedral de Segovia; pero es mentira. No las crean ustedes.
--Y él, ¿entró por ese cuarto?
--Sí: es un militar, alto, buen mozo.
--¡Jesús, qué horror! Yo no puedo oír esto--exclamó Salomé,
estirándose, con muestras de un segundo ataque. Les dió dinero á esas
mujeres--continuó doña Rosalía--porque ellas están muy pobres: no ganan
nada. Como lo hacen tan mal ... No cosen más que al teniente cura de
San Martín.
--Es preciso tomar una determinación, Paz; una determinación
pronta--dijo Salomé volviendo en sí.--Porque si no, la honra de la casa
está comprometida.--Señora--añadió, volviéndose á doña Rosalía--no
extrañe usted esta congoja; no estamos acostumbradas á golpes de esta
clase. Nosotras, por nuestro nacimiento, nuestra educación y nuestra
religiosidad, hemos estado siempre por encima de todas esas miserias.
¡Ay! nosotras hemos tenido la culpa por nuestra excesiva caridad.
Figúrese usted que acogimos sin recelo á una víbora en nuestra casa,
aunque teníamos malos informes de su conducta; la acogimos creyendo que
se enmendaría. ¡Pero ya ve usted qué almas tan perversas! ¡Qué sociedad!
¡Qué siglo! Bien me lo figuraba yo, á pesar de lo que decía mi sobrina,
que es una santa, y se empeñaba, guiada por su buen corazón, en que esa
muchacha se iba á corregir. ¿Cómo puede corregirse un monstruo
semejante? ¡Qué deshonra, qué vilipendio! ¡Ay! yo no sirvo para estos
casos; me confundo, me descompongo y no puedo tomar ninguna
determinación.
--Sí, hay que tomar una determinación--afirmó con mucho encono María de
la Paz.--Si no, ¿qué va á ser de la honra de nuestra casa? Hay que poner
inmediatamente á la puerta de la calle á esa mozuela, sin consultar á
don Elías. El ha de aprobarlo; y sobre todo, aunque no lo apruebe. ¿Pues
no se ha atrevido á decirnos esta mañana que su sobrino se enmendará?
¡Si está una viendo unos horrores! ... ¡Qué siglo, qué costumbres!
¡Hasta él...!
--Haz lo que quieras, Paz--dijo Salomé, afectando mansedumbre y cierta
postración, que ella creía sentaba muy bien en su nervioso
cuerpo.--Haz lo que quieras, sin reparar en lo que pueda opinar ese
señor mayordomo, que él nada tiene que mandar aquí. Despide á esa
muchacha; que se vaya con las de su calaña. ¡Oh! No quiero recordar lo
que esta señora ha contado.
Hasta el perro, que no ladraba; el melancólico Batilo, estaba
consternado. Habíase plantado frente á doña Rosalía, y miraba, con la
atención de un can preocupado, el buen color de la costurera que había
traído la desolación á aquella casa.
--Señora--dijo Paz con un poco de cortesía,--le agradecemos á usted el
aviso que nos ha dado, mostrando, como es natural, su celo é interés por
la honra de nuestra casa. Cuando despidamos á esa muchacha, nos
mudaremos de aquí. ¡Ay, y yo que le había tomado cariño á este santo
retiro! Aquí vivíamos tranquilamente y en paz, no con la comodidad que
en nuestra antigua casa; pero, en fin, tranquilas y ... Señora, usted
nos ha librado de la deshonra, porque ¿qué hubiera sido de nosotras,
solas aquí y expuestas á las asechanzas alevosas de ese militar? ¡Oh! no
lo quiero pensar.
--Es un militar joven, alto, buen mozo, y parece ser persona muy
distinguida.
--¡Joven, buen mozo y de buen porte!--dijo Salomé disponiendo su cuerpo
para el tercer paroxismo.
--¡Joven, buen mozo y de buen porte!--exclamó Paz en el colmo de la
indignación.--¿Es esto creíble? ¡Qué circunstancias tan agravantes!
--¡No siga usted, por Dios!--dijo Salomé ya medio desmayada.
--No siga usted, que mi sobrina es muy impresionable y no puede oír
ciertas cosas. Estamos acostumbradas....
Doña Rosalía se levantó para marcharse, porque creía haber cumplido
satisfactoriamente su misión. Entonces pasó una cosa singular: cuando
la sastra se acercaba á la puerta, Batilo, el perro misántropo, que en
aquella mansión había olvidado los hábitos propios de su raza, corrió
tras ella, se agitó convulsivamente como quien hace un gran esfuerzo, y
ladró, ladró como un mastín ante un salteador; persiguió á la mujer
dando agudos aullidos, y hasta llegó á pillarle entre sus inofensivos
dientes el traje y el mantón. Paz se alarmó y Salomé se tapó los
oídos, como si oyera el aullido, de un chacal. Defendieron entre las
dos á doña Rosalía de la agresión inesperada del animal; fuese la
sastra, y las dos arpías se miraron cara á cara, comunicándose
mutuamente su respectiva bilis.
Es indispensable apuntar que en su afán de llegar pronto á donde estaba
Clara, se aturdieron, sin poder tomar la puerta, y al fin chocaron una
con otra con gran confusión.
--Mujer, que me echas al suelo--dijo una.
--Mujer, qué cosas tienes--gruñó la otra.
Entraron en el cuarto donde estaba acostada la devota ... Esta reposaba
tranquilamente, pero no dormía; tenía clavados los ojos en el techo con
muestras de meditación profunda. Sentada junto á la cama estaba Clara,
que hacía de enfermera y acompañante de la santa. Cuando las dos
Porreñas entraron, Clara les conoció en las caras que se preparaba una
escena terrible. Asustóse mucho, y se acercó más al lecho, como buscando
un refugio al lado de la sagrada persona de doña Paulita.
--¡Niña!--dijo Paz con la lengua turbada y muy alterado el rostro.--Ya
sabemos todas las infamias de usted. Merece usted ir á la cárcel por
comprometer la honra de una casa como ésta. Si no temiera rebajar mi
dignidad....
--Señoras--murmuró Clara temblando,--¿pues yo qué he hecho?
--¿Pues yo qué hecho?--dijo, remedándola con gesto grotesco,
Salomé.--Miren la hipócrita, ¡qué monstruo, Dios mío! Paula, no te
asustes--añadió, acercándose á la cama;--no nos des un nuevo disgusto.
Ya sabemos qué clase de persona hemos recibido en nuestra casa.
--Todo se ha descubierto, niña--continuó Paz--Ya no nos engañará usted
más con su cara de mosquita muerta. Pero ¡qué atrevimiento, qué
iniquidad! Debiera usted morirse de vergüenza.
--Señora, yo no sé de qué habla usted--dijo Clara, perdiendo por
completo la serenidad.
--¡Insolente! Y aún se atreve á disimular, después de tanta
desvergüenza. ¿Cree usted que está tratando con personas como usted?
¡Miren la necia! tan necia como perversa. Ahora mismo va usted á salir
de esta casa.
El primer sentimiento de Clara al oír esto, fué una repentina alegría.
¡Salir de allí! Ya había perdido esa esperanza. Pero la situación
aquélla no era para alegrarse. Pronto lo conoció, y esperó resignada el
fin de su sentencia.
--Dile, dile la causa--indicó Salomé, afectando gran respeto al
procedimiento.
--La causa bien la sabe ella--dijo Paz;--pero no puedo contener la
cólera. De veras digo que si no fuera porque soy persona ... ¡qué
horror! La causa es ... no te asustes, Paula; la causa es que mientras
nosotras salimos de casa á alguna visita, se entra aquí un hombre por
los tejados; sí: un militar, buen mozo, alto, persona ... ¿cómo dijo? de
buen porte ... pero no te asustes, Paulita: esto hay que aceptarlo con
resignación.
Si no temiera asustar á su prima, que estaba enferma, á Salomé le
hubiera dado un cuarto conato de vahído. Pero se contentó con mirar á la
devota con ojos muy aterrados. La santa no hizo más que mirar á Clara
con cierta perplejidad; y contra lo que sus parientes esperaban, no citó
ningún texto latino, ni predicó ningún sermón sobre la inconveniencia é
irreligiosidad de que entraran por los tejados los militares buenos
mozos, altos y de buen porte. Clara, á pesar de su inocencia, se quedó
aterrada como una culpable.
--¿Se atreve usted á negarlo?--dijo Paz, dando algunos pasos hacia ella
con el resplandor de la ira en los ojos.
--Yo ... no--dijo Clara, retrocediendo con espanto.--Sí ... sí lo
niego.--Después añadió, haciendo un esfuerzo por calmarse y calmar á su
juez:--Óigame usted, señora: yo le contaré la verdad; le diré lo que ha
sido. Yo soy inocente; yo no he permitido....
--¡Jesús, Jesús! Yo no sirvo para estas cosas--clamó Salomé volviendo el
rostro.--No puedo, no puedo oír esto.
--¿Que usted no ha permitido...? ¿Todavía tiene atrevimiento para
negarlo?
--Yo ... yo no niego--contestó la huérfana muy consternada.--Pero yo,
¿qué culpa tengo de que ese hombre...?
--¿También le quiere usted disculpar á él? Esto nos faltaba que ver. No
puede haber perdón para tanta alevosía. ¡Pagar de este modo el asilo que
le hemos dado sin merecerlo! Pero bien dije yo que de usted no podíamos
sacar cosa buena.
--Señoras--dijo Clara deshaciéndose en lágrimas,--yo les juro á ustedes
por Dios y por todos los santos, que por mí no ha entrado ningún hombre;
que yo no soy culpable de todo eso que ustedes dicen. Yo se lo juro por
Dios y por la Virgen.
--¡Insolente! Aún se atreve á disculparse.
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