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La Fontana de Oro
Author Language Character Set
Benito Pérez Galdós Spanish ISO-8859-1


You are here --- [ Home / Author Index B / Benito Pérez Galdós / La Fontana de Oro / Page #16 ]

cubierto de una cosa enteramente blanca, que la hacía más fantástica, y
el reflejo de la luna parecía despedir de sí cierta luz misteriosa.
Cuando estuvo cerca, Lázaro la reconoció: era la devota cuyo semblante
traía las señales del insomnio y la fiebre.

--¡Lázaro!--dijo con voz muy débil y muy conmovida.

--Señora--contestó con mucha sorpresa.--¿Usted aquí á estas horas? ...
con esa fiebre ... ¿No está usted enferma?

--¿Yo? ...--murmuró ella con una especie de extravío;--¿yo? ... no ...
yo estoy buena. Estoy mejor.

--Creí que estaría usted durmiendo. Le conviene el reposo.

--Yo--contestó ella con una singular entonación que alarmó á
Lázaro,--yo ... yo no duermo, yo no puedo dormir. Hace muchas noches
que no cierro los ojos.

--¿Pues qué tiene usted?--preguntó Lázaro mirándola con mucha
atención.--Usted no está buena. Usted es una santa: pero la santidad con
exceso es perjudicial, señora.

--Yo no soy santa--dijo la dama:--soy una pecadora.

--No diga usted eso, por Dios. Usted es una santa, ¡qué felicidad!
¡Tener tranquila la conciencia! Dirigir todo su amor al que no engaña,
ni es falso, ni desleal: á Dios.... Esta es la mayor de las felicidades.

--Hable usted bajo--dijo la devota.

--Y luego--continuó él,--estar libre de odios, de rencores, de
desengaños....

--Más bajo--indicó la dama, y su voz parecía un suspiro.

--Estar libre de rencores--prosiguió Lázaro en voz muy baja:--¡amar sin
recelo, sin temor; despreciar el mundo, las traiciones, las asechanzas;
hallar regocijo en las persecuciones, y sacar consuelo hasta de las
desventuras!... ¡Oh, qué feliz es usted...!

Después de una pausa, la voz de la mujer mística resonó como un eco
lejano para decir:

--No, amigo mío: yo no soy feliz; soy muy desgraciada.

Sólo estando muy cerca de ella, como estaba el sobrino de Coletilla en
aquel momento, era posible oír aquellas palabras.

--¡Soy muy desgraciada!--repitió con un rumor débil, sordo, apagado,
como esos murmullos de rezo que turban en las horas de tranquilidad el
profundo silencio de las catedrales.

--¿Qué mayor consuelo--dijo Lázaro,--que vivir con el espíritu en
regiones de paz, donde no hay infamias ni perfidias? Elevarse con
exaltación y amor, disfrutar con toda pureza de las dulzuras de una
comunicación con Dios, y vivir orando, confiada en el pago de tanto
amor, en la gratitud infalible del objeto amado. ¡Oh, qué felicidad!

El joven aragonés tenía tan ocupado el ánimo con sus propias amarguras,
que no atendió; con la observación y la curiosidad que el caso exigía, á
las raras señales de alteración física y moral que otro menos abstraído
hubiera visto en la santa y edificante faz de doña Paulita.

--¡Vivir en la oración!--continuó.--¡Vivir orando con los ojos del alma
fijos en el eterno y leal amor! ¡Repetir incesantemente su nombre y sus
alabanzas! ¡Eso si es felicidad!

--No--dijo del mismo modo la mujer perfecta;--yo no rezo, yo no
puedo rezar.

--¡Ay!--exclamó él.--Eso lo dice usted porque en su modestia le parece
que aún no es bastante perfecta. Si usted conociese la miseria de otros,
comprendería á qué inmensa altura se halla sobre los demás.

La devota bajó los ojos, y con gran melancolía y tierna voz dijo:

--¿Y qué miseria hay mayor que la mía?

--Es usted demasiado buena. Todo el mundo sabe muy bien que usted es
una santa, una verdadera santa.

--¿Quiere usted que le haga una confesión?--dijo Paula, mirándole como
se mira á un confesor.--Pues yo también lo creí; yo también creí que era
una santa; pero ya no lo creo.

--¡Ah!--exclamó Lázaro:--yo no necesito que nadie me diga lo que usted
es para saberlo. Yo mismo lo he comprendido. Cuando una criatura tan
perfecta ha descendido hasta mí para defenderme y disculpar mis faltas,
es indudable que no es como los demás. Yo me veía acosado por todas
partes, me trataban todos aquí con acritud ó menosprecio. Usted sola
alzó la voz, y la ha alzado varias veces después en favor mío, para
decir que no era yo tan malo como creían. ¿cree usted que yo he
olvidado, que podría, olvidar eso? No, señora. Yo seré todo lo que
quieran; pero no soy ingrato. Yo tendré siempre grabadas en mi memoria
las palabras que usted ha pronunciado en defensa mía. Usted es una
santa: yo lo diré á todo el mundo.

--¡Oh!--dijo la devota con la misma plañidera voz: nunca creí que fuera
usted tan malo como decían. En la cara conozco yo esas cosas. No me
equivoco nunca, y estoy casi segura de que le han calumniado, de que
quieren agobiarle y confundirlo con acusaciones impertinentes.

--¿Eso pensó usted de mí?

--Sí: segura estoy--contestó ella,--de que su corazón es bueno y recto;
que si alguna falta ha cometido, fué por ligereza y falta de previsión.
Creo también que no le aman á usted como se merece.

--Señora, ¿qué ha dicho usted?--preguntó el estudiante
vivamente.--Eso me parte el corazón porque es una verdad en que estaba
yo pensando ahora.

--Sí: no le aman á usted como se merece--repitió Paulita.--Su tío es
demasiado duro.

Un observador despreocupado hubiera advertido que la santa se acercó
unas pulgadas más á Lázaro, el cual, impresionado por la verdad que oyó
de boca de aquel oráculo, estuvo á punto de abrazarla, y lo hubiera
hecho á no impedírselo el respeto que la jerarquía y decoro evangélico
de la teóloga la infundían.

--Su tío de usted, el señor don Elías--continuó la mujer
mística,--observo que trata á su sobrino con demasiado rigor.

--Y otros también--dijo Lázaro, volviendo el rostro.

--¿Y cómo quieren que sea buena una persona que no es amada?--dijo con
admirable misticismo la dama. Cuando un ser recibe ingratitudes y
desprecios, sus sentimientos se agrían, se esteriliza la fuente del bien
y del amor que hay en todo pecho humano.--Cuando un ser no es amado, ha
de ser malo por precisión.

--¡Qué discreción, qué discreción, señora!--exclamó el joven con
entusiasmo.--Ya fué usted mi consuelo otras veces. La consideraba á
usted santa; pero ahora veo que su sabiduría iguala á su virtud, y á su
lado me encuentro tan pequeño, que me da vergüenza.

--Sí: una persona á quien se trata con tanta dureza no puede ser
buena--dijo Paula.--El amor hace prodigios; hace de los hombres incultos
y malos, hombres mansos y buenos; hace de los melancólicos y descreídos,
seres felices, creyentes y cariñosos.

--¡Qué ciencia la de usted! Esa es la ciencia que sólo pertenece á la
santidad. ¡Dichosa quien puede ver las miserias de la tierra desde
tan grande altura, y puede juzgar serenamente de todo! Usted sí que
conoce el mundo.

--No, Lázaro: yo no sé lo que es el mundo.

-¡Oh! Entonces es usted más feliz todavía.

--Yo--dijo la mujer perfecta, después de una pausa en que miró al cielo
fijamente como quien lee alguna cosa,--yo pasé mi niñez en la austera
casa de mis tíos, recibiendo de personas devotas la más ejemplar
educación. Desde que tuve uso de razón aprendí á orar; mis primeras
palabras fueron el rezo. Los primeros años de mi vida pasaron en un
convento, donde me vi rodeada de Madres santas y cariñosas que me
enseñaron el camino de la perfección. Mi juventud fué pasando de este
modo en ocupaciones devotas. Hace quince años que estoy rezando sin
cesar, y casi sin notario. He vivido en Dios desde la cuna: no sé lo que
soy, no sé si he vivido.

--¡Dios mío, qué ángel es usted!--dijo Lázaro.--¡Qué perfección! Yo la
admiro á usted y la venero, señora.

--No soy digna de veneración, sino de lástima--contestó con mucha
amargura.

Y dió un suspiro profundísimo que parecía sacar al espacio los misterios
encerrados en el _Sancta sanctorum_ de su pecho.

--¡Digna de lástima!--exclamó el aragonés sorprendido.--¿Pues qué puede
usted apetecer? ¿Qué la preocupa? Algún escrúpulo de conciencia, el
deseo de mayor perfección. Yo sí que soy desgraciado; yo, señora, no
debiera estar en el mundo.

--¿Pero qué tiene usted?--preguntó Paula con mucho interés.--Dígamelo
usted todo. ¿No dice usted que le he consolado otras veces? Ahora le
consolaré si me descubre una nueva desventura. Cuénteme usted.

--Mis desdichas no son para contadas. Además, usted es demasiado
buena para oirlas. Se horrorizará usted y se turbaría la paz serena
de su espíritu.

--¡Oh! no: cuénteme usted. Tal vez alguna falta muy grave. No importa;
cuéntemela usted, que yo se la perdono antes de saberla.

--Falta mía no es.

--¿Falta de otro? ¿A ver?--dijo la mística con ansiosa curiosidad.

--Deje usted para mí todas esas amarguras, señora. Eso es para mí;
es un triste patrimonio de que solo puede disfrutar mi corazón,
hecho para eso.

--¿Qué es, Lázaro?... ¡Ah! Todo lo comprendo: su tío de usted es muy
cruel. No le quiere á usted. Mas no hay que apurarse por eso, amigo mío.
No todos le tratarán á usted con el mismo rigor. Alguien le amará.

--No, no me importa--manifestó Lázaro, cuyas penas se recrudecieron en
aquel momento;--No me importa que me traten con desdén, que me
aborrezcan todos, que me detesten. Yo no he nacido para otra cosa.

--Está usted muy agitado. ¿Y delante de mí se desespera usted de ese
modo?--dijo la devota con suave acento do reprensión.

--Perdóneme usted, señora; no sé lo que digo. Usted es demasiado buena,
y no comprende estas cosas. Usted no conoce el mundo. Usted no conoce
cuanta iniquidad, cuanta perfidia, cuánto desengaño, cuánto cinismo hay
en él. Usted no conoce más que lo bueno, no conoce más que á Dios.

--Esa desesperación que usted manifiesta, Lázaro, no es nada buena. Eso
le llevará á usted al infortunio y á la muerte.

--Quiere usted, con su inmensa bondad, aplicarme á mí los consuelos de
la religión: eso no es para mí, no lo merezco.

--Usted lo merece todo, consuelo, amistad, amor. Yo sé lo que merece, y,
por lo tanto, lo tendrá. Sentimientos como los de usted no han de estar
olvidados tanto tiempo.

--¡Bendita sea usted mil veces! Pero se equivoca, eso no es para mí.

--Usted merece amor y todo lo que el corazón puede dar. Usted se llama
desventurado, y su agitación, Lázaro, no tiene fundamento alguno. Hay
males peores, males que nacen de repente en el corazón y crecen con
tanta rapidez, que no dan esperanza de remedio. Todo lo que á la persona
rodea entonces, todo lo que está dentro y fuera de sí, se vuelve en su
daño. La vida es un peso insoportable: le molesta lo presente, le da
hastío lo pasado y terror lo porvenir.

La devota hablaba con voz muy baja, y con grave y tristísimo son. La
noche había obscurecido, y los ojos de Paulita, que siempre en momentos
dados habían tenido brillo extraordinario, resplandecían aquella noche
como dos ascuas fosforescentes, cuya luz hacían más penetrante y
siniestra la obscuridad de sus párpados, ennegrecidos por el insomnio,
la fiebre y la excitación moral de que estaba poseída.

--¡Ay de aquellos que no se han conocido, que se han engañado á sí
mismos y han dejado torcerse á la naturaleza y falsificarse el carácter
sin reparar en ello! Esos, cuando lo callado hable, cuando lo oculto
salga, cuando lo disfrazado se descubra, serán víctimas de los más
espantosos sufrimientos. Se sentirán nacer de nuevo en edad avanzada;
notarán que han vivido muchos años sin sentido; notarán que el nuevo ser
originado por una tardía transformación se desarrolla intolerante,
orgulloso, pidiendo todo lo que le pertenece, lo que es suyo, lo que una
vida ficticia y engañosa no le ha sabido dar; pidiendo sentimientos que
el viejo ser, el ser inerte, indiferente y frío, no ha conocido. ¡Qué
luchas tan terribles resultan de este despertar tardío! ¡Oh, esto es
espantoso!

Tenemos datos para creer que la devota no dijo esto con las mismas
palabras empleadas en nuestro escrito. Pero si el lector lo encuentra
inverosímil, si no le parece propio de la boca en que lo hemos puesto,
considérelo dicho por el autor, que es lo mismo. Ella dijo algo parecido
á esto, siendo el mismo pensamiento, aunque distintas las frases.

Indudablemente estas confesiones de la devota son, como habrá el lector
comprendido, bastante obscuras, y no dan todavía ninguna luz acerca de
la crisis que indudablemente agitaba aquel purísimo y perfecto espíritu.
Lo cierto es que una gran transformación se verificaba en su carácter.
Lázaro, la verdad sea dicha, no entendió muy bien las solemnes y como
sibilíticas palabras que oyó de los trémulos labios de la santa: y él
atribuyó la obscuridad de tal explicación á la influencia de las
lecturas místicas en la manera de expresarse aquella señora y á los
hábitos de un estilo más discreto que claro, como acontece generalmente
en las personas absorbidas por la contemplación. Así es que se limitó á
contestar:--Sí, señora; es espantoso.

--¡Qué terrible es el amor en sus exigencias!--dijo la santa,--sobre
todo cuando se cree ofendido, cuando pide el pago de una gran deuda que
con él se ha contraído, cuando no transige ni espera, sino que se
presenta exigiéndolo todo de una vez.

--¡Sí: qué terrible es esto!--contestó Lázaro.--¡Feliz es usted, que no
lo conoce más que de oídas!

--¿De oídas?--dijo ella.--Sí--añadió después de una breve pausa,--he
oído lo que dicen los amantes; pero la mayor parte de ellos encuentran
en los accidentes del mundo mil medios para poder conservar la vida en
la lucha terrible. Sólo algunos, según dicen, por circunstancias
especiales de carácter y posición, tienen el triste privilegio de morir
irremisiblemente sin victoria y sin defensa.

--¡Oh, cómo lee en mi corazón!--pensó el estudiante muy conmovido, y sin
comprender la profundidad psicológica de aquellas palabras, ni su
aplicación y significado en aquel momento.

--Usted no comprende esas cosas, Lázaro.--¿Que no?--dijo éste.--¿Que no?
Desgraciadamente las comprendo. Para usted, sí; para usted, que es una
criatura perfecta, una escogida de Dios, están veladas estas dolorosas
miserias. Usted no ve estos horrores. ¡Dichosa ceguera la de aquellos
cuyos ojos cerró Dios al venir al mundo!

--Es verdad ... no lo sé ...--dijo Paula con una ironía tan marcada, que
fué preciso todo el extravío de Lázaro para no notarlo.--No lo sé, no
entiendo de eso. Soy una tonta devota.

Estas últimas palabras, dichas con cierto despecho fueron bastantes á
fijar la atención del interlocutor. Este no contestó ni preguntó más
sobre el asunto que trataban; acercóse á la dama, que se había apartado
de él retrocediendo, y notó que lloraba. ¡Oh confusión de confusiones!

--Pero ¿qué tiene usted, señora?--le dijo.--Nada, nada, nada--contestó
con una graduación descendente. El último _nada_ sólo lo oyeron los
labios con que fué pronunciado.

--¡Usted está enferma y ha salido usted de su cuarto á esta hora! Eso no
es bueno, señora. Se va usted á poner peor.

--Es verdad, estoy enferma--dijo ella acercándose.¡enferma para
siempre!

--¡Enferma para siempre! Usted padece, y es, sin duda, por efecto de su
excesiva devoción. Usted aspira al cielo: ¿á qué otra cosa podía aspirar
un alma tan bella?

--Sí--dijo Paula con voz muy triste:--no quiero más que reposar en paz.

--¡Qué bella es la muerte!--dijo Lázaro patéticamente:--sólo ella nos
puede consolar. Por mi parte, señora, le digo á usted con franqueza que
quisiera morirme en estos momentos.

--¡Morir!-exclamó la devota con repentino arrebato de interés, y
acercándose más, mucho más al joven.--¡Morir, no! Usted debe vivir.
Quién sabe lo que Dios le tiene á usted reservado en el mundo.

--¿A mí?

--Sí: tal vez días de felicidad al lado de personas que le amen. ¡Oh,
cuántos seres existirán tal vez que se crean felices sólo con que usted
lo sea! Yo sé que los habrá.

--¡Qué buena es usted, señora!--repitió Lázaro.--Para mí no puede haber
nada de eso. O no merezco otra cosa, ó estoy maldito de Dios.

--¡Ay! no diga usted tales cosas--exclamó ella, juntando las manos.

--Perdóneme usted, señora: no sé lo que me digo. A pesar de todo, usted
me consuela, y hallo en su presencia no sé que grata expansión. No
podré nunca olvidar que sólo usted se atrevió á defenderme cuando todos
me acusaban.

Al decir esto, Lázaro no pudo menos de advertir que la santa dejó caer
pesadamente los brazos, y miró al cielo. Su rostro, de color suavemente
moreno y sin ningún matiz rojo en las mejillas, estaba en aquellos
momentos pálido y sombreado por la proyección de sus cabellos, cuya
magnitud, belleza y negrura no era comparable sino á la intensidad
tenebrosa de sus ojos negros que, después de la metamorfosis, habían
adquirido una expresión desconocida. No sabemos si fué efecto de la
casualidad ó si lo hizo de intento; pero es lo cierto que, contra su
costumbre, tenía simplemente la cabeza cubierta con un pañuelo, y que
durante el diálogo sus magníficos cabellos, tesoro disimulado por el
misticismo, se desataron y cayeron gradualmente por la espalda. Nunca
había visto Lázaro una cabellera igual: parecía en la obscuridad de la
noche una toca negra que descendía hasta la cintura. Mientras hablaba,
la santa solía apartarse á un lado y otro de la frente las dos ramas
principales de aquel encanto, que nació en aquella noche en el calor de
una confidencia apenas intentada. Lázaro, que observó largo rato á la
dama, notó que lloraba, y que, apartándose de él lentamente, se apoyó en
la pared con muestras de gran postración y abatimiento.

--Pero usted llora--dijo, arrepentido de haber hablado tanto y
deteniéndola;--usted está muy agobiada. ¿Por qué no ha reposado usted?

--Yo no puedo reposar, yo no puedo dormir--murmuró la devota con voz más
bronca y grave que de ordinario.

--¿Por qué salió usted á estas horas estando así?

--Me ahogaba, y he tenido que salir á respirar el aire.

--Pero usted llora. Por Dios, ¿qué tiene Usted?

La enferma no contestó.

--¿Está usted muy enferma, muy enferma?--continuó Lázaro.

--Sí--dijo ella de un modo imperceptible.

--¿Hace mucho?--Hace poco.

--Señora, retírese usted, yo se lo suplico. Sus manos parecen de fuego,
su frente quema.

Lázaro le tomó las manos, y notó en ellas un calor excesivo; se atrevió
á ponerle la mano en la frente, y creyó tocar un cuerpo inflamado. Al
mismo tiempo la santa temblaba, como si su cuerpo recibiera la impresión
del hielo.

--Usted tiene frío, tiene convulsiones--dijo;--retírese usted.

Ella continuaba en la misma actitud; cerró los ojos como quien siente
un pesado sueño, é inclinó la cabeza, buscando apoyo. Lázaro tuvo
miedo; estuvo por llamar; la asió por un brazo, y dispuesto á hacerla
retirar, le dijo:

--Vamos, señora, es muy tarde. Usted no se encuentra bien aquí. Vamos,
¿quiere usted que se llame á algún médico?

--No--dijo ella, abriendo los ojos y mirándole con cierta ironía.--No:
¿para qué un médico?

--Su salud es muy preciosa--dijo Lázaro, por cuya cabeza pasó
rápidamente una sospecha.--Consérvela usted bien; será siempre mi mayor
alegría saber que usted está buena y disfrutando de la salud necesaria
para hacer el bien. No me voy de aquí sin la seguridad de que queda
usted enteramente buena.

--¡Marcharse usted!--exclamó ella con un repentino movimiento que la
animó.--Sí, marcharme.

--¡Usted se va!--continuó con otro movimiento que tenía algo de salto y
poniendo siniestro brillo en sus ojos.

--Sí, naturalmente.

Al oír esto, la devota, con instantánea fuerza, le asió con su mano
convulsa el brazo, y estrechándole violentamente, dijo:

--No, ¡no se irá usted!

En el mismo momento en que esto decía, se sintió que abrían la puerta de
la calle. Era Elías que entraba; se le sentía subir. Venía alumbrado por
una linterna, y como de costumbre, hablando solo.

--Retírese usted--dijo con viveza la mística.--¿Y usted se queda aquí?

--Retírese usted á su cuarto. Que no le vea levantado. Échese usted en
la cama. Finja que duerme.--¿Pero usted? ...

--Vamos. Entre usted en su cuarto. Que ya llega ... Pronto.

Lázaro se retiró, empujado por ella precipitadamente. Entró corriendo en
su cuarto antes que Coletilla llegara, y arrojándose en el lecho, fingió
que dormía. El fanático entró poco después y se acostó murmurando.
Cuando apagó la luz, Lázaro se incorporó en su lecho con mucha cautela,
y asomándose por una ventana que daba al corredor, miró hacia afuera.
Aún estaba allí la dama con el rostro vuelto hacia la ventana. Lázaro se
volvió á acostar, y pasado un cuarto de hora en que caviló cuanto puede
cavilar cabeza humana, se asomó de nuevo y vió la misma figura blanca,
inmóvil en el mismo sitio y con los dos terribles ojos negros fijos en
la ventana. Aquello le acabó de confundir. Pasó mucho tiempo mirando
cada cinco minutos, y siempre veía la misma figura, hasta que al fin ya
no miró más porque le daba miedo.





CAPÍTULO XXXI



#La reunión misteriosa.#


Al anochecer del siguiente día salió Lázaro de su casa. Había pasado
toda la mañana averiguando dónde vivía Bozmediano, y en las pocas horas
que permaneció en la casa de las tres nobilísimas damas, oyó decir que
doña Paulita estaba muy mala, y que Clara no estaba buena. Salomé se le
presentó varias veces, más impertinente que de costumbre, para
recordarle que la tarde anterior no había saludado á Entrambasaguas; y
María de la Paz Jesús hizo todo lo posible por encontrar pretextos para
reprenderle, lo que su admirable instinto de inquisidora logró
repetidas veces.

Lázaro salió, y ya entrada la noche penetraba en los solitarios barrios
de la Flor Baja, donde está la habitación de los Bozmedianos.

Entró en el portal y preguntó por don Claudio. El portero, que era
hombre de mal genio con los humildes, le contestó con muy desagradable
talante que no estaba.

Lázaro se quedó parado un buen rato, mirando al portero, como si le
pareciera inverosímil la declaración de aquella sibila con gabán
galonado. Este creyó que no lo había dicho bastante claro, y
repitió:--¡No está!

Pero el joven tenía mucho interés en ver á Bozmediano aquella noche; así
es que no se dió por satisfecho y preguntó:

--¿Cuándo vendrá?

El otro creyó que esta pregunta, hecha por un joven que no parecía ser
de la primera nobleza, que no había venido en coche, que no era militar
ni tenía botas á la _farolé_ era una pregunta muy inconveniente y falta
de sentido común. Se sonrió con aire de superioridad, y metiéndose las
manos en los bolsillos, dijo:

--¿Cómo quiere usted que sepa yo cuándo viene? Vendrá ... cuando venga.

--Es que tengo precisión de verle esta misma noche. ¿A qué hora
suele venir?

--No tiene hora fija--dijo el portero volviendo la espalda y
dirigiéndose á la portería.

Después volvió y dijo:

--Si usted quiere dejarle algún recado....

--No--replicó Lázaro;--necesito verle yo mismo.

--Pues mañana temprano ...--dijo el criado en un tono que era fácil de
traducir por "váyase usted."

Lázaro comprendió que era imposible sacar más partido de aquel
cancerbero, y salió; pero tenía vivos deseos de ver á Bozmediano aquella
misma noche. Parecíale que cada hora que pasaba después del fatal
momento en que le vió desaparecer por la buhardilla, añadía nueva
intensidad á su agravio. Para él era Bozmediano entonces el ser más
odioso y repugnante que había nacido. Creíale inspirado tan sólo por las
ideas más bajas y groseras, y veía en él un cobarde seductor incapaz de
nada generoso ni bueno. Se contemplaba como superior, muy superior á
aquel hombre insidioso, y creía que sólo con verle el criminal conocería
toda su bajeza. A veces le daban arrebatos de súbita cólera, tan fuerte
y violenta, que al tener al militar ante sí, se lanzarla sobre él
dispuesto á arrancarle por cualquier medio la vida. Con estos
sentimientos, el estudiante decidió no apartarse de la casa para esperar
á que entrara, si estaba fuera, ó cogerle al salir, si estaba dentro.
Pasó á la acera de enfrente y empezó á pasearse, resuelto á no abandonar
su puesto en toda la noche, esperando con la inquebrantable paciencia
que da el deseo de venganza.

Las diez serían cuando Lázaro vió que salían de la casa tres personas.
Acercóse con disimulo, y vió que una de ellas era Claudio. Apoyado en su
brazo, y andando con lentitud, iba un anciano, que juzgó sería su padre.
La otra persona era un militar; los tres hablaban con calor. Lázaro les
siguió á alguna distancia, comprendiendo que no era aquélla la mejor
ocasión para hablar á Bozmediano; pero se decidió á seguirles hasta ver
dónde paraban. Anduvieron varias calles, y al fin llegaron á la plazuela
de Afligidos; se detuvieron ante una puerta enorme, de las que en aquel
antiquísimo sitio dan entrada á las vetustas casas del siglo XVII, y
Bozmediano, el joven, tocó. No tardaron en abrirles, y entraron. Lázaro,
que les observaba desde lejos, notó que parecían recatarse, procurando
no ser vistos. El militar entró el último, después de mirar á todos los
rincones de la plazuela. Bien pronto se vió luz en una de las ventanas
de la casa, pero una mano cerró las maderas y no se vió más claridad.

Sin saber por qué, la imaginación del estudiante no pudo menos de
atribuir á la entrada de aquellas personas en tal casa cierto misterio:
se acercó, miró el número, y cuando se alejaba, dispuesto ya á
retirarse, vió que venían otras dos personas embozadas hasta los ojos.
Pasó junto á ellas Lázaro, fingiendo que seguía su camino, y
refugiándose tras la esquina de la calle de las Negras, observó que
tocaron, que les abrieron sin tardanza, y que entraron. Tal vez será
casualidad--pensó el joven;--pero algo tiene de extraño la reunión de
aquellas personas en el mismo sitio.

No pasaron diez minutos, cuando Lázaro vió aparecer, viniendo del
portillo de San Bernardino, á otros tres personajes, igualmente
embozados; observó que se detenían para ver si les miraban, y por
último, después de tocar, entraron en la casa. "Ya van ocho", dijo para
sí, y esperó á ver si venía otra remesa.

Poco después uno solo, que desembocó por la calle de Osuna y marchando
muy á prisa. Detrás de éste aparecieron dos, que no necesitaron tocar,
y, por último, llegaron uno tras otro cinco más, que entraron
sucesivamente y separados.

--Sin duda hay aquí algo--dijo Lázaro.--Han entrado diez y seis. Es un
club secreto, una conspiración, tal vez una logia de masones. A las once
se retiró viendo que hacía una hora que no entraba nadie; peto se retiró
resuelto á volver la noche siguiente para observar si aquello se
repetía. Era evidente para él que allí se verificaba una reunión de
personas graves, sin duda con algún fin político. Odiaba de muerte á
Bozmediano, y este sentimiento le llevó á sentar el principio de que lo
que allí se trataba no podía ser cosa buena.

Retiróse á la calle de Válgame Dios, muy pesaroso por no haber podido
tener con su enemigo la terrible entrevista que él se había imaginado.

No es descriptible la ira que de María de la Paz se había apoderado con
motivo de la tardanza del joven. Baste decir, para dar una idea de la
irascibilidad de la dama á quien los poetas del tiempo de Cadalso
compararon con Juno, que se levantó, no diremos que en paños menores,
pero sí menos pomposamente vestida, cubierta y ataviada que de
ordinario, para decir al caballerito que si se figuraba que aquella casa
era suya (de él), y que si tenía propósito de pasar la noche, mientras
ella viviera, en los clubs y en los garitos de Madrid. Añadió que estaba
cerciorada de que su conducta (la de Lázaro) no cambiaría nunca, y que
era preciso desistir del empeño de hacer entrar un rayo de luz en tan
obscura y desorganizada cabeza. Dijo asimismo que sólo á un exceso de su
caritativa bondad (de ella), debía (él) el gran favor de ser admitido en
aquella santa casa, aunque presagiaba que no estaría mucho tiempo más en
ella á causa de sus maldades y abominables calaveradas ... que
deshonraban aquella santa casa. Y siempre con la santa casa. Así se lo
dijo, y siempre con voz muy alta. El joven le contestó muy quedo:

--Señora, he tenido que hacer....

Pero ella no le dejó concluir, y dando gritos exclamó:

--No alce usted la voz, caballerito. ¿A qué grita usted de ese modo?
Está mi sobrina muy mala, y viene usted á incomodarla. Si no ha venido
aquí más que para incomodar....

--¿Que está muy mala doña Paulita?--dijo en voz casi imperceptible
el muchacho.

--Sí, señor; y usted, con esas voces, no la deja reposar.

--Pero si yo no he alzado la voz....

--Calle usted, señor don Lázaro, calle usted, y no me desmienta.

En esta disputa estaban cuando Salomé apareció, diciendo:

--¡Por Dios, que está Paula con el recargo, y con este ruido se va
á agravar!

--Este caballerito da unos gritos ...--dijo Paz, alzando mucho la
voz.--¿Ves? Ha venido á las doce. ¿Qué te parece, Salomé? Habrá estado
en algún club de gente perdida. ¡Bonita alhaja hemos metido en casa! ¿Y
dice usted, caballerito, que ha tenido que hacer?

--Sí, señora: he tenido cierto negocio--contestó Lázaro un poco
amostazado con las impertinencias de las dos viejas....

--¡Buenos negocios serán esos!--indicó Salomé.--Pero á ver si baja la
voz, que mi prima no puede sufrir esos gritos. Apenas entró usted ... yo
no sé cómo pudo sentirle. Lo cierto es que le sintió entrar, le conoció
en los pasos, despertó con mucho sobresalto, y cuando escuchó su voz se
incorporó en el lecho con mucha agitación, manifestando que le molestaba
mucho su voz. Con que calle usted, y procure no hacer ruido con esos
taconazos.... Vamos, ya puede usted retirarse....

--Señoras, buenas noches.

Aun no había dado un paso, cuando Clara apareció muy alterada, diciendo:

--Señoras, vengan ustedes, que se quiere salir de la cama ... No la
puedo sujetar. En cuanto sintió esta conversación, se levantó muy á
prisa, diciendo que venía acá.

--¡Ah! Vamos á ver--dijo Paz, entrando en la habitación.

--Empieza á delirar--dijo Salomé, entrando también con Clara.

Lázaro subió pensando en aquel nuevo misterio de la mujer santa.
    
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