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arriba"--pensó, y siguió andando hasta acercarse á la puerta del cuarto
donde Clara debía estar. "Para que no se asuste" pensó Lázaro, trémulo
de emoción, como quien va á cometer un crimen,--lo mejor será
acercarme á la puerta y llamarla muy quedito. "Así no se asustará."
Avanzó más, llegó á la puerta, y tomando aliento para pronunciar las
dos sílabas de aquel nombre que amaba tanto, se paró, y con voz baja y
conmovida dijo: "Clara."
Pero en el instante mismo en que pronunció esta palabra, se estremeció
de sorpresa y terror. Un frío intenso circuló por todo su cuerpo; toda
la sangre se le agolpó al corazón, que latía con violencia
desenfrenada, y quedó inmóvil como estatua junto á la puerta. En el
momento de pronunciar el nombre de Clara, había sentido dentro de la
habitación una voz de hombre, una voz de mujer y pasos precipitados.
Pronto veremos lo que hizo.
CAPÍTULO XXIX
#Las horas fatales.#
A las cuatro de aquella tarde, cuando, después de salir las tres damas,
Clara se encontró sola, quiso satisfacer su curiosidad leyendo la carta
que le había dado el abate; pero observó que Elías andaba por el
pasillo: tuvo miedo, y la guardó. Media hora después, habiendo Coletilla
salido con Carrascosa, se quedó sola, enteramente sola y encerrada.
Entonces abrió la carta. Era sin duda de Lázaro, y casi sabía punto por
punto lo que había de decir. Pero su sorpresa fué grande cuando miró la
firma y vió: _Claudio_.
--¡Claudio! ¿quién es Claudio?--exclamó con la mayor confusión.
La carta decía así:
"Ya te he devuelto, amiga mía, á ese joven prisionero á quien tanto
quieres. Yo le he sacado de la cárcel, donde el infeliz estaba á punto
de morirse de hambre y de frío; le he sacado tan solo porque es tu
amigo. Ya sabes que tú y yo somos también verdaderos amigos. Ese joven
parece que te quiere bien; pero no como yo, que te idolatro; y tan
desventurado soy ausente de ti, que hoy voy á intentar verte y hablarte
entrando por una casa vecina. No te llame la atención: estoy decidido.
Por mí han salido esas tres viejas; por mí ha salido Elías; por sí ha
salido Lázaro. Estás sola y encerrada; encerrada para todos menos para
mí, que te veré esta tarde. No tengas miedo: sólo quiero verte y
hablarte. Te lo asegura, te lo promete el que te adora.--_Claudio_."
--¡Claudio!--dijo Clara doblando la carta:--¿quién es este hombre?
¡Y quiere entrar aquí! ¡Jesús, qué miedo! ¿Qué debo hacer? ¿Cerrar
las puertas?
Clara empezó á temblar de miedo; no podía tomar resolución ninguna. Por
fin evocó todo su valor: se dirigió á la puerta que daba al pasillo, y
le echó el cerrojo; después corrió á la puerta que comunicaba con la
habitación inmediata con intento de cerrarla también; pero ya era tarde,
porque Bozmediano entró muy tranquilo en el cuarto.
--¡Jesús!--exclamó Clara, retrocediendo con espanto. Váyase usted, por
Dios. ¡Qué atrevimiento! Pero no pudo seguir, y se echó á llorar.
--¡Váyase usted.... Si vienen.... Por Dios, señor caballero (no se
acordaba del nombre). Váyase usted.... Usted es muy bueno y me dejará
sola. Si vienen ahora, ¿qué van á decir?
--No vendrán: tranquilízate--dijo Bozmediano algo contrariado por aquel
recibimiento.--Somos ya verdaderamente amigos. Hoy vengo á hablarte, á
verte. Ya sabes que me he declarado tu protector.
En el sistema amatorio de Bozmediano estaba el tutear á las muchachas á
la tercera entrevista.
--Yo no quiero que usted me proteja. Si estoy muy bien aquí--afirmó
Clara con angustia.
--¿Bien aquí?--dijo el militar, cerrando los puños. ¿Bien aquí? Como que
voy á ahorcar á esas tres arpías que te están martirizando. Cuando
pienso que un viejo fanático y tres mujeres ridículas están hoy en el
mundo sólo para mortificarte y asesinar lentamente á la más noble y
amable criatura que ha nacido.
--Si á mí no me atormentan--dijo Clara, cuya atroz inquietud se
manifestaba en un llanto entrecortado, que acobardó por un momento al
galán aventurero.--Váyase usted, por Dios, yo se lo ruego, se lo pido
por Dios y todos los santos.
--¿Irme sin ti? Eso no puede ser.
--Jamás consentiré yo en salir con usted--exclamó la joven con
resolución.--Váyase usted, señor caballero (otra vez no se podía acordar
del nombre): usted es muy bueno, yo lo sé. Pero si tarda un momento más
en marcharse, le odiaré toda mi vida. Váyase usted, por piedad.
--Y si me voy, ¿qué va á ser de ti, pobrecilla?--dijo Bozmediano con
melancolía.--Si yo te abandono, ¿qué va á ser de ti en poder de estos
cuatro demonios? ¿Cómo he de consentir el crimen espantoso de este
encierro, de esta soledad, de este marasmo, de esta tortura lenta que te
aplican esas infames? No, Clara: tú me conoces muy bien en las pocas
veces que me has tratado para saber que yo no puedo consentir tal cosa.
Si yo te abandono, pasará un día y otro día sin que nadie se atreva á
hacer cosa alguna para salvarte. Ese joven, á quien yo he sacado de la
cárcel, tiene una imaginación disparatada; pero no resolución ni ánimo
para sacarte de penas. Esta es la verdad: no esperes nada de quien nada
puede ni nada sabe hacer por ti. Créeme: no tienes más esperanza que yo.
Y por mi parte, seguro estoy de que no te opondrás á mi resolución, que
no tiene más objeto que tu felicidad.
--Pero si yo no quiero que haga usted mi felicidad dijo Clara más
inquieta.
--Pues entonces, ¿quién la va á hacer? Huérfana, sola en el mundo,
rodeada de enemigos y de malvados, sin que haya nadie que se interese
por ti....
--¡Oh!--dijo la huérfana vivamente, creyendo encontrar un gran
argumento:--sí, sí tengo quien se interese.
--No, no lo creas, no. Ese joven no hará nada: le conozco, conozco su
carácter. La prueba es que vive aquí hace días, que sabe tus
sufrimientos y nada ha hecho por aliviarlos. ¿Ha intentado algo? No: yo
sé que no. No se atreve.
--¿Que no se atreve? Sí, sí ... Pero váyase usted, por Dios. Si
vienen ... No se detenga usted un momento más; yo se lo ruego. Me va
usted á perder.
--Clara, Lázaro no hará nada por ti. Su imaginación está embebida en la
política. No esperes nada de él.
--Sí, sí espero: me salvará. Estoy segura de ello--dijo
dolorosamente la joven.
--¿Por dónde lo sabes?
--El mismo me lo ha dicho.
--¿El? No puede ser. Yo dudo que haya podido verte, según me han dicho.
--Pero me verá, me salvará. Yo no necesito de usted.
--Sí necesitas de mí. Tengo esa vanagloria, única recompensa del grande
amor que te tengo--dijo Bozmediano con expresión clarísima de verdad.
--Pero si yo no le quiero á usted ni le puedo querer. No le he visto más
que dos veces, y eso sin mi licencia.
--Ese poco tiempo ha bastado para que te quiera yo.
--Yo se lo agradezco á usted; pero cuando se vaya dijo la huérfana.--¡Qué
modo tan raro tiene usted de favorecerme, asustándome de esta manera y
comprometiéndome! ¡Ah! Váyase usted, por Dios. Van á llegar y le van á
ver aquí. ¡Jesús, qué hombre!
--No vendrán. La procesión es larga.
--¿Pero si viene él?
--¿Quién es él?
--El viejo.
--Ese primero muere que venir.
-¿Pero si le ve á usted la vecindad? Y, sobre todo, aunque no le vean
... Yo no quiero que esté usted más tiempo aquí; no le quiero ver.
Clara estaba tan consternada y era tan resuelta su actitud, que
Bozmediano empezó á dudar del éxito de su aventura, y estuvo un
rato indeciso.
--Clara--prosiguió sentándose con familiaridad,--tu no me conoces. No
sabes de lo que yo soy capaz. Yo soy capaz hasta de sofocar mis
sentimientos haciendo por tu felicidad el sacrificio de la mía. Tú no me
conoces, ni aciertas á juzgarme, ni ves en esta empresa que acometo otra
cosa que una intención dañada y vil. Si viera junto á ti á alguna
persona capaz de sacarte de esta miseria, no me opondría á que me
dijeras, como me has dicho, que no me quieres ver. Yo dejaría entonces á
otro el orgullo de quererte y hacerte feliz; pero esto no es posible. Tu
situación es tan desesperada, que quiero salvarte á pasar tuyo,
arrostrando hasta tu ingratitud, que es lo que más temo. Si me ves aquí,
es porque nadie existe en esta casa que pueda ampararte.
--Bien: yo lo agradezco, señor caballero; pero déjeme usted. ¡Ay! Si
Lázaro sabe que ha estado usted aquí....
--Si lo sabe, nada le importa. El no piensa más que en política; ni en
aquella cabeza hay la discreción y la astucia que tú necesitas para
salir de aquí. En aquel corazón no caben más que las desenfrenadas y
vulgares pasiones del pueblo, capaces tal vez de un hecho notable, pero
inútiles para consolar á un ser débil y delicado.
--Sí, él me salvará: yo lo sé--repitió Clara un poco menos asustada y
más triste.--No, no lo esperes.
--Sí, lo espero. ¿Por qué no lo he de esperar? ¿Por qué me dice usted
eso? ¿Qué sabe usted lo que él puede hacer por mi?
--¿Pero es posible que le quieras tanto?--dijo Bozmediano, que no creía
encontrar tanta firmeza.
--Sí, le quiero. Pero usted, ¿á qué me pregunta esas cosas?
--Lo pregunto por saberlo--dijo con mucha calma el militar.--Ahora
repito que tú no sospechas de qué acciones soy yo capaz. ¿Creerás que es
posible, si me pruebas que le quieres tanto, que yo le comprenda en esta
protección generosa que te consagro, y me interese por los dos tanto
como ahora me intereso por ti? Pero falta una condición para esto. Dudo
mucho que él te quiera como tú mereces, y si es como yo sospecho, le
creeré un hombre indigno y le apartaré de ti cuanto pueda. Le saqué de
la cárcel para probarte que procedo en estas cosas, como en todo, con
buena fe y caballerosidad. Cuando te vi por primera vez, y comprendí lo
que era tu vida, la poca esperanza de tu porvenir y la bondad de tu
corazón, me dió tanta lástima, que ... no sé ... casi te amé desde aquel
momento como ahora. Para mí fué entonces el amor tan poco egoísta, que
no entraba para nada mi persona en las cavilaciones que día y noche
ocupaban mi imaginación. Después supe que existía, un joven á quien tú
querías mucho; supe que este joven estaba preso y le puse en libertad
por ti y para ti. Nunca tuve intención de apartaros á los dos; al
contrario, mi deseo era uniros si él lo merecía. Pues bien: yo me he
convencido de que él no merece tal cosa y es indigno de ti. Clara no
supo qué contestar á estas palabras. Y á la verdad que no era fácil
conocer si tan elocuente expansión de bondad y afecto era verdadera ó
simplemente un ardid galante de los que también usan los seductores.
--Sí; pero entre tanto--dijo la muchacha,--usted me compromete; usted me
pierde para siempre. Si viene alguno de la casa y lo ve, ó descubre que
ha entrado aquí....
--Nadie lo puede descubrir.... ¿Pero es cierto, Clara que quieres
tanto á ese muchacho?--dijo Bozmediano, queriendo imprimir á sus
palabras cierto tono de jovialidad, que estaba muy lejos de tener en
aquel momento.
El joven galanteador había errado el tiro; el aventurero de amor creyó
que había deslumbrado á Clara con la conversación de sus dos primeras
visitas. "Y era que tenía muy alta idea de sus propias dotes personales
para dudar de que una muchacha sencilla, educada por un fanático, y sin
conocer otras pasiones que las vulgares inclinaciones de aldea, pudiera
resistir á ellas. Creyó asimismo que el hecho de poner en libertad al
que podía considerar como rival, influiría mucho en el ánimo de la
huérfana. El había empleado otras veces con mucho éxito procedimientos
parecidos. Además, Lázaro le había parecido algo brusco, poco amable,
poco digno de ser amado, poco interesante."
--Sí--contestó Clara,--le quiero. Se lo juro á usted, que dice que me
tiene amistad.--¿Y le quiere usted mucho?--Mucho. Vaya, ahora se puede
usted marchar. El militar se quedó muy pensativo. Vióse un poco ridículo
en aquella situación; pero siempre triunfaba de su amor propio la bondad
de su corazón. En aquel momento pensaba en renunciar por completo á todo
y tratar por cualquier medio de contribuir á la felicidad de los dos
muchachos.
--¿Pero no se marcha usted?--dijo Clara, volviendo á su inquietud.
--Sí, me marcho ya. Pero ... no--añadió con determinación,--no puedo
consentir que te quedes en este sepulcro. Me parece que si te dejo aquí
no he de verte más. Pero ese hombre, ese exaltado, ¿en qué piensa? ¿qué
hace? ¿cómo tiene alma para verte en poder de esas arpías, y no pegar
fuego á esta casa maldita?
--El me quiere--dijo Clara, resuelta á decir todo lo que pudiera
determinarle á marcharse.
--No: te dejará morir de hastío en esta cárcel. Lo sé; conozco bien
á ese loco.
--¡Oh! se interesa por mí: estoy segura de ello.--¿Nada más que eso? ¡Se
interesa!--Padece mucho al verme así--exclamó Clara con dolor.
--¡Oh! Las tres pécoras de esta casa me la han de pagar. ¿Pero es cierto
que te mortifican?
--¡Oh! me consumo--dijo Clara sin poder contener una triste franqueza.
--¡Malditas! ¿Pero ese hombre, qué hace?
--Hará mucho, hará lo que pueda. Es pobre....
--¡Pobre!--dijo él muy pensativo.--¿Y qué esperas de una persona que
sólo podrá hacerte más infeliz? ¡Oh, juro que si ese joven no te
corresponde, me la ha de pagar! Bozmediano se levantó. En aquel momento
la palidez de Clara aumentó súbitamente, porque creyó que sentía abrir
la puerta de la escalera; pero Claudio la tranquilizó diciéndole que se
equivocaba.
--No temas nada--dijo prestando atención;--nadie puede venir.
--¿Pero á qué está usted aquí más tiempo?--dijo ella, repuesta del
susto.--¿No le he dicho ya lo que quería saber?
--Sí, y me voy. Ahora sí, me voy; pero es para volver.
--¿Otra vez?
--Sí: insisto en creer que no hay para ti más esperanza que yo. El
marcharme ahora no quiere decir que te abandone, no. Me voy para
ocuparme de ustedes; yo me enteraré de lo que vale ese muchacho. Si no
es digno de ti....
En este momento una voz apagada, trémula y conmovida pronunció
distintamente en el corredor la palabra "Clara".
La joven se quedó petrificada de espanto, y la mirada que dirigió á
Bozmediano hizo comprender á éste cuánto la había comprometido. El galán
creyó que el mejor partido que podía tomar era marcharse muy quedo,
seguro de que la persona que había dicho "Clara", con voz que no
conoció, no podía haberle sentido. Hizo señas á la huérfana de que
callara, y se dirigió rápidamente, y con mucha cautela, á la puerta por
donde había entrado. La joven no se movía, y sólo en sus facciones se
podía conocer su gran turbación.
Bozmediano salió. La voz dijo más fuertemente: "Clara, Clara, abre."
Era la voz de Lázaro. El sintió desde fuera que había un hombre en
el cuarto; sintió sus pasos al huir. Después oyó en lo más interior
de la casa ruido como de un mueble que cae, y corrió allá frenético
de indignación y sobresalto. Entró en el comedor, luego en un
pequeño pasillo que daba á un patio, subió la escalera que conducía
al piso segundo y á la buhardilla; pero al llegar arriba, ya
Bozmediano había desaparecido, y sólo pudo ver un bulto que se
ocultaba, cerrando vivamente una puerta desconocida. También le
pareció ver la figura diabólica del abate en el momento brevísimo en
que la puerta estuvo abierta.
--¡Bandidos!--gritó con voz terrible. Nunca, había sentido impresión tan
fuerte. Trató de derribar aquella puerta misteriosa; pero manos muy
fuertes lo impedían de la otra parte. Bajó como un loco, volvió al
comedor, entró en la alcoba de la devota por donde mismo había entrado
Bozmediano, y pasó al cuarto donde estaba Clara. Encontróla temblando,
con los ojos llenos de lágrimas.
Cuando le vió entrar, la infeliz dijo, casi sin poder articular
las palabras:
--¡Ah! Lázaro, Lázaro, oye ... te diré ... espera. Pero la voz se le
anudó en la garganta, y no pudo hacer otra cosa que llorar como un niño.
--¿Qué me vas á decir? Calla--exclamó Lázaro con voz colérica.--Calla, y
no hables más delante de gentes. ¿Aquí quién estaba...? ¡Ese militar...!
¿Pero es cierto lo que dicen...? Yo no lo había querido creer,
aunque lo creían todos. Clara, Clara, ¿qué ha sido de ti, qué has hecho?
¡Yo no lo quería creer! Si todos los santos del Cielo me lo hubieran
jurado hace un mes, les hubiera dicho que mentían. Pero ya lo he visto,
ya lo he visto.
La huérfana lloraba como si fuera culpable ... Por fin pudo decir:
--Por Dios, escúchame. Yo te contaré.--¿Qué me vas á contar?--dijo él
más colérico.--Pero si voy á matar á ese hombre ... ¡Oh! Clara--añadió
transformando su ira en intenso dolor.--¿Cómo has podido tú ...? Yo estoy
loco, sin duda. Lo que he visto es una locura.
--No ... yo te explicaré--le dijo ella recobrando su valor.--Ese hombre,
yo no lo conozco ... Un día entró en casa ... me dijo....
--No me hables, no me mires ... Todo lo he sabido. ¿Por qué mi tío te
puso en esta casa? ¿Qué hiciste allá? ¿Por qué estas señoras te tienen
encerrada y sin ver á nadie? ¿Qué has hecho? No te puedes disculpar, no.
Soy un necio si hago caso de las disculpas que me vas á dar. Bastantes
pruebas he tenido. ¡Y fuí tan ciego que nada quise creer! ... Nada más
debo decirte ... ¿Por qué te he conocido? Mía es la culpa; no tengo
derecho para acusarte. Eres libre. Adiós.
Y salió muy á prisa sin esperar respuesta. Salió como un demente, y dió
muchas vueltas por la casa sin saber á dónde iba. Si en aquel momento
se le hubiera presentado su tío, reprendiéndole con su impertinencia
acostumbrada, Lázaro le hubiera atropellado, le hubiera maltratado,
hiriéndole tal vez. Al fin llegó á la puerta, trató de recobrar su
serenidad, abrió y bajó. Una vez en la calle, sintió el corazón tan
oprimido, que le fué imposible dejar de llorar.
Pero no le faltó calma hasta el punto de olvidar que las viejas le
esperaban, y que su ausencia podía aumentar la gravedad de aquella
aventura. Dirigióse á la calle de San Mateo, procurando por el camino
dominar su agitación y disimular todo lo posible. Después de atravesar
varias calles sin acertar con lo que buscaba, llegó á la casa de los
Entrambasaguas. Felizmente aun duraba la procesión. Entró en la casa,
subió y halló á Salomé en extremo impaciente, mientras María de la Paz
se hallaba en un estado de irascibilidad terrible.
--Ha tardado usted más de una hora: ¿dónde ha ido usted?--exclamó
mirando al joven con recelo.
--Señora ... señora ...--dijo Lázaro balbuciente,--no he podido ... Se
ha agolpado la gente en la calle ... y me he encontrado entre la
multitud sin poder volver. Después una mujer cogió el ridículo y echó á
correr por esas calles. Ya se ve: tuve que seguir tras ella, y casi no
la alcanzo.
--Vamos, caballerito ... Si ha estado despejada la calle desde
hace una hora.
Salomé se apoderó de la prenda que creía perdida, y registró á ver si
faltaba algo.
--Sin duda se ha ido á perorar á algún club--dijo cuando vió que nada
faltaba y que lo era imposible reprender á Lázaro por otro motivo.
--¡Hombre, hombre!--dijo Entrambasaguas:--¿también tú charlas en los
_clubes_? Eso es una iniquidad: mira que te condenas.
La devota no dijo nada: pudo su admirable instinto, que recientemente
había adquirido extraordinaria fuerza, comprender que á Lázaro le había
pasado algo durante su ausencia. No llegó á sospechar lo que fué, ni
dónde fué; pero pensó mucho en aquello, mientras las últimas figuras de
la procesión desfilaren por la calle.
--¡Ay! vámonos, que es tarde--exclamó María de la Paz.
--¿Ya se van ustedes?--dijo el clérigo, que no veía la hora de que se
marcharan, porque desde la cocina llegaban á sus narices los olores de
la olla de carnero que le estaban preparando.
--Mi señor don Silvestre--dijo Paz,--no podemos detenernos, porque
ahora no somos libres. Nos hemos echado encima una carga muy pesada: la
tutela y educación de una joven que nos dará muchos disgustos.
--¿Qué es eso?
--Es una joven desamparada--continuó Paz,--que estaba en casa de un
amigo nuestro, soltero grave, el cual no podía sufrir sus
travesuras. Parece que ella es algo levantada de cascos; y viendo
que no la podía sujetar, nos la entregó para que la corrigiéramos
... Todo por amor de Dios.
--¿Y les da á ustedes disgustos?--preguntó con oficiosidad la hermana de
don Silvestre Entrambasaguas.
--Todavía--contestó Paz,--la verdad sea dicha, no se ha portado mal;
pero yo nunca me equivoco, y cuando á mí se me fija una persona aquí ...
(y señaló la frente) y aquélla me parece que es una buena pieza.
Lázaro oyó esta apología de su infeliz amiga con toda la atención de que
era capaz. Pero no se agitó más de lo que estaba, porque era imposible.
--¿Qué tienes, Paula? dijo Paz á la devota, que estaba muy pálida y con
muestras muy claras de no encontrarse bien.
En efecto: todos la miraron, y notaron en ella las señales de un
malestar creciente. Tenía los ojos encendidos y el aliento penoso.
--Nada--dijo la devota, queriendo animarse.
--Sin duda se ha constipado en el balcón.
--Sí: corre esta tarde un airecillo, que ya, ya ...--indicó el
clérigo;--pero váyase usted á su casa, y abrigándose bien....
--Eso no será nada--dijo doña Petronila Entrambasaguas, que estaba muy
impaciente, porque ciertos olores, venidos en mensaje de la cocina, le
anunciaban que el carnero se estaba quemando á toda prisa.
Las damas se dirigieron á la puerta. El clérigo se dió un golpe en la
frente como quien recuerda una cosa importante, y dijo á doña Paulita:
--¡Ah! señora mía, si tuviera usted la bondad de hacerme un favor....
--¿Qué, señor don Silvestre?
--Que se dignara usted repasar un sermón que he escrito y voy á predicar
en San Antonio el 17 de Enero. Usted que es gran teóloga, y muchas veces
me ha dado su opinión sobre otros grandes sermones míos, deseo que vea
ahora éste.
--Yo no entiendo de eso--replicó la santa con repugnancia.
--Sí entiende--dijo Paz complacida.
--¡Qué modestia!--exclamó Entrambasaguas.--La santidad unida al talento.
Pero yo sé, aunque usted quiera ocultarlo, que es una gran teóloga. Si á
veces la he estado oyendo con la boca abierta, como si oyera á todos los
Padres de la Iglesia....
--Deje usted eso--murmuró la devota con visible disgusto.--Yo no
entiendo de esas cosas.
--Es sobre el tema de la tentación quinta de San Antón. Bien sabe
usted aquello, cuando el demonio se le presentó en figura de ... de
muchacha, pues....
Y corrió presuroso á su gaveta, cogió un legajo y se lo entregó á doña
Paulita, que lo tomó del peor humor del mundo. Cayósele de la mano,
recogiólo con presteza el predicador, y se lo volvió á dar diciéndole:
--¿Pero está usted mala de veras? Veo que no puede usted tenerse en pie.
Le tengo dicho que es bueno hasta cierto punto el ayuno, y nada más ...
y usted siempre en sus trece....
--Esta niña, con sus ayunos y sus penitencias...--dijo María de la Paz.
--¿Quiere usted una taza de caldo?--preguntó el clérigo; y se
interrumpió antes de concluir, porque su hermana, con tanta presteza
como disimulo, le tiró del manteo, indicándole la indiscreción de la
oferta que acababa de hacer.
--Gracias, no es preciso: esto no es nada.
--Recójase usted temprano--dijo la gorda.--No le conviene á usted tomar
ahora caldo ni cosa ninguna. A casa. Y poniéndole la mano en la frente,
continuó:--Tiene usted mucha fiebre: á casa pronto.
La comitiva salió. El clérigo cogió el velón en sus robustas manos, y
alumbró la escalera. Cuando ya estaban abajo, Entrambasaguas gritó
desde arriba:
--Fíjese usted, señora doña Paula, en aquel pasaje que
dice: "Cuando en diluvio de soles con corpulenta, corpórea efigie al
mundo vino...." Por aquello de _corpus corporum in corpore uno_....
Fíjese usted bien en este pasaje, que tengo algunas dudas
sobre si....
Doña Paulita no contestó ni miró siquiera al ramplón Gerundiano.
Salieran á la calle, y Lázaro estaba tan enfrascado en sus pensamientos,
que empezó á andar, dejando atrás á las dos señoras.
--¡Eh! caballerito--dijo Salomé, que estaba muy biliosa aquella
tarde,--¿qué manera de portarse es esa? ¿Nos deja solas en medio
de la calle?
--¡Oh! qué caballero tan cumplido hemos traído--dijo Paz, cuyo
temperamento sanguíneo tenía aquella tarde, sin causa conocida, una
irritabilidad inusitada.
Lázaro retrocedió y moderó el pago
--Y bien podría usted--añadió la dama,--portarse mejor delante de las
personas extrañas. Ni siquiera ha saludado usted á aquellas ... gentes
(Paz usaba esta denominación general y vaga, para designar á todas las
personas que por su progenie estaban en escalón más bajo que ella en la
jerarquía social.) ¡Qué dirán de nosotras! ¡Ah! Paulita, no puede andar.
Vamos, don Lázaro, dé usted el brazo á mi sobrina. Apóyate en don
Lázaro, Paula, que estás muy mala. ¡Ah! Triste cosa es llevar por
acompañante á un caballerito como éste.
El aragonés balbuceó algunas excusas, y dió el brazo á doña Paulita.
Andando, sintió que la devota pesaba en su brazo como si fuera de plomo.
Iba muy arrebujada, en su mantón y caminaba con dificultad.
--Va usted muy á prisa--dijo, pesando más fuertemente en el brazo
del joven.
Lázaro moderó el paso.--Ande usted un poco más--dijo después,
aligerándose de peso, hasta el punto de que él se sintió arrastrado.
Lázaro avivó el paso.
--¡Qué noche tan clara!--exclamó ella deteniéndose y mirando al cielo.
Lázaro se detuvo y miró al cielo. Las otras dos marchaban detrás á
alguna distancia.
--Nunca he visto una noche así. Nunca he visto las estrellas brillar
de ese modo, ni moverse así ... con esa vibración que parece que
están hablando.
--¡Hablando!--dijo Lázaro muy sorprendido del símil de la santa.
--¿Usted extraña eso?--dijo ella, mirándole con tal fijeza é intensidad,
que el mancebo creyó que dos estrellas habían bajado á esconderse en los
ojos de Paulita.
--Sí: ¿no le parece á usted...?
--Señora, yo las veo; pero....--Pues á mí me parece que las oigo.
En esto se cayó al suelo, desprendido de las manos de la dama, el
manuscrito de Silvestre Entrambasaguas.
--Señora--dijo el joven, inclinándose para recogerlo, observe usted que
se ha caído este sermón.
--Déjelo usted--exclamó ella con mucha viveza; y tirándole del brazo
para impedirle que recogiera el manuscrito, avivó después el paso.
--No hay duda--dijo Lázaro para sí.--Esta mujer tiene mucha fiebre; ya
empieza á delirar.
Y entonces la mujer mística andaba tan á prisa, que bien pronto
alcanzaron á las dos ruinas mayores. Mas pronto hubo de moderarse su
ímpetu, y tan despacio iba, que tardó mucho para avanzar veinte pasos.
Cada vez pesaba más la teóloga en el brazo del estudiante: al llegar á
la casa, la enferma no podía ya dar un paso, y Lázaro le rodeó con su
brazo la cintura para impedir que cayera. Erale imposible subir, porque
la dama se inclinaba á uno y otro lado sin poderse tener. En tanto, el
joven observaba que tenía demudado el semblante, cerrados los ojos,
flojos y caídos los brazos; hizo un esfuerzo heroico, la cogió en sus
brazos y la subió. La cabeza de la enferma descansó sobre sus hombros, y
Lázaro notó que el contacto de su frente le quemaba el cuello.
--Tiene mucha fiebre--dijo depositándola en el pasillo, porque Paz no le
permitió que llegara á la alcoba. Entráronla en su cuarto las otras dos,
bastante alarmadas con tan repentina desazón; pero pronto volvieron más
tranquilas, y se fueron al comedor á cenar un salpicón que habían dejado
preparado.
Reinaba en la casa profundo silencio. Lázaro subió la escalera interior
para irse á su cuarto; y al subir no pudo menos de detenerse, porque
sintió una voz que le hería el corazón. Era la voz de Clara, que
preguntaba ó contestaba no sabemos qué cosa á la devota. El joven
apresuró el paso para huir de aquella voz que no quería oír más.
CAPÍTULO XXX
#Virgo fidelis#.
Lázaro no encontró arriba á su tío. Estaba el infeliz mancebo sumamente
impresionado por el incidente ocurrido, y no cabía en sí de cólera, de
amargura, de sobresalto. Imposible le era tranquilizarse, tanto más,
cuanto que tenía siempre ante la imaginación la figura de Clara, de
rodillas, con los ojos llenos de lágrimas y los brazos cruzados. Dábale
compasión y después ira, sucediéndose tan atropelladamente estos dos
sentimientos, que creyó sentir como una ebullición en el pecho y un
vértigo en la cabeza. A los arrebatos del encono sucedía el abatimiento
del desengaño, ignorando al mismo tiempo si amaba aún á aquella infeliz
ó si la despreciaba.
Pasaron las horas; la noche avanzó, y él continuaba en la agitación. No
pensaba acostarse, ni sentía sueño, ni necesidad de reposo; antes al
contrario, los impulsos de su naturaleza eran hacia la zozobra, la
inquietud, el movimiento. Silencio lúgubre, no interrumpido por ruido
alguno, reinaba en la casa. Parecía que todos dormían: él tan sólo
velaba sin duda; y saliendo al corredor, donde le causaba algún alivio
el aire fresco de la noche, se paseó allí mucho tiempo. Dieron las
nueve, las diez, las once. Al fin se detuvo, aturdido por su propio
vaivén: apoyóse en el antepecho, y ocultando entre las manos su cabeza,
estuvo de este modo un largo rato devorando su agonía. De pronto creyó
sentir rumor extraño, alzó la cabeza, y en el fondo del corredor creyó
ver una figura humana que avanzaba. El corazón le latió con tal
violencia, que creyó que el pecho se le rompía. La forma aquella, que
sin duda era de mujer, avanzó, destacándose en la obscuridad. Venía
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