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--Pues oye--continuó Alfonso,--nosotros vamos á fundar otro club, el
verdadero club revolucionario. A esos necios de la _Fontana_ les ha dado
ahora por predicar el orden. ¡Qué orden ni qué ocho cuartos! Nosotros
predicaremos la violencia, porque sin violencia no hay revolución; sin
extirpar los obstáculos y arrancarlos de raíz, no se puede transformar
este pueblo. Nosotros vamos á predicar la democracia; vamos á proclamar
la soberanía suprema, absoluta del pueblo, á combatir el trono y á
señalar los que en la gran purificación que se prepara deben ser
arrancados de raíz, exterminados y concluidos. Tu vendrás á nuestro
club, ¿no es verdad?
--Veremos--contestó Lázaro muy preocupado.
--Nuestra idea--continuó Alfonso,--es combatir á esos republicanos
tibios que van á las Cortes y á los clubs para sermonear sobre el orden
y la moderación. Exterminio á esa canalla, á esos hipócritas.
--Sí--dijo el Curro,--porque si uno se deja dominar por esos tibios, se
queda uno atrás; y no están los tiempos para quedarse uno atrás. Mucho
tino, que el que ahora no saca algo....
Con esta conversación llegaron á la calle de la Gorguera y á la casa de
doña Leoncia; subieron al cuarto del poeta, que era el punto designado
para las reuniones preparatorias del naciente club. Conoceremos el
cuarto del poeta con el nombre de _La Fontanilla_, calificación oficial
con que le designaron aquellos jóvenes.
Acomodáronse como pudieron en las tres sillas y en la cama del poeta,
mientras éste se hallaba en el interior de la casa, al lado de doña
Leoncia, poco atento á la política. El Curro se sentó junto á la mesa y
mostró desde el principio gran deferencia hacia una botella que allí
había, puesta sin duda por la previsora mano del poeta clásico.
--Vamos á ver--dijo Alfonso desde la presidencia, que era la cama:--á
ver qué hacemos con esos liberales que nos calumnian y dicen que somos
ebrios y agentes ocultos de la reacción.
--Combatirles con razones--observó Lázaro;--demostrar que no somos
agentes de la reacción. ¿Pero en qué se diferencian sus ideas de las
nuestras? ¿No son ellos liberales? ¿No aman la Constitución?
--Pero la aman á medias--dijo el Doctrino,--porque no aman el verdadero
sacerdocio de la revolución, que es destruir.
--Ya se ha destruido bastante--indicó Lázaro:--hagamos lo posible por
llevar aunque no sea más que una piedra cada uno al gran edificio que se
ha de levantar.
--Nada de eso: sin destruir es inútil pensar en edificar. Debemos
señalar al pueblo cuáles son sus enemigos, sus enemigos de siempre--dijo
el Doctrino.
--Pues eso es lo que yo decía--afirmó Aldama, decidiéndose, después de
grandes vacilaciones, á probar el contenido de la botella.
--Digo lo mismo--repitió Cabanillas.--Hoy estamos peor que antes: no hay
otra diferencia sino algunas palabras más en nuestras bocas. Los
ministros hablan de libertad, los diputados hablan de libertad, los de
los clubs hablan de libertad; pero la libertad no se ve, no existe: es
una farsa. Digo, señores, que prefiero á esta farsa los frailes de antes
y el rey absoluto de antes.
--¿Pues eso qué duda tiene?--dijo Núñez.--No hemos conquistado más que
unas cuantas fórmulas. ¿Y de eso quién tiene la culpa sino los
liberales, que nos hablan del orden y vuelta con el orden?...
--¡Eso mismo decía yo!--exclamó el Curro, probando de nuevo la botella,
que sin duda le había gustado.
--Enseñar al pueblo á pedir justicia; y si no se la dan, á hacerse
justicia por sí mismo es lo que conviene--dijo el Doctrino.
--¡Cuánto han hablado esos hipócritas del hecho del cura de Tamajón,
acusando al pueblo de que se hacía justicia por sí solo! ¿Pues qué había
de hacer el pueblo, si veía que el Gobierno permitía la conspiración
constante del Palacio real, y encarcelaba á los buenos liberales porque
cantaban el _Trágala?_
--Es claro: lo que quieren es engañar al pueblo, infundirle miedo con su
orden, y siempre con su orden....
--Mientras vivan ciertos hombres--dijo el Doctrino sombríamente,--nada
adelantaremos. No conviene ahora decir quiénes son esos hombres que
deban desaparecer; pero á su tiempo se nombrarán.
El Doctrino tenía algo de lúgubre, hablaba poco, y siempre con una
lentitud melancólica que anunciaba en él pensamientos ocultos y un frío
y siniestro cálculo que no quería dejar traslucir.
--Eso mismo digo yo--repitió Aldama, que estaba resuelto á no desairar
la botella mientras tuviera dentro alguna cosa.
--Pues lo primero, señores--dijo Alfonso,--es constituirnos de cualquier
modo que sea. Veremos si se encuentra un buen local donde podamos
reunimos en mayor número.
--Nos reuniremos al aire libre si es preciso. Lo que nos importa es
buscar gente, y de eso yo respondo. Pasado mañana nos congregaremos
aquí, y yo traeré dos ó tres amigos, que es como si trajera medio
Madrid. ¡Verán ustedes qué mozos!
--Pues bien, hasta pasado mañana, tú vendrás, Lázaro--dijo Alfonso.--Yo
mismo iré á buscarte. Quiero que no te desanimes ni te aburras. El
porvenir es para nosotros, chico. Hay que hacerse lugar, porque esto
está perdido. Las ideas van en baja, y fuerza es que la juventud sea lo
que debe ser: la iniciadora y la reveladora de los grandes principios.
--Vendré--dijo Lázaro con poca determinación. Levantáronse Alfonso y
Cabanillas, y se despidieron.
Lázaro hizo lo mismo, y los tres se marcharon. El Doctrino y el Curro
quedaban allí. No es aventurado conjeturar que, al quedarse solos, la
botella, á que tanta afición había mostrado Aldama, estaba
completamente vacía.
Cuando se vieron solos y sintieron bajar la escalera á los otros, el de
la botella dijo:
--¿Cuánto te ha dado ayer el tío Coletilla?
--Mira--dijo el otro sacando cuatro onzas y algunos doblones de un
bolsillo grasiento.
--¡Ah, marrajo!--exclamó Aldama, mirando con brillantes y ávidos ojos el
oro:--dame siquiera una. Debo cuatro meses de casa y más de seis duros
de prestado.
--Poco á poco: no hay que despilfarrar el tesoro del Rey--dijo el
Doctrino, guardándose majestuosamente en el bolsillo el erario
revolucionario.
--Vamos, Doctrinillo, dámela. Ya sabes que tengo apalabrado á Perico
Tinieblas, el del Portillo de Gilimón, que es hombre pintado para estas
cosas. Y lo que es en la Plaza de la Cebada, no hay chalán que no sea
capaz de comerse al Gobierno á una orden mía.
--No: las cosas han da ir en regla. No puedo pagar sino á su tiempo:
tengo esa orden. Pero no tengas cuidado, que cuando esta asamblea
principie á dar frutos...
--Dime: ¿y Alfonso Núñez, está en autos?...
--No, no sospecha nada. Es un inocente y un visionario. Es de los que se
dejan matar por las ideas. Estos son los hombres que nos hacen falta:
muchachos de talento y de buena fe que hablen al pueblo y le llenen de
agitación.
--¿Y ese otro bobalicón que hemos ido á buscar hoy?
--Ese es chico listo también, pero de una inocencia angelical. Tenemos
muchos de éstos que son los que han de hacer la mejor parte sin costar
nada. Cabanillas vale; pero ese no es tan barato: está el pobre muy mal,
y hay que favorecerle. Ayer le encontré llorando en la casa; me dió
mucha lástima. El trabaja con repugnancia en nuestro asunto; pero no
tiene otro remedio, porque está sin un cuarto.
--Pues mira que yo estoy también....
--Verás qué bien va á salir esto--dijo el Doctrino bajando la voz.--Y
para entonces ya podemos contar con fondos. Los tiempos están malos,
Carrillo; y si uno no se agarra á los buenos faldones...
--Eso mismo digo yo. Pero ¿me das ó no esa oncilla?
--Espérate á pasado mañana. Tengo orden de no repartir todavía.
El Curro y el Doctrino bajaron después de haberse despedido desde la
puerta y á gritos del poeta clásico.
La _Fontana de Oro_ sirvió al Rey y á la reacción más que los frailes y
los facciosos, porque en ella había un cáncer que en vano trataban de
cortar algunos hombres prudentes, expulsando á quien no era culpable. El
cáncer de la venalidad continuó corrompiendo aquella asamblea, que no
tenía un rival, sino una sucursal en la _Fontanilla_.
CAPÍTULO XXVII
#Se queda sola#.
Cuando Lázaro volvió á su casa, tembló en presencia de Coletilla. Pero
bien pronto su terror se trocó en sorpresa al ver que, lejos de
mostrarse indignado el viejo por haberle visto en compañía de los
frenéticos de la _Fontana_, estaba un poco menos adusto que de
ordinario, y hasta llegó á manifestar cierta benevolencia, que era en él
cosa muy rara.
Aquella noche y á la mañana siguiente volvió Lázaro á intentar la
difícil empresa de ver á Clara. Era cosa imposible, porque el sistema de
clausura empleado en la joven por sus tres carceleras, por aquel Cerbero
femenino de tres cabezas y tres cuerpos, era inexorable. Clara vivía
peor que un cenobita, peor que esos prisioneros de que hablan las
historias antiguas, sepultados en vida, cuerpos vivos para el dolor y
los horrores de la soledad. ¡Dios tenga piedad de esta infeliz!
Pero si Lázaro no podía verla, el abate Carrascosa pudo aquel día, con
permiso de la devota, entrar á enterarse de la salud de _su señora doña
Clarita_; y al hallarse con ella, sacó un papel del bolsillo, y
haciéndole señas de que callase, se lo dió á la joven furtivamente. Sin
decirle una palabra, salió.
Clara se puso como la grana; su primer pensamiento fué romper la carta;
pero le ocurrió que podía ser de Lázaro. Tal vez el pobre muchacho se
había decidido á escribirle, no pudiendo verla, y se valió del abate,
que era sin duda su amigo. Guardó en el seno la carta, y esperó.
La devota no tardó en venir, y se sentó junto á ella.
--¿No sabe usted--dijo--que vamos esta tarde á la procesión del
Divino Pastor?
--¿Sí?--contestó Clara maquinalmente.
--Sí; pero usted no va. Han resuelto que se quede usted aquí, porque las
jóvenes que están en penitencia no deben salir nunca de casa. ¿No piensa
usted lo mismo?
--Lo mismo--dijo Clara, temblando por miedo de que le conocieran en el
semblante que tenía una carta escondida.
--Vamos al balcón do una amiga nuestra, desde donde se ve todo
perfectamente. Estará muy vistoso. De San Antón salen tres imágenes, y
dicen que es también muy probable que salga el Cristo de las Llagas de
la capilla de Santa María del Arco. Todo esto pasa por la calle de San
Mateo, á donde vamos nosotras.
No dijo más. Ya estaba arreglada para salir. Su vestido era el de las
grandes solemnidades, el mismo de otras veces; pero ¡cosa singular! su
toca estaba plegada en la frente con cierta presunción de monja novicia,
presunción que no carecía de gracia. Su mantón, cuyo velo impenetrable
le cubría otras veces completamente el rostro, aparecía ahora echado
hacia atrás con una franqueza que el rígido dominico de la antigua casa
de los Porreños habría calificado de desenvoltura.
Si Clara hubiera estado menos preocupada en aquel momento y tenido un
carácter más observador, sin duda se habría de admirar al ver á doña
Paulita afectada de distracciones intermitentes; habría notado que se
sonreía con frecuencia, moviéndose sin cesar; que después se ponía muy
triste, permaneciendo quieta y como abstraída; que luego le daba una
especie de acceso de despecho, crispaba los nervios y cerraba los ojos,
erguía el cuello y parecía atenta á ruidos lejanos, no escuchados de
otro alguno. Aún hay más: si Clara no hubiera tenido el rostro tan
inclinado sobre la costura como de ordinario, habría reparado que la
devota se levantó, y acercándose á un pequeño espejo de cristal de roca
(obra admirable del siglo XVII, adquirido en Venecia por el undécimo
Porreño), se estuvo mirando por espacio de tres minutos con singular
atención. Hay pruebas irrecusables de que jamás en ningún tiempo había
reflejado la histórica superficie de aquel espejo la faz de la dama.
También sabemos que aquella no era la primera vez que se miraba; que la
noche anterior y el día anterior se había mirado también, observándose,
sobre todo por la noche, con gusto y calma. Es indudable que medio
cerró los ojos para verse no sabemos con qué grado de luz, y que
recogió después los labios, mostrando á la curiosidad insaciable del
cristal lisonjero las dos blancas y nacaradas filas de sus hermosos
dientes. Este fenómeno nos ha obligado á trabajar mucho para descifrar
ciertos misterios, cuyo conocimiento es necesario para la continuación
de esta historia.
En el otro cuarto, María de la Paz y Salomé habían exhumado de las
profanas gavetas unas vetustas vestiduras de seda valenciana, que habían
sido en mejores tiempos elegante ornato de sus personas. Suspendieron en
sus cabezas sobre solidísimas peinetas la mantilla negra de pesados
encajes, y Paz abrió una pequeña caja de cartón en figura de ataúd, que
aun conservaba el perfume fiambre de las guanterías de 1790, y de esta
caja sacó un abanico de doscientas varillas que, al desplegarse como la
cola de un pavo real, hacía más ruido que una perdigonada. Salomé se
colgó en la muñeca de la mano izquierda un ridículo, donde puso, además
de sus espejuelos, un frasquito de esencia y otras baratijas.
--¿Y dejamos aquí á ese joven?--dijo Paz, mirando á su hermana
con estupor.
--¿Cómo? No es posible--contestó la del ridículo con espanto.--Si queda
Clarita en casa....
--¡Qué horror! Hay que llevar con nosotras á ese joven....--Pero
¿qué dirán?...
En esto entró la devota. Elías andaba por allí cerca.
--¡Qué dirán si llevamos con nosotras á ese joven!...--continuó Paz.
--¿A ese joven? ...--repitió Paulita.
--Sí: ¿qué dirán? ¡Jesús!--exclamó Salomé.
--Nada dirán--manifestó la devota, mirando para otro lado.--Es un
servidor, un caballero que nos acompaña. Y, sobre todo, el mal está en
las intenciones, no en las apariencias. ¿Qué pueden decir? Nosotras,
es verdad que no necesitamos caballeros; pero no es indecoroso que
ese joven nos acompañe. ¡Oh! No atendamos tanto á las preocupaciones
del mundo.
--Pero si á ese joven le conocen por libertino--dijo Paz--y le ven con
nosotras....
Ante este argumento vaciló un momento la mujer mística, y casi no supo
qué contestar. Pero no era persona que se dejaba vencer fácilmente en
una disputa, y tomando fuerzas, prosiguió:
--¡Oh fragilidad de las cosas mundanas!...No temamos al qué dirán. Sobre
todo, yo no creo que ese hombre sea un libertino. (Elías había entrado,
y escuchaba con mucha atención á la devota.) Tiene buen corazón, y si ha
cometido algún error es por falta de experiencia y de guía. Pero yo le
he comprendido bien, y sé que se enmendará, si ya no se ha enmendado, y
está derramando lágrimas ocultamente por sus yerros pasados. Que venga.
Elías no la dejó concluir. Arrebatado de entusiasmo, alzó los
brazos y gritó:
--¡Lázaro, Lázaro!
Antes que Lázaro llegara, el realista se lanzó fuera, y le trajo ó, más
bien, le arrastró.
--Arrodíllate ahí--le dijo con voz fuerte, presentándolo ante la
devota.--Arrodíllate delante de esa santa. Ha dicho que tienes
buen corazón.
Lázaro estaba perplejo, las dos viejas absortas, la devota satisfecha y
Elías entusiasmado. Que quieras, que no, el joven tuvo que hincarse.
--Híncate, hombre, híncate--dijo el tío.--Ahora bésale la mano.
Lázaro, que sin darse cuenta obedecía las órdenes violentas de su tío,
besó respetuosamente la mano de la santa, y la tuvo estrechada un
momento entre las suyas.
--Prostérnate ante la virtud--decía Elías;--tú, pecador indigno de ser
perdonado. Ha dicho que tenías buen corazón. No, señoras: no lo tiene.
Doña Paulita hizo esfuerzos heroicos para aparecer con cierta dignidad
arquiepiscopal en el momento en que Lázaro le besaba la mano,
arrodillado ante ella; pero su decoro de santa fué vencido por lo mucho
que empezaba á tener de mujer. Cuando sintió los labios del joven
posados sobre la piel de su mano, tembló toda, se puso pálida y roja con
intermitencias casi instantáneas, y una corriente de calor ardientísimo
y una ráfaga de frío nervioso circularon alternativamente por su santo
cuerpo, no acostumbrado al contacto de labios humanos.
Después de una pausa, principió á recobrar su aplomo y dijo:
--¡Qué locura! ¡Santa yo! Levántese usted, caballerito (no se atrevió á
decir _joven_.) No he dicho más sino que confío en que tendrá buen
juicio y se enmendará.
--¿Pues no ha dicho que te perdona las faltas que has cometido? ¡Qué
virtud! ¡Qué heroísmo cristiano!--exclamó Elías.--¿No te anonadas? Pero,
hombre, levántate: ¿qué haces ahí de rodillas?
El joven se levantó, mientras Paz ponía fin á esta vehemente y
conmovedora escena, diciendo fríamente y con desdén: "Vámonos".
--Prepárate á acompañar á estas señoras--dijo Coletilla.
Al estudiante le contrarió mucho este mandato. El había oído decir en la
mesa aquella mañana que Clara no iría á la procesión, y había formado
sus proyectos para verla aquel día. La obligación de acompañar á las
tres señoras le pareció la mayor desgracia que podía ocurrirle aquel
día. ¿Pero cómo era posible resistir á las órdenes de aquel tirano?
Lleno de despecho tomó su sombrero y bajó con las tres ilustres ruinas,
que se llevaron una de las llaves de la casa, dejando á Clara la
consigna de no salir del cuarto. Elías, que quedaba también en la casa,
tenía la otra llave.
No hacía cinco minutos que las Porreñas navegaban hacia la calle de
San Mateo, cuando llegó el abate Carrascosa muy presuroso y tocó á
la puerta.
Elías bajó á abrirle.
--Venga usted, amigo; venga usted al momento--le dijo con agitación.
--¿Pero á donde, hombre, á donde? Está la casa sola. No puedo salir.
--¿Que no puede usted salir?-dijo el abate asombrado.--Pues buena la hace
usted si no sale al momento y viene conmigo á donde yo le lleve.
--¿Pues qué hay, Carrascosa?
--Venga usted, y hablaremos por el camino.
--Hombre, la casa....
--Qué casa ni qué ocho cuartos. Cierre usted y vámonos.
--Queda aquí esa muchacha.
--Pues déjela usted encerrada y venga, porque esto no es cosa para
andarse con peros....
--¿Pero qué hay? Sepámoslo.
--Hay que si usted no viene ahora mismo conmigo á la _Fontanilla_ ... ya
sabe usted ... el club de esos muchachuelos.... Si usted no viene
conmigo, va á haber un conflicto.
--¿Pero qué es ello, hombre?
El abate no había inventado de antemano la mentira que necesitaba
emplear para salir de la casa de Elías: así es que se vió aturdido por
un momento; pero su astucia frailesca no le faltó.
--Pues parece que esos chicos están alborotados, y dicen que usted
les ha engañado: que usted no tiene poderes de ... de aquella
persona; que usted....
--¿Que no tengo poderes?--dijo Elías.--Cuidado con los niños.
¡Liberalitos al fin!
--Y parece que quieren armar un alboroto esta noche--dijo Carrascosa,
seguro ya de la mentira que había de encajarle.
--¡Esta noche!--exclamó Elías, llevándose las manos á la cabeza. ¡Esos
chicos están locos! Lo van á echar todo á perder.... Pero quién les ha
dicho que esta noche. ¡Vaya con los niños! Pero voy allá al momento.
--Venga usted, porque si tarda....
--Voy, voy al momento. Cerraré la puerta y me llevaré la llave. No
importa. Las señoras tienen otra.
--Vamos.
El abate había conseguido su objeto, que era alejar á Coletilla de la
casa aquella tarde, para que Clara se quedase sola. En tanto las
esfinges se acercaban al término de su viaje, y Lázaro las seguía,
revolviendo en su mente el plan que en un momento de colérica
inspiración había concebido. Consistía este plan en dejar á las tres
ruinas en medio de la calle, cuando ellas estuvieran más distraídas con
la procesión, y volver atrás. Pero esto tenía sus inconvenientes. ¿Cómo
entraba en la casa? ¿Rompiendo la puerta? ¿Y su tío que estaba dentro?
Terrible era aquella situación. ¡Vivir con ella y no verla! Oir que
continuamente imputaban á aquella infeliz faltas y crímenes inauditos, y
no poder acercarse á ella y preguntarle. "¿Qué has hecho?".
Las tres Porreñas marchaban acompasada y pomposamente, sin proferir una
palabra. Así llegaron á la casa desde donde habían de ver pasar la
procesión, que era la casa de un clérigo llamado don Silvestre
Entrambasaguas y de su hermana doña Petronila Entrambasaguas.
CAPÍTULO XXVIII
#El ridículo.#
Era don Silvestre un clérigo carilleno, bien cebado, grasiento, avaro,
de carácter jovial, algo tonto, mal teólogo y predicador tan campanudo
como hueco. Su hermana era una dueña quintañona, gruesa y muy pequeña,
con la nariz del tamaño de una almendra y del color de un tomate,
abultadísimo el pecho, y el talle y las caderas tan voluminosas que le
daban el aspecto de un barril. Las tres ruinas aristocráticas no
hubieran nunca descendido en sus buenos tiempos á tratarse con aquel par
de personas de baja extracción (porque eran hijos de un tocinero de
Almendralejo, y él cuidó cerdos en las dehesas de Badajoz hasta que
entró en el Seminario); pero en los tiempos de decadencia podían
visitarse y tratarse, aunque siempre con cierto decoro, y estableciendo
tácitamente la diferencia de las antiguas jerarquías. Se habían conocido
en el locutorio de las Góngoras, en cuyo convento existía una monja
perteneciente al linaje de los Entrambasaguas. La amistad de las
Porreñas y don Silvestre y su hermana llevaba ya cuatro años de mutuas
cortesías, de mutuas fórmulas urbanas y de confianzas decorosas.
Tomaron asiento las tres, y enteraron á sus amigos de quién era aquel
joven que _decorosamente_ las acompañaba. María de la Paz, en su afán de
decirlo todo, expuso, con su lucidez acostumbrada, que aquel caballerito
había estado en el camino de la perdición á causa de las malas
compañías; pero añadió que ellas le protegían, y esperaban lograr
traerlo al buen camino.
--¿De dónde eres, muchacho?--dijo el padre, que era muy brusco, muy
francote, y trataba de _tú_ á todo el mundo.
--De Ateca, en Aragón.
--¿Ateca? ¡Buena tierra! ¡Buenos torreznos! ¡Buena fruta!... ¿Y no
estudias, hombre, no estudias?
--Sí, señor: estudio para abogado.
--¡Bueno está eso!--dijo el clérigo con risa brutal. ¡Abogado! ¿De qué
sirve eso? ¿Por qué no estudias Teología y Cánones?
--Algo de eso estudié en Zaragoza.
--¡Zaragoza! ¡Buena tierra! Buen carnero, buen lomo; pero no como en mi
tierra, en Extremadura ... porque yo soy extremeño. Dime, ¿por qué no
has estudiado para cura?
--Porque no tengo vocación para esa carrera.
Doña Paz hizo un gesto de sorpresa y reprobación, como si el joven
hubiera dicho una gran irreverencia. Después, acumulando en su rostro
todos los rasgos de desdén y acritud de su gran repertorio, dijo:
--¡Ah! señor don Silvestre, con mucha razón le sorprenden á usted los
despropósitos de este joven; pero no tiene usted en cuenta que ha
vivido hasta hace poco en el más lamentable extravío. Ya se corregirá;
hay una persona que ha tomado á cargo su educación, y creemos que
logrará el intento.
--¡Que no tenía vocación!--exclamó Entrambasaguas con voz de
trueno:--eso es una irreverencia.
El estudiante bajó los ojos aturdido ó indignado. Después miró como
único consuelo á la devota, por ver si, como otras veces, salía á
defenderle; pero la devota, que miraba también con atención
contemplativa, pensaba en otra cosa que en defenderlo.
--Mi señora doña Paulita--dijo el clérigo dirigiéndose á la _rosa
mística,_--¿sabe usted que he leído el libro _De albigensium
erroribus_, y estoy conforme con lo que dice el Padre Paravicino, que
_pietas in pietate contra ecclesia nulla contemnere pios?_ ¿Qué le
parece á usted esta opinión? Porque _a doemonio numquam salus
inveniatur_. Vamos, diga usted que es gran teóloga.
Paulita no contestó; y otro menos bruto que el Padre Silvestre
hubiera comprendido que aquella extemporánea consulta teológica la
contrariaba mucho en tal momento. El instinto femenino se sublevó
allí contra toda la unción consuetudinaria de la santa. No contestó,
y ¡cosa singular! la que siempre se había ruborizado cuando en
presencia de los curas le hablaban de cosas mundanas, se ruborizaba
ahora porque la hablaban de Teología.
--Yo no sé ... yo no entiendo ... yo no he leído ese libro--contestó al
fin, viendo que el majadero de Entrambasaguas repitió su pregunta,
adornada con dos ó tres festones más de latín.
--¿Pues no me lo recomendó usted aquel día que hablamos en el
locutorio de las monjas con el obispo de Calahorra, cuando dijo usted
aquello de San Dionisio Areopagita, que empieza ...? ¿A ver cómo
empieza? ¿No se acuerda?
--Yo no--dijo la devota, muy colorada y muy inquieta, por no hallar
pretexto para mudar de conversación.
--¿Pero no me recomendó usted ese libro _De albigensium erroribus?_ Si
me dijo usted que era lo mejor que se había escrito ...--insistió el
majagranzas del clérigo.
Un rumor popular y el áspero tañido de los fagotes vinieron á sacar de
apuros á nuestra amiga anunciando la procesión. Se dispuso ocupar
inmediatamente los dos balcones: en uno se colocó el clérigo con María
de la Paz y Salomé; en otro se colocó la gorda, doña Paulita y Lázaro.
Un enorme tiesto, donde crecía con extraordinaria lozanía una adelfa,
estorbaba la comodidad de estas tres personas. La gorda estaba en medio,
y era imposible acomodarse con holgura á causa de doña Petronila y de la
adelfa. Pero al fin, después de mil cumplimientos, la devota se encontró
en medio, teniendo á la derecha á Lázaro y á la hermana del clérigo á la
izquierda.
La procesión empezó á desfilar. El clérigo hablaba por los seis, y
hablaba tan fuerte, que los transeúntes se quedaban mirando á los
balcones. Algunos de los curiosos notaron en el rostro de doña Paulita
una muy grande agitación, y el autor de este libro, que era uno de los
que pasaban, notó con sorpresa (porqué conocía de oídas su carácter) que
entre la frente de la dama y los cabellos del joven, no había otra cosa
que algunas hojas y una flor de la adelfa criada en el balcón. Lázaro no
atendía al gentío ni á los santos ni á nada. El despecho por encontrarse
allí mal de su grado le ocupaba todo.
En el otro balcón hacía don Silvestre detallado relato de las cofradías,
pendones, estandartes, imágenes y corporaciones que iban desfilando.
Salomé ostentaba en su muñeca el ridículo, que caía sobre el antepecho
del balcón, ofreciendo al asombro del numeroso público los vivos colores
de sus mostacillas azules y de sus lentejuelas doradas. Era el tal
ridículo primorosa obra, en cuya elaboración tomaron parte las delicadas
manos de su dueña; obra del siglo pasado y del año 94, en que la dama lo
lució en los paseos de la Florida los días de invierno, con gran
aceptación de la juventud de entonces. Salomé profesaba mucho cariño á
aquella prenda, porque le parecía que al ceñirla á su muñeca llevaba
consigo un amuleto de perpetua juventud.
--Se te va á caer--le dijo su tía, viendo cómo se balanceaba la prenda
sobre el antepecho del balcón.
--No se cae--dijo Salomé, que gustaba mucho de lucir en las grandes
solemnidades aquel mueble hereditario, y creía que desde la calle hacía
un efecto magnífico.
La ordenada turba de monagos, clérigos, cofrades, archicofrades y
penitentes seguía desfilando. La gorda y su hermano se hacían lenguas
cada vez que pasaba un estandarte, una cruz. El codo de Lázaro tocaba el
codo de la devota, y ésta tenía cruzadas las manos, y la cabeza
inclinada á un lado, porque sin duda le halagaba el suave roce de las
adelfas. Después se pasó la mano por los ojos como si se apartara un
velo imaginario.
Cuando la procesión estaba en su lleno, digámoslo así, un grito
resonó en el balcón inmediato. ¡Oh dolor! El ridículo de Salomé había
caído á la calle.
--¡Y está en él la llave de la casal--dijo Paz con terror.
Lázaro no necesitó oír más; su determinación fué rapidísima. Se quitó
del balcón, y dijo vivamente:
--Voy á buscarlo.
El ridículo cayó sobre las cabezas de los transeúntes; pasó de mano en
mano, y fué arrastrado por la multitud do tal modo, que un momento
después de caído estaba á gran distancia. Lázaro, que vió esto, bajó
rápidamente, llegó á la calle y atravesó, con mucho trabajo, por entre
la multitud. Su determinación era decisiva.
--¡Qué feliz coincidencial--decía para sí.--Allí está la llave: la tomo,
corro á la casa, abro; el viejo debe estar arriba durmiendo la siesta:
entro, la veo, la hablo, la digo ... qué sé yo lo que le voy á decir ...
y me vuelvo á escape. Si las viejas sospechan, inventaré cualquier
mentira. No hay más remedio.
Al fin llegó jadeando y con mucha fatiga al extraviado ridículo. Lo
tenía una mujer que lo estaba registrando, y viendo, que no contenía
cosa de valor, no parecía mostrar gran empeño en conservarlo. Lázaro lo
tomó. El oleaje del gentío le había llevado á gran distancia de la casa
de Entrambasaguas. Desde el balcón no podían verle. No dudó más, y echó
á correr por una de las calles transversales hacia la casa.
La ansiedad propia de la situación y la marcha precipitada le agitaron
de tal modo, que tuvo que detenerse para respirar. Por fin la vería sin
duda. Llegó á la casa, entró, subió la escalera; pero antes de
resolverse á abrir se detuvo, y necesitó apoyarse en la pared, porque la
agitación le había quitado las fuerzas. Pensó que ella se asustaría al
verle entrar tan descompuesto, al sentir abrir la puerta. Por fin, con
la mayor cautela, puso la llave en la cerradura, le dió vueltas y abrió
muy quedo. Entró, volvió á cerrar y dió algunos pasos. Era ya tarde: la
casa estaba obscura; no veía nada. Anduvo á tientas un rato. Al fin
distinguió los objetos, y siguió por el pasillo.
Silencio sepulcral reinaba en la casa. "Sin duda don Elías duerme
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