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La Fontana de Oro
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Benito Pérez Galdós Spanish ISO-8859-1


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--Y allí, ¿qué decían de él?--preguntó la devota, abriendo á San Juan

Crisóstomo.

--¿Qué decían?--contestó la huérfana, mirando la labor lo más de cerca
que le era posible.--Decían que era un joven muy leal, muy generoso, muy
bueno y de mucho talento.

--Sí, ya se conoce que es un joven de buenas prendas--dijo la de
Porreño, abriendo á San Juan Crisóstomo.--¿Y tiene padres?

--Tiene á su madre--contestó Clara, bajándose para recoger una cosa que
no se le había caído;--su madre, que es una cariñosa mujer, muy santa y
muy buena.

--Pues ya ... Bien se conoce que así había de ser--afirmó Paula,
hojeando al santo.--Me figuro que será una mujer excelente.

--Así es.

--Bien merece ese joven que se le proteja. Cuando el alma es buena ...
¿Quien no pecará alguna vez?

Al decir esto arqueó las cejas, miró el libro, hizo todos los esfuerzos
imaginables para leer medio renglón, y después de emplear cinco minutos
en tan importante tarea, volvió á hablar diciendo:

--¿No tiene ninguna hermana?

--No, señora.

--¡Oh!--exclamó Paulita, dejando definitivamente á San Juan
Crisóstomo;--me olvidaba de mi rezo. Hermana, con la conversación de
usted me he distraído. Vamos á rezar.

Pero en lugar de tomar el libro de oraciones, tomó un libro de Santa
Teresa, y lo abrió maquinalmente. Clara tomó el rosario, mientras la
devota empezó la salmodia con la vista fija en el libro y equivocándose
á cada momento. En lugar de decir un _Padre nuestro_ decía una _Salve_,
y se trastornó de tal modo el rezo, que al cabo de un momento se
encontraron perdidas en un laberinto sin saber en qué parte del rosario
se hallaban.

--¡Ah, qué cabeza la mía!-dijo la santa deteniéndose;--pero ¡ay! con la
conversación de usted me he distraído. Sigamos.

Pero en vez de pronunciar el _Pater noster_ fundamental, que es lo que
procedía para empezar de nuevo, clavó los ojos en el libro, y
maquinalmente leyó:

--De dos maneras de amor quiero yo ahora tratar: uno es espiritual,
porque ninguna cosa parece le toca la sensualidad ni la ternura de
nuestra naturaleza; otro es espiritual, y que junta con él nuestra
sensualidad y flaqueza ...--Qué distracción!-observó después.

Y apartó el libro con desdén, miró al techo y se estuvo quieta un buen
rato, sin dar señales de vivir en este mundo, permaneciendo tanto
tiempo inmóvil y con tal profundidad extasiada, que Clara se alarmó, y
tuvo al fin que decidirse á tirarle de la manga, con lo cual la devota
bajó del cielo.

--¡Ay, hermana!--dijo vivamente.--Usted no sabe rezar el rosario; déme
acá.

Y le quitó á Clara el rosario de las manos, lo tomó y empezó á contar
las cuentas una por una con tanta escrupulosidad, que empleó lo menos
diez minutos en tan difícil operación. Después rezó una Salve, á la que
contestó Clara con un _Pater noster_: las dos se miraron. Clara tembló,
porque creía que la devota la iba á reprender duramente, como de
costumbre, por su equivocación, pero ¿cuál fué su asombro al ver que la
santa desplegó suavemente los labios, se sonrió con una expansión
inefable, que nadie, absolutamente nadie, había observado jamás en
aquella casa, y acabó por reír con franqueza y desahogo, cosa fenomenal
y nunca vista en tan ejemplar mujer?

Pero Clara, aunque se sorprendió mucho, no dió importancia al hecho. La
otra se sonrojó ligeramente, y tomando de nuevo el libro de Santa
Teresa, dijo:

--Voy á ver si encuentro un pasaje que hay aquí recomendando la
penitencia. Hojeó el libro, y leyó.

--_Sostenedme con flores y acompañadme con manzanas, porque desfallezco
de mal de amores_. ¡Oh, qué lenguaje tan divino es éste para mi
propósito! ¿Cómo, esposa santa, mataos la suavidad? Porque, según he
sabido algunas veces, es tan excesiva, que deshace el alma de manera que
no parece ya la hay para vivir y pedir flores.--No, no es esto; á ver
esto otro--dijo hojeando más:--Es, pues, esta oración una centellica que
comienza el Señor á encender en el alma del verdadero amor suyo, y
quiere que el alma vaya entendiendo qué cosa es este amor con
regalo.--Vamos, tampoco es esto. No he de encontrar hoy el pasaje.
Sigamos, hermana, en nuestro rezo.

Empezó formalmente el rosario. Paula dijo un _Dios te salve_ el número
de veces necesario; pero al llegar al sitio del _Padre nuestro_, siguió
diciendo _Dios te salve_ hasta treinta veces, con tanta prisa, que no
esperaba á que la otra concluyera su _Santa María._ Clara contestaba
también muy á prisa para no quedarse atrás: así es que, por último,
apresurándose una y otra, resultaba que aquello parecía una apuesta de
velocidad en la pronunciación. Llegaron al fin sin aliento y muy
cansadas. Paulita tuvo necesidad de respirar el aire libre, abrió el
balcón y miró á la calle; hecho inusitado, cuya gravedad no comprendió
Clara tampoco.

--¡Ay, que he abierto el balcón!--exclamó, comprendiendo la atrocidad
que había cometido.--¡He abierto el balcón!

Y lo cerró con sobresalto, como una monja que hubiera sorprendido
abierta la reja del locutorio.

--Hermana--dijo después,--¿sabe usted que he decidido no ayunar mañana?

--Hará usted bien: es usted una santa; pero no ayune usted tanto,
señora: eso no es bueno.

--Tienes razón, Clarita, y yo creo que esto que tengo es causado por el
excesivo celo. Bien me decía el padre Silvestre que la piedad en demasía
es perjudicial, porque mata el cuerpo, sin el cual el alma no puede
tener fortaleza.

--Pero, ¿qué tiene usted?--preguntó Clara un poco alarmada.

--No estoy buena--dijo la mujer mística restregándose entrambos ojos,
como si los tuviera doloridos por la vigilia ó cansados de
mirar.--Siento un calor aquí dentro ... y una agitación ... Pero es del
ayuno, hermana; es del ayuno.

--Pues debe usted moderarse. Descanse unos días.

--Sí, lo haré, y esta semana no rezaré oración doble, como hasta aquí, y
suprimiré horas por la noche.

--Ya lo creo. ¿No es bastante rezar una vez? Si es usted una
perfecta santa.

--¿No le parece á usted que es bastante una vez?--preguntó Paula con
mucha, ansiedad.

--Sí; y debe usted tratar de reponerse.

--¿Cómo ha dicho usted, Clarita? ¿Reponerme? Veo que sabe usted dar muy
buenos consejos.

--Reponerse, sí ... Distraerse un poco.... Salir....

--¡Salir!--exclamó la mística tan asustada, que Clara se arrepintió del
consejo--¡Salir! y ¿á dónde?

--Pues ... quiero decir ... que usted debe procurar ... pues.... Cuando
se está mucho tiempo encerrada en la casa, la salud se quebranta ... así
es que ... siempre es bueno ... salir un poco....

--¡Clara!--dijo doña Paulita con la expresión de estupor y gravedad del
que hace un gran descubrimiento.--¿Sabe usted que su consejo es muy
sabio? No creí yo ... Es verdad. Eso ¿por qué ha de ser malo? Yo siento
ahora que tengo necesidad de ... salir, de andar, de respirar.... Sí,
es preciso.

Estaba inmutada. Parecía que en su espíritu y en su organismo se
verificaba una crisis muy transcendental. Toda ella se dilataba, como si
aquel día hubiera perdido de una vez la fuerza de concentración, la
ligadura interna que la comprimía desde el nacer. No podemos explicarnos
todavía nada de lo que por ella pasaba.

--Debe usted cuidarse, debe usted vivir--dijo Clara.

--Sí: debo cuidarme, debo vivir--repitió Paula en el tono de
estupefacción que emplea el que oye por vez primera la solución concisa
de un problema en que ha estado trabajando infructuosamente toda la
vida.--¡Debo vivir!

En aquel momento sus ojos miraban en derredor, asombrados, asustados,
con melancolía y vaguedad, como el que no ha visto nunca un horizonte y
lo ve por primera vez.

Pero de repente la dama se levantó agitada, se dirigió á su
reclinatorio, se arrodilló, abrió el libro de horas, inclinó el rostro
hacia él, ocultándolo entre las manos, y allí quedó sumergida en
profunda y concentrada meditación. Reposaba sin duda en el seno de Dios,
que tenía reservado á su santa el goce inefable de vagorosos y
celestiales deliquios.

Durante el éxtasis, ¿quién podrá saber lo que pasó en aquella cabeza?
Dios tan solo.





CAPÍTULO XXV



#Virgo prudentísima.#


Visitemos á los dos huéspedes del cuarto segundo en la noche siguiente á
la de su instalación. Prodigioso esfuerzo del genio doméstico de María
de la Paz Jesús había podido acomodar dos camas en la habitación alta.

Lázaro acababa de acostarse en la suya, tratando de reparar las fuerzas
perdidas; su tío velaba sentado en el sillón de vaqueta que junto á la
cama tenía, y se ocupaba en hojear unos papeles, leyendo á ratos y
escribiendo un poco algunas veces.

De repente el viejo se volvía; miraba á su sobrino, que no podía
librarse de cierto temor cuando veía, dirigidos hacia él aquellos dos
ojos de lechuzo. Parecía querer hablar al joven de alguna cosa
importante, y no atreverse por no tener confianza en su discreción.
Después de la llegada de Lázaro á la casa, tío y sobrino no habían
hablado nada de política. El fanático creyó que su protegido no era
capaz de tener entereza y tesón para sostenerse en sus creencias. En
tanto, el exaltado liberal tuvo tanto que pensar en otras cosas, que
relegó á segundo término aquella cuestión, y se acordaba poco de la
apostasía que su tío le había exigido.

Lázaro cedía á la fatiga, se dormía lentamente, cuando el viejo dijo con
voz fuerte:

--Lázaro, ¿duermes?

--¿Qué?--contestó el muchacho, despertando sobresaltado.

--Voy á preguntarte una cosa. ¿Conoces en Zaragoza á un liberal que se
llamaba Bernabé del Arco?

--Sí, señor--contestó Lázaro, que conocía y apreciaba mucho á aquella
persona, orador y escritor de nota.

--Era de los exaltados, ¿eh?--indicó el fanático con mordaz ironía.

--Sí, señor: es de los que sostienen las ideas más avanzadas--contestó
el sobrino, temeroso de pronunciar una palabra que ofendiera á su tío.

--Es ... no: era, debes decir, porque pasó á mejor vida.

--Cómo, ¿ha muerto?

--Le han matado--dijo Elías con glacial indiferencia.--Mira la suerte
que aguarda á los locos, depravados, ilusos y perversos. ¿Ves? ¡Así
castiga el pueblo á los que le engañan! ¡Oh! Así deberían perecer los
habladores.

El sobrino se calló; volvió el tío á su lectura, y no había pasado un
cuarto de hora, cuando se dirigió de nuevo al lecho del joven que,
vencido por el sueño, dormía ya profundamente, y gritó:

--¡Despierta, Lázaro!

Y despertó dando un salto, aterrado y convulso, como debemos despertar
el último día, cuando suene la trompeta del Juicio. Aquel viejo le había
de quitar también los únicos momentos de reposo que sus desventuras le
permitían.

--¿Conoces aquí á un jovencito que se llama Alfonso Núñez, y á otro que
se llama Roberto, conocido generalmente por el Doctrino?

--Sí, señor--contestó Lázaro atemorizado, por creer que también le iba
á participar la muerte de sus dos amigos.

--Buenos chicos, ¿eh?--dijo Elías, riéndose como deben reír los brujos
en el aquelarre.

El sobrino no contestó, contentándose con encomendar mentalmente á Dios
á su buen amigo Alfonso Núñez.

--¡Tengo un plan!...--añadió el fanático con cierta satisfacción de sí
mismo,--plan soberbio. Si supieras, Lázaro. Pero tú eres muy tonto y no
puedes comprender esto. Son buenos chicos esos que te he dicho, ¿no? Así
... muy exaltados, muy amigos de embaucar al pueblo y pronunciar
discursos ... pues, así como tú.

Lázaro su asustó más y comprendió menos.

--Esos chicos valen mucho. ¡Si supieras qué útiles son! Amantes de la
libertad, habladores, impetuosos, entusiastas. ¡Ah! No temo yo á éstos
... Lo harán bien. ¡Plan magnífico!

Después, como si se arrepintiera de haber dicho demasiado, apartó la
vista de su sobrino, murmuró algunas voces incoherentes, y volvió á
hojear sus papelotes, escribiendo algo y gruñendo siempre, sin dejar de
gesticular como si hablara con alguien.

Lázaro miró un buen rato la lívida faz del viejo realista, que,
iluminada de lleno por la luz, ofrecía fantástico é infernal aspecto.
Las orejas se le transparentaban, los ojos parecían dos ascuas, y el
cráneo le lucía como un espejo convexo. Los singulares objetos que le
rodeaban, ó los que cubrían las paredes de la habitación, aumentaban el
terror del estudiante. Aquel sillín de vaqueta, testigo mudo del paso de
cien generaciones; aquellos cuadros viejos; los muebles de talla,
exornados con figuras grotescas y de rarísima forma, daban á la
decoración el aspecto do uno de esos destartalados laboratorios en que
un alquimista se consumía devorado por la ciencia y las telarañas.

Después de cerrar los ojos, entregado por fin al sueño, el joven Lázaro
continuó viendo á su tío con los objetos que le rodeaban.
Representáronsele además las siniestras figuras de las señoras de
Porreño; y en su soñar disparatado, lo parecía que aquellas tres figuras
crecían, crecían hasta tocar las nubes y ocupaban todo el espacio:
Salomé como una columna que sustentaba el cielo; Paz, como nube
gigantesca que unía el Oriente con el Ocaso. Después le parecía que
menguaban, que disminuían hasta ser tamañitas: Paz como una nuez, Salomé
como un piñón, Paula como una lenteja. Oía la frailuna voz de la devota;
veía extraños y complicados resplandores, partidos de la lámpara del
viejo; veía la rojiza diafanidad de sus orejas como dos lonjas de carne
incandescente; veía la enormidad de su calva iluminada como un planeta;
y por último, todos estos confusos y desfigurados objetos se desviaban,
dejando todo el fondo obscuro de las visiones para la imagen de Clara
que, no desfigurada, sino en exacto retrato, se le representaba, alzando
la vista de una labor interrumpida para mirarle. En tanto le parecía
escuchar siempre una voz subterránea que clamaba: "Lázaro, ¿duermes?
Despierta, Lázaro."

A la madrugada su sueño fué más profundo. Despertó á las ocho, y en los
primeros momentos tuvo que recoger sus ideas y meditar un poco para
saber dónde estaba y qué cosas le habían sucedido. Su tío había salido.
Levantóse y se vistió. No sabía qué hora era; pero el hambre le hizo
comprender que era hora de almorzar. Abrió la puerta, dirigiendo una
mirada á lo largo del pasillo y á lo profundo de la escalera, y el
primer objeto que encontraron sus ojos fué la figura de doña Paulita que
subía lentamente.

--¿Ha descansado usted?--le preguntó con voz menos nasal é impertinente
que de ordinario.

--Sí, señora: muchas gracias.

--¿No le falta á usted algo?

--Nada, señora.

--Pero querrá usted comer alguna cosa. Aquí acostumbramos desayunarnos á
las siete. Es lo mejor. Pero son las ocho; mi tía es muy rigorista, y ha
dicho que, puesto que usted no estuvo á las siete en la mesa, no puede
almorzar. Esto es una disciplina necesaria. Bien sabe usted que sin
disciplina no puede haber orden. Ahora no puede usted tomar cosa alguna
hasta las dos de la tarde.

--Señora, no importa: yo ...--dijo Lázaro, que era cortés, aunque estaba
muerto de hambre en aquel momento.

--Pero no tema usted--continuó la devota, bajando la voz y mirando á
todos lados.--Yo conozco que está usted desfallecido, y es preciso darle
de comer. No salga usted de su cuarto.

Dicho esto, bajó muy ligera, procurando no ser vista. El joven sintió
más encendida su gratitud hacia aquella señora, que ya había hablado en
su defensa la noche anterior.

Al poco rato volvió la devota trayendo un desayuno que, aunque escaso,
bastó para reponer al hambriento.

--Mi hermana no lo llevará á mal--dijo;--pero no se lo diga usted. Yo
hago esto por usted, porque comprendo que en un cuerpo débil no tiene
fuerzas el espíritu.

--Señora, no sé cómo pagarle tantos favores--contestó el mancebo
sin mirarla.

A las siete de aquella mañana, mientras Lázaro dormía rendido de
cansancio, se suscitó una gran cuestión en el comedor, sobre si sería
conveniente y disciplinario llamarle para almorzar. María de la Paz
decía que no; Salomé dudaba, y la santa opinaba que sí. Las razones de
la primera eran: que puesto que prefería el sueño á la comida, era
preciso hacerle el gusto, con lo cual se iría acostumbrando á la
disciplina. En vano quiso oponerse Paulita con gran copia de razones
teológicas y morales, fundadas en el principio de _mens sana in corpore
sano_: todo fué inútil. Sus palabras, oídas con respeto, no produjeron
efecto. Elías decidió la cuestión, diciendo que su sobrino, además de
liberal, era holgazán, y que había de renunciar á hacer de él nada
bueno. Todos callaron y comieron. Clara no era admitida á la mesa común.

Volvamos arriba. Lázaro se comía la ración con gran apetito. La dama le
hacía mil preguntas, y él le contestaba procurando ser lo más cortés que
el hambre le permitiera. Las preguntas eran de esta clase:

--¿Creyó usted que no almorzaría hoy?

--¡Ah, señora! no....

--Porque yo no me olvidaba de que usted estaba sin comer.

--Yo le doy á usted las gracias.

--Pero usted no se lo figuraba--decía Paulita, ansiosa de apurar aquella
cuestión hasta el fin.

--No, señora; de ningún modo ... yo ... sí.... Pero ... ya.

--Y su tío se opuso á que almorzara.

--¡Ah! mi tío--dijo Lázaro, dejando de comer,--es un.... No: es un
excelente hombre.

--¡Oh, sí--dijo la devota mirando al cielo,--es un hombre
ejemplar, un santo.

--Si, sí: un santo.

Lázaro, nuevo en aquella casa, no había tenido ocasión de penetrar el
carácter de la persona que tenía delante en el momento de su desayuno.
Por este motivo nada le llamó la atención; por eso no supo que nunca sus
bellos ojos habían tenido un resplandor tan vivo, ni que jamás voz de
monja alguna entonó salmodias con tan melodioso timbre como el de la voz
de Paula al decir: "¿Usted creyó que no almorzaría hoy?" En ella, sin
embargo, había gran naturalidad; y no es aventurado afirmar que en
ningún tiempo se cruzaron sus manos blancas y finas con menos
afectación, á diferencia de aquellos crispamientos de dedos que usaba
tanto para acompañar y adornar sus peroraciones.

--Aquí no será permitido que le hagan á usted daño alguno--dijo en el
tono de quien hace una importante revelación.--No tema usted. Si ha
cometido alguna falta...

--¿Falta?--dijo el joven con tristeza.

--¿Pues no decían que era usted un gran pecador?

--¡Yo un gran pecador, señora!

--No será tanto como dicen...--continuó doña Paulita, con una sonrisa
tan mundana, que no parecía puesta en boca de una santa.

---No--replicó el joven con efusión;--no es tanto como dicen, es verdad.
Y si he de decirlo todo....

--Acabe usted--dijo la otra con mucho interés.

--Yo no sé qué falta he cometido--añadió Lázaro con melancolía.--Pero
sí, faltas he cometido, no lo puedo negar....

--¿A ver, á ver, qué faltas?--preguntó con mucha ansiedad la
favorita de Dios.

--Le diré á usted...--repuso él, preparándose á confesar.

--Comprendo: algún extravío de joven. La juventud está llena de
peligros, y los jóvenes, si se les deja solos....

--Es verdad.

--Cuénteme usted. Yo quiero que usted se corrija. Tal vez la falta es
mucho menos grave de lo que usted mismo piensa. Tal vez no pasa de ser
una ligereza trivial dijo con más ansiedad é interés Paula.--Dígame
usted; yo le daré consejos.... Cuénteme usted.

Lázaro permaneció pensativo un instante, y ya abría la boca para
formular una contestación ó una excusa, cuando Elías se presentó en la
puerta. La devota se turbó un poco; pero un momento le bastó para
reponerse. El realista se quedó muy sorprendido al ver á la dama y al
observar los restos del almuerzo, mientras su sobrino se avergonzaba de
haberlo probado.

--Pase usted, señor don Elías--exclamó ella con su unción
acostumbrada;--pase usted: aquí estoy suplicando por amor de Dios á su
sobrino que no le dé más disgustos. ¡Oh! Pero él se va arrepintiendo ya
de los errores de su juventud. ¿Qué extraño es que la juventud peque,
entregada á sí misma, sola por espinosos caminos? Le estoy recomendando
la moderación, la cortesía, la prudencia. Pero veo que usted se admira
de que le haya traído de comer. ¡Ah! confieso mi falta. Pero no he
podido resistir los impulsos de la compasión. He sido débil; no he
nacido para el rigor, y confieso que no tengo carácter, como debiera,
para sostener la rigidez de la disciplina. Si he cometido una falta,
perdóneme usted.

Elías estuvo un rato sin saber qué contestar; pero tenía muy alta idea
de la cristiandad de aquella señora para vacilar en probar cuanto hacía.
Aquel acto le pareció una sublime prueba de caridad.

--¡Señora, qué buena es usted!--dijo.

--No es bondad, es debilidad. Conozco que hice mal.

--¡Señora, usted es una santa! Aunque él no merece lo que usted ha
hecho, esto sirve para hacer resaltar más las virtudes de usted.

--¡Oh!--exclamó la elegida del Señor,--confieso que mi deber era
seguir el dictamen de usted; pero no he podido resistir á un poderoso
impulso de indulgencia. ¡Oh! si siempre pudiera una salir victoriosa
de sí misma....

--Mira, aprende--dijo Elías, volviéndose hacia Lázaro;--mira á esa
santa; aprenda lo que es nobleza, generosidad, virtud.

--No--dijo ella bajando los ojos.--Que no tome por modelo á esta
pecadora.

--Aprende, Lázaro--exclamó con exaltación el fanático.--Aquí tienes á la
misma virtud.

La santa hizo una gran reverencia y se marchó, dejando solos al tío y
al sobrino.





CAPÍTULO XXVI



#Los disidentes de la Fontana#.


Aquella mañana no ocurrió más incidente que el que hemos descrito.
Lázaro subió y bajó varias veces furtivamente y con pasos de ladrón,
tratando de ver á Clara; pero le fué imposible. Esperaba verla en la
comida; mas también, como el día anterior, se frustraron sus deseos.

Pusiéronse á las dos los manteles, y cada cual ocupó su sitio. La mesa
era para doce cubiertos: ocupó un extremo María de la Paz, teniendo á su
derecha á Salomé y á su izquierda á Elías, mientras la devota estaba
erigida á la derecha de su prima. Al joven le pusieron enfrente, á
tanta distancia del grupo principal, que para alcanzar su ración tenía
que descoyuntarse los brazos. Sirvióse primero una sopa que, por lo
flaca y aguda, parecía de Seminario; después siguió un macilento cocido,
del cual tocaron á Lázaro hasta tres docenas de garbanzos, una hoja de
col y media patata; después se repartieron unas seis onzas de carne que,
en honor do la verdad, no era tan mala como escasa, y, por último, unas
uvas tan arrugadas y amarillas, que era fácil creer en la existencia de
un estrecho parentesco entre aquellas nobles frutas y la piel del rostro
de Salomé. Terminó con esto el festín, durante el cual reinó en el
comedor un silencio de refectorio, excepto cuando Elías dijo que tanta
esplendidez le parecía dispendiosa, y elogió la sobriedad como
fundamento de todas las virtudes.

Después se rezó un poco, y las señoras se retiraron. María de la Paz
había adquirido en el período de la decadencia el hábito de dormir la
siesta, y ya durante los últimos _Agnus Dei_ del rezo estaba haciendo
cortesías con los ojos cerrados. Lázaro subió con el mayor desconsuelo,
por no haber logrado tampoco aquella vez el objeto de su constante afán.
Aventuróse á bajar sin ser visto de su tío, recorrió lleno de zozobra y
ansiedad el pasillo; pero nada consiguió. Todo estaba cerrado y en
silencio, y sin duda los habitantes de la casa estaban sumergidos en el
agradable sopor de la siesta ó en el letargo espiritual de la
contemplación religiosa. Solamente Batilo, el melancólico perro, que
había perdido los hábitos de su raza y no sabía ni ladrar, estaba
paseando su hastío por el comedor, rasguñando de vez en cuando la puerta
de un armario, donde probablemente yacían los exiguos despojos de la
carne servida en la mesa aquella tarde.

Subió Lázaro desesperado, pero al ver á su tío medio dormido en un
sillón, no pudo resistir á la influencia letal que en todos sus
habitantes ejercía aquella región del fastidio; preparóse también á
dormir, y se tendió en su cama. No habían pasado diez minutos, cuando
sintió fuertes campanillazos en el piso de abajo, y después la voz de
Salomé unida á otras voces de hombre, entre las cuales creyó reconocer
alguna. Levantóse y se asomó á la escalera.

Eran cuatro personas que le buscaban, y la dama las dirigía al piso alto
con muy mal humor. El joven reconoció entre aquéllos á su amigo Alfonso
y al Doctrino. Estos y otros dos, que Lázaro no había visto nunca,
subieron. Coletilla les había sentido en su sueño de lechuzo, y
despertando súbitamente se adelantó hacia la puerta.

--¡Hola, ustedes!...--exclamó de repente; pero mudando de tono en un
instante brevísimo, dijo con afectada frialdad ó indiferencia:--¿Qué se
les ofrecía á ustedes?

Como Lázaro estaba puesto de espaldas á su tío, no vió que éste; puso el
dedo en la boca é hizo una imperceptible seña al Doctrino. Después dijo
haciendo un esfuerzo para aparecer complaciente:

--Ya comprendo: ustedes venían en busca de mi sobrino.

El joven estudiante tembló al pensar cuánto irritaría á su protector
verla en compañía de aquellos exaltados.

--¿Por mi?--preguntó, estrechando la mano de su amigo.

--Sí--contestó el Doctrino, que comprendía lo que debía hacer.

--Sí: veníamos por ti--dijo Alfonso.--Tenemos una reunión esta tarde, y
queremos que vengas á ella. Es la reunión de los disidentes de la
_Fontana_.

Lázaro creyó que su tío se iba á poner hecho una furia al oír hablar de
las reuniones de fontanistas. Pero contra lo que esperaba, le vió tan
sereno como si oyera hablar de un concilio ecuménico. Tampoco tuvo la
suficiente perspicacia ni la suficiente memoria para hacerse cargo de
que podía haber alguna relación entre las preguntas que el fanático le
había hecho la noche anterior, y la visita de aquellos amigos.

--Sí, que vaya; ve--dijo Elías.

La confusión de Lázaro aumentó; pero antes que saliera de su estupor,
Alfonso le tomó del brazo, le condujo á la escalera, y poco después
estaban en la calle.

Los otros dos jóvenes, nos son hasta ahora desconocidos, si bien es
probable que les hayamos visto en el departamento bullicioso de la
_Fontana_, precisamente en la noche fatal en que Lázaro fué arrojado del
club. El uno de ellos, nacido en Algodonales, era de los contertulios
más asiduos del barbero Calleja; y no es aventurado afirmar que
intervino en la cuasi-trágica escena que en el primer capítulo
referimos. Se llamaba Francisco Aldama, y por ser andaluz y bastante
aficionado al trato de los lidiadoras de toros, se le llamaba Curro
Aldama, ó el Curro. Doña Teresa Burguillos, feliz consorte del barbero,
era un poco torpe para la pronunciación de los nombres propios, y solía
llamar _Aldaba_ al amigo y comilitón de su esposo. Era Curro Aldama ó
Aldaba exaltado fontanista, de crasa ignorancia, y con aquella osadía
que acompaña siempre á los necios. Se la echaba de gran patriota, y no
sonaba cencerro en Madrid sin que él tomara parte en la danza.

El otro era de muy diversa condición y figura. Sus aficiones literarias
le habían hecho amigo del poeta clásico que hemos conocido habitando en
el olimpo de doña Leoncia, la semidiosa de la calle de la Gorguera. Allí
conoció á Alfonso Núñez, con quien trabó amistad; v bien pronto, aunque
las musas le fueron propicias (se estrenó en la cruz, con buen éxito, un
sainete pastoril suyo, titulado _Anfriso y Cenobio_), dejó las musas por
la política, escribió en _El Universal_ y en _El Labriego_, charló en
los clubs, y se decidió por el partido exaltado.

Tenía mucho ingenio, dotes de orador y periodista, pero muy poca
instrucción y una ligereza invencible. Frecuentaba la tienda de Calleja
y el club de la _Cruz de Malta;_ pero últimamente se aseguraba que
pertenecía á la tenebrosa sociedad de los _Comuneros_, aunque él lo
negaba. Lo cierto es que en la _Fontana_ sospechaban de él, no sabemos
si con fundamento. Se decía que era de los alborotadores pagados por la
reacción; hasta que una noche, viendo que se le miraba con desconfianza,
y aun se le hicieron alusiones picantes, desertó para no volver. Este
era Cabanillas, joven de educación y talento, á quien no se podía ver
sin repugnancia alternando con hombres desalmados como Tres Pesetas,
Chaleco y el Matutero, que hemos tenido el gusto de conocer al principio
de esta puntual narración.

--Chico--decía Núñez,--¿sabes que hemos reñido con los de la _Fontana_?
El lance de la otra noche nos ha obligado á romper con esa canalla.
Estamos agraviados: también á nosotros nos han querido acusar como á ti;
pero hemos alzado el vuelo y estamos fuera. Vamos á formar otro club.

--Me calumniaron--exclamó Lázaro:--yo no sé qué demonio me tentó á mí
para hablar aquella noche.

--Si son unos mentecatos. Nada: allí se han figurado que no hay más
liberales que ellos--afirmó Núñez;--y á los que defendemos la libertad
verdadera y completa, nos llaman exaltados, alborotadores, y dicen que
estamos vendidos.

--Ya les arreglaremos las cuentas--dijo el Doctrino.
    
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