|
|
--Sí existe--exclamó exasperado el primero.--Frecuentan este sitio
personas que vienen á pagar con el oro del rey el frenesí oratorio que
enloquece al pueblo.
--¡Quién! ¡Quién!
--¿Quién de nosotros--continuó el orador--no conoce al llamado Coletilla?
Es un realista fanático, un malvado agente de la _casa grande_. ¿No le
conocéis? Este hombre es una culebra que se desliza entre nosotros para
corromper á los oradores jóvenes. Yo sé que muchos han recibido dinero
en cambio de discursos muy calurosos. Las asonadas absurdas que vemos
todos los días, ¿á qué se deben? No lo dudéis: ¡abrid los ojos, ciegos!
Se deben al oro de Fernando de Borbón, al oro repartido por ese hombre
insidioso, por ese Coletilla.
--¿Quiénes son los venales? Sepámoslo.
--Desconfiad de los autores de asonadas.
--Ese es algún amigo del Gobierno--exclamó señalando al orador un
individuo que estaba en la parte del público.
--¿Amigo del Gobierno?--dijo el orador indignado.--¿Por qué? ¿Porque amo
la libertad sin licencia, la petición sin escándalo? Vosotros amáis la
anarquía y cedéis á la venalidad. Me dirijo á los aragoneses, que este
sitio se distinguen por su lenguaje procaz y su amor á los alborotos.
--¿Qué se atreve usted á decir?--exclamó Núñez levantándose como una
furia y apostrofando al primer orador.
--¡Qué injuria dirige usted á mis amigos, á mi!
--Sí, señores--gritó el otro:--desconfiad de los aragoneses. Un aragonés
agitó las turbas el día de la procesión del retrato.
Algunos miraron á Lázaro que, mudo y helado, presenciaba aquella escena.
--Y no lo dudéis--continuó el orador.--El que habló en aquella ocasión
era un vil instrumento de los agentes del Rey.
--¡Es éste! ¡Aquí está!--exclamó uno, señalando á Lázaro á la atención
de toda la asamblea.
--Sí: el sobrino de Coletilla.
--¡Sobrino de Coletilla! ¡Sobrino de Coletilla!--repitieron
muchas voces.
Tumulto espantoso resonó en todo el ámbito. Todos se levantaron y
miraron á Lázaro.
--¡El que habló la otra noche excitando á la rebelión!
--¡Alborotador de la Plaza Mayor!
--¡El sobrino de Coletilla!
Estas últimas palabras eran el mayor padrón de deshonra. Núñez se
levantó á defender á su amigo; pero no pudo: su voz no fué escuchada.
Muchos que temían verse acusados, en cuanto vieron el aluvión que sobre
Lázaro caía, descargaron sobre él toda su ira.
--¿Cuánto te dieron por los gritos del día de la procesión,
prendita?--exclamó desde el rincón el augusto Calleja.
--¡Afuera con él!
--¡Fuera los traidores, fuera!
--¡A la calle, á la calle!
Lázaro trató en aquel momento supremo de desesperación de reunir todo su
aplomo para hablar, para defenderse, para gritar, para decir á todos que
era inocente, que era un infeliz, un pobre diablo, el último de los
seres. No le escuchaban. No podía hablar, ni para defenderse, ni para
despreciarlos: se doblegó bajo el peso insoportable de tanta mirada y de
tanta cólera. La multitud redobló su furia al ver el estupor y la
postración de su víctima, y tras las palabras vinieron los movimientos:
le mandaron salir, le empujaron hacia la puerta, le echaron. El círculo
en que le tenían se estrechaba cada vez más; el desdichado joven vió
cien manos sobre su cuerpo; se sintió cogido, como si una culebra se le
enroscara echándole fuertes nudos y apretándole en sus robustos anillos.
El vocerío, el calor, la angustia, la vergüenza, le aturdieron hasta el
punto de hacerle perder la claridad del conocimiento. Sintióse arrastrar
sin ver quién le arrastraba; fuerzas descomunales tiraban de sus puños,
le golpeaban la espalda, le impelían hacia fuera, sintió abrirse la
puerta con estrépito, sintió que su cuerpo recibía una fuerte sacudida,
sintióse arrojado y libre de aquellos brazos terribles; cayó al suelo.
El ruido continuaba en torno suyo, formado principalmente de carcajadas
infernales; pero al fin el ruido se alejó poco á poco: el infeliz
comenzó á experimentar el dolor de la caída y el frío de la tierra.
Estaba en la calle.
Permaneció en el suelo algunos minutos sin darse clara cuenta de aquél
hecho, y el sudor que le cubría su rostro le produjo una impresión
glacial. Entonces adquirió conocimiento exacto de su situación, y vió
que estaba en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, inclinada la
frente, caído y revuelto el cabello. El sombrero rodaba á su lado, su
ropa estaba desgarrada y sentía un dolor agudísimo en el codo izquierdo,
duramente estropeado en la caída. El ruido de la _Fontana_ resonaba como
enjambre lejano: á los gritos se unían las palmadas, y una voz agitada y
sonora se elevaba á ratos sobre aquella tempestad de entusiasmo.
Lázaro vió en torno suyo á tres pilletes que le contemplaban con burla,
y uno de ellos atisbaba una ocasión oportuna para quitarle el sombrero.
Los transeúntes principiaron á formar corro, y alguno llegó á inclinarse
con curiosidad para ver si el caído estaba difunto ó simplemente
desmayado. Levantóse, porque aquella curiosidad impertinente le
molestaba tanto como el rumor que de la _Fontana_ salía, y se alejó de
allí, dirigiéndose á la Puerta del Sol. Los gateras le seguían,
acompañados de algunos más; los serenos le dirigían de lleno la luz de
sus linternas, y los transeúntes se paraban mirándole alejarse, seguros
de que no era difunto ni estaba desmayado, sino simplemente borracho.
Subió la calle de la Montera, y preguntó por la calle de Válgame Dios,
porque había resuelto dirigirse á Casa de su tío. Ya no dudaba: su
determinación era fija, y en aquel angustioso trance, la casa del
fanático, en cuya puerta había de dejar sus creencias, sus sentimientos,
le pareció un refugio de paz.
Después de todo, los pocos días pasados en Madrid habían sido continuado
martirio, y la idea de la apostasía que en casa del realista se le
obligaba á hacer, no le molestaba tanto. Estaba herido de muerte en la
imaginación, es decir, flaqueaba por su parte más poderosa. Ya no era
aquel joven ardiente que se creía destinado á grandes fines; era un
pobre desheredado sin vigor de espíritu, sin esperanza y sin ideas. No
sabía lo que pensaba, no podía medir la inmensidad del trastorno que su
pariente le exigía, no estaba resuelto sino á echarse en brazos del
primero que fuera capaz de consolarle.
Llegó por fin, después de preguntar mucho, á la calle de Válgame Dios.
Vió el número de la casa, miró á las ventanas del segundo piso y había
luz en las habitaciones. Sin duda estaba allí Clara cansada de
esperarle, desconfiada de verle otra vez. Entró en el zaguán y subió la
escalera tan agitado y palpitante, que al llegar á la puerta se detuvo
porque apenas podía respirar. Después de algunos segundos, en que trató
de reponerse, alargó la mano, tomó el cordón de la campanilla y tiró muy
suavemente, porque le parecía que iba á incomodar á su tío y á alarmar á
Clara si tocaba más de lo necesario para hacer constar en el interior la
presencia de un forastero. Pero la suavidad con que tiró su mano
temblorosa fué tal, que la campanilla no sonó. Quiso hacerlo con más
energía, y como estaba tan nervioso, tiró tanto que la campana atronó la
casa. Lázaro se asustó, creyendo que Elías iba á salir hecho una furia,
clamando contra el que así alborotaba. Largo rato pasó sin que nadie
abriera; pero al fin distinguió alguna claridad al través del
ventanillo; sintió pasos; una mano descorría la tabla, abrióse el
agujero y aparecieron dos ojos.
No eran los de Clara.
--¿Quién?--dijo desde dentro la voz de Pascuala.
Lázaro preguntó por su tío.
--Sí pero no está.
--¿Vendrá pronto? Soy su sobrino.
Pascuala abrió la puerta y Lázaro dió un paso hacia adentro sorprendido
de no oír la voz de Clara.
--No vendrá ni pronto ni tarde, porque se ha _mudao_--contestó la
alcarreña.
--¿Cómo?
--Como que se ha _mudao_ hoy mismo. Yo estoy aquí todavía, porque quedan
algunas cosillas y el ropero grande, y estoy aquí _pa_ cuidarlo; pero
mañana me voy.
--¿Y á dónde se ha mudado?
--Aquí cerca, en la calle de Belén, en casa de unas señoras que llaman
de Porreño, que le han _cedío_ el cuarto segundo _pa_ que viva solo.
--¿Y Clara?--preguntó Lázaro con mucha ansiedad.
--Ésa hace ocho días que está allá viviendo con las señoras. El amo la
puso allí porque se _enfaó_ con ella.
--A ver, á ver, ¿qué es lo que dices?
--¡Ah! ¿Pero usted es sobrino del amo?
--Sí.
--Usted es aragonés. Dígame: ¿conoce por casualidad en Cariñena á
Ventura Palomino, hermano de Jusepe Palomino, que casó con Colasa
Sanahuja?
--No--contestó Lázaro impaciente:--no soy de Cariñena.
--¿Y sabe usted si ha _parío_ la mujer de Antón Telares, hermano de
mi novio Pascual, con quien me voy á casar la semana que entra, si
Dios me ayuda?
--No sé, hermana; no conozco á esa gente. Pero diga usted, ¿por qué ha
ido Ciara á vivir con esas señoras?
--¡Ah!--dijo la alcarreña riendo con mucha gana:--no me acordaba de que
era usted su novio. El amo la mandó allá, porque decía que no la podía
aguantar ... pues ... le diré á usted ... el amo es así, un poco ...
Decía que era una niña como las del día, que era muy sardesca ... Pero
ella es muy buena, y no sé cómo la pobre no se ha _podrío_ de tristeza
en esta casa.
--¿Y salió con gusto de aquí?
--A la verdad, caballero ... el amo tiene un genio, así ... vaya. Las
dos nos quedábamos muertas de miedo siempre que le veíamos entrar. No
nos hablaba nunca, y de noche, después de acostarnos, le sentíamos dando
unas patadas.
--¿Y por qué la mandó á casa de esas señoras?
--Vea usted, yo le voy á decir la verdad porque es de la casa. Había un
_melitarito_ que se metió un día en casa, porque vino acompañando al
amo, que fué _herío_ en la calle. Después pasaba todos los días por ahí,
y siempre que me encontraba en la calle me paraba _pa_ preguntarme por
doña Clarita. ¡Ay! un día me vió mi Pascual hablando con él, y por poco
... mi Pascual tiene un genio del demonio, y cuando se _enfaa_ ... usted
no supo cómo le pegó de cachetines al carnicero de ahí enfrente ...
Luego, como es una así ... tan guapetona.
--Siga lo que iba contando: después sabremos lo que hace el señor
Pascual--dijo Lázaro, impaciente por las digresiones de la criada.
--Pues decía que el _melitarito_, ofreciéndome dinero, quería
colarse aquí.
--¿Y entró?...
--Espere usted y seguiré contando. No pasaba de la esquina, y el amo le
alcanzó á ver algunas veces. Porque el amo, aunque parece que no ve
nada, lo _oserva_ todo.
--Y ella, ¿qué decía?
--Espere usted ... El me decía que quería entrar.
--¿Y qué decía él de ella?
--Que era muy guapa para estar aquí encerrada sin ver el mundo; que era
una lástima que una mujer así viviera en compañía de un viejo tan feo y
tan ... Decía: "yo la sacaré de aquí."
--¿Y ella sabía que él decía eso?
--Sí: él mismo se lo dijo.
--Luego estuvo aquí--exclamó Lázaro con mucha ansiedad.
--Espere usted.
--Y ella, ¿qué decía de él?
--Que era una persona amable y de muy buen trato; que era buen sujeto y
caballero muy cumplido. Un día se nos metió aquí. ¡Jesús, qué susto!
--Y ella, ¿qué hizo?
--Le dijo que se fuera.
--¿Y se fué?
--Ca: aquí estuvo hablando mil cosas.
--Y ella, ¿qué le decía?
--Que se fuera, porque la iba á comprometer; que si era verdad que se
interesaba por ella, se marchara al momento, no dando lugar á que le
vieran allí.
--Y él, ¿qué dijo?--preguntó Lázaro, que no cabía en sí de zozobra.
--Mil cosas, mil monerías. Lo cierto es que el amo entró y le vió. Se
enfadó mucho, nos riñó mucho.
--Y á él, ¿qué le dijo?
--Nada. A nosotras nos estuvo riñiendo todo el día. Después le dijo á
doña Clarita que era una loca; que ya estaba _cansao_ de sus coqueterías
... cosas del viejo, porque ella, la pobre ... por fin le dijo que la
iba á mandar á casa de esas tres viejas para que la corrigieran y la
enseñaran á buen vivir.
--Pero ¿por qué causa mi tío la llama loca? ¿Qué ha hecho?
--_Naa_; pero el amo dice que las ideas del día ...
--¿Y qué más le dijo?--preguntó Lázaro, que no se cansaba nunca de las
terribles respuestas de aquel fatal interrogatorio.
--Que debía aplicarse á la oración y á una vida santa.
--¿Y ese militar no la ha vuelto á ver más?
--Estos días le he visto rondando por la calle de Belén, y yo ... me
figuro....--¿A ver? ¿Qué se figura usted?
--Me figuro ... El _melitarito_ es muy pillo ... apuesto á que se ha
colado allá.
--¿Y usted no conoce á esas tres señoras?--dijo Lázaro, tratando de
disimular la mala impresión que la anterior respuesta le había
producido.
--No: el amo decía que son buenas, y que una es santa.
--¿Dónde viven?
--En la calle de Bebén, núm. 4. Su tío vive en la misma casa. Ya las
conocerá usted.
-Diga usted--preguntó Lázaro, después de una pausa, en que dudó si
marcharse ó prolongar más aquel coloquio doloroso;--diga usted, ¿ese
militar es un joven alto, con bigotes negros? ...
--Sí: un poquito más alto que usted; tiene una voz muy clara y anda con
mucha gracia, y se ríe con mucha gracia.
--¿No sabe usted cómo se llama?
--No, señor: lo iba á averiguar; pero como mi Pascual es tan celoso,
tuve miedo. ¡Ah, qué hombre! Cuando se _enfaa_ ...
Lázaro estuvo un momento silencioso contemplando la bárbara efigie de
aquella mujer, oráculo de su desventura. Después se hizo repetir las
señas de la nueva casa, y salió.
Ya la determinación de ir allí era inquebrantable, y antes hubiera
muerto que dejar de hacerlo. La curiosidad, los celos, la necesidad de
encontrar una solución á aquella serie precipitada de dudas, le
impulsaban hacia la nueva casa. ¿Y la abjuración exigida? Casi no
pensaba ya en tal cosa. Sin duda alguna podía asegurar que el militar,
de quien le habló Pascuala, era el mismo que le acababa de poner en
libertad. ¡Nuevo y doloroso misterio! Hubiera dado muchos días de vida
por saber todo con claridad, y al mismo tiempo se horrorizaba al pensar
que iba á saberlo. La idea de la deslealtad de Clara, de su deshonra,
era demasiado grande en su horror, y no le cabía en la cabeza. Lo que
más le confundía era la extraña rapidez, la fatal impaciencia con que
se precipitaban sobre él tantas contrariedades, tantas amarguras, que
no le daban tiempo para buscar aliento y esperanza en su inteligencia y
en su corazón.
Entró en la casa, y subió lentamente la escalera de la casa del siglo
décimoctavo. No pudo prescindir de una sensación de respeto hacia
aquellas tres damas, desconocidas todavía para él, que le parecían tres
perfectos modelos de virtud. Tocó, y le abrió una de ellas. La
decoración le afectó un poco: los retratos históricos de la antesala le
miraron todos con sus ojos apolillados. Lázaro tuvo miedo. Precedido por
Paz, atravesó por entre aquellas sombras que la débil luz del pasillo
hacía más misteriosas, y entró en la sala.
CAPÍTULO XXIII
#La Inquisición.#
Cuando Coletilla, después de instalado en el piso segundo, manifestó á
las señoras la probabilidad de que su sobrino fuese á vivir con él,
Salomé se quedó un poco pensativa; pero María de la Paz dijo que no
había inconveniente, supuesto que el joven, bajo la vigilancia y tutela
de su tío, habría de tener el comedimiento y la dignidad que aquella
casa imponía á sus habitantes.
Lázaro, precedido por María de la Paz, entró en la sala. Lo primero que
vieron sus ojos fué á Clara, que estaba sentada junto á la devota y
cosía con la cabeza baja, sin atreverse á mirar á nadie. Vió su
turbación y su empeño en disimularla. Después miró á todos lados y vió á
su tío, respetuosamente sentado al lado de Salomé, cuyos reales estaban
plantados al extremo oriental de María de la Paz. Lázaro les vió á todos
inmóviles, como figuras de palo: todos le miraban, excepto Clara, la
cual insistía en acercar tanto los ojos á su labor, que era difícil
comprender cómo no se sacaba los ojos con la aguja.
Elías miró á Lázaro con asombro. Paz con asombro, Salomé con asombro,
todos con asombro, y él mismo llegó á creer que era un fantasma evocado,
el temeroso espectro del sobrino de Coletilla. Salomé le indicó una
silla con el dedo en que tenía las sortijas, y Paz le dijo con el
registro de voz más desdeñoso y augusto:
--Siéntese usted, caballerito.
Cuando el joven dijo "gracias, señora," su voz resonó débil y dolorida,
anunciando tanto sufrimiento y postración, que Clara no pudo menos de
alzar los ojos y mirarle con súbita impresión de interés. Le encontró
muy pálido y abatido; comprendió lo que el infeliz había pasado en
aquellos días, y necesitó todo el esfuerzo de que su alma valerosa era
capaz para no echarse á llorar como una tonta en presencia de aquellas
tres rígidas damas y del furibundo Coletilla.
--Ya estas señoras saben lo que has hecho al llegar á Madrid--dijo Elías
á su sobrino con mucha severidad. Paz y Salomé fruncieron el ceño para
que nadie pudiera poner en duda su indignación. Lázaro no contestó,
porque estaba muerto de vergüenza, y en aquel momento las dos damas le
parecían las dos personificaciones más perfectas de la justicia humana.
--¿Recuerdas lo que te dije cuando fuí á verte á la cárcel?
--Sí, señor: no lo he olvidado.
--Ahora vivo aquí, en casa de estas señoras que nos han ofrecido á mí y
á Clara un asilo.
--Sólo por usted, señor don Elías--dijo Salomé.
--Ya lo sé; sólo por mí--contestó el viejo.--Pero yo--continuó
dirigiéndose á Lázaro,--si te llamé estando en la otra casa, ahora no me
atrevo á darte hospitalidad porque....
--Señor don Elías--dijo Paz,--de lo de arriba puede usted disponer á su
antojo. Ya sabe usted lo que hemos convenido. Sólo lo hacemos por usted.
--Yo no puedo--prosiguió Elías, haciendo una gran reverencia,--yo no
puedo decir á este muchacho que se quede en esta casa. Su conducta ha
sido tan escandalosa, que no me atrevo....
--No hay falta, por grande que sea, que no pueda corregirse--dijo
Salomé, mirando con sublime protección al desdichado Lázaro, á quien
parecieron aquellas palabras el colmo de la generosidad.
--Efectivamente--dijo Paz en tono de enfática indulgencia.--Hay faltas
tan enormes, que por su misma enormidad necesitan indulgencia. Mi
opinión es que este caballerito debe quedarse con usted, señor don
Elías, porque si no, ¿qué va á ser de él?
Elías manifestó comprender.
--¿Qué va á ser de él si continúa abandonado y sin guía?--prosiguió la
dama.--Por lo que ha pasado podemos colegir lo que pasará. Sin el amparo
de una persona tan virtuosa y magnánima como usted, ¿qué será de este
caballerito, en quien han germinado las semillas de todas las malas
ideas del día?
--Yo creo que aún es tiempo, porque, aunque ha brotado la cizaña en esa
tierra malignamente fecunda, con un buen sistema de educación podrá ser
arrancada de raíz esa mala hierba, y aun expurgar y purificar la mala
tierra--dijo Salomé, que, desde el tiempo en que los poetas le dedicaban
madrigales, había conservado gran afición á las alegorías.
--¿Qué te parece, Paula?--dijo Paz, que creía á veces que en aquella
casa no podía emitirse palabra ni consejo de ningún valor, sin ser
refrenado por el _exequatur_ ortodoxo de la devota.
--Ella, que es una santa, dirá lo que se ha de hacer--exclamó Elías.
Mientras todos le pedían su opinión, la devota contemplaba el rostro del
estudiante, como si quisiera leer en él su delito. Expresión de lástima
afectuosa y aun de admiración ingenua brillaba en los ojos de doña
Paulita, que en aquel momento parecía manifestarse naturalmente. Pero en
cuanto advirtió que le pedían un consejo, recordó su misión, arqueó las
cejas, y dió al viento la metálica voz con estas palabras:
--¡Oh! ¿Qué hay que consultar sobre este punto? ¿Quién dice si se debe
perdonar al que ha faltado? ¿Quién hay tan poco cristiano que haga
semejante pregunta? ¡Perdonar! ¿Qué es grave la culpa? Mejor: Por lo
mismo necesita perdón y olvido. Y si fuera más delincuente más pronto la
perdonaría.
Paz y Salomé miraron á la par á don Elías para complacerse en leer en
sus ojos la admiración que había de causarle tanta sabiduría.
--¿Cómo me consultan ustedes eso?--continuó Paulita.--Digan dónde hay
pecadores para perdonarlos á todos. ¿Y os priváis de la alegría de
perdonar? No sólo digo á todos que le perdonen, sino también que le amen
como si nunca hubiera pecado. Acordaos del hijo pródigo. Hoy es día de
júbilo en esta casa, porque ha vuelto el delincuente, ha vuelto el que
se creía perdido para siempre. Voy á dar gracias á Dios por haberme
proporcionado el favor inefable de recibir en mi casa un delincuente
cargado de culpas, de poderle decir: "levántate y no vuelvas á pecar."
Era fácil conocer en la mirada de la santa que hablaba en aquel momento
con profunda verdad y gran convicción. El pecador se sintió conmovido de
gratitud. Clara no hubiera hablado con tanta elocuencia; pero de seguro
pensaba y decía interiormente cosas parecidas.
La devota se sonrió al concluir su homilía, acontecimiento rarísimo que
hubiera sorprendido á todos, si la preocupación de aquellos momentos
les hubiera permitido repararlo. El joven vió aquella sonrisa en la
boca de la que juzgaba santa (y lo era), y le pareció la cosa más
natural del mundo. Se sintió aligerado de un gran peso, respiró
tranquilo ante aquella profesión de bondad é indulgencia, y creyó
asistir al juicio supremo.
--Visto el admirable dictamen de esta santa--dijo Elías, porque es una
santa, Lázaro, entiéndelo bien, te quedarás conmigo; pero en
expectativa, en entredicho.
--No admito entredicho: perdón definitivo--dijo la devota.
--Bien: perdonado, pero sujeto á vigilancia. A pesar de la actitud
severa de las dos damas y de su tío, Lázaro experimentó cierto descanso
moral en aquella casa. Advirtió á Clara silenciosa y apartada: no alzaba
los ojos, no decía palabra.
Lázaro, siempre que miraba hacia aquel sitio, encontraba los ojos negros
de la devota fijos en él con tenaz atención.
La escena se hallaba dispuesta de este modo: Paz y Salomé estaban
sentadas en la actitud ceremoniosa que les era habitual. A la derecha
tenían á Elías, y Lázaro se hallaba frente á ellas en la postura de un
reo. Detrás de las dos viejas, Clara y la devota formaban otro grupo
junto á un pequeño velador que sostenía la lámpara, cuya débil luz
iluminaba aquel cuadro. El resplandor daba de lleno en el rostro del
joven: en la sombra quedaban Clara y la devota, y los ojos negros,
profundamente negros de ésta, brillaban en el fondo sombrío de la sala
con vivacidad felina. Las dos viejas, que volvían la espalda al segundo
grupo, no veían nada; pero Lázaro, que estaba de frente, notaba la
expresión atentamente curiosa y fascinadora de aquellos dos ojos, y se
preguntaba qué podía haber en su fisonomía y en su persona que pudiera
excitar la curiosidad infatigable de aquella señora.
Elías entre tanto no hubiera creído que aquel concilio ecuménico era
decoroso, sin hacer un pomposo elogio de las virtudes de los tres
venerandos restos de la ilustre familia de los Porreños.
--En verdad, señoras--dijo,--que no sé cómo agradecer tantas bondades.
No sé á qué debo yo, persona de tan humilde origen, el que usías me
traten con tanta benevolencia y me colmen de favores. ¿Qué he hecho?
¿Quién soy? ¡Ah! Usías son la bondad y nobleza misma. ¡Cómo se conocen
la alteza del origen y la excelencia de la sangre! ¡Ah! ¡Usías se han
puesto de ser redentoras de todos los que en torno mío me abruman á
penas, amargando mi vida! ¿Y qué sería de esa pobre niña sin el amparo
de usías, cuando las ideas del día han echado en su corazón tan
perniciosas raíces?
La devota dejó de mirar al recién venido y dijo:
--No me la riñan más, que bastante ha padecido. Lázaro advirtió que
Clara se estremecía, poniéndose roja como una amapola.
--No me la riñan más, que bastante la han reñido--añadió compungidamente
la devota.--Yo respondo de ella. Yo sé que tiene buen fondo, aunque al
exterior aparezcan los defectos de las pestilenciales ideas del siglo.
Yo sé que tiene buen fondo: ¿qué importan las faltas más graves, cuando
van seguidas del arrepentimiento?
Lázaro advirtió que Clara hizo un movimiento, como si tratara de
contradecir aquellas palabras; pero en su ceguera no supo ver, no supo
apreciar que en aquel instante el alma de su amiga pasaba por el más
duro trance de dolor y paciencia de que es capaz la naturaleza humana.
--Yo sé que se corregirá--continuó la devota.--¡No se ha de corregir!
Grandes pecadoras ha sido santas. Animo, amiga mía. Con la vista fija en
Dios, ¿qué se puede temer? Yo sé cómo se curan los males del espíritu, y
mi amiga Clara aparece ya bajo la benéfica influencia de una reacción
feliz. Perdonémosla también; yo respondo de que se corregirá.
A Lázaro le llenaron de confusión estas palabras. ¿Qué había hecho
Clara? Estuvo casi dispuesto á levantarse, acercarse á ella y decirle en
alta voz: "Clara, ¿qué has hecho?" La miró y la vió llorar; miró á
todos, buscando en aquellas caras de pergamino la solución de tan gran
misterio; pero ninguna le reveló la culpa de la muchacha, ni aun la cara
de la devota, que, después del sermón, volvió á fijar en él, desde el
fondo sombrío de la sala, el intenso rayo de su mirada escrutadora y
ansiosa, suficiente á turbar á otro menos tímido.
CAPÍTULO XXIV
#Rosa mística.#
--Hoy no he rezado nada--decía la devota á Clara al día siguiente de la
entrada de Lázaro en casa de las Porreñas.
Estaban sentadas las dos en el sitio de costumbre. Doña Paulita tenía en
la mano nada menos que á San Juan Crisóstomo. Clara bordaba en un
pequeño telar. Su cara expresaba la más calmosa y profunda melancolía.
En cambio la otra parecía muy inquieta, contra su costumbre.
El observador hubiera visto moverse sus labios, deletreando en silencio
la lectura mística, mientras dirigía con súbita mirada los ojos hacia la
puerta, los tornaba en derredor, miraba á Clara sin fijeza, y, por
último, se quedaba con la vista fija en el espacio, como cuando nos
abandonamos á la contemplación de lo que no está junto á nosotros ni
donde estamos nosotros. A veces parecía prestar atención á algo que
pasaba fuera del cuarto; salía, se paraba en la puerta poniéndose en
escucha, volvía á entrar, se sentaba de nuevo, cogía el libro santo,
leía un poco, pasaba con la vista hojas enteras, miraba á Clara,
murmuraba un rezo, cerraba el _in folio_, lo volvía á abrir, y así
sucesivamente. Sin duda su espíritu vagaba sobre San Juan Crisóstomo,
sin penetrar, como de costumbre, en las entrañas de la teología.
--Clara--dijo después de meditar un momento,--Clara, ¿sabes que me
parece que el cuarto donde se ha puesto al sobrino del señor don Elías
es un poco estrecho?
--¿Estrecho?--dijo Clara, afectando indiferencia.--No: para un
hombre solo....
--¡Ah!--exclamó la devota.--¡Cómo se pervierte la juventud del día!
Porque un joven como ese, que parece tener buenos instintos ... ¿No?
--Sí--contestó la otra sin levantar la cabeza.
--¿Usted no le conocía antes?
Clara, que quería guardar la más absoluta reserva, se decidió á decir
una mentira. Se avergonzaba de una denegación; pero en aquellas
circunstancias y en aquella casa, la verdad no sólo la avergonzaba, sino
que le daba miedo. Así es que dijo:
--¿Yo? No....
--Es una lástima que se perviertan jóvenes así. ¡Ah! Pero no faltarán
buenas almas que oren por ellos y les ayuden á salir de la miseria. ¿No?
--Es verdad--contestó Clara.
--Y cuando se tiene buen fondo como ese joven, es cosa fácil. ¡Ah! Pero
usted me dijo que estuvo en el pueblo de donde es ese joven, ¿No estaba
él allí entonces?
Clara, que no tenía costumbre de mentir, se vió muy apurada con aquella
pregunta; pero evocando toda la poca malignidad de su carácter, se
dominó y mintió otra vez diciendo:
--No, no estaba.
|