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-No la sacamos de esa casa si no ahorcamos á las tres arpías de los tres
balcones, y á Coletilla del tejado.
-Estoy decidido ya á lo que te dije ayer. Si no la puedo sacar, me cuelo
yo dentro.
-¡Hombre, qué empeño! ... Eso ya pica en historia. Vámonos de aquí,
que si Coletilla nos ve, de seguro cae de su burro; vámonos y hablemos
del asunto.
-Eres lo más inútil ... Verás si yo la saco.
-Quisiera verlo--contestó Gil; y los dos se alejaron en dirección á
Santa Bárbara.
-Ya tú has olvidado tus antiguas mafias, diablo de abate; ya no sirves
para el caso. A ver cómo puedo yo entrar ahí; discurre un medio, un
ardid cualquiera: ¿para qué te sirve esa travesura? á ver.
-Hay un medio magnífico--contestó Carrascosa.
-Pues explícate pronto.
-Voy á explicarlo.
CAPÍTULO XX
#Bozmediano#.
Antes de dar á conocer en toda su extensión el coloquio de estos
personajes, conviene dar noticias de uno de ellos, ya harto conocido por
el lector. El militar que en el segundo capítulo de esta historia vimos
prestando auxilio á Coletilla y después introduciéndose furtivamente en
su casa, se llamaba don Claudio Bozmediano y Coello. Ya era tiempo de
decir su nombre. Tenía treinta y dos años, y servía en el ejército con
el grado de comandante. Su padre fué uno de los venerables legisladores
de Cádiz. Hombre de talento, de notoria probidad, de elevada cuna y
agradable presencia, había sido siempre muy amado de sus compatriotas. A
la vuelta del Rey fué perseguido como todos, y tuvo que emigrar. Pero
restablecido el sistema constitucional, el viejo Bozmediano volvió á
España y ocupó uno de los más elevados puestos en la política.
(Con el nombre de Bozmediano conoceremos en esta historia al hijo de
aquel varón ilustre, cuyo verdadero nombre no podemos usar en nuestro
relato por ser un personaje contemporáneo de memoria muy reciente.)
Bozmediano, padre, era liberal de corazón. Trataba al Rey, y es seguro
que hizo todo cuanto cabe en fuerza humana para dirigir por camino recto
la torcida voluntad de aquel soberano falaz y perverso. Era rico, y
jamás le movió el interés en asuntos políticos. El amor á su hijo y el
patriotismo eran dos sentimientos profundos que, enlazados y
confundidos, ocupaban todo su corazón.
Bozmediano, hijo, que es el que más conocemos, era un joven de
excelentes prendas; pero tenía un defecto que la edad disculpaba. Era
tan aficionado á las muchachas, que el galantearlas entretenía la
mayor parte de su vida, robando tal vez á la patria grandes servicios.
No era un libertino: las quería con toda la buena fe que el naciente
siglo XIX permitía; y aunque él aseguraba no haber encontrado la suya,
entreteníase con las demás esperando. Pero al fin, ó la había
encontrado, ó había hallado una que de fijo le entretendría más que
las otras.
Después que conoció á Clara, había perdido el reposo. No sólo la joven
aquélla, por sus cualidades y encantos personales, le interesaba
mucho, sino que en su vida había encontrado un misterio, para él
interesantísimo, por ofrecerle lo que siempre buscaba con más afán:
una aventura.
La aventura se presentaba singularmente dramática, excitando al mismo
tiempo el amor y la curiosidad de Claudio. La soledad de aquella
huérfana que vivía en compañía de un viejo excéntrico, la tristeza y
necesidad de desahogo que en ella había notado, eran causas bastantes
para estimular un espíritu menos impresionable y caballeresco. Su
intento, su gran aspiración, era descifrar el misterio de aquella casa,
y después salvar la encantadora y desdichada muchacha de la odiosa tutela
de su guardián.
--Hay varios medios de entrar en la casa--decía Carrascosa tomando el
brazo del militar:--paro hay uno que es excelente. Esas viejas tienen
un arrendatario que ahora debe venir á pagarles sus rentas, lo poco que
tienen. Lo sé por Elías. Estamos al aviso, le compramos, le hacemos
escribir una carta diciendo que está enfermo y que envía á su hijo con
el dinero; usted se disfrazará de labriego, entra en la casa, y una vez
allí, ¡cataplum! le ha dado un desmayo, un accidente terrible. No tienen
más remedio que dejarlo en la casa ... le meterán en un desván, y
durante la noche, cuando ellas duerman, se apoderará de la chica, y ...
á la calle.
--Calla, imbécil: eso no puede ser. No sé en qué comedia he visto eso,
que es muy bonito en el teatro; pero en la vida.... Yo quiero entrar en
mi traje habitual, con mi nombre ... pero es preciso un pretexto, porque
supongo que esas viejas serán la misma desconfianza.
--Armarán un escándalo y será tal el vocerío que se oirá en Jetafe. Es
preciso ir con tiento.
--Pero, hombre--dijo Bozmediano, que no tenía noticia de que
semejantes tipos existieran en el mundo,--¿qué gente es esa?... ¿Cuál
es su carácter, su vida, sus hábitos, qué hacen y por qué está ahí esa
pobre muchacha?
--Dichoso usted que no conoce á esas diablas de Porreño. Son los pájaros
más raros que hay en el mundo. Cuando tengo mal humor voy á reírme con
ellas, oyéndolas disparatar. Fueron ricas, pero han venido á menos; creo
que el día menos pensado se comerán unas á otras.
--¿Y en qué se ocupan?
En nada, mejor dicho, en rezar. Una de ellas es santa, y le aseguro á
usted que cuando se pone á hablar de sus santidades es cosa de morirse
de risa. ¡Y qué impertinentes son! Cuando les propuse lo de la
procesión, con objeto de sacar de allí á Clarita, se pusieron hechas
unos grifos. Ya me figuré yo que no consentirían; y en verdad, amigo,
que el proyecto que acaba de fracasar era atrevidillo.
--¿Y cómo ha venido aquí esa Clarita?
--Yo no sé: cosas de Elías.
--Hombre, hábleme usted de ese Elías. El día en que le conocí por
primera vez me parecía lo más raro del mundo. Ya había yo oído hablar de
Coletilla.
--Elías es un loco rematado, es realista; pero con un fanatismo que le
llevará hasta el martirio.
--¿Y quiere á esa joven?
--No sé: yo lo dudo. Coletilla no ama más que al Rey, mejor dicho, al
Príncipe real.
--Pues bien: á ver como me introduces en esa madriguera.
--Es preciso entrar de _ocultis_--dijo con la más maliciosa
sonrisa el abate.
--Y qué sacamos de eso?--contestó en el colmo de la confusión
Bozmediano.--Entro, por ejemplo, de noche: si alguna me ve, me creerá
ladrón, chillara, y entonces ... ¡bonita aventura! Además, Clara no está
prevenida, no tiene relaciones conmigo. ¿Qué voy yo á hacer allí? Yo
quiero introducirme sin que se sospeche nada, entablar amistad con ella.
--Tengo una idea--exclamó Gil golpeándose la frente.
--¿A ver?
--Usted va á entrar en un momento en que Clarita esté sola.
--¿Sola? Pues esos demonios, si salen alguna vez, ¿la dejarán allí?
--Sí.
--¿Y cuándo salen?
--Yo me encargo de averiguarlo y de arreglar eso.
--Explícate mejor.
--Lo primero que usted debe hacer, señor don Claudio es escribir una
carta á la niña. Yo también me encargo de eso.
--Bien: ellas salen; probablemente la dejarán encerrada, ¿Cómo entro yo?
¿Voy á estar descerrajando puertas?
--No, señor: usted entrará cómodamente y sin ruido.
--A ver como es eso, diablo de abate.
--¿Recuerda usted aquel vestido de abate que yo tenía allá por los
años 10 y 12?
--¿Qué he de recordar yo?--dijo Claudio, picado y curioso.
--Calma, amiguito--contestó don Gil, poniéndole la mano en el
pecho:--¿recuerda usted mi gorro y mis calcetas, un primor de costura
y de corte?
--¿Y qué tiene eso que ver con la...?
--Vamos allá. Pues ese traje, ese gorro, esas calcetas, me las hicieron
doña Nicolasa y doña Bibiana Remolinos, personas eminentes en el arte de
coser, á quienes tendré el gusto hoy mismo de presentar á usted.
--¿Pero qué jerga es esa? ¿Qué demonios tiene eso que ver con lo que
te pregunto?
--Usted no cae en la cuenta--contestó el socarrón del abate,--porque no
sabe que esas dos señoras viven en la misma buhardilla en que hace diez
años vivió la hija del herrero, Josefita Pandero, de quien anduvo tan
enamorado el conde de Valdés de la Plata: es decir, en el número 6 de
la calle de Belén. Yo anduve en el asunto.
--Ya recuerdo haberte oído contar algo de eso. ¿Pero qué tengo yo que
ver con Josefita Pandero ni con esas señoras Remolino...?
--Usted no comprende lo que quiero decir, porque no recuerda que el
conde de Valdés de la Plata, no pudiendo sonsacarle la niña al herrero,
que la guardaba como si no fuera mujer, alquiló la casa inmediata, y no
paró hasta abrir una comunicación que le permitió profanar el hogar de
aquel testarudo Vulcano.
--Ya....
--Pues ... mis amigas las costureras viven en el número 6, donde vivió
la hija del herrero, y mis amigas las Porreños viven en el 4, donde
vivió el conde de Valdés de la Plata; y en resumen, si una puerta,
hábilmente hecha, permitió á un caballero pasar del 4 al 6, también
abrirá paso del 6 al 4 untándoles las uñas á esas costurerillas, que,
dicho sea da paso y en honor de la verdad, tienen para el pespunte unas
manos que son una gloria.
--Ya comprendo. ¿Y esa puerta existe?
--¡Pues no ha de existir! Yo la he visto, yo respondo de todo: me
encargo de averiguar cuándo salen las arpías, de llevar la cartita y de
facilitar el paso....
--No es mala idea--dijo el militar--y, sobre todo, mala ó buena, yo la
he de llevar á cabo. ¿Y qué haremos para que esa lechuza de Coletilla no
nos estorbe?
--Coletilla no nos estorbará. De lo menos que él se ocupa es de la
muchacha, cuyo porvenir no le importa un comino. El no se ocupa más
que de....
--¿De conspirar, eh?
--Pues ya. Amigo don Claudio, Elías es hombre fuerte y tiene amistades
muy altas. Puede mucho, y así con su humildad y su melancolía es persona
que maneja los títeres. Le digo á usted que se va á armar una....
--¿Con que conspiran? Si conspiran los realistas, es seguro que tú
estarás con ellos, ¿no?
--Hombre, yo ...--contestó Gil maliciosamente--yo soy hombre de orden, y
nada más. Si ando con Elías y me trato con los suyos, es sólo por
enterarme de sus manejos, pues....
--Siempre el mismo truhán redomado: nadie como tú ha sabido navegar á
todos los vientos.
--Ya sabe usted, señor don Claudio--contestó Carrascosa--que me acusaron
de realista y me quitaron mi destino. ¿Yo qué iba á hacer? ¿Iba á
morirme de hambre?
Las ideas no dan de comer, amigo. Usted, que es rico, puede ser
liberal. Yo soy muy pobre para permitirme ese lujo.
--¡Solemne tunante!
--Lo que hago es estar al cabo de todo. ¿Quiere usted que acabe de ser
franco? Usted es buen amigo y buen caballero. Voy á ser franco. Pues
sepa usted que esto se lo va á llevar la trampa. Esto se viene al suelo,
y no tardará mucho. Se lo digo yo y bien puede creerme. Dice usted que
soy un solemne tunante. Bien: pues yo le digo á usted que es un tonto
rematado. Usted es de los que creen que esto va á seguir, y que va á
haber libertad, y Constitución, y todas esas majaderías. ¡Qué chasco se
van á llevar! Le repito que esto se lo lleva Barrabás, y si no,
acuérdese de mí.
--¿Ya empiezan las facciones, eh? Pues es cierto que les darán que
hacer, porque los liberales no se maman el dedo, amigo Carrascosa.
--¡Ah!--contestó el otro, riendo como un diablillo.--¿Que no se maman el
dedo? Ya verá usted lo que va á salir de aquí. Usted, Bozmediano,
arrímese á buen árbol.... Mire que se lo aconseja quien sabe lo que son
estas cosas.... Pero volvamos al otro asunto. En lo concerniente á
Clarita, voy á darle á usted un dato muy importante.
--A ver.
--Este Elías tenía un sobrino en Ateca. Clara estuvo allá hace unos
meses. El sobrino es joven, decidorcillo, medio galanteador....
¿Necesito decir más?
--Vamos, ya pareció aquello--dijo Bozmediano con mucho interés.--Apuesto
á que es su novio.
--Pues ganará usted. Yo estuve en Ateca en aquellos días, y supe que los
dos chicos se querían. Me parece que se quieren todavía.
--¡Hola, hola! ¿esas tenemos?--dijo Bozmediano amostazado--¿Y cómo hasta
ahora no me habías dado esa noticia?
--Porque hasta hoy no había sabido que ese chico llegó y está en Madrid.
--¿En Madrid?
--Sí; pero se las compuso de tal modo, que llegar aquí y ser metido en
la cárcel, fué todo uno.
--¿Pues qué hizo?
--Es muy aficionado á la política. Allá en Zaragoza hablaba mucho en
los clubs. El chico estaba envanecido; llegó á Madrid; sus amigotes
le llevaron á la _Fontana_; habló; á la mañana siguiente se mezcló
en el tumulto de la procesión del retrato de Riego: chilló en la
calle, alborotó, vino la policía, le echó mano y le llevó á la
cárcel, donde está.
--¿Y su tío no procura sacarlo?
--Usted no conoce á esa fiera. Su tío, al saber que el muchacho era
exaltado y que la echaba de orador, se puso hecho un veneno, fué á la
cárcel, le riñó de lo lindo, y ha roto con él, diciéndole que mientras
tenga aquellas ideas no parezca por su casa.
--Ese hombre es lo más excéntrico ...
--Sí, señor. Pero la pobre muchacha está seguramente pasando las
mayores amarguras, y tendrá el corazón tamañito al ver lo que le pasa á
su pobre amigo.
Bozmediano permaneció meditabundo algunos instantes. Después dijo con
mucha calma:
--Ya sé lo que tengo que hacer.
--¿Qué va usted á hacer?
--Todo lo posible para que pongan en libertad á ese joven. Estoy seguro
de que lo conseguiré.
--¡Hombre, pues es usted lo más raro! ... No se comprende dijo sonriendo
y con asombro don Gil.--¿Con que está usted haciendo el amor á la
chica, y le va á poner en libertad al novio? Si digo yo que usted es
tonto, don Claudio.
--No tengo duda alguna: le pongo en libertad. Veremos cómo ella lo toma.
Haremos que sepa que yo le he puesto en libertad, yo.
--Buena la va usted á hacer. Estos entes caballerescos son
incomprensibles. Ese muchacho será un estorbo más para nuestro plan,
para el escalamiento y ...
--No importa: allá veremos. Sobre lo demás, lo dicho, dicho ... La
carta, alejamiento de las arpías, la puerta del desván....
--Todo presto, todo arreglado. No hay más que hablar. Dios se la
depare buena.
Después de estas palabras se separaron. El ex-abate, al partir, se reía
con muy buenas ganas del joven militar, á quien quería servir llevado de
miras ulteriores, esperando un ventajoso arrimo en aquella situación
política. El otro se dirigió á su casa, pensando á la vez en la
repugnante astucia de don Gil y en los peligros de su aventura.
El ardid amoroso que pensaba emplear Bozmediano era cosa muy común á
principios del presente siglo, en que se conservaba aún la rigidez de
los principios domésticos que habían hecho en tiempos anteriores una
fortaleza de cada hogar.
En el siglo XVII, cuando nuestra nacionalidad vigorosa, original y
profundamente característica, no había recibido influjo extranjero, los
españoles se componían de otro modo: iban á su objeto por medios más
violentos, más decididos, más románticos, que indicaban antes la pasión
que la intriga; más bien la resuelta actitud del valor que el ingenioso
intento de la astucia. Aquél fué el siglo de los raptos del convento,
de las escaladas por el jardín, de las fugas, de los atropellos, de los
sublimes atrevimientos. Entonces hubo un galán, según dicen (el Conde
da Villamediana), que quemó su casa sólo por el placer de sacar en
brazos á una dama.
La irrupción de costumbres francesas, verificada con la venida de la
dinastía nueva á principios del siglo XVIII, modificó ésta como otras
cosas. La sociedad que se imponía á la nuestra era menos grande, menos
valerosa, menos apasionada; pero más culta, más refinada, más hipócrita.
Con ella vinieron los abates, y vino la literatura clásica, fría,
ceremoniosa, falsa, hipócrita también. La poesía pastoril, último grado
de la hipocresía literaria, tuvo un renacimiento funesto en el siglo
pasado. Al compás de los madrigales, los abates hacían el amor
callandito en los salones. Los amantes, que componían versos de casto é
insípido pastorileo, no podían entrar en las casas como aquéllos á
quienes encubría su dignidad, y entraban disfrazados ó empleando los más
extravagantes y rebuscados medios.
Con la sociedad nueva vino la moda nueva. Esta trajo las pelucas
blancas, los peinados complicados é hiperbólicos; y con el artificio
de estos peinados se creó el peluquero de las damas, hombre gracioso
que entraba en todos los tocadores, y era tercero en toda
intriguilla de amor.
Ningún siglo ha visto, como el décimoctavo, la astucia sirviendo al
amor. Veíase á los amantes arrostrando la ridiculez de situaciones muy
raras para poder hablar con sus damas. La casa era invadida; pero no
como la invadían nuestros caballeros del siglo anterior, espada en mano,
batiéndose con una turba de criados y dos docenas de alguaciles, sino
astuta y solapadamente, engañando á las familias, abusando de la
confianza ó encubriéndose con un disfraz ingenioso y á veces grosero.
En 1821 estos procedimientos estaban aún en boga, y Bozmediano era
maestro consumado en el asunto. Conocía el resorte de los barberos, de
las terceras, de los abates, siendo muy diestro en el uso de disfraces,
engaños y supercherías amables, como entonces se llamaba á estas cosas.
Si no pudo emplearlos en la aventura que le vemos emprender, á causa de
las singulares, costumbres de las tres señoras, no fué culpa suya; y
sólo á los obstáculos y dificultades que presentaba el terreno, se
debió, como él decía, que empleara medios un poco más violentos.
CAPÍTULO XXI
#¡Libre!#
Ante todo, Bozmediano, guiado por un sentimiento fácil de comprender,
resolvió firmemente hacer cuanto en su mano estuviera para poner en
libertad al pobre Lázaro. Servir al que podía considerar como su rival,
le parecía un acto que podía asegurarle la benevolencia de Clara; y esta
benevolencia, bien y astutamente dirigida, podía convertirse en amor. No
procedía éste como los amantes vulgares, en quienes la pasión no es más
que un egoísmo un poco espiritualizado. En Bozmediano los movimientos de
delicadeza y generosidad eran espontáneos y vehementes.
No le fué difícil conseguir lo que apetecía. El secretario del jefe
político, informado por la policía, le dijo que el preso era un
agitador, pagado por los amigos de la reacción; pero Claudio lo disculpó
cuanto pudo, diciendo que era un joven sin experiencia ni juicio; y al
fin, después de muchos empeños y recomendaciones, se dió la orden para
ponerle en libertad.
Bozmediano se dirigió á la Cárcel de Villa. Lázaro, después de la visita
de su tío, había caído en lúgubre abatimiento. Aquella fiebre angustiosa
que llenaba la imaginación de alucinaciones terribles, haciéndole sufrir
tan grandes tormentos, había degenerado en lento marasmo, en un letargo
moral que le embrutecía. Su inteligencia, tan viva y brillante en otras
ocasiones, estaba adormecida; y recostado en un rincón, con la vista
fija en el ángulo opuesto, sus ojos buscaban la obscuridad como único
descanso. El descuido, el abandono, la atonía y un sopor estúpido se
pintaban en su actitud.
Cuando le notificaron que estaba libre, tardó mucho en adquirir la
completa noción de aquel cambio. Rehaciéndose un poco, creyó que á su
tío debía semejante favor, con lo cual la persona de Elías ganó
momentáneamente su afecto. Pero al salir encontró á Bozmediano que le
saludó con mucha cortesía, repitiéndole que estaba libre y podía
retirarse á su casa.
Sintióse conmovido ante la generosidad desinteresada de aquella persona;
pero pronto empezaron las dudas y la confusión. ¿Quién era aquel joven?
¿Le había favorecido por generosidad ó por miras ocultas? No le conocía.
¿Por dónde sabía su nombre y que estaba preso?
Lázaro no pensó mucho en esto. Hablaron al salir, y le pareció que
Bozmediano era bueno y honrado, dispuesto á la amistad y á las buenas
acciones. Cuando marchaban juntos por la calle de Atocha, el aragonés
escuchaba las palabras de su desconocido favorecedor con la tranquila
atención de la inferioridad; admiraba sus maneras, su entendimiento, su
fisonomía, su modo de expresarse, y en aquel momento le pareció el más
cumplido caballero que había visto. Comprendió también que era un joven
distinguido, rico é influyente, y su admiración tuvo mucho de respeto.
--¿Pero á qué circunstancias debo este gran favor que usted me ha
hecho?--decía Lázaro.--Quiero saber cómo podré pagar....
Claudio, que quería eludir el verdadero motivo de aquel acto, divagó,
dando á Lázaro una porción de señas que aumentaron su confusión: le
habló de don Elías, de su pueblo, del club de Zaragoza, de la _Fontana_.
--En fin--dijo, decidido á salir del atolladero:--no quiero llevarme el
mérito de una acción que no debe usted agradecerme. Cada cosa en su
lugar. Yo le he puesto á usted en libertad, pero no he sido más que un
intermediario.
Lázaro comenzó á ver obscura la situación. Paráronse, y se miraron. La
sonrisa que en aquel momento se dibujó en los labios de Claudio, le
pareció al otro cosa de muy mal agüero, y empezó á bajar á su
favorecedor del alto pedestal en que le había puesto.
--Sí--continuó el militar:--no es á mí á quien debe usted este favor; es
á una persona que debe de querer á usted mucho, según las apariencias.
Lázaro iba á pronunciar el nombre de Clara; pero se contuvo, porque
multitud de pensamientos que se le agolparon á la imaginación, le
hicieron detener un buen rato fija la vista en el militar. Aquel tropel
de pensamientos fué una serie de rapidísimas nociones que se borraban
unas á otras, sucediéndose con precipitado vértigo. Ella le conocía, le
había visto; Bozmediano era una agradable persona: éste le había puesto
en libertad; ella se lo rogó tal vez; ella le tenía lástima; él quiso
complacerla. ¿A qué precio? ¿Con qué fin? ¿Desde cuando?...
Por fin el aragonés se atrevió á preguntar quién era la persona á quién
debía su libertad.
--Vamos--dijo Bozmediano con cierta vocecilla impertinente.--Bien sabe
usted lo que quiero decir. No es necesario pronunciar fu nombre. Es
natural que se haga usted el desentendido. Como halaga tanto su amor
propio el ser querido por persona de tanto mérito.... No sea usted
ingrato, joven, que ella no lo merece.
--No sé lo que quiere usted decir--manifestó Lázaro en el tono de un
examinado desaplicado que se hace repetir la pregunta por retardar la
contestación que no sabe.
Bozmediano habló más; pero vino á decir lo mismo. A Lázaro le parecía un
agravio inferido á Clara el publicar su afecto, el depositar tan honesta
y delicada confidencia en el conocimiento de un intruso, sí, porque
Bozmediano era un intruso, que se había metido á darle libertad sin que
nadie se lo pidiese.
--Bien sabe usted á quien aludo--dijo Claudio, dándole una palmada en el
hombro con llaneza y confianza;--pero como usted está tan orgulloso con
ser novio de esa joven, se da usted ese tono.
--¡Oh! no--replicó el sobrino de Coletilla avergonzado.--La verdad es
que no sé quién es esa persona que usted dice.
Bozmediano estrechó la mano del joven aragonés y le hizo muchos
ofrecimientos y protestas de amistad. El otro estaba tan aturdido, que
lo contestó mal y con poca cortesía.
--Sé dónde usted vive--dijo Claudio retirándose:--nos veremos. Y si no
en la _Fontana_, á donde voy con frecuencia.
Y se separó. Cuando estuvo á alguna distancia, Lázaro sintió impulsos de
correr hacia él para darle las gracias con mayor respeto; pero en él
luchaban el orgullo y los celos. Le dejó marchar sin decir nada.
Bozmediano iba diciendo entre sí con mucha satisfacción:
--Muy vulgar, muy vulgar....
CAPÍTULO XXII
#El "vía crucis" de Lázaro#.
Lázaro continuó andando sin dirección fija. Su brusca y misteriosa
salida de la cárcel, el conocimiento de Bozmediano y el aturdimiento
producido por sus palabras, le impidieron por algún tiempo darse clara
cuenta de su difícil y rarísima situación. Pero cuando se vió solo y
anduvo un buen rato, empezó á comprender que no tenía á donde ir, ni á
quién dirigirse, ni con quién vivir. Las palabras dichas por el viejo no
le dejaban duda respecto á su carácter. Era un realista fanático, un
ciego amante de la tiranía. Con los ojos encendidos de cólera y el habla
venenosa y fuerte, le había dicho que no fuera á su casa mientras no
cambiara de ideas, ¿Qué hacer? Era imposible vivir con aquel hombre
misántropo y cruel, melancólico y feroz como un fanático musulmán. ¡Cuán
contrarias las ideas de uno y otro! ¿Qué podía hacer? ¿Fingir y ser
hipócrita? ¿Aparentar un amor á la tiranía que le parecía criminal? "No:
eso no puede ser", pensaba Lázaro. Además, en la agitación actual de los
partidos, fingir semejantes ideas era peor que profesarlas. El viejo no
podía admitirle en su casa. Entonces, ¿qué determinación debía tomar?
¿Adónde iba? ¿Volvería á Ateca? ¿Y Clara?
Al acordarse de su infortunada compañera, los pensamientos del joven
tomaron otro sesgo. La idea de los pesares de aquella infeliz, condenada
á vivir con un ser tan antipático, principió á atormentarle. Era preciso
ir allá y ver lo que pasaba en la casa. ¿Pero cómo, si era imposible
visitar á su tío?
¿Iba ó no iba? La necesidad le apremiaba. Estaba solo, agobiado de
extenuación, hambriento y desnudo. Doce cuartos era toda su fortuna;
porque en el camino había perdido un doblón, y los gastos de viaje
consumieron el otro. Entre tanto se acercaba la noche y no tenía dónde
dormir. Si acudía á casa de sus amigos, temía no encontrarlos tan
benévolos como la noche anterior. Además, eran pobres, tan pobres como
él, y no podían darle agasajo.
Era preciso ir. También se le ocurrió tomar el camino de su pueblo y
volverse allá. Conocía un arriero en el parador, que le llevaría de
fiado. Pero ¿y Clara?
Estos eran sus pensamientos cuando acertó á pasar por la _Fontana_.
Sintió gran algazara, paróse maquinalmente y tuvo intenciones de entrar.
"No--dijo dominándose--no entraré." Y al mismo tiempo dió un paso hacia
la puerta.
Sin embargo, atracción fatal le arrastraba hacia aquel recinto, abismo
de sus primeras y más bellas ilusiones.
Los sonidos que allí dentro se oían retumbaban en su cerebro como ecos
infernales de singular fascinación.
Retrocedió, volvió á avanzar, se consultó, discutió mentalmente, y al
fin, uniéndose la curiosidad á su instintivo deseo de entrar, no dudó
más y entró.
Estaban en una discusión muy acaloraba. Por todas partes se alzaban
voces, lo mismo en la región turbulenta del público que en la del club.
El que estaba en la tribuna logró dominar el ruido y pudo hacerse oír;
pero bien pronto los gritos ahogaron de nuevo su voz. Trataba de la
vergonzosa derrota que habían sufrido los exaltados ante la autoridad de
Morillo, y algunos habían llevado esta cuestión á un terreno personal.
Celosos del decoro de la sociedad y del buen nombre del partido, algunos
oradores denunciaban _á los infames que, disfrazados con el nombre de
liberales, iban á corromper á aquella asamblea, á hacer vergonzosos
tratos en nombre del Rey, á comprar la elocuencia exaltada y á promover
alborotos que no tenían otro objeto que desprestigiar el liberalismo y
dar armas á la reacción._
--¡Lobos--decía el orador--disfrazados de cordero, que vienen aquí
fingiendo un amor á la libertad que no tienen! ¡Ofrecen oro á los
oradores en pago de un discurso que exalte los ánimos de la multitud
ignorante!
--Sí: esos infames--decía otro orador--son los que preparan las asonadas
y los que apedrean las casas de los Ministros. El objeto de esta
asociación es sostener una cátedra permanente de las buenas ideas,
dirigir los sufragios; pero nunca patrocinar el libertinaje, ni el
escándalo, ni la anarquía.
--No--gritó otro orador, en quien se fijaban las miradas de todos, y que
se levantó lleno de ira á protestar contra las palabras anteriores.--No:
aquí no hay traidores. Los que tal hacen no pertenecen á la raza de los
humanos: no creo en ellos, y si los hay, que se digan sus nombres.
Sepamos quiénes son; conozcámonos.
--¡Que se digan los nombres!--repitieron cien voces.
--Es preciso--decía el primer orador--purificar esta noble asamblea.
Merced á los infames que la han corrompido, corren por la corte
injuriosas calificaciones de nosotros y de nuestro club. ¡Que esos
infames salgan de aquí!
--¡Que se digan sus nombres!--respondió la multitud con un rugido.
--No--decía otro:--esa especie de hombres no existe.
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