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La Fontana de Oro
Author Language Character Set
Benito Pérez Galdós Spanish ISO-8859-1


You are here --- [ Home / Author Index B / Benito Pérez Galdós / La Fontana de Oro / Page #10 ]

La imaginación de Lázaro midió rápidamente el abismo que en ideas y
sentimientos le separaba de su tío. Pero se sentía dominado por él, y no
podía contradecirle.

--Aquí--continuó el fanático con su espantosa burla, aquí puedes hablar á
tus anchas: nadie te molestará. Lo que puede ocurrir es que te crean
loco y te lleven á un manicomio. Allí debiera estar media España. Pero
no, ¿que digo media España? una pequeña parte, porque casi todos los
españoles conservamos el juicio. Sólo una porción de hombres mezquinos,
mezquinos de juicio, de carácter, de todo, manifiestan con su conducta
todo el extravío de que es capaz nuestra naturaleza. Pero esto
concluirá; yo te juro que concluirá, ó es preciso creer que no hay Dios
en el cielo, perder la fe y renegar del mundo y del alma. Mira,
Lázaro--continuó con tono vehemente y apretándole el brazo con tanta
fuerza, que le hizo retroceder inmutado y perplejo;--Lázaro, si tu eres
de esos, olvida que por tus venas corre mi sangre, olvida que soy
hermano de la que te dió el ser. Un abismo nos separa; no hay
reconciliación posible. Es preciso que nos odiemos de muerte. Huye de
mí; para mí no eres prójimo. Hay cosas que están por encima de los
vínculos de la familia. La vida no se reconcilia con la muerte, ni la
luz con la obscuridad. Adiós.

Iba á salir; pero Lázaro, trémulo de asombro, le detuvo, y le dijo con
mucha turbación:

--Pero, señor, no me abandone usted, hábleme usted. Yo quiero que
pensemos de la misma manera.

A pesar de todo, el anciano le inspiraba respeto y veneración; y al ver
que reprochaba sus ideas, sintió ese impulso de subordinación tan
natural en un joven da temperamento impresionable.

--Si eres de esos--continuó Elías,--vuelve á tu pueblo y no hables de
mí; no digas que me has visto; no creas que existo; y es verdad: para ti
he muerto.

--Pero deje usted que me explique...

--¿Qué vas á decir?

--Yo pienso ... usted comprenderá que yo tengo mis ideas ... he leído y
tengo convicciones, sí, señor; estoy profundamente convencido....

--Tú, pobre niño, ¿qué puedes saber?... ¿qué convicciones puedes tener?
No sabes otra cosa más que las falsedades leídas en cuatro libros que
debieran arder en llamas alimentadas con los huesos de sus autores.

A cada palabra se hundía más Lázaro.

--¿Será posible--dijo con desconsuelo,--que usted me pueda arrancar mis
creencias, que yo he alimentado con tanto cariño y que me dan la vida?
No, no podrá usted: y si al fin, con la fuerza de su talento, pudiera
conseguirlo, yo le ruego que no lo haga y me abandone. Que nos separe
ese abismo que usted dice: y si yo estoy en el error... Pero no lo
estoy, yo sé que no lo estoy...

--Iluso, fanático, vano ... porque sólo vanidad es eso, vanidad de
Satán--dijo Elías con severidad; y después añadió con más fuerza:--Pero
yo te sacaré de esa miseria.

Estas palabras fueron pronunciadas con tan profundo acento de
convicción, que el sobrino no pudo contestarlas, y se hundió más.

--¿Qué intentas hacer? ¿Qué esperas? ¿Piensas que esto va á continuar
así por mucho tiempo? Te equivocas, que España está á punto de reconocer
su error. Mira cómo rebulle por todas partes. El odio á la Constitución
late en todos los corazones honrados. Pronto verás al Rey recobrar sus
sagrados privilegios, que sólo Dios con la muerte puede quitarle.

--¡Oh, señor! ¿Y lo que este pueblo ha conquistado con tanta sangre,
será perdido por el orgullo de un solo hombre? Si así fuera, yo
renegaría de nuestro linaje; y si España se dejara ultrajar de ese modo,
sería digna de mejor suerte.

--¡Digna de mejor suerte,--dijo Elías con la más horrible expresión de
que era capaz su rostro abominable; digna de aniquilarse y desaparecer de
la tierra si no lo hiciera.

--No, no lo puedo creer aunque usted me lo diga. Cuando yo no crea en
la libertad, no creeré en nada, y seré el más despreciable de los
hombres. Yo creo en la libertad que está en mi naturaleza, para que la
manifieste en los actos particulares de mi vida. Yo, ciudadano de esta
nación, tengo derecho á hacer las leyes que han de regirme; tengo
derecho á reunirme con mis hermanos para elegir un legislador.

--Para darte leyes y obligarte á cumplirlas existe un hombre sagrado,
ungido por Dios.

--No: yo y mis hermanos le ungimos. Es Rey porque nosotros queremos. Es
sagrado para mí si cumple el pacto solemne que ha hecho con todos y cada
uno. Si no, no. Pero lo cumplirá, lo ha jurado.

--Hay juramentos--contestó sobriamente Coletilla,--cuyo cumplimiento es
un crimen.

Lázaro sintió frío en el corazón. El aplomo con que aquellas palabras
fueron pronunciadas le anonadó más, y le hundió más.

--Y todos esos héroes--se atrevió á decir el preso después de
meditar.--todos esos héroes, santificados por la Historia, que viven en
el recuerdo de los buenos y serán siempre orgullo del género humano;
todos esos que han vivido por la libertad, que han muerto por ella,
mártires deshonrados en su último día por la mano del verdugo, pero
enaltecidos después por la humanidad... ¿no quiere usted que yo les ame?
Y les venero; mi pequeñez no me permite imitarlos; pero por tener
ocasión de parecerme á ellos, diera toda mi vida, lo confieso. ¡Oh! si
la libertad no fuera la cosa más buena, sería la cosa más bella con la
memoria de tantos héroes.

--¿Y esos son tus héroes? ¿Eso es lo que admiras? dijo Elías.

--¿Pues á quién he de admirar? ¿á quién he de admirar? ¿A los tiranos?
¿A Nerón, matando á Séneca; á Felipe II, asesinando á Egmont y á Lanuza;
á Luis XV, descoyuntando á Damiens?

--Era preciso enseñar á los franceses que no debía haber otro Ravaillac.

--Pues la lección no hizo efecto, porque hace treinta años que un Rey
murió en un patíbulo.

--¡Esos son tus semidioses, esos!--exclamó Elías con furia.

--No: mis semidioses no son el exterminio, el terror ni el asesinato.
Lamento los desvaríos de todos; mas no extraño que, al huir da las
violencias de un extremo, se toque en las violencias de otro, pagando
los crímenes de siglos enteros con el crimen de un día.

--No me hables más--dijo Coletilla con voz reposada y lúgubre:--ya sé
que eres de _esos_, de _esos_ á quienes no tengo palabras bastante duras
con que calificar. Tu Dios es un ciego espíritu de libertinaje; la norma
de tu conducta es el escándalo. Dime, insensato, ¿cuál es tu fin? ¿Qué
ves tú en ese porvenir? Supón que fueras un hombre notable entre los de
tu calaña, el más ciego de los ciegos, el más loco de los locos: ¿qué
harías, cuál sería tu aspiración?

--Yo no tengo aspiraciones bastardas; no quiero medrar á la sombra de un
tirano que pague la adulación con dinero; yo no aspiro más que á la
gratitud del género humano, á la gloria.

--¿Gloria por ese camino? La gloria no se consigue sino por el camino de
la lealtad, sirviendo á Dios y al Rey. No hay más gloria que la que Dios
da en su Paraíso, de la cual es simulacro é imperfecto remedo el culto
que da en los altares el linaje humano á los escogidos de Dios. Además,
la gloria en la tierra consiste en ser súbdito sumiso y obediente, no en
vociferar por calles y plazuelas. De esa gloria que tú has soñado no
pueden salir héroes, sino charlatanes y bandoleros. La gloria consiste
en cumplir el deber.

--Pues yo cumplo mi deber tratando de emancipar á mis hermanos de una
odiosa tiranía, diciéndoles y probándoles que son libres, iguales ante
Dios y ante la ley.

--El primero de los deberes es obedecer lo que la ley te mande.

--¿Ciegamente?

--Ciegamente.

--Yo obedezco la ley que es tal ley, la que han hecho los que pueden
hacerla, elegidos por mí y mis hermanos, elegidos por todos.

--A ti no te toca examinar la ley, sino obedecerla.

--¿Y si me mandan una infamia?

--No te la mandarán.

--¿Y si me la mandan?

--Te digo que no te la mandarán. Y si acaso Dios permitiera que tu Rey
te mandara alguna cosa contraria á la justicia, hazla, que Dios le
castigará á él y te premiará á ti en la otra vida. Serás mártir. ¿Qué
mayor gloria? El martirio del deber es grande y sublime.

Lázaro se hundió más.

--Observa--continuó Elías,--el espectáculo de esa nación. Unos cuantos
desalmados le dan leyes en nombre de un principio absurdo, contrario á
la Naturaleza. Sólo al Rey ha dado Dios soberanía. ¡Qué desorden! ¡El
Rey obligado por una turba de soldados rebeldes á jurar aquel Código
abominable! Lo juró; pero en el fondo de su alma lo detesta. No podía
ser de otra manera. Está prisionero, prisionero de sus vasallos que
juegan con él. El Rey se ve obligado á representar la más horrible
farsa. Jamás la dignidad real ha descendido tanto. Pero él se librará de
esta horrible tutela, porque Europa, si es preciso, se coaligará para
salvar á España. Ya España ha salvado á Europa.

--No, no puedo creer--contestó Lázaro,--semejante iniquidad. Esta
invasión sería más odiosa que la de 1808, y también mejor castigada.

--No lo creas: el Rey será restituido á su trono. Además, España no se
levantará; y si lo hace, será en favor de la intervención. ¿No ves
cómo manifiesta su voluntad? ¿No ves las facciones que aparecen por
todas partes? Todas las provincias se arman para proclamar al Soberano
absoluto, y aún no han aparecido las principales facciones. España se
alzará contra ese absurdo sistema, y Fernando volverá á ser nuestro
Rey amado.

--¿Será posible?--dijo Lázaro con desaliento; y entonces se hundió más.

--Tan posible, que no pasará mucho tiempo sin que lo veas. Ahora se va á
conocer el temple de las almas. Todos esos charlatanes que te han
llenado la cabeza de desatinos huirán avergonzados, yendo á esconder su
ignominia en tierra extranjera. Entonces se cubrirán de gloria los
hombres de corazón recto; los leales y patriotas lucharán contra una
plebe desenfrenada; lucharán por el derecho, por Dios y por el Rey;
vivirán eternamente en la memoria de todos, y sus nombres serán en lo
venidero un emblema de justicia y de honradez. Estos son los héroes,
Lázaro; éstos.

Lázaro se acabó de hundir. Las palabras de su tío le impresionaban de
tal modo, que no tuvo aliento más que para decir tímidamente:

--¿Esos nada más?

--Nada más. La gloria es muy divina para que pueda coronar otra cosa que
la justicia y el deber. No esperes nada fuera de esto. El torbellino de
esa turba ciega te arrastra: ve con él. No te digo más. Camina á la
deshonra y la muerte. Adiós. Algún día te acordarás de mí.

--No--exclamó Lázaro deteniéndole:--yo quiero que usted me aconseje y
me guíe.... Yo ... aunque tengo bastante fuerza de convicciones....

--¿Fuerza de convicciones?--dijo el fanático, deteniéndose y mirando á
su sobrino con desprecio.

--Sí--contestó éste,--y no puedo perderlas, no quiero perderlas.

--Bien: sigue por ese camino. Lejos de mí no esperes otra cosa que
deshonra, obscuridad. Yo te abandono á tu suerte. Hágame la cuenta de
que no te conozco. Te pondrán tal vez en libertad, irás con ellos, serás
vencido, y entonces ... ó huirás con ignominia, ó te entregarás á la
venganza de tus enemigos, que no tendrán perdón para ti, y harán bien.

--¿Pero usted me abandona?

--Sí: ya te he conocido. Vine sólo por conocerte. Ya sé quién eres. En
mi casa te espero; pero no vayas á ella sino convertido.

--¡Ah, imposible! No iré.

--Pues adiós--dijo Elías con decisión.

--Adiós--repitió Lázaro con angustia.

Coletilla salió. El joven no se atrevió á detenerle. No creyó que se
marchaba hasta que le vió fuera, y sintió que el carcelero cerraba la
puerta. Entonces tuvo impulsos de llamarle; gritó; no fué oído; lloró
lágrimas de desesperación; golpeó violentamente con sus manos la puerta
y el cerrojo, y al fin, cediendo á la fatiga y al trastorno mental, cayó
de nuevo en aquel letargo extraviado y doloroso de que le sacara
momentos antes la llegada de su tío.





CAPÍTULO XIX



#El abate#.


Al día siguiente, la casa de las tres ruinas contenía en su estrecha
capacidad seis personas: las tres Porreñas, Clara y dos visitas.

Clara y la devota estaban encerradas en la habitación interior,
destinada á las prácticas ascéticas. La santa, concluida la oración
mental, se había sentado en un taburete, y poniendo un gran libro sobre
sus rodillas, leía con la cabeza inclinada á un lado, arqueadas las
cejas, bajos los párpados, y cruzadas las manos en ademán muy humilde.
Clara estaba á su lado, y como no debía llegar, en su flaca naturaleza,
á aquel alto grado de perfección, cosía como una pecadora, como una
infeliz mujer no acrisolada por las inflamaciones de amor divino. La
devota no se permitió otra expansión que referir á su compañero los
gozos y visiones que aquella noche había tenido. Después empezó un
examen de doctrina, y le hizo varias preguntas morales y teológicas, á
que contestó Clara con sencillez, guiándose por lo poco que sabía
positivamente y por lo que su buen sentido le sugería. Pero es el caso
que á doña Paulita siempre le parecían mal las respuestas de su
discípula. La reprendía, le explicaba con escolásticos giros y frases
nada comunes, y, por último, la llamaba ignorante y hereje, causándole
gran turbación y susto.

De repente interrumpe sus lecturas y sus reprimendas, y exclama:

--¡Ah! se me olvidaba una parte de mi rezo. Ya se ve, me he distraído
con los errores de usted, hija. Es preciso que usted piense de otro modo
y deseche esas ideas.... Pero digo que me olvidé de rezar ... por....
--¿Qué ha olvidado usted?--le dijo Clara.--Me olvidé de rezar dos _Padre
nuestros_ por el sobrino de nuestro buen amigo don Elías.

--Jesús; ¿Qué le ha pasado? ¿Qué es de él?--exclamó vivamente Clara sin
poderse contener.

--No se asuste, hermana, que no ha muerto--contestó fríamente la devota.

--¿Pues qué le ha pasado?--continuó Clara, que se había puesto pálida y
temblorosa.

--Que está preso en la cárcel, y bien merecido.--¿Pues qué ha hecho?

--Alborotar por esas calles y hablar en los clubs una serie de cosas tan
pérfidas ó infernales, que horroriza el recordarlas. Anoche nos contó
don Elías todo lo que ese desalmado joven ha hecho, y pasé un mal rato.

Clara estuvo un momento sin poder articular palabra. La repentina
noticia la turbó tanto, que no se atrevió á preguntar más.

--Hermana--prosiguió la devota,--¡qué muchachos los del dial! ¡Qué
horrible corrupción! Ese joven debe ser un monstruo. Pero ¡ay! debemos
tener compasión con los delincuentes que yerran. No es que crea yo,
como Orígenes, que hasta el diablo se ha de salvar. Pero debemos
compadecer y amar á los pecadores, aunque éstos sean de los más
empedernidos y rebeldes.

--¿Pero qué ha hecho?--repitió Clara, haciendo un gran esfuerzo para
disimular su turbación.

--No lo sé punto por punto; pero son cosas tan horribles.... Ha hecho lo
que otros tantos desvergonzados que andan por ahí. Esta sociedad está
perdida. A ver, hermana, si aprende usted pronto eso que le he dicho
sobre la gracia eficaz.

--¿Pero está preso?--añadió Clara con más miedo.--Preso, sí, y no lo
soltarán tan pronto. Pero está usted inmutada ... Ya, le tiene
compasión, y es natural. La compasión á los semejantes es una de las
virtudes que más recomienda Tertuliano. Usted está pálida, hermana.
Pero, ya: es efecto de la compasión. Voy á rezar. Y dejando el libro,
tomó el rosario y rezó. Clara bajó la cabeza y siguió cosiendo. Era tal
su congoja, que no daba un punto á derechas; picóse los dedos muchas
veces, y la costura salió tan mal que pronto fué preciso desbaratarla y
coserla de nuevo.

Dejémoslas y acudamos á las visitas. En la sala estaban María de la Paz,
Salomé, y delante de ellas, en pie y respetuosamente, Elías Orejón y el
ex-abate don Gil Carrascosa.

Nada hemos hablado hasta ahora de la amistad de este singular personaje
con las venerables viejas. Carrascosa, en su calidad de abate
entrometido, frecuentaba la casa de Porreño, lo mismo que otras de la
más elevada jerarquía. Aún hemos oído contar á personas de toda
veracidad que el intruso y audaz hombrecillo había tenido una parte
principal en las misteriosas relaciones de Salomé con aquel joven
militar, á quien enviaron al Perú después del rompimiento de la dama con
el imberbe duque de X....

Carrascosa era hombre de mucha travesura y socaliña, sutil como el aire,
capaz de urdir en el seno de las familias las más hábiles marañas; iba y
venía sigilosamente su color de preparar fiestas, de arreglar
procesiones, y era, en resumen, un pícaro tercero. Así le llamamos por
no darle otro nombre un poco soez, que alguien le aplicó oportunamente y
conservó entre muchos con justicia.

La amistad de las tres viejas se interrumpió con la desgracia, y sólo de
vez en cuando las visitaba, recordándoles los tiempos pasados con una
elocuencia y un calor que no agradaban á doña Paz. Últimamente, sus
visitas eran más frecuentes y mucho más afectuosas sus demostraciones
de amistad. El día en que los encontramos aquí había ido con Elías; y
por algo extraordinario iba sin duda, porque su vestido era el más
escogido y su cara estaba más lavada que de costumbre. Los puntiagudos
faldones de la mejor de sus tres casacas se balanceaban al compás de las
piernas en la parte posterior del cuerpo; el tupé había recibido doble
ración de pomada, y la corbata, aumentada con nuevos pliegues, formaba
un blanco follaje, una pechuga escarolada debajo de la barba. Cuando el
abate se ponía este traje, había pronunciado ya la _última ratio_ de su
peculiar elegancia.

Coletilla se despedía ya después de haber saludado á las damas. No venía
sino á ratificar un tratado que últimamente ajustó con Paz. Ya sabemos
que las señoras tenían el segundo piso de la casa simplemente ocupado
con los muebles de familia de que no habían querido deshacerse. Este
piso era muy pequeño y abuhardillado, comunicándose con el principal por
una escalera interior.

Las damas habían propuesto á Elías que se fuese á vivir á aquel sitio,
comiendo con ellas en calidad de huésped, y al buen viejo le vino este
arreglo como de molde, porque le producía un ahorro, y además le ponía
en estrecho contacto con sus antiguas amas, que tenía siempre en tanto
aprecio. Economía, comodidad, seguridad: estas tres ventajas vió en la
proposición, y aceptó. Aquel día vino á darles la respuesta definitiva:
sobre el precio no hubo disputas.

Cuando Coletilla se marchó el abate se preparó á tomar la palabra: hizo
mil muecas, sacando á la superficie de su cara todo su repertorio de
sonrisas. No seremos indiscretos en decir, anticipándonos á la
declaración expresa del mismo don Gil, que iba á invitar á las tres
damas para una fiesta religiosa. También nos atrevemos á indicar, con
todas las reservas imaginables, que aquello no era más que un pretexto
que ocultaba otros fines.

Cuando rompió á hablar, lo primero que hizo fué preguntar por doña
Paulita, y también por Clara, empleando algunas discretas reticencias.
Después dijo:

--Pues yo venía á decir á ustedes si quieren honrar con su presencia la
función que la Hermandad de la Pasión y Muerte celebra mañana en la
iglesia de Maravillas. Yo soy el secretario de la Cofradía, y gracias á
mí se ha arreglado la fiesta. Yo les aseguro á ustedes que será de lo
más lucido que se ha visto en la Corte.

--No será nunca como la que hicimos el año 98 en las Niñas de Loreto,
cuando se trasladó la Virgen de los Dolores del oratorio del
Olivar--dijo Salomé.

--No fué el 98, sino el 3; que me acuerdo cómo si hubiera sido
ayer--dijo Paz.

--Te digo que fué el 98--insistió la otra.

--Estoy segura que fué el año 3--dijo Paz,--cuando el primo vino de la
guerra de Francia.

--Que el 98, Paz--afirmó Salomé,--el 98. Hace ya veinticinco años.

--Jesús, mujer: te aseguro que fué el año 3; me acuerdo bien. Yo tenía
entonces ... quince años.

--Señoras, no hace al caso la fecha--dijo Carrascosa, cortando aquella
peligrosa cuestión.

Y después continuó:

--Gracias al petitorio que yo dirijo, se han reducido dos mil y pico de
reales. Tenemos misa con orquesta de capilla, y nos predica el padre
Lorenzo de Soto, que es un orador que vale un Perú.

--¡Oh! no me le nombre usted--dijo Salomé, apartando la cara y
poniéndole delante de ella la mano abierta á guisa de pantalla:--es un
clérigo pervertido, contaminado con las ideas del día. Después que los
liberales le hicieron Provisor da Astorga, está en poder del demonio.
Hube de caerme muerta cuando el día de la fiesta de la Virgen de la
_Leche y Buen Parto_ le oí decir en San Luis que era preciso
reconciliarnos con los que habían trastornado á nuestra patria. ¿Cómo
puede haber llegado á ese extremo de perversión una persona ten docta
como el padre Lorenzo de Soto?

--Señora, yo tengo para mí que es un gran predicador--dijo
Carrascosa.--El año 12 fué, como ustedes saben, Diputado en aquellas
Cortes; el 14 firmó la exposición de los _persas_.¡Noble carácter!
Después, la amistad del Rey le ha elevado á puestos muy altos; y para
probar su mérito, baste decir que él fué quien descubrió la
conspiración de Porlier. Después del 20 se ha hecho enemigo de la
Constitución, lo cual es digno de alabanza, porque de otro modo hubiera
perdido su prebenda. Pero nada de esto hace al caso, sino que predica
mañana, y que esta tarde tenemos Completas, en que cantan los tiples de
Avila y el padre Melchor, franciscano de Segovia. Mañana oficiará el
reverendo obispo do Mechoacán, y por la tarde habrá procesión, á que
asistirá la Cofradía del Paso, la del Santo Sudario, y también irán los
niños del Hospicio.

--¡Ay, don Gil!--exclamó con acento de profundísimo desconsuelo María de
la Paz,--¿Cómo se atreven á sacar los santos á la calle con estas
cosas? Más querrán ellos estarse en sus casas que no salir á ver todas
las iniquidades que cometen los hombres.

--Puedo asegurar á usted--dijo el abate con sonrisa diabólicamente
irónica--que no se han quejado, ni se quejarán por el paseo. Lo mejor de
la procesión es la comitiva que tenemos organizada. Irán catorce
vírgenes vestidas de blanco, con coronas de rosas, velos, escapularios,
y cirios en las manos.

--Esas comitivas--dijo con muy mal humor María de la Paz--no me hacen
gracia. ¡Es una cosa tan mundana! Allí van los hombres sólo por ver á
las muchachas; y las muchachas que hacen de vírgenes, van sólo á que las
vean, y en lo menos que piensan es en los santos y en Dios. Esas son
cosas de Francia, señor don Gil. Antes no se usaban aquí semejantes
inmoralidades, y día vendrá en que se acaben costumbres tan
escandalosas.

El timbre nasal de la voz de doña Paulita, que se hallaba en la
habitación inmediata, resonó en la tala, trayendo la opinión de la
santa, que no por estar rezando dejaba de prestar atención á cuanto en
la sala se decía.

--¡Ah!--exclamó, alzando la voz para poder ser oída por don Gil--no me
nombren esas procesiones de vírgenes mundanas. ¡Qué vírgenes serán esas
que salen con coronas de rosas y cirios en las manos! Una vez vi eso, y
me entró tal grima, que tuve que confesarme en seguida de la cólera que
me había dado. No me nombren eso. ¡Qué escándalo, Dios mío! ¡A dónde
iremos á parar así!

--Pues, señoras--manifestó don Gil, respirando fuerte, como si con el
aliento adquiriera la fuerza que contra tantos y tales enemigos
necesitaba:--yo, señoras, respetando la opinión de ustedes, encuentro
que esas procesiones son muy patéticas, muy expresivas, muy religiosas.
De todos modos, ya la procesión está arreglada, y hay que llevarla
acabo. Hemos estado buscando jóvenes, y ya hemos encontrado algunas;
pero aún nos faltan cinco. La fiesta es mañana: y si no encontramos hoy
esas que faltan, se va á deslucir la función. ¡Qué contratiempo! No
saben ustedes cuánto he trabajado para buscarlas. Son muy guapas las
que tengo ya.

--Señor don Gil, por Dios--chilló Salomé en el tono de una honesta dama
que reprende el atrevimiento de su galán.

--Señoras, ¿qué tiene eso de particular? Si Dios las ha hecho guapas,
¿qué vamos nosotros á hacer? Pero ¡ay! me faltan cinco. Por eso he
venido aquí. Y se detuvo como cortado.

--¡Ha venido usted aquí!--exclamó Paz abriendo mucho los ojos.

--¡Ha venido usted aquí!--murmuró Salomé con súbito cambio de color.

Las dos ruinas se miraron Aquella mirada fugaz fué terrible. Un
observador oculto é inteligente hubiera advertido tal vez que en aquel
mutuo rayo por una y otra lanzado, se examinaron, se despreciaron,
cambiando como una expresión de rencor que cada una lanzó para la otra.
Pero Carrascosa, aunque era buen observador, no pudo advertir al breve
resplandor de aquella mirada fugaz como un relámpago, los dos abismos
que, abierto el uno frente al otro, se contemplaron un instante,
mostrándose todo su horror. No se crea por esto que tía y sobrina no se
querían bien, no: se amaban, si cabe expresarlo así; se amaban como
pueden amarse dos personas que se fastidian juntas. Sigamos.

Un profundo y lejano suspiro anunció la admiración de doña Paulita.

--Sí, he venido aquí á ver si ustedes consienten ...--continuó el abate.

El retablo que en la persona de Paz hacía veces de rostro, se puso de
color de remolacha, y los ojos de Salomé miraron al cielo, no sabemos si
por un movimiento natural ó por una calculada combinación de ademanes.

--Eso no tiene nada de particular, señoras, nada de particular; al
contrario....

--¡Señor don Gil!--dijo Salomé con una cosa parecida al rubor.

--¡Señor don Gil!--exclamó Paz con toda la majestad de su carácter
reunida en un solo gesto.

El que había sido abate y covachuelista comprendió que le habían
entendido mal.

--Voy á rectificar--exclamó.

--A rectificar, como dicen en las Cortes--indicó Salomé en un arrebato
de amabilidad repentina é inexplicable que no pudo contener; amabilidad
rarísima en ella y que era sin duda signo de una gran agitación.

El buen humor de la segunda ruina era siniestro.

--Quiero decir--continuó el abate, después de toser dos ó tres
veces--que venía á ver si consentían ustedes en que esa joven ... esa
joven que ustedes protegen....

A Salomé le entró una tos convulsiva, no sabemos si originada por una
causa física ó por la necesidad de disimular y no ofrecer á la
contemplación de don Gil las arrugas triangulares y el color cárdeno
que aparecieron en su cara al oír aquella proposición. María de la Paz
se restregó un ojo como si le escociera. Oyóse la voz de doña Paulita
que rezaba un latinajo incomprensible.

--Esa joven--continuó Carrascosa,--que se llama ... ya no me acuerdo de
su nombre. Pues ... esa que es tan guapita y tan modesta. De seguro no
habrá en la procesión ninguna que la iguale.

--¡Señor don Gil!--exclamó María de la Paz Jesús con explosión de cólera
repentina.--¿Cómo se ha figurado usted que yo podía consentir en
semejante cosa? Ya le he dicho á usted que esas comitivas me parecen muy
indecentes, y si esa niña quisiera prestarse á ser escándalo de la
Corte, no entraría más en esta casa. Por parte suya, no dudo que
consintiera, porque es tan aficionada á coquetear por ahí, que si la
dejaran había de estar todo el día en la calle detrás de los hombres.
Pero no ... no me hable usted de eso.

--Yo sospechaba desde el principio á dónde iba usted á parar, señor
Carrascosa: pero quise aguardar á que se explicase--dijo Salomé con
mucho desdén.

--Señoras, veo que son ustedes inflexibles. Conozco mucho la noble
entereza del carácter de ustedes y el tesón de sus principios para
insistir más sobre este punto.

En aquel momento doña Paulita, que, sin salir de la habitación interior,
no perdía sílaba de lo que allí se decía, tomó parte en la conversación,
variando de sitio para que la oyeran mejor.

--¡Oh, Dios mío¡--dijo.--No consentiré yo tal cosa. ¡Hasta las personas
más perfectas caen alguna vez! ¡Hasta de los hombres más de bien y de
mejor conducta se vale el demonio para sus perversos fines! ¡Quién diría
que usted, señor don Gil Carrascosa, había de ser instrumento de
perdición para esta pobre muchacha!

--¡Yo, señora mía!

--No: ya sé que es sin querer, que á veces Dios permite que una persona
buena sea, sin saberlo, causa de la perdición de otra. No le echo á
usted la culpa. Pero esta pobre niña tiene quien vele por ella. No
caerá otra vez; que gracias á un buen ángel ha salido ya del abismo la
pobrecita, y se ha salvado. Ya está hecho lo principal; de modo que
ahora, con una vida ejemplar consagrada enteramente á la oración, su
alma se purificará por completo. No temas, niña--añadió, volviéndose
del lado en que estaba Clara;--no temas, que no volverás á caer, y si
saliste del pantano del mundo, ha sido para continuar pura y sin
mancha lejos de él. Y no desconfíes de ella--prosiguió mirando á la
sala y dirigiéndose á las dos esfinges: no desconfíes de ella, porque
es muy buena.

Salomé movió la cabeza en señal de duda.

--Es muy buena, muy buena compañera mía--continuó la devota--Aunque el
mundo trató de corromperla, ella tiene muy buen fondo, y el alma está
santa: lo he conocido. Perderá la corteza de las viles pasiones que el
mundo le ha enseñado. Estoy tan interesada en su salvación, que quiero
unirme á ella para toda la vida y salvarla conmigo. ¡Os aseguro que así
será! Amadla vosotras, que Dios manda amar á los pecadores, sobre todo
cuando están arrepentidos. ¿No es verdad que estás arrepentida, hermana?

No se oyó ninguna respuesta. Clara contestó sin duda que sí con un
movimiento de cabeza. El sermón de la devota dejó un eco en la sala.

--Señoras: para concluir, me permitiré una observación--dijo don
Gil.--Yo no veo un escándalo en que la señora doña Clarita salga en la
procesión de las vírgenes. Al contrario, bueno es que ostente la
hermosura, que es obra de Dios; y la mujer que se esconde y no sale,
impide que se admire una obra de Dios, cual es la hermosura. Esa joven
es un ejemplar prodigioso de las hechuras de Dios, y haciendo que todos
la vean es como se publican las alabanzas del autor de tantas
maravillas.

--Señor don Gil--objetó María de la Paz haciendo esfuerzos para aparecer
serena:--no creía yo que fuese usted tan libertino. Vamos, nosotras
teníamos de usted otra idea; creíamos que....

--Yo soy, señora, un hombre como los demás. Admiro las obras bellas de
la Naturaleza, y una mujer hermosa es....

--Por Dios, señor de Carrascosa: en verdad tiene usted unas cosas
...--dijo Salomé pasando la mano por el fragmento de cabellera que entre
su apergaminada frente y su tocado aparecía.

--¡Jesús! repórtese por Dios--dijo desde dentro la devota. Me horrorizan
sus palabras.

Algo más duró el importante diálogo; pero don Gil, viendo que no sacaba
partido de las tres pécoras, varió de asunto, aunque con poca fortuna,
porque sus amigas le mostraron mucho despego durante toda la visita. Al
fin determinó marcharse; se levantó, hizo mil cortesías, les reiteró su
respeto y admiración, prometió volver pronto, y se fué.

Al llegar á la calle miró á todos los lados como buscando á alguno, y
al poco rato salió del portal de una casa inmediata el joven militar que
hemos conocido desde el principio de esta historia.

-¿Qué hay?--preguntó á Carrascosa con mucho interés.

-Nada, no quieren. Esas viejas son unos demonios contestó riendo de
muy buena gana el abate.--Me parece que por ese camino no
conseguiremos nada.

-¡Diantre de viejas!
    
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