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salida de un baile. Sentimos no tener á mano estas estrofas, porque son
un documento notable y digno de ser conocido. En prosa neta contestó la
joven; pero no fué menos expresivo su estilo. Hicieron amistades; de las
amistades pasaron al galanteo, y del galanteo al proyecto de boda. Don
Baltasar creyó en el afianzamiento de su casa; pero se llevó un terrible
chasco. De repente los Duques de X ... se opusieron al casamiento de su
hijo; Salomé estuvo siete días en cama con dolor de muelas; su padre oyó
con sumisión la homilía que el fraile le espetó por vía de consuelo, y
Elías Orejón le leyó en seguida unas terribles cuentas, que le hicieron
el efecto de un tósigo.
La joven empezó entonces á enflaquecer. Por un amigo de la casa hemos
sabido que antes que el peinado de canastillo impresionara tan
enérgicamente al joven Duque, había indicios para creer que á Salomé no
le era del todo indiferente un teniente de húsares del Rey, que medía la
calle del Sacramento lo menos cien veces al día. Es también seguro que
Salomé pasaba muchas noches llorando, y que en aquel asunto
intervinieron el fraile y el Marqués. El teniente fué mandado al Perú, y
no se supo nada más de él.
Es imposible expresar lo que sufrió la pobre alma de la joven Porreño
con el terrible golpe del rompimiento de la boda. Ella esperaba no sé
qué de aquel enlace. ¡Misterios femeninos! Lloró por el teniente y rabió
por el Duquesito. Desde aquellos días principió á advertirse en ella la
modificación que la llevó al estado en que la conocemos. La displicencia
atrabiliaria, el desdén amargo, la impasibilidad indiferente aparecieron
entonces, y se apoderaron por último, de su espíritu por completo. Llegó
con los años á ser la persona más desapacible y de trato más fastidioso
que pudiera concebirse, ella que había tenido un carácter tan flexible,
un trato tan amable, una manera de insinuarse tan suave y halagüeña.
No así doña Paulita, que siempre había encontrado consuelos en la
religión. Desde niña había sido reputada como un ángel; no hacía más que
rezar y cantar á estilo de coro, remedando lo que oía en las Carboneras.
Los domingos decía misa en un pequeño altar, que ella misma había
formado, y también predicaba desde lo alto de una mesa con gran regodeo
de toda la servidumbre, que acudía para oírla desde los cuatro polos de
la casa. Ya más grandecita, manifestaba un vehemente horror á los saraos
y á los teatros; lo único que pudo agradarla un poco fué una función de
toros, á que la llevó su padre, gran aficionado. Solamente iba doña
Paulita al teatro cuando se representaba algún auto en la Cruz por
fiestas de Corpus, pero siempre iba con permiso de su confesor.
Entrada en los diez y ocho años, oyó con horror las proposiciones del
decimoquinto Porreño, su tío, para que se casara.
--Yo--dijo,--ó seré hija de Jesucristo, ó viviré en mi casa, ausente del
mundo, buscando en ella un baluarte contra el demonio.
--Bien, hija mía: si es éste tu gusto--dijo el tío,--sea. Creció con los
años su devoción, pero no hipócrita, sino devoción verdadera, legítimo
fervor cristiano. Tenía grandes visiones, y en llegando la Cuaresma se
disciplinaba, y decían los criados que en las altas horas de la noche
sentían los azotes que se daba. En la época de la decadencia, cuando
vivían en la calle de Belén, visitaba todos los días á las vecinas
monjas de Góngora, conversando con ellas largas horas. Con ellas
consultaba sus visiones y contravisiones, relatando sus deliquios y
arrebatos de amor divino. Otros días llegaba muy apurada para contarles
cómo había sentido unas terribles tentaciones, y que bebiendo vinagre se
le habían quitado.
Así pasaba los días en sabroso comercio con lo desconocido, lo mismo en
la época de su apogeo que en la de su decadencia.
Estos tres ángeles caídos llevaban una vida monótona y triste. Su casa
era la casa del fastidio. Parecía que las tres se fastidiaban de las
tres, y cada una de las demás.
Nos hemos olvidado de otro importante inquilino. Era un delicado
ejemplar de la raza canina, un perrito que representaba en la casa el
elemento irracional. Mas en este ser no se veían nunca la inquietud y
alborozo propios de su edad y de su raza; antes, por el contrario, era
tan melancólico como sus amas. En los tiempos do prosperidad había en
la casa muchos perros: dos falderos, un pachón y seis ó siete lebreles,
que acompañaban al decimocuarto Porreño cuando iba á cazar á su dehesa
de Sanchidrián.... Con la ruina de la casa desaparecieron los canes:
unos por muerte, otros porque el destino, implacable con la familia,
alejó de ella á sus más leales amigos. Mas en su decadencia, las tres
damas no podían pasarse sin perro: y es fama que un día, viniendo doña
Paz de visitar á sus amigas las Carboneras, al pasar por la Puerta del
Sol, vió á un hombre que vendía unos falderillos de pocos días.
Acercóse con emoción y cierta vergüenza, pagó uno con ocho cuartos y se
lo llevó bajo el manto.
Instalado el perro en la casa, Salomé le puso nombre, y recordando las
lucubraciones mitológicas y pastoriles de los poetas que en el tiempo
de la Chinchón la obsequiaban con sus versos, le puso el nombre clásico
de Batilo.
Este desventurado ser se hallaba en el momento de nuestra descripción
echado á los pies de María de la Paz, semejando en su actitud á los
perros ó cachorrillos que duermen el sueño del mármol inerte á los pies
de la estatua yacente de un sepulcro.
Las de Porreño se levantaban á las siete de la mañana, tomaban un
chocolate del más barato, y se iban á las Góngoras. Oían tres misas y
parte de una cuarta. Si era domingo confesaban, y después volvían á
casa, quedándose generalmente doña Paulita en el locutorio á hablar de
las llagas de San Francisco. A la una comían (no tenían criada) una olla
decente _con menos de vaca que de carnero_, y algunos platos
condimentados por el instinto (no educación) culinario de María de la
Paz, que consideraba como la última de las humillaciones la de entrar en
la cocina. Después hacían labor. Una vez al año visitaban á cierta
condesa vieja que las conservaba alguna amistad á pesar de la desgracia.
Llegada la noche, rezaban _á trío_ por espacio de dos horas, y después
se acostaban. Al sumergirse en aquellas camas arquitectónicas,
verdaderos monumentos de otros tiempos, los tres vestigios de la familia
insigne de Porreño, vivos exóticamente en nuestros días, parecía que se
hastiaban del mundo de hoy y se volvían á su siglo.
Concluyamos: la más inalterable armonía reinaba aparentemente entre
ellas. Parecían no tener más que un pensamiento y una voluntad. La
unción de Paulita se comunicaba á las otras dos, y la misantropía amarga
de Salomé se repetía igualmente en las demás. La alegría, el dolor, las
alteraciones de la pasión y del sentimiento no se conocían en aquella
región del fastidio. La unidad de aquella trinidad era un misterio. En
los momentos normales de la vida las tres no eran más que una: lo
antiguo manifestado en un triángulo equilátero; el hastío representado
en tres modos distintos, pero uno en esencia.
CAPÍTULO XVI
#El siglo décimoctavo.#
Estas eran las veneradas matronas con quienes iba á vivir nuestra pobre
amiga Clara; y en la posición en que las hemos descrito se hallaban
cuando Elías, trayendo de la mano á su ahijada, entró en la sala, y se
paró ante las tres damas, haciendo una profunda reverencia. Las tres
dirigieron á un tiempo los más impertinentes rayos de sus miradas sobre
el semblante de la infeliz muchacha, que estaba con los ojos bajos, el
alma oprimida y sin poder pronunciar una palabra.
--¿Es ésta la niña que usted nos ha encargado, señor don Elías?--dijo
María de la Paz Jesús.
--Sí señora, ya que son usías tan buenas que quieren admitirla aquí. Yo
espero que ella será agradecida á tanto honor, y sabrá corresponder á él
con su buena conducta.
--Pero, es preciso corregirse, niña--dijo Paz;--y si es verdad lo que el
señor Elías nos ha dicho de usted ... y verdad debe ser cuando él lo
dice.... Siéntese usted.
Los dos visitantes se sentaron en dos taburetes, magníficas joyas del
siglo decimoséptimo.
--Si es verdad--dijo Salomé con desdén y cierta fatuidad:--es preciso
que usted se corrija. Esta casa, niña, impone al que la habita, deberes
muy sagrados. Nosotras no consentimos el menor escándalo, y cuando
protegemos (recalcó la palabra _protegemos_) á una persona, principiamos
por enseñarle lo que debe á sus protectores.
--Estas ideas del día--añadió Paz,--lo invaden todo, niña. No extraño
que le haya alcanzado á usted su influencia pestilencial. Ya no hay
religión: los hombres corren desenfrenados á su ruina; y si Dios no se
apiada, se acabará el mundo. Pero en alguna parte se conservan los
sentimientos de honradez y pudor. Haga usted cuenta, niña, que ha dejado
un mundo de cieno para entrar en otro más perfecto. Dios ha iluminado á
su buen protector para que la ponga entre nosotras, que la libraremos de
la influencia infernal de las ideas del día.
Y siguió disertando sobre las ideas del día con argumentos tan fuertes
y tal vehemencia de estilo, que Clara sintió picada su curiosidad; alzó
los ojos y se puso á mirar con asombro la efigie porreñana, de cuya boca
salía elocuencia tan terrible.
--¡Usías son tan buenas!... son las únicas personas que pueden ofrecer
algún consuelo entre las borrascas del día--dijo Coletilla con voz menos
áspera que de ordinario, pues sólo era afable tratándose de las
Porreñas.--Usías le harán comprender lo que han sido y lo que son
todavía, porque aunque esto se ha desquiciado, aún quedan personas de
aquel tiempo tan grandes y nobles como entonces. Clara, haz cuenta que
habitas con las más dignas y elevadas señoras de la grandeza española,
que, al par de la virtud, atesoran todas aquellas prendas del alma que
distinguen á ciertas personas del bajo vulgo á que nosotros
pertenecemos.
María de la Paz Jesús se irguió con toda la gallardía de que era capaz;
respiró y miró á un lado y otro con majestad perfectamente regia. Salomé
miró con angustiosa calma las colgaduras remendadas y raídas, los
muebles desvencijados y rotos. Doña Paulita dió un suspiro místico, y
continuó en silencio.
Coletilla, cuando emitió tan gran pensamiento, se levantó y se fué,
después de saludar á las damas y hablar algo en voz baja con la más
vieja de las tres. Clara le miró partir, y aquel hombre, que le había
inspirado tanto miedo, que había sido siempre un tirano para ella, le
pareció un ángel tutelar que la abandonaba en tales momentos. Sintió
impulsos de correr á abrazarle para salir con él; le miró en silencio, y
cuando se hubo marchado observó á las tres viejas con terror, y dos
lágrimas de desconsuelo y angustia corrieron por sus mejillas.
--No llores, niña--dijo Salomé:--esos sentimientos que manifiestas por
tu bienhechor son saludables; pero ¿de qué valen esas lágrimas tardías,
después de haber abusado de su bondad, poniendo en peligro la dignidad
de su casa?
--¡Yo, señora!--exclamó Clara con asombro.
--Sí, usted--afirmó doña Paz;--pero la juventud está desmoralizada: no
me admira. Esperamos, sin embargo, que usted se corrija. Ya se ve ...
con estas ideas del día, ¡qué había usted de hacer!
--Es preciso perdonar--dijo doña Paulita con una voz agridulce y
atiplada, que parecía salir de lo profundo de un cepillo de iglesia.
--Sí, perdonar; pero corregirse también--indicó Salomé con el aplomo de
un legislador.--Si no, á dónde iríamos á parar; porque el perdón sin
corrección produce peores efectos que el no perdonar.
--Ese es un punto--contestó la devota--difícil de resolver, y que ha de
llevarnos á sostener una herejía. El perdón es bueno _en si_ y _por sí_,
como me lo probó el Padre Antonio el otro día.
--Pero, hermana, ¿de qué sirve perdonar si el malo no se corrige y sigue
siendo malo?--dijo Salomé interesándose en aquella controversia, que
alteró la soporífera armonía de la trinidad por algunos minutos.
--El perdón basta por sí para producir la gracia eficaz en el
perdonado--contestó la devota;--y si es así, que el perdonado se corrige
con la gracia tan sólo, luego la corrección del perdonador es ineficaz
para el perdonado.
Olvidábamos decir que doña Paulita sabía un poco de latín, y que en la
época de la decadencia se había dedicado á leer el _Florilegio sagrado_
y el _Thesaurum breve Patrum ac sententiarum_. Aquel argumento lo había
leído la noche antes, y por eso lo tenía tan á la mano.
La controversia concluyó, y María de la Paz, más dada al sermón que á la
doctrina teológica, prosiguió arengando á Clara, que, sentada como un
reo en el banquillo, estaba aterrada en presencia de tan severos jueces.
--La opinión de la mujer--decía la matrona,--es cristal finísimo que se
empaña al menor soplo. Aquélla que no se guarda á sí misma, no es
guardada; y mujeres hemos visto muy honestas que por no cuidar de su
nombre le han visto manchado sin motivo. La opinión es lo primero:
cuidad de vuestra fama, porque cuando se habla de una mujer, nada le
queda ya, y su misma inocencia no la consuela.
Estas doctrinas sobre la opinión eran de la cosecha del fraile de la
Merced, que _in illo tempore_ frecuentaba la casa. A Paz se le quedaron
presentes sus argumentaciones, y en lo sucesivo no perdonaba ocasión de
sacarlas á cuento, creyendo que hablaba por su boca la misma sabiduría.
La devota manifestó con un _sin embargo_ que no estaba conforme con
aquella doctrina; pero el sermón, turbado por este pequeño incidente,
continuó después por mucho rato.
--Y si no, dígame usted, niña--dijo Paz:--¿qué objeto tiene la mujer al
dar oídos á las palabras de los hombres, que son los que el demonio
elige para que propaguen estas ideas del día? ¿Usted á qué aspira en la
tierra? Por su nacimiento, por su educación, no puede aspirar á ocupar
un puesto en el mundo que la haga capaz de hacer bien á los inferiores.
O si no, vamos á ver: trataré de averiguar cuáles son sus pensamientos
sobre ciertas cosas, niña. ¿Qué espera usted, á qué aspira usted y de
qué modo piensa conducirse en el mundo?
Clara no sabía qué contestar á esta pregunta.
--Vamos, conteste usted--dijo Salomé con un tonillo que indicaba grandes
deseos de oír un disparate.
--Diga, hermana--exclamó con la nariz la devota.
--Yo ...--contestó Clara después de una pausa larga en que trató
de dominar su turbación ...--Yo ... les diré á ustedes ... soy ...
una mujer.
Paz hizo con la cabeza un signo de asentimiento, y miró á sus
sobrinas de un modo que indicaba el profundo acierto que había en la
respuesta de Clara.
--Vamos, niña, ¿qué piensa usted hacer en el mundo? ¿Cómo cuenta usted
vivir en lo sucesivo? ¿De qué modo? A ver--repitió Salomé con vehementes
ganas de que Clara no acertara con la respuesta.
--Yo ...--contestó Clara,--lo que deseo es vivir ... pues.
Paz inclinó de nuevo la majestuosa cabeza en señal de aprobación.
--¿Y nada más?
--Ser buena y....
--¿Y qué?--insistió Salomé, amostazada por el juicio y discreción que
había mostrado la examinada en las cuestiones anteriores--¿Y qué más?
¿No se le ha ocurrido á usted alguna cosa para lo porvenir? ¿No ha
esperado usted verse en otra posición, en otro estado del que hoy tiene?
Clara continuaba no comprendiendo.
--Pues queremos decir--añadió Paz,--que si á usted no le ha ocurrido ser
feliz de algún modo; figurarse que podía ser útil al mismo tiempo ...
pues ... porque las jóvenes del día tienen ciertos pensamientos sobre la
vida y la sociedad que conviene examinar en usted.
--¿De qué manera--dijo Salomé--cree usted que debe vivir una mujer en
el mundo? ¿Cómo espera usted vivir en la sociedad para servirla y
serle útil?
--¡Ah! sí--dijo Clara bruscamente, como si un rayo de luz repentina
hubiera iluminado su entendimiento, sugiriéndole una idea que agradara á
aquellas señoras.
--¿A ver cómo?
--Veamos.
Clara tenía un sentido natural muy grande. Evocólo todo, y pensó en lo
que á ella le parecía ser los destinos de la mujer. Comprendió que si no
hubiera matrimonio se acabaría el mundo, y recordó haber pensado varias
veces que una mujer casándose sería lo que deben ser las mujeres. Con
esta dosis de lógica se aventuró á dar una respuesta á sus jueces,
segura de que las tres habían de quedar muy satisfechas y complacidas.
--A ver, niña, diga usted de una vez.
--¿Qué debe hacer la mujer en la sociedad para servirla y serle útil?
--Casarse--dijo Clara con la mayor sencillez; y en el momento que
pronunció esta palabra, se aterró de lo que había dicho y se puso
como la grana.
El lector habrá visto, si ha asistido á algún sermón gerundiano, que á
veces el predicador, no sabiendo qué medios emplear para conmover al
femenino auditorio, alza los brazos, pone en blanco los ojos, y con
tremenda voz nombra al demonio, diciendo que á todas se las va á llevar
en las alforjas al Infierno; habrá visto cómo cunde el pánico entre las
devotas: una llora, otra grita, ésta, se desmaya, aquélla principia á
hacerse cruces, y la iglesia toda resuena con las voces alarmantes, el
pataleo de los histéricos, el rumor de los suspiros y el retintín de las
cuentas del rosario. ¿El lector ha visto esto? Pues el efecto producido
en las tres damas por la respuesta de Clara fué enteramente igual al que
producen los apostrofes de un predicador endemoniado en el tímido y
dueñuesco auditorio de un novenario.
--¡Qué horror!--exclamó Paz juntando las manos.
--¡Jesús! ¡Jesús!--dijo Salomé tapándose los oídos.
--_Et ne nos inducas_--profirió la devota alzando los ojos al cielo.
Hubo un momento de confusión. Las tres se miraron con asombro. Doña
Paulita se replegó, doña Paz tambaleó en su asiento, y aun es fama que
el amarillo rostro de Salomé se tiñó de una leve púrpura, para lo cual
fué preciso sin duda que toda la sangre de su cuerpo se repartiera entre
sus dos mejillas. Hasta se asegura que Batilo, el más taciturno de los
perros conocidos, participó de la opinión general: se alzó sobre sus
patas, alargó el hocico y ladró.
Pasados los primeros momentos de confusión, Paz recobró aliento, y dijo
con voz entrecortada por la cólera:
--Niña, esas ideas no me llaman la atención. Ya la conocíamos á usted de
oídas. Ahora me explico su conducta.... Ya se ve ... ¡Oh! es preciso una
educación fuerte.
--Pero, señoras ... yo ... ¿qué he dicho? ... yo--balbució Clara muy
turbada.--Una mujer ... si se casa.... ¿Pero casarse es ofender á Dios?
--No, señora, no--contestó la matrona:--el matrimonio es cosa muy
principal; sin matrimonio no habría mundo. Pero lo que extrañamos es ver
á una mozuela de diez y siete años pensando sólo en casarse.
Pero si yo no he pensado....
--No me interrumpa usted, niña ... ¡pensando en casarse!... ¿Qué locuras
no hará quien á esa edad no piensa mas que en el matrimonio? Así se
comprende que sea usted tan amiga de los hombres ... que los busque.
--Señora, yo no he buscado á ningún hombre--dijo la muchacha con
angustia.
--Todo lo sabemos; peso se equivoca usted si piensa que aquí vamos á
tolerar sus trapicheos.
El corazón de Clara se llenó de amargura al oír aquellas palabras; no se
pudo contener, y rompió á llorar.
Las tres manifestaban horrible crueldad en martirizarla. No podemos
explicarnos esto. ¿Era tal vez efecto de la reconcentración y sequedad
de espíritu producidas por la falta de trato con las gentes, por falta
de amor y de los goces de la vida? Sin duda las tres momias no podían
sufrir en calma que hubiera en alguna persona aspiraciones á la
felicidad.
Doña Paulita, que ya tenía la palabra en la nariz para reprender á
Clara, se conmovió al verla ulcerar, y la tranquilizó diciéndole:
--La Magdalena pecó y fué perdonada. Lo que ahora le falta á usted es un
sincero arrepentimiento.
--¿Pero de qué me he de arrepentir?--dijo Clara sollozando.
--¡Jesús! ¡qué tono tan del día y tan ... liberal!--exclamó Salomé,
creyendo decir una gracia.
--El orgullo que usted ha manifestado en esa pregunta no tiene
disculpa--dijo Paz con desdén.
--Cuando dicen las personas mayores que usted ha faltado...--añadió la
otra,--ellas sabrán por qué lo dicen, y usted no tiene que hacer más que
conformarse y callar.
--Pero ¡ay! yo no sé en qué he podido faltar.
--Cuando á usted se lo dicen, sus razones habrá para ello.
--Pero si tengo la conciencia tranquila.
--Más tranquila queda no replicando cuando los superiores dicen una
cosa.
--La autoridad, niña--exclamó Paz,--la autoridad es necesaria... Ya nos
ha mostrado usted suficientemente la influencia fatal que en usted han
producido las ideas del día. El orgullo satánico, al rebelarse contra
los superiores; el contradecir... Esto es insoportable. De este modo
camina la sociedad á su ruina. Pero nosotras le traeremos á usted al
buen camino.
--Por de pronto--dijo Salomé,--cuidado cómo se asoma usted á la ventana.
--Queda terminantemente prohibido que se acerque usted á un balcón ó
ventana; que abra usted la puerta de la escalera.
--Y que hable usted cuando no le pregunten.
--Se ha de levantar usted á las cuatro de la mañana, que la pereza es
madre de todos los vicios.
--Yo me levanto á la misma hora, hermana--dijo la devota,--Yo le
proporcionaré á usted ocasiones á esa hora de entretener el
entendimiento en cosas santas.
--A ver sí de aquí en adelante tiene cuidado de no decir esos terribles
despropósitos que ahora ha dicho.
--No volverá--dijo en un arrebato de amor al prójimo doña Paulita--Yo sé
que no volverá: yo confío en que será buena y obediente. Otros peores se
hicieron santos.
--Cuidado cómo habla con nadie que venga á esta casa. Trabajará usted
en cuanto se le mande--continuó Paz, añadiendo un artículo á aquel
código fatal.
--Pero no por, exceso--indicó oficiosamente doña Paulita, que el trabajo
es bueno para ahuyentar las ocasiones de pecar; pero con exceso es malo.
--No será con exceso. Además es preciso que procure desechar de su
mente todas las cosas que ha pensado hasta aquí. ¡Cuidado con las ideas
del día que trae usted á este santuario de los buenos principios! No se
acuerde usted de lo pasado; y ahora que está usted encomendada á
nuestra tutela _para toda la vida_, no debe pensar sino en portarse
bien. Nosotras, ya que usted ha tenido la desgracia de perder á sus
padres, procuraremos dirigirla y enmendarla, siendo la autoridad que
tanto necesita.
La huérfana bajo los ojos y cayó en profundo abatimiento. ¡Para toda la
vida! Hubiera querido morirse en aquel instante. No miró á las tres
arpías, ni les contestó. Su terror era tan grande que se lo secaron las
lágrimas, y quedó en este estado de perplejidad dolorosa que sigue á las
grandes crisis del alma.
Dejémosla en su encierro para acudir á Lázaro, que gime en una prisión
de otra clase.
CAPÍTULO XVII
#El sueño del liberal#.
Cuando Lázaro vió cerrarse la puerta de su prisión y sintió perderse en
la galería los pasos de su carcelero, miró en torno suyo, y se halló
rodeado de la más profunda obscuridad. Luz entraba por una reja que en
lo alto de la pared había; pero él, viniendo de la calle, estaba
deslumbrado y no veía más que tinieblas. Por un momento le fué difícil
darse cuenta de su situación. Aquello le parecía un sueño. ¿Su viaje á
Madrid había sido cosa real ó visión percibida en aquel calabozo?
Los pensamientos que en desorden y confusamente se agolparon en la mente
del joven, no son para referidos. El primer sentimiento que en él se
manifestó, fué una gran compasión de si mismo, que emanaba de la
ridiculez con que los hechos anteriores le presentaban á sus propios
ojos. El había creído que cada paso dado en la Corte sería un paso dado
hacia su futuro engrandecimiento é inmortalidad. El club patriótico más
célebre de España le había abierto sus puertas, ofreciéndole una
tribuna, un pedestal: la fortuna parecía haberle allanado todos los
caminos, y después... Pero no podía acusar á la fortuna. Esta le había
dado ocasión, sitio, auditorio; había puesto á su servicio un trastorno
popular; había dispuesto tolo para él un inmenso grupo de oyentes
trastornado y dispuestos á hacer la apoteosis del primer advenedizo. La
fortuna había organizado para él una manifestación popular, pronta á
improvisar un héroe en cada calle. La fortuna no debía ser acusada: él
tenía la culpa, él, que había nacido para una vida obscura tal vez para
ser un buen artesano, un buen labrador, y nada más. Y aquel saber
presuntuoso, aquellos conatos de pueril elocuencia, aquella vanidad
prematura de grande hombre, eran quizás tan sólo fenómenos nacidos de
esa serie de fantasmagorías que acompaña siempre á la juventud hasta
dejarla á las puertas de la virilidad.
Después de pensar estas cosas, se fijó en su conversación. Estaba preso.
Le formarían causa por alterador del orden público. ¿Qué sería de él?
Además había cometido una gran falta en no visitar inmediatamente á su
tío. ¿Qué pensaría Clara?
Al verse sumergido en una especie de sepulcro, su imaginación principió
á divagar. Estaba débil y muy fatigado. En cuarenta y ocho horas había
dormido apenas cinco; además la falta de alimento le extenuaba. Cediendo
al cansancio empezó á dormitar; mas no durmió con ese sueño que da
reposo al cuerpo y al espíritu, porque su excitación le impedía un
descanso profundo. Dormía con el letargo doloroso ó indeciso que
representa todas las visiones de la vigilia anterior de un modo
incoherente y monstruoso.
En su sueño creía escuchar lamentos que resonaban en las bóvedas de la
Cárcel. La antigua Cárcel de Villa era un mal buhardillón, dividido en
celdas, donde los presos no tenían comodidad ni estaban seguros. La
prisión no tenía aquel horror majestuoso con que los poetas nos han
pintado todos los calabozos. Pero á Lázaro antojábasele un sombrío
edificio, gigantesco sepulcro de vivos, de altísimas y negras paredes,
de gruesos é inaccesibles torreones, con un gran foso lleno de aguas
cenagosas y verdes, con largas filas de mazmorras, de las cuales la más
lóbrega y subterránea era la suya. Se le figuraba estar á muchos pies
bajo tierra; creía que aquella reja daba á algún conducto misterioso, y
que detrás de los muros habría una presa de agua. En su sueño creyó
sentir el ruido de un torrente: el agua entraba con lentitud; enormes
ratas corrían buscando entre los pies del preso refugio contra el
naufragio. Todo se le representaba según las siniestras relaciones de
las cárceles de la Inquisición que había leído en sus libros.
Después le parecía que los muros se apartaban: se encontraban en el
interior de una gran sala, cuyas paredes estaban tendidas de negro; en
el fondo había una mesa con un crucifijo y dos velas amarillas, y
sentados alrededor de esta mesa cinco hombres de espantosa mirada, cinco
inquisidores vestidos con la siniestra librea del Santo Oficio. Aquellos
hombres le hacían preguntas á que no podía contestar. Después se
acercaban á él cuatro sayones, le desnudaban, le ataban á la rueda de
una máquina horrible, la movían, rechinaban los ejes, crujían sus
huesos. El lanzaba gritos de dolor, es decir, ponía en ejercicio sus
órganos vocales: pero el sonido no se oía.
Después la decoración y las figuras cambiaban; se le representaban dos
filas de hombres cubiertos con capuchón negro y agujereado en la cara
en el lugar de los ojos. Por el fondo venían los mismos que le
interrogaron, y uno de ellos traía enarbolado el mismo Santo Cristo
que presidió al tormento. Cantaban con voz lúgubre una salmodia que
parecía salir de lo más profundo de la tierra, y avanzaban todos, él
también, en pausada procesión. Gentío inmenso le contemplaba impasible
y frió: un fraile, también impasible, iba á su lado, pronunciando á su
oído palabras santas que él no pudo comprender. Le hablaba de la otra
vida y del alma.
Después le pareció que la comitiva se detenía. Frente á frente vió una
claridad extraña, como toda claridad que brilla durante el día. Aquella
claridad se convirtió en llama, que brotaba de un montón de leña. La
llama crecía, crecía hasta llegar á una altura enorme; crujían los
leños, saltaban chispas; una columna de humo negro subía hasta tocar el
cielo. Después algunos hombres feroces, vestidos también con diabólico
uniforme, le ataban fuertemente de pies y manos, le acercaban á la
hoguera, le echaban en ella. En un momento de súbito é indescriptible
horror sintió arder rechinando sus cabellos, consumidos en un segundo;
sus ropas en otro segundo. Rechinó tenuemente el vello de toda su piel:
hirvió su carne con el chirrido intenso y discorde de todo cuerpo húmedo
que cae en el fuego. Respira fuego, bebió fuego, se convirtió en fuego
sensible y animado con los dolores de su propia combustión. Quiso
gritar: la llama no conduce el sonido. Quiso huir: no tenía movimiento,
no tenía cuerpo, no era más que una mecha. Quiso orar: no tenía
pensamiento; no era ya más que una pavesa, una masa de ceniza. El viento
le desmoronaba: se sentía difundirse en el espacio ardiente, se quemaba
ya quemado. No era más que humo: se consideraba subiendo en espiral
renegrida, y siempre quemándose, siempre quemándose y consumiéndose;
difundido ya, aniquilado, evaporado, acabado... hasta que al fin
despertó, cubierto todo con el sudor de la agonía.
Despertó, porque un ruido de voces resonaba á su lado. La puerta de la
prisión se había abierto. Era la caída de la tarde. Un carcelero, que
traía una linterna, alumbraba y guiaba á otro hombre que venía á visitar
al preso. Este hombre era Coletilla.
CAPÍTULO XVIII
#Diálogo entre ayer y hoy#.
Elías se paró delante de su sobrino. Este balbució algunas palabras, le
saludo de un modo incoherente, y le dijo al fin, después de comenzar
muchas frases, que estaba seguro de tener delante á su buen tío; pero al
ver que éste no le daba contestación ni desarrugaba el ceño, se calló,
quedándose cabizbajo y lleno de vergüenza.
Por último, el realista habló.
--No debiera venir á verte, ni acordarme de ti. Mereces lo que te pasa.
No tengo lástima de tu miseria, y vengo á conocerte, nada más que á
conocerte.
--Señor, yo...
Lázaro no encontraba, la fórmula de una explicación. Coletilla sabía por
el abate don Gil lo que había sucedido á su sobrino.
--Sé por qué te han puesto aquí. Un amigo que siguió tus pasos esta
mañana me lo ha contado todo. Has levantado la voz en medio de una turba
de charlatanes, y te han cogido preso. La justicia te ha puesto donde
debieran estar todos los charlatanes.
Lázaro estaba cada vez más confuso. Aquellas palabras, dichas cuando,
más que reprensiones, necesitaba consuelo, concluyeron de abatirle.
Representósele el carácter de su tío como el más áspero é inflexible que
existía en la Naturaleza.
--Me contaron tu hazaña--continuó el viejo con su habitual entonación
cavernosa,--y cuando supe que el delincuente era hijo de mi hermana, la
indignación y la vergüenza se apoderaron violentamente de mí. No creí
que fueras perturbador del orden público. Si tal cosa hubiera sabido, te
habrías quedado en el pueblo. Después he averiguado más. Sé que
llegaste, y en vez de ir á mi casa fuistes con unos badulaques al café
de la _Fontana_, donde te hicieron hablar y hablaste ... y por cierto
que lo hiciste muy mal. Todos se han reído de ti. Estuviste después
alborotando toda la noche con los que apedrearon la casa de Merilleu.
--¡Ah! no, señor; yo no.
--De cualquiera manera que sea, tu conducta es imperdonable. Pero dime:
¿desde cuándo te has metido á orador? No sabía yo que en Ateca hubiera
tanta elocuencia. Te habrán aplaudido los segadores en las eras, y te
has creído por eso un Demóstenes.
El fanático reía con tan maligno acento de sarcasmo, que á Lázaro le
parecía tener delante un grotesco demonio. Cada palabra abría en el
corazón del pobre prisionero una nueva herida, y le abatía y
avergonzaba más.
--Pero no extraño tus desvaríos--continuó Elías:--el desorden cunde por
todas partes. ¿Qué mucho que estos pedantuelos de aldea tengan tales
humos, cuando los sabios de la ciudad ofenden el sentido común con sus
ridículos debates? Sin duda algún garito de Zaragoza ha sido el primer
teatro de tu petulancia.
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