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La señora que tan celosa se mostraba de la opinión de su casa era doña
Leoncia Iturriabeytia, vizcaína, como es fácil conocer por su apellido;
patrona de aquel establecimiento, mujer de bien, como de cuarenta años
mal contados, de buen aspecto, robustas formas, alta estatura cara
redonda y carácter bonachón y más que sencillo.
--Señora, déjenos usted en paz--le contestó Javier.--Si viniera don Gil
con nosotros, no se incomodaría usted.
--Vaya, ya empieza usted con sus bromas, don Javier.
--¿Y cuándo se casa usted doña Leoncia?
--¿Yo casarme? ¿Yo?--dijo doña Leoncia con mal disimulada satisfacción.
--Pues sepa usted que se lleva un buen mozo. Don Gil es hombre que hará
carrera ... está en buena edad....
Una carcajada de los otros dos y una sonrisa forzada de la patrona
acogieron aquellas palabras. La vizcaína tenía un pretendiente, y éste
era don Gil Carrascosa, aquel individuo que fué lego, abate
covachuelista y cuanto hay que ser. Corrían por la vecindad rumores
alarmantes respecto á la existencia de cierta buena concordia, parecida
á la familiaridad, entre el poeta clásico y doña Leoncia, la vizcaína.
No penetremos en lo sagrado de estos clásicos y patroniles secretos.
Doña Leoncia notó la presencia de un desconocido, y quiso darse tono. Se
puso seria, y reprendió á los estudiantes por su poca formalidad.
Después hizo un pomposo ademán, algunas cortesías, y se marchó.
--Adiós Ariadna, Antígone, Sofonisba, Penélope--dijo cuando la vió fuera
el poeta, que gustaba mucho de aplicarle aquellos nombres heroicos.
Poco después de esta despedida se sintieron ronquidos muy broncos y
prolongados. Era Ariadna, Antígone, Sofonisba, Penélope, que dormía en
el interior. ¡Cuán felices son las semidiosas!
Javier y el Doctrino tomaron en competencia posesión de la cama. Lázaro
se acomodó lo mejor que pudo en una silla de tres pies y medio, y el
poeta continuó en pie haciendo los honores del sotabanco. Del cajón de
la cómoda sacó un pedazo de queso envuelto en un papel, que se había
hecho transparente. Un cuchillo, una botella y un plato, en que había
panecillo y medio, salieron de otro rincón, y el festín fué preparado en
la mesa, para lo cual se hizo preciso apartar á un lado dos tragedias en
verso heroico, un retrato de mujer roído de ratones, un ejemplar de la
Constitución, un tintero de cuerno y una babucha, dentro de la cual
había unas tijeras, una caja de obleas y medio tomo del teatro de
Crebillon.
El cuarto aquel era curioso. La cama se ostentaba lo más horizontal que
le era posible sobre dos banquillos, cuyas tablas sostenían un jergón de
tan tortuosa superficie, que el durmiente rodaba en él de cima en cima
antes de poder conciliar el sueño. Una estera de esparto, finísima en
los tiempos de Carlos III, cubría las dos terceras partes del piso,
siendo inútiles todos los esfuerzos de doña Leoncia para estirarla hasta
cubrir lo que faltaba. Inmenso baúl alternaba con la cama, y á juzgar
por lo corroído del cuero y la suciedad acumulada entre él y la pared,
los ratones habían tomado por su cuenta la empresa de colonizar aquel
recinto. Adornaban las paredes algunos cuadros: el más notable era un
trabajo de pluma hecho por el tío del cuñado del abuelo de la vizcaína,
que había sido insigne calígrafo, y toda la lámina estaba llena de
rasgos, líneas, letras raras, rúbricas y floreos de pluma, trabajo
ilegible por ser tan excelente. Por otro lado pendía de la pared un
cuadrito de marco ex-dorado, que encerraba las habilidades juveniles de
la abuela de doña Leoncia, bordadora de lo más fino. Al lado de estos
monumentos de familia estaban un par de figurines del Directorio y una
Virgen del Pilar, simplemente pegada en la pared con cuatro obleas.
Ramón echaba vino en un vaso que iba corriendo de mano en mano; el queso
fué distribuido, y el pan desapareció en poco tiempo. Lázaro no se
mostraba parco en comer, porque la verdad era que tenía buen apetito y
se sentía desfallecer por momentos.
--Vamos, Ramoncillo--dijo el Doctrino--léenos un poco de esa tragedia
para llorar, que llamas _Petra_.
--¿Qué Petra ni Petra?--replicó el poeta.--No seas bárbaro: _Fedra_
querrás decir.--Lo mismo me da Fedra que Pancrasia.
--Ya he dejado ese asunto ... eso no es nuevo. Ahora lo que conviene es
un asunto patriótico.--Eso me gusta.
--Al fin me decidí por los gracos.... Amigos, qué hombres eran aquellos!
--A ver--dijo el Doctrino.--Léenos algo de esos grajos. Debe ser
cosa graciosa.
--Pero ven acá, loco--dijo Javier:--¿por qué no haces una tragedia de
cosas del día en que salgan hombres como éstos de ahora?
--No seas tonto--dijo el poeta riendo con la mayor buena fe:--ahora no
hay héroes.
--Majadero, ¿pues cómo llamas á Churruca, á Alvarez y á Daoiz?
--Sí; pero eso son héroes de casaca.
Ramón tenía talento y facultades de poeta; pero había nacido en una
época funesta para las letras. El frío clasicismo agostaba en flor los
ingenios, que educados en la retórica francesa, y siguiendo los
principios del prosaico Montiano, del rígido Luzán, del insoportable
Hermosilla, no atinaban á utilizar los elementos poéticos que en aquel
tiempo nuestra sociedad les ofrecía.
El pueblo, alimentador de los teatros, no comprendía el alto ditirambo
de griegos y romanos; y al mismo tiempo, ningún poeta acercaba á poner
héroes españoles en la escena. Nasarre en tanto llamaba bárbaro á
Calderón, y _La vida es sueño_ no era más que delirio. Aquella
restauración clásica fué fecunda para la comedia, porque produjo á
Moratín hijo. Pero el drama, la fábula patética que retrata las grandes
conmociones del alma, y pinta los más visibles caracteres de la
sociedad, no existía entonces.
Se hacían algunas tragedias, obras pálidas y sin vida, porque no eran
animadas por la inspiración nacional, ni nuestro pueblo vivía en ellas,
ni nuestros héroes tampoco. "Ya sabemos lo que son esos héroes tiesos,
acartonados, de las tragedias clásicas: siempre los mismos. No se
concibe el amor á la libertad sin _Bruto_, ni el odio al imperio sin
_Cinna_. ¿Cómo puede haber pasión sin Fedra, y fatalidad sin _Edipo_, y
parricidio sin _Orestes_ y rebelión sin _Prometeo_, y amor á la
independencia sin _Persas_? En tiempo de nuestro amigo Ramón, los
jóvenes creían esto; y había algunas personas graves que encontraban á
Crebillon más inspirado que Lope, y Rotrou más grande que Moreto."
El poeta de que hablamos escribió su correspondiente _Alceste_, con
algún acto de un _Bellerofonte_ y varias escenas de tragedia bíblica,
también de cajón entonces. Tuvo una inspiración después, y quiso dejar
tan trillado camino. Ideó un _Subieski_, un _Solimán,_ un _Arnoldo de
Brescia_, y, por último, un _Padilla_; pero no bien había escrito
algunos versos, retrocedió por miedo á la antigüedad, y se fijó en los
_Gracos._ Dió principio á la obra, y la remató poco antes de las escenas
que estamos refiriendo.
Ya le tenemos sentado sobre la mesa, con el manuscrito en la mano y
alumbrado por el candilejo. El Doctrino y Javier se disputaban la causa
con nuevo furor, y Lázaro, que estaba sentado en la silla, había cedido
al cansancio, y apoyado en la misma cama, esperaba la primera escena de
los Gracos.
Javier tosió, y leyó las listas de los personajes de la tragedia,
seguida de la retahila de tribunos, lictores, centuriones, patricios,
pueblo, esclavos. Después relató la decoración, que era la plaza
pública, sitio de confidencias, de citas, de discursos, de secretos, de
escándalos, de juicios, de todo. Luego empezó el acto. Salía el _tribuno
primero,_ y le decía al _tribuno segundo_ si había visto á Cayo; el
tribuno segundo le contestaba al _tribuno primero_ que no; pero después
venía el _tribuno tercero_ y decía á los dos anteriores que Cayo estaba
en casa del sacerdote Ennio Sofronio, y que después vendría á confiarles
sus planes en la plaza pública. Estos se van, y saliendo el _hombre del
pueblo primero_, le dice al _hombre del pueblo segundo_ que el pan está
caro, y que los pobres se están comiendo los codos de hambre, lo cual
exaspera al _hombre del pueblo tercero_, que jura por Neptuno y el hijo
de Maya que aquello no ha de quedar así. Cada uno se va por donde ha
venido, y sale después Cornelia, que se pregunta por qué estará tan
agitado; triste Cayo; dice que rehusó las _viandas ricas de opulenta
mesa_, para irse á vagar silencioso y abstraído por la margen que baña
_del lento Tíber la corriente undosa_. Pero pronto viene á sacarla de
dudas el mismo Cayo en persona, que, alarmado por unas palabras que le
dijo el _tribuno tercero_ allá entre bastidores, viene á dar con su
madre y le manda que escuche y tiemble, con cuyo mandato Cornelia se
hace toda oídos y se pone á temblar como un azogado. Cayo le dice que los
dioses le ayudarán en su empresa, con lo cual la otra se tranquiliza y
se le quita el tembloreo. También dice que antes de faltar á su
propósito se tragará el Averno á la tierra; beberá el ciervo _(de
capital ramaje)_ la mar salobre, y se criará la carpa en las crestas
del más alto cerro de Trinacria. Después de estos desahogos, cae el
telón, y cada uno se va por donde ha venido.
Pero ya cuando Cayo hacía estos juramentos, cerró los ojos el Doctrino,
poco preocupado de que el Averno se tragara á Italia, y comenzó á roncar
suavemente como un dios holgazán. El poeta no notó este incidente, y
entró en el acto segundo; pero al llegar al delicado punto en que
Cornelia le refiere á su confidente el sueño que ha tenido, empezó
Javier á hacer lo mismo, y se durmió también. Y allá, cuando el poeta se
internaba en los laberintos del acto tercero; cuando el senador Rufo
Pompilio se le sube á las barbas al senador Sexto Lucio Flaco (el cual,
sea dicho de paso, no miraba con malos ojos á la matrona Cornelia,
aunque era dueña un poco madura); cuando todo esto pasaba, Lázaro, que
había resistido por cortesía, no pudo más, y acomodándose en la silla y
en el borde de la cama, dió algunas cabezadas, y se durmió también
olímpicamente, comenzando á soñar dormido, que era cuando menos soñaba.
El poeta concluyó el tercer acto, en que había un motín; y antes de
empezar la lectura del cuarto, miró en torno suyo y vió aquella escena
de desolación. "Dormidos. Oh dioses!" exclamó, penetrado aún del
espíritu clásico.
Pero era natural. ¿Quién soporta una tragedia con plaza pública,
verdadero almacén de endecasílabos? ¿Quién soporta una tan grande ración
de clasicismo á aquellas horas, después de oír veinte discursos, después
de haber cenado?
Aún faltaba algo. El candilejo, que sin duda era también poco amante de
lo clásico y estaba empalagado de tanto endecasílabo, no quiso alumbrar
más tiempo la plaza pública, y se apagó. Ramón cerró á obscuras su
manuscrito; comprendió que lo mejor que podía hacer era imitar á sus
amigos; bajó de la mesa, tomó la capa, se envolvió en ella, y tendióse
de largo sobre el bendito suelo. Poco después estaba tan profundamente
dormido como los demás. Así terminó la tragedia de los Gracos. Nos ha
sido imposible averiguar si al fin el senador Bufo Pompilio dió al
senador Sexto Lucio Flaco el bofetón que deseaba.
CAPÍTULO XII
#La batalla de Platerías#.
El sol y doña Leoncia aparecieron con igual esplendor y hermosura en las
primeras horas del siguiente día. La patrona, dejando las ociosas lanas,
dió principio á su tocado, que era algo complicado, porque consistía en
una restauración concienzuda de todos los deterioros que en su persona
hacían lentamente los años.
Después de dar al viento la poca abundante cabellera, comenzaba á tejer
un moño, que, á no recibir el refuerzo de unos hinchados cojinillos, no
sería más grande que un huevo. Pasaba inmediatamente á adobarse el
rostro, operación verificada tan hábil y discretamente, que no conociera
la _verdad de su mentira_ ni el mismo don Gil, que era la persona que
más se acercaba á ella durante el día. A veces solía usar cierto
pincelito; pero esto no era más que en los días clásicos, y no hacemos
alto en ello por ahora. En estas ocupaciones estaba, mal ceñidas las
faldas, sin corsé y descubiertas con negligente desnudez las dos
terceras partes de su voluminoso seno, cuando una persona entró en la
casa, y acercándose al cuarto de la diosa, dió un par de golpecitos en
la puerta.
--¿Quién?--dijo alarmada la vizcaína.
--Yo.
--Por Dios, Carrascosa, no entre usted, que estoy....
Pero Carrascosa empujó la puerta, y la hubiera abierto á no impedírselo
por dentro la asustadiza y honesta dama, que dejó el afeite y se ciñó el
vestido rápidamente para acudir á defender la plaza.
--Leoncia, Leoncia, mira que soy yo, tu Gil.
--Don Gil, don Gil, no sea usted pesado. Siempre viene usted cuando
está una arreglándose. Espere usted. Pase á la cocina, que tengo
que hablarle.
--Yo también tengo que hablarte,--dijo Carrascosa, aplicando el ojo á la
cerradura por probar si veía algo.
Doña Leoncia no tardó en arreglarse: se ciñó el corsé, se puso las
últimas horquillas, se aplicó dos ó tres alfileres al pecho, se echó un
mantón sobre los hombros, y pasó á la cocina.
--Sabes que vengo muy incomodado--le dijo don Gil, mientras la dama, que
se había acercado al hornillo, se esforzaba en encender con pajuela unos
carbones;--sabes que estoy muy incomodado, Leoncia, con lo que dice la
gente, y vengo á que me saques de dudas; porque, en fin, tengo esto
atravesado en el gaznate y no lo puedo pasar.
--¿Qué? ¿á ver? ... ¿á ver que majaderías traes hoy?--Nada, sino que la
gente da en decir que tú ...--Aquí el ex-covachuelista se detuvo, como
si efectivamente se le atragantara una cosa en las fauces.--¿Qué yo? ...
¿á ver? ¿qué?--dijo la patrona, soplando los carbones.
--Que tú ... quiero decir ... que ese jovencito que hace versos y vive
en ese gabinete, está muy fino contigo, y te está cortejando ... Me dijo
la frutera que ayer te vió salir con él de paseo, y....
--No me vengas acá con majaderías--dijo doña Leoncia, alzando en su
derecha mano una badila de cobre que en aquellos momentos le servía: lo
que hay es que como una es mujer de opinión, ha de estar todo el mundo
ocupándose de una para decir lo que se le antoja. ¡Vaya, don Gil! ¿Y
usted se anda en chismes con la frutera? ¡Buena está ella! No me vuelva
usted acá con enredos. Lo que hay es que no puede una mover un pie sin
que venga toda la vecindad á decir por qué sí y por qué no.
--Cepos quedos--dijo Carrascosa,--que yo no dudo de que seas una mujer
muy principal; pero debe evitarse que la gente ande diciendo cosas ...
porque....
--No me hables de eso, Gil: Gil, no me hables de eso dijo fingiéndose
incomodada doña Leoncia;--que todos los hombres son unos engañosos, y
está una muy escarmentada ... no ... digo ... muy.... Le han dicho á una
lo que son los hombres ... Y si no, miren al prestamista de abajo que
todos los días desayuna á su mujer con cincuenta palos.
--¡Oh, Leoncia de mis pecados! Y piensas que yo no te he de tratar como
una dócil ovejuela que eres ... Mira, no seas tonta: puesto que nos
hemos de arreglar y es preciso mantener la opinión, bueno sería que
echaras de tu casa á ese mozalbete, y que se fuera con sus versos á
otra parte.
--Pues digo que no. Si hablan, que hablen; si _injurian_, que
_enjurien_. Yo soy mujer de opinión.
--Jesús, Leoncia: ¿y no me haces ese gusto?
Doña Leoncia empezó á reír con mucha gana; y el buen Carrascosa, que no
estaba dispuesto aquel día á ponerse serio, se serenó y concluyó por
reírse también.
--Mira que esta tarde voy con doña Patronila y la Juliana á merendar á
Chamartín. Doña Ramona vendrá también, y si tú vienes, cantarás aquellas
seguidillas que sabes.
--Yo no estoy para seguidillas. Lo que me carga es que vaya ese don
Ramoncito, que me tiene ya hasta aquí. Mira, mira, Leoncia: si lo echas,
estaré cantando seguidillas cuatro días seguidos. ¡Ah! No me acordaba:
¿sabes que estamos arreglando una procesión en las Maravillas? Ya te
proporcionaré un balcón para que la veas. Va á estar muy lucida, y salen
más de veinticinco santos y todas las cofradías de Madrid.
--Mira, Gil, no te andes con procesiones, que es cosa que no me gusta.
¿Con que vienes á Chamartín?
--Sí: bueno es que nos vayamos allá, porque hoy hay jarana en Madrid, y
se me antoja que habrá tiros por esas calles.
--¡Jesús; y Santa Librada! ¡Otra jarana!--dijo la vizcaína con el rostro
descompuesto y mudado de color.--Pero ¿qué hay?
--Ahí es nada. Que esos locos de la _Fontana_ van á pasear el retrato de
Riego con música y todo. La autoridad ha prohibido esa procesión, y
ellos dicen que la habrá. Veremos quien gana. Ya anda la gente por ahí
alborotada y pronto hemos de ver el tumulto.
En efecto, el ruido no se hizo esperar: un gentío inmenso ocupaba la
vecina plazuela de Santa Ana, y hasta la tranquila mansión de doña
Leoncia llegó el rumor de las voces. La criada, que venía de comprar,
entró dando gritos de terror y diciendo que había sentido unos
grandes cañonazos. A los gritos de la gallega despertaron los tres
amigos y Lázaro.
--¿Qué hay?--dijo Javier.--¿Qué algazara es esa?
--¿Qué ha de ser sino la procesión?--dijo el Doctrino.
Lázaro se levantó dolorido, porque con la molesta posición que en el
sueño tomó, parecía que se le había roto el espinazo. Abrieron el balcón
y miraron. Doña Leoncia entró en el cuarto del poeta dando alaridos y
manoteando.
--¡Jesús!, ¡Jesús! ¡No abran ustedes el balcón, que se nos va á meter
aquí alguna bomba! ¿No oyen ustedes los cañonazos? ¡Jesús, que disparos
tan fuertes!
--Señora, usted está soñando con los cañonazos.
--No te alarmes, Artemisa, Electra....
--¡Cierren ese balcón!
Los cuatro jóvenes eran muy curiosos para contentarse con mirar desde
el balcón. Bajaron á la calle con mucha prisa para unirse al gentío,
aunque Lázaro pensaba dejar aquello y marcharse inmediatamente á casa
de su tío, recogiendo de antemano su mezquino equipaje en el parador
del Agujero.
--¿Quién es ese joven?--dijo don Gil á la patrona luego que los cuatro
habían bajado.
--No sé quién es: le trajeron anoche.
Carrascosa creyó reconocer en aquel joven al sobrino de su amigo, á
quien había tratado en Ateca; y queriendo cerciorarse, porque sin duda
le interesaba, bajó tras ellos. Los cuatro jóvenes se mezclaron al
gentío: no se podía dar un paso. La procesión estaba organizada, y
pronto iba á emprender la marcha para salir á la calle de Atocha. Gran
confusión reinaba en la multitud, y eran vanos los esfuerzos de dos ó
tres personas para poner en filas ordenadas al pueblo y dirigirle.
Lázaro trató de marchar á donde debía; pero tuvo una tentación, que le
hizo detener meditabundo y preocupado. Al ver aquella multitud, su
imaginación, abatida y exánime desde la singular escena del café, volvió
á remontarse tomando su acostumbrado vuelo. Allí estaba reunido un
pueblo, dispuesto á una gran manifestación. Confuso y como asustado de
su empresa, la muchedumbre vacilaba, no tenía fijeza ni determinación:
sin duda allí faltaba algo. Lázaro quiso dominarse rechazando la
tentación. Se alejó del pueblo y volvió á acercarse á él.
"Sí--pensaba,--aquí falta algo: falta una voz."
Había llegado aquel momento supremo de las agitaciones populares en que
las turbas se paran silenciosas, alterados los miles de corazones por un
solo y profundo temor, trastornadas las mil cabezas con una sola duda.
Falta que una voz sola diga lo que todos sienten. En estos momentos
solemnes es cuando vemos un cuerpo elevarse sobre miles de cuerpos y una
mano temblorosa extenderse sobre tantas cabezas. Una voz expresa lo que
en tantos cerebros pugna para adquirir formas orales; esa voz dice lo
que una multitud no puede decir; porque la multitud que obra como un
solo cuerpo con decisión y seguridad, no tiene otra voz que el rumor
salvaje compuesto de infinitos y desiguales sonidos.
Cuando aquel hombre ha hablado, la multitud ha dicho lo que tenía que
decir; la multitud se conoce, ha podido recoger y unificar sus fuerzas,
ha adquirido lo que no tenía: conciencia y unidad. Ya no es un conjunto
inorgánico de fuerzas ciegas: es un cuerpo inteligente cuya actividad
tiende á un objeto fijo, bueno ó malo, pero al cual se encamina con
decisión y conocimiento.
Esto pensaba Lázaro. ¿Podría él ser ese medio de expresión? ¿Sería el
Verbo revelador de aquel cuerpo ciego é inconsciente? ¿Hablaría ó no
hablaría? La masa en tanto se arremolinaba y se extendía por la plazuela
del Ángel. Lázaro la siguió como fascinado; después se apartó con miedo
de ella y de sí mismo. Pero no podía resolverse á retirarse. ¿Hablaría ó
no? Le oirían de seguro. ¿Como no, si había de decir cosas tan bellas?
El estaba seguro de que las diría. Las palabras que había de decir
estaban escritas con letras de fuego en el espacio.
Ya el retrato avanzaba llevado por cuatro socios de la _Fontana_. Sonaba
la música, el gentío rodeaba el lienzo, y todos se movían sin adelantar,
oscilaban sin extenderse, se revolvían confundiéndose. Sin duda faltaba
algo. Lázaro se mezcló en el torbellino. Sus ojos brillaban con
extraordinario resplandor; su inquietud era una convulsión, su agitación
una fiebre, su mirada un rayo. Cruzábanle por la mente extrañas y
sublimes formas de elocuencia; latíale el corazón con rapidez
desenfrenada; las sienes le quemaban, y sentía en su garganta una
vibración sonora, que no necesitaba más que un poco de aire para ser voz
elocuente y robusta.
Vió que alzaban el retrato, que la turba se arremolinaba en circuitos
sin fin, y vió agitarse en el aire multitud de pañuelos blancos que
salían de aquel torbellino como una espuma.
La comitiva desordenada siguió por la calle de Atocha y penetró en la
Plaza Mayor. Allí se difundió un poco. Pero después trató de atravesar
el arco de la calle de la Amargura para entrar en Platerías. El gran
monstruo midió de una mirada el volumen de sus miembros multiplicados y
la anchura del arco por donde había de pasar. El camello iba á pasar por
el ojo de la aguja. Hubo un movimiento convulsivo de codos, y los
abdómenes se deprimieron, giraban los cuerpos, y algunos sombreros
saltaron á impulsos de las repercusiones y choques de tantas cabezas.
Algunas voces trataron de pronunciar una orden para vencer aquella
dificultad, problema de obstetricia sin duda.
--Delante el retrato. Dejen pasar el retrato--decían. Era imposible; la
gente se agolpaba de tal modo, que el retrato no podía pasar. Al fin,
tras largos esfuerzos, el retrato pasó por el arco. Detrás seguía con
la mayor confusión la gran masa de gente. La multitud que llenaba la
plaza se había parado y esperaba. El retrato y sus corifeos
desembocaron en la calle Mayor; pero al llegar allí, una sorpresa sin
igual detuvo la procesión. Dos filas de soldados formaban en las
Platerías, llegando más allá de la plazuela de la Villa. Las picas de
un escuadrón de lanceros brillaban á lo lejos, y delante de esta tropa
estaba, el Capitán General de Madrid, á caballo, esperando con grande
aplomo y entereza. Este hombre avanzó seguido de dos ó tres, y
señalando con el sable, intimó la orden de retirada á los del retrato.
Hubo una rápida consulta de miradas entre éstos. Una autoridad civil se
acercó también, y con los mejores ademanes dijo que se fuera cada cual
á su casa y renunciaran á aquella manifestación, porque el Gobierno
estaba resuelto á que no dieran un paso más. El aspecto de la tropa
impresionó vivamente á los del retrato; además, éstos contaban con la
ayuda del regimiento de Sagunto, y el regimiento de Sagunto estaba
encerrado y perfectamente custodiado en su cuartel.
Trataron, sin embargo, de pasar adelante, y dijeron que aquella
manifestación era puramente moral; que no trataban de producir ningún
trastorno, ni era agresiva su actitud, ni tenían más objeto que
tributar un homenaje de admiración al héroe que había dado la libertad
á su patria.
"¡Cada uno á su casa! Atrás el retrato", dijo resueltamente Morillo.
La defensa era imposible. La procesión no tenía armas.
La supuesta debilidad del Gobierno se había trocado en inquebrantable
firmeza. Algunos empezaron á desertar, desfilando por la calle de
Milaneses y la plazuela de San Miguel. El retrato descansaba en tierra y
se movía adelante y atrás, poco seguro en manos de sus portadores. Estos
hablaron: pero todo fué inútil: la gente empezó á retroceder, algunos á
gritar, y hubo también quien quiso oponer resistencia á la tropa.
Entre tanto el gentío que ocupaba la plaza permanecía inmóvil. ¿Quién
era aquél que entre tanta gente se elevaba, y agitando las manos,
profería voces que la muchedumbre aplaudía? El orador hablaba bien, sin
duda: grandes aclamaciones acogían sus palabras; pero los continuos
empellones, los gritos de los pisoteados y estrujados no permitían á
aquél expresarse con desahogo.
Algunos pedían silencio; pero el silencio en toda la plaza era
imposible. A lo mejor, los que en el arco discutían con la autoridad,
retrocedieron al ver que la tropa resistía. La confusión entonces llegó
á su término. El orador continuó su filípica; pero la continuó excitando
al pueblo á que no cediera en su empeño de verificar la manifestación.
Estaba lívido, anhelante, y cada palabra suya era como un latigazo que
estimulaba á la muchedumbre á seguir adelante.
En tanto las tropas avanzaban despejando la plaza, y algunos eran tan
osados, que delante de los caballos oponían resistencia y vociferaban
apostrofando á Morillo y á su gente.
--¡A esos que gritan!--dijo el que mandaba el piquete. Arremolinóse el
gentío. Muchos corrieron á escape. Otros dieron vueltas, arrastrados
por la oleada, ó permanecieron turbados sin saber qué partido tomar.
Lázaro calló.
--¿Quién gritaba?--dijo el capitán,--A los que gritan. Prender á los
que gritan.
Lázaro quiso huir; pero el brazo vigoroso de un soldado le detuvo
fuertemente.
--Prender á los que gritan. Este es el predicador. ¡A ese!
Lázaro pasó de una mano fuerte á otra fortísima. Apenas se daba cuenta
de que le habían prendido. Creyó que le soltarían en seguida, é intentó
desasirse, aunque inútilmente.
-¡Atrás, atrás! ¡Fuera de la plaza!--continuaba el capitán.
Y era bien obedecido, porque el gentío se desbandaba á toda prisa. La
procesión fracasó. El retrato quedó hecho trizas en medio de la plaza;
la tropa tomó todas las entradas.
¿Qué fué de Lázaro? Un cuarto de hora después entraba, honrosamente
custodiado, por las puertas de la cárcel de Villa, y era introducido
también honrosamente en un tristísimo, obscuro y sucio calabozo.
CAPÍTULO XIII
#No llega el esperado.--Llegada de un importuno.#
De todos los procedimientos que el espíritu emplea para atormentarse á
sí mismo, el más terrible es esperar. Contra esto no hay remedio.
Parece que ha de ser fácil resolverse á no esperar, apartar la
imaginación de la cosa esperada, y vivir sólo en un punto de la vida, en
un momento del tiempo, sin esa dolorosa aspiración á lo venidero que
desquicia el ser, sacándole de su centro.
Cuando se espera lo que ha de llegar las horas son siglos; cuando se
espera lo que debió llegar, las horas vuelan como segundos. Clara estaba
á la hora de las diez con el alma suspensa, trémula y atenta, llena de
inquietud y zozobra. Pasa de las diez, y el viajero no viene; el reloj
vuela de las once á las doce, y de las doce á la una. Pascuala tenía
mucho miedo, porque el ruido de gentes que en la calle se sentía
aumentaba á cada hora. Las dos estaban sentadas en el cuarto interior, y
no decían cosa ninguna, ni la criada contaba aquellos cuentos de las
ninfas y el dragoncillo, que había aprendido en su pueblo, ni la
huérfana se reía con la franca expansión y natural sencillez de su
carácter. Ambas estaban muy silenciosas: se miraban con ansiedad cuando
algún ruido se sentía en la escalera; y al cerciorarse de que no era lo
que aguardaban, caían la una en su abatimiento indiferente, la otra en
su calmosa, melancólica y disimulada agitación.
Clara, á la madrugada, entró en el período de las conjeturas; forma con
que el espíritu se da todos los tormentos imaginables. ¿Qué le había
pasado? ¿Volcaría el coche? ¿le habrían salido ladrones con aquellos
tremendos trabucos que pintan en las estampas? ¿Habría desistido del
viaje? ¿Tendría tal vez amores con alguna muchacha del pueblo? ¿Le
detendría alguna partida de realistas? Todo le ocurría menos lo cierto.
En estos momentos fácil es tranquilizarse teniendo un poco de serenidad;
pero nadie la tiene, y una ceguera profunda sustituye á la normal
lucidez del entendimiento. Basta razonar en calma y decir: "¿No ha
venido? Se habrá detenido casualmente. Mañana vendrá." Pero en vez de
hacer este lógico razonamiento, lo que generalmente se piensa es esto:
"¿No ha venido? Pues se ha muerto: le mataron."
Luego la noche contribuye á este tormento; la noche, que á todo da
formas horribles, lo mismo á las cosas materiales que á las visiones
internas. Clara, que no había podido ni podía dormir, no cesaba de
percibir informes, bultos, sangre, obscuridad, repentinamente opuesta á
una gran luz que alumbra horrores. Da calentura esa situación.
Impaciencia febril se apodera de la sangre que se agita y circula, como
si la rapidez de su marcha acelerase la llegada de lo que se espera.
Esta contrariedad de nuestro deseo es más terrible, porque es lenta, sin
límites. Delante no se ve sino la eternidad. No vienen á la mente las
modificaciones que puede traer el próximo día. Aquella noche y aquella
soledad parece que no han de tener fin.
Las primeras luces del día no hicieron, sin embargo, otra cosa que
aumentar su tristeza. ¡Ayer! ¡Desde ayer le había estado esperando!
Deseaba salir fuera y correr, preguntando á todos por el desventurado
joven. Abrió el balcón, miró á la calle, creyendo que iba á verle pasar,
y examinó á todos los transeúntes. Entonces le llamó la atención una
persona que, fija en la esquina, la miraba con tenacidad. Segura de que
no era él volvió la cara, y no se cuidó más de aquella persona.
Cerró el balcón, porque sentía fatiga y mucha necesidad irresistible de
dormir. Fué á su cuarto, y sentada en una silla, recostó la cabeza sobre
la cama. Pero en vez de dormir empezó á cavilar con tanto desvarío y
agitación como durante la noche. Elías tampoco había vuelto. ¿Qué sería
de él? ¡Oh, qué luz! Tal vez le había encontrado y estarían juntos en
alguna parte.
En esto entró Pascuala que venía de la calle. La alcarreña se acercó á
Clara, adornando la redonda y vasta fachada de su cara con
impertinente sonrisa.
--¿Sabe usted lo que ha _pasao_?
--¿Qué? ¿qué hay?--dijo Clara con interés.
--Que aquel caballerito del otro día ... pues ... el señor militar ...
me paró en la esquina.
--¿Y á mí qué me importa eso?
--Que dice que viene acá.
--¡Jesús, acá! ¿Y á qué viene acá? Estamos solas.
--Pues es un caballero muy cumplido.
--¿Si? Pues no me he fijado.
--¿No le vió usted el otro día aquí ... cuando el señor vino malo?
--Sí: parecía una buena persona. ¿Pero á qué quiere volver aquí?
--Usted bien se lo malicia. ¡Ah, qué picarona es usted! En aquel momento
sonaron en el bolsillo de Pascuala las pesetas que el militar le había
dado. Después se sintieron pasos en la escalera y sonó muy débilmente la
campanilla.
--Es él--dijo la alcarreña.
Y antes que Clara pudiera impedírselo, la moza corrió, abrió la puerta,
y el militar, que ya conocemos, entró en el pasillo, se descubrió con
respeto y se acercó á Clara.
--¿A quién buscaba usted?--dijo Clara.--No está: ha salido.
--Sí está, no ha salido,--contestó el militar con aplomo.
--¿Quién? ¿Pero á quién buscaba usted?
--Fácil es comprender que no busco á ese viejo, cuyo trato aleja en vez
de atraer á las personas.
--¿Pero qué quiere decir? ¿á qué viene usted?--le preguntó Clara con
ligera expresión de alarma.--Estoy sola, váyase usted.
--Por lo mismo no me voy.
--Si usted no se va, llamaré, gritaré,--dijo Clara, resuelta sin duda á
hacer lo que decía.
--Entonces reñiremos,--afirmó el militar con sonrisa de amistosa
franqueza, que desarmó en parte el enojo de Clara.
--¡Por Dios, que va á llegar! ¿Pero quién es usted? ¿A qué viene usted
aquí? ¿Quién le ha dado licencia para entrar? Usted es el que vino el
otro día con él. Ya le reconozco; pero no entiendo á qué viene hoy.
¡Pascuala, Pascuala!
--No me mire usted como enemigo. Mi entrada ha sido singular; pero no
soy un ladrón ni un asesino. Vengo como amigo: traigo paz y amistad. No
tenga usted miedo, Clara. Vengo como amigo. Ya nos conocemos de un solo
día, cuando vine aquí sosteniendo á ese pobre señor.
--¡Oh! y ahora puede venir--dijo Clara alarmada. Márchese usted, por
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