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--¿Tú en Madrid? ... al fin! ¿Vienes de Ateca?
--Sí.
--Bien. No podías llegar más á tiempo. ¿Y los amigos de Zaragoza? ¿Pero
de dónde vienes? ... ¿Y el club ... y nuestro club? ...
--Ya sabes que nos lo disolvieron. Hace seis meses que estoy en Ateca.
--¿Y estarás mucho aquí?
--Siempre!
--Bien. Aquí la juventud, la vida. Y si he de decirte la verdad ...
hacemos falta.--Sí ... ¿oh?
--Señores, aquí tenéis á mi amigo, al grande orador del club de
Zaragoza, mi amigo y compañero.
Los demás jóvenes, tanto viajeros como visitadores, rodearon al
aragonés.
Expliquemos. Cuando Javier estuvo en Zaragoza, trabó amistad muy íntima
con Lázaro. En el club propagaron ambos las ideas democráticas
(democracia de 1820)que entonces cundieron rápidamente por aquella noble
ciudad. Privadamente estos dos jóvenes, afines por carácter y
temperamento, se miraban como hermanos, tenían una misma bolsa, comían
en un mismo plato, y confundían en un común sentimiento sus pesares y
alegrías. Desde la salida de Lázaro para su pueblo no se habían visto.
--Cuánto me alegro de que vengas acá!--dijo Javier, abrazándole otra
vez.--Hacen falta jóvenes como tú. La juventud de ayer se va
corrompiendo: unos se enervan, otros retroceden y algunos se venden por
falta de fe.
--Señores, vamos á _Vicentini_--dijo el Doctrino, llevándose á
sus amigos.
--¿Qué _Vicentini_? A _La Cruz de Malta_. Allí hay muchos aragoneses,
todos son aragoneses.
--Este no viene sino á la _Fontana_--dijo Javier, señalando á su amigo.
--Viva la _Fontana_, el rey de los clubs!
--Y el club de los reyes--dijo uno que se escurrió como si hubiera dicho
una imprudencia.
--¿Quién ha dicho eso?--exclamó el Doctrino furioso.
--No hagas caso: es uno de los que creen esas calumnias--indicó
Javier.--Vamos, señores: esta noche hay gran sesión en la _Fontana_.
--Mañana me llevarás allá--dijo Lázaro á su amigo con empeño.
--¿Cómo mañana? Esta noche misma, ahora mismo. ¿Vas á perder la más
importante sesión que se ha visto ni verá?
--¿Pero cómo puedo ir esta noche? Si acabo de llegar. Tengo que ir á
casa de mi tío.
--¿Tienes aquí un tío? ¿Es liberal?
--Presumo que sí: no le conozco.
--¿Y ahora vas allá?
--Naturalmente.
--¡Qué disparate! Déjate ahora de tíos. Vente á la _Fontana_. Son las
ocho: ya va á empezar. A la salida irás á tu casa.
--Hombre ... eso no me parece bien--dijo Lázaro suspenso.
--¿Pero cómo vas á perder esta sesión? Habla Alcalá Galiano, Romero
Alpuente, Flórez Estrada, Garelli y Moreno Guerra. No habrá otra sesión
como ésta. ¿Qué más da que vayas á tu casa ahora ó á las doce? Tu tío
creerá que no ha llegado la diligencia.
--Hombre, no. Estoy cansado. Me esperan tal vez en su casa.
--No seas tonto. Vente á la _Fontana_. No hay más remedio sino que vas.
¿Dónde vive tu tío?
--Calle de Válgame Dios.
--¡Jesús, qué lejos! No vayas allá ahora.
Lázaro tenía un vivo deseo de llegar pronto á casa de su tío: ya se
comprenderá por qué. Pero le era humanamente imposible, porque su
cariñoso amigo le llevaba casi por fuerza al club. Además, las razones
con que disculpaba aquella determinación tenían también algún peso en su
mente. Aquel recibimiento caluroso, la noticia de aquella gran sesión de
la célebre _Fontana_, estimularon el entusiasmo á que siempre propendía
su carácter, y se dejó llevar.
Quién sabe si había algo de providencial en aquella extemporánea visita
á la _Fontana_. Sería cosa de ver que sin sacudir el polvo del camino
(esto pensaba él) le acogieran con aplauso en el club más ilustre y
célebre de la monarquía. Tal vez le conocían ya de oídas por sus
brillantes discursos de Zaragoza. ¿Cómo tal vez? Sin duda le conocían
ya. A estos pensamientos se mezclaba el orgullo de que á oídos de Clara
llegara al día siguiente su nombre llevado por la fama. Una apoteosis se
le presentaba confusamente ante la vista. ¿Por qué no? Sin duda aquello
era providencial.
Así es que la resistencia que al principio opuso fué disminuyendo á
medida que se acercaba á la _Fontana_. No le tengáis por loco todavía.
Llegaron. La puerta estaba obstruida por un inmenso gentío. Pero el
Doctrino con los suyos, y Javier con Lázaro y el poeta, tuvieron medio
de entrar por un patio interior. La sesión era muy agitada. Un orador
acusaba al Gobierno de la destitución de Riego. Contó lo que había
pasado en Zaragoza, y acusó á los habitantes de esta ciudad por no haber
defendido á su General.
--Poner la mano--decía--en un héroe como Riego, es la mayor de las
profanaciones. ¿Y qué ha hecho Zaragoza? ¡Oh! la ciudad en que tal cosa
ha pasado permaneció muda y permitió que su Capitán General fuera
destituido; dejó que un vil esbirro manchara la sagrada investidura de
la autoridad, despojando de ella á Riego. _(Grandes aplausos.)_ Se ha
dado el pretexto de que Riego fomentaba el desorden en todo Aragón. Esto
no es cierto: es una mentira fraguada en esos obscuros conciliábulos de
cierto palacio que no quiero nombrar. _(Rumores y risas.)_ Se le manda
de cuartel á Lérida como un sospechoso, y se entrega el mando al jefe
político. ¿Quién es ese jefe político? Siempre fué enemigo de la
libertad. Todos le conocéis: es un enemigo encubierto de la libertad.
¡Abajo los disfraces! _(Aplausos.)_ Lo que se quiere bien lo conocéis:
es ir apartando poco á poco de los cargos públicos á los buenos
liberales, para poner en ellos á esos hipócritas que se llaman nuestros
amigos, y nos detestan en el fondo de sus corazones corrompidos. _(¡Sí!
¡sí! ¡sí!)_ ¿Qué se pretende? ¿A dónde nos conducen? ¿Qué va á resultar
de esto? ¡Ay de la libertad que hemos conquistado! Mucha atención,
ciudadanos. No os descuidéis. Estad alerta, ó si no, ¡ay de la libertad!
_(Bien, bien.)_
Pero lo repito, señores: ¡de quien tengo más quejas es del pueblo de
Zaragoza, de ese pueblo que yo creí el más grande de la tierra y que no
lo es!... ¡No, no lo es! _(Rumores.)_ ¿Por qué permitió que Riego fuera
destituido? ¿Por qué le dejó marchar? ¿Y es ésta la ciudad de 1808? No,
yo diré á esa ciudad: no te conozco, Zaragoza. Tú no eres Zaragoza. Ya
no sabes levantarte como un solo aragonés. Has dejado atropellar á
Riego. ¡Tú nos salvaste en otro tiempo; pero hoy, Zaragoza, nos has
perdido! _(Grandes y continuados aplausos.)_
Un joven se levantó (era aragonés).
--Protesto--dijo con la mayor energía--contra las acusaciones lanzadas á
mi patria, á la noble capital de Aragón, por ese señor, cuyo nombre no
sé ... ni quiero saberlo. _(Una voz dice: Alcalá Galiano.)_ Mi patria
no ha olvidado su honor. ¿Qué queréis que hiciera contra lo mandado en
un decreto del Gobierno constitucional?...
--Desobedecerlo--gritaron varias voces.
--Señores, dejadme continuar.
--¡Que siga, que siga!
--Protesto en nombre de mis paisanos, y afirmo que es Zaragoza el pueblo
de España que más ha hecho en todos tiempos por la libertad. ¿No se le
acusa de ser un foco de exaltación republicana? ¿No se ha dicho que de
allí salen las ideas más disolventes, que allí se elabora una
conspiración para sostener la República?
--Hechos quiero y no palabras--dijo el primer orador.
--Pues hechos tendréis. ¿No sabéis que existe en Zaragoza un club, cuya
influencia y prestigio alcanzan á todo Aragón? Ese club, llamado
_democrático,_ ha sido en dos años la más entusiasta y eficaz asamblea
de la nación. Lo que allí se ha predicado bien lo sabéis. Las voces
elocuentes que allí han resonado bien autorizadas son. La propaganda que
allí se ha hecho ha llegado hasta aquí. _(Rumores.)_
--No sabemos lo que es ese club. Siempre nos hablan ustedes los
aragoneses del club de Zaragoza, y aun hoy no sabemos lo que es eso.
¿Qué es eso? Mucho discurso democrático, pero ningún acierto para hacer
propaganda y formar un partido. Pero en último resultado, ¿cuáles son
las teorías de ese club tan decantado? Yo desconfío de él. ¿Quién habla
de ese club? Conozcamos á sus hombres. Creo que la mayor parte de los
que estamos aquí reunidos miran á esa insignificante reunión con el
desdén que merece. _(Voces y algazara.)_
Muchos aragoneses se levantaron apostrofando al orador. Lázaro escuchaba
todo, inmutándose por grados. Sus amigos le decían en voz baja que
defendiese al club de Zaragoza. De repente un aragonés se levantó en
medio de la sala, y señalando al sitio donde se hallaba Lázaro con los
demás llegados aquella noche, dijo:
--Presentes están algunos señores que han pertenecido á ese club.
Todos miraron á aquel sitio.
--Bien--dijo el orador.--Si están ahí esos señores, que hablen, que nos
digan lo que es ese club y qué ha hecho. Queremos oírles: que hablen.
--¡Aquí está el orador más notable del club democrático de
Zaragoza!--dijo en voz muy alta Javier, señalando á su amigo.
--¡Sí, sí!--dijeron todos los aragoneses que había en el recinto,
reconociendo á su compatriota.--Defiéndanos usted, defiéndanos.
Todas las miradas se fijaron en Lázaro. ¡Cosa singular! En aquel momento
una súbita transformación se verificó en el ánimo del joven. Se sintió
turbado, se esforzó en saludar, quiso decir algo y no pudo. Pero le
impelían hacia la tribuna, y no había remedio. Si no hablaba, ¿qué
dirían de él? Lázaro había brillado en Zaragoza por su elocuencia; había
aprendido á dominar la multitud, á sobreponerse á ella, á manejarla á su
antojo. Pero en aquella ocasión se encontraba novicio, se desconocía,
tenía miedo.
--¡Que hable, que hable!
--Abrid paso--exclamó uno de los diputados más notables de las Cortes
de entonces.
Lázaro tuvo una inspiración. El recuerdo de su joven y amable amiga le
fortalecía; y á la manera de aquellos caballeros antiguos, que invocaban
el auxilio soberano de su dama antes de entrar en combate, procuró
evocar todas las imágenes de gloria y felicidad que le habían dado
estímulo. Ensanchado el pecho con esto, subió á la tribuna. Desde arriba
miró aquella multitud de cabezas apiñadas, y recibió de un golpe las
miradas curiosas de tantos ojos.
Aquello le pareció un abismo. Su rostro, encendido por la turbación, se
puso bruscamente muy pálido. Hubiera querido hablar con los ojos
cerrados. Aquellos diputados, aquellos escritores, aquellos políticos
eminentes que veía en torno suyo, le daban miedo. Pero él tenía mucho
corazón, y logró dominarse un poco. ¿Pero cómo iba á empezar? ¿Qué iba á
decir? En un supremo esfuerzo de inteligencia recogió sus ideas, formuló
mentalmente una oración, miró al auditorio... El auditorio le miró á él,
y observó que estaba pálido como un cadáver. Lázaro tosió; el auditorio
tosió también. La primera palabra se hacía esperar mucho; por fin el
orador tomó aliento, y desafiando aquel abismo de curiosidad que se
abría ante él, comenzó á hablar.
CAPÍTULO X
#La primera batalla#.
Lázaro era un poco retórico en la augusta cátedra del club democrático
de Zaragoza. Parece que allí tenían buena acogida ciertas fórmulas del
decir que nuestro joven había aprendido con su maestro de Humanidades de
Tudela, varón docto de la escuela pura de Luzán. El joven tenía, sin
embargo, el instinto de la elocuencia tribunicia, seca, rotunda,
incisiva, desnuda. La _Fontana_, por desgracia en aquella ocasión, era
enemiga declarada de la retórica, y más enemiga aún de las frases
hechas, de los lugares comunes y de esos preámbulos oficiosos,
neciamente corteses y en extremo fastidiosos de la oratoria académica.
Lázaro tuvo la mala tentación (porque tentación del demonio fué sin
duda) de empezar con aquella de _su pequeñez en presencia de tantos
grandes hombres_, y lo _escogido é ilustrado del auditorio_, siguiendo
después lo de su _confusión_ y su _necesidad de indulgencia_, sus
_escasas fuerzas_, etc., etc. El exordio fué largo: otra desventura.
Algunas voces dijeron: "Al grano, al grano."
Pero á Lázaro le fué un poco difícil dar con el grano, lo cual no es de
extrañar, porque no estaba preparado, ni había vuelto aún de la
sorpresa. En vano hizo una sinécdoque de las más expresivas; en vano
quiso dominar al público con cuatro litotes y dos ó tres metonimias: no
era aquel su camino. Dijo algunas generalidades que á él le parecían muy
nuevas, pero que en realidad eran viejísimas, y concluyó un párrafo con
dos ó tres sentencias plutarquianas, que á él le parecían encajar como
de molde, pero que no produjeron sensación ninguna. El esperaba un
aplauso: nadie aplaudió.
Lázaro estaba acostumbrado á oír aplausos desde el principio: esto le
daba estímulo. La frialdad que notaba en el auditorio en aquella
ocasión, le desanimó. Quiso pensar en esto, y casi estuvo á punto de no
saber qué decir. Y, sin embargo, él tenía fijos en la imaginación
algunos magníficos pensamientos; pero ¡cosa singular! no los podía
decir. Le parecía verlos escritos delante; pero por un misterio, natural
en aquellos momentos, no encontraba la forma oratoria para expresarlos.
¡Qué contrariedad! Poco á poco hasta la voz se le enronqueció. Sin duda
había en el espíritu de nuestro amigo una influencia maligna. Hablaba
con frialdad unas veces; notábalo él mismo, y al querer corregirlo,
gritaba demasiado. Las ideas le faltaban, las imágenes se le
desvanecían, las palabras se le atropellaban en la boca.
¡Ah! ¿Dónde estaban aquellas peroraciones internas, llenas de vida, de
vehemencia, persuasivas como una voz divina? ¿Dónde aquella lógica
terrible que en la profundidad de sus deliquios oratorios hervía en su
cerebro, el cual parecía pequeño para tantas ideas? ¿Dónde estaban los
pensamientos sublimes, la facundia descriptiva, la facultad pintoresca,
la sentencia concisa y profunda? Sí: él sentía bullir todo eso allá
dentro; dentro de aquel Lázaro solitario y apasionado que hablaba á la
Naturaleza en el silencio de la noche, que hablaba á la Sociedad en lo
profundo de un sueño. Las ideas, las formas, el lenguaje, todo lo tenía,
todo lo sentía dentro de sí; pero no podía, no podía de ningún modo
expresarlo.
En todo orador hay dos entidades: el orador, propiamente dicho, y el
hombre. Cuando el primero se dirige á la multitud, el segundo queda
atrás, dentro, mejor dicho, hablando también. Dos peroraciones
simultáneas son producidas por un mismo cerebro. Una es verbal y sonora:
dejémosla al público. Otra es profunda y muda: examinémosla. Lázaro
describía, apostrofaba, rebatía, exponía, declamaba. Interiormente, la
otra voz parecía decir esto: "¡Qué mal lo estoy haciendo! ¡No me
aplauden! ¿Qué debo decir ahora?... ¿Trataré éste punto?... No lo
trato.... ¿Y aquella idea que antes me ocurrió?... ¡Se me ha
escapado!..." Y al mismo tiempo no interrumpía su oración; continuaba
defendiendo el club de Zaragoza, explanaba un sistema democrático, y
hacía además una breve historia de la República. Pero la voz de dentro
seguía de este modo: "No sé qué hacer... ¿Por qué no me aplauden?... No
me conozco... Yo tenía tantos argumentos... ¿Dónde están?... ¡Ah! Voy á
emitir esta gran idea... Ya la he dicho.... No ha hecho efecto...
Procuraré ser esmerado en la frase... Esta oración va bien... ¿Como la
terminaré?... ¡Qué apuro!... No doy con el adjetivo... ¡Demonio de
adjetivo!... ¡Ahí terminaré con un apostrofe ... allá va.... No ha hecho
efecto ... no me aplauden."
Así hablaba el alma atribulada de Lázaro, mientras con los medios
exteriores se dirigía al auditorio en un discurso, confuso, tortuoso,
desigual y falto de lógica.
Empezaron las toses. Dicen los oradores que al oír las toses en las
pausas de sus discursos, se les hiela la sangre. Lázaro las oyó
repetidas y comunicadas á todo el auditorio, y resonaron en su corazón
como siniestros ecos. El tosió también. ¡Ah! la tos le concedió cuatro
segundos de descanso: hizo un esfuerzo desesperado, tomó algunas ideas
en aquel depósito que tenía en la mente, se apoderó de ellas con
firmeza, y prosiguió hablando:
"Allá va eso, decía la lengua interior; allá van ... las expondré de este
modo ... no mejor de este otro ... no ... mejor del otro ... de
cualquier modo ... ¡Oh! hay allí uno que se está riendo... Y otro que
cuchichea. Pero qué tos les ha entrado... No les gusta lo que digo ahora
... ni esto tampoco ... ánimo. Concluiré este párrafo con una cita...
allá va... ¡Ah! tampoco ha hecho efecto..."
Compréndase bien que estas frases que nadie oye y el discurso que oyen
todos, guardan perfecto paralelismo.
¡Ah, qué misterios hay en la inteligencia humana, y qué fenómenos tan
extraños en sus relaciones con la palabra humana!
¿Por qué fracasó el discurso del aragonés? ¿Fracasó por la reunión
diabólica de mil accidentes, ajenos á la naturaleza de su notable
ingenio y de su fácil palabra? ¿De quién fué la culpa, de él ó del
público? Aquí hay otro gran misterio. El público y el orador tienden á
fascinarse mutuamente. El primero mira y oye: no sabemos lo que es más
terrible, si la mirada ó el oído. Las miles de pupilas dan vértigo. La
atención de tanta gente dirigida á una sola voz confunde y anonada. El
orador, por su parte, ve y oye: ve la serenidad anhelante ó desdeñosa, y
oye toser. Por eso Lázaro hubiera deseado en algunos momentos de aquella
noche ser sordo y ciego. Pero el orador tiene sobre el público una
ventaja; tiene un arma, además de la palabra: el gesto. El también
fascina, él también lleva en sus ojos aquel vértigo que confunde y
anonada; él generalmente mira hacia abajo para ver al público; puede
mover sus brazos y su cabeza cuando el público está como atado de pies y
manos, inmóvil y viviendo sólo de atención.
Aquella noche fatal, Lázaro y el público no se fascinaron mutuamente, no
se impusieron el uno al otro, no se comunicaron. Ni Lázaro persuadió al
público, ni este aplaudió al orador. Un público no persuadido y un
orador no aplaudido se rechazan, se repelen con energía. "Es preciso
que calles," hay que decir á éste. "Es preciso que te marches," hay que
decir á aquél.
El joven aragonés había tenido la peor de las tentaciones: la tentación
de ser largo y difuso. Un segundo más de lo regular basta á concluir la
paciencia de un auditorio y á trocar su interés en hastío. Lázaro vió
pasar este segundo sin notarlo. Indudablemente no se comprendieron el
uno al otro. ¿Se despreciaron mutuamente? ¿Se temieron mutuamente? Tal
vez empezaron por temerse; pero es lo cierto que acabaron por
despreciarse.
Lo singular es que si se hubiera preguntado á cualquiera particularmente
su opinión sobre el discurso, habría dado tal vez una opinión no
desfavorable; pero la opinión de un público no es la suma de las
opiniones de los individuos que lo forman, no; en la opinión colectiva
de aquél hay algo fatal, algo no comprendido en las leyes del sentido
humano. Decididamente, Lázaro fracasaba.
Veinte veces se le ocurrió que era preciso concluir. ¿Pero cómo? No se
atrevía. Iba á concluir mal. ¡Qué horror! Y para terminar mal, valía más
no terminar, seguir hablando, siempre, siempre, siempre. Buscaba el
final y no podía encontrarlo. ¡Y el final es tan importante! Podía
rehabilitarse en un momento de inspiración. ¡Oh! la idea de concluir
sin un aplauso le daba horror. Por eso temía el final y lo evitaba.
Pero era preciso acabar: á las toses siguieron los bostezos, á los
cuchicheos los murmullos. Buscaba sin cesar el remate; daba vueltas
alrededor del asunto, procurando una salida airosa; pero no encontraba
escapatoria; la palabra se deslizaba de su boca, y afluía continua, sin
solución, infinita.
"Es preciso concluir," decía la voz interior. "¿Concluir? No hallo el
fin, y el fin ha de ser bueno ... ¡Dios mío, ampárame! Resumiré ...
recapitularé ... pero ya no me acuerdo de lo que he dicho ... ¿Pediré
perdón al auditorio?... No: eso es rebajarme...." Al fin le ocurrió la
oración final, y la empezó; pero al llegar al final, otra oración se
enlazó con ella, y con ésta otra, y otra, y otra. Su discurso era una
oscilación sin término; pero el público se impacientaba. Ni un minuto
más: se apoderó del último período, resucito á que fuera el último.
Pronunció al fin el postrer substantivo; y después, alzando la voz,
emitió con graduación los tres adjetivos que le acompañaban para darle
fuerza y calló.
La postrera palabra de aquel malhadado discurso vibró en el espacio,
sola, seca, triste, con fúnebre resonancia. Ni un aplauso ni una
exclamación satisfactoria la recogió. Su voz había caído en el abismo
sin producir un eco. Parecíale que no había hablado, que su discurso
había sido una de aquellas mudas, aunque elocuentes, manifestaciones
internas de su genio oratorio. Estaba en un desierto; rodeábale una
noche. ¿Qué había dicho? Nada. Y había hablado mucho. Aquello fué como
si diera golpes en el vacío, como si hiriera en una sombra creyéndola
cuerpo humano, como si hubiera encendido un sol en un mundo de ciegos.
Bajó con el alma atribulada, oprimido el corazón, ardiente y turbada la
cabeza, bañado el rostro en sudor frío.
En vano Javier quiso rehabilitarle dando algunas palmadas tardías. El
público, animal implacable, le mandó callar. Lázaro tuvo la presencia de
espíritu suficiente para contemplar cara á cara aquellas cien bocas que
bostezaban. Robespierre se desesperaba en el mostrador con suprema
expresión de fastidio.
--Lo he hecho muy mal--dijo tristemente el orador al oído de su amigo.
--Ya lo harás mejor otro día. Eres un gran hombre; pero no has tocado en
el _quid_. Con una lección mía estarás al corriente. Otro va á hablar:
atiende ahora.
--No: yo me voy á casa de mi tío. No puedo estar aquí más tiempo. Me
ahogo.
--Espera á ver lo que éste va á decir.
Un segundo orador subió á la tribuna á disipar el fastidio que la
peroración de Lázaro había causado. Mientras la multitud celebraba con
aplausos maquinales las frases de su orador favorito, el otro se iba
sumergiendo lentamente en profunda melancolía. Nada es más terrible que
estos momentos de desencanto en que el alma yace atormentada por los
dolores de la caída: el tormento de esta situación consiste en cierta
ridiculez que rodea todos los recuerdos de las pasadas ilusiones. Todas
las frases de íntimo elogio, de profundo orgullo con que antes se regaló
la imaginación, resuenan con eco de burla en la pobre alma abatida,
llena de vergüenza.
"Pero es preciso intentar una rehabilitación--decía Lázaro para sí.--¿Y
cómo? Todos murmuran de mí, y si mañana se ofrece hablar de mi discurso,
dirán todos que fué detestable, malísimo. Correrá de boca en boca,
llegará á oídos de todas las personas que me interesan. Ella lo sabrá,
se reirá tal vez de mí. Todos se reirán ahora."
Lo más particular es que desde que bajó de la tribuna empezaron á
ocurrirle grandes pensamientos, magníficos recursos de elocuencia,
soberbios golpes de efecto, citas oportunísimas; y estaba seguro de que
diciendo aquello, arrancaría grandes aplausos. Pero ya era tarde: estaba
allí mudo y perplejo, cubierto su espíritu de una nube sombría.
Entre tanto, el nuevo orador divagaba á sus anchas por el campo de la
historia y de la política, y, por último, expuso la necesidad de la
manifestación preparada para el siguiente día. Todos se levantaron
unánimes, gritando: "¡Sí!" Todos prometieron concurrir, y tres ó cuatro,
encargados del ceremonial, dieron cuenta del arreglo de la procesión, se
fijó la hora, se designó el punto de reunión. Los _bravos_ sucedieron á
los aplausos, y los aplausos á los _bravos_, y al fin la sesión terminó.
Los socios comenzaron á salir; pero aquella fracción ignorante y
turbulenta, que ocupaba siempre uno de los rincones del café, no creyó
conveniente salir sin decir algo. Calleja subió á una silla y gritó,
dirigiéndose á los suyos.
--¡Señores, serenata á Morillo!
La idea fué acogida con estrépito. Morillo era el Capitán general de
Castilla la Nueva. Enemigo do asonadas tumultuosas, había tomado sus
medidas para impedir la procesión. Una parte del pueblo se agolpó junto
á su casa en la noche del 17, atronando toda la calle con espantosa
cencerrada.
--¡Serenata á Morillo!--dijo Calleja saliendo de la _Fontana_ y
reuniendo toda la gente dispuesta para el caso que por allí pasaba.
No sabemos por donde vino; pero allí estaba Tres Pesetas. Nuestros tres
amigos y Lázaro salieron de los últimos y se acercaron por curiosidad al
grupo que Calleja había formado.
Entre tanto, el barbero pasó en dos zancajos á la otra acera, y se
acercó á la puerta de su casa. Su mujer salió á encontrarle.
--Ciudadano, ¿has hablado?--le dijo.
--No, ciudadanita mía. No puede ser esta noche; pero lo que es mañana, ó
hablo, ó me corto la lengua. Ya tengo estudiado el principio, y no se me
olvidará una letra. Cuando hable, me los como.
--Estoy por no dejarte entrar--le contestó gravemente su mujer.--Si yo
llevara calzones, ya me habían de oír. Así y todo, si me pusiera á ello,
los volvía locos ... Si yo tuviera calzones, andaba por esos _clubes_ á
qué quieres boca. Porque tengo más verdades aquí en el buche....
--Ya verás mañana á la noche si hablo ó no. Es que cuando voy á empezar
me hace unas cosquillas la lengua ... y me trabo. Pero no tengas cuidado
que los voy á dejar aturrullados.
--¡Serenata á Morillo!--dijeron cien voces.--Señores--exclamó uno de los
mas célebres oradores de la _Fontana_--váyase cada uno á su casa, que
estos desórdenes nos van á desacreditar. Cada uno en paz á su casa; nada
de gritos.
Estos discretos consejos fueron saludados con murmullo prolongado de
reprobación.
--¿Quién es ese servilón?--dijo una voz aguardentosa, que no era otra
que la del sin par Chaleco.
--A casa de Morillo--repitió Calleja.--Mujer, tráeme el almirez.
El gentío aumentaba con nuevas remesas enviadas de la plazuela de la
Cebada y del barrio del Salitre. Los socios de la _Fontana_ se habían
marchado, cerróse el club y sólo quedaron en la calle los tres amigos y
Lázaro, que se despedía para ir en casa de su tío.
--Espera un instante para ver lo que sale de aquí--le dijo Javier
deteniéndole.
A la sazón una persona daba fuertes golpes á la puerta de Calleja.
--¿Qué hay?--dijo éste acercándose é interrumpiendo una patriótica y
barberil alocución que había comenzado.
--Que vaya usted en seguida á sangrar á don Liborio que está muy malito.
--Demonio de enfermo: mañana le sangraré.
--No puede esperar: vaya usted pronto--exclamó el criado.
--Señores, ¿qué hago?--preguntó el barbero á sus amigos.
--No vayas, Calleja: que se sangre él solo. Esta no es noche de
sangrías. ¡A casa de Morillo!
--Señores ... yo quisiera cumplir ... porque ya ven ustedes ... mi
profesión. La ciencia es lo primero.
--No vayas, Calleja.
--Señores, volveré en seguida. A ver--añadió abriendo la puerta de su
casa,--ciudadana, tráeme las lancetas.
La ciudadana salió muy afligida, y le dijo:
--A ver cómo le ponemos una ayuda á Joaquinito, que está muy malo. ¡Si
vieras qué vomitona le ha dado! ¿Se la pongo de malvas?
--Póngasela de demonios cocidos, hermana--exclamó Tres Pesetas
furibundo.
--Poco á poco, señores--contestó Calleja.--¿De malvas ó de aceite?
Déjenme ustedes ver cómo se arregla eso; porque para mí ... ¿por qué lo
he de negar? la ciencia es lo primero.
Lázaro insistía en dejar á sus tres amigos: tan aburrido y
melancólico estaba.
--Espera, hombre--le decía Javier deteniéndole aún. Espera á ver lo que
hacen estos bárbaros.
--¡Qué es eso de bárbaros!--exclamaron con furia los que más cerca
estaban, volviéndose hacia los amigos con tanto interés, que hasta el
mismo Calleja dejó la ciencia por salir en defensa de la
Corporación.--¿Qué es eso de bárbaros, caballeriles?
--¿Quiénes son esos pelandingues?--dijo uno.
--Este es el aragonés que nos rezó el rosario esta noche. ¡Qué modo
de hablar!
--Si parecía un sermón de Viernes Santo....
--El diablo me lleve si no les acaricio las muelas á esos
catacaldos--dijo Tres Pesetas, dispuesto á hacer lo que decía.
Javier, el Doctrino, el poeta clásico, vieron una tempestad sobre sus
cabezas; pero el poeta clásico, que era el mismo enemigo, no se acobardó
y tuvo el antojo de llamar _rapista_ al grandioso Calleja. La chispa
saltó, y la lucha era inminente; pero tan desigual, que los cuatro mozos
no quisieron arriesgarse á ella, volvieron las espaldas y apretaron á
correr, unidos siempre, dirigiéndose á la calle de la Victoria. Muchos
de los contrarios les siguieron dando voces y arrojándoles piedras; pero
los fugitivos andaban muy ligeros y lograron refugiarse en la calle de
la Gorguera, metiéndose en el portal de la casa en que uno de ellos
vivía. Cerraron cuidadosamente por dentro. Un enorme canto, lanzado por
las robustas manos de Tres Pesetas, chocó en la puerta tan fuertemente,
que si hubiera cogido á alguno le hace añicos. Felizmente los jóvenes
estaban seguros, y los de fuera, al ver que la presa se les había
escapado, retrocedieron, marchándose todos á dar una armoniosa
cencerrada al Capitán general de Madrid.
CAPÍTULO XI
#La tragedia de los Gracos.#
Luego que sintieron alejarse á sus perseguidores, los amigos subieron.
Allí vivía el poeta clásico.
--¿Tienes que cenar?--le preguntó el Doctrino.
--Un magnífico festín--contestó el poeta.--Un cuarterón de queso
manchego y una botella de Cariñena. Mandaremos por unos buñuelos á la
taberna de la esquina.
Lázaro tenía un hambre espantosa. Desde las nueve de la mañana no había
probado cosa ninguna, y el cansancio del camino, los esfuerzos mentales
y la gran fatiga moral de aquella noche le habían rendido hasta el punto
de que no podía tenerse. Subió con los demás, sin fuerzas para emprender
á aquella hora el viaje á casa de su tío. La comitiva, guiada por el
poeta clásico, se internó en la escalera.
No hay viaje al polo Norte que ofrezca más peligros que una escalera
angosta de casa madrileña cuando la obscuridad más completa reina en
ella. Comenzáis dando tumbos aquí y allí; de repente tropezáis con la
pared: chocáis con una puerta, y el ruido alarma á la vecindad. Dais con
el sombrero en un candil que, aunque extinguido por falta de aceite,
tiene lo bastante para poneros como nuevos. Y todo esto es llevadero
cuando no se encuentra al truhán que baja ó al galán que sube, cuando no
sentís el retintín de la ganzúa que intenta abrir una puerta, cuando no
resbaláis en las substancias depositadas por los gatos sobre los
escalones, cuando no tropezáis con la amorosa conjunción de dos
estrellas que pelan la pava en el último tramo.
Por fin la expedición llegó á las regiones boreales de la casa, á la
elevada zona en que el poeta había hecho su nido. Tocaron, y abierta la
puerta, nuestros amigos se encontraron frente á frente de una mujer que,
con soñolientos ojos y rostro avinagrado, alzaba la mano sosteniendo un
candil, próximo á imitar la sabía conducta de los de la escalera. Este
candil comunicó su luz á otro mejor acondicionado que había en el cuarto
donde entraron los cuatro jóvenes. La dama echó el cerrojo á la puerta
de la escalera, y dando las buenas noches con entonación de un responso,
se fué. No había andado cuatro pasos cuando volvió, y arrebujándose bien
en su manto, con honestos y recatados ademanes, dijo:
--Por Dios, don Ramón, no hagan ustedes ruido, que está alborotada la
vecindad con la algarabía que se arma aquí todas las noches. Porque, ya
ve usted ... Una es comidilla de las gentes de abajo. La encajera ha ido
diciendo que esto era una taberna, y que no se podía vivir en esta casa.
Ya ven ustedes ... como una es mujer de opinión....
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