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La Fontana de Oro
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Benito Pérez Galdós Spanish ISO-8859-1


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De vuelta á su casa dormía, y durante el sueño continuaba resonando en
su cerebro la misma voz que hacía estremecer miles de corazones; que
llevaba el entusiasmo ó el espanto á ejércitos enteros de ciudadanos; y
entonces se le figuraba que dentro de su ser había una misteriosa
entidad sonora, un espíritu locuaz, que sostenía constantemente allá en
su profundo núcleo la más brillante y enérgica peroración.

Lázaro tenía el genio de la elocuencia. El lo conocía: estaba seguro
de ello. Cada día que pasaba sin que un gran auditorio le escuchara,
le parecía que se perdían en el vacío y en el silencio de un desierto
aquellas voces admirables que sentía dentro de sí. No había tiempo
que perder.

Dijo á su abuelo que se iba á Madrid. El pobre viejo se puso á llorar, y
dijo entre sollozos y babas que aquella resolución era muy grave y
convenía meditarla.

--¿Y qué vas tú á hacer allá?--decía después, queriendo aparecer
incomodado: ¡Tienes una letra tan mala!...

Estaba entonces en Ateca un tal don Gil Carrascosa (el mismo personaje á
quien vimos disputar con cierto barbero en el primer capítulo de esta
historia), el cual tenía amistad con Coletilla. El abuelo consultó con
el ex-abate la resolución de Lázaro, y éste opinó que se debía escribir
al tío. El viejo tomó la pluma y con vacilante mano trazó esta carta,
que recibió el realista pocos días después.

"Querido y respetable señor: Lazarillo, mi nieto y sobrino de vuesa
merced, quiere ir á Madrid. Se le ha puesto en la cabeza que ahí podrá
hacer fortuna: dice que no puede estar en el pueblo. Y, en efecto,
querido señor, esto está malo. La cosecha de este año no nos da ni la
simiente, y el pobre chico tiene más afición á los libros que al arado.
Le diré á vuesa merced, respetable señor, que Lázaro es un mozo muy
despierto: sabe muchos libros de memoria, y ha leído cuatro veces de la
cruz á la fecha un tomo que le llaman _Los grandes hombres de Plutarco_,
el cual me ha asegurado no ser cosa de herejía; que si lo fuera no lo
había de leer en mis días. Entiende de leyes, y á veces se pone á
escribir y llena unos cuadernos de cosas muy buenas, aunque yo no las
entiendo. Es buen cristiano y muy respetuoso y cortés con todo el mundo.
No ocultaré sus defectos, respetable señor; y por lo mismo que le
quiero, diré á vuesa merced cuál es su gran defecto, para ver si con su
talento y su gran sabiduría lo puede corregir. Es el caso que
difícilmente podrá hacer cosa buena en la Corte, porque tiene muy mala
letra y no le luce lo que sabe. Siento mucho tener que revelar esta
flaqueza suya; pero antes que nada es mi conciencia, y por todo el oro
del mundo no ocultaría sus defectos. Creo, sin embargo, que con un buen
maestro, como los hay en la Corte, podrá corregirse si se aplica. De
este modo llegará, andando el tiempo, á ser apto para desempeñar una
plaza de dos mil reales en alguna covachuela, como mi señor abuelo, que
en paz descanse. Yo deseo que haga fortuna, porque le quiero con toda mi
alma; y así, deseo que vuesa merced, con su gran tino y universal
sabiduría, me informe si será posible sacar algo de provecho de este
muchacho, diciéndome al mismo tiempo si puedo contar con su protección.
Hágalo vuesa merced, por Dios, que es el único hijo de su hermana, y
nosotros, que estamos pobres, no podemos hacerle feliz."


_Su respetuoso y reverente servidor_.

#FERMÍN...#


Pasaron tres meses sin que don Elías contestara. Al fin contestó,
advirtiendo que esperara un poco, que avisaría si podía venir ó no. Un
mes después escribió de nuevo llamando á Lázaro á su lado, y
añadiendo que de su comportamiento y disposiciones dependía el que
hiciera fortuna.

Lázaro no cabía en sí de gozo. Quiso partir el mismo día; pero los
ruegos de su madre y de su abuelo le obligaron á aguardar dos más.

El joven estudiante sabía, por las tradiciones de la familia, que su tío
era hombre muy sabio, y se le había antojado que había de ser un gran
liberal. No comprendía que un hombre muy sabio dejara de ser muy amante
de la libertad.

La carta de Coletilla fué recibida en los primeros días de Septiembre de
1821, en que ocurren los primeros acontecimientos que hemos referido.
Poco después de la lamentable escena de la barbería y de la entrada del
militar en la casa de Clara, ocurrió el viaje de Lázaro á Madrid. Clara
no lo supo antes del día en que debía llegar.

Ahora podemos seguir naturalmente el curso de los sucesos de esta
puntual historia. Dejaremos á Lázaro preparándose á partir. Su madre y
su abuelo le despiden llorando, el alcalde le abraza diciendo que ya ve
en él nada menos que un secretario del Despacho; el cura le da dos
bollos maimones para el camino y le echa un sermón fastidioso. El
estudiante sube á la galera, y con más ilusiones que dineros toma el
camino de la Corte.





CAPÍTULO VIII



#Hoy llega#.


Tres días después de la aventura descrita en el capítulo segundo, estaba
Clara muy de mañana encerrada en el cuarto que le servía de habitación.
El fanático le había dicho pocas horas antes que esperaba á su sobrino,
y que era preciso acomodarle allí hasta que se mudaran todos á una nueva
casa que pensaba tomar.

Clara se quedó absorta al oír esta noticia, y no pudo contestar palabra,
porque la sorpresa le embargaba la voz. Cuando quedó sola se encerró en
su cuarto.

Era éste pequeño é irregular: estaba en lo más interior de la casa, y
tenía una ventana estrecha, con vidrios de dudosa transparencia, que
daba á un patio, de esos que por lo profundos y estrechos parecen
verdaderos pozos. Enfrente y á los lados se abrían tres filas de
ventanas mezquinas, respiraderos de otras tantas celdas, donde se
albergaban familias bulliciosas. El cuarto de Clara tenía el usufructo
de un rayo de luz desde las once á las once y media, hora en que pasaba
á iluminar las regiones tropicales del tercer piso. Aquel rayo de luz no
traía nunca colores, ni paisaje, ni horizonte, ni alegría.

El patio era un recinto populoso, el centro de un enjambre humano. A
ciertas horas asomaban por aquellos agujeros otras tantas cabezas: esto
sucedía en los grandes acontecimientos, cuando la herrera del piso bajo
y la planchadora del cuarto resolvían al aire libre alguna cuestión de
honor, ó cuando la manola del tercero y la zurcidora de enfrente
entablaban pleito sobre la propiedad de la ropa tendida.

Por lo demás, allí reinaba siempre una paz octaviana, y era cosa de ver
la amable franqueza con que la esterera pedía prestada una sartén á la
vecina de la izquierda, y la confianza íntima con que dialogaban en el
quinto el soldado y la mujer del zapatero. Enlazaban unas ventanas con
otras, á guisa de circuitos telegráficos, varias cuerdas de donde
colgaban algunas despilfarradas camisas, y de vez en cuando tal cual
lonja de tasajo, sobre el cual descendía en el silencio de la noche una
caña con anzuelo, manejada por las hábiles manos del estudiante del
sotabanco.

La vidriera del cuarto de Clara no se abría nunca. Elías la había
clavado por dentro desde que ocupó la casa.

Si la perspectiva del patio era desapacible, el interior de la
habitación tenía indudablemente cierto encanto, no porque en él hubiera
cosas bellas, sino por la sencillez y modestia que allí reinaba, y el
cuidadoso aseo y esmero, única elegancia de los pobres. Veíase, en
primer término, una voluminosa cómoda, compuesta de seis enormes gavetas
con sus labores de talla junto á las cerraduras, y algunas
incrustaciones un poco carcomidas; encima un mueble decorativo bastante
viejo, que representaba una figura de Parca con una de las manos alzada
en actitud de sostener algo; pero en lugar del reloj que en otro tiempo
cargaba, sostenía en tiempo de Clara una caja forrada en papeles de
color, la cual debía guardar utensilios de labor femenina. En lugar de
la redoma de cristal, tapaba todo esto un pedazo de gasa, sujeto con
cintas azules á las piernas de la diosa, la cual ostentaba en su
profano pecho un escapulario de la Virgen del Carmen.

Una mesa de tocador, tres sillas de viejo nogal, pesadas y lustrosas,
un cojincillo erizado de agujas y alfileres, banqueta y cama de caoba
de muy voluminosa arquitectura, cubierta con manta palentina,
completaban el ajuar.

Clara estaba delante de su espejo, y se ocupaba en enredarse en la
coronilla una gruesa trenza de pelo negro, recientemente tejida y
terminada en la punta con un atadijo del mismo pelo y un lazo encarnado.
Dos órdenes de pequeños rizos; guedejas sutiles, retorcidas con
negligencia, le adornaban la frente, y de las sienes blancas, cuya piel
transparentaba ligeramente la raya azulada de alguna vena, le caían dos
airosos mechones.

No hay actitud más propia para apreciar debidamente las formas
académicas de una mujer, que esa que toma cuando alza las manos y se
enrolla una trenza en la cabeza, dejando ver el busto, el talle, el
cuello en toda su redondez. Tiéndense los músculos del pecho, se
contornea la espalda, y el ángulo del codo y las suaves curvas del
hombro describen en su dilatación graciosas líneas que dan armoniosa
expresión escultural á toda la figura.

Concluida la operación del peinado, Clara echó una mirada de deseo y
desconfianza á la última gaveta de la enorme cómoda en donde tenía su
ropa. Es que allí existía, guardado con singular esmero, un traje que
Elías le había comprado algunos años antes, cuando era menos adusto y
gruñón. Este traje, que era lo más lujoso y bello que la huérfana
poseía, tenía la forma y los colores más en moda en aquella época:
cuerpo de terciopelo negro con prolijos dibujos de pasamanería, y
guardapiés de seda pajizo, adornado con una gran franja, como de á
tercia, de encaje negro. Dudaba si sacarlo ó no: quería ponérselo, y
temía ponérselo; quería lucir aquel día su mejor vestido, y temió al
mismo tiempo estar demasiado guapa con él. ¿Por qué? Y se detenía
pensativa y triste, sin atreverse á sacar á la luz pública aquel tesoro
tanto tiempo escondido. ¿Por qué? Porque Elías se había puesto tan
fastidioso (así decía ella), estaba tan maniático y la reñía tanto sin
motivo... ¡qué singularidad! La semana anterior estaba cosiendo y
arreglando la cenefa del vestido que se había roto, cuando entró aquel
hombre, y bruscamente le dijo:

--¿Qué haces ahí...? Siempre pensando en componerte. ¿Para qué te ocupas
en esas fruslerías?

Ella, la verdad sea dicha, aunque tenía una razonable contestación
que dar á aquella pregunta, no se atrevió; y doblando tristemente su
obra, fué á sepultarla en la cómoda. Elías no se ablandó por esta
prueba de sumisión, y en tono más agrio y severo le dijo al verla
tirar de la gaveta:

--Cuando digo que te has echado á perder....

Pero no fué esto lo peor que escuchó la pobrecilla mientras, llena de
vergüenza, devolvía á la tumba aquel despojo que había querido profanar
sacándolo de tan venerable asilo. No fué esto lo peor que oyó, porque el
viejo, bajando la voz y como si hablara consigo mismo, dijo:

--Al fin tendré que tomar una determinación contigo.

¡Jesús, santos y santas del cielo! ¡Qué determinación será esa!... ¡Si
querrá también el viejo encerrarla á ella en la misma gaveta como una
prenda sin uso!...

Aquello de la determinación la tuvo preocupada muchos días. En vano
trató de sondear el ánimo del viejo. ¡Ay! Pero si ella no sabía sondear
ánimos de nadie... El único medio de que se hubiera valido para
averiguarlo era preguntárselo sencillamente, y á esto no se atrevía.

Aún hubo más. Por la triste calle de Válgame Dios solía pasar una
ramilletera, que en su cesta llevaba algunos manojos de claveles, dos
decenas de rosas y muchas, muchísimas violetas. Clara observaba al
través de los cristales el paso de aquellos frescos colores que le
atraían el alma, de aquellos suaves aromas que anhelaba aspirar desde el
balcón. Un día se decidió á comprar unas flores, y mandó á Pascuala por
ellas. Clara las tomó, las besó mil veces, les puso agua, las acarició,
se las puso en el seno, en la cabeza, y no pudo menos de mirarse al
espejo con aquel atavío; las volvió á poner en el agua, y, por último,
las dejó quietas en un búcaro, que tuvo la imprudencia de colocar donde
Coletilla ponía su bastón y su sombrero cuando llegaba de la calle. ¡Oh!
Sin duda él, al entrar, se había de poner alegre viendo las flores. Las
flores le gustarían mucho. ¡Qué sorpresa tendría!... Esto pensaba ella.
Decididamente era una tonta.

El fanático llegó y se acercó á la mesa; pero al poner en ella su
sombrero, chocó éste con el vaso, que cayó al suelo, soltando las flores
y vertiendo el agua en las mismas piernas del realista.

El hombre montó en cólera, y mirando con furor á la huérfana, que estaba
temblando, gritó:

--¿Qué flores son estas? ¿Quién te ha mandado comprar estas flores?
Clara, ¿qué devaneos son estos? ¡Coqueta! No hay ya remedio. Te has
echado á perder. ¿También quieres llenarme de flores la casa?

Clara quiso contestarle; pero aunque hizo todo lo posible, no le
contestó nada. Elías pisoteó las flores con furia.

--Estoy resuelto á tomar la determinación.

Otra vez la determinación, ¿Qué determinación sería aquella? pensaba
Clara en el colmo de su confusión y de su miedo. Después, retirada á su
cuarto, pensó en lo mismo, y decía para sí: "¿Querrá matarme?"

Aquella noche no pudo dormir. A eso de las doce sintió que Elías se
paseaba en su cuarto con más agitación que de ordinario. Hasta lo
pareció oír algunas palabras, que no debían ser cosa buena. Levantóse
Clara muy quedito movida de la curiosidad, y poco á poco se acercó con
mucha cautela á la puerta del cuarto de Elías, y miró por el agujero de
la llave. Elías gesticulaba marchando: de pronto se paró, se acercó á
una gaveta y sacó un cuchillo muy grande, muy grande y muy afilado,
resplandeciente y fino. Le estuvo mirando á la luz, examinándolo bien, y
después lo volvió á guardar. Clara, al ver esto, estuvo á punto de
desmayarse. Retiróse á su cuarto y se acostó temblando, arropándose
bien. Desde la noche que pasó en el camaranchón de doña Angustias en
compañía de los ratones, no había tenido un miedo igual. A la madrugada
se adormeció un poco; pero en su sueño se le presentaban multitud de
cuchillos como el que había visto, y á veces uno solo, pero tan grande,
que bastara por sí á cercenar cincuenta cabezas á la vez. Arropábase más
á cada momento, creyendo en los extravíos del sueño que el cuchillo, á
pesar de su puntiaguda forma y de su brillante filo, no podía penetrar
las sábanas.

Al día siguiente se serenó, y después se reía de haber temido que Elías
podría matarla.

Poro, sin embargo, no se atrevía á ponerse el traje. Aquella bella
prenda pecaminosa había de dormir el sueño de la eternidad en lo más
hondo de la cómoda, donde seria pasto de gusanos.

Clara no había podido determinar en su entendimiento lo que para ella
podía resultar de la venida de Lázaro. En su grande alegría no veía en
aquello más que un suceso muy feliz, sin detenerse á considerar los
sucesos que posteriormente se podían derivar de aquella llegada. Algunas
ideas vagas acompañaron tan sólo aquel sentimiento expansivo y
desinteresado. El sería un joven de posición. ¿Cómo no? Sin discurrir en
el medio, Clara pensó en un cambio de suerte. Sin saber cómo, se unían
en su entendimiento y confusión indisoluble la idea de la llegada de
Lázaro y la idea de emanciparse un poco de la fastidiosa (no calificaba
de otra manera) tutela de don Elías. A su mente vino la idea del
matrimonio. Vino, sí, varias veces; pero casi no era idea aquello: era
una percepción confusa, una esperanza tímida y como recelosa. Por
último, ya llegó á pensar, á pensar verdaderamente en esto. Una
percepción confusa, dijimos, sí: esta percepción la ocupaba
constantemente. Lázaro iba á ser su marido. Clara también sabía ver los
días futuros, y veía á su marido junto á ella en un lugar que no era
aquél, en una casa que no era aquélla, en otros sitios, en otra tierra.
Y en otro mundo, ¿por qué no? Esto hubiera sido lo más acertado...

Aquel día estaba muy alegre, reía por la menor causa, se ruborizaba sin
motivo, estaba inquieta y sin sosiego, quedábase pensativa un largo
rato, y después parecía hablar consigo misma.

Las nueve serían cuando Pascuala volvió de la calle, y entró en el
cuarto de Clara.

Era Pascuala una mujer que formaba á su lado el contraste más violento
que puede existir entre dos ejemplares de la familia humana. Era una
moza vigorosa y hombruna, apacentada en los campos alcarreños, alta de
pecho, ancha de caderas, de mejillas rojas, boca grande, nariz chica,
frente estrecha, pelo recogido en un gran moño, color encendido, pesadas
manos, ojos grandes y negros.

Acercóse á la joven, y misteriosamente le dijo:

--¿Sabe usted lo que me ha _pasao?_

--¿Qué?--dijo Ciara alarmada.

--Que he visto al _melitarito_ del otro día, el que estuvo aquí cuando
el señor vino malo.

-¿Y qué?

--¿Qué? Nada, sino que me ha _asustao_, porque me dijo que quería entrar,
y como estamos solas, pensé que me pasaría algo ... porque como
es una así tan guapetona.... Y no tiene una mala cara.... Ya ve usted.

--¡Ah! ¿El oficial aquél del otro día?... ¿Y dices que se quería
meter aquí?

--Sí; y después me preguntó por usted.

--¿Por mí? ¿Y qué le dijiste?

--Que estaba _güena._ Después dijo que si estaba aquí _el viejo._ Ya ve
usted qué poco respeto. ¡El viejo! ¡Qué irreverencia! Yo le dije que no.
El me dijo que quería entrar á hablar conmigo... Pero vamos ... ya soy
muy maliciosa, y yo me malicio....

--¿Qué?

--A mí no me engañan así con palabritas. Como es una tan guapetona....

--No tengas cuidado--dijo Clara riendo.--Es que está enamorado de ti y
quiere casarse contigo. Si lo sabe el tabernero....

--¿Mi Pascual? No lo sabrá... Si llegara á saber mi Pascual que hay un
señorito que dice chicoleos á Pascuala....

Advirtamos que esta fregona tenía por novio á un Pascual que había
fundado nada menos que una taberna en la calle del Humilladero. Aquellas
relaciones honestas y nobles parecían muy encaminadas al matrimonio; y
como ella era _así tan guapetona_, habría probabilidades de que aquel
par de Pascuales se unieran ante la Iglesia para dar hijos al mundo y
agua al vino.

--Pues como Pascual lo llegue á saber....

--Pero yo soy muy picara ... y se me ha puesto en la cabeza... ¿Sabe
usted lo que se me ha puesto en la cabeza?

-¿Qué?

--Que él no quiere entrar aquí por mí, sino por usted.

--¿Por mí? No seas tonta--replicó Clara, riendo con la mayor
naturalidad.

--¿Le dejo entrar?

--No, cuidado. Por Dios, no hagas tal. No vuelvas á hablarle más. ¿A qué
tiene que venir aquí ese caballero?

--Yo me malicio ... aunque una sea así tan guapetona.... Yo me malicio
que á mí no me quiere _pa_ maldita de Dios la cosa ... porque al fin,
siempre una es criada y él un caballero.... Pues parece persona muy
principal. Digo... ¿Le dejo entrar?

--¡Jesús, Pascuala, no lo vuelvas á decir!--exclamó seriamente
Clara.--¿Pero á qué quiere entrar aquí ese caballero?

--Toma, á verla á usted.

--¿Y para qué quiere verme á mí?

--Toma, para verla.

--¡Qué ocurrencia!--murmuró pensativa.

En esto se sintió un campanillazo. Abrieron y entró Coletilla.

Las dos muchachas seguían su coloquio cuando sintieron en la calle rumor
de voces agitadas, algunos gritos y pasos precipitados. Asomáronse los
tres, y vieron que discurrían varios grupos por la calle. Los chisperos
más famosos del barrio dejaban sus hierros y salían en busca de
aventuras. Coletilla lanzó una mirada de rencoroso desdén sobre los
transeúntes, y cerrando con estrépito el balcón, dijo;

--¡Otra asonada!

Las dos muchachas temblaron acordándose del miedo que tuvieron pocas
noches antes.

--¡Ay, cuándo se acabarán estas cosas!--observó Clara.

--¡Pronto!--dijo con sequedad el viejo, sentándose y tomando una carta
que había sobre la mesa.

La leyó; después tomó su capa y su sombrero, y dijo á las chicas:

--Voy á salir; tengo que hacer: no volveré en toda la tarde. Mi sobrino
llegará esta noche á eso de las ocho: yo no vendré hasta las diez lo más
temprano. Que me espere aquí.

Y embozándose en su capa, miró un triste reloj, que contaba con
tristísimo compás la vida en el testero de la sala.

--No abráis á nadie: cuidado, cuidado con la puerta. Echad todos
los cerrojos. Cuando venga mi sobrino, dadle algo que comer y que
me aguarde.

--¿Pero cómo va usted á salir con esos alborotos?--dijo Clara con
temor.--No nos deje usted solas: tenemos mucho miedo.

--¡A mí ¿Qué me han de hacer á mí? ¡Ay de ellos!--murmuró con ahogado
furor.--Tened cuidado con la puerta os repito.

Y después, como hablando consigo mismo, dijo en voz baja:

--Sí es preciso tomar una determinación ... buena determinación.

Clara pudo oírlo, y pensó en la cómoda, en el traje, en las flores, en
el cuchillo y en la determinación, en aquella maldita determinación que
no conocía. Pero aun esto, que la tuvo cabizbaja y melancólica un buen
rato, no fué bastante para quitarle la felicidad que aquel día rebosaba
en su alma.





CAPÍTULO IX



#Los primeros pasos#.


Los grupos de la calle crecían. La población toda presentaba ese aspecto
extraño y desordenado que no es tumulto popular, pero sí lo que le
precede. Era el 18 de Septiembre de 1821. La mayor parte de los
habitantes de Madrid estaban en la calle. El ansioso ¿qué hay? salía de
todas las bocas. En tales ocasiones basta que se paren dos para que en
seguida se vayan adhiriendo otros hasta formar un espeso grupo. Entonces
todos los que vemos nos parecen _malas caras_. El accidente más curioso
en tales días es el que ofrece la llegada de la persona que se supone
enterada de lo que va á haber. Rodéanle: el _enterado_ se hace de rogar,
principia á hablar en lenguaje simbólico para aumentar la curiosidad,
sienta por base que sin la más profunda discreción y la promesa de
guardar el secreto, no puede decir lo que sabe. Todos le juran por lo
más sagrado que guardarán el secreto, y, por fin, el hombre empieza á
contar la cosa con mucha obscuridad; excitado por los oyentes, se decide
á ser claro, y les encaja tres ó cuatro bolas de tente-tieso, que los
otros se tragan con avidez, desbandándose en seguida para ir á vomitarla
en otros grupos: tan indigestos son esta clase de secretos.

La tarde á que nos referimos era casualmente cierto lo que nuestro amigo
Calleja, _enterado_ oficial de la _Fontana_, contaba en uno de los
grupos formados en la Carrera.

--Pues qué, ¿no saben ustedes?--decía bajando la voz y haciendo unos
gestos dignos del único espartano que, escapado en las Termópilas, llevó
á Atenas la noticia de aquella catástrofe memorable.--¿No saben ustedes?
Pues no hay más sino que mañana habrá procesión cívica en honor de
Riego, cuyo retrato será paseado por todas las calles de la Corte.

--Bien, bien--dijo uno de los oyentes.--¿Íbamos á consentir que se
maltratara al héroe de las Cabezas, al fundador de las libertades
de España?

--Pues lo grave es que el Gobierno está decidido á que no haya
procesión. Pero es cosa decidida. La _Fontana_ lo ha resuelto y se hará:
ya está preparado el retrato. Y por cierto que es una linda obra: está
representado de uniforme, y con el libro de la Constitución en la mano.
¡Gran retrato! Como que lo hizo mi primo, el que pintó la muestra del
café _Vicentini_.

--¿Y el Gobierno prohibe la fiesta?

--Sí: no le gustan esas cosas. Pero habrá procesión ó no somos
españoles. El Gobierno la prohibe.

En efecto: en aquel momento las esquinas recibían un emplasto oficial,
en que se leía el bando prohibiendo la fiesta preparada por los clubs
para el siguiente día. La tropa estaba sobre las armas.

--Y esta noche tenemos gran sesión en la _Fontana_.

--Mira, Perico, guárdame un buen sitio esta noche--dijo un joven que
formaba parte del grupo;--guárdame un puesto, que tengo que ir esta noche
á primera hora al parador del _Agujero_ á recibir unos amigos que vienen
de Zaragoza.

Y después añadió con misterio, dirigiéndose á otros dos ó tres que
parecían amigos suyos:

--Buenos chicos aquellos chicos de Zaragoza, de que os he hablado. Esta
noche llegan. Son del club republicano de allá. Buenos chicos.

El grupo se disolvió; al mismo tiempo, la siniestra figura de
Tres Pesetas cruzaba por la calle, unida á la no menos desapacible de
Chaleco.

Del grupo salieron tres jóvenes de los que hablaron anteriormente. Eran
tres mancebos como de veinticinco años. No podemos llamarles lechuguinos
netos; pero tampoco podía decirse de ellos que carecían de toda
distinción y elegancia. Eran amigos íntimos, que compartían sus fatigas
y sus goces, las fatigas de la pobreza estudiantil y loa goces del aura
popular, conquistada con artículos de periódicos y discursos en el club.

El uno era un joven de familia distinguida, segundón, á quien habían
mandado á estudiar Cánones y sagrada Teología en Salamanca, con el
objeto de que fuera sacerdote y disfrutara unas pingües capellanías que
habían pertenecido á un su tío, chantre de la catedral de Calahorra.
Capellán te vean mis ojos, que obispo como tenerlo en el puño. En
efecto: Javier, que así se llamaba el muchacho, hubiera sido obispo,
porque su familia tenía gran influencia. Pero el chico, que no amaba los
hábitos y se sentía impresionado por las nuevas ideas, hizo su hatillo,
y falto de dineros, aunque no de osadía, se puso en camino, y se plantó
en Madrid el mismo bendito año de 1820. Vagó por las calles solo; pero
pronto tuvo bastantes amigos; escribió á su abuelita, que le concedió un
medio perdón y algunos cuartos (pocos, porque la familia, aunque la más
noble del territorio leonés, se hallaba en situación muy precaria);
marchó después á Zaragoza, donde vivió algunos meses, figurando mucho en
los clubs democráticos, y volvió después á la Corte, no muy bien comido
ni bebido, pero alegre en demasía. Escribía en _El Universal_ furibundos
artículos, y contento con su poquito de gloria, iba pasando la vida,
pobre, aunque bien quisto. Cautivaba á todos por la amabilidad de su
carácter y lo generoso de sus sentimientos. En política profesaba
opiniones muy radicales, y pertenecía á la fracción llamada entonces
_exaltada_.

En la misma militaba el segundo de estos tres amigos que describimos, el
cual era andaluz, de veintrés años, delgado, pequeño y flexible. En
Ecija, su patria, pasaba el tiempo escribiendo verbos á Marica, á
Ramona, á Paca, á la fuente, á la luna y á todo. Pero todo causa, y la
poesía á secas no es de lo que más entretiene: un día se encontró
aburrido y pensó salir del pueblo. Pasó por allí á la sazón el ejército
de Riego, y aquellas tropas excitaron su curiosidad.

Preguntó; le dijeron que eran los soldados de la libertad, y esto resonó
en sus oídos con cierta agradable armonía. "Me voy con ellos", dijo á
sus padres. Estos eran muy pobres, y contestaron: "Hijo, vete con Dios,
y que El te haga bueno y feliz; pórtate bien, y no te olvides de
nosotros."

El poeta siguió el ejército, llorando sus padres, y aun es fama que
lloraron á escondidas tres de las chicas más guapas de Ecija. Al llegar
á Madrid, el joven volvió á ser poeta, y entonces hacía versos al Rey
cuando abría las Cortes, á Amalia, á Riego, á Alcalá Galiano, á Quiroga,
á Argüelles. En su vida cortesana, este poeta, que, como después
veremos, pertenecía á la escuela clásica en todo su vigor, pasó algunos
clásicos apurillos; mas después, escribiendo en casa de un abogado,
desempeñando funciones modestas en el periódico _El Censor_, vivía
siempre alegre, siempre poeta, siempre clásico, apreciado de sus amigos,
con alguna fama de calavera, pero también con opinión de joven listo y
de buen fondo.

La fisonomía del tercero no era tan agradable ni predisponía tanto su
favor como la de los anteriores. Sin embargo, tenía fama de buen chico;
y en cuanto á opiniones políticas, no podía echársele en cara la
tibieza, porque era frenético republicano. Algunos mal intencionados
decían que en el fondo era realista, y que sólo por cálculo hacía alarde
de aquel radicalismo intransigente. Pero aún no tenemos motivo para
aceptar esta aseveración, que es quizá una calumnia. Llamábanle el
Doctrino, porque había estudiado primeras letras en el colegio de San
Ildefonso. No podía negarse que había en su carácter cierta astucia
disimulada, y en sus modales alguna afectación bastante notoria. Era
hijo natural de un vidriero, que le reconoció al morir, dejándole
pequeña fortuna; pero los albaceas testamentarios, á quienes el difunto
dió amplios poderes, hicieron un inventario, del cual resultaba que el
vidriero no había dejado en el mundo cosa alguna de valor. El Doctrino
les pedía dinero, y ellos le solían decir: "Tome usted para un
semestre." Y le daban una onza.

Pero sus amigos le ayudaban á vivir, le mantenían y le compraban algún
levitón de pana. Era notorio (y aun llegó á tratarse seriamente del
asunto) que poco antes de la época en que esta historia comienza, el
Doctrino gastaba más dinero que de costumbre; y cuando sus amigos le
preguntaban el origen de aquel caudal, respondía evasivamente y mudaba
de conversación.

Estos tres jóvenes eran inseparables, sin que alteraran la paz las
desventuras pasajeras del uno, ni las ganancias fortuitas del otro. La
onza semestral del Doctrino perecía en _Lorencini_ ó en la _Fontana_ en
dos días de café, chocolate y jerez; pero después Javier escribía un
artículo tremendo sobre la soberanía nacional para comprarle unas botas
al poeta clásico, y el mismo Doctrino sacaba de un misterioso bolsillo
un doblón de á cinco para atender á las necesidades amorosas de Javier,
que tenía pendiente cierta cuestión con la hija de un coronel de
caballería, hombre atroz y fiero como un cosaco.

Estos tres jóvenes vagaron juntos por las calles, acercándose á los
grupos, preguntando á todos, contando noticias fraguadas por la fecunda
imaginación del poeta, hasta que, llegada la noche, se dirigieron al
parador del _Agujero_, sito en la calle de Fúcar, á esperar á unos
amigos de Javier, que llegaban aquella misma noche de Zaragoza.

Ni en la arquitectura antigua ni en la moderna se ha conocido un
monumento que justificara mejor su nombre que el parador del _Agujero_
en la calle de Fúcar. Este nombre, creado por la imaginación popular,
había llegado á ser oficial y á verse escrito con enormes y torcidas
letras de negro humo sobre la pared blanquecina de la fachada. Un
portalón ancho, pero no muy alto, la daba entrada; y esta puerta, cuyo
dintel consistía en una inmensa viga horizontal, algo encorvada por el
peso de los pisos principales, era la entrada de un largo y obscuro
callejón que daba al destartalado patio. Este patio estaba rodeado por
pesados corredores de madera, en los cuales se veían algunas puertas
numeradas.

En lo alto residía el establecimiento patronil de _La
Riojana,_antonomasia imperecedera que se conservó por tres generaciones.
Allí se servía á los viajeros, recién descoyuntados y molidos por el
suave movimiento de las galeras, algún pedazo de atún con cebolla, algún
capón, si era Navidad ó por San Isidro, callos á discreción, lonjas
escasas de queso manchego, perdiz manida, con valdepeñas y pardillo.
Esta comida frugal, servida en estrechos recintos y no muy limpios
manteles, era la primera estación que corría el viajero para entrar
después en el _vía crucis_ de las posadas y albergues de la villa.

Dos veces al día un ruido áspero y creciente aumentaba la normal
algarabía del barrio. Se oían las campanillas, el chasquido del látigo y
un estrépito de ruedas que de bache en bache, de guijarro en guijarro
iban saltando. La máquina llegaba frente al portal, y aquí era donde se
probaba la habilidad náutico-cocheril del mayoral: la máquina daba una
vuelta, los machos entraban en el portalón, y tras ellos el vehículo,
siendo entonces el ruido tan formidable, que la casa parecía venirse al
suelo. El navío daba fondo en el patio, los brutos eran desenganchados,
el mayoral bajaba de lo alto de su trono, y los viajeros, que aún se
mantenían con la cabeza inclinada, y muy agachados, resabio de cuando
atravesaron el portal, notaban al fin que no tenían el techo en la
corona, se admiraban de verse con vida, y descendían también.

Aquí, si había parientes esperando, empezaban los abrazos, los besos,
las felicitaciones. Era propinado con algún real mal contado el cochero,
y cada cual se iba por su camino, siendo costumbre tomar allí mismo, en
los aposentos de la Riojana, un preámbulo estomacal para poder subir la
calle de Atocha, que era entonces algo más inaccesible que ahora.

Esta vez, cuando la nave hizo su parada definitiva en el patio, hubo una
aclamación general. El Doctrino abrazó á sus amigos.

--¡Javier!

--¡Lázaro!

Y se abrazaron con efusión. Después de los monosílabos de alegría y
sorpresa, el segundo dijo al primero:
    
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