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La Fontana de Oro
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Benito Pérez Galdós Spanish ISO-8859-1


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CAPÍTULO V



#La compañera de Coletilla#.


En Diciembre de 1808 militaba Elías, como hemos dicho, en una partida
que había levantado en Segovia el Empecinado. Tuvieron varios
encuentros con los franceses, hasta que Soult, que salió en persecución
de Moore, encontró á los guerrilleros y les hizo retroceder hacia
Valladolid; de allí siguieron avanzando hacia el Norte y llegaron hasta
Astorga. Elías se quedó en Sahagún con unos cuantos hombres, dispuestos
á organizar allí una partida considerable que hostilizara á Ney en su
salida de Galicia.

En Sahagún había un coronel segoviano que, habiéndose casado allí, vivía
retirado del servicio militar. Era hombre de elevado carácter, de mucho
corazón y de bien cultivada inteligencia; había sido muy rico, pero
deparóle el cielo ó el infierno una esposa que ni de encargo hubiera
salido tan díscola, intratable y antojadiza. El pobre militar hacía
cuanto era imaginable para dominar el carácter de aquel basilisco, en
quien parecían haberse reunido todas las malas cualidades que la
naturaleza suele emplear en la elaboración de las mujeres. Empezó por
hacerse excesivamente devota, y tal era su mojigatería, que abandonaba á
su marido y su casa para pasarse todo el santo día entre monjas, padres
graves, cofrades, penitentes, sin ocuparse más que de rosarios,
escapularios, letanías, horas, antífona y cabildeos. Vivía entre el
confesonario, el locutorio, la celda y la sacristía, hecha un santo de
palo, con el cuello torcido, la mirada en el suelo, avinagrado el gesto,
y la voz siempre clueca y comprimida.

En los pocos momentos que pasaba en su casa era intratable. En todo
cuanto decía su pobre marido encontraba ella pensamientos pecaminosos;
todas las acciones de él eran mundanas: le quemaba los libros, le sacaba
el dinero para obras pías, le llenaba la casa de padres misioneros,
teatinos y premostratenses; y en cuanto se hablaba do conciencia y de
pecados, empezaba á mentar los de todo el mundo, sacando á la
publicidad de una tertulia frailuna la vida y milagros del vecindario,
para condenarla como escandalosa y corruptora de las buenas costumbres.
En tocando á este punto le daban arrebatos de santa cólera, y entonces
no se la podía aguantar.

Pero de repente la insoportable beata se volvió del revés; el fondo de
su carácter era una volubilidad extremada. Cambiando repentinamente,
adoptó un género de vida muy mundano: se salía de capa y se andaba por
esos mundos dando zancajos con el pretexto de que tenía una fuerte
afección moral y necesitaba distracción. Acompañábala algún militar
joven ó algún abate verde. Su marido, viendo que era imposible detenerla
en casa, tuvo que consentir en aquella vida voladera; que si bien le
costaba una parte de su fortuna, le libraba por algún tiempo de las
impertinencias de aquel demonio.

La tercera metamorfosis de doña Clara fué peor. Le dió por ponerse
enferma, y entonces no había malestar, ni dolencia, ni afección crónica,
ni ataque agudo que no viniera á afligir su cuerpo. Agotó todos los
ungüentos, específicos y tisanas; puso sobre un pie á todos los
boticarios, curanderos, médicos y protomédicos, y visitó todos los baños
minerales de España, desde Ledesma á Paracuellos, desde Lanjarón á
Fitero. Lo único que parecía aliviarla era el circunstanciado relato de
sus males que hacía á todos los teatinos, franciscanos, mínimos y
premostratenses, con quienes volvió á entibiar místicas relaciones.

Chacón, su pobre esposo, cogía el cielo con las manos, y aun llegó á
aplicarle el eficaz cauterio de unos cuantos palos, que no produjeron
otro efecto que recrudecer la feroz impertinencia de aquel enemigo.

Al mismo tiempo la fortuna del matrimonio tocaba á su término, y el
desventurado marido temblaba al considerar qué sería en lo porvenir de
su pobre hija, entonces de cinco años de edad. La devota, la enferma
había tenido, antes de ser enferma y devota, una niña que se llamaba
Clara, como ella, único fruto de aquel malaventurado matrimonio.

Doña Clara se curó cuando lo tuvo por conveniente, y se entregó de nuevo
á las cosas de la Iglesia, tomándolo tan á pechos que no había día en
que no se mortificase con disciplinazos, que se oían desde la calle.
Estábase de rodillas y en cruz una hora seguida; cuando empezaba á
contar los éxtasis que _le daban_ y las visiones que _tenía,_ era el
cuento de las cabras de Sancho. El esposo pedía á Dios que le librara
de aquel infierno vivo. Doña Clara no amaba á su hija ni á su esposo, y
éste que la había amado mucho, concluyó por aborrecerla.

Al fin _la Chacona_ (así la llamaban en el pueblo) dejó otra vez la
vida devota, y de la noche á la mañana se marchó á Portugal á _tomar
aires_. Felizmente Dios la iluminó, y de Portugal se fué al Brasil
con unos misioneros. No se supo más de ella. El pundonoroso y leal
esposo respiró: estaba libre, pero pobre, enteramente pobre sin otra
cosa que un sueldo mezquino; tranquilo en cuanto á lo presente, pero
inquieto siempre que pensaba en aquella niña infeliz que iba á quedar
en la miseria.

En la mitad de Diciembre de 1808 todo el pueblo de Sahagún salió al
camino real lleno de curiosidad. El emperador Napoleón I pasaba por allí
para dirigirse á Astorga en persecución de los ingleses. Llegó al
pueblo, descansó dos horas, y siguió su camino, seguido de una gran
parte del ejército que ocupaba á España. Cuando los franceses, guiados
por Napoleón, estuvieron lejos, Sahagún se atumultuó; tomaron las armas
todos los jóvenes, y mandados por Elías y el cura de Carrión, se
disponían á pelear con unos regimientos franceses, que al día siguiente
habían de pasar por allí para unirse al cuerpo del ejército.

Aquella tarde Chacón abrazaba y besaba tiernamente á su hija, que, al
ver llorar á su padre, lloraba también sin saber porqué. El coronel
tenía un proyecto, el único que podía darle alguna esperanza de asegurar
en lo futuro el bienestar de Clara. Había resuelto entrar en campaña,
avanzar en su carrera y seguir á la nación en aquella crisis, seguro de
que le pagaría sus servicios. Escribió al Empecinado pidiéndole órdenes,
y éste le contestó que se pusiera al frente de los 500 hombres de
Sahagún, y procurase batir á los regimientos franceses que iban á unirse
con Napoleón en Astorga. El bravo militar, aclamado jefe de la partida
que Elías y el cura de Carrión organizaron, salió aquella noche, dejando
á su hija en poder de dos antiguas criadas. Situáronse á un cuarto de
legua del pueblo, y al amanecer del siguiente día se vieron brillar á lo
lejos las bayonetas de los franceses. La guerrilla les hostilizó con
fuegos esparcidos: al principio, los franceses vacilaron con la
sorpresa; mas repuestos un poco, atacaron á los nuestros. El combate fué
encarnizado. Elías y Chacón se miraron con angustia. "¡Son tres veces
mas que nosotros!--dijo Chacón;--pero _no importa_: ¡adelante!"

Retrocedieron hasta la entrada del pueblo: allí la lucha fué horrible.
Desde las ventanas, desde las esquinas disparaban los paisanos contra
el enemigo, cuyas filas se diezmaban. El coronel mandaba á los suyos con
un denuedo sin ejemplo. A la partida unióse al fin el resto del pueblo.
Un esfuerzo más, y los franceses eran vencidos. Este esfuerzo se hizo:
costó muchas vidas; pero los franceses, no queriendo perder más gente,
emprendieron la retirada hacia Valencia de Don Juan.

El pueblo todo les siguió, con Chacón á la cabeza; pero aún no había
andado éste veinte pasos, cuando fué herido por una bala: dió un grito y
cayó bañado en su sangre. Las mujeres le rodearon, llorando todas al
verle herido; él dijo algunas palabras, volvieron los suyos, y entre
cuatro le llevaron á su casa. Antes de llegar á ella ya estaba muerto.

Reinaba en el pueblo la consternación, porque habían perecido muchos
hijos y muchos maridos; las madres y las esposas gritaban por las calles
con amargos y dolorosos lamentos. Delante de la puerta de la casa de
Chacón había un grupo de mujeres silenciosas que contemplaban el cadáver
del coronel, teñido en sangre, con la frente partida y destrozado el
pecho. Algunos niños, en quienes podía más la curiosidad que el miedo,
se habían acercado hasta tocarle los dedos, las espuelas y el cinturón.
Nadie hablaba en aquella escena, y sólo la pobre Clarita, consternada al
ver que todos la miraban llorando, comenzó á llamar con fuertes voces á
su padre, cuya muerte no comprendía.

--Qué niña es ésta?--preguntó Elías.

--Es su hija,--contestó una mujer que la tenía abrazada.

--¿Y no tiene madre?--

--No, señor,--

--¿Y qué vamos á hacer de ella?--dijo Elías mirando al cura de Carrión y
á los demás cabecillas del tumulto.

Todos se encogieron de hombros y besaron á Clara.

--Nosotros nos quedaremos con ella,--dijeron las dos mujeres que habían
servido al coronel cuando era rico.

--No--dijo Elías:--yo la recojo. Me la llevaré conmigo, la educaré.--

Las mujeres aquellas eran muy pobres. Gran cariño les inspiraba Clarita;
pero al tenerla á su lado la condenaban á ser pobre como ellas para toda
la vida. Consideraban á don Elías como persona de posición y carácter, y
no dudaron, por lo tanto, en dejarle la niña.

Permaneció, sin embargo, en Sahagún hasta 1812, época en que el
realista dejó las armas y se retiró á Madrid. Entonces le acompañó
Clara, que no pudo separarse de sus pobres amigas sin llorar mucho, ni
pudo acostumbrarse tampoco á mirar cara á cara á su protector, porque le
daba mucho miedo.

Grande fué su tristeza cuando al despertar en un hermoso día de Mayo se
encontró entre las obscuras paredes de la casa que conocemos en la calle
de Válgame Dios; y esta tristeza aumentó cuando la llevaron al
convento-colegio de ciertas hermanas de una Orden famosa, que enseñaban
á las niñas del barrio lo poquito que sabían. Tenía la escuela todo lo
sombrío del convento, sin tener su claustro melancólico y su dulce paz.
Dirigíanla unas cuantas viejas, entre quienes descollaba por su
displicencia, fealdad y decrepitud una tal madre Angustias, que usaba
una caña muy larga para castigar á las niñas, y unas antiparras verdes,
que más que para verlas mejor, le servían para que las pobrecillas no
conocieran cuándo las miraba.

Las niñas se levantaban muy temprano, y rezaban; almorzaban unas sopas
de ajos, en que solía nadar tal cual garbanzo de la víspera, y después
pasaban al estudio, que era ejercicio de lectura, en el cual desempeñaba
el principal papel la caña de doña Angustias. Trazaban luego, por
espacio de dos horas, sendos garabatos en un papel rayado; y después de
contestar de memoria á las preguntas de un catecismo, cosían tres horas
largas, hasta que llegaba la del juego. El recreo tenía lugar en un
patio obscuro y hediondo, cuya vegetación consistía en un pobre clavel
amarillento y tísico que crecía en un puchero inservible, erigido en
tiesto de flores. Las niñas jugaban un rato en aquella pocilga, hasta
que la madre Angustias sonaba desde su cuarto una siniestra campanilla,
que reunía en torno á su caña á los tristes ángeles del muladar.

Después de comer llevaba el rosario la madre Brígida, por no poder
hacerlo la madre Angustias, á causa del asma que la afligía,
entrecortándole la voz. Aquel rosario era interminable, porque detrás de
sus infinitos paternóster venían las letanías, llagas, misterios,
jaculatorias, oraciones, gozos y endechas místicas. La noche las
sorprendía en aquel devoto ejercicio, y era muy común que alguna de las
chiquillas, rendida bajo el peso moral de tan monótono y cansado rezo,
bostezara tres veces y se durmiera al fin benditamente. Parapetada
detrás de sus antiparras, la madre Angustias observaba los bostezos y
acariciaba su caña dictatorial sin decir palabra á la culpable,
esperando á que se durmiera, y entonces ¡ira de Dios! le sacudía un
cañazo, seguido de una retahila de insinuaciones coléricas. Las otras
niñas, que no esperaban más que un motivo de distracción y
entretenimiento, al ver la triste figura que hacía su compañera al
despertar bruscamente, soltaban la risa, se interrumpía el rezo, gruñía
la madre Brígida, cacareaba la madre Angustias, y llovían los cañazos á
diestra y siniestra. Al anochecer continuaban las lecciones y el
catecismo. La madre Angustias les decía: "Ahora el ca ... ca ...
tecismo. Madre Brí ... Brí ... Brígida, la que no lo sepa, al ca ... ca
... caramanchón."

Y se marchaba á acostar, porque padecía de ciertos ahoguillos, y tenía
que ponerse todas las noches paños calientes en el estómago.

Clarita y otras niñas de la escuela creían á pie juntillas que la madre
Angustias no tenía ojos, y que todas sus facultades ópticas residían en
aquellos dos temibles vidrios verdes, engastados en una armazón rancia y
enmohecida; y acontecía que para imitarla cortaban dos redondeles de
papel verde del forro del catecismo y se lo pegaban con saliva en los
ojos, con lo cual se morían de risa. Como no podían ver gota con
aquellos parches, sorprendiólas un día la madre Petronila, que era un
vinagre, y después de darles muchos coscorrones, las condenó á no comer
ni jugar aquel día, ¡Qué horas pasaron las pobres!

Otra vez se hallaban todas en el patio, y ocurriósele á un pajarito muy
flaco meterse allí por el tejado y posarse, después de chocar en los
muros, en el entristecido clavel. ¡Qué algazara se armó! Aquél fué el
mayor acontecimiento del año. Con pañuelos, con mantos, con cuanto
hallaron á mano, le persiguieron hasta cogerle; atáronle un hilo en una
de las patas, y Clara le guardó muy bien en un cajoncillo donde tenía la
costura. A escondidas le echaban de comer por las noches; pero el
animalito enflaquecía y se ponía más triste cada vez. Una noche, en el
momento en que el rezo iba á principiar, Clara tenía abierto el
costurero, y fingiendo arreglar dentro de él alguna cosa, se ocupaba en
abrirle la boca al pajarito y meterle á la fuerza unas migajas de pan
que había guardado en el bolsillo, cuando de repente alzó el vuelo el
animal, revoloteó por la habitación con el hilo atado en la pata, y fué
á pararse ¿dónde creeréis? en la misma cabeza de doña Angustias, que al
verse profanada de aquel modo, tomó tal cólera, que el asma le ahogó la
voz y estuvo gesticulando en silencio diez minutos, roja como un tomate.
Clara se quedó yerta de miedo.

"Cla ... Cla ... Cla ... rita--exclamó la madre Angustias ciega de
furor.--¡Niña mal ... mal criada! ¡Qué desaca ... ca ... cato es éste?
Esta noche al ca ... ca ... caramanchón."

Clara fué condenada aquella noche á dormir en el caramanchón, última
pena que sólo se aplicaba muy de tarde en tarde á los más negros y
raros delitos. Doña Angustias continuó en su cacareo hasta que vió
cumplida la terrible orden; y á la hora en que acostumbraban á
recogerse, Clara fué llevada al presidio, que era un desván obscuro,
fétido y pavoroso. La pobrecilla no cabía en sí de miedo al verse sola
en aquel tugurio, entre mil objetos cuya forma no podía apreciar,
tendida en un miserable jergón y expuesta al aire colado, que por una
ventanilla entraba. En su desvelo, sintió las pisadas de los ratones
que en aquellos climas vivían; pisadas que en sus oídos resonaban como
si fueran producidas por los pies de un ejército de gigantes. Se
encogió, se envolvió toda en su manta, escondiendo los pies, las manos
y la cabeza; pero las ratas corrían por encima, y saltaban, iban y
venían con una algarabía espantosa. También contribuyó á aumentar el
pavor de la niña una disputa que en el tejado vecino se trabó entre dos
gatos bullangueros que lanzaban maullidos lúgubres y desentonados. La
pobre no pudo dormir, y el día la encontró hecha un ovillo, empapada en
sudor frío y temblando de miedo.

Entre estos sucesos extraordinarios y la diaria tarea del estudio y la
costura, aterrada siempre por la fascinación terrible de los espejuelos
de la madre Angustias, pasó Clara cuatro años, hasta que, cumplidos los
once, vino Elías por ella y se la llevó á su casa.

El realista no sabía al principio qué hacer de aquella niña: ocurrióle
hacerla monja; pero impulsado por un repentino egoísmo, resolvió
conservarla á su lado. Era solo: su casa necesitaba una mujer. ¿Quién
mejor que Clara? Su inteligencia no estaba bien cultivada, pues no sabía
sino leer, escribir y hacer algunas cuentas; pero, en cambio, cosía muy
bien y entendía de toda clase de labores.

La hija de la Chacona creció en casa de Coletilla, y fué mujer. Creció
sin juegos, sin amables compañeras, sin alegrías, sin esas saludables y
útiles expansiones que conducen felizmente de la niñez á la juventud.
Elías no la trataba mal, pero tampoco era muy cariñoso son ella.

Los domingos la solía llevar á la Florida ó á la Virgen del Puerto; una
vez la llevó al teatro, y Clara creyó que era verdad lo que estaban
representando. Los paseos dominicales cesaron cuando Elías tuvo
ocupaciones y preocupaciones que le apartaban de su casa: entonces ella
se limitó á oír misa muy de mañana en las monjas de Góngora, y en esta
expedición lo acompañaba, una criada alcarreña llamada Pascuala, que
Coletilla había tomado á su servicio.

Este encierro perpetuo hubiera agriado y pervertido tal vez otro
carácter menos dulce y bondadoso que el de Clara, la cual llegó á creer
que aquella vida era cosa muy natural, y que no debía aspirar á otra
cosa; así es que vivía tranquila, melancólicamente feliz, y á veces
alegre. Y, sin embargo, semanas enteras pasaban sin que una persona
extraña penetrara en la casa del fanático. Parecía que toda la sociedad
quería huir de aquella jaula en que estaba encerrado su mayor enemigo.

Sólo una excepción existía en aquel aislamiento normal. Ya hemos dicho
que don Elías fué amigo y servidor de una antigua é ilustre casa.
Después de la ruina de los Porreños y Venegas, sólo quedaron tres
individuos, tres dueñas venerables que conservaron relaciones amistosas
con el realista. Muy de tarde en tarde iban á visitarle. Tenían un trato
seco; eran intolerantes, rígidas, orgullosas. Nunca hablaban á Clara
sino con palabras solemnes, que daban tristeza y abatían el ánimo. No
podían prescindir de la etiqueta, ni aun delante de una pobre muchacha y
eran tan ceremoniosas y tiesas, que Clara les llegó á tomar antipatía,
porque siempre que iban á la casa dejaban allí una sombra de tristeza
que duraba mucho tiempo en el alma de la huérfana.

En los últimos años, Coletilla entraba, como hemos dicho, en el período
álgido de su frenesí político; la cólera era su estado normal, y era
cosa imposible que en su fanáticas obsesiones pudiera aquella alma
irascible tener cariños y finezas para la pobre compañera que tanto las
necesitaba. Por el contrario, mostrábase muy duro con ella; se estaba
sin hablarle semanas enteras; otras veces la reprendía con acrimonia y
sin motivo: la llamaba frívola y casquivana. Un día, al ver que la
desventurada se había peinado con menos sencillez que de ordinario, y se
había vestido, reformando un poco su natural elegancia con el poderoso
instinto de la moda, que las mujeres más apartadas del mundo poseen, la
riñó, repitiéndole muchas veces esta frase que le costó lágrimas á la
infeliz: "Clara, te has echado á perder." Otras veces le daba al viejo
por vigilarla, y le prohibía asomarse al balcón y abrir la puerta, es
decir, la abandonaba ó la martirizaba, según el estado de aquel espíritu
perturbador y cruel.

Clara se puso mala; se iba agostando con lentitud como el clavel que
crecía difícilmente en el patio de la escuela. Su melancolía creció, se
puso descolorida y extenuada, y llegó á hacer temer graves peligros
para su salud. Coletilla no pudo permanecer indiferente á la enfermedad
de su protegida, y trajo un médico el cual expresó su dictamen muy
brevemente, diciendo: "Si usted no manda á esta chica al campo se muere
antes de un mes."

El realista pensó que la muerte de aquella muchacha sería un
contratiempo. Recordó que su hermana vivía en Ateca con su familia, y
formó su plan.

Escribió dos letras y algunos días después Clara entraba en el pueblo
con el corazón rebosando de alegría.

Benéfica reacción se verificó en su salud, y su espíritu, tanto tiempo
abatido por el fastidio y el encierro, se reanimó con el pleno goce de
la Naturaleza y el trato de personas alegres que la atendían y la
amaban. Aquellos días fueron una segunda vida para la desdichada mártir,
porque se regeneró materialmente, adquiriendo lozanía, frescura y vigor:
sus ojos, acostumbrados á la obscuridad de cuatro paredes, recorrían ya
un largo horizonte: sus pasos la llevaban á grandes distancias: su voz
era escuchada por amigas joviales y francas, por jóvenes sencillos, por
viejos cariñosos; su alegría era comprendida y compartida por otros; sus
inocentes deseos satisfechos; conocía la amistad, la vida familiar, la
confianza; gozaba de un cielo hermoso, de un aire puro, de un bienestar
sobrio y tranquilo, de felices y no monótonos días, de sosegadas y
apacibles noches.

Pero durante la permanencia de Clara en Ateca pasaron cosas que
influyeron poderosamente en el resto de su vida. Vamos á referirlas,
porque de ellas se deriva casi toda esta historia; y por tan importantes
y graves, las dejamos para el capítulo siguiente, donde las verá el
lector, si está decidido á no abandonarnos.





CAPÍTULO VI



#El sobrino de Coletilla.#


Marta, la hermana de Elías, había quedado viuda con un hijo llamado
Lázaro, que después de estudiar Humanidades en Tudela, pasó á la
Universidad de Zaragoza. Era éste un mozo como de veintitrés á
veinticinco años, de agradable presencia, de ingenio muy precoz, de
imaginación viva, de palabra fácil y difusa, muy impresionable y
vehemente, y de recto y noble corazón.

Las nuevas ideas, que entonces conmovían profundamente el corazón de la
juventud, habían hallado en el joven Lázaro un creyente decidido. Era
uno de los que, brotados en el tumulto de un aula de Filosofía militaban
con pasión generosa en las filas de los propagadores políticos, entonces
tan necesarios.

Sucedió que los estudiantes zaragozanos trabaron una pendencia con los
socios de cierto club político; el asunto tomó proporciones, intervino
la autoridad universitaria, y Lázaro se vió obligado á salir de
Zaragoza, perdiendo curso. Esto pasaba en los días en que, destituido
Riego del mando de capitán general de Aragón, hubo en aquella ciudad
tumultos y manifestaciones, que el Gobierno quiso reprimir. Lázaro, que
estaba á punto de concluir la carrera, conoció la gravedad de su
situación y el disgusto que tendrían su madre y su abuelo, á quienes
amaba mucho. Quiso reclamar, pero fué inútil, y tuvo que retirarse á su
pueblo, triste, avergonzado y lleno de dudas y temores.

Pero al entrar en su casa, agitado por la zozobra y los remordimientos,
vió en compañía de su madre á una persona desconocida que desde el
primer momento le produjo una secreta impresión de alegría,
imponiéndole, sin saber por qué, consuelo y esperanza. Confesó lo que le
pasaba, sin disminuir la gravedad del caso, por lo cual don Fermín, su
abuelo paterno, se puso serio y quiso enfadarse, y su madre lloró un
poco. Pero la persona desconocida, que parecía estar allí para alegrar
la casa, disipó la cólera del primero y secó las lágrimas de la
segunda, mientras Lázaro, con la cabeza baja y humedecidos los ojos,
permanecía inmóvil delante de sus jueces y de su defensor sin decir
palabra, aunque á la verdad no era preciso, porque la joven le defendía
muy bien sin desplegar gran elocuencia, ni emplear otros recursos que su
claro y natural sentido, su acrisolado y generoso sentimiento.

El pobre Lázaro estaba tan turbado, que se le figuraba que aquella
persona era una aparición, un ser enviado del cielo para ampararle en
aquellos apurados momentos. Esperaba verla desaparecer al concluir su
misión, y la miraba con ese estupor silencioso que causa lo
sobrenatural y desconocido. No tenía antecedentes de aquella joven, ni
había sospechado que existiera y se encontrara allí. Pero la imagen no
se desvanecía, y, por el contrario, continuaba viéndola adornada con
todos los encantos físicos y morales que pueden poseer los ángeles de
este mundo.

No se habló más del asunto. Lázaro fué perdonado, pero no salió de sus
confusiones. Explicáronle quién era Clara y por qué estaba allí; más no
por eso pudo dominar el estudiante la respetuosa y fuerte sorpresa que
le había producido.

Estuvo encogido y como asombrado todo el día, y temblóle la voz cuando
quiso hablar con ella, y se calló al fin por temor de decir mil
disparates. Al día siguiente despertó con una alegría exaltada, á la que
sucedía bruscamente una tristeza sin igual. Su aturdimiento tomaba fases
muy diversas tan pronto se veía atacado de un apetito insaciable de
verbosidad que no podía contener; tan pronto hacía esfuerzos inauditos
para pronunciar una palabra, sin llegar á conseguirlo. Era un
polaticómano ferviente, y en Zaragoza se había distinguido por sus
elocuentes arengas en los clubs, que le habían dado mucha celebridad; en
sus conversaciones privadas se expresaba también con mucho entusiasmo y
corrección pero esta vez de todo hablaba menos de política. Parecía que
no existían ya para él ni la revolución francesa, ni el _Emilio_, de
Rousseau, ni las _Carta de Talleyrand_, ni el Diccionario, de Voltaire.
Se había olvidado de todo esto, y sólo pensaba en la fórmula más
expresiva y exacta para decirle á Clara que la había visto en sueños
aquella noche. Recurrió al sistema de las circunlocuciones, pensó
después en decirlo á secas y sin ambajes, acordóse de que las alegorías
se habían inventado para aquel caso, y probó todos los medios sin lograr
con ninguno su objeto.

Pasaron dos ó tres días sin que hallara un modo de ser explícito.
Cuando estaba solo, sí; entonces hablaba, hablaba consigo mismo, y aun
parecías entablar misteriosos diálogos con aquel hermoso espíritu, que
encontraba siempre en todas partes, acompañándole en sus soledades é
insomnios; espíritu lleno de luz y con formas de mujer, que brotaba del
seno mismo de la noche para mirarle inmóvil, callado y sereno. Delante
de esta sombra era Lázaro muy elocuente, y siempre acertaba á expresar
lo que sentía; y sentía tanto el pobre, que á veces le daba uno de esos
accesos vehementes, en que el organismo se conmueve todo, quebrantado y
oprimido por la enorme expansión del espíritu. Salía de la casa por no
hallarse bien en ella, y volvía á entrar por no hallarse bien fuera. Por
fin, había logrado formular un diálogo con Clara. La primera vez que
pudo hablar con ella un cuarto de hora seguido, se mostró muy enojado.
¿Enojado? ¿Porqué? Después empezó á darle las gracias. ¿Las gracias?
¿Por qué? Después le pidió perdón. ¿Perdón? ¿De qué? Y acto continuo le
dijo que se iba á volver loco. ¿Loco?... Su andar era errante. Se
dirigía á todas partes, y no llegaba á ninguna; se hallaba siempre donde
no quería estar. Pero á pesar de estas evoluciones de ciego, acontecía
que si Clara iba á alguna parte, ¡qué casualidad! encontraba en ella á
Lázaro que la esperaba.

El alma de la muchacha no estaba sujeta á estas extrañas perturbaciones.
Siempre sensible y feliz en su serenidad inocente, se dejaba llevar por
la corriente de una vida sin agitación ni contratiempos. En su sitio
propio, para dar paz al ánimo y descanso á la fantasía, vivía sin
sentirlo digámoslo así; y si alguna vez la entristecía algún
pensamiento, era el pensamiento de volver á la calle de Válgame Dios. La
amistad, casi desconocida por ella, fué entonces causa de que adquiriera
esa sutil delicadeza, que caracteriza los afectos femeninos, y esa
fluidez de ingenio que tanto los embellece y adorna.

Había en el pueblo otra joven de la misma edad é idéntico carácter,
llamada Ana, hija de un rico labrador. Ana y Clara se hicieron íntimas
amigas en pocos días de trato. Ibanse todas las tardes á una huerta
perteneciente al padre de Ana, y allí, entretenidas con sus labores, se
pasaban conversando largas horas. En esta comunicación de las dos
jóvenes, Clara se desarrollaba moralmente con una rapidez desconocida.
Para quien había pasado su juventud en compañía de un viejo excéntrico é
insociable, aquellas franquezas inocentes y el cambio simultáneo de
pensamientos, comunicados sin disimulo y en toda su hermosa sencillez
natural, realizaron en el alma de la huérfana una revelación de sí
misma, que fijó y fortaleció más su bello carácter.

Cuando las dos amigas iban á la huerta, la maldita casualidad hacía que
Lázaro pasara por la entrada precisamente en el mismo momento en que
ellas llegaban. La conversación empezaba todas las tardes á las cuatro,
y duraba basta el anochecer. Ni un solo día en todo el tiempo que pasó
Clara en Ateca dejaron de ir á la huerta las dos muchachas, y ni un solo
día dejó Lázaro de encontrarlas allí por casualidad. En aquellas
conversaciones, que eran cada vez más íntimas, se notaba algunas veces
que, por efecto de los accidentes del diálogo escénico, Ana callaba ó
hablaba aparte en voz baja, mientras el bueno del estudiante y la picara
Clara charlaban muy quedito y muy juntos el uno del otro. La cara,
angustiosa á veces, á veces pálida, ya animada, ya triste, del joven,
anunciaba que el tema del coloquio era muy interesante, ¿Qué decían? De
pronto unas largas pausas, en que uno y otro se quedaban mirando á la
tierra un buen rato, permitían á Ana alguna alusión ingeniosa, cuya
gracia alababa y reía ella sola. Clara y Lázaro parecía que no estaban
para risa. Callaban, hasta que un monosílabo aquí, un gesto allá,
volvían á estimular de nuevo la conversación. A veces él se ponía á
meditar como recapacitando lo que iba á decir; y él, que tan buena
memoria tenía, se encontraba con que se le habían olvidado (¡otra
casualidad!) los admirables trozos de elocuencia que tenía preparados.
¿Hablaban del pasado, del presente, del porvenir? ¿Trazaban un plan,
planteaban un proyecto? Es probable que nada de esto fuera objeto de
aquellos íntimos debates: no hacían sus voces otra cosa que expresar mil
inquietudes interiores, pintar ciertas turbaciones del espíritu,
formular preguntas intensamente apasionadas, cuyas réplicas aumentaban
la pasión; confesar secretos, cuya profundidad crecía al ser confesados;
hacer juramentos, manifestar ciertas dudas, cuya resolución daba origen
á otras mil dudas; pedir explicaciones de misterios, que engendran
misterios sin fin; explicar lo inexplicable, medir lo infinito, agotar
lo inagotable.

A veces interrumpía Ana estas comunicaciones impenetrables, diciendo:

--Pero, mujer, ¿no ves cómo va ese bordado? ¿En qué estás pensando?--

En efecto; Clara, que estaba bordando sobre cañamazo, con lanas de
colores, una cabecita de ángel rodeada por una guirnalda de flores, le
había hecho los ojos de estambre rojo y los labios con estambre negro;
las flores tenían todos los colores tan trastornados, que no se sabía lo
que aquello era. Al oír la observación de su amiga, Clara se puso del
color de los ojos del ángel.

Veinte y treinta días se pasan muy pronto cuando hay citas cuotidianas
en una huerta, diálogos anhelantes, dudas no resueltas, preguntas mal
contestadas y angelitos bordados con los labios negros. Así es que llegó
un día en que Lázaro se puso á jurar por todos los santos del cielo que
no permitía que Clara se fuera de allí. Se ponía fastidioso al tocar
este punto; repetía la misma cosa infinitas veces, y á lo mejor empezaba
á relatar un sueño que había tenido la noche anterior, del cual sueño se
desprendía la imposibilidad absoluta de que él y Clara se pudieran
separar. Ella se ponía muy pensativa y no decía palabra en media hora;
los pobres chicos miraban al cielo alternativamente, como si en el cielo
se hallara escrita la solución de aquel problema.

Se separaban. Clara depositaba sus amarguras en el seno de su amiga Ana.
Lázaro confiaba á las profundidades de la noche el gran vértigo que
sentía dentro de sí; no dormía, porque una serie interminable y
rapidísima de razonamientos confusos, mezclados con imágenes vagamente
percibidas, le sostenían en vigilia invencible y dolorosa. El día volvía
á darles esperanza, la tarde venía á unirlos, el anochecer volvía á
entristecerlos. Así se acercaba el día funesto.

Cuando se teme de ese modo la llegada de un día que nos ha de traer algo
malo, la imaginación tiene como una extraordinaria fuerza de odio, con
la cual personifica ese día que se detesta; la imaginación ve acercarse
este día, y lo ve en figura de no sé qué monstruo amenazador que avanza
con la mano alzada y la mirada llena de ira. Hay días en que el sol no
debiera salir.

Pero el designado para la vuelta de Clara á Madrid el sol, ¡qué
crueldad! salió. Sus primeros rayos llevaron la desolación al alma de
los dos jóvenes, amenazados de una separación. Parece que cuando se
verifica una separación de esa clase, cuando se disuelve y destruye esa
unidad misteriosa y fundamental de la vida humana, unidad constituida
por la totalidad complementaria de dos individuos, parece, decimos, que
debía ocurrir un cataclismo en la Naturaleza; pero eso que llamamos
comúnmente los elementos, es ciego é insensible. Se hunde un continente
y se chocan dos océanos por la más insignificante de esas causas
mecánicas que nacen en el centro de la materia; pero nada sucede, nada
se mueve en la inerte y ciega máquina del mundo, cuando se altera el
grande, el inmenso equilibrio de los corazones.

Aquella mañana sintió Lázaro un dolor desconocido. Avanzaba el día: el
estudiante fué á casa de Ana y la encontró llorando; se asustó de verla
llorar; volvió á su casa, quiso entrar en el cuarto donde Clara hacía
los preparativos de su viaje, pero se tuvo miedo á si mismo. La vió
salir después pálida y con los ojos cansados de llorar. Al ver que se
despedía de su madre y de su abuelo, Lázaro corrió fuera por temor de
que intentara también despedirse de él. Salió y anduvo á prisa mucho
tiempo; salió del pueblo y se internó en el camino, lejos, muy lejos del
pueblo. De pronto sintió el ruido da la diligencia, que se acercaba. El
joven se detuvo, retrocedió; la diligencia pasó rápidamente. Allí iba la
huérfana desolada, con el rostro oculto entre las manos. Las demás
personas que iban con ella se reían de verla así. Lázaro la nombró, la
llamó dando un fuerte grito, y sin darse cuenta de ello corrió tras el
coche larguísimo trecho, hasta que el cansancio le obligó á detenerse.
La diligencia desapareció.

Regresó al pueblo ya entrada la noche: al pasar por la huerta notó que
unos pájaros que acostumbraban dormir allí formaban diabólica algazara
con sus cantos disparatados y su inquieto aleteo. Apresuró el paso para
no oír aquello y entró en su casa. Su madre y su abuelo estaban muy
pensativos y melancólicos; ni les habló ni le hablaron. Quedóse solo; se
encerró y quiso leer un libro; quiso dormir, y quiso arrancarse de la
mente una como corona de hierro inflamado que se la quemaba y oprimía;
pero era imposible. Aquello era una irradiación, que, á ser visible,
hubiera parecido una aureola. En su fiebre se quedó aletargado, y en su
letargo le pareció que de su cabeza brotaban llamas vivísimas que no
podía sofocar, y que sus sesos hervían como un metal derretido.





CAPÍTULO VII



#La voz interior#.


Aquel muchacho era sumamente impresionable, nervioso, de temperamento
ideal, dispuesto á vivir siempre de lo imaginario. Nadie le igualaba en
forjar incidentes venideros, enlazándolos para hacer con ellos una vida
muy dramática y muy interesante; trabajaba involuntariamente con el
pensamiento en la elaboración de estas acciones futuras; y siempre tenía
ante la imaginación aquella gran perspectiva de hechos en que
desempeñaba la principal parte una sola figura, él solo, Lázaro. Esta
visión perpetua, fenómeno propio de la juventud, tenía en él
proporciones extraordinarias; su fantasía tenía una poderosa fuerza
conceptiva, y puede asegurarse que esta gran facultad era para él un
enemigo implacable, un demonio atormentador.

Con este carácter, fácil era que brotaran en él todas las grandes
pasiones expansivas, y que crecieran hasta llevarle á la exaltación. En
épocas como aquella, la política, el proselitismo, el espíritu de secta
engendraba grandes pasiones. El heroísmo cívico, la abnegación y esa
tenacidad catoniana que brillan en algunos personajes de todas las
revoluciones, la venalidad solapada, la traición, la sanguinaria
crueldad y el encono vengativo que se han visto en otros, provienen de
la pasión política. Lázaro tuvo esta pasión: sintió en sí el ardor del
patriotismo, creyóse llamado á ser apóstol de las nuevas ideas, y con
ardiente fe y noble sentimiento las abrazó.

¿Pero existen estas resoluciones inquebrantables sin mezcla de egoísmo?
Egoísmo sublime, pero egoísmo al fin. Lázaro tenía ambición. ¿Pero qué
clase de ambición? Esa que no se dirige sino al enaltecimiento moral del
individuo, que sólo aspira á un premio muy sencillo, á la simple
gratitud. Pero la gratitud de la humanidad ó de un pueblo es la cosa de
más valor que hay en la tierra. El que es digno de ella la tendrá,
porque un hombre puede ser ingrato; pero un pueblo en la serie de la
historia, jamás. En una vida cabe el error; pero en las cien
generaciones de un pueblo, que se analizan unas á otras, no cabe el
error, y el que ha merecido esa gratitud la tiene sin remedio, aunque
sea tarde.

Lázaro aspiraba á la gloria; quería satisfacer una vanidad: cada hombre
tiene su vanidad. La del joven aragonés consistía en cumplir una gran
misión, en realizar alguna empresa gigantesca. Cuál era esta misión, es
cosa que no sabía á punto fijo. Los jóvenes como aquél no gustan de
concretar las cosas porque temen la realidad; creen demasiado en la
predestinación, y engañados por la brillantez del sueño, piensan que los
sucesos han de venir á buscarlos, en vez de buscar ellos á los sucesos.

Después que se retiró de Zaragoza y fué á Ateca, una figura iba
perpetuamente unida á la suya en aquellas escenas futuras. ¡Insensato!
¿Qué piensas hacer de ella? Una reina. ¿De dónde? Será simplemente la
mujer de un gran hombre. Menos tal vez: la mujer de un hombre obscuro...
Concluía por concretar el objeto de todas sus quimeras á un retiro
pacífico, á un matrimonio feliz.

Pero era preciso meditar, trazar un plan, ver la manera más fácil de
unirse á ella.

Clara era huérfana, él pobre. He aquí dos contratiempos ocurridos desde
el principio. ¡Ah! Pero él trabajaría; sería activo, ingenioso, astuto.
Bien sabía él que tenía talento. ¿Pero debía ser un simple agricultor?
No: eso era poco para él. Debía ir á Madrid, hacerse oír, buscar un
nombre, un puesto. Esto sería cosa muy fácil para quien tenía tales
aptitudes. ¿No era seguro que al llegar Lázaro á la corte, centro
entonces, como ahora, de la actividad intelectual del país, adquiriría
nombre, posición, fortuna? Sin duda. Ya debían conocerle de oídas por
sus discursos pronunciados en Zaragoza. En aquel tiempo los jóvenes se
abrían paso fácilmente entre la multitud decrépita; aquellos que, con
todo el vigor de la fe y toda la fuerza de la edad primera, emprendían
la propagación de las nuevas ideas, se imponía infaliblemente,
adquiriendo una alta y envidiada posición social. El se creía superior,
¿á qué negarlo? En la profundidad de su conciencia sentía una voz que
sin cesar decía: "Yo valgo. Es preciso buscar los sucesos antes que
ellos vengan á buscarnos. Animo, pues."

Estos pensamientos eran los que ocupaban la mente de Lázaro en los días
que siguieron á la partida de Clara. Cuando su determinación se hizo
firme, vió con entusiasmo que su inteligencia adquirió más vigor y su
pecho más osadía. Parecíale que su voz era capaz de emitir los más
profundos, los más calurosos, los más verdaderos acentos en defensa de
los nobles principios de la época; le parecía que nada igualaba á su
facilidad de expresión, á su lógica terrible, á su frase pintoresca y
expresiva. En lo más callado de la noche, cuando en parajes solitarios
se entregaba á sus meditaciones, se oía, se estaba oyendo. Una voz
elocuente resonaba dentro de él, y mudo y reconcentrado asistía á las
maravillas é internas manifestaciones de su propio genio. Era auditorio
de sí mismo, y le parecía que jamás había tenido el verbo humano frases
más bellas, lógica más segura, entonación más vigorosa. Se aplaudía; le
parecía que en torno suyo multitud infinita de sombras aglomeradas le
aplaudían también; que resonaba un intenso palmoteo, cuyo fragor llenaba
toda la tierra.
    
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