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La Fontana de Oro
Author Language Character Set
Benito Pérez Galdós Spanish ISO-8859-1


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El portal era angosto y muy largo. Para llegar á la escalera, que estaba
en lo profundo, se corrían mil peligros á causa de las sinuosidades del
terreno, en el cual los hoyos, llenos de inmundicia, alternaban con
puntiagudos guijarros, alzados media cuarta. La escalera era angosta, y
sus paredes, blanqueadas en tiempo de Felipe V, cuando menos, se
hallaban en el presente siglo cubiertas de una venerable rapa de mugre,
excepto en la faja ó zona por donde rozaban los codos de los que subían,
la cual tenía singular pulimento. En uno de los tramos había, no un
candil, sino el sitio de un candil manifestado en una gran chorrera de
aceite hacia abajo, una gran chorrera de humo hacia arriba, y en la
convergencia de ambas manchas un clavo ennegrecido.

Llegaron al segundo, y el militar llamó. Sin duda, alguna persona
esperaba con impaciencia, porque la puerta se abrió al momento. Abrióla
una joven como de diez y ocho años de edad, que al ver el aspecto
abatido del viejo, y sobre todo al ver que un desconocido le
acompañaba, cosa sin duda muy rara en él, dejó escapar una exclamación
de temor y sorpresa.

"¿Qué hay? ¿Qué le ha pasado á usted?" dijo cerrando la puerta, después
que los dos estaban en el pasillo.

E inmediatamente marchó delante y abrió la puerta de una sala, donde
entraron los tres. El anciano no habló palabra, y se dejó raer en un
sillón con muestras de dolor.

"¿Pero está usted herido? ¿A ver? Nada--dijo la joven examinando con
mucha solicitud á Elías y tomándole la mano.

No ha sido nada--dijo el militar, que se había descubierto
respetuosamente,--no ha sido nada: pasaba hace un momento por la calle,
y cinco hombres soeces que le encontraron quisieron que cantara no sé
qué cosa, y el señor, que no estaba para cantos, se negó."

La joven miró al militar con expresión de estupor. Parecía no comprender
nada de lo que éste había dicho.

"Eran unos borrachos que quisieron hacerle daño; pero pasé yo
felizmente... No se asuste usted: no tiene nada."

Elías pareció un poco repuesto; apartó con despego á la joven, y su
semblante principió á serenarse.

"¡Ay! qué miedo he tenido esta noche--dijo la joven.--Esperándole hora
tras hora y sin parecer.... Luego esos alborotos en la calle.... A media
noche pasaron por ahí unos hombres gritando. Pascuala y yo nos
escondimos allí dentro, y nos sentamos en un rincón temblando de miedo.
¡Cómo gritaban! Después sentimos muchos golpes ... decían que iban á
matar á uno. Nosotras nos pusimos á llorar: Pascuala se desmayó; pero yo
procuré animarme, y juntas empezamos á rezar de rodillas delante de la
Virgen que está allí dentro. Después se fué alejando el ruido; sentimos
unos quejidos en la calle. ¡Ay! no lo quiero recordar. Todavía no se me
ha quitado el susto."

El militar oyó con interés estas palabras; pero sin dejar de oirlas
dirigió su atención á reconocer el sitio en que se hallaba y á examinar
el aspecto de la amable persona que en él vivía.

La casa era modesta; pero la sencillez y el aseo revelaban en ella un
bienestar pacífico.

La joven llamó su atención más que la casa. Clara (que así se llamaba,)
representaba más de diez y ocho años y menos de veintidós. Sin embargo,
estamos seguros de que no tenía más que diez y siete. Su estatura era
más bien alta que baja, y su talle, su busto, su cuerpo todo tenían las
formas gallardas y las bellas proporciones que han sido siempre
patrimonio de las hijas de las dos Castillas. El color de su rostro,
propiamente castellano también, era muy pálido, no con esa palidez
intensa y calenturienta de las andaluzas sino con la marmórea y fresca
blancura de las hijas de Alcalá, Segovia y Madrid. En los ojos negros y
grandes había puesto todos sus signos de expresión la tristeza. Su nariz
era delgada y correcta, aunque demasiado pequeña; su frente pequeña
también, pero de un corte muy bello; su boca muy hermosa y embellecida
más por la graciosa forma de la barba y la garganta, cuya voluptuosidad
y redondez contribuía á hacer de su semblante uno de los más
encantadores palmos de cara que se había ofrecido á las miradas del
militar desconocido, el cual (digámoslo de paso) era hombre corrido en
asuntos femeninos.

El peinado de Clara podía rigurosamente ser tachado de provinciano,
porque se alzaba en un moño de tres tramos sobre la corona. Este modo de
peinarse era ya desusado en la corte; pero la belleza suele generalmente
triunfar de la moda, y Clara estaba muy bien con su trenza piramidal. El
traje era de los que usaba entonces la clase no acomodada, pero tampoco
pobre, es decir, un guardapiés de tela clara con pintas de flores,
mangas estrechas hasta el puño, talle un poco alto y el corte del cuello
cuadrado y adornado de múltiples encajes.

La investigación del militar duró mucho menos de lo que hemos empleado
en describir la figura. Durante algunos segundos estuvieron los tres
personajes inmóviles el uno frente al otro sin decir palabra, hasta que
el viejo, como continuando una peroración interior, exclamó con un
repentino acceso de ira y lanzando de sus ojos rápidamente iluminados
una mirada feroz.

"¡Infames, perros! Quisiera tener en mi mano un arma terrible que en un
momento acabara con todos esos miserables. ¡Ah! Pero ellos no tienen la
culpa. Tienen la culpa los otros, los sabios, los declamadores, los que
les educan, esos malvados charlatanes que profanan el don de la palabra
en los infames conciliábulos de las Cortes. Tienen la culpa los
revolucionarios, rebeldes á su Rey, blasfemos de su Dios, escarnio del
linaje humano. ¡Oh, Dios de justicia! ¿No veré yo el día de la
venganza?"

El militar estaba atónito y algo corrido. Parecíale que aquello era una
réplica indirecta á su expresiva disertación del camino; y aunque se le
ocurrió contestarla, vió en el rostro de Elías una expresión de
contumacia y ferocidad que le intimidó. Su atención estaba en parte
reconcentrada en la compañera del realista. Clara miraba al viejo con la
indiferencia propia de la costumbre, y al mismo tiempo miraba á su
protector como si se avergonzara de la extrañeza que le causaban las
palabras del viejo.

El militar, poco cuidadoso al fin de las imprecaciones del realista,
comenzó á sentir interés hacia aquella pobrecilla, que, sin saber por
qué, le inspiró mucha lástima desde el principio.

Pero llegó un momento en que el joven sintió su situación embarazosa.
Elías continuaba en voz baja su soliloquio sin cuidarse de él; era
preciso marcharse; y eso de marcharse sin satisfacer un poco la
curiosidad y hablar otro poco con la joven, no le gustaba. Miró á Elías
con insistencia y se acercó á él; pero éste no daba muestras de fijar en
el otro la atención, ni tenía gratitud, ni afecto, ni cortesía, ni era,
al parecer, cortado por el común patrón de los demás hombres. Al fin,
viéndole tan abstraído, resolvió tomar pretexto de la protección que le
había dispensado para hacer hablar á la muchacha.

--No tema usted nada--le dijo en voz baja, apartándose hacia la
ventana.--No ha recibido golpe ninguno. Está aterrado por lo sorpresa y
la ira; pero se calmará.

--Sí, se calmará ... un poco.

--Y se pondrá contento.

--Contento, no.

--Cuidado: por usted no estará triste.

Esto, que podía pasar por una galantería, no hizo efecto ninguno en
Clara. Volvióse para mirar á Elías, que continuaba en la misma postura,
gesticulando á solas. De tiempo en tiempo profería sus adjetivos
predilectos "¡Malvados, perros!"

El militar arriesgó entonces la pregunta, y bajando más la voz, y
apartándose hasta llegar al hueco de la ventana, dijo:

"Tal vez será indiscreción la pregunta que voy á hacerle á usted;
pero me disculpa el gran interés que por ese caballero me he tomado,
y el deseo de servirle bien en lo que pueda. ¿Este señor está en su
cabal juicio?"

Clara miró al militar con expresión de gran asombro; y como si la
pregunta fuera una revelación, contestó:

--"¿Loco?..." Y después de una pausa, añadió encogiéndose de
hombros: "No sé."

La curiosidad del militar creció.

--No lo tome usted á agravio; pero su conducta, sus palabras en aquella
pendencia, lo sombrío de su aspecto, lo que ahora acaba de decir, me
hacen creer que padece una enajenación.

Clara miraba al joven con expresión que tenía algo de afirmativa.

--Yo no sé--dijo al fin.--El pobrecito padece mucho. Yo también padezco
de verle. No está nunca alegre: á veces creo que se me va á morir en un
arrebato de ira. Pasa las noches leyendo libros, escribiendo cartas, y á
veces habla consigo mismo como ahora. A Pascuala y á mí nos da mucho
miedo: la sentimos levantarse y pasear precipitadamente, dando vueltas
en este cuarto. De día sale temprano, y está fuera toda la noche.

El militar sintió aumentarse la compasión que Clara le inspiró desde el
principio, porque le parecía que aquella infeliz era una mártir, que
sufría resignada los atropellos de un loco.

--Pero usted--dijo con el mayor interés, ¿no es víctima de sus
bruscos ademanes? ¿No la maltrata á usted? Entonces sería cosa de
declararle rematado.

--¿A mí? No--dijo Clara;--no me ha maltratado nunca.

Parecerá extraño que Clara, sin conocer al militar, le hiciera
declaraciones que parecen de íntima confianza; pero esto, que en
circunstancias ordinarias sería raro, en este caso no lo era. Clara
había vivido siempre en compañía de aquel viejo: era huérfana, no tenía
parientes ni amigas, no salía nunca, no se comunicaba con nadie, se
consumía en el desierto de aquella casa, sin otra cosa que algunos
recuerdos y algunas esperanzas que luego conoceremos. Su carácter era
extremadamente sencillo: un incidente imprevisto le ponía delante á un
hombre cortés y generoso que para satisfacer su curiosidad empleaba
hábiles recursos de conversación, y ella le dijo lo que quería saber; se
lo dijo obedeciendo á una poderosa necesidad de desahogo, hija de su
aislamiento y melancolía.

El curioso no se atrevía á continuar investigando: ya iba á despedirle
mal de su grado, cuando Clara vió que tenía una mano ensangrentada, y
exclamó sobrecogida:

--¡Está usted herido!

--No es nada: un rasguño.

--Pero sale mucha sangre. ¡Jesús! tiene usted la mano destrozada.

--¡Oh! no es nada.... Con un poco de agua....

--Voy al momento.

Clara se marchó muy á prisa y volvió á poco rato, entrando en la
habitación inmediata: traía una jofaina, que puso sobre la mesa, y llamó
al militar, que no tardó en acercarse.

--¿Y tiene familia?--dijo éste tocando el agua con la mano para ver si
estaba muy fría.

--¿Familia?--contestó Clara con su naturalidad acostumbrada.--No: me
quería mucho. Yo deseo tanto que se le quiten de la cabeza esas
manías.... Antes era muy bueno para mí, y estaba muy alegre.... Yo era
muy niña entonces.

--Antes era muy bueno. ¿Y ahora no lo es?

--Sí; pero ahora.... Como tiene tantas cosas en qué pensar....

--¿Y desde cuando ha variado?

--Hace mucho tiempo, cuando hubo muchos alborotos y dijeron que iban á
matar á ... ¿al Rey?... no sé á quién. Pero antes de eso, ya estaba casi
siempre alterado. Cuando yo era muy niña ... No ... entonces salíamos
los domingos á paseo, y me llevaba á Chamartín y comíamos en el campo
con Pascuala.

--¿Y ahora no sale usted nunca de aquí?

--Nunca--dijo Clara, como si aquella soledad en que vivía fuera la cosa
más natural del mundo.

El militar se interesaba cada vez más por la persona que tan
repentinamente había conocido. Cada vez sospechaba más que aquella
infeliz era víctima de las brutalidades del fanático. Desde el sitio en
que se hallaba, veía al viejo sentado en un sillón y entregado á su mudo
frenesí. Mirando después á Clara, cuya gracia sencilla y melancólica
franqueza formaban contraste con el terrible realista, se aumentó su
confusión, su curiosidad y sus temores.

--¿Y usted no sale para distraerse, para ver y reponerse de estar aquí
encerrada tanto tiempo?--le dijo casi conmovido.

--¿Yo?... ¿para qué salgo? Me pongo triste cuando salgo. No veo la calle
sino cuando voy á las Góngoras los domingos muy temprano; pero al verme
fuera, me parece que estoy más sola que aquí.

--¿Y él no tiene empeño en que usted se divierta, en que pase
agradablemente la vida?--dijo el militar casi asustado de su curiosidad
y mirando de soslayo á Elías para ver si atendía á su conversación.

--¿El? Pero yo no quiero divertirme ... porque ... ¿qué voy yo hacer
fuera de aquí? El dice que debo estar siempre en la casa.

--¿Pero usted no trata á nadie, no ve á nadie?

--A Pascuala, que me quiere mucho.

Ya el militar tenía ganas de saber quién era aquella Pascuala.

--¿Y esa Pascuala es amiga de usted?

--Es la criada.

--Ya... ¿Y no tiene usted más amiga? A la edad de usted es natural y
conveniente la amistad de las jóvenes, y, sobre todo, no se puede vivir
de esa manera. Es preciso....

--Yo estoy bien así. El dice que no debo conocer á nadie.

--¿Y la obliga á usted á llevar esta vida tan triste?

--No me obliga. Yo, si quisiera, podría salir. El no está nunca aquí.
Pero yo ... Dios me libre ... ¿A dónde había de ir?

El militar no sabía qué pensar. ¿Qué relaciones existían entre aquel
monomaníaco y aquella joven? ¿Sería su padre, su marido?...--No--decía
para sí.--Es repugnante sospechar que puedan existir los vínculos del
matrimonio entre los dos.

--No extrañe usted mis preguntas--dijo, continuando con
ansiedad;--pero me interesan mucho ustedes dos. ¿Y á él nadie le
visita, nadie viene á verle?

--Conoce mucho á unas señoras, que llaman las señoras de Porreño. Son
nobles y fueron muy ricas.

--¿Y vienen aquí?

--Muy pocas veces. Él las quiere mucho.

--Y esas, que presumo serán personas de buenos sentimientos, ¿no le
tienen á usted cariño, no la quieren?

--¿A mí? Una vez me dijeron que yo parecía ser una buena muchacha.

-¿Y nada más? ¿No le han dicho más?

--¡Ah! son muy buenas. El dice que son muy buenas. Una de ellas dicen
que es santa.

Estas declaraciones eran hechas por Clara con una ingenuidad tan
espontánea, que conmovía al que pudiera oirlas. Para que el lector, que
aún no conoce la infinita bondad de este carácter, no estrañe la
franqueza leal y la sublime indiscreción de la pobre Clara, añadiremos
que durante años enteros esta desgraciada no veía más persona que don
Elías, Pascuala, y á veces, muy de tarde en tarde, las tres melancólicas
efigies de las señoras de Porreño. Su vida era un silencio prolongado y
un hastío lento. Tan solo pudieron reanimarla y darle alguna felicidad
los cuarenta días que, seis meses antes de estos sucesos, había pasado
en Ateca, pueblo de Aragón, á donde Elías la mandó para que disfrutara
del campo. Más adelante veremos por qué tomó Elías esta determinación, y
lo que resultó del viaje de Clara.

--Pero es posible--continuó el militar, olvidado de que Elías estaba
cerca--¿es posible que pase usted la vida de esta manera, sin más
compañía que la de ese hombre? ¿Y no ha salido usted nunca de aquí, no
ha ido al campo?

--Sí; estuve unos días fuera, hace seis meses.

--¿En dónde?

--En Ateca. El me mandó. Me puse mala, y fuí allá á restablecerme.
Estuve en su pueblo.

--Ya.--dijo el militar, contento de haber encontrado un motivo, aunque
pequeño, para suponer que aquel hombre no era enteramente feroz.

--¿Y lo pasó usted bien?

--¡Ah! sí: me alegré mucho de estar allí.

--¿Y no quiera usted volver?

--¡Oh! sí,--exclamó Clara, sin poder contener una exclamación expansiva.

--Usted no debe estar aquí; usted tiene el corazón más bondadoso que
puede existir. ¿Para qué, sino para la sociedad, puede haber creado Dios
un conjunto de gracias y méritos semejante? ¡A cuántos podría usted
hacer felices! ¿No ha pensado en esto? Piense usted en esto.

Clara no pareció hacer caso de la galantería. Quedó en silencio y
con los ojos bajos, tal vez ocupada en _pensar en aquello_, como el
joven le aconsejó. ¿Quién sabe cuáles serían sus reflexiones en
aquellos momentos?

El curioso esperaba una contestación, cuando Elías, mirando hacía la
habitación en que hablaban, exclamó:

"¡Clara, Clara!"

El militar se dirigió rápidamente hacia él, y disimulando su
turbación, le dijo:

"Caballero, no he querido marcharme hasta estar seguro de su mejoría.
Aquí le contaba á esta niña el caso, y le hacía una relación de la
imprudencia de aquellos hombres. Ya le veo á usted tranquilo y fuerte, y
me retiro, diciéndole que puede disponer de mí para cuanto yo pueda
serle útil.

--Gracias--contestó secamente Elías.--Clara, acompaña á este caballero.

Era preciso retirarse; ya no había pretexto alguno para permanecer allí.
Su mano estaba perfectamente vendada, y su protegido le había indicado
la puerta. El impresionable joven no sabía que hacer para no salir. Miró
á Clara para ver si leía en sus ojos el deseo de que no se marchara;
pero ella manifestaba la mayor indiferencia, y hasta se había adelantado
á abrir la puerta.

No había mas remedio. El militar tendió una mano al realista, que alargó
dos dedos fríos y huesosos, y salió de la sala; al llegar á la puerta,
quiso entablar de nuevo la conversación; pero la reverencia que le hizo
la joven acabó de desesperarle. Salió, y se paró fuera otra vez.

--No olvide usted lo que le he dicho. Usted no puede vivir de esta
manara--dijo, bajando el primer escalón.--Es preciso que usted...

--¡Clara, Clara!--exclamó el fanático desde dentro con voz fuerte."

Clara cerró la puerta, y el militar se quedó cortado y aturdido en la
escalera. Su primer intento fué llamar otra vez, llamar hasta que ella
saliera; pero reflexionó en lo imprudente de semejante conducta. Bajó
con lentitud.--¿Qué misterio hay en esta casa?--decía para sí.--Al
hallarse en la calle, sintió mas viva su curiosidad, y la compasión
hacia la joven era mas intensa.--¿Es su hija, es su mujer, es su
sobrina, es su protegida?--exclamó.--¡Oh! No es posible renunciar á
saber los secretos de esta casa. ¿Cómo renunciar á oírlos de la boca de
Clara, que los contaba con tanta ingenuidad?

Anduvo un buen trecho por la calle, y se paró, miró á la casa. Ella
misma no me recibirá--dijo:--esto ha sido una casualidad. Y si vuelvo
¿con qué pretexto?... ¡Cuánto debe padecer esa infeliz! Tiene cara de
sufrir mucho ... en compañía de esa fiera, sin ver á nadie ni hablar
con nadie....

Maquinalmente se dirigió otra vez á la casa, y continuando su
soliloquio, decía:--Tal vez la riña por haber hablado conmigo; tal vez,
aparentando distracción, oyó cuanto me dijo, se habrá ofendido y la
maltratará.

Entró, subió, procurando no ser sentido. Llegó á la puerta y se detuvo.
Su mano tornó maquinalmente el cordón de la campanilla. Si hubiera
sentido el menor rumor de disputa; si hubiera sentido la voz agria del
viejo, habría llamado con todas sus fuerzas. Pero nada sintió; aplicó el
oído. Un silencio sepulcral reinaba en la casa. De repente sintió una
voz de mujer que cantaba, sintió pasar una persona rápidamente por el
pasillo en que estaba la puerta; sintió el ruido del traje, rozando con
las paredes al correr, y sintió la voz, la voz que, al pasar tan cerca,
resonó con timbre delicado y expresivo. Era Clara, que cantaba y corría.
¿Era acaso feliz? Nuevo misterio.

El curioso se sintió más confundido: soltó el cordón, y paso á paso, y
muy quedito, bajó mirando á todos lados con cautela como un ladrón.
Salió á la calle: marchó resuelto á alejarse: llegó á la esquina, se
paró, miró á la casa, y al fin, tomando una resolución, emprendió su
camino en dirección á su casa, donde le dejaremos por ahora preocupado y
aturdido; para volver á ocuparnos de los amigos de la calle de Válgame
Dios, cuya vida y caracteres necesitan historia y explicación.





CAPÍTULO IV



#Coletilla.#


El hombre extraño, que conocemos con el nombre de Elías, nació allá en
el año 1762 en el pueblo de Ateca, lugar aragonés que se encuentra como
vamos de Sigüenza á Calatayud. Fueron sus felices padres Esteban Orejón
y Valdemorillo y Nicolasa Paredes: él, labrador honrado; ella, hija
única del vinculero más rico del vecino pueblo de Cariñena. A los nueve
meses justos de matrimonio nació un tierno vástago que, por las
circunstancias que á la preñez y al parto acompañaron, á grandes empresas
y notables prodigios estaba destinado. Es el caso que doña Nicolasa tuvo
allá por el quinto mes un sueño extraordinario, en el cual vió que el
fruto de su vientre, ya crecido y entrado en años, era arrebatado al
cielo en un carro de fuego; más tarde la buena señora daba en soñar
todas las noches que su hijo era consejero del Despacho, padre
provincial, venticuatro, racionero, deán y hasta obispo, rey, emperador
ó, cuando menos, papa ó archipapa.

Llegó al fin el alumbramiento, y encomendándose á Dios y á cierto
comadrón que había en Ateca, hombre de gran ingenio, dió á luz un niño,
el cual no entró en el mundo con señales de elegido entre los elegidos,
sino tan flaco, enteco y encanijado, que no parecía sino que su madre,
distraída en aquel perpetuo soñar de coronas y tiaras, había apartado su
organismo de la nutrición del muchachejo.

Pero aunque éste nació como cualquier hijo del hombre, no por eso
dejaron de verificarse al exterior algunos prodigios. Observóse en el
cielo de Ateca la conjunción nunca vista de las siete Cabrillas con
Mercurio; la luna apareció en figura de anillo, y al fin salió por el
horizonte un cometa que se paseó por la bóveda del cielo como Pedro por
su casa. El boticario del pueblo, que se daba á observar los astros,
entendía algo de judiciaria y tenía sus pelos de nigromante, vió todas
aquellas cosas celestiales aparecidas en el cielo de Ateca, y dijo con
gran solemnidad que eran señales de que aquel niño sería pasmo y gloria
del universo mundo. La conjunción significaba que dos naciones se
unirían contra él; el cometa que él los vencería á todos, y el anillo de
la luna á cualquiera se le alcanzaba que era signo de la inmortalidad.

"Porque--decía don Pablo (que así se llamaba el boticario)--á mi no se
me escapa nada en esto de círculos celestiales; y cosa que yo barrunto,
ello ha de ser verdad, como esto es chocolate."

Efectivamente: chocolate, y del mejor de Torroba, era el que durante los
solemnes augurios tomaba, merced á la gratitud generosa de los Orejones.

En el bautismo hubo un holgorio que déjelo usted estar. Hubo en gran
abundancia vino aragonés, grandes ensaimadas, bollos de á cuarta,
hogazas de á media vara, gran pierna de carnero, pimientos riojanos y
unos bizcochos como el puño, fabricados por las monjas del Carmen
Descalzo de Daroca. El más obsequiado era don Pablo á causa de sus
augurios, que él consideraba dignos de grabarse en bronces y pintarse en
tablas. Entusiasmado por la generosidad con que pagaban sus trabajos
astronómicos, compuso una décima en que llamaba á los Orejones
_protectores de la ciencia_.

El niño crecía. Inútil es decir que durante su infancia parecían
adquirir fundamento las esperanzas de sus padres. ¡Qué precocidad! Todo
lo que el niño hacía era prodigioso nunca visto ni oído. Abría la boca
para articular una sílaba: ya había dicho una sentencia. ¿Pedía la teta?
Aquello era, según la opinión del astrólogo, un incomprensible aforismo.
Pasaban dos, cuatro y seis años, y con la edad crecía la fama del joven
Orejoncito.

¿Sabe usted lo que he visto, señora Nicolasa?--decía el farmacéutico
un día con cierto tono de misterio que asustó á la buena mujer.

--¿Qué hay, señor don Pablo Bragas?

--Que Elisico estaba ayer jugando con unas gallinas, y les pegaba á los
pollos con una caña, que á ser manejada por más fuertes manos, no les
dejara con vida. "Muchacho, le dije: ¿por qué castigas á esos
animalejos?" "Porque son pollos, contestó, y los quiero matar."--"¿Y qué
te han hecho, verduguillo."--"Les estoy mandando que digan _pío_, y no
quieren." Vea, usted, señora doña Nicolasa, vea usted. Esto está fuera
de lo común, por la sentencia y el gran tuétano que encierra: _Quia
pulii sunt_. Lo mismo dijo el Dialéctico cuando zurraba á los
jansenistas: _Quia, heretici sunt!_

Doña Nicolasa Paredes, dicho sea en honor de la verdad, no comprendía
muy bien el _tuétano_ que encerraban las palabras de su hijo; pero
agradecida á las cariñosas profecías de don Pablo Bragas, tendió un
mantel y puso delante del amigo una taza de sopas en caldo gordo, que
darían rabia á un teatino.

Elías creció mas, y siguiendo la discreta opinión de un lector del
convento de dominicos de Tarazona, que fué á predicar á Ateca el día de
la Patrona del pueblo, le mandaron á estudiar humanidades con los padres
de dicho convento. Ya tenía doce años; allí creció su reputación, y á
poco fué tan gran latino, que ni Polibio, ni Eusebio, ni Casiodoro se le
igualaran.

Tenía quince años cuando se celebró un consejo de familia para resolver
si se le mandaba al Seminario de Tudela ó á la Universidad de Alcalá;
pero al fin fueron tantas y de tanto peso las razonas de don Pablo
Bragas en favor de la Complutense, que se adoptó su dictamen. El
prodigio de la Naturaleza fué puesto sobre un macho, en compañía da unas
alforjas que encerraban algunas, tortas y dos azumbres de vino, y
después de algunos lloriqueos de doña Nicolás y de algunos dísticos que
ensartó el de los astros, Elías partió en dirección de la patria del
inmortal Cervantes, adonde llegó en cuatro días: de viaje.

Entonces doña Nicolasa tuvo una hija. Ningún trastorno sufrió la
Naturaleza en su nacimiento.

Elías estudió en Alcalá cánones y teología. Durante sus estudios, en
que mostró grande aplicación, los maestros no cesaron de poner en las
mismas nubes al que tanto honraba la ilustre estirpe de los Orejones.
Unos esperaban en él un Luis Vives, otros un Escobar, cuál un Sánchez,
cuál un Vázquez ó un Arias Montano. Y efectivamente, el joven era
aplicado. Pasábase las noches en vela, devorando á Eusebio, á Cavalario
y á Grotius. Atarugábase con enormes raciones diarias del libro _De
locis teologices,_ y cuando iba á clase descollaba entre todos.
Entonces principiaron á marcarse los rasgos fundamentales de su
carácter, el cual consistía en orgullo muy grande, unido á gran
sequedad de trato y á rigidez de maneras, por lo cual sus compañeros no
le tenían ningún cariño.

Pero su reputación de sabio era general. Fué á su pueblo, y al entrar en
él lo primero que vió fué la venerable efigie de don Pablo Bragas, que
le saludó con un pomposo arqueo de cintura. Junto á él estaban el
alcalde, el cura y lo más notable de Ateca, incluso el herrador. Bragas
sacó un papel del bolsillo y leyó un discurso, mitad en latín y mitad en
castellano, que aplaudieron todos menos el obsequiado. En la casa le
esperaban la señora Nicolasa, que se estaba poniendo vieja, y Orejón
_senior,_ que se conservaba muy fuerte. Su pequeña hermana era ya una
muchacha; pero la pobre más fama tenía de traviesa que de sabía. Hubo
una pequeña fiestecilla de confianza con abundancia de bollos, de los
cuales la mitad (sea dicho en honor de la imparcialidad) fueron
consumidos por don Pablo Bragas.

En el pueblo continuó Elías consagrado al estudio. Su sequedad aumentó,
y se determinó más su orgullo; pero los padres no notaban tal cosa, y
estaban amartelados con el joven. Si alguna vez los ofendía
momentáneamente la rigidez de su trato, contentábanse luego con oír de
boca de Bragas un panegírico, cuyo epílogo era siempre tazón de
chocolate ó magra de gran calibre.

Elías tenía treinta años cuando marchó á la Corte. No sabemos si él, al
tomar esta determinación, soñó con adquirir la gloria que los astros,
por boca de un sabio, habían anunciado. El, sin duda, tenía dispuesto
algún plan. Al llegar á Madrid trabó relaciones muy íntimas con los
Padres del convento de Trinitarios, que eran sabios como unos templos.
Hizo asimismo estrechas relaciones con un señor de la nobleza
perteneciente á la casa ilustre de los Porreños y Venegas, marqueses de
la Jarandilla; y tomó tal afición á esta familia, que la sirvió
fielmente en la prosperidad, y fué su mayordomo, aun después de la ruina
de la casa, acontecida al fin de la guerra. Al estallar ésta en 1808,
Elías dejó sus costumbres sedentarias, sus Pandectas, su Digesto y sus
Dacretales, para militar en las filas de Echevarri y el Empecinado;
hizo con el primero toda la campaña de Navarra, y organizó una porción
de somatenes en Castilla al pasar Napoleón de vuelta de Madrid.

Concluida la guerra, pasó por su pueblo: su padre había muerto; su
hermana era ya mujer y se había casado con un pariente labrador; su
madre estaba tullida y enferma. Bragas había perdido su buen humor y su
afición á los astros; pero no su amor á Elisico, ni el convencimiento
profundo de que _dos naciones se unirían contra él, y que él las
vencería á las dos_.

En Ateca supo el incremento que tomaba el partido constitucional y el
entusiasmo con que en toda la Península era mirada la Asamblea de Cádiz.
Advirtamos que Elías detestaba de muerte á los constitucionales. Aquel
hombre, que desde que tuvo uso de razón no vivió sino con la
inteligencia, ni en su juventud experimentó los naturales sentimientos
de amistad y afecto, estaba á los cuarenta años enardecido con una
fuerte y violentísima pasión. Esta pasión era el amor al despotismo, el
odio á toda tolerancia, á toda libertad; era un realista furibundo,
atroz, y su fanatismo llegaba hasta hacerle capaz de la mayor
abnegación, del sacrificio, del martirio. Su carácter era apasionado por
naturaleza, aunque los asiduos estudios le habían comprimido y
desfigurado. Pero al llegar á aquella época, en que era imposible á todo
español apartar la vista del gran problema que se trataba de resolver,
la escondida vehemencia de sentimientos de Elías se manifestó, y no en
forma de amor, ni de avaricia, ni de ambición: se manifestó en forma de
pasión política, de adhesión frenética á un sistema y odio profundo al
contrario.

Como consecuencia de esta evolución de su carácter, se desarrollaron en
él una fuerza de voluntad y una energía tales, que le hubieran llevado á
los más grandes hechos, á tener ocasión para ello. Su inteligencia, que
era muy perspicaz y cultivada del modo que hemos dicho, prestaba más
fuerza á aquel sentimiento exagerado; y el consorcio extraño de sus
facultades intelectuales con su gran pasión, unido á su trato indomable,
hacía de él uno de esos seres monstruosos, que la observación
superficial califica ligeramente de este modo: un loco.

Hundido el sistema constitucional en 1814, Elías fué feliz; pero no por
eso vivió tranquilo, porque comenzó á tomar parte en la vida activa de
la política, que es en todas ocasiones una vida poco agradable. Trabó
amistad con el duque de Alagón, individuo de la odiosa camarilla;
entraba en los conciliábulos de Palacio, y se _honró_ con la amistad de
aquel príncipe que deshonró á su patria. Entonces tomaba parte en los
sordos manejos de aquella corte infame.

Pero vino el año 20, y nuestro personaje entró en el período de rabia
crónica, de desorden moral y frenética tenacidad en que le hemos
conocido. Ya sabemos poco más ó menos cómo vivía: su actividad había
redoblado, y conspiraba con una constancia de que no se ha visto
ejemplo. En relaciones secretas con la corte, procuraba organizar una
reacción, y todos los medios se adoptaban si conducían al fin deseado.
Iba á los clubs, atizaba alborotos, frecuentaba las reuniones de
realistas y aun de los liberales. Todo lo averiguaba y lo aprovechaba
todo. Pero ya sonaban públicamente algunas acusaciones contra él; ya se
decía que había pertenecido á la camarilla: ya se le indicaba como
conspirador, y más de una vez se vió amenazado por gentes que pretendían
conocerle ó le conocían en efecto.

Todos los que le conocían de vista en los círculos patrióticos le
llamaban _Coletilla_, apodo elaborado en la barbería de Calleja, algunos
días después del famoso aditamento que puso el Rey al discurso de la
Corona. Aquel apéndice literario, que tan mal efecto produjo, era
designado en el pueblo con la palabra _Coletilla_. La idea de que Elías
era amigo del Rey, unió en la mente del pueblo la persona del fanático y
aquella palabra: los nombres que el pueblo graba en la frente de un
individuo con su sello de fuego, no se borran nunca. Así es que Elías se
llamaba así, para todo el mundo.

Sus pocos amigos únicamente se cuidaban bien de nombrarle así.

Concluiremos consagrando un recuerdo á uno de los principales héroes de
este capítulo. Nuestro amigo don Pablo Bragas murió en Ateca á los
noventa y un años de edad, de calenturas gástricas, debidas al doble
efecto de un hartazgo de salpicón y de un constipado que cogió
examinando la conjunción de Arcturus con Marte en una noche de Enero.

Desde entonces la astronomía está en Ateca en lastimosa decadencia.
    
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