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muestra de la Villa. Tendieron su mirada de águila por las estrechas
paredes, las gruesas columnas y el pesado techo del local, y unánimes
convinieron en que lo principal era poner unos capiteles á aquellas
columnas. Improvisaron unas volutas, que parecían tener por modelo las
morcillas extremeñas, y las clavaron, pintándolas después de amarillo.
Se pensó después en una cenefa que hiciera el papel de friso en todo lo
largo del salón; mas como ninguno de los artistas sabía tallar
bajo-relieves, ni se conocían las maravillas del cartón-piedra, se
convino en que lo mejor sería comprar un listón de papel pintado en los
almacenes de un marsellés recientemente establecido en la calle de
Majaderitos. Así se hizo, y un día después la cenefa, engrudada por los
mozos del café, fué puesta en su sitio. Representaba unos cráneos de
macho cabrío, de cuyos cuernos pendían cintas de flores que iban á
enredarse simétricamente en varios tirsos adornados con manojos de
frutas, formando todo un conjunto anaecreóntico-fúnebre de muy mal
efecto. Las columnas fueron pintadas de blanco con ráfagas de rosa y
verde, destinadas á hacer creer que eran de jaspe. En los dos testeros
próximos á la entrada, se colocaron espejos como de á vara; pero no
enterizos, sino formados por dos trozos de cristal unidos por una barra
de hojalata. Estos espejos fueron cubiertos con un velo verde para
impedir el uso de los derechos de domicilio que allí pretendían tener
todas las moscas de la calle. A cada lado de estos espejos se colocó un
quinqué, sostenido por una peana anaecreóntico, donde se
apoyaba el receptáculo; y éste recibía diariamente de las entrañas de
una alcuza, que detrás del mostrador había, la substancia necesaria para
arder macilento, humeante, triste y hediondo hasta más de media noche,
hora en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba á un lado y otro como
quien dice _no_, y se extinguía, dejando que salvaran la patria á
obscuras los apóstoles de la libertad.
El humo de estos quinqués, el humo de los cigarros, el humo del café
habían causado considerable deterioro en el dorado de los espejos, en el
amarillo de los capiteles, en los jaspes y en el friso clásico. Solo por
tradición se sabía la figura y color de las pinturas del techo, debidas
al pincel del peor de los discípulos de Maella.
Los muebles eran muy modestos; reducíanse á unas mesas de palo, pintadas
de color castaño simulando caoba en la parte inferior, y embadurnadas de
blanco para imitar mármol en la parte superior, y á medio centenar de
banquillos de ajusticiado, cubiertos con cojines de hule, cuya crin, por
innumerables agujeros, se salía con mucho gusto de su encierro.
El mostrador era ancho, estaba colocado sobre un escalón, y en su
fachada tenía un medallón donde las iniciales del amo se entrelazaban en
confuso jeroglífico. Detrás de este catafalco asomaba la imperturbable
imagen del cafetero, y á un lado y otro de éste, dos estantes donde se
encerraban hasta cuatro docenas de botellas. Al través de la mitad de
estos cristales se veían también bollos, libras de chocolate y algunas
naranjas; y decimos la mitad de los cristales, porque la otra mitad no
existía, siendo sustituida por pedazos de papel escrito, perfectamente
pegados con obleas encarnadas. Por encima de las botellas, por encima
del estante, por encima de los hombros del amo, se veía saltar un gato
enorme, que pasaba la mayor parte del día acurrucado en un rincón,
durmiendo el sueño de la felicidad y de la hartura. Era un gato
prudente, que jamás interrumpía la discusión, ni se permitía maullar ni
derribar ninguna botella en los momentos críticos. Este gato se llamaba
Robespierre.
En el local que hemos descrito se reunía la ardiente juventud de 1820.
¿De dónde habían salido aquellos jóvenes? Unos salieron de las
Constituyentes del año 12, esfuerzo de pocos, que acabó iluminando á
muchos. Otros se educaron en los seis años de opresión posteriores á la
vuelta de Fernando. Algunos brotaron en el trastorno del año 20, más
fecundo tal vez que el del 12. ¿Qué fué de ellos? Unos vagaron
proscriptos en tierra extranjera durante los diez años de Calomarde;
otros perecieron en los aciagos días que siguieron á la triste victoria
de los cien mil nietos de San Luis. Entre los que lograron vivir más que
el inicuo Fernando, algunos defendieron el mismo principio con igual
entereza; otros, creyendo sustentarle, tropezaron con las exigencias de
una generación nueva. Encontráronse con que la generación posterior
avanzaba más que ellos, y no quisieron seguirla.
Al crearse el club, no tuvo más objeto que discutir en principio las
cuestiones políticas; pero poco á poco aquel noble palenque, abierto
para esclarecer la inteligencia del pueblo, se bastardeó. Quisieron los
fontanistas tener influencia directa en el gobierno. Pedían solemnemente
la destitución de un ministro, el nombramiento de una autoridad.
Demarcaron los dos partidos _moderado y exaltado_, estableciendo una
barrera entre ambos. Pero aún descendieron más. Como en la _Fontana_ se
agitaban las pasiones del pueblo, el Gobierno permitía sus excesos para
amedrentar al Rey, que era su enemigo. El Rey, entre tanto, fomentaba
secretamente el ardor de la _Fontana_, porque veía en él un peligro para
la libertad. La tradición nos ha enseñado que Fernando corrompió á
alguno de los oradores é introdujo allí ciertos malvados que fraguaban
motines y disturbios con objeto de desacreditar el sistema
constitucional. Pero los ministros, que descubrían esta astucia de
Fernando, cerraban la _Fontana_, y entonces ésta se irritaba contra el
Gobierno y trataba de derribarlo. Fomentaba el Rey el escándalo por
medio de agentes disfrazados; ayudaba el club á los ministros; éstos le
herían; vengábase aquél, y giraban todos en un círculo de intrigas, sin
que los crédulos patriotas que allí formaban la opinión conociesen la
oculta transcendencia de sus cuestiones.
Pero oigamos á Calleja que pide á voz en cuello que comience la sesión.
Dos elementos de desorden minaban la _Fontana_: la ignorancia y la
perfidia. En el primero ocupaba un lugar de preferencia el barbero
Calleja. Este patriota capitaneaba una turba de aplaudidores semejantes
á él, y la tal cuadrilla alborotaba de tal modo cuando subía á la
tribuna un orador que no era de su gusto, que se pensó seriamente en
prohibirle la entrada.
En la noche á que nos referimos, nuestro hombre daba con sus pesadas
manos tales palmadas, que sonaban como golpes de batán y los demás
metían ruido dando porrazos en el suelo con los bastones. En vano pedían
silencio y moderación los del interior, personas entre las cuales había
diputados, militares de alta graduación, oradores famosos. Los
bullangueros no callaron hasta que subió á la tribuna Alcalá Galiano.
Era éste un joven de estatura más que regular, erguido, delgado, de
cabeza grande y modales desenvueltos y francos. Tenía el rostro
bastante grosero, y la cabeza poblada de encrespados cabellos. Su boca
era grande, y muy toscos los labios; pero en el conjunto de la fisonomía
había una clara expresión de noble atrevimiento, y en su mirada profunda
la penetración y el fuego de los ingenios de la antigua raza.
Comenzó á hablar relatando un suceso de la sesión anterior, que había
dado ocasión á que salieran de la _Fontana_ Garelli, Toreno y Martínez
de la Rosa. Indicó las diferencias de principios que en lo sucesivo
habían de separar á los moderados de los exaltados, y pintó la situación
del Gobierno con exactitud y delicadeza. Pero cuando con más robusta voz
y elocuencia más vigorosa hacía un cuadro de las pasadas desdichas de la
nación, ocurrió un incidente que le obligó á interrumpir su discurso.
Era que se oía en la calle fuerte ruido de voces, el cual creció
formando gran algazara. Muchísimos se levantaron y salieron. El
auditorio empezó á disminuir, y al fin disminuyó de tal modo, que el
orador no tuvo más remedio que callarse.
Cortado y colérico estaba el andaluz cuando bajó de la tribuna. [Nota 1:
El mismo Alcalá Galiano refiere con mucha franqueza este suceso en sus
anotaciones á _Historia de España_, por Durham.] El tumulto aumentaba
fuera, y por fin no quedaron en el café sino cinco ó seis personas.
Estas querían satisfacer la curiosidad, y acompañadas del mismo Galiano,
salieron también.
En diez minutos la _Fontana_ se quedó sin gente, y el rumor exterior
pasaba, se oía cada vez más lejano, porque andaba á buen paso la oleada
de pueblo que lo producía. Todas las señales eran de que había comenzado
una de aquellas asonadas tan frecuentes entonces.
Era ya tarde: los quinqués habían llegado al tercer período de su
reverberación dificultosa, es decir, estaban en los instantes
precursores de su completo aniquilamiento, y las mechas despedían humo
más hediondo y abundante. Uno de los mozos se había marchado á dormir;
otro roncaba junto á la puerta, y el tercero había salido con los
parroquianos. A lo lejos se oía un eco de voces siniestras, las voces
del tumulto popular, que rodaba por la villa agitándola toda.
El cafetero continuaba inmóvil en su trípode. Dos luminosos puntos de
claridad verdosa brillaban detrás de él. Era Robespierre que se acercaba
á su amo, y saltando por encima de sus hombros, se ponía delante para
recibir una caricia. El hombre del café le pasó la mano afectuosamente
por el lomo, y el animal, agradecido, alzó el rabo, arqueó el espinazo,
se lamió los bigotes, y después de estirarse muy á la sabor, se volvió á
su rincón, donde se agazapó de nuevo.
Frente por frente al mostrador, y en el más obscuro sitio del café,
principió á destacarse una figura humana, invisible hasta entonces. Esta
persona salía de la sombra, y avanzando lentamente hacia el mostrador,
entraba en el foco de la escasa luz que aclaraba el recinto, siendo
posible entonces observar las formas de aquel silencioso y extraño
personaje.
Era un hombre de edad avanzada; pero en vez de la decrepitud propia de
sus años, mostraba entereza, vigor y energía. Su cara era huesosa,
irregular, sumamente abultada en la parte superior; la frente tenía una
exagerada convexidad, mientras la boca y los carrillos quedaban
reducidos á muy mezquinas proporciones. A esto contribuía la falta
absoluta de dientes, que, habiendo hecho de la boca una concavidad
vacía, determinaba en sus labios y en sus mejillas depresiones profundas
que hacían resaltar más la angulosa armazón de sus quijadas. En su
cuello, los tendones, huesos y nervios formaban como una serie de piezas
articuladas, cuyo movimiento mecánico se observaba muy bien, á pesar de
la piel que las cubría. Los ojos eran grandes y revelaban haber sido
hermosos. Por extraño fenómeno, mientras los cabellos habían
emblanquecido enteramente, las cejas conservaban el color de la
juventud, y estaban formadas de pelos muy fuertes, rígidos y erizados.
Su nariz corva y fina debió también haber sido muy hermosa, aunque al
fin por la fuerza de los años, se había afilado y encorvado más, hasta
el punto de ser enteramente igual al pico de un ave de rapiña. Alrededor
de su boca, que no era más que una hendidura, y encima de sus quijadas,
que no eran otra cosa que un armazón, crecía un vello tenaz, los fuertes
retoños blancos de su barba que, afeitada semanalmente en cuarenta años,
despuntaban rígidos y brillantes como alambres de plata. Hacían más
singular el aspecto de esta cara dos enormes orejas extendidas,
colgantes y transparentes. La amplitud dé estos pabellones
cartilaginosos correspondía á la extrema delicadeza timpánica del
individuo, la cual, en vez de disminuir, parecía aumentar con la edad.
Su mirada era como la mirada de los pájaros nocturnos, intensa, luminosa
y más siniestra por el contraste obscuro de sus grandes cejas, por la
elasticidad y sutileza de sus párpados sombríos, que en la obscuridad
se dilataban mostrando dos pupilas muy claras. Estas, además de ver
mucho, parecía que iluminaban lo que veían. Esta mirada anunciaba la
vitalidad de su espíritu, sostenido á pesar del deterioro del cuerpo, el
cual era inclinado hacia adelante, delgado y de poca talla. Sus manos
eran muy flacas, pudiéndose contar en ellas las venas y los nervios; los
dedos parecían, por lo angulosos y puntiagudos, garras de pájaro rapaz.
La piel de la frente era amarilla y arrugada como las hojas de un
incunable; y mientras hablaba, esta piel se movía rápidamente y se
replegaba sobre las cejas formando una serie de círculos concéntricos
alrededor de los ojos, que remataban en semejanza con un lechuzo. Vestía
de negro, y en la cabeza llevaba una gorrilla de terciopelo.
Cuando este hombre estuvo cerca del mostrador, levantóse el cafetero con
recelo, se fué á la puerta de la calle y escuchó atentamente algún
tiempo; volvió, se asomó á un ventanillo que daba al patio, y después
repitió la misma operación en una puerta que daba á la escalera. De los
tres mozos del café, uno solo estaba allí, roncando sobre un banco: el
amo le despertó y le despidió. Atrancada bien la puerta, volvió aquel á
su trípode, y estableciéndose en ella, miró al del gorro, como si
esperara de él una gran cosa.
¡Buena la han armado!--dijo en voz alta, seguro de no ser escuchado por
voces extrañas--¡Otro alboroto esta noche! Y dicen que la Guardia Real
prepara un gran tumulto. Usted, D. Elías, debe saberlo.
--Deje usted andar, amigo; deje usted andar, que ya llegarán,--dijo el
flaco con voz sonora y profunda.
Y metiendo la mano en el bolsillo, sacó un pequeño envoltorio que, por
el sonido que produjo al ser puesto sobre la mesa, indicaba contener
dinero. El cafetero miró con singular expresión de cariño el envoltorio,
mientras el viejo lo desenvolvió con mucha cachaza, y sacando unas onzas
que dentro había, comenzó á contar.
Al ruido de las monedas, Robespierre abrió los ojos; y viendo que no era
cosa que le interesaba, los volvió á cerrar, quedándose otra vez
dormido. El viejo contó diez medias onzas, y se las dió al del café.
--Vamos, señor D. Elías--dijo éste descontento.--¿Qué hago yo con
cinco onzas?
--Por cinco onzas se vende la diosa misma de la libertad,--replicó Elías
sin mirar al cafetero.
--Quite usted allá: aquí hay patriotas que no dirán "viva el Rey" por
todo el oro del mundo.
--Si: es mucha entereza la de esos señores--exclamó Elías con un acento
de ironía que debía de ser el acento habitual de su palabra.
--Vaya usted á ofrecer dinero á Alcalá Galiano y á Moreno Guerra....
--Esos alborotan allá, en las Cortes; de esos no se trata. Tratamos de
los que alborotan aquí.
--Pues le aseguro á usted, señor don Elías de mi alma, que con lo que me
ha dado, no tengo ni para la correa del zapato del orador más malo de
este club.
--Le digo á usted que basta con eso. El señor no está para gastos.
--¡Y que tacaño se vuelve el Absoluto! Mala landre le mate, si con estas
miserias logra derribar la Constitución.
--Deje usted andar, que ya se arreglará esto--contestó el viejo dando un
suspiro. Y al darlo cerró la boca de tal modo, que parecía que la
mandíbula inferior se le quedaba incrustada dentro de la superior.
--Pero, don Elías de mis pecados, ¿qué quiere usted que haga yo con
cinco onzas...? ¿Qué le pareció aquel sargentón que habló anoche? Dicen
que es un bruto; pero lo cierto es que hace ruido y nos sirve bien, pues
me cuesta un ojo de la cara cada párrafo de aquéllos que sublevan la
multitud y ponen al pueblo encendido... ¡Y hay otros tan reacios, don
Elías...! Anteanoche subió á la tribuna uno que suele venir ahí con el
barbero Calleja: ¡qué voz de becerro tenía! Empezó á hablar de la
Convención, y dijo que era preciso cortar las cabezas de adormidera. Le
aplaudieron mucho, y yo confieso que fué una gran cosa, aunque, á decir
verdad, no le entendí más que si hubiera hablado en judío. Cuando acabó
la sesión, quise picarle para que hablara segunda vez; pero no sé si
caló mis intenciones; lo cierto es que dijo que me iba á cortar el
pescuezo, añadiendo que no me descuidara. ¡Qué susto me llevé! ¡Y esto
se me paga tan mal! Aquel discurso que pronunció anoche á última hora el
estudiantillo valenciano, me costó dos raciones de carne estofada y dos
botellas de vino ¡Ay! Si llegaran á saber estos manejos Alcalá Galiano y
Flórez Estrada ... le digo á usted que me voy á reír de gusto.
--Esas son las cabezas de adormidera que es preciso cortar--exclamó el
viejo, guiñando el ojo y haciendo con la mano derecha, movida
horizontalmente, la señal de quien corta alguna cosa.
--Pues fuera una lástima, porque son buenos chicos. Yo, francamente se
lo digo á usted, aunque soy en lo íntimo de mi corazón partidario
amantísimo de mi Rey absoluto, cuando oigo á esos muchachos, y
especialmente cuando veo á Alcalá Galiano subir á la tribuna, y empieza
á echar flores por aquella boca, y después culebras, me da un
escarabajeo tan grande, que me baila el corazón y me dan ganas de
abrazarle.
--Déjalos que griten: eso precisamente es lo que se busca. Mira el motín
de esta noche: á ellos se les debe. Con muchos así, pronto estallará la
cuerda. Eso es lo que quiere el Rey. ¡Oh! Ya verás qué pronto se
despedazarán unos á otros.
--¿Pero qué hago yo con cinco onzas?--volvió á decir el dueño del café.
--Ya lo he dicho El Rey no está para despilfarros, y para levantar de
cascos á está gente no es preciso mucho dinero.
--¿Que no? Pregúnteselo usted á aquel lego exclaustrado que escribe _El
Azote_; ya me tiene comidas tres onzas de las que usted me trajo la
semana pasada. ¿Pues y aquel oficialito que pronunció hace días aquel
fuerte discurso en que dijo: _Calendas Cartagos_...?
--_Delenda est Carthago_, querrá usted decir.
--Eso es: _dilenda ó calenda_, lo mismo da--dijo el del café.--¡Pues ese
oficialito tiene unas tragaderas! Me comió dos empanadas de conejo como
dos ruedas de molino. Y sobre todo, con decirle á usted que para
conseguir que Andresillo Corcho saliera por esas calles gritando, como
usted vió muy bien el domingo, tuve que pagarle todas sus deudas, que
eran ocho meses al casero, y qué sé yo cuántos piquillos sueltos á los
amigos... Y luego no gana uno para sustos, don Elías. Vuelvo á repetirle
á usted que si los liberales de copete descubren estas socaliñas, no me
dejarán un hueso en su lugar.
--Mucha cautela, ten mucha cautela: nada de papeles escritos, no me
dirijas cartas, no fíes al papel ni una idea sobre este punto,--le dijo
Elías con severidad.
--Y dígame usted--continuó el del café, bajando la voz como si
temiera ser oído por Robespierre;--dígame usted, ¿cuándo se alza la
Guardia Real?
--No sé--dijo Elías, encogiéndose de hombros.
--Dicen que la _Santa Alianza_ ha escrito al Rey.
Elías debía ser hombre prudentísimo, porque contestó "no sé" á secas
como á la primera pregunta.
Entonces se oyó otra vez, aunque muy lejano, el mismo ruido de voces,
que hizo salir del club á toda la concurrencia.
"Creo que piensan allanar la casa de Toreno.
--Bien: me alegro--dijo el viejo con siniestra satisfacción.--Veo que
empiezan á devorarse unos á otros. No podía suceder otra cosa. ¡Oh! Yo
entiendo á esta canalla. ¿Y qué había de suceder? ¿España podrá estar
mucho tiempo en manos de una gavilla de pensadores desesperados? Si esto
durara, yo dudaría de la Providencia, que arregla á las naciones como da
aliento á los individuos, España está sin Rey, que es estar sin gloria,
sin vida y sin honor. ¿Había, por ventura, Constitución cuando España
fué el primer país del mundo? Eso de hacer el pueblo las leyes es lo más
monstruoso que cabe. ¿Cuándo se ha visto que el que ha de ser mandado
haga las leyes? ¿Sería justo que nuestros criados nos mandaran? Aquí no
hay Rey ni Dios esto se acabará; yo te jure que se acabará."
Al decir esto, el viejo abría los ojos y apretaba los puños con furor.
El del café no pudo resistir al encanto de tanta elocuencia, levantóse
de su trípode y le abrazó. Al alargar sus manos con entusiasmo, una
botella cayó y fué rodando hasta dar un golpe á Robespierre, el cual,
despertando súbitamente, dió un atroz maullido y fué á buscar regiones
más tranquilas en lo alto del armario de los bizcochos.
Elías sacó de su bolsillo una pequeña faja negra, que le servía de
tapabocas, se la envolvió al cuello y se dispuso á salir. El cafetero,
con su oficiosidad acostumbrada en presencia de aquel personaje, se
dirigió á abrirle la puerta. Ya principiaba á despuntar el día. El viejo
realista salió sin saludar á su amigo y tomó la dirección de su casa.
CAPÍTULO III
#Un lance patriótico y sus consecuencias#.
Don Elías cruzaba la Carrera de San Jerónimo, cuando vió que hacia él
venían unos cuantos hombres que reían y gritaban dando vivas á la
Constitución y á Riego. Trató de evitar el encuentro, y tomó la otra
acera; pero ellos pasaron también, y uno le detuvo.
Eran cinco individuos, y de ellos tres, por lo menos, estaban
completamente embriagados. Nuestro ya conocido Calleja les mandaba.
Componíase la cuadrilla de un chalán del barrio de Gilimón y un matutero
del Salitre, un caballero particular conocido en Madrid por sus trampas
y gran prestigio en la plazuela de la Cebada, y finalmente, un mocetón
alto, flaco y negro, que tenía fama de guerrillero, y del cual se
contaban maravillas en las campañas de 1809 y después en los sucesos del
20. El sello de sus hazañas marcaba siniestramente su rostro en un
chirlo, que le cogía desde la frente hasta el carrillo, cegándole un ojo
y abollándole media nariz.
Los cinco detuvieran al anciano.
"¡Mátale, mátale!--dijo con aguardentosa voz el matutero, pinchando con
la varita que llevaba en la mano el pecho de Elías.
--No, déjale, Perico. ¿De qué vale espachurrar á este bicho?
--Si es Coletilla--exclamó él del chirlo reconociéndole.--Coletilla,
el amigo de Vinuesa, el que anda por los clubs para contarle al Rey
lo que pasa.
--¡Que cante el _Trágula!_--dijo el chalán, que estaba envuelto desde el
pescuezo á la rabadilla en un ceñidor encarnado, por entre cuyo pliegues
asomaba el puño de uno de aquellos célebres alfileres de Albacete que
tanto dan que hacer á la justicia.
--Tres Pesetas, coge por ese brazo al señorito."
Tres Pesetas puso su mano sobre el gorro de Elías y se lo tiró al suelo,
dejando al aire la pelada calva del anciano. Carcajada sonora acogió
este movimiento.
"¡Miren que orejazas de mochuelo!--añadió el guerrillero, tirándole de
la derecha hasta inclinarle la cabeza sobre el hombro.
--_Pos_ no tiene mala cabeza _é pelailla pa_ jugar á los trucos--dijo el
matutero, dándole un papirotazo en mitad del cráneo."
El realista estaba lívido de cólera: apretaba los puños en convulsión
nerviosa, y en sus ojos brillaron lágrimas de despecho. En esto Calleja,
que parecía tener gran autoridad entre aquella gente, se agarró al brazo
de Elías, y exclamó, riendo con la desenfrenada hilaridad de la
embriaguez:
"Ven, bravucón, ven con nosotros. Ciudadanos--prosiguió, volviéndose á
los otros:--éste es el gran Coletilla, el mismo Coletilla. Seremos
amigos. Nos va á presentar al Rey constitucional para que nos haga...."
--¡_Menistros_!--gritó el matutero enarbolando su vara.
--Ciudadanos, ¡viva el Rey absoluto, viva Coletilla!
--Vamos á _jaserle_ comunero de la gran _comuniá_--dijo el
matutero.--Primera prueba. ¡Que salte!
--¡Que salte!
--¡Que salte!
Y uno de ellos tomó de la mano á Elías como para hacerle saltar,
mientras otro, empujándole con violencia, le hizo caer al suelo.
"_Zegunda_ prueba--chilló Tres Pesetas:--toma esta espada, pincha á uno
de nosotros."
Y sacando un sable le dió de plano tan fuerte golpe, que le obligó á
caer en opuesto sentido.
"Dí '¡viva la constitución!'
--¿Pues no lo ha _é ezir?_ Y si no, yo tengo aquí unas
_explicaeras_...--vociferó el matutero, sacando su navaja.
--Este tunante fué el que delató al cojo de Málaga--dijo el caballero
particular.
--Y el amigo de Vinuesa.
--Señores, éste no es más que Coletilla, el gran Coletilla--afirmó
Calleja con mucha gravedad."
La ferocidad se pintaba en los ojos del matutero y del chalán. El de la
cicatriz cogió por el cuello á Elías, y con su mano vigorosa le apretó
contra el suelo.
"Suéltalo, Chaleco; déjalo tendido."
Es de advertir que el matutero era conocido entre los de su calaña por
el extravagante nombre de Chaleco.
"Déjamelo á mi--exclamó el chalán.--_Tríncalo por el piscuezo; quío_ ver
lo que tienen esos realistas dentro del buche."
Muy mal parado estaba el infeliz Elías; y ya se encomendaba á Dios con
toda su alma, cuando la inesperada llegada de un nuevo personaje puso
tregua á la cólera de sus enemigos, salvándole de una muerte segura.
Era un militar alto, joven, bien parecido y persona de noble casa sin
duda, porque, á pesar de su juventud, llevaba charreteras de una alta
graduación. Traía largo capote azul, y uno de aquellos antiguos y
pesados sables, capaces de cercenar de un tajo la cabeza de cualquier
enemigo. Al verle que se interponía en defensa del anciano, los otros se
apartaron con cierto respeto, y ninguno se atrevió á insistir.
"Vamos, señores, dejen ustedes en paz á ese pobre viejo, que no les hace
ningún daño--dijo el militar.
--Si es Coletilla, el mismo Coletilla.
--Pero sois cinco contra él, y él es un pobre señor indefenso.
--Eso mismo decía yo--exclamó Calleja, con la misma risa de borracho.
--_Poz_ que diga '¡viva el Rey constitucional!'
--Lo dirá cuando se vea libre de vosotros. Yo respondo de que es un buen
liberal y hombre de bien.
--¡Si es un servilón!--exclamó Chaleco.
¿Y qué queréis hacer con él?--preguntó el militar.
--Poca cosa--dijo Tres Pesetas, que era el más atrevido.--No más que
abrirle un tragaluz en la barriga _pa_ que salgan á misa las _asaúras_.
--Vamos, marchaos á vuestras casas--dijo el militar con mucha
entereza:--yo le defiendo.
--¿Usía?
--Sí, yo. Marchaos, yo respondo de él.
--Pues sino _ize_ ¡viva la...!
--Dí '¡viva la Constitución!'--exclamaron todos á la vez, menos Calleja,
que se estaba riendo como un idiota.
--Vamos--manifestó el militar, dirigiéndose á Elías: dígalo usted, es
cosa que cuesta poco, y además hoy debe decirlo todo buen español.
--¡Que lo diga!
--¡Que lo _iga_ pronto!"
El militar persistía en que dijera aquellas palabras, como un medio de
verse libre; pero Elías continuaba en silencio.
"Vamos padrito, pronto--dijo el matutero.
--¡No!--exclamó Elías con profunda voz y trémulo de indignación."
Entonces Tres Pesetas alzó la vara sobre el viejo; los demás se
dispusieron á acometerle, y fué preciso que el militar empleara todas
sus fuerzas y todo su prestigio para impedir un mal desenlace.
"Diga usted ¡viva la Constitución!"
--¡No!--repitió Elías. Y como si recibiera inspiración del cielo, en un
arrebato de supremo valor exclamó:
"¡Muera!"
Los cuatro desalmados rugieron con ira; pero el militar parecía resuelto
á defender á Elías hasta el último trance.
"Apartaos--dijo.--Este hombre está loco. ¿No conocéis que está loco?
--Que retire esas palabras--dijo riendo siempre Calleja, que aun en la
embriaguez blasonaba de usar con propiedad las formulas parlamentarias.
--¿Qué _rítire_ ni _ritire_?
--Si, está loco--dijo Chaleco;--y si no está loco, está bo ... bo
... borracho.
--¡Eso es ... eso ... borracho!--gritó Calleja, que al fin había
necesitado apoyarse en la pared para no caer en tierra."
Algunos vecinos se habían asomado; algunos transeúntes trabaron
conversación con el venerable Tres Pesetas, y ya sea que un ebrio se
distrae fácilmente, ya que les impusiera temor la actitud firme del
militar, lo cierto es que los cuatro amigos de Calleja dejaron en paz á
Elías, el cual, ayudado de su protector, se levantó como pudo y se puso
el gorro que casi había perdido la forma bajo los pies del matutero. El
militar, al detener con un vigoroso esfuerzo el movimiento agresivo de
Chaleco contra Elías, se rozó la mano izquierda con la extremidad
puntiaguda de la empuñadura de la navaja que el mozo llevaba en la faja.
Esta rozadura le levantó un poco la piel y le hizo derramar alguna
sangre. El militar se envolvió la mano en un pañuelo, y con la derecha
tomó el brazo del viejo. Este se hallaba magullado, roto y en un estado
de desfallecimiento tal, que no podía andar sino á pasos cortos y
vacilando á cada momento.
El militar le sostuvo con fuerza, y andando con él muy lentamente, le
preguntó dónde estaba su casa para llevarle á ella. Elías, sin
contestarle, le encaminó haciéndole señas por la calle de Alcalá,
dirigiéndose á la del Barquillo para tomar al fin la de Válgame Dios,
donde aquel buen hombre vivía.
El joven militar era sin duda poco amante del silencio, y de carácter
alegre y comunicativo, porque por el camino comenzó á hablar con
singular volubilidad, pareciendo que el obstinado mutismo del viejo
estimulaba más su prolija locuacidad.
No podemos transcribir los términos precisos en que habló éste, que
desde ahora es nuestro amigo, y nos acompañará en todo el tránsito de
esta dilatada historia; pero conociendo su carácter como lo
conocemos, es seguro que no será aventurado poner en boca suya éstas
ó parecidas palabras:
"Hay que deplorar, amigo mío, en esta imperfecta vida humana, que las
cosas mejores y más bellas tienen siempre un lado malo; fatal obscuridad
que proyecta en breve parte de su esfera lo más resplandeciente y
luminoso. Las instituciones más justas y buenas, ideadas por el hombre
para producir efectos de bien común, ofrecen en los primeros tiempos de
práctica extraños resultados, que hacen dudar á los de poca fe de la
bondad y justicia de ellas. Los hombres mismos que fabrican un objeto de
sutil mecanismo, vacilan en los primeros momentos del uso, y no aciertan
á regular su compás y reposado movimiento. La libertad política,
aplicación al gobierno del más bello de los atributos del hombre, es el
ideal de los Estados. ¡Pero qué penosos son los primeros días de
práctica! ¡Como nos aturde y desespera el primer ensayo de esta máquina!
"El mayor inconveniente es la impaciencia. Hay que tener perseverancia y
fe, esperar á que la libertad dé sus frutos y no condenarla desde el
primer día. ¿No sería loco el que plantando un árbol le arrancara
desesperado al ver que no echaba raíces, crecía y daba flores y frutos
al primer día?"
Es probable que el militar no empleara estos mismos términos; pero es
seguro que las ideas eran las mismas. Lo cierto es que al concluir
esperó á ver si su peroración producía algún efecto en el viejo; pero
éste sumamente abstraído, daba muestras de no atender á sus palabras y
de hacer en su interior otras consideraciones no menos transcendentales
y profundas.
"Es de deplorar--continuó el militar reforzando su elocuencia con un
poco de mímica,--es de deplorar que los primeros derechos concedidos por
la libertad sean mal empleados por algunos hombres. El hábito de la
libertad es uno de los más difíciles de adquirir y tenemos que sufrir
los desaciertos de los que por su natural rudeza tardan más en adquirir
este hábito. Pero no desconfiemos por eso, amigo. Usted, que es sin duda
buen liberal, y yo, que lo soy muy mucho, sabremos esperar. No
maldigamos al sol porque en los primeros momentos de la mañana produce
molestia en nuestros ojos, cuando salen bruscamente de la obscuridad y
del sueño."
Paróse por segunda vez el joven para tomar aliento y ver si la fisonomía
del anciano daba señales de aprobación; pero no observó en aquel rostro
singular otra cosa que abstracción y melancolía.
"Esos que le han detenido á usted--continuó el militar,--no son
liberales. O son agentes ocultos del absolutismo, ó ignorantes soeces
sin razón ni conciencia. O libertinos sin instrucción, ó alborotadores
asalariados. ¿Será preciso quitarles la libertad y no devolvérsela hasta
que reciban educación ó castigo? Entonces, ¿habrá libertad para unos, y
para otros no? Ha de haberla para todos, ó quitársela á todos. ¿Y es
justo renunciar á los beneficios de un sistema por el mal uso que
algunos pocos hacen de él? No: más vale que tengan libertad ciento que
no la comprenden, que la pierda uno solo que conoce su valor. Los males
que con ella pudieron ocasionar los ignorantes son inferiores al inmenso
bien que un solo hombre ilustrado puede hacer con ella. No privemos de
la libertad á un discreto por quitársela á cien imprudentes."
El joven se paró por tercera vez por dos razones: primera, porque no
tenía más que decir (insistimos en que no empleó las mismas palabras); y
segunda, porque el viejo, al llegar á su calle, se detuvo en una puerta,
y dijo: "Aquí." El viejo había concluido, y el militar iba á dejar á su
nuevo amigo; pero notó que estaba éste cada vez más desfallecido y
corría peligro de no poder subir si le abandonaba. El locuaz y discreto
joven entró, pues, en la casa sosteniendo al realista, que apenas podía
dar un paso.
La mansión de Elías se ostentaba en la mitad de la calle de Válgame
Dios, donde hacía veces de palacio. Colocada entre dos casas _á la
malicia_, aparecía allí con proporciones gigantescas, sin que por eso
tuviera más que dos pisos altos, de los cuales el superior gozaba la
singular preeminencia de ser habitado por nuestro héroe.
La fachada era mezquina, fea. El cuarto bajo servía de oficina á las
ruidosas ocupaciones de un machacador de hierro, que surtía de sartenes,
asadores y herraduras á todo el barrio del Barquillo. Los balcones del
principal eran fiel remedo de los jardines colgantes de Babilonia,
porque había en ellos muchos tiestos con flores, muchas matas que
estaban en camino de ser árboles, juntamente con tres jaulas de
codornices y dos reclamos, que por la noche daban armonía á toda la
calle. En medio de esta selva y de estos gorjeos se veía una muestra de
_Prestamista sobre alhajas_.
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