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La Fontana de Oro
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Benito Pérez Galdós Spanish ISO-8859-1


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LA FONTANA DE ORO

B. PÉREZ GALDÓS


[Illustration: ARS-NATURA-VERITAS]





MADRID 1921



Los hechos históricos ó novelescos contados en este libro, se refieren á
uno de los periodos de turbación política y social más graves é
interesantes en la gran época de reorganización, que principió en 1812 y
no parece próxima á terminar todavía. Mucho después de escrito este
libro, pues sólo sus últimas páginas son posteriores á la Revolución de
Septiembre, me ha parecido de alguna oportunidad en los días que
atravesamos, por la relación que pudiera encontrarse entre muchos
sucesos aquí referidos y algo de lo que aquí pasa; relación nacida, sin
duda, de la semejanza que la crisis actual tiene con el memorable
período de 1820-23. Esta es la principal de las razones que me han
inducido á publicarlo.


B.P.G.


Diciembre de 1870.



ÍNDICE



I.--La carrera de San Jerónimo en 1821.
II.--El club patriótico
III.--Un lance patriótico y sus consecuencias
IV.--Coletilla
V.--La compañera de Coletilla
VI.--El sobrino de Coletilla
VII.--La voz interior
VIII.--Hoy llega
IX.--Los primeros pasos
X.--La primera batalla
XI.--La tragedia de _Los Gracos_
XII.--La batalla de Platerías
XIII.--No llega el esperado.--Llegada de un importuno
XIV.--La determinación
XV.--Las tres ruinas
XVI.--El siglo décimoctavo
XVII.--El sueño del liberal
XVIII.--Diálogo entre ayer y hoy
XIX.--El abate
XX.--Bozmediano
XXI.--¡Libre!
XXII.--El _vía-crucis_ de Lázaro
XXIII.--La Inquisición
XXIV.--_Rosa mística_
XXV.--_Virgo prudentísima_
XXVI.--Los disidentes de _La Fontana_
XXVII.--Se queda sola
XXVIII.--El ridículo
XXIX.--Las horas fatales
XXX.--_Virgo fidelis_
XXXI.--La reunión misteriosa
XXXII.--_La Fontanilla_
XXXIII.--Las arpías se ponen tristes
XXXIV.--El complot.--Triunfo de Lázaro
XXXV.--El bonete del Nuncio
XXXVI.--Aclaraciones
XXXVII.--El _vía-crucis_ de Clara
XXXVIII.--Continuación del _vía-crucis_
XXXIX.--Un momento de calma
XL.--El gran atentado
XLI.--Fernando el Deseado
XLII.--_Virgo potens_
XLIII.--Conclusión






CAPÍTULO PRIMERO



#La Carrera de San Jerónimo en 1821#.


Durante los seis inolvidables años que mediaron entre 1814 y 1820, la
villa de Madrid presenció muchos festejos oficiales con motivo de
ciertos sucesos declarados _faustos_ en la _Gaceta_ de entonces. Se
alzaban arcos de triunfo, se tendían colgaduras de damasco, salían á la
calle las comunidades y cofradías con sus pendones al frente, y en todas
las esquinas se ponían escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza
estampaba sus pobres versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el
pueblo no se manifestaba sino como un convidado mas, añadido á la lista
de alcaldes, funcionarios, gentiles-hombres, frailes y generales; no era
otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y
señaladas en los artículos del programa, y desempeñaba como tal el papel
que la etiqueta le prescribía.

Las cosas pasaron de distinta manera en el período del 20 al 23, en que
ocurrieron los sucesos que aquí referimos. Entonces la ceremonia no
existía, el pueblo se manifestaba diariamente sin previa designación de
puestos impresa en la _Gaceta;_ y sin necesidad de arcos, ni oriflamas,
ni banderas, ni escudos, ponía en movimiento á la villa entera; hacía de
sus calles un gran teatro de inmenso regocijo ó ruidosa locura; turbaba
con un solo grito la calma de aquel que se llamó el _Deseado_ por una
burla de la historia, y solía agruparse con sordo rumor junto á las
puertas de Palacio, de la casa de Villa ó de la iglesia de Doña María
de Aragón, donde las Cortes estaban.

Años de muchos lances fueron aquellos para la destartalada, sucia,
incómoda, desapacible y obscura villa! Sin embargo, no era ya Madrid
aquel lugarón fastuoso del tiempo de los reyes tudescos; sus gloriosas
jornadas del 2 de Mayo y del 3 de Diciembre, su iniciativa en los
asuntos políticos, la enaltecían, sobremanera. Era, además, el foro de
la legislación constituyente de aquella época, y la cátedra en que la
juventud más brillante de España ejercía con elocuencia la enseñanza del
nuevo derecho.

A pesar de todos estos honores, la villa y corte tenía un aspecto muy
desagradable. Mari-Blanca continuaba en la Puerta del Sol como la más
concreta expresión artística de la cultura matritense. Inmutable en su
grosero pedestal, la estatua, que en anteriores siglos había asistido al
tumulto de Oropesa y al motín de Esquilache, presidía ahora el
espectáculo de la actividad revolucionaria de este buen pueblo, que
siempre convergía á aquel sitio en sus ovaciones y en sus trastornos.

Si fuera posible trasladar al lector á las gradas de San Felipe,
capitolio de la chismografía política y social, ó sentarle en el húmedo
escaño de la fuente de Mari-Blanca, punto de reunión de un público más
plebeyo, comprendería cuan distinto de lo que hoy vemos era lo que veían
nuestros abuelos hace medio siglo. De fijo llamaría su atención que una
gran parte de los ociosos, que en aquel sitio se reúnen desde que
existe, lo abandonaban á la caída de la tarde para dirigirse á la
Carrera de San Jerónimo ó á otra de las calles inmediatas. Aquel público
iba á los clubs, á las reuniones patrióticas, á _La Fontana de Oro_, al
_Grande Oriente_, á _Lorencini_, á la _Cruz de Malta_. En los grupos
sobresalían algunas personas que, por su ademán solemne, su mirada
protectora, parecían ser tenidos en grande estima por los demás.
Aparentaban querer imponer silencio á la multitud; otras veces,
extendiendo los brazos en cruz, volvíanse atrás como quien pide
atención: todo esto hecho con una oficiosa gravedad que indicaba influjo
muy grande ó presunción no pequeña.

La mayor porte se dirigía á la Carrera. Es porque allí estaba el club
más concurrido, el más agitado, el más popular de los clubs: _La Fontana
Se Oro_. Ya entraremos también en el café revolucionario. Antes
crucemos, desde el Buen Suceso á los Italianos, esta alegre y animada
Carrera de los Padres Jerónimos, que era entonces lo que es hoy y lo
que será siempre: la calle más concurrida de la capital.

Pero hoy, cuando veis que la mayor parte de la calle está formada por
viviendas particulares, no podéis comprender lo que era entonces una vía
pública ocupada casi totalmente por los tristes paredones de tres ó
cuatro conventos. Imposible es comprender hoy la obscuridad que
proyectaban sobre la entrada de la Carrera el ancho paredón del
Monasterio de la Victoria por un lado, y la sucia y corroída tapia del
Buen Suceso por otro. Más allá formaban en línea de batalla las monjas
de Pinto; por encima de la tapia, que servía de prolongación al
convento, se veían las copas de los cipreses plantados junto á las
tumbas. Enfrente campeaba la ermita de los Italianos, no menos ridícula
entonces que hoy, y más abajo, en lo más rápido del declive, el Espíritu
Santo, que después fué Congreso de los Diputados.

Las casas de los grandes alternaban con los conventos. En lo más bajo de
la calle se veía la vasta fachada del palacio de Medinaceli, con su
ancho escudo, sus innumerables ventanas, su jardín á un lado y su
fundación piadosa á otro; enfrente los Valmedianos, los Pignatellis y
Gonzagas; más acá los Pandos y Macedas, y, finalmente, la casa de Híjar,
que hasta hace poco ostentaba en su puerta la cadena histórica,
distintivo de la hospitalidad ofrecida á un monarca. Quedaba para catas
particulares, para tiendas y sitios públicos la tercera parte de la
calle: esto es lo que describiremos con más detención, porque es
importante dar á conocer el gran escenario donde tendrán lugar algunos
importantes hechos de esta historia.

Entrando por la Puerta del Sol, y pasado el convento de la Victoria, se
hallaba un gran pórtico, entrada de una antiquísima casa que, á pesar de
su escudo decorativo, grabado en la clave del balcón, era en aquel
tiempo una casa de vecindad en que vivían hasta media docena de honradas
familias. Su noble origen era indudable; pero fué adquirida no sabemos
cómo por la comunidad vecina, que la alquiló para atender á sus
necesidades. En dicho portal, bastante espacioso para que entraran por
él las enormes carrozas de su primitivo señor, tenía su establecimiento
un memorialista, secretario de certificaciones y misivas; y en el mismo
portal, un poco más adentro, estaban los almacenes de quincalla de un
hermano de dicho memorialista, que había venido de Ocafia á la Corte
para _hacer carrera_ en el comercio. Constaba su tienda de tres
menguados cajoncillos, en que había algunos paquetes de peines, unas
cuantas cajas de obleas, juguetes de chicos y un gran manojo de rosarios
con cruces y medallones de estaño.

La parte de la izquierda, y especialmente el rincón contiguo á la
puerta, era un lugar en que el público ejercía un incontestable derecho
de servidumbre. Era un centro urinario: la secreción pública había
trocado aquel rincón en foco de inmundicia, y especialmente por las
noches la ofrenda líquida aumentaba de tal modo, que el escribiente y su
hermano hacían propósito firme de abandonar el local. En vano se
amonestaba al público con terribles pragmáticas de policía urbana,
promulgadas por la autorizada voz del memorialista. El público no
renunciaba por esto á su costumbre, y de seguro lo habrían pasado mal
los dos hermanos si hubieran tratado de impedir por la fuerza la
libertad mingitoria, autorizada por un derecho consuetudinario que,
según la feliz expresión de un parroquiano de aquel sitio, radicaba en
la naturaleza del hombre y en la hospitalidad forzosa del vecindario.

Enfrente de este portal clásico había una puertecilla, y por los dos
yelmos de Mambrino, labrados en finísimo metal del Alcaraz y
suspendidos á un lado y otro, se venía en conocimiento de que aquello
era una barbería. Por mucho de notable que tuviera el exterior de este
establecimiento, con su puerta verde, sus cortinas blancas, su redoma de
sanguijuelas, su cartel de letras rojas, adornado con dos viñetas dignas
de Maella, que representaban la una un individuo en el momento de ser
afeitado, y la otra una dama á quien sangraban en un pie, mucho más
notable era su interior. Tres mozos, capitaneados por el maestro
Calleja, rapaban semanalmente las barbas de un centenar de liberales de
los más recalcitrantes. Allí se discutía, se hablaba del Rey, de las
Cortes, del Congreso de Verona, de la _Santa Alianza_. Oiríais allí la
peroración contundente del oficial primero y más antiguo, mozo que se
decía pariente de Poilier, el mártir de la libertad. Al compás de la
navaja se recitaban versos amenizados con agudezas políticas; y las
voces _camarilla, coletilla, trágala, Elio, la Bisbal, Vinuesa_,
formaban el fondo de la conversación. Pero lo más notable de la barbería
más notable de Madrid, era su dueño, Gaspar Calleja (se había quitado el
Don después de 1820), héroe de la revolución, y uno de los mayores
enemigos que tuvo Fernando el año 14. Así lo decía él.

Más lejos estaba la tienda de géneros de unos irlandeses establecidos
aquí desde el siglo pasado. Vendían, juntamente con el raso y el
organdí, encajes flamencos y catalanes, alepín para chalecos, ante para
pantalones, corbatas de color de las llamadas _guirindolas_, y
_carrikes_ de cuatro cuellos, que estaban entonces en moda. El patrón
era un irlandés gordo y suculento, de cara encendida, lustrosa y redonda
como un queso de Flandes. Tenía fama de ser un servilón de á folio,
pero, si esto era cierto, las circunstancias constitucionales del país,
y especialmente de la Carrera de San Jerónimo, le obligaban á
disimularlo. Fundábanse los que tan feo vicio imputaban al irlandés, en
que cuando pasaba por la calle la Majestad de Fernando ó Amalia, la
Alteza de _mi tío el doctor_ ó de don Carlos, el buen comerciante dejaba
apresuradamente su vara y su escritorio para correr á la puerta,
asomándose con ansiedad y mirando la real comitiva con muestras de
ternura y adhesión. Pero esto pasaba, y el irlandés volvía á su habitual
tarea, haciendo todas las protestas que sus amigos le exigían.

Cerca de la tienda del irlandés se abría la puerta de una librería, en
cuyo mezquino escaparate se mostraban abierto por su primera hoja
algunos libros, tales como la _Historia de España_, por Duchesne; las
novelas de Voltaire, traducidas por autor anónimo; _Las noches_ de
Young; el _Viajador sensible_, y la novela de _Arturo y Arabella_, que
gozaba de gran popularidad en aquella época. Algunas obras de Montiano,
Porcell, Arriaza, Olavide, Feijóo, un tratado del lenguaje de las flores
y la _Guía del comadrón_, completaban el repertorio.

Al lado, y como formando juego con este templo literario, estaba una
tienda de perfumería y de bisutería con algunos objetos de caza, de
tocador y de encina, que todo esto formaban comercio común en aquellos
días. Por entre los botes de pomadas y cosméticos; por entre las cajas
de alfileres y juguetes, se descubría el perfil arqueológico de una
vieja que era ama, dependiente y aun fabricante de algunas drogas. Más
allá había otra tienda obscura, estrecha y casi subterránea en que se
vendían papel, tinta y cosas de escritorio, amén de algún braguero ú
otro aparato ortopédico de singular forma. En la puerta pendía colgado
de una espetera un manojo de plumas de ganso, y en lo más profundo y más
lóbrego de la tienda lucían como los ojos de un lechuzo en el recinto de
una caverna, los dos espejuelos resplandecientes de don Anatalio Mas,
gran jefe de aquel gran comercio.

Enfrente había una tienda de comestibles; pero de comestibles
aristocráticos. Existía allí un horno célebre, que asaba por Navidades
más de cuatrocientos pavos de distintos calibres. Las empanadas de
perdices y de liebres no tenía rival; sus pasteles eran celebérrimos,
y nada igualaba á los lechoncillos asados que salían de aquel gran
laboratorio. En días de convite, de cumpleaños ó de boda, no encargar
los principales platos á casa de _Perico el Mahonés_ (así le
llamaban), hubiera sido indisculpable desacato. Al por menor se
vendían en la tienda: rosquillas, bizcochos, galletas de Inglaterra y
mantecadas de Astorga.

No lejos de esta tienda se hallaban las sedas, los hilos, los algodones,
las lanas, las madejas y cintas de doña Ambrosia (antes de 1820 la
llamaban la tía Ambrosia), respetable matrona, comerciante en hilado: el
exterior de su tienda parecía la boca escénica de un teatro de aldea.
Por aquí colgaba á guisa de pendón, una pieza de lanilla encarnada; por
allí un ceñidor de majo; más allá ostentaba una madeja sus innumerables
hilos blancos, semejando los pistilos de gigantesca flor; de lo alto
pendía algún camisolín, infantiles trajes de mameluco, cenefas de
percal, sartas de pañuelos, refajos y colgaduras. Encima de todo esto,
una larga tabla en figura de media, pintada de negro, fija en la muralla
y perpendicular á ella, servía de muestra principal. En el interior todo
era armonía y buen gusto; en el trípode del centro tenían poderoso
cimiento las caderas de doña Ambrosia, y más arriba se ostentaba el
pecho ciclópeo y corpulento busto de la misma. Era española rancia,
manchega y natural de Quintanar de la Orden, por más señas; señora de
muy nobles y cristianos sentimientos. Respecto á sus ideas políticas,
cosa esencial entonces, baste decir que quedó resuelto después de
grandes controversias en toda la calle, que era una servilona de lo más
exagerado.

Estas tiendas, con sus respectivos muestrarios y sus tenderos
respectivos, constituían la decoración de la calle; había además una
decoración movible y pintoresca, formada por el gentío que en todas
direcciones cruzaba, como hoy, por aquél sitio. Entonces los trajes eran
singularísimos. ¿Quién podría describir hoy la oscilación de aquellos
puntiagudos faldones de casaca? ¿Y aquellos sombreros de felpa con el
ala retorcida y la copa aguda como pilón de azúcar? ¿Se comprenden hoy
los tremendos sellos de reloj, pesados como badajos de campana, que iban
marcando con impertinente retintín el paso del individuo? Pues ¿y las
botas á la _farolé_ y las mangas de jamón, que serían el último grado de
la ridiculez, si no existieran los tupés hiperbólicos, que asimilaban
perfectamente la cabeza de un cristiano á la de un guacamayo?

El gremio cocheril exhibía allí también sus más característicos
individuos. Lo menos veinte veces al día pasaban por esta calle las
carrozas de los grandes que en las inmediaciones vivían. Estas carrozas,
que ya se han sumergido en los obscuros abismos del no ser, se componían
de una especie de navío de línea, colocado sobre una armazón de hierro;
esta armazón se movía con la pausada y solemne revolución de cuatro
ruedas, que no tenían velocidad más que para recoger el fango del piso y
arrojarlo sobre la gente de á pie. El vehículo era un inmenso cajón: los
de los días gordos estaban adornados con placas de carey. Por lo común
las paredes de los ordinarios eran de nogal bruñido, ó de caoba, con
finísimas incrustaciones de marfil ó metal blanco. En lo profundo de
aquel antro se veía el nobilísimo perfil de algún prócer esclarecido, ó
de alguna vieja esclarecidamente fea. Detrás de esta máquina, clavados
en pie sobre una tabla, y asidos á pesadas borlas, iban dos grandes
levitones que, en unión de dos enormes sombreros, servían para
patentizar la presencia de dos graves lacayos, figuras simbólicas de la
etiqueta, sin alma, sin movimientos y sin vida. En la proa se elevaba el
cochero, que en pesadez y gordura tenía por únicos rivales á las mulas,
aunque éstas solían ser más racionales que él.

Rodaba por otro lado el vehículo público, tartana calesa ó galera, el
carromato tirado por una reata de bestias escuálidas; y entre todo esto
el esportillero con su carga, el mozo con sus cuerdas, el aguador con su
cuba, el prendero con su saco y una pila de seis ó siete sombreros en la
cabeza, el ciego con su guitarra y el chispero con su sartén.

Mientras nos detenemos en esta descripción, los grupos avanzan hacia la
mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada á un
local, que no debe de ser pequeño, pues tiene capacidad para tanta
gente. Aquélla es la célebre _Fontana de Oro, café y fonda_, según el
cartel que hay sobre la puerta; es el centro de reunión de la juventud
ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración,
ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y de oír su aplauso
irreflexivo. Allí se había constituido un club, el más célebre é
influyente de aquella época. Sus oradores, entonces neófitos exaltados
de un nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la política del país;
muchos de ellos viven hoy, y no son por cierto tan amantes del bello
principio que entonces predicaban.

Pero no tenemos que considerar lo que muchos de aquellos jóvenes fueron
en años posteriores. Nuestra historia no pasa más acá de 1821. Entonces
una democracia nacida en los trastornos de la revolución y alzamiento
nacional, fundaba el moderno criterio político, que en cincuenta años se
ha ido difícilmente elaborando. Grandes delirios bastardearon un tanto
los nobles esfuerzos de aquella juventud, que tomó sobre sí la gran
tarea de formar y educar la opinión que hasta entonces no existía. Los
clubs, que comenzaron siendo cátedras elocuentes y palestra de la
discusión científica, salieron del círculo de sus funciones propias
aspirando á dirigir los negocios públicos, á amonestar á los gobiernos é
imponerse á la nación. En este terreno fué fácil que las personalidades
sucedieran á los principios, que se despertaran las ambiciones, y lo que
es peor, que la venalidad, cáncer de la política, corrompiera los
caracteres. Los verdaderos patriotas lucharon mucho tiempo contra esta
invasión. El absolutismo, disfrazado con la máscara de la más abominable
demagogia, socavó los clubs, los dominó y vendiólos al fin. Es que la
juventud de 1820, llena de fe y de valor, fué demasiado crédula ó
demasiado generosa. O no conoció la falacia de sus supuestos amigos, ó
conociéndola, creyó posible vencerles con armas nobles, con la
persuasión y la propaganda.

Una sociedad decrépita, pero conservando aún esa tenacidad
incontrastable que distingue á algunos viejos, sostenía encarnizada
guerra con una sociedad lozana y vigorosa llamada á la posesión del
porvenir. En este libro asistiremos á algunos de sus encuentros.

Sigamos nuestra narración. Los curiosos se paraban ante la _Fontana_;
salían los tenderos á las puertas; el barbero Calleja, que se hacía
llamar _ciudadano Calleja_, estaba también en su puerta pasando una
navaja, y contemplando el club y á sus parroquianos con una mirada
presuntuosa, que quería decir: "si yo fuera allá...."

Algunas personas se acercaron á la barbería formando corro alrededor del
maestro. Uno llegó muy presuroso, y preguntó:

"¿Qué hay? ¿Ocurre algo?"

Era el recién venido uno de esos individuos de edad indefinible, de esos
que parecen viejos ó jóvenes, según la fuerza de la luz ó la expresión
que dan al semblante.

Su estatura era pequeña, y tenía la cabeza casi inmediatamente adherida
al tronco, sin más cuello que el necesario para no ser enteramente
jorobado. El abdomen le abultaba bastante, y generalmente cruzaba las
manos sobre él con movimiento de cariñosa conservación. Sus ojos eran
medio cerrados y pequeños, pero muy vivos, formando armoniosa simetría
con sus labios delgados, largos y elásticos, que en los momentos más
ardorosos de la conversación avanzaban formando un tubo acústico que
daba á su voz intensidad extraordinaria. A pesar de su traje seglar,
había en este personaje no sé qué de frailuno. Su cabeza parecía hecha
pura la redondez del cerquillo, y ancho gabán que envolvía su cuerpo,
más que gabán, parecía un hábito. Tenía la voz muy destemplada y acre;
pero sus movimientos eran sumamente expresivos y vehementes.

Para concluir, diremos que este hombre se llamaba Gil de nombre y
Carrascosa de apellido; educáronle los frailes agustinos de Móstoles, y
ya estaba dispuesto para profesar, cuando se marchó del convento,
dejando á los Padres con tres palmos de boca abierta. A fines de siglo
logró, por amistades palaciegas, que le hicieran abate; mas en 1812
perdió el beneficio, y depuso el capisayo. Desde entonces fué ardiente
liberal hasta la vuelta de Fernando, en que sus relaciones con el
favorito Alagón le proporcionaron un destino de covachuelista con diez
mil reales. Entonces era absolutista decidido; pero la Jura de la
Constitución por Fernando en 1820 le hizo variar de opiniones hasta el
punto de llegar á alistarse en la sociedad de los _Comuneros_ y formar
pandilla con los más exaltados. Cuando tengamos ocasión de penetrar en
la vida privada de Carrascosa, sabremos algunos detalles de cierta
aventura con una beldad quintañona de la calle de la Gorguera, y
sabremos también los malos ratos que con este motivo le hizo pasar
cierto estudiantillo, poeta clásico, autor de la nunca bien ponderada
tragedia de los Gracos.

"¿Pues no ha de ocurrir?--dijo Calleja.--Hoy tenemos sesión
extraordinaria en la _Fontana_. Se trata de pedir al Rey que nombre un
Ministerio exaltado, porque el que está no nos gusta. Tendremos discurso
de Alcalá Galiano.

--Aquel andaluz feo...

--Si, ese mismo. El que el mes pasado dijo: _No haya perdón ni tregua
para los enemigos de la libertad. ¿Qué quieren esos espíritus obscuros,
esos...?_ Y por aquí seguía con un pico de oro....

--Ya les dará que hacer--observó Carrascosa--¡Qué elocuencia! ¡Qué
talento el de ese muchacho!

--Pues yo, señor don Gil--manifestó Calleja,--respetando la opinión de
usted, para mi tan competente, diré...."

Y aquí tosió dos veces, emitió un par de gruñidos por vía de proemio,
y continuó:

"Diré que, aunque admiro como el que más las dotes del joven Alcalá
Galiano, prefiero á Romero Alpuente, porque es más expresivo, más
fuerte, más ... pues. Dice todas las cosas con un arranque ... por
ejemplo, aquello de ¡_al que quiera hierro, hierro_! y aquello de ¡_no
buscan los tiranos su apoyo en la vara de la justicia; búscanle en los
maderos del cadalso, en el hombro deshonrado del verdugo_! Si le digo á
usted que es un....

--Pues yo--contestó el ex abate,--aunque admiro también á Romero
Alpuente, prefiero á Alcalá Galiano, porque es más exacto, más
razonador....

--Se engaña usted, amigo Carrascosa. No me compare usted á ese hombre
con el mío; que todos los oradores de España no llegan al zancajo de
Romero Alpuente. Pues ¿y aquel pasaje de los _abajos_? Cuando decía:
¡_Abajo los privilegios, abajo lo superfluo, abajo ese lujo que llaman
rey..._! ¡Ah! Si es mucha boca aquella."

Calleja repetía estos trozos de discurso con mucho énfasis y afectación.
Recordaba la mitad de lo que oía, y al llegar la ocasión comenzaba á
desembuchar aquel arsenal oratorio, mezclándolo todo y haciendo de
distintos fragmentos una homilía substancial y disparatada. Se nos
olvidaba decir que este ciudadano Calleja era un hombre muy corpulento y
obeso; pero aunque parecía hecho expresamente por la Naturaleza para
patentizar los puntos de semejanza que puede haber entre un ser humano y
un toro, su voz era tan clueca, fallida y aternerada, que daba risa
oírle declamar los retazos de discursos que aprendía en la _Fontana_.

Pues no estamos conformes--contestó Carrascosa, accionando con mucho
aplomo,--porque ¿qué tiene que ver esa elocuencia con la de Alcalá, el
cual es hombre que, cuando dice "allá voy", le levanta á uno los pies
del suelo?

--Es verdad--dijo, terciando en el debate, uno de los circunstantes, que
debía de ser torero, á juzgar por su traje y la trenza que en el cogote
tenía;--es verdad. Cuando Alcalá embiste á los tiranos y se empieza á
calentar.... Pues no fué mal puyazo el que le metió el otro día á la
Inquisición. Pero, sobre todo, lo que más me gusta es cuando empieza
bajito y después va subiendo, subiendo la voz.... Les digo á ustedes que
es el espada de los _oraores_.

--Señores--afirmó Calleja,--repito que todos esos son unos muñecos al
lado de Romero Alpuente. ¡Cómo puso á los frailes hace dos noches! ¿A
que no saben ustedes lo que les dijo? ¿A que no saben...? Ni al mismo
demonio se le ocurre.... Pues los llamó.... _¡sepulcros blanqueados!_...
Miren qué mollera de hombre....

--No se empeñe usted, Calleja--refunfuñó el ex covachuelista con alguna
impertinencia.

--Pero venga usted acá, señor don Gil--dijo Calleja, haciendo todo lo
posible por engrosar la voz.--¡Si sabré yo quién es Alcalá Galiano y los
puntillos que calzan todos ellos! ¡A mí con esas! Yo, que les calo á
todos desde que les veo, y no tengo más que oírles decir _castañas_ para
saber de qué palo están hechos....

--Creo, señor don Gaspar, que está usted muy equivocado, y no sé por qué
se cree usted tan competente,--indicó Carrascosa en tono muy grave.

--¿Pues no he de serlo? ¡Yo, que paso las noches oyéndoles á todos, no
saber lo que son! Vamos, que algunos que se tienen por muy buenos, no
son más que ingenios de ración y equitación.

--Es verdad también que Romero Alpuente no es ningún rana--dijo otro de
los presentes.

--¿Cómo rana?--exclamó, animándose, Calleja.--¡Que le sobra talento por
los tejados!... Y á usted, señor Carrascosa, ¿quién le ha dicho que yo
no soy competente? ¿Quién es usted para saberlo?

--¿Que quién soy? ¿Y usted qué entiende de discursos?

--Vamos, señor don Gil, no apure usted mi paciencia. Le digo á usted que
le tengo por un ignorante lleno de presunción.

--Respete usted, señor Calleja--exclamó don Gil un poco
conmovido;--respete usted á los que por sus estudios están en el caso
de... Yo... yo soy graduado en cánones en la Complutense.

--Cánones, ya. Eso es cosa de latín. ¿Qué tiene que ver eso con la
política? No se meta usted en esas cuestiones, que no son para cabezas
ramplonas y de cuatro suelas.

--Usted es el que no debe meterse en ellas--exclamó Carrascosa sin
poderse contener;--y el tiempo que le dejan libre las barbas de sus
parroquianos, debe emplearlo en arreglar su casa.

--Oiga usted, señor pedante complutense, canonista, teatino, ó lo que
sea, váyase á mondar patatas al convento de Móstoles, donde estará más
en su lugar que aquí.

--Caballero--dijo Carrascosa, poniéndose de color de un tomate y mirando
á todos lados para pedir auxilio, porque aunque tenía al barbero por lo
que era, por un solemne gallina, no se atreva con aquel corpachón de
ocho pies.

--Y ahora que recuerdo--añadió con desdén el rapista,--no me ha pagado
usted las sanguijuelas que llevó para esa señora de la cal é de la
Gorguera, hermana del tambor mayor de la Guardia Real.

--¿También me llama usted estafador? Mejor haría el ciudadano Calleja
en acordarse de los diez y nueve reales que le prestó mi primo, el
que tiene la pollería en la calle Mayor; reales que le ha pagado como
mi abuela.

--Vamos, que tú y el pollero sois los dos del mismo estambre.

--Sí, y acuérdese de la guitarrilla que le robó á Perico Sardina el día
de la merienda en Migas Calientes.

--¿La guitarrilla, eh? ¿Dice usted que yo le robé una guitarrilla?
Vamos, no me venga usted á mí con indirectas...--contestó el barbero,
queriendo parecer sereno.

--Véngase usted aquí con pamplinas: si no le conoceremos, señor
_Callejón angosto_.

--Anda, que te quedaste con la colecta el día de San Antón. ¡Catorce
pesos! Pero entonces eras realista y andabas al rabo de Otolaza para
que te hiciera limpia-polvos de alguna cocina. Entonces dabas vivas
al Rey absoluto, y en la estudiantina del Carnaval le ofreciste un
ramillete en el Prado. Anda, aprende conmigo, que, aunque barbero, he
sido siempre liberal, sí, señores. Liberal aunque barbero; que yo no soy
cualquier vende-humos, sino un ciudadano honrado y liberal como
cualquiera. Pero miren á estos realistones: ahora han cambiado de
casaca. Después que con sus delaciones tenían las cárceles atarugadas de
gente; se agarran á la Constitución, y ya están en campaña como toro en
plaza, dando vivas á la libertad.

--Señor Calleja, usted es un insolente.

--¡Servilón!

Esta voz era el mayor de los insultos en aquella época, Cuando se
pronunciaba, no había remedio: era preciso reñir.

Ya el arma ingeniosa, que la industria ha creado para el mejoramiento y
cultivo de las barbas de la mitad del género humano se alzaba en la
mano del iracundo barbero; ya el agudo filo resplandecía en lo alto,
próximo á caer sobre el indefenso cráneo del que fué lego, abate y
covachuelista, cuando otra mano providencial atajó el golpe tremendo
que iba á partir en dos tajadas á todo un graduado en cánones de la
Complutense. Esta mano protectora era la mano robusta de la mujer de
Calleja, la cual, desconcertada y trémula al ver desde el rincón de su
tienda la actitud terriblemente agresiva de su esposo, dejó con rapidez
la labor, echó en tierra al chicuelo, que en uno de sus monumentales
pechos se alimentaba, y arreglándose lo mejor que pudo el mal
encubierto seno, corrió á la puerta y libró al pobre Carrascosa de una
muerte segura.

Las tres figuras permanecieron algunos segundos formando un bello grupo.
Calleja con el brazo alzado y el rostro encendido; su esposa, que era
tan gigantesca como él, le sostenía el brazo; el pobre Gil, mudo y
petrificado de espanto. Doña Teresa Burguillos, que así se llamaba la
dama, era de formas colosales y bastas; pero tenía en aquellos momentos
cierta majestad en su actitud, la cual recordada á Minerva en el momento
de detener la mano de Aquiles, pronta á desnudar el terrible acero
clásico. El Agamenón de la Covachuela ofrecía un aspecto poco académico
en verdad.

"Ciudadano Calleja--dijo aquella señora en tono muy reposado,--no
emplees tus armas contra ese pelón, que se pudre á todo podrir:
guárdalas para los tiranos."

Calleja cerró, pues, la navaja, y la guardó para los tiranos.

Don Gil se apartó de allí, llevado por algunos amigos, que quisieron
impedir una catástrofe; y poco después, el grupo que allí se había
formado quedaba disuelto.

La amazona cerró la puerta, y dentro continuó su perorata interrumpida.
No queremos referir las muchas cosas buenas que dijo, mientras el
muchacho se apoderaba otra vez del pecho, que tan bruscamente había
perdido. Basto decir, para que se comprenda lo que valía doña Teresa
Burguillos, que sabía leer, aunque con muchas dificultades, hallándose
expuesta á entender las cosas al revés; que á fuerza de mascullones
podía enterarse de algunos discursos escritos, reteniéndolos en la
memoria; que alentada por la barberil elocuencia y liberalesca conducta
de su esposo, se había hecho una gran política, y que era muy entusiasta
de Riego y de Quiroga, aunque más que los _hombres de sable_ le gustaban
los _hombres de palabra_, llegando hasta decir que no conocía caballero
más galantemente discreto que _Paco_ (así mismo) Martínez de La Rosa. Es
casi seguro que manifestó deseos de tener delante al _bárbaro Elio_ para
clavarle sus tijeras en el corazón. Penetremos ahora en la _Fontana_.





CAPÍTULO II



#El club patriótico#.


En la _Fontana_ es preciso demarcar dos recintos, dos hemisferios: el
correspondiente al café, y el correspondiente á la política. En el
primer recinto había unas cuantas mesas destinadas al servicio. Más al
fondo, y formando un ángulo, estaba el local en que se celebraban las
sesiones. Al principio el orador se ponía en pie sobre una mesa, y
hablaba; después el dueño del café se vió en la necesidad de construir
una tribuna. El gentío que allí concurría era tan considerable, que fué
preciso arreglar el local, poniendo bancos _ad hoc_; después, á
consecuencia de los altercados que este club tuvo con el _Grande
Oriente_, se demarcaron las filiaciones políticas; los exaltados se
encasillaron en la _Fontana_, y expulsaron á los que no lo eran. Por
último, se determinó que las sesiones fueran secretas, y entonces se
trasladó el club al piso principal. Los que abajo hacían el gasto
tomando café ó chocolate, sentían en los momentos agitados de la
polémica un estruendo espantoso en las regiones superiores, de tal modo,
que algunos, temiendo que se les viniera encima el techo con toda la
mole patriótica que sustentaba, tomaron las de Villadiego, abandonando
la costumbre inveterada de concurrir al café.

Una de las cuestiones que más preocupaban al dueño fué la manera de
armonizar lo mejor posible el patriotismo y el negocio, las sesiones del
club y las visitas de los parroquianos. Dirigió conciliadoras
amonestaciones para que no hicieran ruido pero esto parece que fué
interpretado como un primer conato de servilismo, y aumentó el ruido, y
se fueron los parroquianos.

En la época á que nuestra historia se refiere, las sesiones estaban
todavía en la planta baja. Aquéllos fueron los buenos días de la
_Fontana_. Cada bebedor de café formaba parte del público.

Entre los numerosos defectos de aquel local, no se contaba el de ser
excesivamente espacioso: era, por el contrario, estrecho, irregular,
bajo, casi subterráneo. Las gruesas vigas que sostenían el techo no
guardaban simetría. Para formar el café fué preciso derribar algunos
tabiques, dejando en pie aquellas vigas; y una vez obtenido el espacio
suficiente, se pensó en decorarlo con arte.

Los artistas escogidos para esto eran los más hábiles pintores de
    
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